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miércoles, 19 de agosto de 2026

“Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”

 


(Domingo XXI - TO - Ciclo A – 2026)

“Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios” (Mt 16, 13-20). Jesús pregunta a sus discípulos acerca de su identidad: primero les pregunta qué es lo que la gente dice acerca de Quién es Él y luego les pregunta qué es lo que ellos dicen acerca de Quién es Él. No es que pretenda hacer una encuesta porque Él no sabe quién es Él, eso lo sabe desde toda la eternidad: lo hace como introducción para una revelación sobrenatural, que será el fundamento de la fe católica y es que Él es Dios Hijo encarnado y este tipo de conocimiento lo da solo Dios, por medio de la iluminación del Espíritu Santo. El que responde con certeza y en primer lugar es Pedro y esto no es una casualidad, puesto que Pedro, en cuanto Vicario de Cristo, está asistido e iluminado por el Espíritu Santo y por esta razón el conocimiento que tiene acerca de Jesús no es un conocimiento natural, sino sobrenatural, lo cual quiere decir que conoce a Jesús como lo conoce el Padre: como al “Hijo de Dios”. El conocimiento de Cristo por parte de Pedro no viene por razonamientos humanos, sino por revelación divina, ya que es la única forma de conocer a Cristo como Dios Hijo, como Segunda Persona de la Trinidad. Este conocimiento de origen sobrenatural es lo que Jesús quiere significar cuando le dice a Pedro: “Esto no lo sabes ni por la carne ni por la sangre, sino porque te ha sido revelado por mi Padre”. Este conocimiento sobrenatural de Jesús, es decir, el saber que Jesús es la Segunda Persona de la Trinidad y por lo tanto Dios en Persona y no una persona humana, es un conocimiento proporcionado por el mismo Dios Trino, es un conocimiento dado por el Espíritu Santo y es el fundamento de la fe católica y a tal punto, que quien lo niegue, es declarado hereje y queda fuera de la comunión con la Iglesia Católica.

A este conocimiento sobrenatural de Jesús, proporcionado por la Tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo, se le opone el conocimiento natural de Jesús, el conocimiento que se puede alcanzar con la sola razón humana y es un conocimiento que jamás puede alcanzar la verdad acerca de la identidad de Jesús como Segunda Persona de la Trinidad, porque saber que Dios es Uno y Trino y saber que la Segunda Persona de la Trinidad se encarnó en Jesús de Nazareth, es algo que solo puede ser conocido como revelación y no por las simples fuerzas de la razón humana.

La declaración de Pedro es tan importante, que no solo funda el dogma central de la fe católica, es decir, la Encarnación del Verbo en la humanidad santísima de Jesús de Nazareth, sino que es la razón de la pertenencia a la Iglesia Católica, ya que quien reconoce que Cristo es Dios, permanece en la verdadera iglesia, la Iglesia Católica, y quien niega esta verdad, es considerado “hereje” y se aparta de la Iglesia Católica.

Por esta razón, debemos hacer nuestra la declaración de Pedro, de tal manera de estar seguros de que pertenecemos y permanecemos en la verdadera iglesia del verdadero Dios, la Iglesia Católica. Por eso, junto a Pedro y participando de la fe de Pedro, le decimos a Jesús: “Tú eres el Hijo de Dios”. Pero a nosotros se nos pide algo más que a Pedro y es que no solo reconozcamos a Jesús como Dios Hijo encarnado, sino que lo reconozcamos en su Presencia real, verdadera y substancial, en la Sagrada Eucaristía, porque el mismo Jesús al cual Pedro reconoce como “Hijo de Dios”, es el mismo Jesús que está Presente en Persona en la Sagrada Eucaristía. Si Pedro le dijo a Jesús, reconociéndolo como Dios, “Tú eres el Hijo de Dios”, nosotros debemos decirle a Jesús en la Eucaristía: “Tú eres el Hijo de Dios”; con la misma fe de Pedro, Vicario de Cristo, debemos decirle a Jesús: “Tú, en la Eucaristía, eres Dios Hijo encarnado, que prolonga su encarnación en la Eucaristía”. En otras palabras, no nos basta a nosotros, católicos fundados en la fe de Pedro, el solo hecho de proclamar a Cristo como Dios, sino que lo debemos proclamar a Cristo como Dios en la Eucaristía. Si Pedro, iluminado por el Espíritu Santo, reconoció a Cristo como Dios, teniendo delante suyo a la Persona Segunda de la Trinidad, encarnada en la Humanidad Santísima de Jesús, nosotros debemos reconocer a esa misma Persona Segunda de la Trinidad oculta en la apariencia de pan y vino. De nada nos sirve reconocer a Cristo como Dios, sino reconocemos a la Eucaristía como el mismo Cristo Dios, oculto en lo que a los sentidos aparece como pan y vino.

La negación de la condición divina de la Persona de Jesús, que se deriva ya sea de un conocimiento meramente natural o racional, ya sea de la negación pertinaz de la verdad revelada, propio de los herejes, conduce a un error en la fe eucarística: si se niega a Cristo como Dios, se negará su Presencia real, verdadera y substancial en la Eucaristía, tal como sucede con el protestantismo.

La fe de Pedro en Cristo como Hombre-Dios es el dogma central que fundamenta toda la fe de la Iglesia Católica y esto es válido no solo para los católicos de a pie, sino incluso hasta para el mismo Papa, al punto que, si hubiera algún Papa que negara que Cristo es Dios, ese Papa se apartaría de la fe de la Iglesia, cayendo en herejía.

En la historia de la Iglesia hay innumerables santos y mártires que han dado la vida por la fe proclamada por Pedro, es decir, que Cristo es Dios. Entre estos santos se encuentra San Andrés Wouter, Mártir defensor de Jesús Eucaristía y del Primado Petrino[1] -nacido en 1542 en Heinenoord, en los actuales Países Bajos- un sacerdote que se reconoció a sí mismo y públicamente como pecador, pues era aficionado a la bebida e incluso había engendrado hijos, rompiendo el voto del celibato y la castidad sacerdotal, siendo suspendido en sus funciones sacerdotales, pero cuando en el año 1572 durante las Guerras de Religión en los Países Bajos los perseguidores protestantes calvinistas lo insultaban recordándole su pasado y lo amenazaban con la muerte en la horca si no renegaba de su fe en Cristo, pronunció una frase que ha quedado grabada para siempre: “Siempre fui fornicario; jamás hereje”. Santo Andrés Wouters: el mártir que, a pesar de sus faltas morales, no negó la fe católica en Cristo Jesús. Durante varias semanas sufrió un cautiverio cruel. Cada día era golpeado, humillado y ridiculizado puesto que los carceleros no solo lo torturaban físicamente: se burlaban constantemente de sus escándalos y de su mala fama como sacerdote, convencidos de que un hombre con semejante pasado terminaría renegando de la fe para salvar la vida. Sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario, porque este sacerdote, que había sido débil frente al pecado, se mostró inquebrantable cuando quisieron arrancarle la fe.

El 9 de julio de 1572, mientras le colocaban la soga al cuello, Andrés recibió una última oportunidad para salvar su vida. Solo debía renunciar a esas verdades de la fe católica. Su respuesta fue inmediata: “Siempre fui fornicario; jamás hereje”. Segundos después fue ahorcado, junto con otros 18 sacerdotes y religiosos, en un granero de Brielle. Desde entonces son conocidos como los Mártires de Gorkum. La Iglesia nunca ocultó los pecados de Andrés Wouters, pero tampoco los justificó. Lo que lo canonizó y lo llevó al Cielo fue su fidelidad heroica en la hora suprema. Porque la santidad no consiste en no haber caído nunca, sino en permanecer fiel a Cristo hasta el final. Fue canonizado por el papa Pío IX el 29 de junio de 1867, junto con los demás Mártires de Gorkum. La vida de San Andrés Wouters recuerda una gran esperanza para todos los cristianos: el pasado no tiene la última palabra cuando la inteligencia y el corazón permanecen abiertos a la luz del Espíritu Santo y unidos a Cristo. No era un modelo de santidad. Pero cuando llegó el momento de elegir entre retractarse de la doctrina de la Iglesia y enfrentarse a la muerte, no dudó. Se negó a negar la presencia real de Cristo en la Eucaristía y la autoridad del Papa. Y si él puede decir: “Fui un fornicador, pero nunca un hereje»”, entonces quizás nosotros también podamos decir, con valentía y humildad: “He fallado, pero sigo creyendo con la fe de Pedro, con la fe de la Iglesia Católica”. San Andrés Wouters es un ejemplo para que nosotros, que también nos reconocemos públicamente como pecadores al inicio de la Santa Misa, nunca neguemos la fe católica en Jesucristo y jamás desesperemos de la misericordia de Dios.

