sábado, 15 de septiembre de 2018

“¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás!"



(Domingo XXIV - TO - Ciclo B – 2018)

“¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!” (Mc 8,27-35). Este Evangelio es el típico caso que San Ignacio de Loyola llama “discernimiento de espíritus” y tiene por protagonista al mismo Papa, San Pedro. Para entender el Evangelio, debemos tener en cuenta lo que dice San Ignacio de Loyola: que nuestros pensamientos tienen tres orígenes: nosotros mismos, Dios y el Demonio. Es decir, según San Ignacio de Loyola, un pensamiento cualquiera que se encuentra en nuestra mente puede originarse en tres fuentes distintas: nuestra propia mente, Dios, o el Diablo. De ahí la importancia de hacer lo que el santo llama “discernimiento de espíritus”, porque es sumamente importante, para nuestra vida espiritual, que sepamos de dónde provienen nuestros pensamientos, si de nosotros mismos, si de Dios o del Diablo, porque los fines de cada uno son absolutamente distintos.
Cuando Jesús pregunta a los discípulos quién dice la gente que es Él y cuando les pregunta quién dicen ellos que es Él, el primero que contesta es Pedro, diciendo la Verdad acerca de Jesús, esto es, reconociéndolo como al Hombre-Dios y como al Mesías que Dios ha enviado: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Pedro respondió: “Tú eres el Mesías”. Aunque en este Evangelio no lo dice, en los paralelos Jesús felicita a Pedro diciéndole que eso que él ha dicho no ha provenido “ni de la carne ni de la sangre”[1], es decir, no ha sido un pensamiento suyo, sino que ha venido del Espíritu Santo, del Espíritu de su Padre, porque nadie puede afirmar que Jesús es Dios si no es iluminado por el Espíritu Santo. En esta primera respuesta de Pedro, es evidente entonces que ha sido el Espíritu Santo quien ha iluminado a Pedro. Es decir, si se hace un discernimiento de espíritus según San Ignacio, la respuesta de Pedro, de que Jesús es el Mesías y el Hombre-Dios, no proviene de él ni del Diablo, sino de Dios; o sea, de los tres posibles orígenes de su pensamiento, es claro que viene de Dios.
         Sin embargo, a renglón seguido, al continuar el diálogo de Jesús con Pedro y los Apóstoles, la respuesta de Pedro será diametralmente opuesta, indicando que está siendo inspirado por un espíritu que no es el de Dios. En efecto, al continuar el diálogo, Jesús les revela qué es lo que habrá de suceder con Él, es decir, que Él habrá de sufrir la Pasión –ser traicionado, flagelado, crucificado- para luego resucitar: “Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días”. Al oír estas palabras, el mismo Pedro que recién acababa de contestar inspirado por el Espíritu Santo, apenas Jesús le dice que para resucitar habrá de pasar primero por la muerte humillante en cruz, Pedro “reprende a Jesús”, dice el Evangelio: “Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo”. Es decir, Pedro reprende a Jesús porque rechaza la cruz; para Pedro, Jesús no tiene que sufrir la cruz; para Pedro, el Mesías no puede sufrir los dolores, la ignominia y la humillación de la cruz y por eso comienza a “reprenderlo”.
         La respuesta de Jesús, además de asombrarnos, nos demuestra que la respuesta de Pedro según la cual rechaza la cruz, no proviene de Dios y tampoco de sí mismo, sino del Demonio. En efecto, dice el Evangelio: “Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo: “¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”. Es decir, Jesús no le dice: ¡Retírate, ve detrás de Mí, Pedro!”, sino que le dice: “¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás!”. Esto quiere decir, claramente, que el pensamiento de rechazo de la cruz no viene de Dios ni de los hombres, sino de Satanás. Es realmente impresionante el hecho de que Jesús en Persona le diga “Satanás” a Pedro, el Primer Papa. Esto nos sirve para darnos cuenta de cómo debemos hacer discernimiento de nuestros pensamientos, para rechazar los pensamientos que vengan de nosotros y de Satanás y para aceptar sólo los que vengan de Dios. Además de la regla de discernimiento, el Evangelio nos enseña que cualquier pensamiento que sea de rechazo de la cruz viene de Satanás, aunque también puede venir de los hombres, siendo Satanás quien los agudiza.
         Una vez finalizada la reprensión a Pedro, Jesús enfatiza la necesidad de la cruz para la salvación eterna: “Entonces Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará”. Si no renunciamos a nosotros mismos y si no cargamos la cruz, no entraremos en el Reino de los cielos.
“¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!”. Debemos tener mucha precaución con nuestros pensamientos y aplicar la Regla de Discernimiento de San Ignacio de Loyola, de manera tal de no ser objeto de la reprensión de Jesús. Debemos prestar mucha atención a nuestros pensamientos y rechazar todo aquello que nos lleve a negar la Santa Cruz de Jesús, el Único Camino para llegar al Reino del cielo.


[1] Cfr. Mt 16, 17.

viernes, 14 de septiembre de 2018

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz



         Solo la Iglesia Católica tiene una fiesta litúrgica en la que se exalta la Santa Cruz. Cuando miramos la Cruz con nuestros ojos y nuestra razón humana, nos viene a la mente una pregunta: ¿acaso la Cruz no es un instrumento de muerte? El que está crucificado, ¿acaso no sufre no solo la humillación más grande que alguien pueda sufrir y esto en medio de los dolores más desgarradores que jamás nadie pueda soportar? Cuando miramos la Cruz con nuestra mirada humana, nos preguntamos: ¿por qué exaltamos la Cruz? ¿No es acaso exaltar y glorificar la muerte, la humillación, el dolor? ¿Se puede exaltar la Cruz? ¿No es un despropósito exaltar la Cruz? Si respondemos a estas preguntas con los solos razonamientos de nuestra mente, entonces de inmediato la respuesta es negativa: no, no podemos, de ninguna manera, exaltar la Cruz. Ahora bien, la Iglesia exalta la Santa Cruz, por lo que nosotros también debemos exaltarla, como buenos hijos de la Iglesia. Entonces, la pregunta es: ¿por qué la Iglesia exalta la Cruz, con lo cual estamos obligados a exaltarla, si representa a la humillación y el dolor en sí mismos? Puesto que la Santa Cruz es un misterio sobrenatural, la respuesta a las preguntas no puede nunca ser satisfecha con el uso de la sola razón natural. Tratándose de un misterio sobrenatural, debemos acudir a la razón sobrenatural, que proviene de la Sabiduría divina, para poder encontrar la respuesta a la pregunta de por qué exaltamos los católicos a la Santa Cruz.
         En otras palabras, la respuesta al por qué de nuestra Exaltación de la Santa Cruz, la encontramos solo con la iluminación del Espíritu Santo, porque tratándose de un misterio sobrenatural, solo se puede obtener una respuesta con la Sabiduría sobrenatural de Dios. No con nuestra razón, sino con la luz del Espíritu Santo, podemos saber la razón por la cual exaltamos a la Santa Cruz.
         Ante todo, la Sagrada Escritura nos dice que Aquel que cuelga en la Cruz –aunque aparente necedad y falta de fortaleza a los ojos de los hombres- es Sabiduría de Dios y Fuerza de Dios, porque el que cuelga de la Cruz es Dios Hijo encarnado y no un hombre más entre tantos: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados a Cristo -judíos o griegos-: fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1Co 1, 23-24). El que cuelga de la Cruz es nuestro Dios, que reina desde el madero: “Nuestro Dios reinará desde un madero”[1]. Ésa es la razón por la cual la Liturgia de las Horas afirma que Jesús “subió al árbol santo de la cruz, destruyó el poderío de la muerte, se revistió de poder, resucitó al tercer día”. Si no hubiera sido Dios Hijo encarnado, no podría haber destruido a la muerte con su poder divino y no podría haber resucitado al tercer día. Jesús, también como dice la liturgia, al morir, mató con su muerte a nuestra muerte, dándonos a cambio la vida divina, siempre según la liturgia divina: “la cruz en que la vida sufrió muerte y en que, sufriendo muerte, nos dio vida”. Y la vida que nos dio, no es la restitución de esta vida terrena, sino la Vida divina que brota de su Corazón traspasado, la Vida de Dios que brota de su Acto de Ser divino trinitario.
         Entonces, exaltamos la Santa Cruz porque al ser el Hijo de Dios encarnado, Jesús en la Cruz es la Fuerza y la Sabiduría de Dios, además de ser su Misericordia Encarnada, Misericordia que se derrama inagotable sobre nuestras almas con la Sangre y el Agua de su Corazón traspasado, lavando con la Sangre y el Agua nuestros pecados: “¡Cómo brilla la cruz santa! De ella colgó el cuerpo del Señor y desde ella derramó Cristo aquella sangre que ha sanado nuestras heridas”[2].
         Jamás encontraremos la respuesta a la pregunta de por qué exaltamos y adoramos la Cruz, si solo pretendemos responder con nuestra sola razón. Sólo el Espíritu Santo, que Dios Trino concede a quienes se postran de rodillas ante la Cruz con un corazón contrito y humillado, puede darnos la respuesta adecuada.


