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jueves, 29 de abril de 2021

“Si cumplen mis mandamientos, permanecen en mi amor”

 

“Si cumplen mis mandamientos, permanecen en mi amor” (Jn 15, 9-11). Los mandamientos de la Ley de Dios son mandamientos de amor, destinados a que el alma viva en la paz y en el amor de Dios; quien cumple los mandamientos, vive en la paz y en el amor de Dios; quien no los cumple, no tiene ni paz ni amor y por eso mismo, no da paz a los demás y tampoco da amor. Hay muchos movimientos laicistas –como por ejemplo, el feminismo, el movimiento de apostasía- que están cargados de odio y de resentimiento hacia Dios y hacia su Ley, cometiendo la más grande de las injusticias, porque Dios es Amor Infinito –y por eso debe ser objeto de nuestro amor- y porque su Ley es una Ley de amor –y por eso debemos observarla, si queremos vivir en el amor de Dios-. Quien se opone a Dios y a su Ley de amor, además de cometer una gran injusticia, entra en un círculo vicioso en el que el odio y el resentimiento, hacia Dios y hacia el prójimo-, se vuelven cada vez más profundos e intensos, hasta llegar a un punto de no retorno, que es el odio y el resentimiento demoníacos. Los movimientos laicistas que rechazan la Ley de Dios y a Dios que es su Autor, al rechazar al Amor de Dios, entran en una espiral de odio que se vuelve cada vez más fuerte, porque al expulsar de sí mismos al Amor de Dios, con el objetivo explícito de no cumplir su Ley, se llenan en sus corazones con lo opuesto al Amor, que ellos rechazaron libremente y es el odio. Este odio, que comienza siendo humano, crece cada vez más, hasta el punto en que no se puede volver atrás y es cuando el hombre, odiando a Dios, se hace cómplice y partícipe del odio satánico hacia Dios: en otras palabras, si alguien odia a Dios, llegará un momento en que se acercará tanto al Demonio, que éste le hará participar, indefectiblemente, de su odio angélico y demoníaco hacia Dios. Es por esta razón que no da lo mismo, absolutamente hablando, de que la Ley de Dios sea cumplida o no: quien la cumple, vive en el Amor de Dios; quien no la cumple, no tiene paz, no da paz a los demás y en algún momento comenzará a ser partícipe del odio demoníaco a Dios.

Cumplamos la Ley de Dios, que es una Ley de Amor, y así nos aseguraremos de tener, en nuestros corazones, al Dios del Amor, Jesús Eucaristía.

 

jueves, 19 de noviembre de 2020

“Serán odiados por causa mía”

 


“Serán odiados por causa mía” (Lc 21, 12-19). En este Evangelio, Jesús profetiza cómo será la vida de los cristianos en los tiempos previos a su Segunda Venida: serán perseguidos y apresados; serán llevados a tribunales y encarcelados; se los hará comparecer ante reyes y gobernantes; serán traicionados por sus parientes más cercanos; serán odiados por causa de Jesús. Todo esto habrán de sufrir los cristianos y estos sufrimientos se harán más intensos y agudos cuanto más cerca esté la Segunda Venida en la gloria de Nuestro Señor Jesucristo. Hay algo que se debe destacar en esta situación de persecución y es la asistencia del Espíritu Santo a quienes sean perseguidos por causa de Jesús. En efecto, el mismo Jesús lo dice: “No tienen que preparar de antemano su defensa, porque Yo les daré palabras sabias, a las que no podrá resistir ni contradecir ningún adversario de ustedes”. Es decir, quien sea perseguido por causa de Cristo, no debe ponerse a pensar en qué es lo que va a argumentar, cuando sea llevado delante de reyes y gobernantes, porque será Jesús en Persona y el Espíritu Santo quienes hablarán por sus bocas. Por esta razón es que las palabras de los mártires pueden ser consideradas, en sentido amplio, “palabra de Dios”, en el sentido en el que lo dice Jesús, esto es, que será Él quien inspirará lo que deban decir en los momentos previos a su ejecución.