El episodio del Evangelio es significativo y válido hasta el fin de los tiempos, y por lo tanto, lo es para nuestros tiempos, tanto más, cuanto que la confusión y la oscuridad lo han invadido todo.

En la época de Jesús reinaba una completa confusión acerca de la identidad de Jesús y lo mismo sucede en nuestra época, no solo fuera de la Iglesia, en las sectas o en las religiones monoteístas, sino ante todo en la Iglesia Católica porque, como dice Pablo VI, “el humo de Satanás ha entrado en la Iglesia”, un humo negro, denso, oscuro, que ofusca mentes y corazones, pervirtiéndolo todo. Pero en el seno de la Iglesia, en el corazón de la Iglesia, en el Magisterio perenne se encuentra la plenitud de la verdad sobre Jesucristo, en el Magisterio, en la Sagrada Escritura y en la Tradición.

La luz del Espíritu Santo, que brilla inextinguible en la Cátedra de Pedro, disipa toda oscuridad y toda siniestra tiniebla. Quien permanece al lado de Pedro y con la fe de Pedro confiesa que Jesús en la Eucaristía es Dios Hijo encarnado, muerto y resucitado, no solo no será nunca envuelto en las tinieblas que se han abatido sobre el mundo, sino que brillará siempre en él la luz de la Verdad eterna de Dios Trino.


sábado, 29 de junio de 2024

“Talitha qum (A ti te digo, niña: levántate”)

 


(Domingo XIII - TO - Ciclo B – 2024)

         “Talitha qum (A ti te digo, niña: levántate”). (Mc 5, 2-43). En este episodio del Evangelio podemos ver uno de los más asombrosos casos de resurrección por parte de Jesús, aunque propiamente hablando, no se trate de la “resurrección” gloriosa de los muertos al fin de los tiempos, sino más bien de una re-animación del alma de la niña en su cuerpo mortal, para luego seguir viviendo en esta vida mortal. El milagro de Jesús consiste en que Él, en cuanto Hombre-Dios, le ordena al alma de la niña, quien efectivamente ya había fallecido, regresar desde el más allá y re-unificarse o re-unirse a su cuerpo; le ordena a su alma que vuelva a unirse a su cuerpo para darle vida, tal como hace toda alma con su cuerpo desde el momento de la concepción. Jesús puede hacer este milagro porque Él es Dios Hijo encarnado; Él tiene el poder necesario para hacer este milagro; Él es dueño de las almas; Él nos creó y por lo tanto, es el Dueño de todas las almas y todas las almas -todos los seres humanos- le debemos obediencia, adoración y amor por sobre todas las cosas y por sobre toda creatura.

         Otro aspecto a considerar es la muerte, puesto que es el elemento central hasta la aparición de Jesús. En la Sagrada Escritura, en el Libro de la Sabiduría, se dice: “Dios no creó la muerte[1] (…) la muerte entró en el mundo por la envidia del Diablo y por el pecado del hombre”[2]. Entonces, los dos responsables de la muerte en la raza humana son el Diablo, quien al hacer caer en la tentación a Adán y Eva les hizo perder la vida de la gracia y la vida inmortal que la gracia conllevaba, y el hombre mismo, por cuanto es pecador. Dios no es autor de la muerte; por el contrario, Dios envió a su Hijo Jesucristo para que derrotara a los tres grandes enemigos del hombre: la muerte, el pecado y el Demonio.

         Precisamente, esta es la tercera consideración que podemos hacer en este Evangelio: cómo y cuándo Jesús derrota a estos tres grandes enemigos. El “cuándo” es en el Viernes Santo, en el día de la Crucifixión, en el día de la muerte de Jesús en el Calvario -aunque comienza su triunfo en el momento de la Encarnación, siendo en la Crucifixión el momento en el que este triunfo se consuma; el “cómo”, podríamos graficarlo de la siguiente manera, haciendo una aplicación de sentidos, como enseña San Ignacio de Loyola: imaginemos que estamos al pie de la Cruz, al pie de la Virgen, nos hacemos muy pequeños, la Virgen nos toma y nos introduce por el Costado abierto del Redentor, que ha sido ya traspasado por la lanza. Ingresamos a su Sagrado Corazón, según lo describen los santos y el mismo Jesús, es un “horno ardiente de Amor”, imaginemos entonces que estamos en un horno ardiente, pero con llamas que no queman sino que encienden las almas en el fuego del Divino Amor; sentimos el crepitar de las llamas que envuelven al Sagrado Corazón; escuchamos el respirar de Jesús; escuchamos y vemos los torrentes de su Sangre Preciosísima, que sin cesar se derraman por el Costado traspasado; ahora vemos cómo un frío helado, el frío de la muerte, pretende apoderarse del Cuerpo y del Corazón de Jesús, pero no lo logra, porque el calor de ese horno ardiente es tan grande, que no le deja ninguna posibilidad a la muerte de ingresar en su Cuerpo: Jesús ha vencido a la muerte; ahora una negra gangrena, que representa el pecado, insinúa apropiarse del Cuerpo de Jesús, pero no puede hacerlo ni siquiera por un instante y desaparece para siempre, dando lugar en cambio al fluir de la Sangre Preciosísima que expulsa en cada latido el Sagrado Corazón: Jesús ha vencido al pecado; por último, Satanás y el infierno todo, en un desesperado intento suicida, intentan apoderarse del Cuerpo de Jesús, pero son precipitados al instante a los más profundo del Infierno, por el poder de la Sangre gloriosa del Cordero y por las llamas de Amor del Sagrado Corazón: Jesús ha vencido a Satanás y al infierno todo. Jesús ha vencido así, desde la Cruz, en el día y el momento en el que los tres grandes enemigos de la raza humana creían haber triunfado, a estos tres -la muerte, el pecado y el demonio-, para dar paso, para nosotros, por medio de la comunicación de su Sangre Preciosísima, que brota de su Sagrado Corazón y se nos transmite a través de los sacramentos, sobre todo la Penitencia y la Eucaristía, en vez de la muerte, su Vida gloriosa y divina de Hombre-Dios; en vez del pecado, la gracia santificante en el tiempo y la gloria divina en la eternidad; en vez del Demonio, el Don de Sí mismo, de su Acto de Ser divino Trinitario y con Él, el don de las Tres Divinas Personas: nos da su Cuerpo y su Sangre en la Eucaristía para que, unidos a Él en el Amor del Espíritu Santo, seamos conducidos al Padre, para adorarlo por toda la eternidad.

“Talitha qum (A ti te digo, niña: levántate”). El mismo Jesús que resucitó a la niña en el Evangelio; el mismo Jesús que derrotó a la muerte, al pecado y al demonio en la Cruz, en el Monte Calvario; ese mismo Jesús está en Persona en el sagrario, en la Eucaristía y es Quien nos concederá su vida gloriosa y eterna en el Día del Juicio Final, si nos mantenemos fieles a su gracia. Le pidamos a la Virgen, Mediadora de toda Gracia, que interceda para que recibamos la gracia de unirnos y fusionarnos a ese horno ardiente que es el Sagrado Corazón de Jesús, así como el leño seco, convertido en brasa por la acción de las llamas, se fusiona y une al fuego y se convierte en uno solo con él, de tal manera que nada nos aleje de la felicidad eterna que significa adorar a su Hijo Jesús, primero en la tierra y en el tiempo y luego en el Cielo y por los siglos sin fin.



