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viernes, 15 de octubre de 2021

“¡Hipócritas! Disciernen el clima pero no el signo de los tiempos”

 


“¡Hipócritas! Disciernen el clima pero no el signo de los tiempos” (cfr. Lc 12, 54-59). ¿Por qué Jesús trata de “hipócritas” a la multitud? Antes de responder, repasemos el significado de la palabra “hipócrita”. Según la Real Academia Española, se dice “hipócrita” es la “[Persona] que actúa con hipocresía o falsedad”[1]. Entonces, lo que caracteriza al hipócrita es la falsedad. Ahora bien, en relación a la multitud, Jesús les dice que son hipócritas o falsos porque saben discernir el cambio de clima –saben si va a llover o si va a hacer calor- por el aspecto de las nubes y por el viento, pero en cambio callan cuando deben discernir “el signo de los tiempos”. Esto quiere decir que el ser humano tiene la inteligencia suficiente, dada por Dios, para poder discernir no sólo el clima, sino “el signo de los tiempos”, es decir, aquello que acontece en el tiempo y en el devenir de la historia. Por ejemplo, un discernimiento del “signo de los tiempos”, sería el de aquellos que, viendo el contenido ideológico ateo y materialista del marxismo, deduciría la crueldad del comunismo en cuanto llegara al poder; otro signo de los tiempos sería también el que, viviendo en la Alemania nazi, se diera cuenta, por la agresividad racista del discurso de los socialistas de Hitler, que el nacionalsocialismo impulsaría una “limpieza étnica”, como de hecho lo hizo. Tanto en la surgimiento del marxismo comunista, como en el surgimiento del nacionalsocialismo alemán, hubo voces críticas que se alzaron en contra de estos movimientos totalitarios, pero, o fueron silenciados a la fuerza, o bien debieron escapar para salvar sus vidas. Esto confirma que el ser humano tiene efectivamente la capacidad de discernir “el signo de los tiempos”, como lo afirma Jesús implícitamente y es por eso que les dice “hipócritas”, porque no disciernen que el Mesías está en medio de ellos, obrando milagros, expulsando demonios y anunciando la llegada del Reino de los cielos. Éstos eran para ellos los signos de los tiempos, pero no los reconocieron y de ahí el reclamo de Jesús.

“¡Hipócritas! Disciernen el clima pero no el signo de los tiempos”. El duro reproche de Jesús no se detiene en los hombres de su tiempo, sino que abarca a toda la humanidad y en primer lugar a los cristianos, que por la luz de la gracia recibida en el Bautismo, podemos ver más allá de lo que puede hacerlo un no bautizado. En otras palabras, también a nosotros Jesús nos dice “hipócritas” y esto lo merecemos toda vez que callamos o fingimos no darnos cuenta de lo que sucede a nuestro alrededor, para que nadie nos moleste y así podamos seguir cómodamente en nuestras ocupaciones. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿cuáles son los signos de los tiempos, para nuestros tiempos? Sólo basta con una lectura ligeramente atenta a los medios de comunicación masivos, para ver qué dicen y qué omiten, para darnos cuenta de que estamos en tiempos caracterizados por un fuerte espíritu anticristiano: en muchos países del mundo domina el comunismo, ateo y materialista; en los llamados países libres, predominan también el ateísmo y el materialismo, además de la religiosidad luciferina de la Nueva Era o Conspiración de Acuario: esto hace que Halloween, la celebración del demonio, sea visto como algo "normal", alegre, placentero, bueno; tanto en países comunistas como en países libres, se persigue al cristianismo, sea de forma cruenta, sea a través de legislaciones anticristianas -ley del aborto, ley de identidad de género, ley de la ideología LGBT, etc.-, es entonces cuando estas democracias falsas se convierten en dictaduras, porque obligan a inocular a la población general un fármaco experimental, o bien se lo prohíbe directamente, como sucede en países en donde el Islam es gobierno. Cuando discernimos el signo de los tiempos, nos damos cuenta entonces que predomina el espíritu anticristiano, que prepara a la humanidad para la llegada del Anticristo. Esto, a su vez, debe llevarnos a elevar la mirada a Jesús Eucaristía, nuestro Dios y Señor, nuestro Salvador, el Único que puede salvarnos del reino de las tinieblas y conducirnos al Reino de Dios.