“Serán odiados por causa mía”. En la última persecución, en momentos en que se desencadene la suprema tribulación, los cristianos que se mantengan firmes en la fe en Jesucristo, recibirán el odio del mundo, porque el mundo está bajo el gobierno del Príncipe de las tinieblas y es este quien infunde su espíritu anti-cristiano al mundo, un espíritu de aversión, rechazo y odio contra Dios y su Cristo. Ahora bien, la historia demuestra que han existido diversas persecuciones a lo largo de los siglos, incluso desde los primeros tiempos del cristianismo, por lo que la persecución es una nota característica no sólo de la Iglesia de los últimos tiempos, sino de la Iglesia de todos los tiempos.

“Serán odiados por causa mía”. El odio del mundo y la persecución contra el Nombre de Cristo y todo lo que él representa, es una señal de que el cristiano está por el buen camino, porque está asistido por el Espíritu de Dios. Y aun cuando el mundo desencadene toda su furia contra la Iglesia de Dios y contra los cristianos, estos, aunque mueran, vivirán, porque morirán para la vida terrena, pero nacerán para la Vida eterna. Esto quiere significar Jesús cuando dice: “Ni un cabello de su cabeza perecerá”. No tengamos miedo, por lo tanto, de dar testimonio de Cristo Dios ante el mundo, pues es Él en Persona quien nos protege de todo mal. Es en nuestros tiempos, caracterizados por la apostasía masiva, el materialismo, el ateísmo y el ocultismo, cuando más se necesita el luminoso testimonio de vida de santidad de los cristianos.

viernes, 8 de julio de 2016

“Yo los envío como a ovejas en medio de lobos”


“Yo los envío como a ovejas en medio de lobos” (Mt 10, 16-23). Los discípulos de Jesús, en medio del mundo, son comparados, por el mismo Jesús, a “ovejas en medio de lobos”. ¿Por qué esta comparación? Una oveja es un animal manso, en tanto que el lobo es un animal agresivo y carnívoro y depredador, siendo la oveja uno de sus blancos preferidos y más fáciles de conseguir. La mansedumbre del cristiano-oveja se debe a que, por la gracia, se hace partícipe de la mansedumbre del Cordero de Dios, en tanto que la agresividad y hostilidad del mundo sin Dios, participan de la furia deicida del Ángel caído y de la malicia que brota del corazón del hombre en pecado. A primera vista, pareciera como si los cristianos en el mundo estuvieran inermes e indefensos y en grave peligro de muerte, así como un rebaño de ovejas está en peligro inminente de ser devorado por una manada de lobos que rodea al redil. Sin embargo, la indefensión de los cristianos es sólo aparente, porque mientras las ovejas sí están indefensas y nada pueden hacer contra las dentelladas de los lobos, si estos alcanzan a hundir sus dientes en sus tiernas carnes, los cristianos, por el contrario, están protegidos por la Sangre del Cordero de Dios, que ahuyenta a los lobos, los ángeles caídos, y los protege de la malicia de los hombres sin Dios. Si un pastor terreno dejara a su redil a merced de una manada de lobos, desentendiéndose de su suerte, se podría decir, con toda justicia, que ese pastor es desalmado y que no le importa nada el destino de sus ovejas, pues es inevitable que los lobos terminen desgarrando, con sus filosos dientes, los cuerpos indefensos de las ovejas, terminando con el rebaño entero en muy poco tiempo. Pero no es este el caso del Pastor Eterno, Cristo Jesús, porque aunque sus ovejas están en el mundo, rodeadas de lobos y de peligros para la eterna salvación, es Él mismo en Persona quien las asiste, las protege y las cuida para que nada malo les suceda, protegiéndolas con su Amor divino, de manera que ni todo el mal del mundo, ni todo el odio del infierno, puede siquiera tocar un cabello de un cristiano, si Jesús no lo permite (cfr. Mt 10, 29-30). Si Jesús nos envía a los cristianos a un mundo sin Dios, es para que, asistidos por su Sangre, por su Amor y por el Espíritu Santo, sea Él quien conquiste el mundo, por medio de nuestro testimonio, venciendo el odio con el Divino Amor y la violencia con la mansedumbre de su Sagrado Corazón.