[1] Cfr. Sab 1, 13-14.

[2] Cfr. Sab 2, 23.


miércoles, 4 de octubre de 2023

“Los usurpadores mataron al hijo del dueño de la viña”


 

(Domingo XXVII - TO - Ciclo A – 2023)

“Los usurpadores mataron al hijo del dueño de la viña” (Mt 21, 33-43). Jesús relata a sus discípulos lo que se conoce como “parábola de los viñadores asesinos”. A simple vista, con un análisis superficial, podría tratarse de un simple caso de tintes policiales: un grupo de labradores arrenda una viña con el propósito aparente de quedarse con el fruto del trabajo, pero llegado el momento en el que los arrendatarios deben pagar al dueño de la viña lo que le corresponde, no solo no lo hacen, es decir, no pagan nada, sino que su actitud para con los enviados del dueño se va haciendo cada vez más violenta, hasta incluso llegar a matar al mismo hijo del dueño, enviado por este, pensando que por ser su hijo, lo iban a respetar. Jesús finaliza la parábola con una enseñanza: la viña será dada a otros arrendatarios, quienes sí la harán rendir con frutos.

La parábola se entiende cuando los elementos naturales se reemplazan por los sobrenaturales. Así, el dueño de la viña es Dios Padre; la viña es primero la sinagoga y luego la iglesia Católica; los enviados del dueño de la vid, son los diversos profetas, justos y hombres santos, enviados por Dios para preparar al Pueblo Elegido para que se conviertan y así se preparen para la Primera Venida del Mesías, Cristo Jesús, Aquel que habría de nacer “de una Virgen”, según los profetas; los arrendatarios primeros, los que no quieren pagar la renta y golpean a los enviados del dueño, hasta llegar a cometer el homicidio contra el hijo del dueño de la viña, es decir, los arrendatarios homicidas, son el Pueblo Elegido, los judíos, quienes apedrean primero a los profetas de Dios enviados a ellos, cuando los profetas les predican la necesidad de la conversión del corazón y el dejar de cometer maldades y de adorar a ídolos falsos; los arrendatarios segundos, es decir, el segundo grupo de arrendatarios, que respetarán al dueño de la vid y le hará dar los frutos que corresponde, porque trabajarán en la viña, son los integrantes del Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica, que de hecho vienen a ocupar el puesto de los primeros arrendatarios, los que no quisieron ni devolver la viña, ni tampoco reconocer al hijo del dueño, llegando incluso a asesinarlo; el hijo del dueño de la vid es el Hijo de Dios, engendrado, no creado, por Quien todo fue hecho, es el Verbo del Padre que procede eternamente del seno del Padre, es la Sabiduría del Padre, en Quien el Padre tiene todas sus complacencias, es el Salvador de la Humanidad, el Hombre-Dios, Dios Hijo hecho hombre sin dejar de ser Dios, que se encarna por obra del Espíritu Santo para así cumplir su misterio pascual de Muerte y Resurrección, que continúa y prolonga su Encarnación en la Sagrada Eucaristía; la muerte del hijo del dueño es la Muerte en Cruz del Hijo de Dios encarnado, Cristo Jesús, Quien así cumple su misterio pascual, al resucitar al tercer día, para llevar Consigo al Cielo a todos aquellos que lo sigan por el Camino Real de la Cruz; los frutos de la viña, ya sea la de los primeros arrendatarios, como los de los últimos arrendatarios, que sí harán trabajar a la viña, son frutos de santidad, son los racimos de la vid que, unidos a la Vid Verdadera que es Cristo, recibirán de Él la savia vivificante, la vida de la gracia, que hace vivir al alma con la vida de la Santísima Trinidad.

“Los usurpadores mataron al hijo del dueño de la viña”. No debemos pensar que nosotros, por el hecho de estar bautizados en la Iglesia Católica, nos merecemos por este solo hecho la aprobación del Dueño de la Viña, que es Dios Padre, Dueño de la Iglesia Católica: si no damos frutos de santidad, es decir, de mansedumbre, de humildad, de pobreza evangélica, de caridad al prójimo, de amor sobrenatural a Dios Hijo Presente en Persona en la Eucaristía, recibiremos el mismo trato que recibieron los arrendatarios homicidas: seremos echados fuera del Reino de Dios y nuestro lugar será ocupado por quien sí desee ser santo y perfecto, como Santo y Perfecto es Dios Uno y Trino. Trabajemos en la Viña del Señor, para dar frutos de santidad en esta vida y así ganar el Reino de los cielos en la vida eterna.

 

martes, 25 de julio de 2023

“Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen”

 


“Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen” (Mt 13, 10-17). Los discípulos le preguntan a Jesús porqué Él les habla en parábolas y Él les contesta que, a ellos, a sus discípulos, “se les ha concedido conocer los secretos del Reino de los cielos”, pero a los otros, a los que no son sus discípulos, “no”. La razón de esta preferencia la da el mismo Jesús: porque quienes no son sus discípulos, de forma libre y voluntaria, han cerrado sus oídos para no entender; han mirado sin ver; han endurecido sus corazones, para que Él no los convierta. Es decir, se trata de hombres, seres humanos, que han visto a la Palabra de Dios encarnada, Cristo Jesús, quien los llama a la conversión, y no han querido convertirse; han visto sus milagros, con sus propios ojos y aun así no han creído en Jesús como Dios Hijo encarnado; han escuchado sus consejos evangélicos -amar al enemigo, perdonar setenta veces siete, cargar la cruz de cada día-, pero han preferido cerrar sus oídos, para seguir escuchando mundanidades, banalidades que no conducen al Reino de Dios; han escuchado que deben bendecir a los que los maldicen y que deben poner la otra mejilla, pero han endurecido sus corazones, permaneciendo en la ley maldita del Talión, abrogada por Jesús, que lejos de perdonar, insta a la venganza: “Ojo por ojo y diente por diente”. Estos hombres han visto y oído lo que muchos justos y profetas del Antiguo Testamento hubieran querido ver y oír, pero aun así, habiendo tenido el privilegio de ver y oír al Hijo de Dios encarnado, el Emmanuel, han preferido continuar con sus vidas paganas y mundanas, cegadas por sus pasiones y, en definitiva, han continuando adorando al Ángel caído en lo más profundo de sus corazones.

“Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen”. La frase no es solo para los discípulos contemporáneos de Jesús, sino que va dirigida a toda la Iglesia de todos los tiempos, por eso está también dirigida a nosotros, católicos del siglo XXI, que vemos y oímos lo que muchos hombres de buena voluntad querrían ver y oír y no lo hacen. ¿Qué es lo que nos hace “dichosos”, porque vemos y oímos lo que otros no? Lo que nos hace dichosos, es ver, con los ojos del cuerpo, la Hostia consagrada; es ver, con los ojos del alma iluminados por la luz de la fe, a Jesús, el Hijo de Dios encarnado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía; por la fe, vemos, no sensiblemente, sino insensiblemente, espiritualmente, por la fe, a Cristo Dios, el Hijo de Dios encarnado en el seno de la Virgen, que prolonga su Encarnación en el seno de la Madre Iglesia, el Altar Eucarístico y esto nos llena de gozo, no de un gozo natural, terreno, efímero, sino de un gozo sobrenatural, que brota del mismo Ser divino trinitario que se hace presente en el Santo Sacrificio del Altar, la Santa Misa. ¿Qué es lo que oímos y nos hace dichosos? Oímos las palabras de la consagración, palabras pronunciadas por el sacerdote ministerial, pero que poseen la fuerza de Dios Hijo, quien es el que, a través de estas palabras, pronuncia Él mismo las palabras de la consagración, para convertir el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre; somos dichosos porque oímos la Voz de Cristo, imperceptible, porque habla a través y en medio, podríamos decir, de la voz del sacerdote ministerial que las pronuncia, y eso nos llega de gozo, un gozo imposible de describir y de alcanzar por causas naturales, sean naturales humanas o preternaturales, es decir, angélicas, es un gozo que solo Dios puede conceder. Por eso es que la frase de Jesús está dirigida también para nosotros: “Dichosos vuestros ojos porque véis la Eucaristía y vuestros oídos porque oyen las palabras de la consagración”.