[1] Cfr. Liturgia de las Horas.
[2] Cfr. ibidem.

martes, 11 de septiembre de 2018

Dedicación o Consagración del templo



Homilía en ocasión de la consagración o dedicación del templo parroquial
de la Parroquia San José de la Ciudad de Alberdi, 
Diócesis de la Santísima Concepción,
Tucumán, Argentina.

         ¿Qué es o a qué se llama la “Dedicación” o “Consagración” de un templo? Como su palabra lo indica, es la destinación de un edificio al uso exclusivo del culto sagrado, o también la consagración, es decir, el convertir en sagrado o perteneciente a lo sagrado, algo que antes no  lo era. Antes de la dedicación o consagración, el edificio puede ser utilizado para fines mundanos; luego de la consagración, sólo puede ser utilizado para el culto de Dios, porque el edificio en sí se vuelve sagrado. Esto significa que en el templo consagrado no se pueden desarrollar tareas o actividades mundanas, porque no sólo sería desvirtuar el fin, que es el culto de Dios, sino que sería además ofender a la majestad de Dios, desarrollando en el templo una actividad que no es digna de esa majestad. Como dijimos, consagrar es hacer o volver sagrado algo que antes no lo era; el templo consagrado deja de pertenecer a los hombres, para pertenecer a Dios. Ésa es la razón por la cual todo lo que se desarrolla en el templo, debe ser dedicado a Dios. Las conversaciones, las posturas, la vestimenta, deben ser acordes a la dignidad del templo y a la majestad de Dios. Por eso no se puede hablar de temas mundanos, como la familia, el tiempo, la economía, etc., porque no solo son mundanos, sino porque se rompe el silencio, absolutamente necesario para que el alma pueda unirse a Dios y escuchar su voz. En el templo solo debe reinar el silencio o sino, las oraciones sagradas o las canciones sagradas. Con respecto a estas, existe una falsa concepción de que lo antiguo es pasado de moda y obsoleto, mientras que lo nuevo, por ser nuevo, es bueno. Es un grave error, porque Dios es eterno y lo que era bueno y santo en la Antigüedad, como el canto gregoriano, lo sigue siendo y lo seguirá siendo hasta el fin de los tiempos, porque Dios es Santo e Inmutable. Y puesto que Dios es santo, lo que se haga en el templo debe estar dirigido a la santidad de Dios, orientado a la santidad de Dios y causado por la santidad de Dios. Esta es la razón por la cual en el templo sólo se pueden desarrollar actividades litúrgicas, porque la liturgia es el modo por el cual la Iglesia, como Cuerpo Místico, se dirige a Dios. Si en el templo consagrado sólo se deben desarrollar actividades litúrgicas como misas, bautismos, matrimonios o sacramentos en general, quiere decir también que cualquier actividad mundana –comer, bailar, aplaudir, cantar canciones mundanas, etc.- implica una real profanación del templo, por cuanto el templo está consagrado para Dios y sólo para él. La actividad mundana puede ser de tal magnitud, que el templo puede ser declarado como des-consagrado, con lo cual en ese caso, el templo debería ser consagrado nuevamente. Es lo que sucedió y sucede en regímenes comunistas, por ejemplo, en los que los templos son confiscados a la fuerza para ser convertidos en caballerizas, almacenes, depósitos, etc. Es lo que está sucediendo en países socialdemócratas de Europa, en donde cientos de templos son abandonados por la apostasía del clero y de los fieles, para ser convertidos en restaurantes, bibliotecas, salones con pistas para practicar deportes como el skateboard, etc. Y en muchos otros casos, el colmo de la des-consagración es la demolición del templo sagrado para levantar en su lugar un emprendimiento comercial.
Ahora bien, lo que hay que considerar es que todo lo que se dice del edificio, se dice del alma, antes y después del bautismo antes del bautismo, el alma es sólo una creatura de Dios; después del bautismo, el alma es hija adoptiva de Dios porque ha recibido, de parte de Dios, su santidad y pasa a ser propiedad de Dos. Y esto a tal punto, que el alma y el cuerpo son convertidos en templo del Espíritu Santo, de manera que la Trinidad inhabita en ese cuerpo. De ahí que la profanación del cuerpo –con malos pensamientos, malos deseos, malas palabras-, o la introducción de substancias tóxicas en el cuerpo, o el uso del cuerpo para actividades pecaminosas, o el tatuarse la piel -en el Levítico se dice: "No te harás tatuajes", 19, 28-ofende gravemente a Dios, porque se está mancillando y profanando una propiedad de Dios. A partir del bautismo, el cuerpo deja de ser propiedad de la persona bautizada, para ser propiedad de Dios, de ahí que todo lo que no sea santo y se haga con el cuerpo, ofende a su divina majestad. Para darnos una idea de cómo el cuerpo es templo del Espíritu Santo, tomemos la siguiente situación: decir una mala palabra, aun cuando sea pensada, es el equivalente a que en el templo se reproduzcan, por los altavoces, esas mismas malas palabras; tener malos pensamientos o mirar cosas pecaminosas, es el equivalente a que en el templo se proyectaran, en las paredes, esas mismas imágenes o escenas pecaminosas; beber alcohol en exceso, equivale a que en el templo se derramaran litros y litros de bebidas alcohólicas a tal punto, que todo el templo quedaría impregnado con el olor a alcohol –es la razón por la cual los que se embriagan, junto a otros grupos de pecadores empedernidos, jamás entrarán en el Reino de los cielos, como lo dice la Escritura-; realizarse tatuajes, es como escribir cosas blasfemas en las paredes del templo.
Conmemorar la consagración o dedicación del templo no es sólo recordar que el templo material está destinado al culto divino: es ocasión para recordar nuestro propio bautismo, día en que nuestro cuerpo fue dedicado o consagrado a Dios y convertido en templo del Espíritu Santo y en morada de la Santísima Trinidad. Es ocasión entonces para renovar el uso exclusivamente sagrado del templo y de nuestro cuerpo.

sábado, 8 de septiembre de 2018

“Hace oír a los sordos y hablar a los mudos”



(Domingo XXIII - TO - Ciclo B – 2018)

“Hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (Mc 7, 31-37). Jesús hace un milagro de curación corporal, al curar a un sordomudo: le pone sus dedos en los oídos, toca la lengua con su saliva y dice: “Éfeta”, que significa “Ábrete”. El episodio de la curación del sordomudo nos lleva a reflexionar en dos direcciones: por un lado, nos habla de la condición y poderes divinos de Jesús en cuanto Hombre-Dios, ya que solo Dios puede curar con la sola palabra; por otro lado, nos lleva a considerar que el ser humano, al estar compuesto por alma y cuerpo, no solo sufre la enfermedad corporal, sino que sufre también la enfermedad espiritual, provocada por la pérdida de la gracia santificante a causa del pecado original y por lo tanto, necesita ser curado en ambos campos, el corporal y el espiritual.
En este caso, la curación es corporal solamente, a diferencia de la curación del paralítico, que es corporal y espiritual –al paralítico lo cura espiritualmente porque le perdona los pecados-. Como en otros casos de enfermedad y de modo especial en este, el sordomudo es figura del alma de todo ser humano que nace en estado de pecado original: nace ciego, sordo y mudo para conocer la Verdad Absoluta, desear el Bien infinito que es Dios y oír la voz de Dios, de ahí la dificultad del hombre para alcanzar la Verdad y obrar el Bien. Por el pecado original, el hombre no solo nace sordo para oír la voz de Dios, sino que nace también mudo para proclamar su palabra y nace también ciego para ver la Verdad de Dios. La situación de enfermedad y de invalidez corporal es entonces una figura y una representación del estado espiritual de desolación en la que nace el alma por causa del pecado original. Pero de la misma manera a como Jesús cura con el solo poder de su palabra, por cuanto Él es Dios y puede hacerlo por su omnipotencia, dando remedio en un instante a la invalidez corporal, de la misma manera, así también Jesús pone remedio a la ceguera, a la sordera y a la mudez espiritual por medio del Sacramento del Bautismo. Al recibir la gracia de la filiación divina, el alma no solo se ve curada en su afección espiritual, sino que comienza a participar de la vida divina y es por eso que ahora puede conocer y creer en la Verdad revelada de Jesucristo, puede desear y hacer el Bien de caridad, que es la misericordia y puede proclamar el Evangelio de Jesucristo. En un solo momento, en el momento del Bautismo, el alma no solo es curada, sino que es hecha partícipe de la vida sobrenatural.
“Hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. En el Evangelio, Jesús cura al sordomudo y así le dona una nueva vida, la vida de la ausencia de la enfermedad y de la presencia de la salud y por eso podemos considerarlo afortunado. Sin embargo, nosotros somos todavía mucho más afortunados porque por el bautismo sacramental, Jesús nos dona algo infinitamente más valioso que la recuperación de la salud y es la vida de la gracia, por la cual no solo somos curados de nuestra ceguera, de nuestra mudez y de nuestra sordera espiritual, sino que nos hace participar de la vida de la gracia, vida por la cual conocemos la Verdad divina, la escuchamos por el Magisterio y la proclamamos al mundo.
A pesar de esto, muchos cristianos, habiendo recibido la gracia del Bautismo, de la Eucaristía y de la Confirmación, se comportan como ciegos, sordos y mudos porque voluntariamente no practican su religión. Estos cristianos oyen la voz de Satanás, no cumplen las obras de Dios, no proclaman el Evangelio del Reino y todo esto culpablemente, porque culpablemente eligen no oír, no ver, no hablar, comportándose como los “perros mudos” (cfr. Is 56, 10) y los “guías ciegos” (cfr. Mt 15, 14) de la Escritura.
Jesús nos ha sanado con su gracia desde el Bautismo y por lo tanto, tenemos la obligación de rendir el ciento por uno de los talentos recibidos. Sin embargo, no parece ser así, porque en nuestros días, como nunca antes en la historia de la humanidad, ha crecido el ocultismo, la magia, la wicca, la brujería, el satanismo y toda clase de prácticas de maldad como estas y si se han multiplicado y crecido de modo abismal, cubriendo de maldad al mundo, se debe en gran medida a la tibieza y frialdad de muchos cristianos que, voluntariamente, callan las Verdades de fe, hacen oídos sordos a la voz de Dios y no viven los Mandamientos, además de no rezar, no recibir los sacramentos y no vivir su religión, cuando no se alían directamente con el enemigo, porque muchos cristianos son tibios en su fe, pero fervientes devotos del ocultismo.
Debemos ser precavidos y estar vigilantes porque fácilmente podemos caer en la tentación de ser “perros mudos” y “guías ciegos” y de estas faltas tendremos que dar cuenta en el Juicio Particular.

sábado, 1 de septiembre de 2018

“Es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones"



(Domingo XXII - TO - Ciclo B – 2018)

“Es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino” (cfr. Mc 7, 1-8.14-15.21-23). Al observar los fariseos que los discípulos de Jesús no cumplen con la tradición de los antepasados, según la cual debían purificarse las manos antes de comer, los fariseos le reprochan a Jesús esta actitud de sus discípulos: “Entonces los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: “¿Por qué tus discípulos no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados, sino que comen con las manos impuras?”. En su respuesta, Jesús, lejos de darles la razón, contraataca, acusándolos de profesar una religión meramente externa, apegada a ritos de invención puramente humana, mientras descuidan la esencia de la religión, el amor, la caridad, la compasión, la justicia y la piedad: “Él les respondió: “¡Hipócritas! Bien profetizó de ustedes Isaías, en el pasaje de la Escritura que dice: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinde culto: las doctrinas que enseñan no son sino preceptos humanos. Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres”[1].
         Jesús, que es Dios, conoce muy bien el interior del corazón de los fariseos y de los escribas, que pasaban por ser hombres religiosos y los desenmascara, revelando cuál es su error: piensan que por cumplir con ritos externos religiosos, ya cumplieron con Dios y Dios está satisfecho con ellos, pero no es así porque descuidan el interior, el corazón, que es “de donde salen toda clase de cosas malas”.
El problema con los escribas y fariseos es que ellos tienen una concepción de la religión totalmente extrincesista, formalista, que se detiene en la letra y en las formas, pero no va al espíritu. Guardan las formas, es decir, lo exterior, pero el interior lo descuidan totalmente. Son, como Jesús mismo les dice, como “sepulcros blanqueados”: por fuera aparentan ser hombres de bien, hombres religiosos, al igual que un sepulcro, que por fuera puede ser, desde el punto de vista arquitectónico, una maravilla, pero por dentro, también al igual que los sepulcros, que por dentro están llenos de huesos y de cuerpos en descomposición, así también interiormente las almas de los fariseos están en descomposición, porque sus corazones están en tinieblas y llenos de pasiones sin control: desenfreno, ira, gula, pereza, lujuria, etc. Esto se deriva de esta visión puramente externa de la religión: piensan que la religión es cumplir con ciertas normas exteriores, sin importar el estado del corazón. Jesús compara también al hombre y su religiosidad con una copa y un plato que deben ser limpiados, porque están con suciedad: si se limpia solo por fuera, queda sin limpiar el interior: esto es para significar a las personas que solo cumplen exteriormente la religión –rezan, hacen ayuno, asisten al templo, visten como religiosos- pero no se preocupan por lo interior, es decir, en el interior del corazón no hay amor a Dios ni al prójimo, solo hay amor al dinero y al propio yo, hay egoísmo, vanidad, superficialidad, gula, pereza, ira. De la misma manera a como un plato y una copa deben ser limpiados por dentro y por fuera, así el hombre, que está compuesto de cuerpo y alma, debe ser religioso por fuera –actos de culto, normas, etc.- pero también debe ser religioso en su interior –teniendo un corazón piadoso y misericordioso, siendo manso y humilde de corazón, a imitación de Cristo-, teniendo un corazón limpio y puro y lo que nos limpia por dentro es la gracia santificante. Jesucristo no elimina la necesidad de la religiosidad exterior: lo que hace es revelarnos que, para que esta religiosidad exterior sea agradable a los ojos de Dios, debe estar acompañada por una religiosidad interior; de lo contrario, la práctica de la religión es farisea, es decir, es hueca y superficial y no agrada a Dios.
Si la advertencia y el reproche de Jesús son válidos para los fariseos, que no tenían el régimen de la gracia, mucho más lo son para nosotros, cristianos, que vivimos en el régimen de la gracia. Por la gracia, el alma, en esta vida terrena, no solo está ante la Presencia de Dios, sino que Dios Uno y Trino mora, habita, inhabita, vive, en el alma, en el corazón del que está en gracia. Esto quiere decir que Dios no solo ve nuestros actos exteriores de religión, sino que, como estamos ante su Presencia –estar en gracia es el equivalente al estar cara a cara con Dios para los bienaventurados del cielo-, el más mínimo pensamiento resuena ante Dios, por eso debemos cuidar muchísimo nuestros pensamientos, del orden que sea, porque esos pensamientos los decimos delante de Dios. Un pensamiento o un deseo malo, resuenan ante la Santa Faz de Dios y mucho más si esos pensamientos o deseos malos van seguidos de una acción mala. Lo mismo sucede con los buenos pensamientos, deseos y acciones, todos resuenan ante el Rostro Tres veces Santo de Dios Trino. Entonces, Jesús quiere que seamos hombres religiosos perfectos, que profesemos nuestra religión no solo exterior, sino también interiormente.
“Es del corazón del hombre de donde provienen todas las cosas malas”. No estamos exentos de cometer el mismo error de fariseos y escribas, esto es, de pensar que la religión consiste en el cumplimiento meramente exterior de ritos y normas religiosas. Debemos siempre recordar las palabras de Jesús, para mantener en guardia los pensamientos y deseos que se presentan en nuestras mentes y corazones: “Es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino”. La verdadera religión consiste no solo en cumplir exteriormente con los preceptos y en rechazar la malicia del corazón, que es el pecado, sino además en tener el alma pura y en gracia por el sacramento de la confesión, porque lo que nos purifica por dentro es la gracia santificante; en adorar a Jesús Eucaristía, entronizado en el corazón por la comunión eucarística; y en obrar la misericordia con nuestros hermanos más necesitados. Ésa es la verdadera religión, la que cumple exteriormente con los ritos y normas y la que brilla en el interior con la gracia, la Presencia de Dios por la Eucaristía, y las obras de misericordia para con el prójimo.