miércoles, 22 de mayo de 2013

“Vivan en paz unos con otros”



“Vivan en paz unos con otros” (Mc 9, 41-50). El mandato de Jesús no se reduce a un mero mandato moral; no se trata de una norma más dentro de un plan que regula el convivir entre los hombres. La paz en la que tienen que vivir los discípulos, sus discípulos, es la paz suya, la paz que Él da en cuanto Hombre-Dios –“La paz os dejo, mi paz os doy”-; es la paz que se derrama sobre los hombres desde el Corazón traspasado de Jesús en la Cruz; es la paz de Dios, que Dios concede al hombre al perdonarle sus pecados, todos sus pecados, incluido y en primer lugar el más horrible de todos, el deicidio de su Hijo en la Cruz. Si alguien se pregunta cuál es la reacción de Dios Padre ante la muerte de Dios Hijo en la Cruz, causada por los pecados de los hombres, solo tiene que contemplar a Cristo crucificado, para darse cuenta de que Dios Padre, lejos de condenarnos por haber dado muerte al Hijo de su Amor, nos perdona, y el signo de ese perdón es la Sangre de Jesús derramada en la Cruz.
Es esta paz, la que se derrama sobre el alma junto con la Sangre de Cristo, la paz que se origina y funda en el Amor trinitario y que llena de gozo y de alegría al alma, es la que el cristiano tiene que transmitir a su prójimo, a todo prójimo, independientemente de su estado espiritual o anímico y de si este prójimo es amigo o enemigo.
El que recibe de Cristo crucificado la paz, debe dar paz a los demás, y esta paz es la condición para la unidad, y la unidad es signo distintivo de Dios que es Amor: “Que todos sean uno como Tú y Yo, Padre, somos uno, y así el mundo creerá” (Jn 17, 21). La discordia, por el contrario, provoca desunión y a esta reflexión nos quiere conducir el Santo Padre Francisco cuando contrapone la unidad en el amor y en la paz de Dios producto de Pentecostés, del soplo del Espíritu sobre los discípulos, a la desunión, producto de la discordia y de la ausencia del Espíritu de Dios. El Santo Padre dice: “¿Creo unidad en torno a mí o divido, divido, divido? (…) ¿Llevo la palabra de reconciliación y de amor que es el Evangelio en el medio en el que vivo?”. El cristiano tiene que preguntarse también: “¿Soy causa de discordia, desunión y ausencia de paz en el medio en el que vivo? ¿Llevo la palabra de reconciliación y de amor o de discordia y odio?”. Si el cristiano se descubre como el causante de la falta de paz de los demás, es porque no ha rezado al pie de la Cruz, no se ha enterado del perdón de Dios en Cristo, no ha recibido su paz y, como no tiene paz, no puede dar paz.
“Vivan en paz unos con otros”. Para dar la paz de Cristo a los demás, es necesario hacer oración ante el crucifico y ante el sagrario, para que la paz de Cristo inunde nuestros corazones y, desde allí, se irradie a todo prójimo.

lunes, 20 de mayo de 2013

“El que quiera ser el primero que sea el último y el servidor de todos”



