Mostrando entradas con la etiqueta Presencia sacramental. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Presencia sacramental. Mostrar todas las entradas

sábado, 22 de mayo de 2021

“Señor, que pueda verTe en la Eucaristía”

 


“Señor, que pueda ver” (Mc 10, 46-52). Jesús, que es la Misericordia Divina encarnada, se estremece de amor hacia el ciego Bartimeo, quien le suplica “poder ver”. Guiado por su infinito amor hacia los hombres, Jesús le concede la vista y Bartimeo comienza de inmediato a percibir el mundo mediante sus ojos corporales. Algo a tener en cuenta es que Bartimeo, si bien era ciego físicamente, corporalmente, pues sus globos oculares estaban atrofiados y esa era la razón de su ceguera, sin embargo, poseía otra visión, una visión espiritual, que es el don de la fe en Cristo, pero no como un profeta o como un hombre santo, sino como Dios Hijo encarnado. Esto explica, por un lado, que Bartimeo pidiera a Jesús un milagro que sólo Dios puede hacer, como el devolver la vista, lo cual quiere decir que creía en Cristo como Dios y no como el “hijo del carpintero”; por otro lado, Bartimeo se dirige a Jesucristo llamándolo “Hijo de David” y también “Maestro”, ambos títulos reservados para el Mesías de Israel, lo cual indica que creía en Jesús como Mesías y Redentor de la humanidad. Por último, Bartimeo se postra ante Jesús, lo cual es un indicio externo de la adoración espiritual interna que el alma tributa al Verdadero Dios. Entonces, Bartimeo ya tenía una visión superior a la corporal, que es la visión de la fe; ahora, por el milagro de Jesús por el que le devuelve la vista física, posee también la capacidad de ver a través del sentido de la visión corporal.

“Señor, que pueda ver”. Hoy en día, muchos católicos poseen el don de la vista corporal, puesto que pueden ver el mundo material con los ojos del cuerpo, pero sin embargo, paradójicamente, al revés que Bartimeo, son ciegos del espíritu, porque son incapaces de ver, por la fe, a Cristo Dios en la Eucaristía. Muchos católicos, aunque son capaces de ver el mundo material con los ojos del cuerpo, son incapaces de ver a Jesús, resucitado y glorioso, en la Eucaristía y por eso se encuentran en una situación infinitamente más desgraciada que Bartimeo, porque si bien Bartimeo era ciego corporalmente, sin embargo poseía la luz de la fe, con la cual contemplaba a Cristo como Hijo de Dios encarnado. Parafraseando a Bartimeo, digamos nosotros a Jesús Eucarstía: “Señor Jesús, ilumina los ojos del alma con la luz de la fe, para que pueda contemplarte, amarte y adorarte en tu Presencia Sacramental, en la Sagrada Eucaristía”. Y, al igual que Bartimeo, postrémonos en adoración y acción de gracias ante Jesús Eucaristía.

martes, 27 de mayo de 2014

“El Espíritu de la Verdad los introducirá en toda la verdad (…) y me glorificará”


“El Espíritu de la Verdad los introducirá en toda la verdad (…) y me glorificará” (Jn 16, 12-15). Es el Espíritu Santo quien nos dice la verdad acerca de Jesús: es el Espíritu quien nos dice que Jesús no es un hombre más, uno más entre tantos otros; es el Espíritu Santo quien nos dice que Jesús no es un hombre santo, ni siquiera el más santo entre los santos: el Espíritu Santo es el Maestro interior que nos enseña, sin palabras, proporcionándonos un  conocimiento sobrenatural y celestial, que Jesús es Dios Hijo encarnado, el Verbo del Padre eternamente pronunciado, que se ha encarnado en el seno virgen de María para ofrendar su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, en la Cruz y en la Eucaristía, como ofrenda sacrificial para la salvación de la humanidad. Es el Espíritu Santo quien nos dice toda la verdad acerca de Jesús, y es Él quien nos dice que Jesús entregó su Cuerpo en la cruz y derramó su Sangre en el Santo Sacrificio del Calvario y que ese santo sacrificio se prolonga, se actualiza y se renueva de modo incruento, bajo las especies sacramentales, en el Santo Sacrificio del Altar, en la Santa Misa, porque la Misa es el mismo y único Sacrificio de la Cruz. Es el Espíritu Santo el que nos enseña que la Eucaristía no es un poco de pan bendecido en una ceremonia religiosa, sino el Cuerpo, la Sangre, el Alma, la Divinidad y el Amor de Jesús, el mismo Cuerpo, la misma Sangre, la misma Alma, la misma Divinidad y el mismo Amor que entregó en la cruz, en el Calvario, solo que ahora continúa esa entrega de todo sí mismo oculto en el Sacramento de la Eucaristía. Es el Espíritu Santo el que nos enseña que el altar eucarístico no es un elemento material de madera o piedra, sino que en la Santa Misa es el mismo cielo que baja a la tierra, cielo en el que está el Cordero Degollado, al que adoran los ángeles postrándose ante su Presencia; es el Espíritu Santo el que nos dice que la Eucaristía es ese mismo Cordero Degollado (cfr. Ap 5, 6), adorado por los ángeles, oculto bajo la apariencia de pan, pero que ya no es más pan y que por lo tanto también nosotros debemos adorarlo, postrándonos ante su Presencia sacramental eucarística. Es el Espíritu Santo, el Espíritu de la Verdad, el que nos enseña toda la verdad acerca de Jesús y lo glorifica.

