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viernes, 25 de febrero de 2022

“Vende lo que tienes y sígueme”

 


“Vende lo que tienes y sígueme” (Mc 10, 17-27). Una persona se acerca a Jesús y le pregunta qué es lo que tiene que hacer para ganar la vida eterna. Jesús le contesta que debe cumplir con los Mandamientos; la persona le responde que eso lo hace desde toda la vida. Luego, Jesús agrega: “Entonces, vende lo que tienes y sígueme”. La persona se retira entristecida, porque, dice el Evangelio, “poseía muchos bienes”.

En este pasaje hay varias enseñanzas: por un lado, quien se acerca a Jesús era una buena persona, ya que vivía según los Mandamientos de Dios; por otro lado, reconoce a Jesús como al “Maestro” de la humanidad; por otro lado, se puede constatar que, aunque la persona es buena, porque no hace el mal y vive según los Mandamientos de Dios, sin embargo, se ve que está apegada a los bienes de la tierra, por eso es que se retira apenada cuando Jesús le dice que venda todo lo que tiene.

¿Por qué razón Jesús le dice que venda lo que tiene y lo siga, para así ganar la vida eterna? ¿No era suficiente que el hombre viviera según los Mandamientos de la Ley de Dios? Evidentemente, no, no era suficiente vivir según los Mandamientos, porque a partir de Jesús, ahora hay un nuevo requisito para entrar en el Cielo, que es seguir a Jesús y a Jesús se lo sigue con la cruz a cuestas, porque Jesús va camino del Calvario. Ahora bien, no se puede seguir a Jesús y al mismo tiempo estar apegados a la tierra y a los bienes terrenos, porque quien sigue a Jesús, debe llevar la cruz y no se pueden llevar la cruz y los bienes terrenos al mismo tiempo; por otra parte, Jesús no va a la tierra, Jesús va al cielo y en el cielo los bienes materiales no son necesarios para nada, no sirven de nada. Los únicos bienes materiales que debe poseer quien quiera seguir a Jesús, son los mismos bienes que Él tiene en el Calvario: una corona de espinas, los clavos de hierro y el madero de la cruz. Si queremos seguir a Jesús, debemos desapegarnos de la tierra y de los bienes terrenos, debemos aferrarnos a la cruz y seguir a Jesús, que va al cielo por el Camino del Calvario.

viernes, 29 de septiembre de 2017

“Ven a trabajar a mi viña”


(Domingo XXVI - TO - Ciclo A – 2017)

