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jueves, 13 de marzo de 2025

“Su rostro y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante”

 


(Domingo II - TC - Ciclo C – 2025)

“Su rostro y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante” (Lc 9, 28b-36). El relato del Evangelista describe lo que en el Monte Tabor aparece visiblemente ante los ojos de Pedro, Santiago y Juan: en la cima del Monte Tabor, Jesús resplandece con una luz blanca, resplandeciente: “Su rostro y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante”. El fenómeno descripto por el Evangelista es aquello que de inmediato capta la atención de los discípulos que están frente a Jesús y es la luz que se irradia desde Jesús, desde la humanidad de Jesús. Ahora bien, lo que debemos tener en cuenta es que se trata de un fenómeno sobrenatural, es decir, un fenómeno que se origina en Jesús, que es Dios, y por lo tanto, aunque el fenómeno de la emisión de luz por parte de Jesús se describe con lenguaje humano, el lenguaje no puede transmitir la real magnitud del esplendor de Jesús, llamado por la Iglesia como “Transfiguración”.

Por esta razón, debemos preguntarnos: ¿de qué luz se trata? Porque la esencia de la Transfiguración es la emisión de luz por parte de Jesús y, siendo así, no se trata de un hecho secundario, sino central; en otras palabras, dilucidar la naturaleza de la luz emitida por Jesús, nos conduce no solo a saber de qué luz se trata, sino la razón por la cual Jesús se transfigura, es decir, emite luz radiante, resplandece “con una blancura deslumbrante”, como dice el Evangelista.

La interpretación racionalista es la propia de quienes niegan la naturaleza divina de Jesús y sea desde fuera o desde dentro de la Iglesia, pretenden instalar un discurso racionalista-progresista, negador de todo lo sobrenatural, de lo celestial, de lo divino, sería que la luz emitida por Jesús se trata, en realidad, de la luz natural: el racionalismo progresista católico, que tuerce la fe en la dirección del evangelismo protestante, dice que esta emisión de luz, a la que la Iglesia llama “Transfiguración”, no es otra cosa que un fenómeno óptico o visual, una especie de distorsión de la realidad provocada por la imaginación de los Apóstoles: en realidad, la Transfiguración, para un racionalista, no es otra cosa que la luz del sol: el día estaba nublado y, en un determinado momento, las nubes corridas por el viento dan lugar a la aparición del sol, cuyos rayos, convergiendo de forma repentina e intensa sobre el rostro y la humanidad de Cristo, por unos pocos segundos o minutos, da la sensación visual de una luminosidad extraordinaria, fuera de lo normal. Es obvio que esta interpretación racionalista no se corresponde con la fe católica.

La respuesta a la pregunta sobre la verdadera naturaleza de la luz de la Transfiguración emitida por Jesucristo en el Monte Tabor la proporcionan los monjes griegos del Monte Athos, los cuales dicen así: “La luz de la inteligencia es diferente a la luz percibida por los sentidos. La luz sensible nos hace percibir los objetos materiales, al alcance de nuestros sentidos, mientras que la luz intelectual nos manifiesta la verdad que está en la inteligencia. La vista y la inteligencia perciben dos luces distintas. Sin embargo, en aquellos que son dignos de recibir la gracia y la fuerza espiritual y sobrenatural, reciben tanto por la vista como por la inteligencia una luz que está más allá de toda luz creada, de todo sentido y de toda inteligencia… Esta luz no es conocida sino por Dios, porque Él mismo es esa luz, y la da a conocer a quienes tienen la experiencia de la gracia”[1]. Según esta última interpretación, se puede decir que la luz que irradia de Cristo es la luz de Dios que ilumina el intelecto humano, concediendo a éste una capacidad superior a la normal, con la cual puede ver lo que antes estaba oculto, en este caso, la verdad sobre la divinidad de Cristo[2]. Esta interpretación explica qué es lo que sucede en el intelecto humano cuando es iluminado por la luz de la gracia, a través de la cual puede conocer la divinidad de Cristo; esta es una respuesta que da la interpretación verdadera sobre la luz de Cristo en el Tabor. Es por eso que los discípulos ven la luz de Cristo con los ojos del cuerpo y con la inteligencia, pero la experiencia propiamente mística y sobrenatural, es ver a Cristo envuelto en su gloria divina. En otras palabras, Cristo es Dios; Él, en cuanto Dios, emite la luz de su gloria divina trinitaria en el Monte Tabor; los Apóstoles, iluminados por la gracia, perciben la luz divina trinitaria auxiliados por la gracia; el Evangelista describe esta luz divina trinitaria como luz de “blancura deslumbrante”, haciendo una analogía con lo que él conoce en la naturaleza, pero refiriéndose a un fenómeno sobrenatural que sobrepasa infinitamente todo fenómeno natural conocido.

Los monjes del Monte Athos distinguen entonces dos luces, la de la inteligencia y la de la sensibilidad, de otra luz, la luz increada, la luz divina, que sobrepasa infinitamente a estas dos[3]. Es esta última luz, la luz de la divinidad, la luz de la Santísima Trinidad, la que surge de Cristo en el Monte Tabor como de su fuente.

La luz que irradia de Cristo en el Monte Tabor y que provoca su Transfiguración, es la luz que procede de su propio ser divino trinitario, de su propia esencia divina, de su propia naturaleza divina trinitaria. “Dios es luz”, dice el evangelista Juan[4], y Cristo afirma de sí mismo: “Yo Soy la luz del mundo”[5], y la Iglesia lo confirma en el Credo Niceno-Constantinopolitano al referirse a Jesucristo como: “Dios de Dios, Luz de Luz”[6] y esta “Luz de Luz” la que Cristo emite en el Monte Tabor, la que resplandece a través de su Humanidad Santísima y la que la Iglesia denomina “Transfiguración”.

Entonces, la luz que emite Cristo no es una luz natural, como la luz del sol, ni tampoco es una luz en sentido analógico, como la luz de la razón humana: es la luz de la gloria del Ser divino trinitario y esta consideración es esencial porque, a diferencia de la luz creada, la luz del Ser divino trinitario, la luz que emite Jesús, Luz de Luz, Dios de Dios, es una luz viva, porque posee la vida del Ser divino de la Trinidad y esta luz que es Vida Increada, da vida a quien ilumina, en este caso, a los hombres. Y además de iluminarlos, los une al Ser divino de Dios Trino, es decir, une a Dios con los hombres y así el hombre, iluminado por Cristo, Luz Eterna de Dios, vive una nueva vida, una vida que ya no es la vida humana, sino una participación a la vida divina trinitaria, y ya no vive en tinieblas, ni en las tinieblas del error, ni en las tinieblas de la mentira, ni en las tinieblas del pecado y, todavía más, es liberado de la opresión y del dominio de las tinieblas vivientes, los ángeles caídos, cumpliéndose así las palabras de Jesús: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12).

