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sábado, 6 de noviembre de 2021

“Como el fulgor del relámpago, así será la Venida del Hijo del hombre”


 

“Como el fulgor del relámpago, así será la Venida del Hijo del hombre” (cfr. Lc 17, 20-25). Jesús profetiza cómo será su Segunda Venida, la Venida en la gloria, en el Día del Juicio Final: será algo repentino, imprevisto, que será visto por todos los hombres: será como “el fulgor del relámpago”, porque así es el fulgor del relámpago: repentino, imprevisto, y es observado por todos porque surca los cielos y no deja a nadie indiferente. Ahora bien, esta Segunda Venida de Jesús estará precedida por falsos cristos, por falsos mesías, quienes se harán pasar por Él, engañando a las multitudes y diciendo que es Él en persona: Entonces les dirán: ‘Está aquí’ o ‘Está allá’, pero no vayan corriendo a ver”. También hace una revelación que nos hace estar prevenidos en relación a futuras persecuciones, en las que se incluirán la supresión del Santo Sacrificio del Altar, la Santa Misa, con la consiguiente desaparición de la Eucaristía, tanto de los altares, como de los sagrarios. En efecto, Jesús dice una frase enigmática: “Llegará un tiempo en que ustedes desearán disfrutar siquiera un día de la presencia del Hijo del hombre y no podrán”. Esto es verdaderamente alarmante, porque la Presencia del Hijo del hombre la tenemos, cotidianamente, en la Eucaristía, en donde se encuentra en Persona; en la fe y en el amor, porque la fe y el amor nos hacen unir al Sagrado Corazón de Jesús y por último, en los Sacramentos, como por ejemplo, el Sacramento de la Confesión. Esto quiere decir que, antes de la Segunda Venida en la gloria de Nuestro Señor Jesucristo, se desencadenará una persecución –la última, según lo anuncia el Catecismo-, por medio de la cual se suprimirá el Santo Sacrificio del Altar, la Santa Misa y así no habrá Eucaristía ni ningún otro sacramento; faltará en consecuencia la gracia y al faltar la gracia, faltarán la fe sobrenatural en Jesucristo, además de la caridad hacia Dios y el prójimo, con lo cual se cumplirán las palabras de la Escritura: “En los últimos días, se enfriará la caridad de muchos”; además, será tal la apostasía, que en casi ningún lado se encontrará fe en Jesucristo, para que así se cumplan sus palabras: “¿Encontrará fe cuando vuelva el Hijo del hombre?”.

“Como el fulgor del relámpago, así será la Venida del Hijo del hombre”. Persecución a la Iglesia, apostasía, falta de fe y de caridad, ausencia del Santo Sacrificio del Altar, proliferación de falsos mesías. De todas estas calamidades nos libra la Santísima Virgen María, y para ello debemos refugiarnos en su Inmaculado Corazón y rezar diariamente el Santo Rosario.

jueves, 8 de septiembre de 2016

“¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros!”



“¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros!” (Lc 6, 20-26). Con sus “ayes”, del mismo tenor que los “ayes” dirigidos contra los escribas y fariseos, Jesús advierte a sus discípulos acerca de un grave peligro: el ser admirados por el mundo, entendido este como el espíritu mundano que, por su malicia intrínseca, se opone frontalmente al Espíritu de Dios. En este caso particular, el “ay” de Jesús, acerca de las alabanzas de los hombres mundanos recibidas por los cristianos, es un criterio para discernir cuán lejos o cerca estamos de Jesucristo y sus bienaventuranzas: cuanto más cerca del mundo estemos –y por eso recibimos sus alabanzas-, más lejos del Hombre-Dios nos encontramos, siendo merecedores de sus “ayes”.
¿Cuál es la razón del “ay” para un discípulo de Jesucristo, al que todo el mundo alaba? La razón es que, para ser alabado por el mundo, se necesita ser apartados de Jesucristo, de sus bienaventuranzas, de sus mandatos y de su cruz. La razón del “ay” de Jesús es que el mundo alaba y ensalza a quienes se oponen radicalmente a las enseñanzas de Jesús, es decir, a quienes predican el error, la falsedad, la herejía y el cisma. Si un cristiano recibe las alabanzas del mundo anti-cristiano, entonces esto significa que ese tal cristiano ha cometido el peor de los crímenes, y es la apostasía; significa que dicho cristiano ha abandonado la Verdad y ha abrazado el error; significa que ese cristiano ha dejado de lado los Mandamientos de Jesucristo, para abrazar los mandamientos de Satanás; significa que ese cristiano no está ya más guiado por el Espíritu Santo y está esclavizado por el espíritu del mal, el Ángel caído, Satanás, el “Príncipe de este mundo”; significa que ese cristiano ha cometido el peor de los pecados: la apostasía de la Verdad y el abrazo del error. La contrapartida del elogio del mundo a los apóstatas es el odio del mundo a los que permanecen fiel a la Sabiduría encarnada, Jesucristo, y estos son los santos y los mártires, que renuncian a la propia vida, antes que ceder frente a las herejías y cismas.

“Ay si todo el mundo habla bien de vosotros”. El “ay” de Jesús, dirigido a sus discípulos, es un criterio para que sepamos si nos encontramos en el camino que lleva al cielo, o en la autopista pavimentada que conduce al infierno. El mundo habla bien y ensalza a aquellos que pertenecen al mundo, y si esto es reprobable en cualquier hombre, lo es mucho más para un discípulo de Cristo, porque las alabanzas mundanas son proporcionales al abandono de la Verdad divina revelada en el Hombre-Dios Jesucristo. Y quien voluntariamente se aleja de la Verdad Absoluta de Dios, encarnada y revelada por Jesucristo, se acerca también voluntariamente al error y al pecado; quien recibe los elogios del mundo, se coloca bajo las alas y las garras del Príncipe de este mundo y Padre de la mentira, Satanás y se aparta libremente de la Verdad y Sabiduría de Dios encarnada, Jesucristo.  

jueves, 27 de noviembre de 2014

“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”