 

sábado, 9 de noviembre de 2013

“Dios es un Dios de vivientes y no de muertos”



(Domingo XXXII - TO - Ciclo C – 2013)
         “Dios es un Dios de vivientes y no de muertos” (Lc 20, 27-38). Frente a los saduceos Jesús revela la doctrina de la resurrección, según la cual, los cuerpos habrán de resucitar, aunque unos para la gloria y otros para la condenación. Es conveniente tener en cuenta esta verdad de fe, tanto más cuanto que, en nuestros días y gracias a la difusión de errores de todo tipo –propagados sobre todo por la secta de la Nueva Era, New Age o Conspiración de Acuario-, se sostienen doctrinas pertenecientes a religiones orientales que nada tienen que ver con la fe católica relativa a lo que sucede luego de la muerte. Estas doctrinas erróneas, asumidas acrítica e irresponsablemente por amplios sectores del catolicismo incluyen, por ejemplo, la creencia en la reencarnación, o en la disolución del yo en la nada, o en el paso “automático” e inmediato, después de esta vida, a un estado de felicidad plena, sin importar si el alma está en estado de gracia o de pecado mortal en el momento de morir. La desviación en la verdadera fe en la resurrección de los cuerpos es lo que explica que se esté instalando una costumbre pagana entre muchos católicos, como la cremación del cuerpo y posterior dispersión de las cenizas, en vez de sepultarlo: la sepultura tiene el sentido de afirmar precisamente la fe en la resurrección del cuerpo, que será resucitado por el poder divino en el Último Día; cuando no se cree en la resurrección, no tiene sentido la sepultura, y por eso se decide por la costumbre pagana de la cremación.
         Es doctrina de la Iglesia Católica que, inmediatamente después de la muerte, el alma se presenta ante Dios quien, como Justo Juez, examina sus obras a la luz de la Cruz de Jesús y, de acuerdo a esto, dictamina el destino eterno del alma: o Cielo o Infierno. No existe otro destino posible: o la eterna salvación, o la eterna condenación, y en ambos casos, es la persona toda, es decir, el alma unida al cuerpo, quien se salva o se condena.
         Es en esto en lo que consiste la resurrección de los cuerpos: luego de esta vida, el alma se une a su cuerpo, del cual se había separado en el momento de la muerte, y si está en gracia, le comunica de esta gracia al cuerpo, el cual se ve transformado por efecto de la gloria divina –de ninguna manera por la existencia de “fuerzas” subyacentes a la naturaleza humana, que no existen-, adquiriendo las mismas propiedades del Cuerpo resucitado de Jesús, de cuya gloria es hecho partícipe por la Misericordia Divina: sutil –puede atravesar la materia-, luminoso –resplandece con la luz de la gloria comunicada por el alma, que es la gloria de Jesucristo, la cual le comunica, además de la luz, una hermosura imposible siquiera de describir-, impasible –ya no sufre más ni la enfermedad, ni el dolor ni la muerte, consecuencias del pecado original- y finalmente la agilidad –propiedad del cuerpo resucitado de obedecer prontamente al espíritu en forma instantánea, con suma facilidad y rapidez, en contraste con la pesadez de los cuerpos terrestres, sometidos a la gravedad de la tierra-. A todo esto se le suma, en el que ha resucitado para el cielo, la alegría y el amor que se siguen de la contemplación en éxtasis beatífico de la Santísima Trinidad, y es en esto en lo que consiste el “cielo”, en esta contemplación extasiada en el amor y la alegría de la Tres Divinas Personas.
