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viernes, 25 de agosto de 2017

“Tú eres... el Hijo del Dios vivo”


(Domingo XXI - TO - Ciclo A – 2017)

“Tú eres... el Hijo del Dios vivo” (Mt 16, 13-20). Ante la pregunta de Jesús acerca de quién dice la gente que es Él, sólo Pedro responde de modo correcto: “Tú eres el Hijo de Dios vivo”. Sólo Pedro responde que Jesús es el Hijo de Dios encarnado, esto es, el Hombre-Dios. Pero no es una respuesta que Pedro la haya formulado siguiendo sus propios razonamientos; no es una respuesta dada por una deducción de su inteligencia: es una respuesta dada por el mismo Espíritu Santo, tal como Jesús se lo dice: “Y Jesús le dijo: “Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo”. Inmediatamente después de aclararle a Pedro que lo que él sabe acerca de Él lo sabe por el Espíritu Santo, es decir, que Jesús es Dios Hijo encarnado y no un simple hombre, Jesús lo nombra su Vicario en la tierra y la “Piedra” sobre la que Él fundará su Iglesia, prometiendo que la Iglesia que Él ha de fundar sobre esta Roca que es Pedro, el Papa, no sucumbirá ante los ataques del Infierno: “Y yo te digo: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del Infierno no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo””. La afirmación de Jesús lleva implícitas numerosas verdades sobrenaturales, las cuales son imprescindibles de conocer, puesto que constituyen el fundamento de nuestra Fe católica. Estas verdades son: que la fe de Pedro en Él en cuanto Hombre-Dios, proviene del Espíritu Santo y por lo tanto, las verdades sobrenaturales absolutas acerca de Dios, como el ser Uno y Trino y que la Segunda Persona se encarnó por obra del Espíritu Santo y por Voluntad del Padre, son imposibles de conocer por simple razonamiento y sólo pueden ser conocidas por revelación divina, de lo cual se deduce que todo el contenido dogmático de la Iglesia Católica se origina en Dios Trino y no en la mente humana; otra verdad de fe que se desprende de las afirmaciones de Jesús es que Pedro, el Papa, es Vicario, en cuanto reconoce a Cristo como la Verdad de Dios encarnada, como el Logos del Padre hecho hombre, pero sin dejar de ser Dios como el Padre; otra verdad es que la Iglesia Católica es de institución divina y no humana –a diferencia, por ejemplo, de la Iglesia Protestante, que es de institución humana, pues la fundó Lutero-, porque es Cristo quien la funda sobre la Piedra que es Pedro, al tiempo que el Papado es fundado sobre Cristo; otra verdad sobrenatural es que la Iglesia Católica, que es Una, Santa, Católica y Apostólica, no será derrotada por las fuerzas del Infierno, lo cual anticipa y previene acerca de la dura batalla que se librará, en la tierra y en el tiempo, hasta el fin de los tiempos, entre la Iglesia del Hombre-Dios, Jesucristo, y las fuerzas del Infierno, y si bien esta batalla parecerá ganada por el Infierno –no hay que olvidar que es un sacerdote poseso, un sacerdote endemoniado, Judas Iscariote, nombrado sacerdote por Jesucristo, por quien Jesús fue traicionado, arrestado y sentenciado a muerte, por lo que, desde la fundación misma de la Iglesia, el Infierno busca destruirla, apareciendo el Infierno, ya desde el inicio, como venciendo aparentemente-, Jesús promete su asistencia divina, de manera tal que nunca prevalecerán los enemigos externos e internos, los cuales serán derrotados definitivamente en la Segunda Venida gloriosa de Nuestro Señor.