Jesús dice que aquel a quien Él ilumine, tendrá “la luz de la vida”, es decir, será iluminado por la luz divina del Ser divino trinitario y como esta luz divina es una luz viva, que da la vida de la Trinidad a quien ilumina, el que sea iluminado por Cristo tendrá en sí la luz de la Trinidad, una luz que es vida porque es viva, pero con una vida distinta a la humana y a la angélica, porque es la vida misma de la Santísima Trinidad. Es una vida en la que la persona humana iluminada entra a participar de la vida de la Trinidad, es decir, comienza una vida de íntima comunión de diálogo y amor con las Tres Divinas Personas de la Trinidad, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Por esta razón, mucho más que simplemente “no vivir en tinieblas”, quien es iluminado por Cristo vive con la luz viva de la Trinidad y esto quiere decir entrar en íntima comunión de vida y amor con las Tres Divinas Personas de la Sacrosanta Trinidad, algo que es tan inmensamente grandioso y sublime, que no nos alcanzarían eternidades de eternidades, ni para comprenderlo, ni para dar gracias por tan inmerecido don, conseguido al precio de la Sangre de Cristo derramada en la Cruz.

Éste es un primer aspecto a considerar en la Transfiguración de Nuestro Señor en el Monte Tabor, el de la naturaleza de la luz que emite Jesús y qué efectos produce en el alma a quien Jesús ilumina.

El otro aspecto a considerar en la Transfiguración es que Jesús se transfigura, es decir, deja resplandecer la luz de la gloria divina de su Ser divino trinitario antes de la Pasión, dice Santo Tomás, con el objetivo de hacerles ver a sus Apóstoles que Él es Dios y que luego del drama de la Pasión, luego de su Dolorosa y Sangrienta Pasión, luego de su Muerte en Cruz, Él habría de resucitar con su poder divino. Jesús se transfigura, deja resplandecer la luz de su divinidad, para hacerles ver que Él es Dios en Persona y que en cuanto tal, tiene poder sobre la vida y la muerte; Él es “el Alfa y el Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin” (Ap 22, 13); Él es “el que estaba muerto y ahora vive” (cfr. Ap 1, 18) para siempre y su reino no tendrá fin, porque durará por eternidades de eternidades.

En el Monte Tabor, el Hombre-Dios Jesucristo aparece envuelta en la luz gloriosa de la Trinidad, para que su Iglesia de todos los tiempos contemple esta gloria divina y contemplándola, comprenda que luego de la Cruz viene la Luz; comprenda que no hay Luz sin Cruz; comprenda que a la Eterna Luz se llega por el Madero Santo de la Cruz; comprenda que no hay Monte Calvario sin Monte Tabor y no hay Monte Tabor sin Monte Calvario; Cristo se transfigura en el Monte Tabor para que nosotros, que somos su Iglesia, comprendamos que solo por la Santa Cruz viene la gloria eterna y la comunión de vida y amor con las Tres Divinas Personas de la Trinidad.

Un último aspecto a considerar en la Transfiguración es que tanto el Cristo Crucificado y Sangrante del Monte Calvario, como el Cristo Resplandeciente y luminoso del Monte Tabor, está en Persona, real, verdadera y substancialmente, en ese Nuevo Monte Calvario, en ese Nuevo Monte Tabor, que es el Altar Eucarístico, el Altar del Sacrificio. Es decir, en la Eucaristía está contenida la misma gloria divina trinitaria que resplandece en la Humanidad de Jesús en el Monte Tabor, en la Transfiguración, solo que está oculta a la percepción sensible de nuestros ojos corporales.

En el Nuevo Monte Tabor, el Altar Eucarístico, la Humanidad y la Divinidad de Jesucristo están contenidas en el Sacramento de la Eucaristía; Cristo Eucaristía resplandece en el Altar Eucarístico, Nuevo Monte Tabor, para hacernos ver que la Cruz de esta vida terrena es pasajera y que luego de esta Cruz nos espera la luz de la gloria divina contenida en la Eucaristía. Además, por la Eucaristía, somos iluminados con la luz de la gloria del Cristo Eucarístico, luz que nos hace entrar en comunión de vida y amor, ya desde esta vida terrena, con las Tres Divinas Personas de la Trinidad, el Padre y el Espíritu Santo. La Iglesia oriental, en la fiesta de la Transfiguración, le dirige a Cristo Dios esta oración: “Tú te has transfigurado sobre la montaña, oh Cristo Dios, y la gloria ha colmado de tal admiración a Tus discípulos, que al verte crucificado han comprendido que tus sufrimientos son voluntarios y por eso anunciarán al mundo que Tú eres verdaderamente el Esplendor del Padre”[7]. Nosotros podemos decir, análogamente: “Tú, Cristo Dios, apareces transfigurado en la gloria del sacramento del altar, para hacernos comprender que unidos a tu cruz en esta vida, viviremos para siempre en la gloria de Dios Trino en la vida eterna”.

 



[1] Cfr. Lossky, ibidem, 220.

[2] Cfr. Vladimir Lossky, Théologie mystique de l’Église d’Orient, Ediciones Montaigne, Paris 1944, 220.

[3] Cfr. Lossky, ibidem, 220.

[4] 1 Jn, 1, 5.

[5] Jn 8, 12.

[6] Cfr. Misal Romano, Liturgia de la Palabra, Credo.

[7] Cfr. Lossky, ibidem, 145, nota 1.


sábado, 24 de agosto de 2024

“Después de oírlo, muchos de sus discípulos decían: “¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?”



(Domingo XXI - TO - Ciclo B - 2024)