         “Ven a trabajar a mi viña” (cfr. Mt 21, 28-32). Para graficar tanto el llamado de Dios a trabajar en su Iglesia, como la respuesta de las almas frente a este llamado, Jesús utiliza la parábola del dueño de una viña, que llama a sus dos hijos para que vayan a trabajar en su viña. Llama al primero y le dice que vaya a trabajar, pero este le dice que no irá, aunque luego termina yendo: “Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: “Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña”. El respondió: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue”. Luego, llama al segundo, al cual le hace también la misma invitación de ir a trabajar; éste le contesta que sí, pero luego no va: “Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: “Voy, Señor”, pero no fue”. Finalizando la parábola, Jesús les pregunta a sus discípulos cuál de los dos cumplió el pedido del padre y estos le responden que el primero, es decir, el que había dicho que no, pero luego fue a trabajar: “¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?”. “El primero”, le respondieron”. Finalmente, Jesús hace una dura advertencia a quienes escuchan el llamado para trabajar en su Iglesia –sea como religiosos o como laicos- y de la negativa a hacerlo: “Jesús les dijo: “Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios”. Les da el ejemplo de “publicanos y prostitutas” –es decir, de quienes socialmente eran reprobables-, que a pesar de no ser religiosos, sin embargo escucharon la predicación de Juan el Bautista y creyeron en él y se convirtieron, a diferencia de muchos que, sin ser pecadores públicos, sin embargo no se convirtieron por la predicación de Juan el Bautista: “En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él”.
         La parábola se comprende y la podemos aplicar a nosotros, cristianos del siglo XXI, cuando reemplazamos sus elementos, por elementos sobrenaturales: así, el dueño de la vid es Él, Jesucristo, Dios; la viña es la Iglesia; los hijos llamados a trabajar, somos los hijos adoptivos de Dios, los bautizados en la Iglesia Católica; el trabajo, es el trabajo entendido en dos sentidos: materialmente, el trabajo realizado para mantener las estructuras edilicias (limpieza, mantenimiento, etc.); espiritualmente, es el trabajo espiritual que todo cristiano debe realizar, para salvar su alma y ayudar a salvar el alma de sus prójimos.
         Esta parábola por lo tanto se podría aplicar a dos tipos de actitudes entre los bautizados: muchos bautizados, que están en la Iglesia, aparentemente han respondido afirmativamente al llamado del Señor; sin embargo, con sus comportamientos, como por ejemplo, falta de perdón, acepción de personas, juicios malévolos sobre el prójimo, codicia, deseo de cargos eclesiásticos para obtener prestigio y poder, y tantos otros anti-ejemplos más, claramente demuestran que no están trabajando para el bien de las almas. Sería el caso del hijo de la parábola que dice “Sí, voy a trabajar”, pero no trabaja para la salvación de las almas, ya que sigue su propia voluntad y busca su propio interés.
         El otro hijo de la parábola, el que dice “No”, pero sí va a trabajar, podría representar a muchos bautizados que no están en la Iglesia por diversas razones, pero sin embargo se muestran caritativos, compasivos, comprensivos con el prójimo, demostrando así un corazón noble, al que solo le falta el acceso a los sacramentos, por lo que, con su buen obrar, aunque pareciera que no, sin embargo, trabajan para Dios.
         Al comentar esta parábola, Santa Teresa Benedicta de la Cruz reflexiona acerca del pedido de Jesús acerca de la voluntad de Dios: “que se haga tu voluntad”, resaltando el hecho de que el Hijo de Dios vino a la tierra no solo para expiar la desobediencia del hombre, sino para reconducirlos al Reino de Dios por medio de la obediencia. Dice así: “¡Qué se haga tu voluntad!” (Mt 6, 10) En esto ha consistido, toda la vida del Salvador. Vino al mundo para cumplir la voluntad del Padre, no sólo con el fin de expiar el pecado de desobediencia por su obediencia (Rm 5,19), sino también para reconducir a los hombres hacia su vocación en el camino de la obediencia”[1]. Es en la obediencia a los Mandamientos de la Ley de Dios y a los Mandamientos propios de Jesucristo en el Evangelio –perdonar setenta veces siete, amar al enemigo, cargar la cruz de cada día, ser misericordiosos- en donde se juega la obediencia a Dios y a su llamado: si alguien está en la Iglesia, pero no cumple los Mandamientos de Dios y de Jesucristo, entonces ese alguien no está haciendo la voluntad de Dios, y es como el hijo de la parábola que dice: “Voy”, pero no va, porque no hace la voluntad de Dios, sino su propia voluntad.
         Dice Santa Edith Stein que la libertad dada a los hombres, no es para “ser dueños de sí mismos”, sino para unirse a la voluntad de Dios: “No se da a la voluntad de los seres creados, ser libre por ser dueño de sí mismo. Está llamada a ponerse de acuerdo con la voluntad de Dios”. Si el hombre, libremente, une su voluntad a la de Dios, participa de la obra de Dios: “Si acepta por libre sumisión, entonces se le ofrece también participar libremente en la culminación de la creación”. Pero si el hombre, haciendo mal uso de la libertad, rehúsa unir su voluntad a la de Dios, entonces pierde la libertad, y la razón es que se vuelve esclavo del pecado: “Si se niega, la criatura libre pierde su libertad”. El hombre que cumple los Mandamientos de Dios y de Cristo, es verdaderamente libre, mientras que el que no lo hace, aún cuando esté en la Iglesia todo el tiempo, es esclavo de sus propias pasiones, del pecado e incluso del Demonio.
Si el hombre se deja seducir por las cosas del mundo, se encadena al mundo, pierde su libertad y se vuelve vacilante e indeciso en el bien, además de endurecer su inteligencia en el error: “La voluntad del hombre todavía tiene libre albedrío, pero se deja seducir por las cosas de este mundo que le atraen y poseen en una dirección que la aleja de la plenitud de su naturaleza, como Dios manda y que han abolido la meta que se ha fijado en su libertad original. Además de la libertad original, pierde la seguridad de su resolución. Se vuelve cambiante e indecisa, desgarrada por las dudas y los escrúpulos, o endurecida en su error”. El mal católico, el que no cumple la voluntad de Dios, haciendo oídos sordos a su Ley de la caridad, se vuelve esclavo del error y además, su corazón se endurece, al no tener en sí el Fuego del Divino Amor.
La única opción posible para que el hombre sea plenamente libre, es seguir a Cristo, quien cumple la voluntad del Padre a la perfección: “Frente a esto, no hay otro remedio que el camino de seguir a Cristo, el Hijo del hombre, que no sólo obedecía directamente al Padre  del cielo, sino que se sometió también a los hombres que representaban la voluntad del Padre”. Quien sigue a Cristo, dice Santa Edith Stein, no solo se libera de la esclavitud del mundo, sino que se vuelve verdaderamente libre y se encamina a la pureza de corazón, porque se une a Cristo, el Cordero Inmaculado y la Pureza Increada en sí misma: “La obediencia tal como Dios quería, nos libera de la esclavitud  que nos causan las cosas creadas y nos devuelve a la libertad. Así también el camino hacia la pureza de corazón”. El peor error que puede cometer el hombre –y es lo que está haciendo el hombre de hoy- es dejar de lado la voluntad y los Mandamientos de Dios, para hacer su propia voluntad, constituyéndose en rey de sí mismo.
“Ven a trabajar a mi viña”, “Ven a trabajar en mi Iglesia”, nos dice Jesús a todos, laicos y religiosos y el bautismo sacramental constituye ya ese llamado a trabajar por las almas; Jesús nos llama a trabajar en su Iglesia, cada uno en su estado de vida, para salvar la propia alma y para ayudar a salvar las almas de nuestros hermanos, de la eterna condenación en el Infierno. Esto es lo que Jesús quiere significar cuando dice “trabajo”, es el trabajo para salvar el alma de la eterna condenación en el Infierno, el cual es real y dura para siempre, y no está vacío, sino que está ocupado por innumerables ángeles rebeldes y almas de condenados, de bautizados que precisamente se negaron a trabajar por su salvación y la de los demás. Jesús nos llama a trabajar en su Iglesia, para que ayudemos al prójimo, no a que solucione sus problemas afectivos ni económicos, sino a que salve su alma y llegue al Reino de los cielos, y el que esto hace, salva su propia alma, como dice San Agustín: “El que salva el alma de su prójimo, salva la suya”. “Ven a trabajar a mi viña”, nos dice Jesús, y la única forma de decir “Sí” e ir, verdaderamente, es tomando la Cruz de cada día, seguirlo a Él camino del Calvario, cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios y los Mandamientos de Cristo, evitar el pecado, vivir en gracia. Es la única forma en la que no defraudaremos el llamado de Dios a trabajar en su Iglesia, llamado que es para salvar almas y no para obtener puestos de poder.