“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Lc 21, 29-33). A medida que se acerque la Parusía o Segunda Venida de Jesucristo en la gloria, todos los acontecimientos profetizados por el mismo Jesucristo se cumplirán, tal como Él mismo los profetizó. Jesucristo no puede equivocarse, puesto que es Dios en Persona; es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad; es Dios Hijo encarnado en una naturaleza humana, y todo lo que Él dijo y profetizó acerca de su Segunda Venida, se cumplirá, indefectiblemente, como indefectiblemente la naturaleza sigue su curso y a una estación le sigue la otra. No en vano Jesucristo utiliza la figura del brote nuevo de la higuera: así como sucede con el brote nuevo de la higuera, que pasado el invierno y llegada la primavera, y siguiendo el impulso vital biológico de la naturaleza inscripto por el Creador, comienza un nuevo ciclo de vida para el árbol, así también, en las edades de la humanidad, se suceden los siglos, unos tras otros, y se seguirán sucediendo, hasta que dejen de sucederse, cuando se cumpla el tiempo establecido por Dios, lo cual está indicado, veladamente, por Jesucristo, en las señales acerca de su Segunda Venida.
La Segunda Venida de Cristo, en gloria y poder, vendrá precedida por la conversión de Israel, según anuncia Cristo, y también San Pedro y San Pablo (Mt 23,39; Hch 3,19-21; Rm 11,11-36), y será precedida también por grandes tentaciones, tribulaciones y persecuciones (Mt 24,17-19; Mc 14,12-16; Lc 21,28-33), que harán caer a muchos cristianos en la apostasía. Según el Catecismo, será la “prueba final” que deberá pasar la Iglesia, y que “sacudirá la fe” de muchos creyentes: “La Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cfr. Lc 18,8; Mt 24,9-14). La persecución que acompaña a la peregrinación de la Iglesia sobre la tierra (cfr. Lc 21,12; Jn 15,19-20) desvelará “el Misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas, mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es el Anticristo, es decir, la de un pseudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo, colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cfr. 2 Tes 2, 4-12; 1 Tes 5, 2-3; 2 Jn 7; 1 Jn 2, 18. 22)”[1].
Por tanto, continúa el Catecismo, “la Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua, en la que seguirá a su Señor en su muerte y su Resurrección (Ap 19,1-19). El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (13, 8), sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (20, 7-10). El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final (20, 12), después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa (2 Pe 3,12-13)”[2].
Mientras esperamos su Segunda Venida en la gloria, Jesucristo reina actualmente en la historia, desde la Eucaristía, y muestra su dominio, sujetando cuando quiere y del modo que quiere a la Bestia mundana, que recibe toda su fuerza y atractivo del Dragón infernal, y si la Bestia -que se manifiesta en la política a través de la Masonería política, pero también en la Iglesia, a través de la Masonería eclesiástica-, obra haciendo daño, lo hace en cuanto Jesucristo la deja obrar, y no hace más de lo que Jesucristo la deja hacer.
La Parusía, la Segunda Venida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo, según nos ha sido revelado, vendrá precedida de señales y avisos, que justamente cuando se cumplan revelarán el sentido de lo anunciado. Por eso solamente los que estén “con las túnicas ceñidas y las lámparas encendidas”, es decir, obrando la misericordia y en estado de gracia, y escrudiñando los signos de los tiempos, en estado de oración, podrán sospechar la inminencia de la Parusía, porque “no hará nada el Señor sin revelar su plan a sus siervos, los profeta” (Amós 3,7), y así, estos “siervos atentos y vigilantes”, podrán detectar la inminencia de la Parusía. Según el mismo Jesucristo, para su Segunda Venida, habrá conmoción en el Universo físico: “habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y sobre la tierra perturbación de las naciones, aterradas por el bramido del mar y la agitación de las olas, exhalando los hombres sus almas por el terror y el ansia de lo que viene sobre la tierra, pues las columnas de los cielos se conmoverán. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube con poder y majestad grandes” (Lc 21,25-27).
Sin embargo, lo más grave, estará dado en el plano espiritual, porque la Segunda Venida, estará precedida por la ascensión al poder, en la Iglesia, del Anticristo, quien difundirá eficazmente innumerables mentiras y errores, como nunca la Iglesia lo había experimentado en su historia, y éste será el que provocará la “prueba final” que “sacudirá la fe” de “numerosos creyentes”, anunciado por el Catecismo[3], lo cual tal vez sea la modificación de algún dogma central, muy probablemente, relacionado con la Eucaristía.
La Parusía o Segunda Venida, será súbita y patente para toda la humanidad: “como el relámpago que sale del oriente y brilla hasta el occidente, así será la venida del Hijo del hombre… Entonces aparecerá el estandarte del Hijo del hombre en el cielo, y se lamentarán todas las tribus de la tierra [que vivían ajenas al Reino o contra él], y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con poder y majestad grande” (Mt 24,27-31).
La Parusía será inesperada para la mayoría de los hombres, que “comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, edificaban” (Lc 17,28), y no esperaban para nada la venida de Cristo, sino que “disfrutando del mundo” tranquilamente, no advertían que “pasa la apariencia de este mundo” (1 Cor 7,31). Por no prestar atención a la Sagrada Escritura que dice: “Medita en las postrimerías y no pecarás jamás” (Eclo 7, 40), el mundo se comporta como el siervo malvado del Evangelio, que habiendo partido su señor de viaje, se dice a sí mismo: “mi amo tardará”, y se entrega al ocio y al vicio. Sin embargo, como advierte Jesús en la parábola, “vendrá el amo de ese siervo el día que menos lo espera y a la hora que no sabe, y le hará azotar y le echará con los hipócritas; allí habrá llanto y crujir de dientes” (Mt 24,42-50). Por eso, la parábola finaliza con la advertencia: “Estad atentos, pues, no sea que se emboten vuestros corazones por el vicio, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, y de repente, venga sobre vosotros aquel día, como un lazo; porque vendrá sobre todos los moradores de la tierra. Velad, pues, en todo tiempo y orad, para que podáis evitar todo esto que ha de venir, y comparecer ante el Hijo del hombre” (Lc 21,34-35).
Y esa es la razón por la cual el cristiano debe prestar atención a las palabras de Jesús, en las que nos previene y nos pide que estemos atentos a su Segunda Venida: “vigilad, porque no sabéis cuándo llegará vuestro Señor… Habéis de estar preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del hombre” (Mt 24,42-44). “Vendrá el día del Señor como ladrón” (2 Pe 3,10). Todos los cristianos hemos de vivir siempre como si la Parusía fuera a ocurrir hoy, o mañana mismo o pasado mañana, porque “la apariencia de este mundo pasa” (1 Cor 7, 31), y cuando pasa la apariencia de este cielo y esta tierra, aparece la eternidad, aparece Dios, que es la Eternidad en sí misma, y para afrontar el Juicio Particular que decidirá nuestra eternidad, es que debemos prepararnos, viviendo en gracia y obrando la misericordia.