“Después de oírlo, muchos de sus discípulos decían: “¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?” (Jn 6, 60-69). Luego de la revelación de Jesús a sus discípulos de la necesidad de “comer su Carne y beber su Sangre” para tener “vida eterna” y además de la necesidad ineludible de cargar la cruz de cada día para seguirlo a Él por el Camino de la cruz, muchos de sus discípulos, que evidentemente estaban sólidamente aferrados a la vida terrena, mundana y carnal y que no tenían previsto abandonar este mundo para ingresar en el Reino de los cielos por el Camino de la cruz, se oponen frontalmente al plan divino de redención, que implica ineludiblemente el sacrificio de sí mismo en unión con Jesús en el altar de la cruz, en el Monte Calvario y así lo expresan con sus palabras: “¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?”. Es decir, mientras Jesús hace milagros que implican la curación de enfermedades corporales incurables, o cuando multiplica milagrosamente panes y peces para que la multitud quede más que saciada en su apetito corporal, o cuando hace milagros de resurrección corporal, devolviendo a la vida terrena a seres queridos que habían fallecido recientemente, como al hijo de la viuda de Naím, a la hija del jefe de la sinagoga, provocando alivio ante el dolor de la muerte terrena, todos están contentos con Jesús, todos lo aclaman, todos están satisfechos con Jesús, todos quieren proclamarlo rey. Pero cuando Jesús les dice que deben dejar la vida terrena, que deben dejar de alimentarse solo con alimentos terrenos para comenzar a alimentarse con su Cuerpo y su Sangre para así tener vida eterna; cuando les dice que deben dejar la vida de pecado; cuando les dice que deben dejar su propio “yo” y que para eso deben cargar la cruz de cada día, para seguirlo a Él pro el Camino del Calvario, para así morir al hombre viejo y nacer al hombre nuevo, al hombre regenerado por la gracia, ahí entonces, cuando Jesús no hace los milagros que ellos quieren, cuando Jesús les pide, por su propio bien, que se preparen para la vida eterna por medio de la cruz y que se alimenten no con carne de pescado y con pan sin vida, sino con la Carne del Cordero de Dios y con el Pan Vivo bajado del cielo, la Sagrada Eucaristía, es entonces cuando Jesús y su mensaje de salvación les parece “duro”: “Son duras estas palabras, ¿quién puede escucharlas?”. Ante la perspectiva del sacrificio personal en el ara de la cruz, ineludiblemente necesario, para alcanzar el Reino de los cielos, muchos de los discípulos de Jesús, muchos de los hasta entonces llamados “cristianos”, dejan de seguirlo, porque prefieren la pereza al sacrificio, prefieren la  molicie y la vida fácil, sin complicaciones, olvidando qué es lo que Dios mismo dice acerca de la vida del hombre en las Sagradas Escrituras: “Lucha es la vida del hombre sobre la tierra” (cfr. Job 7, 1ss) y esa lucha es para ganar el Cielo y el Cielo sólo se conquista por medio de la Cruz, muriendo al hombre viejo y naciendo al hombre nuevo, el hombre que vive de la gracia que le concede la Sagrada Eucaristía.

“Son duras estas palabras”. Al contrario de lo que dicen los discípulos, las palabras de Jesús son suaves y llevaderas: “Mi yugo es suave y mi carga liviana”, porque es Él mismo quien lleva la cruz por nosotros, pero son duras las palabras de Jesús para quien vive según la materialidad de la humanidad y no según la vida que otorga el Espíritu Santo: “El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida”. Jesús les hace ver que ellos analizan sus palabras sin el Espíritu Santo, solo con la luz de la razón y es por eso que no pueden trascender la horizontalidad de esta vida terrena: “la carne de nada sirve”. Quien analiza las palabras de Jesús sin la luz del Espíritu Santo permanece en sus razonamientos humanos y no puede trascender su límite humano, quedándose en un análisis meramente racional de las palabras de Jesús.

Una gran parte de los discípulos de Jesús se encuentra en el mismo dilema de los judíos: al igual que los judíos, que no poseen el Espíritu Santo y por eso mismo no pueden comprender que “comer la Carne y beber la Sangre de Jesús” se refiere a la “Carne y la Sangre glorificados” de Jesús”, es decir, a la Eucaristía, a la Carne y a la Sangre de Jesús habiendo ya pasado por su misterio pascual de muerte y resurrección, como no pueden entender eso, no pueden trascender esas palabras y se quedan en la materialidad de esas palabras, se niegan a renunciar a sí mismos, a cargar la cruz de cada día y por eso abandonan a Jesús: “Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo”. Quienes así obran, son los hombres terrenales, carnales, que están tan aferrados a esta vida terrena, a las pasiones y a los bienes materiales, que arrojan fuera de sí a la cruz y abandonan el seguimiento de Cristo; son las semillas que caen en terreno infértil, en terreno pedregoso, son las semillas que no dan fruto, son los corazones en los que la Palabra de Dios no arraiga, porque son corazones fríos y duros como piedras. Lo mismo que sucede con los discípulos de Jesús en el Evangelio, sucede con una inmensa mayoría de bautizados en nuestros días, quienes, ante la exigencia de la Iglesia de vivir los Mandamientos de Dios, de cumplir con los Preceptos de la Iglesia, de frecuentar los Sacramentos, de obrar las Obras de Misericordia, para así preparar el alma para afrontar el Juicio Particular de cara a la vida eterna en el Reino de los cielos, repiten a coro, con los discípulos del Evangelio: “Son duras estas palabras, ¿quién puede escucharlas?” y, al igual que ellos, arrojan fuera de sí la cruz de Jesús y se marchan en dirección contraria al Camino del Calvario, el Único Camino que conduce al Cielo.

Pero no todos abandonan a Cristo Jesús: aquellos que, a pesar de sus miserias y pecados, aquellos que, a pesar de sus debilidades y caídas, poseen el Espíritu Santo, es éste Espíritu Santo Quien les hace comprender que la Cruz es un “yugo suave” porque Jesús la lleva por nosotros y que además es el Único Camino para llegar al Cielo y es por esto que no abandonan a Jesús, sino que lo reconocen como al Dios encarnado cuyas palabras son Palabras pronunciadas por Dios, son Palabras de Dios y por lo tanto, son Palabras de Vida eterna, son Palabras que dan Vida eterna a quien las escucha con fe, con amor y con devoción: “Jesús preguntó entonces a los Doce: “¿También ustedes quieren irse?”. Simón Pedro le respondió: “Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios”. Simón Pedro dice esto porque sí está iluminado por el Espíritu Santo y por eso reconoce, en las palabras de Cristo, a la Divina Sabiduría encarnada, que le revela que el único camino posible al Cielo es alimentar el alma con la Carne y la Sangre glorificados del Hijo de Dios y así alimentados con este Alimento Celestial, cargar la Cruz de cada día, para poder llegar a la Jerusalén celestial. De ahí su respuesta, exacta y precisa: “Sólo Tú tienes palabras de Vida eterna”. Jesús no solo tiene Palabras de Vida eterna, sino que Él Es, en Sí mismo, la Palabra Eternamente pronunciada del Padre, que se encarna en el seno de la Virgen Madre y que prolonga su Encarnación en el seno Virgen de la Madre Iglesia, el Altar Eucarístico, para donársenos como Pan de Vida eterna, para que alimentándonos de este Pan Vivo bajado del cielo, comencemos ya, desde esta vida, a dejar de vivir la vida del tiempo terreno y comencemos a vivir la vida eterna, la vida del Reino de los cielos.