“El que quiera ser el primero que sea el último y el servidor de todos” (Mc 9, 30-37). Llevados por la ambición y la codicia, los discípulos de Jesús comienzan a discutir entre ellos sobre “quién sería el más grande”. En todos late el deseo desordenado de fama, de poder, de recibir honores y glorias mundanas. A pesar de estar con Jesús y de recibir de Él sus enseñanzas; a pesar de ser testigos directos de sus más grandes milagros; a pesar de haber recibido la Buena Noticia del Reino de los cielos, de labios del mismo Jesús, Buena Noticia que les habla de un destino ultraterreno y eterno, Buena Noticia que les habla de la caducidad de la vida presente y de la cercanía y proximidad de la vida eterna, los discípulos siguen aferrados a esta vida material, terrena, temporal; vida que se termina indefectiblemente, aunque el hombre viva ochenta, cien, ciento veinte años, y se termina para dar paso, indefectiblemente también, a la eternidad. A pesar de esto, a pesar de ser conscientes de la próxima llegada del Reino de los cielos y de la eternidad, los discípulos actúan como si esta vida terrena fuera la única y como si las pasiones que los dominan tuvieran que ser satisfechas a toda costa, y ese es el motivo por el cual “discuten para ver quién es el más grande”.
Cuanto más se ama el mundo y menos el Reino de Dios, tanto más se aman las pompas del mundo, sus fastos vanos y pasajeros, fastos más efímeros que un soplo de suave brisa. La falta de amor a Dios y a su Reino, el desprecio y olvido de las palabras de Jesús, conducen a esta situación de discordia en el seno de la Iglesia, discordia producida por la malicia del hombre y la perversidad del demonio, que atiza de todas las maneras posibles el carbón del odio que late en el corazón del ambicioso.
Jesús escucha las disputas de sus discípulos y con voz pausada pero firme les advierte que a los ojos de Dios las cosas son diametralmente opuestas: “El que quiera ser el primero que sea el último y el servidor de todos”, y será Él en Persona quien dará ejemplo de lo que predica. En la Encarnación, siendo Dios, es engendrado en el seno de María Virgen como un cigoto; en su vida oculta, es conocido como un vecino más entre el pueblo; en la Última Cena, siendo Dios Hijo encarnado, se arrodilla ante cada uno de sus discípulos para lavarles los pies, como si fuera un esclavo; en el Juicio inicuo al que es sometido antes de su Pasión, es pospuesto a favor de un gran malhechor, Barrabás; en la Cruz, muere como el más grande de los fracasados entre los hombres; una vez muerto, ni siquiera tiene un sepulcro propio, y debe ser sepultado en un sepulcro nuevo, propiedad de José de Arimatea.
Sin embargo, este hecho de ser Jesús “el último y como el servidor de todos”, le vale conseguir, para toda la humanidad, la gloria de Dios, a la que tienen acceso al concederles el perdón de los pecados por su sacrificio en Cruz.
“El que quiera ser el primero que sea el último y el servidor de todos”. Lo que Jesús quiere decir a sus discípulos, que se ven envueltos en la discordia a causa de su codicia y ambición, que aquel que sea ambicioso y tenga codicia de dinero, de poder, de fama, de honra y gloria mundana, eleve sus ojos a la Cruz, y así se dará cuenta que el más grande en el Reino de los cielos es el que en esta vida es más insignificante a los ojos de los hombres.

martes, 27 de noviembre de 2012

“Serán odiados a causa de Mi Nombre, pero por vuestra perseverancia salvaréis vuestras vidas”