[1] “Los fariseos con algunos escribas llegados de Jerusalén se acercaron a Jesús,y vieron que algunos de sus discípulos comían con las manos impuras, es decir, sin lavar. Los fariseos, en efecto, y los judíos en general, no comen sin lavarse antes cuidadosamente las manos, siguiendo la tradición de sus antepasados; y al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones. Además, hay muchas otras prácticas, a las que están aferrados por tradición, como el lavado de los vasos, de las jarras y de la vajilla de bronce”.


sábado, 25 de agosto de 2018

“Señor, ¿a quién iremos? Sólo Tú tienes palabras de Vida eterna”



(Domingo XXI - TO - Ciclo B – 2018)

“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna” (Jn 6, 60-69). Después de que Jesús les revelara a sus discípulos que debían comer su Carne y beber su Sangre para tener vida eterna y que quien quisiera seguirlo, debía tomar su cruz de cada día e ir en pos de Él, muchos de los discípulos, que siguen todavía aferrados a la vida terrena y carnal, rechazan las palabras de Jesús, afirmando que lo que dice es “muy duro”: “Después de oírlo, muchos de sus discípulos decían: “¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?”. Es decir, cuando Jesús no hace milagros que curan enfermedades incurables, o cuando no multiplica panes y peces para satisfacer el hambre corporal, sino que les revela que deben alimentarse de su Cuerpo y su Sangre para tener vida eterna y además cargar la cruz de cada día, es entonces cuando una gran mayoría de quienes decían ser sus discípulos, se apartan de Él, aduciendo que sus palabras son “muy duras”. Prefieren la molicie y la vida fácil, sin complicaciones, olvidando las palabras de la Escritura: “Lucha es la vida del hombre sobre la tierra” (cfr. Job 7, 1ss). Y esa lucha es para ganar el Cielo y el Cielo sólo se conquista por medio de la Cruz.
Luego Jesús continúa explicándoles el plan de salvación, revelando que quien no posee el Espíritu Santo, no puede entender la Palabra de Dios, que es Espíritu y Vida: “El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida”. Jesús les dice, indirectamente, que ellos están analizando sus palabras sin el Espíritu Santo, solo con la luz de la razón y es por eso que no pueden trascender la carnalidad, la horizontalidad de esta vida terrena: “la carne de nada sirve”. Quien analiza las palabras de Jesús sin la luz del Espíritu Santo, permanece en su carnalidad, permanece en sus razonamientos humanos y no puede, de ninguna manera, trascender su límite humano, quedándose en un análisis meramente racional de las palabras de Jesús.
Jesús les advierte que para poder comprender lo que Él les dice, esto es, para poder comprender su misterio pascual de Muerte y Resurrección que pasa por la cruz, deben ser atraídos por el Padre, por el Espíritu del Padre, que es el Espíritu Santo: “Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”. A los discípulos les sucede lo mismo que a los judíos: así como ellos no tienen el Espíritu Santo y por lo tanto no pueden comprender que para tener la vida eterna deben comer el Cuerpo y beber la Sangre glorificada de Jesús, de la misma manera los discípulos no pueden trascender las palabras de Jesús acerca de la necesidad de la negación de sí mismos y de cargar la cruz de cada día para llegar al Reino de los cielos y es la razón por la cual muchos de ellos lo abandonan: “Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo”. Los hombres carnales, que están aferrados a esta vida terrena, a las pasiones y a los bienes materiales, dejan la cruz y abandonan el seguimiento de Cristo.
En otras palabras, cuando Jesús les dice que deben dejar de lado al hombre carnal y comenzar a vivir la vida de la gracia, combatiendo contra las propias pasiones, cargando la cruz y yendo en pos de Él, alimentándose de la Eucaristía y viviendo los Diez Mandamientos, muchos de los discípulos, que no quieren abandonar la vida mundana, abandonan a Jesús y le dicen: “Son duras estas palabras”.
Sin embargo, aquellos que son verdaderos seguidores de Cristo y poseen el Espíritu Santo que les hace comprender que la Cruz es un “yugo suave” porque Jesús la lleva por nosotros y que es el único camino para llegar al Cielo no abandonan a Jesús, sino que lo reconocen como al Dios encarnado cuyas palabras son palabras de vida eterna: “Jesús preguntó entonces a los Doce: “¿También ustedes quieren irse?”. Simón Pedro le respondió: “Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios”. Simón Pedro sí está iluminado por el Espíritu Santo y por lo tanto reconoce, en las palabras de Cristo, a la Sabiduría de Dios, que le revela que el único camino posible al Cielo es alimentar el alma con la Carne y la Sangre glorificados del Hijo de Dios y cargar la Cruz de cada día. De ahí su respuesta, exacta y precisa: “Sólo Tú tienes palabras de vida eterna”.
         También a nosotros Jesús nos dice que debemos dejar de pensar en esta vida terrena y pensar en la vida eterna, en la muerte, en el Juicio Particular, en el Cielo, el Purgatorio y el Infierno; también a nosotros nos dice Jesús que debemos alimentarnos, más que de los manjares terrenos, del manjar celestial, que es la Eucaristía; también a nosotros nos dice Jesús que si queremos entrar en el Reino de los cielos, debemos combatir contra el hombre carnal, cargar la cruz de cada día y seguir tras sus pasos. No seamos entonces como los discípulos que, ante la perspectiva de tener que abandonar la vida mundana para abrazar la vida de la gracia, dicen: “Son duras estas palabras”. Imitemos más bien a San Pedro que, movido por el Espíritu Santo, abraza la cruz y le dice a Jesús: “Sólo Tú tienes palabras de Vida eterna”.