        

 

 


jueves, 14 de marzo de 2024

“Cuando Yo sea levantado en alto atraeré a todos hacia Mí”

 




(Domingo V - TC - Ciclo B – 2024)

“Cuando Yo sea levantado en alto atraeré a todos hacia Mí” (cfr. Jn 12, 20-33). Jesús está revelando proféticamente qué es lo que sucederá cuando Él sea crucificado en el Monte Calvario. Es verdad que cuando Él sea crucificado, todos los que asistan a la crucifixión en ese momento, levantarán sus cabezas para contemplarlo a Él crucificado, pero Jesús no se está refiriendo a este hecho solamente. El momento de la crucifixión de Jesús es un hecho inédito en la historia de la humanidad, en donde Aquel que es crucificado no es un hombre bueno o santo, sino Dios Tres veces Santo y esto supone el desencadenamiento de fuerzas divinas, celestiales y sobrenaturales que, desprendiéndose de la Cruz, se irradian sobre toda la humanidad, traspasando el espacio y el tiempo, extendiéndose desde Adán y Eva hasta el Día del Juicio Final y atravesando toda la historia humana, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. La crucifixión del Hombre-Dios Jesucristo es un acontecimiento pleno de sucesos sobrenaturales que la humanidad ni siquiera puede imaginar: mientras exteriormente todos ven a un hombre crucificado, en la realidad del mundo espiritual, se desprende del Corazón traspasado del Cordero de Dios una fuerza divina, celestial, que atrae literalmente a toda la humanidad hacia Sí mismo, como si de un poderoso imán de almas se tratase: “Cuando sea levantado en alto, atraeré a todos hacia Mí”, y en ese ser atraídos todos hacia Él, como el que los atraerá será el Espíritu Santo, que iluminará las mentes de los hombres, todos los que sean atraídos hacia Jesús sabrán que Él es Dios: “Cuando hayan levantado en alto al Hijo del hombre sabréis que Yo Soy”: el “Yo Soy” es el nombre propio de Dios con el que los judíos conocían a Dios; por lo tanto, Jesús está diciendo claramente que Él es Dios y que cuando sea crucificado, atraerá a todos hacia Él y todos sabrán que con sus pecados crucificaron a Dios.

“Cuando Yo sea levantado en alto atraeré a todos hacia Mí”. Todos los hombres de todos los tiempos serán atraídos, porque su Corazón traspasado será como la compuerta de un dique que se abre, para dejar pasar al Espíritu Santo, el Espíritu del Amor divino, que en un doble movimiento de descenso desde el Corazón de Jesús y luego de ascenso hacia Él, llevará hacia Jesús, atraerá hacia Jesús, y de Jesús al Padre, a toda la humanidad, sin exceptuar a ninguno y todos sabrán que Jesús es Dios, porque Jesús se aplica a sí mismo el nombre con el que los judíos conocían a Dios: “Yo Soy”. Pero el hecho de que Jesús los atraiga para que sepan que Él es Dios y que los hombres crucificaron a Dios con sus pecados, no es para que permanezcan en ese estado, sino para que movidos por el Espíritu Santo, se arrepientan de sus pecados y por la oración, la penitencia y el amor, vuelvan al seno del Padre, por el Amor del Espíritu Santo, en el Corazón de Jesús.

Ambos efectos de la crucifixión -la atracción de los hombres y el subsecuente arrepentimiento y contrición- están anticipados en el profeta Zacarías, en donde se describe proféticamente el Viernes Santo, día de la crucifixión del Cordero de Dios –“me mirarán a Mí, a quien traspasaron”-, día que será de luto para la humanidad, pero también será día de gracia y de bendición, porque del Corazón traspasado del Cordero se derramará sobre los hombres “un espíritu de gracia y de oración”, es decir, se derramará la Sangre del Cordero, y con la Sangre del Cordero, el Espíritu Santo, el “Espíritu de gracia y de oración” que penetrando en los corazones de los hombres, les concederá la gracia de la contrición del corazón, profetizada en el llanto. Dice así admirablemente, la profecía de Zacarías, profetizada VI siglos antes de Cristo: “Derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de oración. Me mirarán a mí, a quien traspasaron, harán llanto como llanto por el hijo único y llorarán como se llora al primogénito. Aquel día será grande el luto de Jerusalén (Za 12, 10-11)”. No puede ser más clara y directa la referencia a la crucifixión del Señor Jesús: “Me mirarán a Mí, a quien traspasaron (…) llorarán como se llora al primogénito”. El llanto y el luto de saber que dimos muerte al Cordero de Dios, debe dar paso a la alegría de saber que el mismo Dios a Quien traspasamos con nuestros pecados, nos perdona y derrama sobre nosotros su Divina Misericordia: “derramaré un espíritu de gracia y de oración”.

Por esto, las palabras de Jesús podrían quedar: “Cuando sea traspasado, desde mi Corazón traspasado derramaré sobre ustedes un Espíritu de gracia y de oración, que los atraerá hacia Mí, su Dios y así arrepentidos de sus pecados recibirán el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo”. En otras palabras, en el momento de la crucifixión, se derramará sobre los hombres el Espíritu Santo, que concederá la gracia de la conversión a quien contemple a Jesús crucificado, tal como le sucedió por ejemplo a Longinos, el soldado romano que atravesó al Sagrado Corazón con su lanza. Por último, debemos agregar que la Misericordia Divina es infinita y eterna, no tiene tiempo ni espacio y actúa en todo tiempo y espacio y también llega a nosotros a través de la liturgia eucarística de la Santa Misa: puesto que la Santa Misa es la renovación incruenta y sacramental del sacrificio del Calvario, sacrificio en el cual se derrama el Espíritu Santo a través de la Sangre del Corazón traspasado, también en la Santa Misa, en la elevación de la Hostia consagrada, se repite el mismo prodigio de la elevación del Señor en la Cruz, y es así como la Iglesia dice: “Cuando sea levantada en alto la Eucaristía, Jesús Eucaristía derramará desde su Sagrado Corazón Eucarístico el Espíritu Santo, espíritu de gracia, de conversión, de oración, de piedad, de amor”.

 


miércoles, 13 de septiembre de 2023

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

 



Como fieles católicos, podemos preguntarnos cuál es la razón por la que “adoramos” la Santa Cruz, porque esta adoración podría parecer que está en contradicción con nuestro deber de cristianos, de adorar al Único Dios Verdadero, Dios Uno y Trino. Este conflicto aparece ya en los primeros siglos del cristianismo, al punto de ser negada la adoración de la cruz, incluso por escritores y apologistas cristianos, como Minucio Félix, quien dice así a los paganos: “Nosotros no adoramos la cruz y tampoco la deseamos. Ustedes, los paganos, adoran dioses de madera, en los cuales imitan la figura de un hombre crucificado”[1].

         A esta objeción, los cristianos respondemos que sí adoramos la Cruz, pero de un modo diverso a como adoran los paganos a sus ídolos: no adoramos un trozo de madera; adoramos al Hombre-Dios Jesucristo, Rey de reyes y Señor de señores, quien está representado, simbólicamente, por la Santa Cruz. Adoramos la Santa Cruz como símbolo y signo del misterio de la salvación, porque es en la Cruz en donde fuimos redimidos, al precio de la Sangre Preciosísima del Cordero[2]. Cuando adoramos la Cruz, adoramos al Cordero de Dios que ha sido inmolado en el altar de la Cruz; cuando adoramos la Cruz, no adoramos al madero en sí mismo, sino a la Sangre del Cordero que empapa e impregna el leño de la Cruz; cuando adoramos la Cruz, adoramos la Sangre de Dios Hijo encarnado, que, brotando como un torrente de sus heridas abiertas, impregnó la Cruz para luego caer sobre nuestras almas. Entonces, los cristianos, no adoramos el leño, sino a Cristo, el Cordero, que se hizo Cruz para nuestra salvación, impregnando el madero con su Sangre Preciosísima. Los cristianos adoramos la Santa Cruz, bañada y empapada por la Sangre del Cordero de Dios. Adoramos, amamos, besamos la Santa Cruz de Jesús, porque está cubierta por la Divina Sangre del Cordero de Dios, inmolado en el Monte Calvario para nuestra eterna salvación.