        




[1] Cfr. Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, Meditación para la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.

miércoles, 8 de febrero de 2017

“Anulan la palabra de Dios por la tradición que ustedes mismos se han transmitido”


“Anulan la palabra de Dios por la tradición que ustedes mismos se han transmitido” (Mc 7, 1-13). El pecado del fariseísmo es reemplazar la Palabra de Dios por la palabra humana; la Revelación de Dios, por la interpretación que el hombre da de esa Revelación, con lo cual la religión queda reducida no a una manifestación de Dios al hombre, sino a la perversa y torcida interpretación que el hombre le da a esa Revelación. El ejemplo que pone Jesús, para demostrar cómo los fariseos reemplazan los Mandamientos de Dios por tradiciones inventadas por ellos, es el del Cuarto Mandamiento, que manda “Honrar padre y madre”: los fariseos eximen del cumplimiento de ese mandamiento a quien deje ante el altar aquello que tenía para ayudar a los padres. De esa manera, al declarar esa ofrenda sagrada, evitaban cumplir el mandamiento divino. Pero lo que hace sagrada la ofrenda es el Dios al que se le ofrenda, por lo cual la Palabra de Dios siempre prevalece por encima de cualquier invento que pergeñen los fariseos para librarse de cumplir los mandamientos (en este caso concreto, ellos se quedaban con los bienes, por lo que estaban más que interesados en que el Cuarto Mandamiento sea dejado de lado por su tradición humana).
“Anulan la palabra de Dios por la tradición que ustedes mismos se han transmitido”. Los Mandamientos de la Ley de Dios, desde el primero hasta el último –entre los que se incluyen los Mandamientos de Jesús, como el “cargar la cruz cada día”, “perdonar setenta veces siete”, “amar al enemigo” y otros más- no pueden nunca ser reemplazados por elucubraciones salidas de la mente del hombre. Otro ejemplo, es el de “No cometerás adulterio”: no se puede reemplazar este Mandamiento por el de “Comete adulterio”, sólo porque se invoca una supuesta misericordia divina, que no es tal sin la debida justicia. En el caso del matrimonio sacramental, es imposible estar en gracia y al mismo tiempo en pecado mortal; es imposible permanecer en el matrimonio sacramental y recibir la Comunión Eucarística si se está en adulterio, y la razón es que la unión entre el hombre y la mujer, por el sacramento del matrimonio, es una prolongación y una participación de la unión mística, esponsal, sobrenatural, de Cristo Esposo con la Iglesia Esposa. Admitir la comunión en estado de adulterio, implicaría admitir que, ya sea Cristo Esposo o la Iglesia Esposa, son capaces de traicionarse mutuamente: Cristo con una esposa que no es la Iglesia Católica Apostólica Romana, y la Iglesia Católica Apostólica Romana, con otro Cristo que no sea el Único, el Hombre-Dios, la Persona Segunda de la Trinidad, encarnada en el seno de María y que prolonga su Encarnación en la Eucaristía.

“Anulan la palabra de Dios por la tradición que ustedes mismos se han transmitido”. Anular la Palabra de Dios por mandamientos humanos es un pecado que clama al cielo.

martes, 9 de febrero de 2016

“Dejan de lado los Mandamientos de Dios, para seguir los de los hombres”


“Dejan de lado los Mandamientos de Dios, para seguir los de los hombres” (Mc 7, 1-13). Jesús culpa a los fariseos y escribas de tergiversar la religión, vaciándola de su contenido, que es la caridad. Jesús les dice que “Dejan de lado los Mandamientos de Dios, para seguir los de los hombres” y da un ejemplo concreto: el mandamiento de Dios que dejan de lado –entre otros tantos- es el Cuarto, que manda “Honrar padre y madre”, y lo dejan de lado, por cumplir “los mandamientos de los hombres”, es decir, las disposiciones de la ley farisaica, según las cuales, si se dejaba lo que se poseía en el altar del templo, entonces ya no había obligación para con los padres. Sin embargo, esto último es un acto de malicia porque, amparándose en una ley religiosa, los fariseos y escribas, lo que hacían, era desentenderse del amor debido a los padres. Por otra parte, lo que se depositaba ante el altar, lo recolectaban ellos mismos, con lo cual su ganancia era óptima: se desentendían del deber de caridad y justicia para con los padres, se quedaban con todo el dinero –con el cual deberían haber ayudado a sus padres, además de auxiliar al templo- y tranquilizaban sus conciencias citando la ley, un “mandamiento de hombres”, como les dice Jesús, poniéndolo por encima del “mandamiento de Dios”, que mandaba “honrar padre y madre”.
Obrando de esta manera, los fariseos y escribas vacían a la religión de su contenido esencial, la caridad, el amor sobrenatural a Dios y al prójimo, amor que impide cualquier acto de impiedad hacia Dios y de injusticia hacia el prójimo. Es por eso que, cuando no hay caridad en un acto de religión, sólo queda lo externo, el mero cumplimiento ritual, exterior, visible a los ojos de los hombres, pero inútil a los ojos de Dios. La caridad, esencia del acto religioso, impide la impiedad y la injusticia, volviendo al acto religioso piadoso para con Dios y justo para con el prójimo. Jesús desenmascara a los fariseos y escribas, haciéndoles ver que se han olvidado de la caridad y por lo tanto, son injustos para con el prójimo, al tiempo que inmediatamente se vuelven impiadosos para con Dios, porque no puede haber verdadera piedad para con Dios, si hay falta de caridad para con el prójimo.