viernes, 17 de agosto de 2018

La Eucaristía es verdadera comida y verdadera bebida



(Domingo XX - TO - Ciclo B – 2018)

“Mi carne es verdadera comida, y mi sangre verdadera bebida (…) Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente” (Jn 6, 51-58). Los judíos se escandalizan ante las palabras de Jesús según las cuales, si alguien quería tener vida eterna, debía comer su Cuerpo y su Sangre. Ellos creían erróneamente que el maná que sus ancestros habían comido en el desierto era el verdadero maná, pero Jesús les hace ver que ese maná era solo una figura y un anticipo del Verdadero Maná, que es su Cuerpo y su Sangre: “Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron”. Se escandalizan también porque Jesús les revela su origen divino: como ellos lo han visto crecer en el pueblo, piensan que es “el hijo del carpintero”, “el hijo de José y María”, cuyos primos viven también en el pueblo y por lo tanto, no ven de qué manera pueda Jesús haber venido del cielo: Los judíos discutían entre sí, diciendo: "¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?".
Lo que sucede es que los judíos no tienen en sí al Espíritu Santo, que es el único capaz de iluminar las mentes y corazones de manera tal que quien contemple a Jesús, no contemple “al hijo del carpintero”, “al hijo de María”, sino al Hijo de Dios Padre, al Hijo de Dios encarnado, nacido de la Madre de Dios. Solo el Espíritu Santo puede hacer ver a un alma que cuando Jesús dice: “Mi carne es verdadera comida, y mi sangre verdadera bebida”, no se está refiriendo a su Cuerpo y su Sangre antes del misterio pascual de muerte y resurrección, lo cual sería un acto de antropofagia: se está refiriendo, sí, a su Cuerpo y a su Sangre, pero ya glorificados y contenidos en el sacramento de la Eucaristía. Jesús les está hablando de la Eucaristía sin mencionarla, porque no es otra cosa la Eucaristía que el Cuerpo y la Sangre de Jesús, que son verdadero alimento del alma, ya que nutren al alma con la substancia misma de Dios y con la vida eterna de Dios Trino. Los judíos también rechazan el misterio de la Pasión y de la cruz del Señor, de ahí que se escandalicen y no puedan comprender sus palabras.
Al no tener en sí al Espíritu Santo, los judíos no pueden entender las palabras de Jesús acerca de que Él es “el Pan Vivo bajado del cielo, el Verdadero Maná que da la vida eterna y que el coma de Él, no morirá jamás: “Jesús dijo a los judíos: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. El Pan que no es pan, sino Carne del Cordero de Dios para la vida del mundo, no es otra cosa que la Eucaristía. La Eucaristía es Jesús, Pan Vivo bajado del cielo, que da la vida eterna al que lo consume en gracia, con fe, con amor y adoración.
Ante la incomprensión de los judíos, Jesús no solo no se retracta, sino que profundiza su auto-revelación como Pan de Vida eterna: “Jesús les respondió: "Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como Yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por Mí”.
Los judíos no comprenden las palabras de Jesús, pero no debemos creer que los judíos son los únicos que no entienden el misterio pascual y las palabras de Jesús. Muchos católicos tampoco las entienden, porque parafraseando a Jesús, Él nos dice a nosotros: “Les aseguro que si no comen la Eucaristía, que es la Carne glorificada del Hijo del hombre, no tendrán la vida de Dios en sus corazones. El que come la Eucaristía come mi Carne y bebe mi Sangre y tiene en sí la Vida eterna, porque en la Eucaristía está contenida la Vida eterna y vive ya en germen, en esta vida terrena, la resurrección final que Yo le daré. La Eucaristía es verdadera comida y verdadera bebida. El que come la Eucaristía permanece en Mí y Yo en Él. así como Yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que come la Eucaristía vivirá por Mí”.
Nos preocupamos por la comida y la bebida de todos los días  y todavía más, pareciera como si el aumento del costo de la vida fuera el único y el más importante problema de nuestras vidas. Eso sucede porque pensamos con el vientre y para el vientre; no pensamos con el alma y para la vida eterna, porque si lo hiciéramos, nos ocuparíamos de alimentarnos de la Eucaristía todos los días –en estado de gracia- y todo lo demás vendría por añadidura.

viernes, 10 de agosto de 2018

“El pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo”



(Domingo XIX - TO - Ciclo B – 2018)