         Es necesario tener presente que la felicidad eterna de la que gozan los cuerpos resucitados, no es “automática”, porque no hay un pasaje “inmediato” al cielo, sino la presentación del alma ante Dios Trino para recibir su Juicio Particular y luego su destino eterno. En nuestros días, se ha extendido la errónea idea de que el pasaje a la otra vida se da sin esta instancia de comparecer ante el Creador, que en ese momento será Justo Juez y no Dios Misericordioso, y por eso es necesario recordar que el destino eterno dependerá de nuestras obras: si son buenas y meritorias para el cielo, es decir, hechas en gracia, nos granjearán la entrada al Reino de los cielos; si son malas y no meritorias, nos granjearán la entrada al Reino de las tinieblas, el Infierno.
         Es conveniente entonces recordar lo que los Doctores de la Iglesia, como Santo Tomás de Aquino, nos dicen acerca de la realidad de la resurrección de los cuerpos, porque unos resucitarán para la vida eterna –serán los cuerpos transformados por la gloria divina-, mientras que otros resucitarán para la muerte eterna, y así como los cuerpos gloriosos deben su luz y su gloria a la gracia de Cristo que, proviniendo de Cristo, llena al alma de gloria y esta luego se derrama sobre el cuerpo, así también los cuerpos que resuciten para la eterna condenación, recibirán aquello de lo que está colmada el alma, el pecado, pecado que le comunicará al cuerpo toda la fealdad, la negrura yla maldad del pecado, y es esto lo que hará que los cuerpos de los condenados estén sujetos al eterno dolor y estén, más que envueltos en tinieblas, como “impregnados” por una tiniebla que, brotando de la misma alma, se le adhiere de modo irreversible.
         Esto quiere decir que si la realidad de la resurrección de los cuerpos en la gloria constituirá un motivo más de alegría eterna para los bienaventurados, no es menos cierto que la resurrección de los cuerpos para la condenación, esto es, para la privación de la gloria, será un motivo más de tortura para los condenados. Esta es doctrina de fe de la Iglesia y así expresa esta verdad Santo Tomás de Aquino (con relación a los cuerpos que resuciten para la eterna condenación): “Así como en los santos la bienaventuranza del alma se comunica en cierto modo a los cuerpos, según se dijo antes, así también los sufrimientos del alma serán extensivos a los cuerpos de los condenados, teniendo, sin embargo, presente que, así como las penas no excluyen del alma el bien de la naturaleza, tampoco le excluyen del cuerpo. Los cuerpos de los condenados permanecerán, pues, en la integridad de su naturaleza, pero no poseerán las cualidades pertenecientes a la gloria de los bienaventurados; no serán ni sutiles ni impasibles; estarán, por el contrario, adheridos de una manera más estrecha a su materialidad y pasibilidad; no tendrán agilidad, porque apenas serán susceptibles de ser movidos por el alma; no tendrán claridad, sino oscuridad, a fin de que la oscuridad del alma se refleje en los cuerpos, según estas palabras de Isaías: ‘Semblantes quemados los rostros de ellos’”[1].
“Dios es un Dios de vivientes y no de muertos”. Jesús resucitó con su propio poder divino para comunicarnos su gracia en esta vida y su gloria divina en la otra, venciendo a la muerte el Domingo de Resurrección. No hagamos vano su deseo de llevarnos al cielo y para eso, vivamos en gracia, obremos el bien y conservemos la fe hasta el final, y así resucitaremos en el Día Final, Día en el que con nuestra alma y nuestro cuerpo glorificados, adoraremos al Cordero por los siglos infinitos.