domingo, 27 de abril de 2014

“Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”


“Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Luego de resucitar y de dejar el mandato misionero, Jesús ascenderá al cielo, y sus discípulos ya no lo verán más sensiblemente, pero el hecho de que ya no lo vean más sensiblemente, no significa, de ninguna manera, que los dejará sin su Presencia y sin su protección. Jesús les promete que permanecerá con ellos todos los días, hasta el fin de los tiempos: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos”. La ausencia sensible de Jesús se verá compensada por un modo de Presencia nueva y desconocida hasta entonces por el hombre, la Presencia sacramental, porque la promesa de quedarse en medio de los suyos ya ha empezado a cumplirla antes de formularla, desde la Última Cena, desde la consagración de la Eucaristía por primera vez en el Cenáculo en Jerusalén, con la institución de la Eucaristía y lo continúa haciendo toda vez que se celebra la Santa Misa y se consagra la Eucaristía, y lo continuará haciendo hasta el fin de los tiempos, mientras haya un sacerdote ministerial varón, válidamente ordenado que, en comunión con Roma y con la intención de hacer lo que la Iglesia quiere hacer, celebre la Santa Misa.

“Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. La promesa de Jesús de permanecer con sus discípulos, en medio de su Iglesia, todos los días, hasta el fin del mundo, se cumple toda vez que un sacerdote ministerial, varón, celebra la Santa Misa y consagra la Eucaristía, pronunciando las palabras de la consagración: “Esto es mi Cuerpo… Esta es mi Sangre…”.

jueves, 8 de septiembre de 2011

La ceguera espiritual se cura en la contemplación del Cristo crucificado y del Cristo Eucarístico



“No puede un ciego guiar a otro ciego” (cfr. Lc 6, 39-42). Con un ejemplo tomado de la vida cotidiana, Jesús se refiere a la vida del espíritu: quien vive en tinieblas, es decir, en el pecado, en el mal, en la ignorancia de Dios, no puede guiar a otro hacia la luz.

A diferencia de la ceguera corporal, la espiritual puede revertirse; es decir, el ciego espiritual puede llegar a ver.

¿Cómo es posible?

Por medio de la contemplación de Cristo, puesto que Él dice de sí mismo: “Yo Soy la luz del mundo; quien me sigue, no andará en tinieblas” (Jn 8, 12). Quien contempla a Cristo crucificado, es iluminado por Él, porque Él desde la cruz irradia la luz divina con una intensidad tan grande, que disipa las tinieblas del alma y permite conocerlo como Dios encarnado: “Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que Yo Soy” (cfr. Jn 8, 21-30).

Pero también es iluminado quien lo contempla en su Presencia sacramental, que es lo que les sucede a los discípulos de Emaús, que lo reconocen en la fracción del pan: “Lo reconocieron al partir el pan” (cfr. Lc 24, 13-35). En el momento de la fracción de la Eucaristía, se desprende una potente luz espiritual, que emana de la misma Eucaristía, que hace abrir los ojos del alma a los discípulos de Emaús, y a partir de entonces, lo reconocen.

Es decir, el ciego espiritual, aquel que vive en la oscuridad del mal y del pecado, puede curar su ceguera; sólo le basta elevar sus ojos a Cristo crucificado, que es el mismo Cristo Eucarístico.