“Dejan de lado los Mandamientos de Dios, para seguir los de los hombres”. Tengamos en cuenta las palabras de Jesús, para no solo no reemplazar nunca los Mandamientos de la Ley de Dios, por preceptos humanos, sino ante todo para que vivamos los Mandamientos divinos con la perfección sobrenatural de la caridad cristiana, es decir, para que cumplamos los Mandamientos de Dios con amor sobrenatural en el corazón, con actos religiosos plenos de caridad y piedad.

domingo, 22 de febrero de 2015

“El Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás”



"Las tentaciones de Jesús", 
de Nicols Florentino, 
Catedral vieja de Salamanca


(Domingo I - TC - Ciclo B – 2015)

         “El Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás” (Mc 1, 12-15). Jesús es llevado por el Espíritu Santo al desierto, para ser tentado por el espíritu del mal, Satanás, del demonio, la Serpiente Antigua. Esto nos lleva a hacernos algunas preguntas: ¿qué es la tentación? Si Jesús, siendo Dios Hijo en Persona, encarnado, y como tal, no podía jamás sucumbir a la tentación de Satanás, ¿por qué Jesús se deja tentar por el demonio?
         Podemos decir que la tentación es una prueba y una prueba específica para el cristiano: en la tentación, lo que es sometido a prueba, es la fe del cristiano[1]. La tentación es “la ocasión que Dios ofrece al hombre para conocer su realidad en profundidad, es decir, para que pueda saber lo que hay en su corazón”[2]. Es decir, Dios permite la tentación para “saber lo que hay en el corazón”: si hay amor a Dios, entonces el corazón resiste a la tentación, porque se da cuenta que, si cede a la tentación, se queda sin Dios –eligió a la tentación en vez de a Dios- y en consecuencia, su amor a Dios, o se enfría –si al ceder a la tentación cometió un pecado venial-, o se apaga –si al ceder a la tentación cometió un pecado mortal-. Y si permite la tentación, es para que no cedamos a ella, sino para que, resistiéndola –con la gracia de Cristo, de otro modo, es imposible-, nuestro amor a Él se vea fortalecido y engrandecido.
Y si la tentación es una “prueba de la fe”, tenemos que preguntarnos en qué fe somos tentados: somos tentados en la fe que profesamos en el Credo, porque allí está contenido todo lo que debemos creer; somos tentados en la fe que profesamos en los Mandamientos, porque ahí está todo lo que debemos hacer. Somos tentados en la fe que profesamos en el Credo -cada artículo del Credo está unido indisolublemente a todos los otros, y si dejamos de creer en uno solo de los artículos del Credo, dejamos de creer, en realidad, en toda la Verdad revelada por Jesucristo-, cuando en vez de creer lo que la Santa Madre Iglesia enseña, queremos creer lo que nuestra razón nos dice, oscureciendo así el misterio insondable de Jesucristo y, lo que es peor, terminamos creyendo en el credo de Satanás. Somos tentados en los Mandamientos, cuando en vez de cumplir los Mandamientos de Dios, promulgados por Dios en el Sinaí y “actualizados” por Cristo Dios desde la cruz, cumplimos los mandamientos de Satanás, que prescriben lo exactamente opuesto a los Mandamientos de Dios.
         En cuanto a la pregunta de por qué Jesús se deja tentar por el demonio, la respuesta la tiene San Agustín. Primero, San Agustín dice que el cristiano, en cuanto miembro de Cristo, clama por Él, pero desde el abatimiento, desde la prueba: “Dios mío, escucha mi clamor, atiende a mi súplica. ¿Quién dice esto? Parece que uno solo. Pero veamos si es uno solo: Te invoco desde los confines de la tierra con el corazón abatido (…) Quien invoca desde los confines de la tierra es (la herencia) de Cristo, este cuerpo de Cristo, esta Iglesia única de Cristo (…) que invoca al Señor desde los confines de la tierra. ¿Y qué es lo que pide? Lo que hemos dicho antes: Dios mío, escucha mi clamor, atiende a mi súplica; te invoco desde los confines de la tierra, esto es, desde todas partes. ¿Y cuál es el motivo de esta súplica? Porque tiene el corazón abatido. Quien así clama demuestra que está en todas las naciones de todo el mundo no con grande gloria, sino con graves tentaciones”[3].
Luego, San Agustín dice que la tentación es parte de esta vida y es necesaria para nuestro progreso espiritual y aunque sin afirmarlo explícitamente, sostiene que la tentación es sufrida por Jesucristo, para que en Él fuera vencido el demonio y nosotros aprendiéramos cómo vencer la tentación, siguiendo su ejemplo. Dice así San Agustín: “Nuestra vida, en efecto, mientras dura esta peregrinación, no puede verse libre de tentaciones; pues nuestro progreso se realiza por medio de la tentación y nadie puede conocerse a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni puede vencer si no ha luchado, ni puede luchar si carece de enemigo y de tentaciones. Aquel que invoca desde los confines de la tierra está abatido, mas no queda abandonado. Pues quiso prefigurarnos a nosotros, su cuerpo, en su propio cuerpo, en el cual ha muerto ya y resucitado, y ha subido al cielo, para que los miembros confíen llegar también adonde los ha precedido su cabeza. Así pues, nos transformó en sí mismo, cuando quiso ser tentado por Satanás. Acabamos de escuchar en el Evangelio cómo el Señor Jesucristo fue tentado por el diablo en el desierto. El Cristo total era tentado por el diablo, ya que en él eras tú tentado. Cristo, en efecto, tenía de ti la condición humana para sí mismo, de sí mismo la salvación para ti; tenía de ti la muerte para sí mismo, de sí mismo la vida para ti; tenía de ti ultrajes para sí mismo, de sí mismo honores para ti; consiguientemente, tenía de ti la tentación para sí mismo, de sí mismo la victoria para ti. Si en él fuimos tentados, en él venceremos al diablo. ¿Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas en que venció la tentación? Reconócete a ti mismo tentado en él, y reconócete también a ti mismo victorioso en él. Hubiera podido impedir la acción tentadora del diablo; pero entonces tú, que estás sujeto a la tentación, no hubieras aprendido de él a vencerla”[4]. De un modo magistral, San Agustín nos enseña que Cristo se dejó tentar en el desierto, porque de esa manera, no solo derrotaba al demonio por nosotros, sino que, al vencerlo a través de nuestra humanidad, nos concedía su victoria a nosotros, los hombres, al hacernos partícipe de su victoria sobre el Enemigo de las almas.
“El Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás”. Cuando tengamos las tentaciones más fuertes, las que nos llevan a dudar del Credo, es cuando tenemos que rezar, con total convicción, cada artículo del Credo; cuando tengamos la tentación de no querer cumplir los Mandamientos de Cristo Dios, recordemos que la alternativa son los mandamientos de Satanás, y recurramos entonces a la Virgen, para que nos fortalezca y nos dé amor por la Voluntad divina. En toda tentación, por más fuerte que sea, recordemos que Jesucristo las ha vencido a todas y que en Él, y solo en Él, saldremos victoriosos. No hay ninguna tentación que no podamos vencer, si estamos unidos a Jesucristo, el Hombre-Dios, Victorioso para nosotros y por nosotros en la tentación en el desierto. Y por último, el para qué Jesús se deja tentar por nosotros, nos lo dice el Misal Romano[5]: “(Jesús) al abstenerse de alimentos terrenos durante cuarenta días, consagró con su ayuno la práctica cuaresmal, y al rechazar las tentaciones del demonio nos enseñó a superar los ataques del mal, para que, celebrando con sinceridad el misterio pascual, podamos gozar un día de la Pascua eterna”. Jesús se deja tentar el desierto, no para que simplemente seamos más virtuosos, al rechazar las tentaciones como Él, sino para que, rechazándolas en Él y por Él, conservemos e incrementemos la gracia, de manera que podamos celebrar el “misterio pascual” de su Pasión, Muerte y Resurrección, esto es, la Santa Misa, en donde este misterio se actualiza por medio de la liturgia eucarística, y seamos capaces, con un corazón fortalecido luego de la lucha contra la tentación, de alimentarnos del Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, como anticipo terreno del “gozo de la Pascua eterna” que, por su misericordia, esperamos celebrar al finalizar nuestros días en esta vida terrenal.