“Tú eres... el Hijo del Dios vivo”. Así como Jesús le pregunta a Pedro acerca de quién es Él, también Jesús nos pregunta, desde la Eucaristía, quién creemos nosotros que es Él, y nos lo pregunta cada vez que acudimos a recibir la Comunión: “Tú, que te acercas a comulgar, ¿sabes quién Soy Yo en la Eucaristía?”. Nos lo pregunta cada vez que adoramos la Eucaristía: “Tú, que me adoras en la Eucaristía, ¿sabes quién Soy Yo?”. Nos lo pregunta cuando no asistimos a la Santa Misa; nos lo pregunta cuando no asistimos a la Adoración Eucarística; nos lo pregunta cuando abandonamos la Confesión y la Eucaristía por pasatiempos mundanos; nos lo pregunta, cuando hacemos prevalecer los criterios de razonamientos humanos por encima de sus Mandamientos: “Tú, que abandonas mi Iglesia y desprecias mis Mandamientos, ¿sabes quién Soy Yo en la Eucaristía?”. Nos lo pregunta, porque muchos, por el modo de vestir, de hablar en la Iglesia; por el modo de comulgar, por el modo de tratar sin caridad y sin piedad a sus prójimos luego de comulgar, parecen no saber que Jesús en la Eucaristía es el Hijo de Dios encarnado, es el Hombre-Dios, hecho hombre sin dejar de ser Dios, para comunicarnos su Amor substancial, el Espíritu Santo, en cada comunión. Muchos, por el destrato que dan a la Eucaristía, parecerían que creen que la Eucaristía es sólo un trozo de pan consagrado y no el Verbo Eterno de Dios, encarnado en el seno virgen de María y que prolonga su Encarnación en la Eucaristía. Por el trato indigno que muchos dan a la Eucaristía, es que Jesús nos pregunta: “¿Quién crees que Soy Yo, en la Eucaristía?”. Y la única respuesta correcta es la del primer Papa, Simón Pedro, respuesta sobre la que se asienta la Fe de la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica, hasta el Día del Juicio Final: “Tú eres... el Hijo del Dios vivo”. Pero no basta con confesar que Jesús es el Hijo de Dios encarnado; debemos confesar y proclamar que Jesús es el Hijo de Dios encarnado que prolonga su Encarnación en la Eucaristía; debemos proclamar, con obras de misericordia más que con palabras: "Jesús es el Dios de la Eucaristía". Entonces, ante la pregunta de Jesús, que desde la Eucaristía nos dirige, a todos y cada uno de nosotros: “¿Y tú, hijo mío, quién dices que soy?”, nosotros, parafraseando a Pedro, el Primer Papa, e iluminados por el Espíritu Santo y en la Fe de la Única Iglesia del Cordero, decimos: “Jesús, Tú eres en la Eucaristía el Hijo de Dios vivo, Tú eres el Dios de la Eucaristía”. 

jueves, 6 de abril de 2017

“Desde antes que naciera Abraham, Yo Soy el Dios de la Eucaristía”


“Desde antes que naciera Abraham, Yo Soy” (Jn 8, 51-59). Jesús manifiesta su divinidad, aplicándose para sí el nombre de Dios –Yo Soy-, con el cual los judíos conocían al Único Dios verdadero. Es decir, los judíos conocían a Dios y lo conocían por su nombre, revelado por Él mismo: “Yo Soy”, pero ahora, cuando ese mismo Dios se les auto-revela en Jesucristo, encarnado, y les manifiesta que en Dios hay una Trinidad de Personas, en vez de darle gracias por haberlos elegido para ser destinatarios privilegiados de esta revelación divina, que no tiene otro motor que el Amor y la Misericordia de Dios, pretenden matarlo, acusándolo falsamente de blasfemia: “Entonces tomaron piedras para apedrearlo”.  
Es decir, los judíos quieren matar a Jesús por el solo hecho de revelar la Verdad última acerca de la divinidad, que es la Trinidad de Personas en Dios, y que Él es la Segunda de esas Tres Divinas Personas, encarnada. Con esta actitud, demuestran que el espíritu que los guía no es el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios, sino el espíritu del Príncipe de las tinieblas, el Demonio, porque el Demonio es “homicida desde el principio”. Ésa es la razón por la que Jesús les dice que ellos no tienen por padre a Abraham, sino al Demonio: “Vuestro padre es el Demonio” (Jn 8, 44).

“Desde antes que naciera Abraham, Yo Soy”. También a nosotros, los católicos, Jesús, el Hombre-Dios, se nos revela desde la Eucaristía, en donde está Presente en Persona, y nos dice: “Desde antes que naciera Abraham, Yo Soy el Dios de la Eucaristía”. Si negamos la divinidad de Cristo en la Eucaristía, cometemos el mismo error de los judíos.