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viernes, 25 de febrero de 2022

“Cada árbol se conoce por su propio fruto”

 


(Domingo VIII - TO - Ciclo C – 2022)

          “Cada árbol se conoce por su propio fruto” (Lc 6, 39-45). Jesús nos da la clave para saber cuál es el espíritu que gobierna en el corazón del hombre y para ello utiliza dos imágenes, la de un árbol bueno, con sus frutos buenos y la de un árbol malo, con sus frutos malos: entonces, así como un árbol bueno, en buen estado de salud, da frutos buenos, saludables, así una persona buena, cuyo corazón es bueno, da frutos de bondad; de la misma manera, así como de un árbol malo, el árbol que se está secando, da frutos malos, frutos secos, sin sabor, así también una persona mala, cuyo corazón es malo, sólo da frutos de malicia.

          Ahora bien, a partir de Cristo, el concepto de bondad y maldad se amplía, puesto que Él viene a traernos la gracia santificante, que nos hace partícipes de la Bondad de Dios y eso es la santidad; por otra parte, quien no participa de la gracia, vive bajo el dominio del pecado y es el pecado el que lo lleva a participar del pecado del Ángel caído, el Demonio. Es decir, a partir de Cristo, el árbol bueno es el alma que vive en estado de gracia y da frutos de santidad, mientras que el árbol malo es el alma que no vive en gracia y que por eso da frutos de pecado.

          ¿Cuáles son los frutos de santidad? Cuando el alma está en gracia, dijimos que participa de la Bondad de Dios y esto es lo que sucedió con los santos, que eran buenos pero no con una simple bondad humana, sino que eran santos, que quiere decir que eran buenos con la Bondad de Dios. Esta bondad divina de la que participaban los santos es la que los llevó a vivir una vida no humana, sino divina, aun cuando vivían en la tierra: por ejemplo, es la bondad que poseía el Padre Pío, la Madre Teresa, o Santo Tomás, o cualquier santo de la Iglesia Católica. Ellos son los máximos ejemplos de los frutos de bondad y santidad divina que pueden dar las almas cuando estas participan de la bondad del Sagrado Corazón de Jesús.

          Por otra parte, los frutos de malicia, son los frutos de la concupiscencia consentida, es decir, el pecado: la maledicencia, la calumnia, la difamación, la mentira, el engaño, la violencia, la deshonestidad, el robo y toda clase de obras malas. Todos estos frutos malos, los frutos envenenados del mal, surgen de los corazones oscuros, de los corazones que no están iluminados, santificados y purificados por la gracia santificante del Corazón de Cristo, que se nos comunica a través de los sacramentos, sobre todo la Confesión Sacramental y la Eucaristía.

          “Cada árbol se conoce por su propio fruto”. Si en nuestros corazones inhabita el Espíritu Santo, por obra de la gracia, entonces daremos frutos de santidad; si en nuestros corazones no está la gracia, sino la oscuridad del pecado, entonces daremos frutos de malicia. El corazón bueno da frutos de bondad; el corazón que no tiene bondad, da solo frutos malos. Cada uno elige qué clase de frutos quiere dar, a Dios y al prójimo.

 

viernes, 16 de febrero de 2018

“El Espíritu lo llevó al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás”


 "Tentación del Señor"

(Temptation of the Lord)


(Domingo I - TC - Ciclo B – 2018)