“Serán odiados a causa de Mi Nombre, pero por vuestra perseverancia salvaréis vuestras vidas” (Lc 21, 10-19). Antes de la Segunda Venida, el mal será tan abundante en la tierra, que el solo hecho de pertenecer a Cristo y llevar su nombre, el nombre de cristianos, desencadenará el odio del mundo.
El motivo del odio a los cristianos en los últimos tiempos, será causado por la incompatibilidad de las cosmovisiones: para los cristianos, existe un Dios Uno en Tres Personas, la Segunda de las cuales se encarnó en el seno de María Virgen, y es de este Dios Trino de quien derivan la naturaleza y sus leyes, la moral y la ética. Para los cristianos, Dios Trino creó al hombre e imprimió en la naturaleza humana las leyes de su perfecto funcionamiento, de modo que alterar la naturaleza, como por ejemplo, el uso de anticonceptivos, iría en contra de su designio amoroso sobre el hombre; fue Dios quien, además, dispuso que por medio del bautismo, el cuerpo del hombre fuera su templo del Espíritu Santo y santuario de Dios Padre, y que su corazón fuera el sagrario de Dios Hijo encarnado, Jesús Eucaristía, y esto es tan real que, al introducir imágenes impuras en ese  templo que es el cuerpo, se profanan, más que la persona humana administradora del cuerpo, a las Tres Divinas Personas, a quienes el cuerpo, el alma, y el corazón, pertenecen, y con mucha mayor razón se dice de la profanación física del cuerpo; fue Dios quien creó al hombre varón y mujer y santificó esta unión por medio del sacramento del matrimonio, de manera tal que el amor que santifica esta unión es el Amor mismo de Cristo, y es la razón por la cual la infidelidad, el mal trato entre los esposos, el abandono de uno al otro, son profanaciones al Amor santo de Dios Trino; fue Dios Trino quien creó al alma para que se deleitara en la contemplación de la Verdad y no se empecinara en el error, de manera que la obstinación en la herejía, en la apostasía, en la falsedad, injuria gravemente su santidad; fue Dios quien creó a la voluntad humana para que se alegrara en el Bien infinito de su Ser divino, de modo que la idolatría a las creaturas, tal como se ve en la actualidad –política, fútbol, deportes, diversiones-, es un insulto a su majestad infinita.
Al fin de los tiempos, antes de la Segunda Venida de Nuestro Señor Jesucristo, los seguidores del Anticristo habrán conseguido construir una civilización radicalmente falsa, anti-natural, anti-cristiana, blasfema y sacrílega, hecha a la medida de la humanidad sin Dios; será una humanismo religioso, pero sin Dios, puesto que el Dios del hombre en ese momento será el propio hombre, y esta civilización anti-cristiana contrastará tanto con los designios de Dios, que quienes permanezcan fieles a la Persona del Hijo de Dios, serán odiados y perseguidos, así como fue odiado y perseguido el mismo Hijo de Dios.
“Serán odiados a causa de Mí pero por su perseverancia salvaréis vuestras vidas”. Pero los que sean odiados por el mundo, tendrán un consuelo que superará toda adversidad y todo odio recibido del mundo: recibirán el Amor de Dios Padre, el Espíritu Santo, que hablará a través de ellos.
Cuando aparezcan estos cristianos, que darán testimonio de Cristo desde las cárceles del Anticristo, será la señal de que la Segunda Venida del Hijo del hombre está muy cercana.

viernes, 11 de mayo de 2012

Amaos los unos a los otros como Yo os he amado” (II)



“Amaos los unos a los otros como Yo os he amado” (II). Jesús deja un mandamiento nuevo, el mandamiento de la caridad: “Amaos los unos a los otros, como Yo os he amado”.
De ahora en adelante, quien quiera ingresar en el cielo, quien quiera salvar su alma, sólo deberá cumplir este mandamiento, uno solo, nada más que uno: “Amaos los unos a los otros, como Yo os he amado”.
El que viva el mandamiento nuevo del amor, será “sal de la tierra y luz del mundo”, porque hará gustar por anticipado el sabor del cielo con las obras de misericordia, e iluminará las tinieblas del mal que envuelven al mundo, con la luz del Amor divino.
Si esto es así, nos podemos preguntar: ¿por qué, cada día que pasa, el mundo y la vida de los hombres se vuelven cada vez más oscuros? ¿Por qué el mundo prueba, cada vez más, el amargo sabor del odio entre los hombres?
Porque los cristianos, la gran mayoría, no saben amar como Cristo manda amar: hasta la muerte de Cruz, ya que eso es lo que significa: “Amaos los unos a los otros, como Yo os he amado”.
Todavía más, los cristianos, en vez de amarse unos a otros, hasta la muerte de Cruz, buscan, día y noche, cómo destrozarse mutuamente, cómo engañarse, cómo faltarse a la caridad, cómo vengarse, cómo usar al otro en provecho propio.
Porque los cristianos no saben amar como Cristo los amó, hasta la muerte de Cruz, es que el mundo se sumerge, cada vez más, en las tinieblas del mal.

Amaos los unos a los otros como Yo os he amado (I)