martes, 28 de marzo de 2023

“Antes que naciera Abraham, Yo Soy”

 


“Antes que naciera Abraham, Yo Soy” (Jn 8, 51-59). La frase de Jesús se comprende mejor cuando se considera que los judíos, que eran el Pueblo Elegido para ser depositarios de la verdad acerca de Dios, eran la única nación monoteísta, rodeada por pueblos politeístas. Los judíos eran los únicos que creían en Dios Uno, porque Dios así se los había revelado, como también les había revelado el Nombre con el que Dios mismo quería ser llamado: “Yo Soy”. Al decirles Jesús “Antes que naciera Abraham, Yo Soy”, les está diciendo que Él es ese Dios a quien ellos llaman “Yo Soy”. Es decir, Jesús se auto-revela a los judíos como el Dios Uno en el que ellos creían y al que ellos llamaban “Yo Soy”, aunque ahora Jesús completa la auto-revelación de Dios, manifestando a los judíos que Dios es Uno en naturaleza y Trino en Personas, porque Él se declara Dios Hijo de Dios Padre y declara además que Él, Dios Hijo, enviará junto a Dios Padre, a Dios Espíritu Santo, una vez que se haya cumplido su misterio salvífico de Muerte y Resurrección. Es decir, los judíos fueron elegidos para conocer la verdad sobre Dios; en un primer momento, recibieron la revelación de que Dios era Uno y por eso eran el único pueblo monoteísta de la antigüedad, pero cuando reciben la revelación, de parte de Dios en Persona, Jesucristo, de que Dios, además de Uno, es Trino en Personas, entonces rechazan esa revelación, negando la condición divina de Jesús, negando que Jesús sea Dios Hijo, el Hijo de Dios encarnado y negando por lo tanto la revelación que Dios les hace en Persona, de que Dios es Uno y Trino, negando la Trinidad de Personas en el Único Dios verdadero. Esta negación tendrá funestas consecuencias, porque al rechazar la revelación de Jesús como Dios Hijo, lo acusarán falsamente de blasfemia, al hacerse pasar por Dios y lo condenarán a muerte, convirtiéndose así en los viñadores homicidas y dando lugar a que surja un Nuevo Pueblo Elegido, los integrantes de la Iglesia Católica, incorporados a Cristo por medio del Bautismo sacramental.

“Antes que naciera Abraham, Yo Soy”. Si los judíos eran los destinatarios de la revelación completa sobre Dios, Uno y Trino, además de ser los elegidos para recibir a Dios Hijo encarnado, ahora es la Iglesia Católica la que forma el Nuevo Pueblo Elegido, porque es la Iglesia Católica la que cree firmemente en las palabras de Cristo acerca de Dios como la Santísima Trinidad y es la Iglesia Católica la que cree que Cristo, Dios Hijo, se ha encarnado para la salvación de la humanidad. Pero además de esto, es la Iglesia Católica la que proclama que Cristo, Dios Hijo encarnado, prolonga su Encarnación en la Eucaristía, porque cree que Cristo Dios está en Persona en la Eucaristía. Por esto mismo, Jesús nos dice a nosotros, desde la Eucaristía, lo mismo que les dice a los judíos: “Antes que naciera Abraham, Yo Soy”. Como Iglesia Católica, como Nuevo Pueblo Elegido, creemos firmemente que Jesús ES, en la Eucaristía, el Dios que era, que es y que vendrá.


miércoles, 1 de febrero de 2023

"¿Acaso no es el hijo del carpintero?”

 


“¿Qué son esos milagros y esa sabiduría? ¿Acaso no es uno de los nuestros, el hijo del carpintero?” (cfr. Mc 6, 1-6). Los contemporáneos de Jesús, al comprobar que Jesús posee una sabiduría sobrenatural, es decir, una sabiduría que es superior no solo a la humana sino a la angélica y que por lo tanto solo puede provenir de Dios, y al comprobar que Jesús realiza milagros de todo tipo -curaciones de enfermedades, exorcizar demonios, dar la vista a los ciegos-, se sorprenden, ya que se dan cuenta de que ni la sabiduría de Jesús ni sus milagros, se explican por su condición humana. Sin embargo, tampoco alcanzan todavía a comprender que Jesús posee esta sabiduría divina y realiza milagros que sólo Dios puede hacer, porque Él es Dios Hijo encarnado.

Esto sucede porque los contemporáneos de Jesús ven solo la humanidad de Jesús, y así piensan que es un vecino más entre tantos y por eso exclaman: “¿Acaso no es uno de los nuestros, el hijo del carpintero?”. A pesar de ver milagros y escuchar la Palabra de Dios, los contemporáneos de Jesús solo ven en Jesús al “hijo del carpintero”, al “hijo de María”. Y Jesús sí es el “hijo del carpintero”, pero es el hijo adoptivo, porque San José no es el padre biológico de Jesús y sí es “el hijo de María”, pero de María Virgen y Madre de Dios, porque Jesús fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo. Solo la luz de la gracia santificante da la capacidad al alma de poder ver, en Jesús, al Hijo de Dios, a la Segunda Persona de la Trinidad, encarnada en la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth.

En nuestros días, parecen repetirse las palabras de asombro e incredulidad, entre muchos cristianos, al ver la Eucaristía, porque dicen: “¿Acaso la Eucaristía no es solo un poco de pan bendecido? ¿Cómo podría la Eucaristía concederme la sabiduría divina y obrar el milagro de la conversión de mi corazón?”. Y esto lo dicen muchos cristianos porque no ven, con los ojos del alma iluminados por la luz de la fe, que la Eucaristía no es un poco de pan bendecido, sino el Sagrado Corazón de Jesús en Persona, que al ingresar por la Comunión, nos comunica la Sabiduría y el Amor de Dios.

martes, 2 de noviembre de 2021

“Habéis convertido la Casa de mi Padre en una cueva de ladrones”

 


“Habéis convertido la Casa de mi Padre en una cueva de ladrones” (Jn 2, 13-22). Jesús llega a Jerusalén y al entrar en el templo, se da con la desagradable visión del templo convertido en un mercado de compra y venta de mercaderías, además de una casa de cambios monetarios. Esto desencadena la ira de Jesús, quien arma un látigo de cordeles y comienza a echar a los mercaderes del templo, a los vendedores de bueyes y palomas y a los cambistas con sus mesas, como lo relata el Evangelio. Mientras lleva a cabo su acción purificadora, Jesús da la razón de su ira: han convertido la Casa de su Padre, el Templo, en un mercado. En otras palabras, en donde se debe adorar a Dios, se adora el dinero.

Ahora bien, para entender un poco más el episodio del Evangelio y ver mejor el aspecto espiritual, debemos reemplazar todos los elementos naturales y reemplazarlos por elementos espirituales y sobrenaturales. Así, el Templo, es la “Casa del Padre” de Jesús, es decir, es la Casa de Dios y como tal, está destinado a la oración, a una función eminentemente espiritual y no al intercambio comercial; Jesús no es un mero rabbí, un maestro de la oración, sino el Hijo de Dios encarnado, a quien le pertenece, por herencia, el templo de su Padre y por lo tanto lo considera como algo suyo propio, lo cual justifica todavía más su reacción; la ira de Jesús, no es una ira pecaminosa, de ninguna manera, puesto que Jesús es Dios y en cuanto tal, no puede en absoluto cometer un pecado, por lo cual se trata de la justa ira de Dios; los mercaderes del templo representan a los cristianos que viven pensando sólo en esta vida terrena, sin preocuparse en lo más mínimo de la vida eterna y de la vida de la gracia; los animales –bueyes, palomas-, con su irracionalidad y su falta de higiene, representan a las pasiones del hombre que, sin la gracia de Dios, escapan al control de la ración y ensucian al alma haciéndolo caer en pecado; los cambistas de monedas representan a los cristianos que endiosan al dinero y a los bienes materiales, entronizándolos en sus corazones y desplazando a Dios del lugar que les corresponde.