[1] Compendio de Teología, Capítulo CLXXVI. Hablando de los cuerpos de los condenados, continúa Santo Tomás de Aquino (transcribimos literalmente a Santo Tomás, dada la importancia del tema): “El castigo eterno producirá en los cuerpos cuatro taras contrarias a las dotes de los cuerpos gloriosos. Serán oscuros: Sus rostros, caras chamuscadas. Pasibles, si bien nunca llegarán a descomponerse, puesto que constantemente arderán en el fuego pero jamás se consumirán: Su gusano no morirá, y su fuego no se extinguirá. Pesados y torpes, porque el alma estará allí como encadenada: Para aprisionar con grillos a sus reyes. Finalmente, serán en cierto modo carnales, tanto en alma como el cuerpo: Se corrompieron los asnos en su propio estiércol. La pena del llanto. Debe decirse que en el llanto corporal se hallan dos cosas. Una es la resolución de las lágrimas. Y en cuanto a esto el llanto corporal no puede existir en los condenados. Porque después del día del juicio, descansando el movimiento del primer móvil, no habrá ninguna generación, o corrupción, o alteración del cuerpo. Y en la resolución de las lágrimas es preciso que haya generación de aquel humor que destila por medio de las lágrimas. Por lo cual en cuanto a esto no podrá haber llanto corporal en los condenados. Lo otro que se halla en el llanto corporal es cierta conmoción y perturbación de la cabeza y de los ojos. Y en cuanto a esto podrá haber en los condenados, llanto después de la resurrección. Porque los cuerpos de los condenados no sólo serán afligidos en lo exterior, sino por lo interior, según que el cuerpo se cambia para el padecimiento del alma en bien, o en mal, Y en cuanto a esto el llanto de la carne indica la resurrección, y corresponde a la delectación de la culpa, que hubo tanto en el alma como en el cuerpo. La pena del fuego. Del fuego con que serán atormentados los cuerpos de los condenados después de la resurrección es preciso decir que es corpóreo porque al cuerpo no puede adaptarse convenientemente la pena, sino es corpórea. Por lo cual San Gregorio, prueba que el fuego del infierno es corpóreo por lo mismo que los réprobos después de la resurrección serán arrojados en él. También San Agustín, manifiestamente confiesa que aquel fuego con que serán atormentados los cuerpos es corpóreo Y de esto versa la cuestión presente. Pero de qué manera las almas de los condenados son atormentadas por este fuego corpóreo, ya se ha dicho en otra parte. La pena que causará el conocimiento. Debe decirse que así como por la perfecta bienaventuranza de los santos no habrá en ellos nada que no sea materia de gozo, así también en los condenados no habrá nada que no sea en ellos materia y causa de tristeza; ni faltará nada de cuanto pueda pertenecer a la tristeza para que su desdicha sea consumada. Mas la consideración de algunas cosas conocidas bajo algún concepto induce al gozo o por parte de las cosas cognoscibles, en cuanto se aman, o por parte del mismo conocimiento, en cuanto es conveniente y perfecto. Puede también haber razón de tristeza ya de parte de las cosas cognoscibles, que son aptas para contristar; ya de parte del mismo conocimiento, según que se considera su imperfección; como cuando uno considera que le falta el conocimiento de alguna cosa cuyo perfecto conocimiento apetecería. Así pues en los condenados habrá actual consideración de aquellas cosas que antes supieron, coma materia de tristeza, y no como causa de delectación. Pues considerarán las cosas malas que hicieron por las que han sido condenados, y los bienes deleitables que perdieron, y por ambas cosas se atormentarán. Del mismo modo también serán atormentados porque considerarán que el conocimiento que tuvieron de las cosas especulativas era imperfecto, y que perdieron su perfección suma, que podían haber adquirido. Pena de daño. Esa pena será inmensa en primer lugar por la separación de Dios y de los buenos todos. En esto consiste la pena de daño, en la separación, y es mayor que la pena de sentido. Arrojad al siervo inútil a las tinieblas exteriores. En la vida actual los malos tienen tinieblas por dentro, las del pecado, pero en la futura las tendrán también por fuera. Será inmensa, en segundo lugar, por los remordimientos de su conciencia. Sin embargo, tal arrepentimiento y lamentaciones serán inútiles, pues provendrán no del odio de la maldad, sino del dolor del castigo. En tercer lugar, por la enormidad de la pena sensible, la del fuego del infierno, que atormentará alma y cuerpo. Es este tormento del fuego el más atroz, al decir de los santos. Se encontrarán como quien se está muriendo siempre y nunca muere ni ha de morir; por eso se le llama a esta situación muerte eterna, porque, como el moribundo se halla en el filo de la agonía, así estarán los condenados. En cuarto lugar, por no tener esperanza alguna de salvación. Si se les diera alguna esperanza de verse libres de sus tormentos, su pena se mitigaría; pero perdida aquélla por completo, su estado se torna insoportable. En el infierno se sufrirá de muchas maneras. Debe decirse que, según San Basilio, en la última purificación del mundo se hará separación en los elementos, de modo que cuanto es puro y noble permanecerá arriba, para gloria de los bienaventurados; pero cuanto es innoble y manchado será arrojado al infierno para pena de los condenados; de suerte que, así como toda creatura será para los bienaventurados materia de gozo, así también para los condenados será aumentado el tormento por todas las creaturas, conforme a aquello , peleará con él el orbe de las tierras contra los insensatos. También compete a la divina justicia que así como los que apartándose de uno por el pecado constituyeron su fin en las cosas materiales, que son muchas y varias, así también sean afligidos de muchas maneras por muchos. La pena que causará el gusano. Debe decirse que después del día del juicio en el mundo renovado no quedará animal alguno, o cuerpo alguno mixto, sino sólo el cuerpo del hombre, porque no tiene orden alguno respecto a la incorrupción, ni después de aquel tiempo se ha de verificar generación y corrupción. Por lo cual el gusano que se supone en los condenados, no debe entenderse que es corporal, sino espiritual, el cual es el remordimiento de la conciencia, que se llama gusano en cuanto nace de la podredumbre del pecado, y aflige al alma como el gusano corporal nacido podredumbre aflige punzando”.