[1] 675.
[2] 677.
[3] Cfr. n. 675.

miércoles, 9 de abril de 2014

“Abraham, el padre de ustedes, se alegró pensando ver mi día”


“Abraham, el padre de ustedes, se alegró pensando ver mi día” (Jn 8, 51-59). Los fariseos reclaman la paternidad de Abraham, pero Jesús les dice que sus obras muestran que no son verdaderos hijos de Abraham. Las intenciones homicidas –“Buscáis matarme porque mi palabra no ha sido recibida por vosotros”- y la resistencia voluntaria a la verdad celestial son una clara muestra de que los fariseos han renunciado voluntariamente a esta paternidad. La conducta homicida –buscan matar a Jesús- y la herejía –cuando Jesús dice que su palabra no ha entrado en sus corazones quiere decir que han reemplazado su Evangelio por palabras humanas-, demuestran que los fariseos están al servicio de una falsa divinidad (1) -Satanás, el "Padre de la mentira, como lo llama Jesús-. Su conducta hostil y agresiva hacia Jesús, el Cristo, manifiesta claramente que están al servicio del Príncipe de las tinieblas y que utilizan sus armas, la mentira, la calumnia, la difamación, e incluso el homicidio, como lo harán con el mismo Jesús cuando lo crucifiquen. Más adelante, Jesús se los dirá explícitamente: “Vosotros tenéis por padre al diablo y queréis hacer los deseos de vuestro padre. Él es homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad”. Esta apostasía de los fariseos finalizará con el deicidio de Jesús, lo cual prueba el alto precio que el alma paga por la mentira: el apóstata, el hereje, el que reniega de la Verdad revelada que es Cristo, paga un muy alto precio por su apostasía, porque el que reniega de Cristo, reniega de Dios Padre y adopta por padre al Príncipe de la mentira, Satanás, “homicida desde el principio” y Satanás conduce, por la mentira y la calumnia, al deicidio, es decir, a la crucifixión de Jesucristo. El que reniega de Cristo, se convierte en mentiroso y homicida y, peor aun, en deicida, y eso es lo que les sucede a los fariseos.
Ahora bien, esto que sucedió con Cristo, que fue traicionado y llevado a la cruz por medio de la mentira y la calumnia proveniente de hombres religiosos y apóstatas, sucederá con la Iglesia y con los verdaderos discípulos de Cristo al fin de los tiempos, antes de la Parusía, antes de su Segunda Venida, según el Catecismo de la Iglesia Católica (cfr. Núm. 675): “Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes. La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra desvelará el “misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un pseudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne”.
Por lo tanto, la mentira dentro de la Iglesia, será el criterio que permitirá reconocer a los que pertenezcan al Anticristo o a Cristo antes de la Segunda Venida. El surgir de los apóstatas en el seno de la Iglesia será la señal de la aparición del Anticristo; la apostasía será la señal de que la Segunda Venida de Cristo es inminente.