         Adoramos la Cruz en el Santo Calvario, adoramos la Cruz en la Santa Misa, la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz, adoramos la Santa Cruz de Jesús, implantada en lo más profundo de nuestros corazones.



[1] Cfr. Minucio Félix, Octavius 29, 6s; cit. Odo Casel, Presenza del mistero di Cristo, 1995, Editorial Queriniana, 94-95.

[2] Cfr. Odo Casel, Presenza del mistero di Cristo, 1995, Editorial Queriniana, 94-95.

miércoles, 2 de agosto de 2023

Fiesta de la Transfiguración del Señor

 



(Ciclo A – 2023)

El Evangelio relata la Transfiguración del Señor de la siguiente manera: “(los vestidos de Jesús) se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero[1] en el mundo”. Esto nos lleva preguntarnos qué es un “batanero” y la Real Academia Española nos dice que es la persona que trabaja con un “Batán”[2], siendo el batán una especie de máquina hidráulica que se usaba ya sea para cambiar la textura de la prenda -dejándola más compacta-, ya sea para desengrasarla, es decir, limpiarla. A falta de una palabra adecuada que pueda revelar la naturaleza de la Transfiguración del Señor, el Evangelista utiliza una palabra conocida en la época y es la de “batanero”. De esta manera, describe la Transfiguración, la cual es, en realidad, una epifanía, es decir, una manifestación visible de la gloria divina, una manifestación visible de la gloria de Dios Uno y Trino. En el Monte Tabor, Jesús se transfigura delante de Pedro, Santiago y Juan, es decir, revela visiblemente la gloria divina que brota de Acto de Ser divino trinitario, con lo cual sus Apóstoles tienen, además de los milagros que hace Jesús, una prueba irrefutable de que Cristo es Dios y no simplemente un hombre santo o un profeta santo. La primera epifanía se dio en Belén, cuando Jesús Niño se transfigura y deja manifestarse visiblemente su gloria divina; la otra epifanía es su Bautismo en el río Jordán y ahora con esta, completa las tres epifanías con las cuales Jesús demuestra que es Dios Hijo encarnado, la Segunda Persona de la Trinidad encarnada en la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth.

En relación a los judíos, la Transfiguración es en realidad una continuación de la revelación recibida por los judíos a través de los profetas, entre ellos, el Profeta Daniel. Si hubieran prestado atención a esta revelación de los profetas, no habrían crucificado al Señor de la gloria, Cristo Jesús. Es decir, los judíos, en cierto sentido, siendo el Pueblo Elegido, habían recibido ya en anticipo, a través del Profeta Daniel, el momento de la Transfiguración de Jesús, aunque no supieron que se trataba de Jesús de Nazareth sino hasta después la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. La Transfiguración de Jesús está anticipada en Daniel, cuando el Profeta describe la divinidad de Jesús, al ver a un “anciano sentado en unos tronos” -Dios Padre-, con una cabellera como lana limpísima -es la divinidad lo que señala como “limpísimo”-; el profeta describe el trono del anciano como “llamas de fuego”, con llamaradas que brotaban de las ruedas -anticipo del Espíritu Santo, quien se manifiesta como “fuego” en Pentecostés-; el “río impetuoso de fuego” es el Espíritu Santo, y los “millones de millones que le servían” al anciano, representan a las almas de los santos y también a los ángeles que perseveraron fieles a la Trinidad y no se rebelaron.

Luego Daniel relata que se “abren los libros” -es la Palabra de Dios escrita, la Sagrada Escritura-, al mismo tiempo que aparece “una especie de hombre venir entre las nubes del cielo” y ese hombre es Jesús de Nazareth, a quien Dios Padre le da “el poder, el honor y el reino” y este poder será “eterno” y su “reino no acabará”, porque Jesús será ensalzado en la gloria, a la diestra de Dios Padre, luego de su Pasión, Muerte y gloriosa Resurrección. Entonces, como ya lo dijimos anteriormente, el pueblo judío había recibido, aunque en figuras que no podían comprender, la revelación de Dios como Uno y Trino y la revelación de Jesús de Nazareth como el Hombre-Dios, como Dios Hijo que se encarna sin dejar de ser Dios -y que prolonga su Encarnación en la Eucaristía-. La Transfiguración de Jesús en el Monte Tabor estaba contenida, en figura, en la revelación recibida por el Pueblo Elegido.

Otro aspecto a tener en cuenta en la Transfiguración es que, del mismo modo a como la Transfiguración del Señor en el Monte Tabor no se entiende si no es a la luz del Monte Calvario, así también los judíos, habiendo recibido en anticipo la divinidad de Jesús, “el hijo de hombre”, a través del Profeta Daniel, así también (los judíos) habían recibido, en anticipo, la sangrienta Pasión del Hombre-Dios Jesucristo, en las visiones del “Cordero inmolado por nuestros pecados”, según el Profeta Isaías.

La Transfiguración en el Monte Tabor no se entiende si no es a la luz de otro monte, el Monte Calvario: entre estos dos montes, se desarrolla el drama del misterio salvífico de Jesús: en el Monte Tabor, lugar de la Transfiguración, Jesús se reviste de su gloria divina, la gloria divina y eterna que Él poseía desde toda la eternidad como Hijo de Dios; en el Monte Calvario, Jesús se reviste de su propia Sangre, la Sangre gloriosa del Cordero de Dios, que se derrama para obtener el perdón divino para la humanidad. Por esto mismo, si el Monte Tabor es obra de Dios Padre -porque la gloria que Jesús manifiesta es la gloria que Él como Hijo recibe del Padre desde la eternidad-, del mismo modo podemos decir que el Monte Calvario, en donde Jesús se cubre no de luz divina sino de su propia Sangra, que brota de sus heridas abiertas, es obra de nuestras manos, porque somos nosotros los que, con nuestros pecados, golpeamos la Humanidad Santísima de Jesús hasta hacerla sangrar y esto es así porque el pecado, una vez cometido, no se disuelve en el aire, sino que impacta, con mayor o menor violencia, en la Humanidad Santísima de Jesús. Es por esto que, si en el Tabor lo vemos resplandeciente de luz y de gloria divina, concedida por el Padre, en el Monte Calvario lo vemos cubierto de sangre y de heridas abiertas, provocadas por nuestros pecados.