domingo, 14 de julio de 2013

"No he venido a traer la paz, sino la espada"

          

       "No he venido a traer la paz, sino la espada" (Mt 10, 34-11,1). Para quien interprete, erróneamente, que el cristianismo es un movimiento pacifista, estas palabras suenan contradictorias e incompatibles con el pacifismo, y en realidad es así, puesto que el cristianismo es un movimiento pacífico, pero no "pacifista". Para entender la razón de la frase de Jesús, y para entender cuál es la paz que no viene a traer Jesús, y cuál es la espada que sí viene a traer, es necesario remontarse al inicio de la Creación, y más específicamente, al momento de la creación de los ángeles y la posterior rebelión de muchos de ellos contra Dios, y también a la creación del hombre y su posterior caída debido al pecado original. La rebelión de ambas creaturas tuvo como consecuencia la co-habitación del hombre y del demonio en la tierra -el hombre porque perdió el Paraíso; el demonio, porque fue precipitado a la tierra, en donde es dejado por un tiempo, hasta su encierro definitivo en el infierno- y la subyugación del hombre por parte del demonio, debido a la superioridad de su naturaleza angélica. De esta manera el demonio, habiendo declarado la guerra en los cielos contra Dios, la continúa aquí en la tierra, por medio de los hombres que se unen a él; toda la historia humana, hasta el fin de los tiempos, será una continua guerra que el demonio y el hombre librarán contra Dios. El hombre y el demonio, a causa del pecado, son enemigos de Dios y le hacen continuamente la guerra, uniéndose ambos en el mal y construyendo un orden de cosas y una civilización humana completamente opuestas al designio divino. La expresión máxima de este orden contrario al querer divino es la Nueva Era o Conspiración de Acuario, cuyo objetivo declarado es la iniciación luciferina de la humanidad y la consagración de toda la humanidad a Satanás. Si esto llegara a suceder, el demonio habría tenido éxito en su guerra contra Dios, instaurando en la tierra y, lo más grave, en el corazón del hombre, el Reino de las tinieblas, reino de terror, de odio, de división, de muerte y de dolor.
          Es en este contexto entonces en el que se entienden las palabras de Cristo, de que "no ha venido a traer la paz, sino la espada"; en este contexto se entiende que Cristo no sea un pacifista y que tampoco lo sea su Iglesia, puesto que Cristo ha venido a "deshacer las obras del demonio" (1 Jn 5, 20), ha venido a destruir al Reino de las tinieblas, ha venido a liberar al hombre de las garras del ángel caído, y ha venido a instaurar su Reino, el Reino de Dios, reino de amor, de paz, de alegría, de felicidad inimaginable para el hombre, y este Reino, que está "cerca" (cfr. Mt 3, 1-12) del hombre, se encuentra "dentro" (cfr. Lc 17, 21) de él cuando el hombre recibe la gracia santificante, la cual le abre el corazón al ingreso del Hombre-Dios por medio de la fe, el Amor y la comunión eucarística.