“Habéis convertido la Casa de mi Padre en una cueva de ladrones”. La Justa Ira de Jesús no se detiene en los mercaderes del templo del episodio del Evangelio, puesto que también nosotros podemos caer en el  mismo error de los mercaderes y confundir, el lugar de oración y adoración a Dios Uno y Trino, con un lugar más entre tantos, en los que solamente se diferencia de los demás porque se celebran ceremonias religiosas y esto enciende la Justa Ira de Dios. La Justa Ira de Dios también se enciende cuando convertimos al cuerpo humano, templo del Espíritu Santo, en un templo profano y pagano en donde, en vez de adorar a Jesús Eucaristía y en vez de brillar la luz de la gracia, se adoran al dinero, a los placeres y se entroniza al pecado. Hagamos el propósito de mantener siempre impecable, en estado de gracia, el templo de Dios que es nuestro cuerpo y de que en nuestros altares, nuestros corazones, no se adore a nadie más que no sea el Cordero de Dios, Jesús Eucaristía.

 

martes, 14 de septiembre de 2021

“El Hijo del hombre tiene que sufrir mucho, lo matarán y resucitará al tercer día”

 


(Domingo XXV - TO - Ciclo B – 2021)

         “El Hijo del hombre tiene que sufrir mucho, lo matarán y resucitará al tercer día” (cfr. Mc 9, 30-37). En una sola oración, con pocas y precisas palabas, Jesucristo describe, por un lado, su misterio pascual de muerte y resurrección y, por otro lado, nos revela el sentido, la dirección y la razón de ser de nuestra existencia en esta vida terrena. En efecto, lo primero que revela y anticipa proféticamente es qué es lo que le va a suceder a Él: sufrirá en manos de los ancianos, de los fariseos y de los escribas, quienes lo condenarán a muerte en un juicio inicuo, porque la causa de la sentencia de muerte es una verdad y no una blasfemia: Jesús es Dios Hijo encarnado; morirá en cruz, en el Calvario, luego de tres horas de agonía; finalmente, al tercer día, el Domingo de Resurrección, resucitará, es decir, volverá a la vida, pero no a esta vida terrena, sino a la vida eterna y glorificada, la misma vida que Él posee con el Padre y el Espíritu Santo desde toda la eternidad. De esta manera, Jesús revela, anticipadamente a sus discípulos, qué es lo que le va a suceder a Él, esto es, la Pasión, Muerte y Resurrección. El segundo elemento que se revela en esta frase, que no está dicho explícitamente sino implícitamente, es el sentido de nuestra existencia en el tiempo y en la historia humana: estamos destinados de antemano, por Dios, a seguir a Cristo por el Camino de la Cruz –“El que quiera venir en pos de Mí, que tome su cruz y me siga”-, para así también nosotros participar de su misterio salvífico de muerte y resurrección. En la Pasión y Resurrección de Cristo se comprende el sentido de nuestra existencia en la vida porque nuestra vida terrena, caracterizada por el sufrimiento y el dolor, ha sido santificada por Cristo, al asumir Él nuestra naturaleza humana, menos el pecado, de manera que al sufrir Cristo en la cruz con su humanidad, Él santifica el dolor humano, de manera que el dolor humano –nuestro propio dolor, nuestra propia historia de dolor y sufrimiento, del orden que sea-, queda unido a  Cristo y en Cristo es santificado y así, de ser el dolor y la muerte el castigo por el pecado original, pasan a ser, este mismo dolor y esta misma muerte, caminos de santificación personal, de unión con Cristo y de acceso al seno del Padre en el Reino de los cielos. Es por esto que decimos que Jesús da sentido a nuestra existencia en la tierra: porque estamos destinados a unirnos a Él en la cruz, para así santificar nuestra existencia, con sus alegrías, con sus dolores y así, con nuestra vida unida a Cristo crucificado, seremos luego glorificados en la vida eterna. Éste es el único sentido de la existencia humana, de todo ser humano, desde Adán y Eva hasta el último hombre que nazca en el Último Día, en el Día del Juicio Final. Cualquier otra explicación, que no sea la de la unión personal con Cristo en la cruz para llegar al Reino de Dios, carece de sentido y no tiene razón de ser. Muchos, sino la gran mayoría de los hombres, pasan sus vidas enteras sin encontrar sentido a la vida, al dolor, a la enfermedad, a la muerte, pero tampoco a la alegría, al gozo no pecaminoso y buscan en vano este sentido en extrañas filosofías, en otras religiones, en sectas, en partidos políticos, cuando lo único que tienen que hacer es escuchar al Hombre-Dios: “El Hijo del hombre tiene que sufrir mucho, lo matarán y resucitará al tercer día (…) el que quiera seguirme, que tome su cruz y me siga y tendrá la Vida eterna”. El sentido de nuestro paso por la tierra es ganar la Vida eterna y evitar la eterna condenación, pero eso sólo lo lograremos si cargamos nuestra cruz de cada día para seguir al Hombre-Dios Jesucristo en camino al Calvario.

miércoles, 28 de julio de 2021

“¡Es un fantasma!”

 


“¡Es un fantasma!” (Mt 14, 22-36). Mientras los discípulos se dirigen en la barca de una orilla a la otra, Jesús, que se había quedado en tierra firme, se acerca a ellos caminando sobre el agua. Los discípulos no solo no lo reconocen, sino que lo confunden con un fantasma, al punto que comienzan a dar “gritos de terror”. Jesús los tranquiliza, diciéndoles que es Él y que por lo tanto nada deben temer: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”. El episodio del Evangelio muestra, por un lado, un milagro de Jesús, puesto que el caminar sobre las aguas es un prodigio que supera las fuerzas de la naturaleza y demuestra que Jesús es Dios, al suspender la ley de la física y de la gravedad que determinan que un cuerpo pesado, como el cuerpo humano, se hunde al ingresar el mar y que por lo tanto es imposible que un ser humano camine sobre las aguas como lo hace Él. El otro aspecto que puede comprobarse en este Evangelio es la falta de fe y de conocimiento en Jesús, que también es falta de amor hacia Él, por parte de los discípulos. En efecto, ellos conocen a Jesús, tratan con Él diariamente, reciben sus enseñanzas, son testigos de sus milagros y sin embargo, al verlo caminar sobre las aguas, sorprendentemente reaccionan como si no lo conocieran y además lo confunden con un fantasma: “¡Es un fantasma!”, exclaman aterrorizados. Es decir, el hecho de que confundan a Jesús con un fantasma, no deja de ser llamativo, porque ellos deberían haberlo reconocido al instante, al ser sus discípulos y, en teoría, ser quienes más conocen y aman a Jesús. Este desconocimiento de Jesús puede explicarse porque, en el fondo, a los discípulos les falta más conocimiento y amor de Jesús.

“¡Es un fantasma!”. Así como los discípulos confunden a Jesús con un fantasma, así también hoy, en la Iglesia, muchos creen en Jesús como si fuera un fantasma: para muchos católicos, visto que llevan en la vida un comportamiento alejado de Dios y su Ley, parecieran creer en un Jesús no real, en un Jesús fantasmagórico, en un Jesús que es, precisamente para ellos, un fantasma. Muchos pasan por la vida creyendo en este Jesús fantasma y como creen que es un fantasma, no tienen en cuenta sus mandamientos, no llevan su cruz a cuestas, no se alimentan del Pan de Vida, la Eucaristía, no lavan sus almas con la Sangre del Cordero, es decir, no se confiesan sacramentalmente.