[1] Cfr. http://www.mercaba.org/Catecismo/ADULTOS/CATEQUIZANDO%202%20055-069.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] De los Comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos (Salmo 60, 2-3: CCL 39, 766).
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. Plegaria Eucarística del Domingo I de Cuaresma, Las tentaciones del Señor.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Jueves después de Ceniza


“Si alguien quiere venir detrás de Mí, que cargue su cruz cada día y me siga” (Lc 9, 22-25). Jesús nos da la fórmula de la felicidad: cargar la cruz de cada día y seguirlo a Él camino del Calvario. Ahora bien, hay algo anterior al “cargar la cruz”, y es algo de lo que depende la felicidad final: “querer” seguir a Jesús y es por eso que Jesús dice: “Si alguien quiere venir detrás de Mí…”. Seguir a Jesús es una cuestión de “querer”, que es, en el fondo, “amar”: nadie sigue a Jesús sin amarlo, sin quererlo, por lo mismo que nadie entrará en el cielo forzado, obligado. Jesús lo dice de modo muy claro: “Si alguien quiere venir detrás de Mí…”, debe cargar la cruz y seguirlo; ahora bien, este seguimiento de Jesús no es automático, ni forzado, ni obligado, porque está basado en el Amor, no en el amor humano, sino en el Amor de Dios, porque desear querer seguir a Jesús, es ya un movimiento de la gracia. Nadie desea cargar la cruz y seguir a Jesús, camino del Calvario, sino es por moción de la gracia. La cuestión no es menor, porque quien sigue a Jesús por Amor, cumplirá sus Mandamientos también por Amor, y así tendrá acceso al Reino de los cielos. Desde la cruz, Jesús, que es Dios, no solo nos da los Diez Mandamientos –incluyendo el “Mandamiento Nuevo” de la Ley Nueva, el mandamiento de la caridad-, y no solo nos el ejemplo perfectísimo de cómo vivir los Mandamientos, hasta la muerte de cruz, sino que nos da la fuerza misma para cumpliros y vivirlos –de otro modo, es imposible, empezando por el mandato de “amar a los enemigos”-.
Por el contrario, quien no sigue a Jesús –o, lo que es lo mismo, quien carga la cruz sin Amor-, no solo no cumple los Mandamientos de Dios, sino que cumple, indefectiblemente, los mandamientos de Satanás, puesto que no hay punto intermedio: o se cumplen los Mandamientos de Dios, dados por Jesús desde la cruz, o se cumplen los mandamientos de Satanás. Seguir o no a Jesús, es cuestión de libre albedrío y de Amor, como hemos visto, y quien así lo hace, cumple los Mandamientos de Dios y así se asegura su felicidad y el acceso a la vida feliz y eterna en el Reino de los cielos. Esto está asegurado por la Escritura, que promete la vida a quien elija la vida: “Delante de ti están la vida y la muerte, lo que elijas, eso se te dará” (cfr. Deut 30, 15-20). No seguir a Jesús –no querer seguirlo, porque no se lo ama y por eso no se carga la cruz-, implica la libre elección del seguimiento y de la obediencia a Satanás, porque quien no quiere cargar la cruz, carga el yugo pesadísimo del demonio.

