Mostrando entradas con la etiqueta Cristo Dios en la Eucaristía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cristo Dios en la Eucaristía. Mostrar todas las entradas

jueves, 11 de marzo de 2021

“Si otro viniera en nombre propio, a ése sí lo recibirían”

 


“Si otro viniera en nombre propio, a ése sí lo recibirían” (Jn 5, 31-47). Jesús les reprocha a los judíos su incredulidad, porque no creen en Él como Dios Hijo, enviado por el Padre y para demostrarles el grado de ceguera espiritual en el que están inmersos, da un argumento irrefutable acerca de su divinidad: si no le creen a Él, al menos deben creer en sus obras, porque esas obras que Él realiza, son obras propias de Dios y no de un hombre. Por eso dice Jesús: “Yo tengo un testimonio mejor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido realizar y que son las que yo hago, dan testimonio de mí y me acreditan como enviado del Padre”. Y luego lo vuelve a repetir: quien da testimonio de Él es el Padre, porque Él realiza obras que sólo el Padre puede hacer, lo cual demuestra que Él es el Hijo de Dios en Persona. Si no fuera Dios como el Padre, entonces no podría hacer las obras que hace y que testimonian su divinidad. ¿Cuáles son estas obras, que dan testimonio de que Jesús es Dios Hijo encarnado, el Hijo del Padre Eterno? Sus obras son los milagros que hace: resucitar muertos, curar enfermedades instantáneamente, expulsar demonios con el solo poder de su voz, multiplicar la materia, como en milagro de los panes y los peces y así como estos, muchos otros más. Todos estos milagros no podrían ser hechos si Jesús fuera solamente un hombre santo -como afirman los protestantes-, un profeta del cielo -como afirman los musulmanes-, pero sólo un hombre. Si Jesús se auto-proclama como Dios y hace obras que sólo Dios puede hacer, entonces Jesús es quien dice ser: el Hijo de Dios encarnado y su Padre no es San José, sino el Padre Eterno. Por esto Jesús les reprocha a los judíos su incredulidad: porque viendo como ven, en persona, los milagros que Él hace, no le creen y no solo no le creen, sino que lo tratan de blasfemo, de poseso, de mentiroso, todas acusaciones que luego se repetirán en el juicio inicuo cuando Jesús sea arrestado y dé inicio a su Pasión.

“Si otro viniera en nombre propio, a ése sí lo recibirían”. El reproche de Jesús es que no le creen a Él, ni siquiera viendo sus obras milagrosas, pero si viniera otro, en nombre propio, a ése sí le creerían y es lo que sucedió, sucede y sucederá hasta el fin de los tiempos, esto es, la aparición de falsos cristos, de prefiguraciones y anticipos del Anticristo que se manifestará antes del Juicio Final. Ahora bien, el reproche dirigido a los judíos, también es dirigido a los católicos, a los integrantes del Nuevo Pueblo Elegido, porque muchos –muchísimos- católicos, viendo los milagros que hace Jesús a través de su Iglesia –el principal de todos, su Presencia sacramental en la Eucaristía-, aun así, no solo dudan de la divinidad de Cristo, sino que abandonan la Iglesia, cometiendo el pecado de apostasía, tal como hizo Judas Iscariote cuando, después de traicionarlo, abandonó el Cenáculo para entregarse del todo a Satanás. En otras palabras, Jesús anticipa proféticamente lo que estamos viviendo en el siglo XXI: por un lado, la apostasía dentro de la Iglesia Católica; por otro lado, el surgimiento de falsos cristos, de numerosos anti-cristos que, amparados por la secta luciferina de la Nueva Era, se hacen pasar por el Verdadero Cristo. Muchos católicos cometen el mismo pecado de incredulidad de los judíos: luego de recibir el Catecismo de Primera Comunión y luego de comprobar cómo la Iglesia Católica realiza un milagro que sólo la Verdadera Iglesia de Dios puede hacer, como la transubstanciación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, a pesar de esto, abandonan la Iglesia Católica para ingresar en sectas evangélicas o, peor aún, entregarse en manos de curanderos, de brujos, de satanistas, de ocultistas. Por eso el reproche de Jesús va dirigido no sólo a los judíos de su tiempo, sino también a nosotros, los católicos, para que no seamos incrédulos y creamos que Él es quien dice ser: Cristo Dios en la Eucaristía. No seamos incrédulos y creamos firmemente en Cristo Dios Presente en Persona en la Eucaristía.

 

sábado, 28 de noviembre de 2020

“Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven”

 


“Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven” (Lc 10, 21-24). ¿A qué dicha se refiere Jesús cuando dice que sus discípulos son “dichosos” por sus ojos ven lo que ven? Se refiere a la dicha de poder contemplarlo a Él, que es el Mesías, el Hijo Eterno del Padre, encarnado en una naturaleza humana, para nuestra salvación. Son dichosos sus ojos porque ven a Cristo Dios en Persona; porque ven, con sus ojos corporales, al Hijo de Dios humanado; porque ven a la Segunda Persona de la Trinidad hecha hombre, sin dejar de ser Dios, sin dejar de ser la Segunda Persona de la Trinidad. Los discípulos pueden considerarse verdaderamente dichosos porque ven, con los ojos del cuerpo, a Dios en Persona, que se ha encarnado en la naturaleza humana de Jesús de Nazareth; ven al Hijo del Padre Eterno con sus propios ojos y esta visión de Jesús, esta contemplación de Jesús, es algo reservado a los ángeles en el Cielo y ahora está al alcance de los discípulos, porque el mismo Hijo de Dios al que los ángeles contemplan extasiados en el Reino de Dios, es el mismo Dios Hijo que habla, camina, en medio de los hombres, en la tierra. Por todo esto los discípulos pueden considerarse dichosos, por ver al Dios Mesías, anunciado por los profetas, por ver a Dios Encarnado, el Dios Redentor en Persona, el Salvador de los hombres, anunciado por los profetas, al que profetas y reyes quisieron ver pero no pudieron: “Porque yo les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron”. Por todo esto, los discípulos de Jesús pueden considerarse “dichosos”, es decir, bienaventurados, felices, afortunados.

“Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven”. Ahora bien, si los discípulos de Jesús fueron llamados “dichosos” por el mismo Jesús, porque lo vieron a Él, Dios Hijo, encarnado en una naturaleza humana, también a nosotros, los católicos, la Iglesia nos llama “dichosos”, porque podemos ver, con los ojos del alma iluminados por la luz de la fe, al mismo Hijo de Dios encarnado, oculto en apariencia de pan. A nosotros, los católicos, nos pueden llamar “dichosos”, porque allí donde otros ven un poco de pan bendecido en una ceremonia religiosa, nosotros vemos a Cristo Dios, con su Humanidad Santísima, resucitada y gloriosa, oculta en la apariencia de pan. Por eso, parafraseando al Evangelio, la Santa Madre Iglesia nos dice a nosotros, los católicos: “Dichosos vosotros, porque ven, con la luz de la fe, a Cristo Dios oculto en la Eucaristía. Dichosos vosotros, porque muchos hombres de buena voluntad, pertenecientes a otras religiones, querrían ver lo que ustedes ven por la fe, y no lo ven. Dichosos ustedes, católicos, porque pueden ver, con la luz de la fe y los ojos del alma, a Cristo Dios en la Eucaristía”.