         “¡Es un fantasma!”. Jesús no es un fantasma: es el Hombre-Dios, es Dios Hijo encarnado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía y así como calmó la tempestad que amenazaba con hundir la Barca de Pedro, así calma las tempestades de todo tipo que se desencadenan en nuestros corazones. Acudamos al Dios del sagrario, Jesús Eucaristía, adorémoslo como al Dios que es, no vivamos como si fuera un fantasma y dejemos que Él calme las tempestades de nuestras vidas.


sábado, 22 de mayo de 2021

“Señor, que pueda verTe en la Eucaristía”

 


“Señor, que pueda ver” (Mc 10, 46-52). Jesús, que es la Misericordia Divina encarnada, se estremece de amor hacia el ciego Bartimeo, quien le suplica “poder ver”. Guiado por su infinito amor hacia los hombres, Jesús le concede la vista y Bartimeo comienza de inmediato a percibir el mundo mediante sus ojos corporales. Algo a tener en cuenta es que Bartimeo, si bien era ciego físicamente, corporalmente, pues sus globos oculares estaban atrofiados y esa era la razón de su ceguera, sin embargo, poseía otra visión, una visión espiritual, que es el don de la fe en Cristo, pero no como un profeta o como un hombre santo, sino como Dios Hijo encarnado. Esto explica, por un lado, que Bartimeo pidiera a Jesús un milagro que sólo Dios puede hacer, como el devolver la vista, lo cual quiere decir que creía en Cristo como Dios y no como el “hijo del carpintero”; por otro lado, Bartimeo se dirige a Jesucristo llamándolo “Hijo de David” y también “Maestro”, ambos títulos reservados para el Mesías de Israel, lo cual indica que creía en Jesús como Mesías y Redentor de la humanidad. Por último, Bartimeo se postra ante Jesús, lo cual es un indicio externo de la adoración espiritual interna que el alma tributa al Verdadero Dios. Entonces, Bartimeo ya tenía una visión superior a la corporal, que es la visión de la fe; ahora, por el milagro de Jesús por el que le devuelve la vista física, posee también la capacidad de ver a través del sentido de la visión corporal.

“Señor, que pueda ver”. Hoy en día, muchos católicos poseen el don de la vista corporal, puesto que pueden ver el mundo material con los ojos del cuerpo, pero sin embargo, paradójicamente, al revés que Bartimeo, son ciegos del espíritu, porque son incapaces de ver, por la fe, a Cristo Dios en la Eucaristía. Muchos católicos, aunque son capaces de ver el mundo material con los ojos del cuerpo, son incapaces de ver a Jesús, resucitado y glorioso, en la Eucaristía y por eso se encuentran en una situación infinitamente más desgraciada que Bartimeo, porque si bien Bartimeo era ciego corporalmente, sin embargo poseía la luz de la fe, con la cual contemplaba a Cristo como Hijo de Dios encarnado. Parafraseando a Bartimeo, digamos nosotros a Jesús Eucarstía: “Señor Jesús, ilumina los ojos del alma con la luz de la fe, para que pueda contemplarte, amarte y adorarte en tu Presencia Sacramental, en la Sagrada Eucaristía”. Y, al igual que Bartimeo, postrémonos en adoración y acción de gracias ante Jesús Eucaristía.

jueves, 18 de marzo de 2021

“Te queremos apedrear porque siendo hombre te haces Dios”

 


“Te queremos apedrear porque siendo hombre te haces Dios” (Jn 10, 31-42). El argumento dado por los judíos para justificar el intento de asesinato de Jesús –lo querían lapidar, es decir, apedrearlo hasta la muerte-, revela dos verdades: por un lado, la inmensa ceguera espiritual de los judíos –ceguera que, por otra parte, es voluntaria, porque viendo se niegan a creer-, que intentan matar a Jesús por el simple hecho de revelarles que Él es Dios Hijo encarnado; por otro lado, estas palabras de los judíos ponen de manifiesto la Verdad acerca de Dios y su Mesías: Dios había prometido en repetidas ocasiones la llegada del Mesías, que habría de liberar al Pueblo Elegido de su esclavitud, pero no estaba revelado explícitamente que ese Mesías no sería sólo un profeta más, ni un hombre santo, sino el mismo Dios en Persona y ahora, que los judíos lo tienen frente a ellos mismos, se niegan a reconocerlo como al Dios en el que ellos creían y pretenden matarlo. Con sus palabras, los judíos manifiestan su propia incredulidad: “Siendo hombre, te haces Dios”. Es decir, ellos veían a Jesús de Nazareth, un hombre, y le llamaban “el hijo del carpintero”, “el hijo de María”, con lo cual lo consideraban sólo un hombre y nada más que un hombre. Pero cuando Jesús les dice que Él es Dios, aplicándose a Sí mismo el Nombre sagrado con el cual los judíos nombraban a Dios –“Yo Soy”-, entonces lo tratan de blasfemo –“te haces pasar por Dios”- y pretenden matarlo. Esta ceguera de los judíos es voluntaria, porque como el mismo Jesús les dice, si no le creen a Él, crean al menos en sus obras –sus milagros-, porque sus obras dan testimonio de que Él es Dios, ya que esas obras, esos milagros, sólo pueden ser hechos por Dios.

“Te queremos apedrear porque siendo hombre te haces Dios”. Así como un pecado conduce a otro pecado, así la voluntaria ceguera de no querer ver los milagros de Jesús como hechos por Dios en Persona, los conduce inevitablemente a negar a Jesús su condición de Hijo de Dios y a considerarlo sólo un hombre que, por añadidura, es blasfemo, al hacerse pasar por Dios. Esta ceguera no es neutra: conducirá a los judíos a una ceguera cada vez más grande, al punto de lograr su objetivo, por medio de calumnias e injurias, condenar a muerte en cruz a Jesús. Ahora bien, como de todo se puede tomar una lección, aprendamos nosotros a reconocer el error de los judíos, para no cometer el mismo error y no neguemos nunca la condición de Cristo como Dios Hijo encarnado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía.

jueves, 11 de marzo de 2021

“Los judíos buscaban darle muerte porque se igualaba a Dios”


 

“Los judíos buscaban darle muerte porque se igualaba a Dios” (Jn 5, 17-30). Cuando se lee este Evangelio y en particular esta frase: “Los judíos buscaban darle muerte porque se igualaba a Dios”, no es difícil darse cuenta de la ceguera espiritual que envolvía a los judíos en los tiempos de Jesús: quieren darle muerte no porque Jesús haya cometido un delito, o una blasfemia, o algo que mereciera tan grande castigo, como es el de quitarle la vida, sino que le quieren quitar la vida porque Jesús revela una verdad: Él dice que es Dios, que es Hijo de Dios y por lo tanto, es igual al Padre. En otras palabras, Jesús revela, por un lado, que ese Dios Uno en el que creían los judíos, es, además de Uno, Trino, porque en Él hay Tres Personas Divinas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo y por otro lado, revela que Él es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad: “Mi Padre trabaja y Yo siempre trabajo”. Los judíos quieren dar muerte a Jesús –y finalmente lo conseguirán, mediante la traición y entrega del traidor y apóstata Judas Iscariote- no porque Él haya cometido un grave delito, sino porque dice la verdad: Él es Dios Hijo, igual en naturaleza, substancia, poder y gloria a Dios Padre y a Dios Espíritu Santo. La actitud de los judíos, de querer dar muerte a Jesús por decir la verdad, es incomprensible y sólo puede vislumbrarse a la luz del “misterio de iniquidad” –el pecado original- en el que está envuelta la humanidad desde Adán y Eva.

Ahora bien, la Iglesia Católica, lejos de distanciarse de las palabras de Jesús, en las que afirma que Él es el Hijo de Dios encarnado, ha profundizado en sus palabras y las ha convertido en dogma de fe, de manera tal que si alguien no cree en esta verdad, que Cristo es Dios, ése tal se aparta de la Iglesia Católica y se coloca fuera de ella. En los Concilios de Nicea y Constantinopla se afirma que Jesús es el Verbo de Dios, consubstancial al Padre y esta verdad la afirma el Catecismo de la Iglesia Católica, dedicándole toda una sección a desarrollar esta revelación[1]. Esta revelación, por otra parte, tiene una derivación explícitamente eucarística, porque si Cristo es Dios, entonces la Eucaristía es Dios, porque la Eucaristía es Cristo Dios encarnado, que continúa y prolonga su Encarnación en la Eucaristía. Y al revés, negar que Cristo es Dios, es negar que la Eucaristía sea Cristo Dios.