“El Espíritu lo llevó al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás” (Mc 1, 12-15). Jesús es llevado al desierto por el Espíritu Santo y allí, en el desierto, ayunará durante cuarenta días y cuarenta noches. Hacia el final del ayuno, al experimentar hambre, se le aparecerá el espíritu maligno, el Ángel caído, Satanás, del Demonio, el cual buscará, por medio de la tentación, una tarea imposible de toda imposibilidad: el hacer caer a Jesús en el pecado. El Demonio tienta a Jesús, pero es absolutamente imposible que Jesús hubiera podido caer, no ya en pecado, ni siquiera venial, sino ni siquiera en la más ligera duda acerca de lo que el Demonio le proponía. Esto, en virtud de la condición divina del Hombre-Dios: Jesús es la Segunda Persona de la Trinidad, es Dios Hijo encarnado, y en cuanto Dios, es imposible, de toda imposibilidad, el pecado, desde el momento en que Él es la Santidad Increada en sí misma. También en cuanto Hombre era imposible que Jesús pecara, porque era Hombre perfectísimo, en quien “habitaba corporalmente la divinidad”, por cuanto su naturaleza humana estaba unida hipostáticamente, personalmente, a la Persona Segunda de la Trinidad, lo cual significa que la humanidad de Jesús de Nazareth participaba, con toda su plenitud, de la gloria, la gracia, la sabiduría de Dios Uno y Trino, todo lo cual hacía imposible no solo el pecado, sino siquiera la más mínima imperfección.
Entonces, si Jesús se deja tentar, no es para ver cuán fuerte es Él en relación a la tentación, porque era imposible que, ya sea en cuanto Dios, que en cuanto Hombre perfecto, pudiera pecar. ¿Por qué Jesús permite, entonces, el ser tentado? Jesús se deja tentar en el Demonio en el desierto, para que nosotros tomemos ejemplo de Él ante la tentación y sepamos, con el auxilio del Espíritu Santo, cuáles son las tentaciones a las que nos expone el Demonio, y cómo debemos responder, guiados en el ejemplo de Jesús.
Ante todo, para poder hacernos una idea acerca de qué es la tentación, tomemos la imagen de un pez que, desde dentro del agua, mira hacia la superficie la carnada que esconde el anzuelo tirado por el pescador. Así como el pez mira la carnada y le parece apetitosa, pero en el momento en que la muerde, se da cuenta de la realidad –no era lo que parecía, al fugaz momento agradable, le sigue el dolor y luego la muerte, porque es sacado fuera de su elemento vital, el agua-, de la misma manera el hombre, al contemplar la tentación que encubre el pecado, le parece apetitoso, pero una vez que lo comete, el breve placer terreno y concupiscible del pecado cede al dolor espiritual y a la muerte espiritual ya que, según la gravedad, su alma queda muerta a la vida de la gracia, si se trata de un pecado mortal.
En la primera tentación, el Demonio, al darse cuenta de que Jesús tiene hambre, le dice a Jesús que le pida a Dios que convierta las piedras en pan, así Él podrá satisfacer su hambre corporal. Pero Jesús le responde que no es el hambre corporal la necesidad básica del hombre, sino el hambre espiritual, que se sacia con la Palabra de Dios: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Esto nos enseña que, si es importante saciar el hambre corporal por medio de la alimentación, mucho más importante es saciar el hambre espiritual con la Palabra de Dios, contenida en las Sagradas Escrituras y en la Eucaristía. Otra enseñanza es que de nada sirve al hombre satisfacer su apetito corporal, si no satisface su apetito espiritual, que en el caso del hombre solo puede ser satisfecho por Dios; Dios que, para el católico, está en la Palabra de Dios y en la Eucaristía, por cuanto la Eucaristía es la Palabra de Dios encarnada, que prolonga su Encarnación en el Santísimo Sacramento del Altar. Otra interpretación es que se trata de la tentación de pretender suplantar el primado espiritual de Dios en el hombre, por el primado de los apetitos carnales[1]: Jesús nos enseña a vencer esta tentación con la virtud de la castidad, expresión corporal de la pureza trinitaria del Ser divino.
         En la segunda tentación, el Demonio lleva a Jesús a lo más alto del templo y le dice que se arroje, ya que Dios enviará sus ángeles para que no se haga daño. Jesús le responde: “No tentarás al Señor, tu Dios”. Se trata de un milagro absurdo, innecesario y, ante todo, su sola petición, es temeraria. La petición de un milagro como este, equivale a un desafío a Dios por parte del hombre, que así invierte los términos, porque no es Dios el que pone a prueba al hombre, como debe ser –Dios tiene derecho a ponernos a prueba en el Amor-, sino que es el hombre el que pone a prueba a Dios. Jesús nos enseña que no debemos ser temerarios y pedir a Dios milagros irracionales, cuando somos nosotros mismos los que, voluntariamente, ponemos en peligro nuestras almas. Dios no tiene obligación de quitarnos los obstáculos –pecados- que libre y voluntariamente ponemos en el camino; si nos los quita, es por misericordia, pero no por obligación-. Equivaldría a que alguien, conduciendo un vehículo en un camino de montaña, repentinamente acelerara a toda velocidad, dirigiéndose al precipicio, pidiendo al mismo tiempo a Dios que detenga el vehículo, haciéndolo además responsable del seguro accidente. Otra interpretación es que se trata de la tentación del éxito y del poder mundano, que se vence con la virtud de la pobreza[2], pero no de cualquier pobreza, sino de la pobreza limpia y casta de la cruz, que rechaza los bienes terrenos porque desea solo los bienes del cielo.
En la tercera y última tentación, el Demonio lleva a Jesús a lo más alto de una montaña, le muestra los reinos de la tierra y le dice que se postre ante él y lo adore, y él le dará todos esos reinos. Jesús le responde: “Sólo a Dios adorarás”. Esto nos enseña que solo debemos postrarnos en adoración ante Dios, Presente en Persona en la Eucaristía, y que debemos rechazar cualquier adoración que no sea a Dios en la Eucaristía. Cualquier adoración que no sea a Cristo Eucaristía, es idolatría pagana que ofende a la majestad de Dios. También nos enseña Jesús que debemos despreciar el poder, la fama y los bienes terrenos, porque quien apega su corazón a los bienes terrenos, queda atrapado por la trampa del Demonio, que se oculta detrás de estas cosas. No significa que no debamos esforzarnos para adquirir bienes, ni que debamos renunciar al poder o a la fama mundana, si es que accidentalmente sobrevienen, ya que todo eso puede y debe ser puesto a los pies de Jesús; significa que no debemos darle nuestro corazón a los bienes, a la fama y al poder, ya que solo a Dios debemos el amor de adoración y de gratitud, y para nosotros, los católicos, Dios está en Persona en la Eucaristía, y esa es la razón por la cual solo a la Eucaristía debemos adorar. Otra interpretación es que se trata de la tentación de pretender el hombre cumplir su propia voluntad, de forma independiente y autónoma al Querer divino[3][3] –no en vano el primer mandamiento de la Iglesia de Satanás es: “Haz lo que quieras”, como instigación demoníaca al hombre de rebelión contra el plan divino de salvación-, tentación que se vence con la virtud de la obediencia a los legítimos superiores.
Por último, al citar a la Sagrada Escritura para contrarrestar las insidias del Demonio, Jesús nos da ejemplo de cómo en la Palabra de Dios encontramos la sabiduría y la fortaleza divinas más que suficientes para vencer cualquier clase de tentación. Sin embargo, debemos recordar que no podemos caer en el error protestante, de pensar que la Palabra de Dios es sólo la Sagrada Escritura: para nosotros, los católicos, la Palabra de Dios está contenida, además de las Escrituras, en la Sagrada Tradición –los escritos de los Padres de la Iglesia- y en el Magisterio, además de estar contenida, viva, palpitante, en la Eucaristía. Cometeríamos un gravísimo error si, cediendo al error protestante, pensáramos que la Palabra de Dios es solo la Biblia.
“El Espíritu lo llevó al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás”. Dice el Santo Cura de Ars que “seremos tentados hasta el último instante de nuestra vida terrena”, pero esto no nos debe provocar temor de ninguna clase, porque Jesús nos da ejemplo de cómo vencer a la tentación fácilmente y es acudiendo al ayuno, a la oración, a la penitencia y a la Palabra de Dios, que para nosotros, los católicos, está en la Escritura, en la Tradición, en el Magisterio y en la Eucaristía.