Por esto mismo, porque la Transfiguración está íntimamente ligada a la Pasión del Señor, hagamos el propósito de no lastimar más a Jesús con nuestros pecados; hagamos el propósito de no abrir más heridas en su Humanidad Santísima, evitando el pecado; hagamos el propósito de vivir en estado de gracia, para recibirlo con su Humanidad gloriosa y con toda la gloria de su Ser divino trinitario, en la Sagrada Eucaristía. Pidamos la conversión eucarística, para nosotros y para nuestros seres queridos, para adorar en la Santa Misa al Cordero de Dios que sangra en la Pasión y derrama su Sangre en el Cáliz y que revela su gloria divina en la Sagrada Eucaristía.



[1]
1. 
m. Hombre que cuida de los batanes o trabaja en ellos; https://dle.rae.es/batanero

[2] 1. m. Máquina generalmente hidráulica, compuesta de gruesos mazos de madera, movidos por un eje, para golpear, desengrasar y enfurtir los paños; https://dle.rae.es/bat%C3%A1nA1n

jueves, 6 de agosto de 2020

“Su rostro resplandecía como el sol”



“Su rostro resplandecía como el sol” (Mt 17, 1-9.). Jesús se transfigura delante de sus discípulos en el Monte Tabor. La luz con la que resplandecen su rostro y sus vestiduras y su humanidad toda, no es una luz ajena a Él; no es una luz que venga de afuera, que le haya sido prestada o concedida. Es la luz de su Ser divino trinitario, que en cuanto Ser divino es luz y Luz Eterna. En realidad, resplandece más que miles de soles juntos, porque es una luz inefable, desconocida, celestial, sobrenatural, viva, que vivifica con la Vida divina a todo aquel que ilumina. La otra cuestión que hay que considerar en la Transfiguración es la razón por la cual Jesús se transfigura, es decir, se reviste de luz y es porque en poco tiempo se revestirá también, pero esta vez no de luz, sino de sangre, de su propia sangre, en otro monte, el Monte Calvario. Por eso esta transfiguración en el Monte Tabor hay que contemplarla a la luz de otro monte, el Monte Calvario, en donde será la Sangre y no la luz la que cubrirá el Rostro y la Humanidad Santísima del Redentor. Jesús se reviste de luz eterna, antes de la Pasión, para que los discípulos, cuando lo vean cubierto por su Sangre y con sus heridas abiertas, convertido en un guiñapo sanguinolento, no desfallezcan y recuerden que ese Hombre malherido, que va camino del Calvario portando la Cruz, es el Hombre-Dios, es Dios, que es Luz eterna, que ahora está cubierto de Sangre, que brota de sus heridas abiertas, porque con su Sangre salvará a la humanidad.

“Su rostro resplandecía como el sol”. No es necesario que estemos en el Monte Tabor para contemplar el Rostro transfigurado de Jesús: lo contemplamos, con la luz de la fe, cada vez que contemplamos la Eucaristía, porque allí se encuentra Jesús, vivo, glorioso, radiante, resplandeciente de luz eterna. Y no es necesario que acudamos al Monte Calvario para verlo cubierto de Sangre: cada vez que asistimos a la Santa Misa, asistimos a la renovación, incruenta y sacramental, de su Santo Sacrificio de la Cruz y cada vez que comulgamos, bebemos su Sangre, la Sangre que derramó en el Monte Calvario.

 


jueves, 2 de julio de 2020

“Su rostro resplandecía como el sol”




“Su rostro resplandecía como el sol” (Mt 17, 1-9.). Jesús se transfigura delante de sus discípulos en el Monte Tabor. La luz con la que resplandecen su rostro y sus vestiduras y su humanidad toda, no es una luz ajena a Él; no es una luz que venga de afuera, que le haya sido prestada o concedida. Es la luz de su Ser divino trinitario, que en cuanto Ser divino es luz y Luz Eterna. En realidad, resplandece más que miles de soles juntos, porque es una luz inefable, desconocida, celestial, sobrenatural, viva, que vivifica con la Vida divina a todo aquel que ilumina. La otra cuestión que hay que considerar en la Transfiguración es la razón por la cual Jesús se transfigura, es decir, se reviste de luz y es porque en poco tiempo se revestirá también, pero esta vez no de luz, sino de sangre, de su propia sangre, en otro monte, el Monte Calvario. Por eso esta transfiguración en el Monte Tabor hay que contemplarla a la luz de otro monte, el Monte Calvario, en donde será la Sangre y no la luz la que cubrirá el Rostro y la Humanidad Santísima del Redentor. Jesús se reviste de luz eterna, antes de la Pasión, para que los discípulos, cuando lo vean cubierto por su Sangre y con sus heridas abiertas, convertido en un guiñapo sanguinolento, no desfallezcan y recuerden que ese Hombre malherido, que va camino del Calvario portando la Cruz, es el Hombre-Dios, es Dios, que es Luz eterna, que ahora está cubierto de Sangre, que brota de sus heridas abiertas, porque con su Sangre salvará a la humanidad.
“Su rostro resplandecía como el sol”. No es necesario que estemos en el Monte Tabor para contemplar el Rostro transfigurado de Jesús: lo contemplamos, con la luz de la fe, cada vez que contemplamos la Eucaristía, porque allí se encuentra Jesús, vivo, glorioso, radiante, resplandeciente de luz eterna. Y no es necesario que acudamos al Monte Calvario para verlo cubierto de Sangre: cada vez que asistimos a la Santa Misa, asistimos a la renovación, incruenta y sacramental, de su Santo Sacrificio de la Cruz y cada vez que comulgamos, bebemos su Sangre, la Sangre que derramó en el Monte Calvario.

miércoles, 27 de mayo de 2020

“Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?”


Conocereis de Verdad | Cruz - D: cruz invertida cruz de Pedro cruz ...


“Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” (Jn 21, 15-19). Al preguntarle tres veces “si lo ama” más que los demás, Jesús resucitado le da una oportunidad a Pedro de reparar la triple falta que había cometido contra Él en la Pasión, al negarlo por tres veces. En efecto, cuando Jesús ya había sido apresado y llevado ante el tribunal que habría de juzgarlo inicuamente, Pedro –cumpliendo la profecía de Jesús de que habría de negarlo tres veces antes de que cante el gallo-, niega conocer a Jesús, por tres veces, por temor y por cobardía. Pedro olvida en ese momento que no hay que tener miedo a los hombres, sino a Dios y a su Justo Juicio y, dejándose llevar por una momentánea cobardía, niega a Jesús por tres veces, dejándolo solo frente a sus enemigos.
Ahora, una vez resucitado, Jesús le da la oportunidad de reparar esta traición y Pedro la repara, reafirmando, esta vez llevado por el Espíritu Santo, su amor por Jesús. Sin embargo, esta declaración de amor de Pedro hacia Jesús quedará sellada y definitivamente cumplida cuando se cumpla la muerte de Pedro, también profetizada por Jesús: dentro de un tiempo, Pedro será también apresado, como su Maestro y será llevado a ejecutar y así tendrá oportunidad de no solo declarar verbalmente su amor por Cristo, sino que sellará con su propia sangre ese amor declarativo, al dar su vida por Cristo y su Evangelio. De esta manera, se hará partícipe a su vez del Amor que Cristo primero demostró por él –y por todos los hombres-, al dar su vida en la Cruz en el Monte Calvario.
“Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?”. Cuando, llevados por nuestra presunción, pensemos que amamos a Jesús, recordemos a Pedro, el Primer Papa, que no solo dijo que amaba a Jesús, sino que selló con su sangre esta declaración y recordemos que todavía no hemos dado la vida por amor a Cristo. Y éste recuerdo de la muerte de Pedro nos hará reflexionar acerca de cuánto nos falta crecer en el Amor a Cristo Jesús.