“Si alguien quiere venir detrás de Mí, que cargue su cruz cada día y me siga”. Amar a Jesús, cargar la cruz y seguirlo camino del Calvario, es una cuestión, literalmente, de vida o de muerte: “Hoy pongo delante de ti la vida y la felicidad, la muerte y la desdicha (…) si amas al Señor, tu Dios, y cumples sus mandamientos, vivirás (…) delante de ti (está) la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, y vivirás” (Deut 30, 15-20). Delante nuestro están Jesús y su cruz, con sus Mandamientos de vida eterna, y Satanás, con sus mandamientos de muerte, que mandan lo diametralmente opuesto a los Mandamientos divinos. Lo que elijamos, eso se nos dará. Que María Santísima guíe nuestros pasos por el Camino Real de la Cruz.

viernes, 16 de agosto de 2013

“No he venido a traer la paz, sino la división”


(Domingo XX - TO - Ciclo C - 2013)
         “No he venido a traer la paz, sino la división” (Lc 12, 49-53). Sorprende esta frase de Jesús, puesto que muchos asocian al cristianismo con un movimiento pacifista, que busca instaurar la paz fraterna entre todas las razas del mundo. Pero las palabras de Jesús deben ser interpretadas según lo que Él dice anteriormente: “He venido a traer fuego sobre la tierra, y cómo quisiera ya verlo ardiendo”, porque el “fuego” que este fuego no es otra cosa que el Fuego del Amor divino, el Espíritu Santo, que enciende a los corazones en Amor de Dios. Y si Jesús ha venido a traerlo, y quiere verlo ardiendo, es porque en este mundo no hay de este fuego y por lo tanto los corazones no arden en el Amor de Dios. Ahora bien, al no haber Amor de Dios en los corazones, al no estar encendidos en su Amor, como consecuencia de la caída de la humanidad a causa del pecado original, los corazones están fríos y entenebrecidos, oscuros, porque carecen del fuego, que da luz y calor al mismo tiempo. Es por esto que en las Escrituras: “Nos visitará el Sol que nace de lo alto, para iluminar el mundo que yace en tinieblas y en sombras de muerte”. Y esta oscuridad y frialdad del corazón, que es ausencia del Fuego del Amor divino, de su luz y de su calor, es enemistad de los hombres contra Dios y amistad con el demonio, puesto que es en su corazón angélico de donde se origina este abismo de iniquidad y perversión, porque fue allí en donde por primera vez el Amor de Dios se ausentó, para dar paso al odio angélico.
         Al traer el Fuego del Amor divino, el Espíritu Santo, Jesús viene a romper con esta enemistad de los hombres contra Dios, convirtiendo al hombre de enemigo en amigo de Dios. Pero al tiempo que convierte al hombre de enemigo en amigo de Dios, invierte también la relación que el hombre tenía con el demonio, que era de amistad –por eso es que el hombre sin Dios cumple los mandamientos de Satanás, porque es su “amigo”-, convirtiéndolo en enemigo del demonio. Este es el motivo por el cual los hijos de Dios, que son los hijos de la Virgen, están enemistados con la Antigua Serpiente, según le dice Dios a la Virgen en el Génesis: “Pondré enemistad entre ti y la serpiente, entre tu descendencia y la suya”. De esta manera el hombre, encendido en el fuego del Amor de Dios, se convierte en amigo de Dios y en enemigo de Satanás; deja de cumplir los mandamientos del Demonio, para comenzar a cumplir los Mandamientos de Dios, y aquí está la ausencia de paz y la división que viene a traer Jesús: si los hombres, enemigos de Dios y aliados del Demonio vivían en la falsa paz del Demonio, cumpliendo sus mandamientos, ahora, aquellos hombres que por la acción del Espíritu Santo traído por Jesús -efundido con su Sangre desde su Corazón traspasado en la Cruz-, se convierten en amigos de Dios, son sin embargo, al mismo tiempo, enemigos de los hombres que continúan obrando las obras de las tinieblas.
         La división que pone Jesús entre los hombres, entre los miembros de una misma familia, y la ausencia de paz que esto conlleva, es la división y ausencia de paz que existe entre los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas; entre los que cumplen los Mandamientos de Dios, y los que cumplen los mandamientos de Satanás; entre los hijos de la Mujer del Génesis, la Virgen María, que aplastará la cabeza de la Serpiente Antigua al fin de los tiempos, y los hijos de las tinieblas, los hombres asociados en el mal al Ángel caído, los hombres que, por
de Dios y su Iglesia, entonces es mala señal; es señal de que ese cristiano se ha aliado a sus enemigos y se ha vuelto enemigo de Dios. Y si los tiene por propia voluntad, están destinados a la eterna perdición.

         “No he venido a traer la paz, sino la división”. Si el cristiano no tiene por enemigos a los enemigos enemigos, es buena señal; es señal de que, al igual que Jesús, que dio la vida por quienes le quitaban la vida, él también está llamado a “amar a sus enemigos”, dando por ellos su vida en la Cruz, la Cruz de Jesús. 