[1] Cfr. B. Orchard et al., Comentarios al Nuevo Testamento, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1953, 728.

martes, 26 de febrero de 2013

“El Hijo del hombre será crucificado, pero al tercer día resucitará”



“El Hijo del hombre será crucificado, pero al tercer día resucitará” (Mt 20, 17-28). Jesús profetiza su Pasión, Muerte y Resurrección, su Misterio Pascual, su muerte en cruz, por medio de la cual habría de dar la vida eterna a los hombres.
El Misterio Pascual de Jesús es el evento más grandioso y absolutamente maravilloso que jamás los hombres podrían contemplar: un Dios de infinita majestad y poder que, por Amor incomprensible a los hombres, deja los cielos eternos, se encarna en el seno de una Madre Virgen, asume una naturaleza humana y permite que sobre su naturaleza humana asumida se descargue todo el peso de la Justicia divina, al asumir sobre sí la maldad de toda la humanidad; muere en cruz, destruyendo  con su muerte la muerte de los hombres y resucita al tercer día comunicando de su vida divina a su Cuerpo muerto y a través de él, a toda la humanidad.
El evento pascual de Jesús, su muerte en cruz y su resurrección, debería constituir para los hombres de todos los tiempos el fundamento de su alegría en la tristezas del mundo, su fortaleza en las tribulaciones, su descanso en el arduo vivir diario, su razón de vivir, de existir y de ser. Tanto más, cuanto que el Hombre-Dios renueva su Misterio Pascual en el Santo Sacrificio del altar, la Santa Misa, obrando el Milagro de los milagros, la Eucaristía, por medio de la cual deja sobre el altar eucarístico su Corazón palpitante, lleno de la vida, el Amor, la luz, la paz y la alegría de Dios, para extra-colmar de Amor divino al alma que lo recibe con y con amor en la comunión.
Sin embargo, tanto el misterio pascual de Jesús, como su renovación sacramental en la Santa Misa, pasan desapercibidos no sólo para los paganos, sino ante todo para los católicos, convertidos en su inmensa mayoría en neo-paganos, una especie de paganismo mil veces más tenebroso que el paganismo pre-cristiano, porque se trata del paganismo de quien ha conocido a Cristo –al menos, en la catequesis de Primera Comunión y de Confirmación- y lo ha rechazado, prefiriendo las tinieblas del error, de la herejía, del cisma y de la apostasía, a la refulgente y esplendorosa luz de la Verdad que brilla en la Iglesia.
“El Hijo del hombre será entregado a los paganos, quienes lo crucificarán y lo matarán”. Así como los paganos dieron muerte a Jesús, así los neo-paganos, los católicos que han apostatado postrándose ante los ídolos del mundo -el materialismo, el hedonismo, la política, la diversión desenfrenada, el fútbol, la música indecente, la brujería, el ocultismo-, dan muerte a Cristo nuevamente, todos los días, con su apostasía, crucificando su Cuerpo físico en la cruz y despreciando y pisoteando su Cuerpo resucitado en la Eucaristía.
“El Hijo del hombre será crucificado, morirá en cruz, pero al tercer día resucitará, y donará su Cuerpo resucitado en la Eucaristía, a todo aquel que lo reciba con fe y con amor en la comunión”. Si estas palabras fueran creídas y fueran vividas con fe sobrenatural por los católicos, el mundo sería un Paraíso terrenal, un anticipo del Paraíso celestial.