“Amaos los unos a los otros como Yo los he amado” (I). Jesús deja para sus discípulos un solo mandamiento, que más que agregarse a los que ya existían, los condensa en sí mismo a todos, al tiempo que los eleva a un estado infinitamente más alto.
         Jesús deja un solo mandamiento nuevo, nada más que uno, de modo tal que los cristianos no pueden decir que no cumplen sus palabras porque los mandamientos son muchos. Nadie puede decir: “Son tantos los mandamientos, que no sé cuál cumplir primero, y por eso no los cumplo”. Es uno solo, y nada más que uno, en el que está resumida y concentrada toda la Ley divina.
         Es uno solo, solamente uno, y sin embargo, si el mundo sucumbe, envuelto en las tinieblas del odio del hombre contra el hombre, es porque los cristianos, a pesar de que Jesús deja un solo mandamiento, no son capaces de vivirlo y cumplirlo, dejando de esta manera de ser “luz del mundo y sal de la tierra”.
         Y sin la luz de Cristo, el mundo es cubierto cada vez más por las espesas y oscuras tinieblas del mal; sin la sal del Amor de Cristo, la vida humana no solo se vuelve insípida, sino amarga como al hiel.
         La causa del impresionante avance de las fuerzas del mal sobre toda la humanidad, no es que los cristianos no sean capaces de amar, puesto que sí aman: la causa del avance del mal es que los cristianos aman, pero solo de un modo humano, que siempre es un amor limitado y mezquino, que se deja llevar por las apariencias. Los cristianos aman, pero humanamente; no aman hasta la muerte de Cruz, que es como Jesús lo pide: “Amaos los unos a los otros, como Yo os he amado”, y Jesús nos ha amado hasta la Cruz.
         El cristiano, a pesar de que es un solo mandamiento, no ha aprendido a amar como Cristo lo pide, hasta la muerte de Cruz, lo cual quiere decir un amor infinitamente más grande y potente que el amor humano, porque se trata de un Amor celestial, sobrenatural, divino.
         El Amor de la Cruz es un amor tan poderoso, que su fuerza alcanza, por ejemplo, no solo para superar las desavenencias entre los esposos, o los desencuentros entre padres e hijos, o las enemistades entre unos y otros, sino que su fuerza es tan grande, que quema en la hoguera del Amor divino toda clase de discordia y enemistad, al tiempo que enciende los corazones en el Fuego del Amor divino.
         Esto quiere decir que si los esposos se amaran entre sí, como Cristo los amó, no habrían separaciones; si los hijos amaran a sus padres, como Cristo los amó, no habrían hijos rebeldes, malos y desagradecidos; si los cristianos amaran a sus enemigos, como Cristo los amó, no habrían más discordias, violencias, guerras.
         Si los cristianos amaran a sus prójimos como Cristo los amó, la tierra sería un anticipo del Paraíso celestial.
        Si el mundo cae en el abismo del odio, es porque los cristianos no aman como Cristo los amó.
        
        