miércoles, 4 de marzo de 2020

“Su rostro resplandecía como el sol”



(Domingo II - TC - Ciclo A – 2020)

         “Su rostro resplandecía como el sol” (Mt 17, 1-9). Jesús se transfigura en el Monte Tabor ante la presencia de Pedro, Santiago y Juan. Este resplandor de Jesús comprende toda su persona y humanidad: “Se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”. El rostro resplandeciente como el sol y sus vestidos como la luz: para entender mejor el alcance y significado de la Transfiguración, hay que tener en cuenta que en el Antiguo Testamento la luz era sinónimo de la gloria de Dios; de esta manera, el resplandecer de luz de Jesús, en su rostro, en su humanidad, en su vestimenta, es el resplandecer de la gloria de Dios, así como la gloria de Dios resplandece en el cielo. Podemos decir que en ese momento el Monte Tabor se convirtió, para Pedro, Santiago y Juan, en el cielo en la tierra, porque estuvieron delante de Dios que resplandecía ante ellos, así como resplandece en el cielo ante los bienaventurados. Y aquí viene otra consideración que hay que hacer para también entender el alcance de la Transfiguración: la luz con la que resplandece Jesús no es una luz natural ni artificial, ni viene de fuera de Él: es una luz que brota de su interior y se trasluce hacia el exterior, es la luz de su Ser divino trinitario que en sí mismo es luz indeficiente, luz eterna e infinita, celestial y sobrenatural. Jesús resplandece no porque alguien lo ilumine, sino que Él es la Luz Inaccesible, luz eterna, que ilumina y da vida divina a quien ilumina.
          Por último, la escena del Monte Tabor no puede no ser contemplada con otra escena, la escena del Monte Calvario, en donde Jesús no es cubierto de luz divina, sino que es cubierto con su propia Sangre, que es también divina, porque es la Sangre del Cordero. No se puede contemplar la Transfiguración del Señor en el Tabor si no se lo contempla a Nuestro Señor crucificado en el Monte Calvario. En ambos montes resplandece la gloria divina: en el Monte Tabor, en forma de luz; en el Monte Calvario, en forma de Sangre, pero en los dos, es la gloria divina la que resplandece ante quien la contempla, sea como luz o como sangre.
         “Su rostro resplandecía como el sol”. El altar eucarístico puede ser llamado, con justa razón, el Nuevo Monte Tabor, porque en la Eucaristía Jesús resplandece con la luz de la gloria divina, puesto que se encuentra allí resucitado y glorioso; pero también puede ser llamado el Nuevo Monte Calvario, porque en el altar Jesús renueva de modo sacramental e incruento el Santo Sacrificio de la Cruz, dejándonos para beber su Sangre gloriosa en el cáliz eucarístico. Quien asiste a la Misa y contempla, en el misterio de la liturgia tanto el Calvario como el Tabor, es iluminado y vivificado por la luz de la gloria divina.

lunes, 5 de agosto de 2019

Transfiguración del Señor



(Ciclo C – 2019)

          Jesús se transfigura en el Monte Tabor, es decir, tanto su rostro, humanidad, sus vestiduras, resplandecen con una luz más brillante que miles de soles juntos: es la luz de su gloria, la luz de su divinidad, la luz de su Ser eterno divino y de su naturaleza divina, recibida desde la eternidad del Padre. En el Monte Tabor, Jesús resplandece con una luz que es la gloria que Él posee desde la eternidad; no es una luz recibida desde afuera: es la luz propia de Jesús la que brilla en el Monte Tabor, porque Él es Dios y es la luz de su divinidad la que resplandece ante Pedro, Santiago y Juan. Jesús se transfigura antes de la Pasión porque, dice Santo Tomás, debe mostrarse ante sus discípulos como el Dios que Es, para que cuando lo vean en el Monte Calvario, todo recubierto de sangre y convertido en un guiñapo sanguinolento a causa de los golpes, los discípulos no desfallezcan y recuerden que ése hombre todo golpeado y ensangrentado y a punto de ser crucificado, es Dios Hijo en persona. Ésa es la razón por la cual Jesús se transfigura en el Monte Tabor y antes de la Pasión y es la razón por la cual el episodio de la Transfiguración no se puede explicar ni leer ni comprender si no es a la luz del otro monte, el Monte Calvario. Si en el Monte Tabor Jesús se reviste de la luz de la gloria eterna recibida del Padre desde la eternidad, en el Monte Calvario Jesús se reviste con su propia Sangre, que no es menos gloriosa que su luz y si la luz en la Biblia es sinónimo de gloria y por eso en el Monte Tabor Jesús se reviste de gloria, la Sangre de Jesús también es sinónimo de gloria divina, porque es su gloria la que ahora se manifiesta, pero no ya en forma de luz, sino como sangre, como la Sangre del Cordero. En el Monte Tabor se reviste de luz; en el Monte Calvario de Sangre; en ambos montes, se reviste de su propia gloria.
          Si nos dieran a elegir, ¿en cuál de ambos montes querríamos estar? Para responder según los designios de Dios, los santos nos dan la respuesta: San Maximiliano Kolbe recibió la corona de la Pasión, poco antes de morir y a Santa Catalina de Siena, Jesús le dio a elegir entre la corona de gloria y la corona de espinas y la santa eligió la corona de espinas. Entonces, la elección es clara: elijamos en esta vida terrena estar postrados de rodillas ante Jesús crucificado en el Monte Calvario, para luego verlo transfigurado de gloria en el Reino de los cielos.

sábado, 16 de marzo de 2019

“Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió”



(Domingo II - TC - Ciclo C – 2019)

“Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió” (Lc 9, 28b-36). Jesús sube al Monte Tabor con Santiago, Pedro y Juan y allí, ante su presencia, se transfigura, es decir, su rostro, su cuerpo y sus vestiduras se vuelven más resplandecientes que el sol, porque dejan traslucir la gloria divina. La Transfiguración del Monte Tabor se explica por la constitución íntima del Hombre-Dios: Él no es un hombre más entre tantos, ni un hombre santo, que recibe la santidad extrínsecamente, desde lo alto: Él es Dios tres veces Santo; Él es la Santidad Increada, que ha recibido de su Padre Dios, desde la eternidad, el Ser divino y la Naturaleza divina y por eso la gloria que ahora se trasluce en el Monte Tabor, es la gloria que le pertenece desde toda la eternidad, al haber sido engendrado, no creado, en el seno del Padre, desde toda la eternidad. En el Monte Tabor, Jesús resplandece con la luz celestial y la luz, en el lenguaje bíblico, es sinónimo de gloria. Jesús resplandece con la luz de la gloria que Él en cuanto Dios Hijo posee desde la eternidad, recibida del Padre. Ahora bien, hay que considerar que si la manifestación de la gloria en el Tabor es un milagro, el esconder la gloria durante toda su vida terrena es un milagro aun mayor, y eso es lo que hace Jesús desde su Nacimiento virginal hasta su muerte. Solo en dos momentos manifiesta su gloria de modo visible: en la Epifanía y en el Monte Tabor; luego hace un milagro más grande, que es ocultar su gloria y su resplandor visible: en realidad, desde su Concepción y Nacimiento, Jesús debía aparecer visiblemente como en el Tabor y la Epifanía, pero como el cuerpo glorioso no puede sufrir, Jesús hace un milagro más grande aun y oculta su gloria visible, apareciendo a los ojos de los hombres como un hombre más entre tantos, para poder sufrir la Pasión. Es decir, si Jesús vivía como glorificado, puesto que el cuerpo glorificado no puede sufrir, entonces no habría podido sufrir la Pasión: por esta razón oculta su gloria y solo la manifiesta brevemente, antes de la Pasión, en el Tabor.
Ahora bien, este hecho, el resplandecer de Jesús con la gloria divina en el Monte Tabor, no se explica sin el origen eterno de Jesús en cuanto Dios, pero tampoco se explica sin la presencia de Jesús en otro monte, el Monte Calvario, el Viernes Santo. En el Monte Calvario, Jesús estará recubierto, no de la luz y de la gloria celestial, sino que estará recubierto por su propia Sangre; su revestimiento no será la luz de la divinidad, sino la Sangre de su humanidad, que brotará de sus heridas abiertas y sangrantes. Si en el Monte Tabor se contempla la majestuosidad de su divinidad, en el Monte Calvario se contempla la debilidad de nuestra humanidad; si en el Monte Tabor Jesús Rey de cielos y tierra se recubre de un manto de luz, en el Monte Calvario Jesús, Rey de los hombres, se reviste de un manto púrpura, el manto rojo compuesto por su Sangre Preciosa que brota a raudales de sus heridas abiertas. Si en el Monte Tabor es Dios Padre quien glorifica al Hijo con la gloria que Él posee desde la eternidad, en el Monte Calvario son los hombres quien, con sus pecados, lo coronan con una corona de espinas y le ponen como cetro una caña, nombrándolo como rey de los judíos y como rey de los hombres pecadores. Si en el Monte Tabor Jesús resplandece con la luz que le otorga su Padre Dios en la eternidad, en el Monte Calvario Jesús se recubre con la Sangre de las heridas infligidas por los hombres pecadores; por esta razón, si el Tabor es obra de Dios, el Calvario es obra de nuestras manos, porque fuimos nosotros, con nuestros pecados, quienes lo cubrimos de heridas y lo coronamos de espinas, nombrándolo nuestro Rey. El Monte Tabor entonces no se explica si no es a la luz del Monte Calvario.
 Ahora bien, ¿cuál es la razón de la Transfiguración? ¿Por qué Jesús resplandece con la luz de su gloria en el Monte Tabor? La razón de la transfiguración, dice Santo Tomás, es que Jesús resplandece como Dios que es, con la luz de su gloria en el Tabor, para que cuando los discípulos lo vean cubierto no de luz sino de sangre, en el Monte Calvario, no desfallezcan y recuerden que ese Hombre que está padeciendo en el Monte Calvario es el mismo Dios que resplandeció con su luz divina en el Monte Tabor y así tengan fuerzas para también ellos llevar la cruz. Entonces, la gloria del Monte Tabor no se entiende ni se debe contemplar si no es a la luz de la ignominia del Monte Calvario: la luz con la cual Jesús se reviste en el Monte Tabor es obra de Dios Padre, porque es Él quien le comunica de su luminoso Ser divino trinitario desde toda la eternidad y que ahora trasluce en el Tabor; en el Monte Calvario, Cristo Jesús se reviste, en vez de blanca luz, de rojo brillante y fresco, el rojo de su propia Sangre; es la Sangre que brota de sus heridas abiertas, provocadas por nuestros pecados. Si el Monte Tabor es obra del Padre, el Monte Calvario es obra de la malicia de nuestros corazones, porque son nuestros pecados los que hacen que Jesús en el Monte Calvario se revista con el manto rojo que es la Sangre que brota de sus heridas.
“Su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz”. Dios Padre viste a Cristo de luz de gloria en el Tabor; de parte nuestra, a causa de nuestros pecados, revestimos a Cristo con golpes y lo cubrimos de heridas que se abren y dejan escapar su Sangre Preciosísima. Cada pecado es una herida abierta en el Cuerpo de Jesús; cada pecado abre una herida en el Cuerpo de Jesús, de la cual mana Sangre como si fuera una fuente y contribuye a que Jesús se revista con un manto preciosísimo, no de luz, como en el Tabor, sino compuesto por su Sangre. Con cada pecado, lo coronamos de espinas, lo flagelamos, lo crucificamos, perpetuamos su agonía, le damos muerte de cruz y le atravesamos el costado. Con cada pecado, revestimos a Cristo, no de luz de gloria, como hace Dios Padre en el Tabor, sino de rojo púrpura, de su Sangre, en el Calvario. Por esta razón, la Cuaresma es el tiempo para reflexionar acerca de la realidad del pecado que, si para nosotros es invisible e insensible, para Cristo constituye una fuente de infinito dolor. Por esta razón, como dice Santa Teresa de Ávila, si para dejar de pecar no nos mueve ni el cielo que Dios nos tiene prometido, ni el infierno tan temido, que nos mueva, al menos, verlo, por nosotros en el Calvario, tan de muerte herido.
“Jesús resplandeció en el Monte Tabor”. Al contemplar a Jesús en el Monte Tabor, cubierto de la luz de la gloria recibida por el Padre, lo contemplemos también en el Monte Calvario, cubierto por la Sangre que brota de sus heridas abiertas por nuestros pecados y al comprobar que nuestras manos están manchadas con su Sangre, al ser nosotros los causantes de sus heridas, hagamos el propósito de no provocarle más heridas, sangrado y dolor con nuestros pecados y tomemos la decisión de convertir nuestros corazones mediante la oración, la penitencia y la misericordia.