          "No he venido a traer la paz, sino la espada". Cristo combate con la espada, esto es, la Palabra de Dios, a sus enemigos, los enemigos de Dios y de los hombres, los demonios y los hombres perversos aliados a ellos. Si los enemigos de Cristo y de la Iglesia no son sus enemigos, es señal de que ese cristiano se ha aliado con el demonio y le ha declarado la guerra a Dios.

jueves, 11 de abril de 2013

“Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó”



“Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó” (Jn 6, 1-15). Jesús realiza la multiplicación milagrosa de panes y peces y alimenta a una multitud de más de cinco mil personas. Una exégesis progresista y racionalista, destructora del sentido sobrenatural y contraria a la fe de la Iglesia, diría que el milagro consiste en que Jesús en realidad lo que hizo fue despertar la generosidad entre la multitud, llevándolos a salir del egoísmo de cada uno compartiendo de lo propio con los demás. Para esta interpretación progresista, en realidad no hubo un milagro material, es decir, no hubo una multiplicación real de la materia de los panes y peces, sino que se trató de un milagro moral, una invitación al cambio de conducta entre la muchedumbre, que mediante el gesto de bendecir los panes y peces, los llevó a salir de su egoísmo; así, llevados por el buen ejemplo de Jesús, todos sacaron de sus bolsas los panes y peces que llevaban y los compartieron con los demás. El ejemplo de Jesús fue tan grande, que todos quedaron satisfechos, llegando incluso a sobrar el alimento.
Sin embargo, la multiplicación de panes y peces, en la recta fe de la Iglesia, no consiste en esto: se trata de un verdadero milagro o signo sobrenatural que demuestra que Jesús es quien dice ser: Dios Hijo en Persona. Jesús ya se había presentado como “venido del cielo”, como el que “habla de lo que vio y escuchó en el cielo”, es decir, en el seno de su Padre, y como nadie “conoce al Padre sino el Hijo”, entonces la conclusión es que Él “habla de lo que vio”, que es a su Padre, y si conoce a Dios Padre, es porque Él es Dios Hijo en Persona. La multiplicación de panes y peces constituye una poderosísima afirmación, con un hecho prodigioso y sobrenatural, de su condición de Hombre-Dios. En otras palabras, a través de este milagro, Jesús dice, sin decirlo: “Yo les dije: ‘Yo Soy Dios’, ahora con este milagro, que sólo puede ser hecho con la fuerza omnipotente de Dios, les digo: ‘Yo Soy Dios’”.
A partir de este milagro, nadie puede dudar de la condición divina de Jesús y el razonamiento para aceptar su divinidad es muy simple: si alguien se presenta diciendo: “Yo Soy Dios” y hace milagros que sólo Dios puede hacer, entonces el milagro es la fuerza probativa de la veracidad de sus palabras. En caso contrario, si alguien se presenta diciendo: “Yo Soy Dios”, pero no hace milagros que sólo Dios puede hacer, entonces esa es una muestra de su falsedad. Cristo demuestra con hechos lo que dice con sus palabras; por lo tanto, es verdad que Él es Dios Hijo en Persona.
Lo mismo sucede con la Iglesia Católica, quien se auto-revela como “la verdadera y única Iglesia de Dios” y como prueba de que lo que dice es verdad, realiza también un signo prodigioso, un signo que sólo puede ser hecho si Dios, con su Espíritu, lo hace, y es el milagro del altar, en el cual el Hombre-Dios Jesucristo no crea de la nada la materia de panes y peces, sino que convierte el pan y el vino en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, con lo cual alimentará espiritualmente no a cinco mil personas, sino las almas de miles de millones de bautizados.  
Entonces, si la multiplicación de panes y peces es el signo prodigioso que demuestra la condición divina de Jesús de Nazareth, la Santa Misa, con la conversión milagrosa del pan y del vino en la Eucaristía, es el signo prodigioso que demuestra la condición de la Iglesia Católica como Esposa Mística del Cordero de Dios y por lo tanto como la única Iglesia verdadera del Dios verdadero.
Jesús Eucaristía, que se dona a sí mismo como Pan de Vida eterna en el altar eucarístico de la Iglesia, es la “fuente de aguas vivas”, porque es la Gracia Increada en Persona; lejos de conocer y apreciar este maravillosísimo don, muchos, muchísimos hombres, se extravían en las oscuras y tenebrosas sendas de la Nueva Era o New Age, acudiendo a cuanto vendedor de ilusiones aparezca. Esta triste realidad es particularmente cierta entre los católicos, muchos de los cuales, desconociendo o menospreciando estas sublimes verdades celestiales, dejan de lado a la Iglesia y a la Eucaristía para acudir en masa a los falsos maestros de la Conspiración de Acuario, haciendo realidad las palabras de Jesús: “Me abandonaron a Mí, la fuente de aguas vivas, para cavarse cisternas, cisternas agrietadas, que no retienen el agua” (Jer 2, 13).