jueves, 27 de diciembre de 2012

Octava de Navidad 4 2012



         El inicio del Evangelio de Juan describe tanto la procedencia eterna como el Nacimiento en el tiempo del Niño de Belén: “En el principio era el Verbo (…) El Verbo estaba junto a Dios y era Dios (…) El Verbo era la vida y la luz que ilumina a todo hombre (…) El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (…) El Verbo, vida y luz de los hombres, vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron” (cfr. Jn 1ss).
         El Niño de Belén es el Verbo que procede eternamente del Padre, que en junto al Padre y al Espíritu Santo es un solo Dios, y como Dios es vida divina y luz eterna; como Verbo, se encarna en el seno virgen de María –el Verbo se encarnó-, para comunicar a los hombres de esa vida divina y de esa luz eterna.
El Niño Dios es la luz divina que viene a este mundo en tinieblas, para derrotar definitivamente las tinieblas del infierno, del error y de la ignorancia, y es vida divina, que viene a dar de esa vida a quienes viven en el mundo, muertos a la vida de Dios, a causa del reino del pecado en la tierra.
Este Nacimiento temporal del Verbo eterno, Nacimiento que tiene como fin derrotar a las tinieblas y comunicar vida divina a los hombres, es descripto por Zacarías en su cántico en términos de luz solar: “Nos visitará el Sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte”. El “Sol que nace de lo alto”, no es el astro sol alrededor del cual giran los planetas: es Cristo, Luz de Luz eterna, Sol de justicia, de cuyo Ser divino trinitario emana una luz más brillante que miles de millones de soles juntos, luz que es, al mismo tiempo, vida y vida eterna; luz que es, al mismo tiempo, Amor y Amor eterno, celestial, el Amor mismo de Dios; luz que es fortaleza divina, porque procede de Dios Trino, que es luz en sí mismo. Esta luz, este “Sol que nace de lo alto”, que viene a nuestro mundo revestido de la naturaleza humana del Niño de Belén, es vida, y por eso da vida a quienes habitan en este mundo “en tinieblas y en sombras de muerte”, y una vez que les da de su vida divina, los ilumina con su luz eterna, haciéndolos participar de esa misma luz, que es vida y que es amor, y que por eso enamora al hombre.
Lamentablemente, en este hórrido mundo, sometido al pecado y a su ley de muerte, mundo cuyo rey es el Príncipe de las tinieblas, muchos se acostumbran al mal, al error, al pecado y a la ignorancia; muchos prefieren los mandamientos de Satanás, el rey del mal y de la mentira, antes que los mandamientos de Dios, y es por esto que el Evangelista San Juan dice: “Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron”.
Por el contrario, quien recibe al Niño de Belén, en su pensamiento, por la fe, y en su corazón, por la comunión eucarística, en donde este Niño prolonga su Encarnación y Nacimiento, recibe su gracia, su vida y su luz, que lo convierten en hijo de Dios: "Pero a todos los que lo recibieron, les dio el poder de hacerse hijos de Dios" (cfr. Jn 1, 12).

viernes, 26 de octubre de 2012

“Señor, que vea”