“El pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6, 41-51). Cuando Jesús hace esta afirmación a los judíos –“El pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo”-, estos se escandalizan y no dan crédito a sus palabras: “¿Cómo puede este hombre darnos a comer su carne?”. Se escandalizan porque miran las cosas con la sola luz de la razón natural, sin fe y sin comprender que Jesús se refiere a su Cuerpo como habiendo pasado ya por su misterio pascual de muerte y resurrección. Cuando Jesús dice que el pan que Él dará es su carne para la vida del mundo, está diciendo, por un lado, que Él y no el maná que recibieron los israelitas en el desierto, es el verdadero y único Maná bajado del cielo, pero además les está diciendo, literalmente, que es su Cuerpo el que es ese Pan que es Carne y que da la vida eterna. Los judíos se escandalizan porque piensan lo que Jesús les propone algo así como un acto de antropofagia, porque interpretan sus palabras con la sola luz de la razón natural.
Todavía más se escandalizan cuando les afirma acerca de su procedencia del seno del Padre: “Los judíos murmuraban de él, porque había dicho: “Yo soy el Pan bajado del cielo”. Jesús les afirma que Él es Pan y que ha bajado del cielo, que alimenta con la Vida eterna a quienes se unan a Él. Pero nuevamente los judíos se escandalizan acerca del origen divino auto-revelado por Jesús, porque lo ven con ojos puramente humanos y creen que Jesús es hijo natural del matrimonio meramente legal entre San José y la Virgen: “Y decían: “¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir ahora: 'Yo he bajado del cielo'?”. Nuevamente desconfían porque racionalizan las palabras de Jesús: lo han visto crecer en el pueblo entre ellos; ellos son sus vecinos, conocen a sus padres, José y María y ahora Jesús les dice que viene del cielo. No pueden entender las palabras de Jesús porque todo lo reducen a los estrechos límites de su razón humana.
Para sacarlos de su incredulidad y confusión, es que Jesús les revela que, para que alguien pueda creer en Él como Pan Vivo bajado del cielo y como el que da de su Carne para la vida del mundo, es que debe ser atraído por el Padre, por el  Espíritu del Padre, el Espíritu Santo: “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día”. Los judíos no pueden entender sus palabras porque no tienen al Espíritu Santo en ellos y por eso mismo, toman las palabras de Jesús materialmente, porque no pueden, de ninguna manera, dimensionar la portada sobrenatural de sus revelaciones. Creen que Jesús los invita a una especie de antropofagia cuando les dice que deben comer de su Cuerpo para entrar en el Reino y creen también que Jesús ha perdido la razón cuando afirma que Él ha bajado del cielo, cuando todos pueden dar testimonio de que es un vecino más entre tantos, pues ha crecido entre ellos, en su mismo pueblo. No pueden vislumbrar la Persona Segunda de la Trinidad que está oculta en la naturaleza humana de Jesús, porque carecen del Espíritu Santo.
Sin hacer caso a su falso escándalo y a su incredulidad, Jesús profundiza su discurso y su auto-revelación como Pan Vivo bajado del cielo y como Verdadero y Único Maná bajado del cielo, que da la vida eterna a quien se une a Él por la comunión eucarística en gracia, con fe y con amor. Dice así Jesús: “Yo soy el pan de Vida. Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”.
Jesús profundiza su auto-revelación como Dios Hijo que ha venido al mundo enviado por el Padre para donarse como Pan Vivo bajado del cielo y donar la vida eterna a quien crea en Él y se una a Él por la fe y por el amor: “Yo Soy el Pan de Vida (…) Yo Soy el Pan Vivo bajado del cielo. El que coma de esta Pan vivirá eternamente y el Pan que Yo daré es mi Carne para la vida del mundo”. La Eucaristía es el cumplimiento de las palabras de Jesús porque la Eucaristía es Jesús, vivo, glorioso, resucitado; la Eucaristía es algo que parece pan sin vida a los ojos del cuerpo, pero es un Pan que está Vivo porque el que está en Él es el Dios Viviente; la Eucaristía es Jesús, Vida Increada, Vida divina, infinita, eterna, que comunica de su vida divina a quien se une a Él sacramentalmente, por la comunión eucarística, en estado de gracia, con amor, adoración y fe. La Eucaristía es un Pan que parece pan pero que en realidad es la Carne del Cordero de Dios; es la Carne santa del Cordero tres veces santo, que con su luz divina ilumina la Jerusalén celestial e ilumina también las tinieblas del alma que a Él se une por la comunión.
“¿Cómo puede este hombre darnos a comer su carne? ¿No vive acaso entre nosotros; sus padres no son José y María y no creció Él en nuestro mismo pueblo? ¿Cómo puede decir que viene del cielo”.
La incredulidad de los hebreos se repite, lamentablemente, entre los católicos de hoy. ¿No pasa acaso lo mismo con nosotros y la Eucaristía? ¿No es que, en el fondo, desconfiamos de las palabras de la Iglesia pronunciadas por el sacerdote en la consagración y no podemos creer que un pan y un poco de vino se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Jesús? ¿No decimos también nosotros, con nuestro comportamiento anti-cristiano, que la Eucaristía no puede venir del cielo, que sabemos que la Eucaristía es sólo pan; que sabemos que la confeccionan las hermanas con trigo y agua, sin levadura?
Si verdaderamente creyéramos en las palabras de Jesús, repetidas por el sacerdote ministerial en cada consagración –“Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre”-, correríamos a postrarnos ante la Eucaristía y daríamos verdadero testimonio de vida cristiana, viviendo la caridad cristiana a cada momento y con todo prójimo. Pidamos que el Espíritu Santo ilumine nuestra ceguera y podamos contemplar en la Eucaristía, con los ojos del alma iluminados por la luz de la fe, a Jesús, Pan de Vida eterna y demos testimonio de lo que creemos con obras de piedad y misericordia.

sábado, 4 de agosto de 2018

“Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna”



(Domingo XVIII - TO - Ciclo B – 2018)

“Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna” (Jn 6, 24-35). La multitud, que se había saciado con los panes y peces que Jesús había multiplicado milagrosamente, busca a Jesús para hacerlo rey. Pero Jesús no lo permite, porque Él no ha venido para terminar con el hambre del cuerpo; no ha venido para saciar nuestra hambre corporal; no ha venido para ser rey de la tierra. Jesús ha venido para darnos un Pan que no es de esta tierra, un Pan que viene del cielo, un Pan que no es un pan inerte, sino un Pan Vivo, que da la Vida eterna a quien lo consume en gracia, con fe y con amor. Tampoco Jesús no ha venido para ser proclamado rey de la tierra, porque Él no necesita ser proclamado rey por nadie, porque Él es Rey de cielos y tierra, por derecho propio, por naturaleza y por conquista.
Jesús se da cuenta de que la multitud no ha entendido el signo de la multiplicación de panes y peces, la cual es solo un anticipo y pre-anuncio de la multiplicación sacramental del Pan que es su Cuerpo y de su Carne que es la Carne del Cordero de Dios; Jesús se da cuenta de que quieren hacerlo rey porque han satisfecho el hambre corporal, pero no por el signo en sí mismo, que es anticipo del banquete eucarístico. Por eso les dice así: “Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse”. Les revela sus intenciones, lo quieren hacer rey pero porque les ha saciado el hambre del cuerpo, pero no porque hayan entendido que era un signo que anunciaba la Eucaristía.
Jesús quiere saciar otra hambre, el hambre del espíritu, que es hambre de Dios. Todo hombre que viene a esta vida, aunque no lo sepa y aunque lo niegue explícitamente –como sucede en el caso de los ateos-, tiene hambre de Dios –esa hambre de Dios está impresa en el alma como un sello- y Dios se nos entrega en la Eucaristía, el Pan Vivo bajado del cielo, para saciar ese hambre de Dios. Por eso Jesús le propone a la multitud que trabajen por un Pan que es el Pan Vivo bajado del cielo, que da la vida eterna y que sacia verdaderamente el hambre espiritual: “Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre”. El “alimento que permanece hasta la vida eterna es la Eucaristía, por eso el llamado de Jesús es a trabajar en su Iglesia, por la Eucaristía y para la Eucaristía. Jesús eleva la mirada del hombre, que es puramente terrenal, horizontal, porque piensa solo en satisfacer el hambre del cuerpo y les propone que trabajen por el pan, sí, pero no (solo) por el pan terreno, sino por el Pan de Vida eterna, el Pan que Él les dará, el Pan que es su Carne, la Carne del Cordero, la Eucaristía.
Ahora la multitud sí comienza a entender lo que Jesús quiere decirles; entiende que deben esforzarse por obrar las obras de Dios para ganar el pan, pero no el pan terreno, sino el Pan de Vida eterna. Ésa es la razón por la que le preguntan qué deben hacer para ganar ese Pan de Vida eterna y Jesús les dice que lo que deben hacer es creer en Él, que es Dios Hijo encarnado: “Ellos le preguntaron: “¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?”. Jesús les respondió: “La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que Él ha enviado”. Sin embargo, todavía no están convencidos del Pan de Vida eterna que Jesús quiere darles, porque creen que el verdadero maná es el que comieron sus padres en el desierto y por eso le exigen obras a Jesús: “Y volvieron a preguntarle: “¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: Les dio de comer el pan bajado del cielo”.
         La creencia errónea de que el maná que comieron los hebreos en el desierto es el verdadero maná, le da ocasión a Jesús para revelarse y auto-proclamarse como Pan Vivo bajado del cielo, como el Verdadero Maná bajado del cielo, enviado por el Padre para satisfacer el hambre que de Dios tiene toda alma humana: “Jesús respondió: “Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo”. Es decir, Jesús no solo les dice que no deben esforzarse por el pan terreno sino por el Pan Vivo bajado del cielo, sino que deben creer en Él y que es el Verdadero Maná bajado del cielo.
         Esta vez, la multitud sí entiende que Jesús es el Verdadero Maná bajado del cielo; esta vez la multitud sí entiende que es un pan que sacia no el hambre del cuerpo, sino el hambre del espíritu y por eso le pide a Jesús que les dé siempre de ese pan: “Señor, danos siempre de ese pan”.
         Con la respuesta que les da, Jesús les asegura que siempre tendrán ese Pan de Vida eterna, en la Eucaristía y que el coma de ese Pan saciará por completo su hambre de Dios y la sed de Amor divino que hay en el alma de todo hombre: “Jesús les respondió: “Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed”.
         Como la multitud, que entendió que lo importante no es el pan del cuerpo, sino el Pan Vivo que baja del cielo, la Eucaristía, le digamos a Jesús: “Jesús, danos siempre el Pan Vivo, tu Cuerpo y tu Sangre en la Eucaristía; haz que nunca nos falte el Pan del altar, la Sagrada Eucaristía, que sacia nuestra hambre de Dios y nuestra sed de Amor Divino”.