jueves, 14 de junio de 2012

Movido por el Espíritu Santo el rey David reconoce la divinidad del Mesías, el Cristo



“Movido por el Espíritu Santo el rey David reconoce la divinidad del Mesías, el Cristo” (cfr. Mc 12, 35-37). El evangelio plantea la cuestión de la divinidad de Cristo: David, siendo rey y por lo tanto señor, llama “Señor” a Dios, el mismo Dios con el cual Jesús de Nazareth se auto-identifica.
Por lo tanto, Jesús se revela como Dios, como el Dios a quien David llama “Señor”.
Este tema de la divinidad de Cristo es de capital importancia, tanto más, cuanto que la secta neo-pagana de la Nueva Era insiste en presentar un falso cristo, un anti-cristo, un cristo que es solamente un hombre, o un cristo panteísta, una especie de fuerza cósmica vital que anima al universo, pero que de ninguna manera es Dios Hijo en Persona.
Ahora bien, si Cristo no es Dios, como lo afirma la Nueva Era, entonces todo el edificio espiritual de la Iglesia se viene abajo: Dios no es Uno y Trino, y el Hijo no se encarnó, ni tampoco prolonga su Encarnación y su misterio pascual en el altar, ni se dona a sí mismo en la Eucaristía, ni da la filiación divina en el bautismo, ni perdona los pecados en la confesión, ni transubstancia el pan y el vino en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Santa Misa, con su omnipotencia divina, por medio del sacerdote ministerial, y por lo tanto, no tiene nada de lo que el cristiano cree y practica.
Y al revés, es verdad todo lo que la Nueva Era o Conspiración de Acuario falsamente enseña: yoga, reiki, adivinación, esoterismo, luciferismo, ecologismo, etc.
Precisamente, es tarea del cristiano defender la verdad de la divinidad de Cristo Dios, presente en Persona en el sacramento de la Eucaristía, principalmente mediante el ejemplo de vida, apartándose del mundo y viviendo según los preceptos de la Santa Iglesia Católica.