(Domingo XXX – TO – Ciclo B – 2012)
         “Señor, que vea” (cfr. Mc 10, 46-52). Un mendigo ciego, llamado Bartimeo –hijo de Timeo-, pide a Jesús el milagro de recuperar la vista; Jesús, en vistas de su profunda fe, se lo concede. La indigencia y la ceguera de Bartimeo son un símbolo de la humanidad luego del pecado original: al ser privada de la gracia santificante, la humanidad es despojada de todos sus bienes, y uno de sus bienes más preciados era el hecho de ver a Dios, amarlo, y poseer su amistad. Así como el indigente no tiene nada, así el hombre, luego del pecado original, es desposeído de la amistad de Dios, y así como Bartimeo, además de indigente, es ciego, así el hombre luego del pecado original no puede ya ver a Dios.
         Pero Bartimeo es también figura del hombre que ha cometido un pecado mortal, porque también por el pecado mortal, el hombre se vuelve indigente, al perder la gracia santificante, y se vuelve ciego, porque no puede ver a Dios ni a sus mandamientos.
         Y del mismo modo a como en la ceguera física, se vive en una completa oscuridad, así también, en el caso del pecado mortal, el hombre vive en un estado de oscuridad espiritual completa, que le impide ver la Voluntad de Dios en su vida, expresada en los Diez Mandamientos.
         La ceguera espiritual no es indiferente, porque no solo priva de la luz que es la Voluntad de Dios, expresada en los mandamientos, sino que, al sumergir al hombre en la oscuridad espiritual, lo hace seguir por las oscuras sendas de los tiránicos mandatos del demonio. El hombre en pecado mortal repite la historia de Adán y Eva: así como ellos desobedecieron a Dios y a su mandato, pero obedecieron al demonio y a su mandato, así también el hombre en pecado mortal.
¿Cómo se expresa esta ceguera y este seguir los mandatos del demonio?
De muchas maneras, y depende de qué mandamiento se trate: si el mandamiento dice: “Amarás a Dios por sobre todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo”, el mandato del demonio dice: “Aborrece a Dios y a sus mandamientos, y haz lo que quieras, y en cuanto a tu prójimo, úsalo como si fuera una mercancía puesta para satisfacer tu egoísmo”; si el mandamiento de Dios dice: “Santificarás las fiestas”, lo cual implica, en primer lugar, la asistencia dominical a Misa para recibir el don del Amor del Padre, Jesús en la Eucaristía, que nos concede su vida eterna, el mandamiento del demonio dice: “No te preocupes por la Misa, es demasiado aburrida; ve y diviértete en cualquier espectáculo que te apetezca; falta a Misa sin motivo y mira la televisión, Internet, el cine; escucha música, descansa, pasea, haz tu vida sin preocuparte por la Misa; que no te importe cometer el pecado mortal de no asistir a la Misa del Domingo”; si el mandamiento de Dios dice: “No tomarás el nombre de Dios en vano”, el demonio dice: “Jura en falso, no temas al nombre de Dios, úsalo como quieras; usa su nombre para lograr tus objetivos; miente siempre, que algo queda, y para tapar tu mentira, hazlo en nombre de Dios”; si el mandamiento de Dios dice: “Honrarás padre y madre”, el demonio dice: “Contesta a tus padres como te parezca; fáltales el respeto; no tengas cuidado de ellos; si se enferman, que no te importe, haz tu vida; si se equivocan, no los perdones; si te necesitan, no los atiendes; ocúltales tus cosas, miénteles, levántales la voz y también la mano”; si el mandamiento de Dios dice: “No matarás”, el mandamiento del demonio dice: “Mata a tu hermano, asesínalo físicamente, ya desde el seno materno, apenas esté concebido, y di que lo haces en nombre de los derechos de la mujer; asesina a tu prójimo también moralmente, difamándolo o calumniándolo”; si el mandamiento de Dios dice: “No cometerás actos impuros”, porque “el cuerpo es templo del Espíritu Santo”, el mandamiento del demonio dice: “Profana tu cuerpo; comete impurezas, vive en la impureza, mira programas de televisión y de Internet que son impuros; habla y cuenta chistes de doble sentido; no seas mojigato, libérate, nada es pecado porque toda impureza imaginable forma parte del ser humano”; si el mandamiento de Dios dice: “No robarás”, porque a nadie se le debe quitar lo que le pertenece, el mandamiento del demonio dice: “Roba, hurta, aprópiate de lo que no es tuyo; quédate con todos los bienes que desees, sin que importe el medio que tengas que emplear para conseguirlos; quítate el escrúpulo de ser ladrón, no tengas vergüenza en robar, pero sí ten vergüenza para devolver lo robado; considera a todas las pertenencias ajenas como tuyas, y úsalas a tu placer”; si el mandamiento de Dios dice: “No levantarás falso testimonio ni mentirás”, porque el cristiano debe ser limpio de toda mancha de falsedad, el mandamiento del demonio dice: “Miente, di la verdad a medias, que siempre es una mentira completa; miente, miente siempre, en lo poco y en lo mucho, porque la mentira hace ciudadano de mi reino; miente, y no te avergüences, sólo ten la precaución de recordar tus mentiras, para no quedar enredado en tu propia trampa; miente, y que la mentira sea tu distintivo; miente a tus padres, a tus hermanos, a tus amigos, a todo el mundo; miente, y así te tendré para siempre junto a mí; calumnia, falsifica, di falsedades, y lograrás tu objetivo, porque es muy difícil luchar contra la calumnia”; si el mandamiento de Dios dice: “No consentirás pensamientos ni deseos impuros”, porque tu corazón es sagrario del Altísimo, tu cuerpo es templo del Espíritu Santo, y tu alma altar de la gracia santificante, y nada impuro debe profanar este santuario, el mandamiento del demonio dice: “Deléitate en los pensamientos impuros, lascivos, obscenos, lujuriosos; recurre al auxilio de la televisión y de los programas inmorales, en donde el cuerpo humano es exhibido impúdicamente, como mercancía sexual de consumo fácil; mira la pornografía, no es mala, nada es pecado, todo está permitido, y si alguien te recrimina, diles que no sean tan rigurosos, que nada malo haces y a nadie perjudicas; embriágate, drógate, trata a tu cuerpo como un establo, como una discoteca, como un lugar de trato impúdico, pero nunca trates a tu cuerpo como templo del Espíritu y sagrario de la Eucaristía”; si el mandamiento de Dios dice: “No codiciarás los bienes ajenos”, porque el cristiano debe vivir la pobreza de Cristo en la cruz, si quiere ser rico en los cielos, el mandamiento del demonio dice: “Te ordeno que no solo envidies, sino que te apoderes de los bienes ajenos, sin importar los medios que tengas que emplear: violencia, extorsión, coacción, robo, engaño, e incluso, si es necesario, el homicidio; roba, no te canses de robar, aprópiate y haz acopio de cuanto bien material esté a tu alcances, y no repares en medios para conseguirlos; codicia los bienes ajenos y hazte con ellos, especialmente si es dinero, porque así me estarás sirviendo a mí, el Príncipe de las tinieblas”.
Como vemos, no es inocua la ceguera espiritual, puesto que no solo priva del conocimiento y del amor de Dios, y por lo tanto de su Voluntad, que siempre es santa, sino que conduce esta ceguera a cumplir los mandamientos del demonio.
         Pero Dios no nos deja abandonados, porque si bien la ceguera espiritual, y la indigencia espiritual, son consecuencias del pecado original y del pecado mortal, también la curación de esa ceguera física por parte de Jesús a Bartimeo, tiene un significado y un simbolismo espiritual: la curación física figura y anticipa la curación espiritual, producida por la gracia santificante. Pero a diferencia de la curación física, la curación producida por la gracia concede al alma nuevas capacidades que no están presentes en la naturaleza, y es así como el hombre puede comenzar a ver más allá de los límites de su naturaleza, y se vuelve capaz de contemplar a Dios no solo en su unidad, sino en su Trinidad de Personas; puede ver a Jesús no como un hombre más de Palestina, sino como al Hombre-Dios; puede ver a la Virgen no simplemente como la Madre de Jesús, sino como la Madre de Dios; puede ver a la Misa no como una ceremonia religiosa, como tantas otras, sino como la renovación sacramental del sacrificio del Calvario; puede ver a la Eucaristía no como un pan consagrado en una ceremonia religiosa, sino como la Presencia real de Cristo, Hijo de Dios, en Persona.
         “Señor, que vea”. El mendigo ciego Bartimeo puede considerarse doblemente afortunado, pues no sólo recibió la curación de su ceguera corporal, sino que su fe en Jesús se vio todavía más fortalecida, ya que a la fe inicial, con la cual llama a Jesús –“¡Hijo de David, ten piedad de mí!”-, se le agrega un hecho que no estaba presente al inicio: al ser curado, en vez de regresar a su casa, sigue a Jesús: “En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino”. Con toda seguridad, hoy Bartimeo, no solo curada su ceguera, sino con su capacidad de contemplar el misterio de la Trinidad, otorgada por la gracia, contempla, feliz, a Cristo Dios por toda la eternidad.
Nosotros, que vivimos a XX siglos de distancia, no tenemos la dicha de ver a Jesús físicamente, como lo hizo Bartimeo al ser curado, pero no por eso podemos considerarnos menos afortunados, ya que todo cristiano tiene a su disposición a Cristo y a su gracia, que se brinda sin reservas, en los sacramentos de la Iglesia Católica, principalmente la Confesión sacramental y la Eucaristía.