sábado, 28 de julio de 2018

“Jesús multiplicó panes y peces”



(Domingo XVII - TO - Ciclo B – 2018)

         “Jesús multiplicó panes y peces” (cfr. Jn 6,1-15). Ante la multitud que había acudido a escucharlo, Jesús realiza un milagro portentoso, demostración clamorosa de que Él es Dios: multiplica panes y peces para satisfacer el hambre de la gente. Jesús ya había sentido compasión de la multitud porque “estaban como ovejas sin pastor”, es decir, sin rumbo fijo en cuanto a la fe y por eso se puso a enseñarles el camino de la salvación. Ahora, frente a otra multitud, también siente compasión, porque la multitud está hambrienta y por eso realiza el milagro de la multiplicación de panes y peces.
Es un pre-anticipo de la multiplicación de otro pan y de carne, no de peces, sino de cordero; es la señal que anticipa otro milagro infinitamente más grande que multiplicar pan inerte y carne de pescado para alimentar el cuerpo, y es la multiplicación sacramental del Pan de Vida y la Carne del Cordero de Dios, que alimenta las almas.
La multiplicación de pan de harina común y de carne de peces, por la cual Jesús dona de su poder divino para saciar el hambre corporal, es solo el anticipo y la pre-figuración de otro signo, otro milagro, otro portento, que asombra a ángeles y santos en el cielo, y es lo que sucede en cada Santa Misa, en donde la Iglesia, por medio del sacerdocio ministerial renueva sacramental e incruentamente el Santo sacrificio de la Cruz, Santo Sacrificio por el cual Él se dona a Sí mismo a las almas y no en forma limitada, con una parte de su poder o de Sí mismo, sino que se dona todo Él, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, a las almas que lo reciben y se unen a Él por la fe y por el amor y por el sacramento de la Eucaristía.
En el Evangelio, Jesús utiliza una ínfima parte de su poder divino, porque Él es el Creador del universo material y espiritual, visible e invisible y es por esta razón que multiplicar panes y peces, es decir, crear de la nada los átomos y moléculas que componen los panes y los peces, aun cuando sea un signo portentoso, es para Jesús nada en comparación con su poder divino, con el cual creó el mundo visible e invisible y es también nada en comparación con el milagro que sucede en cada Santa Misa, en donde Jesús se dona a Sí mismo a las almas, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Eucaristía.
Si en el Evangelio Jesús se compadece de la multitud porque tiene hambre corporal y para ello realiza un milagro asombroso destinado a saciar esa hambre corporal, en la Santa Misa Jesús demuestra para con nosotros un Amor y una Misericordia infinitamente más grandes que los que les demostró a la multitud del Evangelio, porque a ellos les dio pan inerte, sin vida, compuesto de trigo y agua y carne de peces, para que sacien el hambre del cuerpo, mientras que a nosotros, por las palabras de la consagración, nos da el Pan de Vida, el Pan Vivo bajado del cielo, la Sagrada Eucaristía, Pan que es Carne de Cordero, asada en el fuego del Espíritu Santo, para alimentar no nuestros cuerpos, sino nuestras almas y el alimento con el que nos alimenta por medio de este Pan Vivo bajado del cielo es el Amor Misericordioso de su Sagrado Corazón.
“Jesús multiplicó panes y peces (…) la multitud quedó saciada (…) y decían: “Éste es, verdaderamente, el Profeta que debe venir al mundo” y querían hacerlo rey, pero Jesús, dándose cuenta de que lo querían hacer rey, se retiró otra vez solo a la montaña”. La multitud se da cuenta que Jesús ha hecho un milagro; la multitud no es ciega frente al milagro; la multitud sabe y se da cuenta que Jesús no es un hombre cualquiera y si bien no tenga en claro que es el Hombre-Dios, al menos lo toma por “el Profeta que debía venir al mundo”, es decir, lo considera superior a todos los demás profetas y hombres santos y por eso “quiere hacerlo rey”. Pero la multitud se equivoca en algo: quiere hacerlo rey porque Jesús ha satisfecho su apetito corporal y Jesús no ha venido para terminar con el hambre en el mundo; Jesús no ha hecho el milagro de multiplicar panes y peces para satisfacer el hambre del cuerpo y ser nombrado rey, un rey más entre tantos de la tierra y por esa razón se retira. La multitud se da cuenta que Jesús es alguien especial, pero se equivoca al pretender hacerlo rey a Jesús porque les ha saciado el hambre del cuerpo.
¿Qué sucede con nosotros? Criticamos a la multitud del Evangelio, pero al menos la multitud del Evangelio reconoció en Jesús a alguien superior, que hizo un milagro portentoso para alimentar sus cuerpos. En cada Santa Misa Jesús, el mismo Jesús del Evangelio, en forma invisible pero real, a través del sacerdote ministerial de la Santa Iglesia Católica, hace un milagro infinitamente más grande que multiplicar pan sin vida y carne de pescado, porque multiplica su Presencia sacramental en la Eucaristía, multiplica el Pan de Vida y la Carne del Cordero. ¿Reconocemos nosotros a la Santa Iglesia Católica como la Única Esposa del Cordero, la única en grado de realizar semejante portento por medio del sacerdocio ministerial? ¿Proclamamos a Jesús como el Rey de nuestros corazones, porque Jesús se nos dona a Sí mismo en la Eucaristía? ¿O, por el contrario, nos retiramos de la Santa Misa tan escépticos, incrédulos y desagradecidos como al inicio? No seamos indiferentes, escépticos, incrédulos, desagradecidos y en acción de gracias por el milagro de la multiplicación del Pan de Vida y de la Carne del Cordero, no dejemos a Jesús solo en el sagrario y acudamos a postrarnos ante su Presencia para darle gracias, por el milagro de conversión del pan en su Cuerpo y del vino en su Sangre y lo proclamemos Rey de nuestros corazones.


sábado, 21 de julio de 2018

“Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato”



(Domingo XVI - TO - Ciclo B – 2018)

“Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato” (Mc 6,30-34). Jesús ve a la muchedumbre y se compadece de la multitud porque “estaban como ovejas sin pastor”. La imagen de un redil de ovejas sin pastor es la que mejor grafica la terrible realidad de la humanidad caída en el pecado original desde Adán y Eva. Como ovejas sin pastor, desamparadas frente al lobo, hambrientas, sedientas, a punto de morir por falta de quién las conduzca a los pastos y aguas frescas, así es la terrible condición de la raza humana desde la caída de Adán y Eva a causa de haber desoído la voz de Dios y haber oído y obedecido a la Serpiente Antigua, Satanás y esta situación es la de toda la raza humana, hasta la llegada del Buen Pastor, Jesucristo. Desde el pecado original y convertida en enemiga de Dios a causa del mismo, la raza humana se encuentra sola, abandonada a su suerte, acechada por el enemigo de las almas y sometida a toda clase de males. El pecado original ha provocado la enemistad con Dios, la pérdida del Paraíso, la pérdida de la  inmortalidad y de los dones preternaturales, además de la entrada de la enfermedad, el dolor, la muerte, la discordia, la dificultad para conocer la Verdad y para hacer el Bien, además de dejar a la humanidad inerme frente al Lobo infernal que, arrojado del Cielo[1] porque nada tenía hacer allí como “Padre de la mentira” (Jn 8, 44) y “homicida desde el principio” (Jn 8, 39-59), fue precipitado a la tierra, en donde “anda rugiente como león buscando a quién devorar” (cfr. 1 Pe 2, 58).
         Ésa es la situación que ve Jesús: ve a la multitud inerme, como ovejas sin pastor; la ve enferma, débil, acechada por el enemigo de las almas y por eso se compadece de ella y comienza a enseñarles cuál es el camino de la salvación.
         Jesús es el Buen Pastor y es Él el que, con el cayado de la cruz, baja no desde un barranco, sino desde el cielo, para cuidar del rebaño que el Padre le ha encargado, para ahuyentar al Lobo infernal, que es cobarde, porque es valiente con las ovejas inermes, pero cuando el Pastor le hace frente, huye. Él ha venido con el báculo de su cruz para derrotar para siempre al Lobo infernal, para curar a las ovejas heridas, para llevarlas al redil, a buen seguro, para conducirlas a los pastos abundantes de la gracia y al agua fresca de la Buena Noticia de la salvación.
“Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor”. Pero, ¿qué es lo que le sucede a las almas cuando están sin pastor? El P. San Juan María Vianney, Patrono de los sacerdotes, tiene una expresión muy gráfica que describe qué es lo que les sucede a las almas cuando se quedan sin pastor: “Dejad a las almas sin sacerdotes y en diez años se volverán como bestias”. ¿Por qué? Porque el sacerdote, obrando en nombre de Cristo y con el poder de Cristo, les concede los sacramentos y con ellos la gracia sacramental, que es la participación a la vida divina. Por lo tanto, con el sacerdote, el alma vive una vida superior a la vida natural, vive una vida que no es simplemente buena, sino que es una vida de santidad, porque por la gracia participa de la vida misma de la Trinidad. A través del sacerdocio sacramental, las almas son capaces de vivir la vida misma de Dios Uno y Trino, una vida que es superior no solo a la del hombre, sino a la de los ángeles. Con la gracia que imparte el sacerdote, el alma se vuelve más grande y majestuosa que el más grande y majestuoso de los ángeles de Dios.
Ahora bien, sin la gracia, los hombres dejan de vivir la vida divina porque esta no les llega por los sacramentos, pero no se quedan solo en eso: comienzan a vivir una vida natural, pero como la naturaleza humana está caída a causa del pecado original, no puede perseverar en el bien sin la ayuda de la gracia y, por más buena voluntad que una alma tenga, no puede perseverar más de un año sin cometer pecado mortal, como dice Santo Tomás de Aquino, porque el alma se ve dominada por la poderosa fuerza del pecado. Y una vez cometido el pecado mortal, todo es cuesta abajo y barranco abajo, porque todo es pecado y más pecado. Por más esfuerzos que un alma buena pueda hacer, la fuerza del pecado es tan grande, que irremediablemente la arrastra al mal. Esta situación es el equivalente a una oveja que, caminando desprevenida por el borde del barranco, se despeña y cae barranco abajo, sufriendo en la caída numerosos golpes y fracturas que la dejan inmóvil y sangrante en el fondo del barranco y, de no mediar asistencia, le provocan la muerte en poco tiempo. Pero no solo eso, porque una oveja así despeñada, con las heridas abiertas y sangrantes –eso significa el pecado mortal- es fácil presa del Lobo infernal, que así como el lobo creatura es atraído por el olor de la sangre, así el Lobo infernal es atraído de inmediato por el estado pecaminoso del alma, para hacerla cometer más y más pecados y así como el lobo creatura, frente a la oveja malherida e inerme, no tiene dificultad en dar cuenta de ella clavándole sus dientes afilados en su tierna carne, destrozándola en cada dentellada, así el Enemigo de las almas, en un alma que ha perdido el horizonte de la Verdad, de los Mandamientos y de los Preceptos de la Iglesia, la hace sucumbir ante la más pequeña tentación, porque es el Padre de la mentira.
Cuando no hay pastor –sacerdote católico- en una comunidad, toda clase de males se abaten sobre ella: no solo aflora lo peor de la condición humana, porque el freno a las pasiones es la gracia, sino que las almas se desorientan y en vez de acudir a los frescos pastos y al agua fresca del manantial de vida que son los sacramentos y la Palabra de Dios, se dejan seducir por toda clase de teorías ateas, agnósticas, gnósticas, materialistas, anti-cristianas, que es lo que sucede en nuestros días con la Nueva Era y así es como comienzan a crecer las sectas, unas más peligrosas que otras, como la brujería moderna o wicca, el gnosticismo, las sectas umbandas, el interés por los ovnis, la brujería, la magia, la hechicería, y toda clase de errores, mentiras, medias verdades, herejías, cismas, que hacen que las almas pierdan el horizonte de la vida eterna y del Reino de los cielos, internándose en un mar espiritual de confusión, de error, de mentira, de falsedad, que las conduce directamente al Infierno. Ésa es la razón por la cual Cristo se compadece de la multitud, porque está “sin pastor”, y al estar sin pastor, sin sacerdote católico, toda clase de males espirituales se abate sobre las almas, que se encuentran débiles e incapaces de reaccionar por sí mismas.
“Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor”. Lamentablemente, en nuestros días, o los pastores huyen o son escasos o muchas ovejas, irresponsablemente, se alejan del redil, y no se dan cuenta de que así quedan inermes y sin defensas frente al Lobo infernal.
Comentando este pasaje en el que Jesús se compadece de la multitud y luego llama a sus discípulos “a descansar” después de predicar, un monje benedictino[2], doctor de la Iglesia, dice así: “¡Si solamente la providencia de Dios hiciera lo mismo en nuestra época, y que una gran multitud de fieles se precipitara alrededor de los ministros de su Palabra para escucharlos, incluso sin dejarles el tiempo de retomar sus fuerzas! ...Si se les reclamara a tiempo y a destiempo la palabra de fe, se quemarían del deseo de meditar los preceptos de Dios y de ponerlos en práctica sin cesar, de manera que sus actos no desmentirían sus enseñanzas”. Es decir, San Beda afirma que el solo hecho de querer conocer la verdad acerca de la salvación ya es obra de Dios y que si los fieles respondieran a esta gracia, no darían literalmente tiempo a los sacerdotes para descansar, porque el solo deseo de conocer los preceptos de Dios los llevaría a querer conocer cada vez más y más todo lo relativo a la salvación, apartándose del mal camino.
Pero es un hecho que hoy, los consejeros de los gobernantes ya no son los sacerdotes, como sucedía hace siglos, sino que los consejeros de los gobernantes son los brujos y como la multitud hace lo que hacen los gobernantes, también la multitud acude en masa, en un movimiento de apostasía jamás visto, a los brujos y hechiceros, quienes son sus consejeros y ya no más los sacerdotes.
“Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor”. Jesús nos está viendo, nos ve, desde la Eucaristía, pero no solo externamente, sino que nos ve desde lo más profundo de nuestro ser y ve cosas de nosotros mismos que ni siquiera sabemos que existen. ¿Qué pensaría Jesús de nosotros, de cada uno en particular? ¿Estaría satisfecho con nosotros, al comprobar que acudimos a los sacerdotes para recibir la gracia sacramental que  nos hace participar de la vida divina? O, por el contrario, ¿experimentaría la misma compasión, al ver que no acudimos a los sacerdotes, para alimentarnos de la Eucaristía dominical y que en vez de la Eucaristía, preferimos los pastos envenenados de la Nueva Era?


[1] Cfr. Ap 12, 7-8.
[2] Cfr. San Beda el Venerable, Comentario del Evangelio de Marcos.