“Los judíos buscaban darle muerte porque se igualaba a Dios”. En nuestros oscuros y tenebrosos días, en los que se proclaman como “derechos humanos” el asesinato de niños por nacer y en los que se hace gala del ateísmo y del oscurantismo, es la Iglesia Católica la destinataria de la persecución iniciada contra Jesucristo. Por esta razón, debemos pedir la gracia de mantenernos fieles hasta dar la vida terrena, si fuera necesario, por esta verdad revelada por el Hombre-Dios: Cristo es Dios y la Eucaristía es Dios.



[1] Cfr. https://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p1s2a3p1_sp.html ; Catecismo de la Iglesia Católica, 456ss.

domingo, 27 de diciembre de 2020

Solemnidad de la Epifanía del Señor

 



(Ciclo B – 2021)

         En esta fiesta, la Iglesia Católica en Occidente celebra la revelación de Jesús a los paganos. En efecto, “epifanía” significa “manifestación” y en el sentido que le da la Iglesia, es en relación a la manifestación de Jesús en cuanto Dios, a los hombres. Es decir, Jesús aparecía ante los ojos de los demás, como un hombre más entre tantos –de hecho, sus contemporáneos lo llamaban “el hijo de José, el carpintero”, o “el hijo de María”-, pero en ciertas ocasiones, Jesús se manifestaba exteriormente como lo que Es interiormente, es decir, como Dios Hijo encarnado. Así, por ejemplo, Jesús manifiesta su gloria divina en el Jordán, en el momento de su Bautismo y también lo hace en las bodas de Caná, al convertir el agua en vino, haciendo un milagro que sólo Dios podía hacer y, al poco tiempo de nacer, se manifiesta como Dios a los Reyes Magos. La Epifanía que celebra la Iglesia es, precisamente, esta manifestación divina de Jesús ante los Reyes Magos y es el símbolo del reconocimiento, por parte de los paganos -representados en los Reyes Magos-, de que Cristo es Dios y es el Salvador de la humanidad[1].

         Para entender un poco más la Epifanía, recordemos qué era lo que festejaban los paganos en este día: ellos festejaban un acontecimiento solar, el solsticio de invierno[2], esto es, el simple hecho de que el sol, comenzaba a dar más luz y por lo tanto, más calor, debido a que el invierno comenzaba a disminuir, haciéndose los días más largos y las noches más cortas y también disminuyendo en consecuencia el frío y la oscuridad. En otras palabras, para los paganos era celebrar el mero acontecer de la posición de la tierra en relación al sol, el cual comenzaba a dar más calor y más luz y así en la tierra al mismo tiempo disminuían las tinieblas.

         Es la Iglesia la que le da un sentido real y sobrenatural a esta celebración, ya que la Epifanía que celebra es un acontecimiento no de orden cosmológico, sino sobrenatural, celestial y divino, en el que el Verdadero Sol de justicia, que es Cristo, el Niño Dios nacido milagrosamente en Belén, más que acercarse a la tierra, como lo hace el sol estrella, ingresa en la historia, el tiempo y en la tierra de los hombres; Dios, que es Sol de justicia y Luz y calor de Amor Divino, ilumina a las almas humanas, inmersas en las tinieblas del pecado y les da el calor del Divino Amor a los corazones de los hombres, oscurecidos por el pecado y envueltos en la dureza de corazón, en el odio y en el desamor. Al nacer, el Divino Sol, Jesucristo –que como Dios, es Luz y calor de Amor divinos-, encarnado en la naturaleza humana y apareciéndose como un Niño recién nacido, deja resplandecer la luz de su gloria divina y se manifiesta al mundo, que yacía envuelto en las tinieblas del paganismo y es ese paganismo, al cual se manifiesta Jesús, Luz del mundo, el que está representado en los Reyes Magos. En este sentido, la adoración de los Reyes Magos representa la conversión del mundo pagano y por lo tanto de la oscuridad y tinieblas que caracterizan al paganismo, a la Luz Eterna de Dios que resplandece a través de la Humanidad Santísima del Niño de Belén.

         Así como los Reyes Magos, guiados por la Estrella de Belén, acudieron al Pesebre para adorar a Dios Niño que se manifestaba con la luz de su gloria divina y se postraron ante su Presencia, presentándole en homenaje los dones de oro, incienso y mirra, así nosotros, guiados por la Estrella de Belén viviente, la Virgen María, acudamos al altar eucarístico para adorar a ese mismo Dios hecho Niño, que se manifiesta con la luz de su gloria, a los ojos del alma, en la Eucaristía y nos postremos ante su Presencia Eucarística, presentándole el homenaje de la adoración –representada en el oro-, de la oración –representada en el incienso- y de las obras de misericordia –representadas en la mirra-. Adoremos a Dios en su Epifanía Eucarística, así como los Reyes Magos adoraron a Dios Niño en la Epifanía de Belén.



[2] “Astronómicamente, puede señalar ya sea el comienzo o la mitad del invierno del hemisferio”; cfr. https://es.wikipedia.org/wiki/Solsticio_de_invierno

domingo, 20 de diciembre de 2020

Octava de Navidad 6

 



(Ciclo B – 2020)

         Una de las características que presentan los principales protagonistas del Pesebre de Belén -el Niño, la Madre y el Padre-, es que todos son reyes o descendientes de reyes. En efecto: el Niño, que es Dios Hijo, es Rey de cielos y tierra; su padre adoptivo, San José, desciende de linaje real, del linaje de David; la Virgen, que es también Reina de cielos y tierra, es descendiente de linaje terrenal. Por lo tanto, podríamos suponer que siendo los tres miembros de la Sagrada Familia reyes e hijos de reyes, el Niño Dios podría haber nacido en un palacio magnífico, en un palacio majestuoso, ornamentado con mármoles, piedras preciosas, plata y oro, aunque teniendo en cuenta quien es, Dios Hijo encarnado, un palacio que fuera de oro y sólo de oro, sería para su majestad igual que cenizas y barro. Teniendo en cuenta estas consideraciones, nos preguntamos la razón por la cual Jesús, Rey de cielos y tierra, no nace en un palacio real, o en su defecto, por qué no nace en una de las ricas posadas de Belén, llenas de gente adinerada, bien iluminadas y con abundante espacio y comida, sino que nace en un pobre portal, el Portal de Belén, ubicado en las afueras del poblado y que era en realidad un establo para animales, un buey y un asno.

La razón por la cual nace en el portal y no en un palacio, o que no nazca en las posadas, no es que no se hubiera podido construir un palacio digno de este Rey, ni que en las ricas posadas de Belén no hubiera lugar para la Virgen, San José y el Niño: la razón por la que nace en el Portal de Belén es que el Portal de Belén, oscuro y con animales, es figura del corazón humano sin Dios y con el pecado: así como es el Portal de Belén, así es el corazón del hombre sin Dios y su gracia: oscuro y sometido a las pasiones sin freno, representadas en las bestias irracionales, el buey y el asno. Sin Dios, sin su Amor, sin su gracia, el corazón humano es oscuro, frío, sin amor de caridad, tenebroso y dominado por sus pasiones, que no pueden ser controladas por la razón y así lo dominan por completo, siendo estas pasiones representadas, como dijimos, por el buey y el asno, bestias carentes de razón.