[1] Cfr. Cristina SiccardiLa lotta tra Carnevale e Quaresima di Pieter Bruegelhttps://www.corrispondenzaromana.it/la-lotta-carnevale-quaresima-pieter-bruegel/
[2] Cfr. Siccardi, ibidem.
[3] Cfr. Siccardi, ibidem.

martes, 23 de diciembre de 2014

¡Alegrémonos por la Navidad! Un Dios Niño nace, por el Espíritu, de Virgen Madre, en un portal.




Un Dios Niño nace

De Virgen Madre,

Por el Espíritu,

En un portal.


Un Dios Niño nace,

De Iglesia Madre,

Por el Espíritu,

En el altar.

¡Oh misterio de Navidad,

Misterio de Belén, Casa de Pan!

Por la misa,

El Niño Dios,

Viene a nosotros, como en 
Belén,

¡Vestido de Pan!


P. Álvaro Sánchez Rueda
Navidad 2014

lunes, 16 de abril de 2012

Hay que nacer de lo alto para entrar en el Reino de los cielos



"Hay que nacer de lo alto para entrar en el Reino de Dios" (Jn 3, 1-8). Ante esta afirmación de Jesús, de que se debe nacer "de lo alto", "del agua y del Espíritu", para entrar en el Reino de los cielos, Nicodemo entiende sus palabras en un sentido puramente material, y es así como no puede entender de qué manera sea posible este nacimiento.

Nicodemo interpreta materialmente las palabras de Jesús, así como lo interpretan también materialmente otros judíos cuando Jesús les dice que para entrar en el Reino de los cielos deben "comer su carne" y "beber su sangre".

Sin embargo, Jesús está hablando de un nuevo nacimiento en un sentido puramente espiritual, el que se da por la gracia divina, infundida en el bautismo sacramental, y por eso dice: "Hay que nacer del agua y del Espíritu".

El de Nicodemo no es un error superficial, sino esencial, de base, profundo, que condiciona toda su cosmovisión, llevándolo a interpretar en sentido estrictamente materialista las palabras de Jesús.

Pero no solo Nicodemo, sino millones de cristianos a lo largo de la historia, principalmente en los últimos años, han interpretado el ser cristiano en un sentido pura y exclusivamente materialista: pertenecer a Cristo, ser cristianos, es sólo una cuestión nominal que no afecta la raíz profunda del ser, y es así como piensan que se puede ser cristianos y al mismo tiempo convivir con las pasiones: soberbia, ira, lujuria, avaricia, gula, pereza, envidia.

Para el cristiano materialista, no hay contradicción entre la vida de la materia y la vida del Espíritu, porque sencillamente la vida del Espíritu no existe; solo existe la materia, o sea la carne, entendida esta como ausencia de la gracia.

El problema es que, como dice Jesús, el cristiano materialista no puede entrar en el Reino de los cielos.