sábado, 31 de marzo de 2012

Domingo de Ramos



(Domingo de Ramos - Ciclo B - 2012)
        En este Domingo, como su nombre lo indica, la Iglesia toda conmemora el ingreso triunfal de Jesús a Jerusalén, ingreso en el que fue saludado con ramos de olivo. En su forma solemne, la Santa Misa da inicio con una procesión, en la que se lee el Evangelio que relata el ingreso de Jesús en Jerusalén, y la entrada y posterior procesión del sacerdote hacia el altar, imitan a Jesús en su entrada triunfal en la Ciudad Santa. El episodio no es anecdótico; todo lo contrario, por el misterio de la liturgia, la Iglesia toda se hace partícipe de este ingreso triunfal, y como en la multitud, compuesta por el Pueblo Elegido, está prefigurado el Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica, se hace necesario reflexionar acerca de lo sucedido en ese momento, para determinar cuáles son sus enseñanzas espirituales.
¿Qué sucede el Domingo de Ramos? La multitud lo aclama, cantando hosannas y aleluyas, reconociendo en Cristo al Mesías de Israel, el anunciado por los profetas, aquel que venía en nombre de Dios. La muchedumbre se muestra agradecida porque Jesús ha obrado maravillas y prodigios asombrosos, sin número, maravillas y prodigios que han colmado sus expectativas, que han demostrado ser una bendición del cielo. Allí, en la muchedumbre, están los que "comieron hasta saciarse" gracias al milagro de la multiplicación de los panes; están los que fueron curados de su ceguera, de su sordera, de su mudez; están los que fueron curados de su posesión demoníaca; están todos los que recibieron milagros, prodigios, curaciones, sanaciones, de parte de Jesús.
         Todos cantan, alaban, glorifican a Jesús, porque les ha satisfecho el hambre, les ha traído salud, paz, alegría, y por eso acompañan a Jesús en su ingreso a la ciudad de Jerusalén.
         Sin embargo, solo unos cuantos días después, el Viernes Santo, la misma multitud, la misma muchedumbre, compuesta por aquellos mismos que recibieron dones maravillosos de parte de Jesús, será la que, inexplicablemente, elija a Barrabás en vez de Jesús, posponiéndolo por un malhechor, reemplazando a su benefactor por un asaltante y homicida; la misma muchedumbre, que antes había aclamado hosannas y aleluyas a Jesús, será ahora la que pedirá a gritos su crucifixión: "¡Crucifícale! ¡Crucifícale!" (Lc 23, 21-23); la misma multitud que había aclamado, exultante, a quien bajando del cielo curó sus males y expulsó los demonios que la atormentaban, clama ahora, con furia deicida, que la sangre bendita del Hombre-Dios, que saltará a borbotones a causa de las heridas recibidas, "caiga sobre ellos y sobre sus hijos" (cfr. Mt 27, 25), demostrando con esta petición que del cielo no quiere ya más la bendición, sino la condena en el infierno, porque es eso lo que espera a quien voluntariamente rechaza el don del Cielo; la misma multitud que lo trató como al Mesías esperado, lo trata ahora despiadadamente, como no se trata ni al peor de los delincuentes; la misma multitud que lo acompañó entre cantos de alegría a su ingreso en Jerusalén, lo expulsa ahora de la misma ciudad, entre insultos, gritos de odio y de muerte, y de blasfemias.
         ¿Qué es lo que pasó, entre el Domingo de Ramos y el Viernes Santo, para que se produjera semejante cambio, que llevara del amor a Jesús al odio desenfrenado que sólo puede aplacarse con su muerte en cruz?
         Lo que explica el cambio en la multitud es la presencia del "misterio de iniquidad" (2 Tes 2, 1ss) que anida en el corazón del hombre, que hace que de este corazón surja toda clase de males: "Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez" (Mc 7, 20-23).
        
         Y debido a que este “misterio de iniquidad” anida tanto en el Pueblo Elegido, como en el Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica, en esta muchedumbre deben verse reflejados los cristianos, que en un momento parecen alabar a Jesús, y en otro lo niegan, obrando el mal. En esta muchedumbre ambivalente están comprendidos aquellos que no terminan de recibir la comunión, y ya están calumniando, difamando, hablando mal, criticando, a su prójimo; en esta muchedumbre cambiante deben verse los cristianos que, recibiendo una prueba como don del cielo que hace participar de la Cruz de Jesús, inicialmente la aceptan, pero cuando la prueba se hace más dura, la rechazan, se quejan, no la aceptan, reniegan de ella, y desearían que les fuera quitada; en esta muchedumbre que del amor pasa al odio, están los cristianos que en apariencia son cristianos, es decir, aparentan vivir los Mandamientos de la Ley divina, pero a la hora de la verdad, no dudan en ver programas inmorales, cometer estafas, aceptar sobornos, consentir la envidia, la lascivia, la soberbia.
        
        Ayer, el Pueblo Elegido, luego de aclamar a Jesús el Domingo de Ramos, pocos días después, el Viernes Santo, pide a gritos su crucifixión.
         Los cristianos, que forman el Nuevo Pueblo Elegido, deben preguntarse cómo se comportan con relación a Jesús, que viene en nuestro tiempo, no montado en un humilde borriquito, sino escondido bajo la apariencia de pan, para entrar, no en la ciudad de Jerusalén, sino en el alma.
         ¿Qué encuentra Jesús Eucaristía en el corazón del que lo recibe en la comunión? ¿Alabanzas sinceras, declamaciones de amor, reconocimiento con obras de misericordia de que Él es el Mesías elegido?
         ¿O, por el contrario, escucha los mismos gritos del Viernes Santo?
         Cada cristiano, libremente, con el trato que da a su prójimo, decide aclamar a Jesús, como en el Domingo de Ramos, o vituperarlo hasta la muerte de cruz, como en el Viernes Santo.