Pero la Presencia de Dios todo lo transforma y es así que el Portal de Belén, oscuro y frío antes del Nacimiento, se ve envuelto en una luz brillantísima, como si brillaran en él miles de soles juntos, cuando el Niño Dios nace; de la misma manera, cuando la gracia entra en el corazón del hombre, el corazón se ilumina con la Luz de Dios y con su Vida y así se convierte, de pobre Portal, en el más rico y esplendoroso palacio. Y de la misma manera a como las bestias –el asno y el buey- luego del Nacimiento, se comportan con toda mansedumbre y se acercan al Niño para darle calor en la fría noche, así las pasiones del hombre, una vez que está la gracia en su corazón, se vuelven mansas y son controladas por la razón iluminada por la gracia. Ésta es la razón entonces por la que el Rey de reyes, el Niño Dios, nace en el pobre Portal de Belén y no en palacio de oro.

jueves, 10 de diciembre de 2020

“Genealogía de Jesucristo”


 

“Genealogía de Jesucristo” (Mt 1, 1-17). ¿Qué sentido tiene insertar una larga lista de nombres, indicativos de la ascendencia de Jesucristo? Tiene un doble sentido: por un lado, corrobar, por la historia humana y al modo como lo hacen los humanos, la existencia en la historia y en el tiempo de Jesús de Nazareth, de manera que nadie pueda decir que Jesús “no existió” o que fue un personaje inventado por las primeras comunidades cristianas; por otro lado, sirve para enmarcar, en el tiempo y en el espacio, el ingreso, desde la eternidad, del Hijo de Dios, porque Jesús es Hombre según la naturaleza humana, pero es Dios según la Persona Divina del Hijo de Dios.

Entonces, insertar la lista de ancestros de Jesucristo tiene este doble propósito, uno humano y temporal y otro divino y celestial: corroborar, con datos históricos, la existencia en el tiempo de Jesús de Nazareth, descartando de plano la posibilidad de que sea un personaje inventado o inexistente; por otro lado, corroborar, con exactitud, el inicio de la plenitud de los tiempos –los últimos tiempos de la humanidad-, tiempos que comienzan con la Encarnación del Verbo y con el Nacimiento de Jesús de Nazareth en Belén.

“Genealogía de Jesucristo”. La larga lista de ancestros de Jesús tiene entonces la intención de corroborar nuestra fe en Jesús como Hombre perfecto, cuya ascendencia humana puede rastrearse genealógicamente, tal como lo puede hacer cualquier hombre de la tierra, y al mismo tiempo nos corrobora el dato de que Jesús de Nazareth es Dios Hijo encarnado, que ha venido para salvarnos y conducirnos al cielo por medio de su Santo Sacrificio en Cruz, renovado cada vez, sacramentalmente, en la Santa Misa.

lunes, 4 de mayo de 2020

“Las obras que hago en nombre de mi Padre, dan testimonio de Mí”





“Las obras que hago en nombre de mi Padre, dan testimonio de Mí” (Jn 10, 22-30). Le preguntan a Jesús acerca de su condición de Mesías, es decir, quieren saber si es Él el Mesías o no. Jesús les responde de un modo directo y práctico: las obras que hace “en nombre de su Padre”, testimonian acerca de Él. ¿Y cuáles son estas obras que testimonian que Jesús es no sólo el Mesías, sino también el Hijo de Dios, puesto que Él se auto-proclama “Hijo del Padre”? Esas obras son los milagros, signos y prodigios que sólo los puede hacer Dios, es decir, son obras que de ninguna manera pueden ser realizadas por naturalezas creadas, sean el hombre o un ángel. En otras palabras, si Jesús resucita muertos, si multiplica panes y peces, si expulsa demonios con el sólo poder de su voz, si cura toda clase de enfermos, entonces quiere decir que lo hace con el poder divino y se trata de un poder divino que Él ejerce no como derivado o participado, sino de modo personal y directo: por esto mismo, estas obras, estos milagros, dan testimonio de que Jesús de Nazareth, el Hijo de María Santísima y de San José, es el Mesías, el Hijo de Dios encarnado.
“Las obras que hago en nombre de mi Padre, dan testimonio de Mí”. Si los prodigios que hace Jesús dan testimonio de su divinidad, de manera análoga se puede aplicar la obra divina por antonomasia que hace la Iglesia Católica, la Eucaristía, para tomar por verdad lo que Ella afirma de sí misma, esto es, que la Iglesia Católica es la Única Iglesia verdadera. Parafraseando a Jesús, la Iglesia, para afirmar su origen divino, puede decir de sí misma: “La obra divina que hago, la Eucaristía, da testimonio de que yo soy la Verdadera y Única Esposa Mística del Cordero”.

martes, 17 de marzo de 2020

“La criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo”




“La criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo” (Mt 1, 16.18-21.24a). En este breve párrafo evangélico, se revela el origen divino de Jesús y la razón por la cual es llamado Hombre-Dios. En efecto, primero se dice que María, sin estar conviviendo aún con José, quedó encinta “por obra del Espíritu Santo”; luego, cuando José sospecha y quiere abandonarla en secreto, en sueños el ángel le confirma que el Hijo que espera María es Dios encarnado: “La criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo”. Es decir, se trata de argumentos escriturísticos que hablan del origen divino de Jesucristo y que por lo tanto echan por tierra todos los argumentos racionalistas que afirman falsamente que Jesús es un simple hombre o que es un hombre santo, pero no Dios Hijo encarnado.
Es muy importante tener esto presente, porque estos versículos se trasladan a la Santa Misa que se celebra todos los días: si Jesús es Hijo de Dios encarnado y no un simple hombre, entonces la Eucaristía no es un simple trozo de pan bendecido, sino el mismo Hijo de Dios encarnado que, por el poder del Espíritu Santo, prolonga su Encarnación en la Eucaristía.
“La criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo”. Así como el ángel le confirma a San José acerca de la divinidad de Cristo, así también, parafraseando al ángel, nosotros podemos decir, junto con el Magisterio de la Iglesia: “El Pan que está en el altar después de la consagración no es un pan terreno, sino el Pan de Vida, Cristo Jesús, que ha bajado desde el cielo al altar por obra del Espíritu Santo”.

lunes, 9 de marzo de 2020

“Mataron al heredero”


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“Mataron al heredero” (Mt 21, 33-43.45-46). La parábola de los viñadores homicidas está dirigida directamente a los fariseos y los sumos sacerdotes y es tan clara, que hasta ellos mismos se dan cuenta que se refiere a ellos: “Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos”. En efecto, la parábola se comprende mejor cuando se reemplazan sus elementos y personajes por elementos y personajes sobrenaturales. Así, el dueño de la viña es Dios Padre; la viña es, primero la sinagoga, y luego la Iglesia Católica; los viñadores homicidas son los sumos sacerdotes y los fariseos; los enviados por el dueño de la viña, los cuales son golpeados e incluso hasta asesinados, son los profetas que anunciaban al Pueblo Elegido la pronta Llegada del Mesías; el heredero del dueño de la viña, que también es asesinado, es Dios Hijo encarnado, Cristo Jesús, que viene a este mundo a cumplir su misterio pascual de Muerte y Resurrección, para rescatar y salvar a la humanidad entera. Puesto que es el heredero, es el dueño de la viña por derecho propio, es decir, Él es el Fundador de la Iglesia Católica; es la “Piedra angular” sobre la que se construye el entero edificio de la Nueva Iglesia del Nuevo Pueblo de Dios, que ya no son los hebreos, sino todos los que reciben el Bautismo Sacramental; el asesinato del heredero es la muerte en cruz de Jesús a manos de los sumos sacerdotes y de los fariseos: matan a Jesús porque no lo reconocen precisamente como al Hijo de Dios encarnado, Heredero del trono de Rey de cielos y tierra; el castigo a los viñadores homicidas es que se quedarán sin la viña -hasta el día de hoy, los hebreos no tienen sacrificio-, mientras que la viña será dada a otros arrendatarios -los gentiles que son incorporados a la Iglesia Católica-, que harán buen uso de ella.
“Mataron al heredero”. No son los sumos sacerdotes y los fariseos los únicos en “matar al heredero”: también nosotros volvemos a crucificar a Jesús y a darle muerte en cruz, toda vez que no lo reconocemos como al Mesías y Salvador de nuestras almas, prefiriendo el pecado antes que la gracia. Para no ser como los viñadores homicidas, hagamos entonces el esfuerzo de evitar el pecado, aun a costa de la propia vida, y de vivir en gracia hasta el último día de nuestra vida terrena, de modo de compartir por la eternidad la gloria del Heredero, Cristo Jesús.