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domingo, 14 de mayo de 2023

“Si no me voy, no vendrá a vosotros el Espíritu Santo”

 


“Si no me voy, no vendrá a vosotros el Espíritu Santo” (Jn 16, 5-11). Después de anunciarles proféticamente acerca de su paso de este mundo al otro, es decir, acerca de su muerte en la cruz, Jesús se da cuenta de la enorme angustia y temor que experimentan sus Apóstoles. Por esta razón, les habla de la utilidad o conveniencia de que Él se vaya, porque su muerte en cruz es la condición necesaria para el envío -de parte del Padre y de Jesús- y del advenimiento -en Pentecostés- del Espíritu Santo.

Los beneficios de esta venida se pueden resumir en estos tres: el testimonio de la divinidad de Cristo y del Espíritu Santo, con lo cual quedará confirmada la revelación de Jesús acerca de la Trinidad de Personas en un Único Dios; la abundancia de sus efusiones de gracia; y por último, la espiritualización del amor de los apóstoles hacia Jesús.

El Espíritu Santo acusará al mundo y lo hará responsable de agravio en tres puntos: de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, porque el mundo pensaba que Jesús era culpable y él inocente; de justicia, porque creía que la justicia estaba de su parte y de juicio, porque el mundo así juzgaba que no tenía que ser condenado por nada. El Espíritu Santo mostrará que todas estas suposiciones son falsas. En primer lugar, el Espíritu Santo dará claro testimonio de la divinidad de Jesús, haciéndoles comprender, con su luz eterna, que Jesús es Dios, que Jesús es el Mesías y que es Dios Hijo; de esta manera, los judíos se darán cuenta de que cometieron el pecado de incredulidad, cometiendo un pecado contra la Luz Eterna, Cristo Jesús, al condenarlo a muerte. En Pentecostés, tres mil judíos reconocieron a Jesús como Dios. En segundo lugar, el Espíritu atestiguará que no es un delincuente el que fue crucificado y subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios. Cuando prediquen los Apóstoles, abunden los carismas y crezca la Iglesia, aparecerá claro que la justicia y la santidad pertenecían a Jesús y no a los judíos que lo condenaron a muerte como si fuera un bandido. En tercer lugar, se verá claro que la batalla entre Cristo y el príncipe de este mundo, no es Cristo el que ha sucumbido al juicio adverso, sino que Satanás ha sido herido con una sentencia de condenación y ha sido arrojado fuera de la Presencia de Dios para siempre. La destrucción de la idolatría y la expulsión de los demonios de los poseídos serán prueba de esto.

Ahora bien, el Espíritu Santo continúa actuando en la Iglesia: con su luz divina ilumina las mentes y los corazones para que reconozcan los pecados cometidos contra Jesús Eucaristía; ilumina las mentes y los corazones para que Jesús Eucaristía reciba el trato digno que merece como Dios que es, y no como si fuera un simple pan bendecido; por último, ilumina las mentes y los corazones para que los cristianos se aparten de Satanás y de sus ídolos -Gauchito Gil, Difunta Correa, San La Muerte- y en cambio adoren a Cristo Dios, Presente en Persona en la Eucaristía.

domingo, 19 de enero de 2014

“A vino nuevo, odres nuevos”


“A vino nuevo, odres nuevos” (Mc 2, 18-22). Para entender lo que Jesús nos quiere decir, hay que acudir al profeta Ezequiel, ya que allí se encuentra la clave para su comprensión. A través del profeta, Dios anuncia la renovación del corazón del hombre por medio del agua y de su Espíritu: “Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar; y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos” (Ez 36, 25-27). Por el pecado, el mal ha endurecido al corazón humano y le ha dado la consistencia de una piedra, y en vez de adorar y amar a Dios, que es su Creador, lo ha desplazado de su puesto natural y ha colocado en su lugar a ídolos inertes, ídolos mudos y sordos, ídolos que le exigen obrar inmundicias y es así como su corazón es como un templo de piedra, frío, oscuro, lleno de inmundicias y repleto de ídolos abominables, los cuales no son otra cosa que ángeles caídos, es decir, demonios, que han usurpado el corazón del hombre y lo han poseído indebida e ilegalmente. Dios no puede tolerar esta situación, porque Él ha creado el corazón humano y le pertenece, es su propiedad y no de los ídolos demoníacos, y es por eso que anuncia, a través del profeta, que ha de solucionar prontamente la situación a través de dos elementos que lavarán y regenerarán completamente el corazón del hombre, el agua y el Espíritu, prefiguración del sacramento del Bautismo. Por el Bautismo sacramental, el alma será sumergida místicamente con Cristo en las aguas del Jordán, y allí se cumplirá lo que dice el profeta Ezequiel: “derramaré sobre vosotros un agua que os purificará de todas vuestras inmundicias e idolatrías”, porque el templo de piedra que es el corazón del hombre, será inundado por el torrente impetuoso de la gracia de Cristo que lo sumergirá en la santidad divina y arrasará con los ídolos y lo lavará de toda podredumbre de pecado y de malicia y exorcizará toda presencia y posesión demoníaca, y el corazón de piedra se convertirá en un corazón humano, es decir, no solo dejará de obrar el mal, sino que obrará el bien y, más que el bien, obrará la santidad, guiado por la gracia divina; por el Bautismo sacramental, el alma recibirá el soplo del Espíritu Santo, que como Dulce Paloma aleteará sobre ella haciendo del alma una Nueva Creación, así como el Espíritu aleteó en la Creación, en el Génesis, cumpliéndose de esta manera lo anunciado por el profeta Ezequiel: “Os infundiré mi Espíritu”, y el que recibe el Espíritu de Dios obra los Mandamientos de Dios porque ama a Dios y es una sola cosa con Él por el Amor, cumpliéndose también esto otro anunciado por el profeta Ezequial: “y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos”.

Es así como se entiende lo que dice Jesús: “A vino nuevo, odres nuevos”, porque el vino nuevo es la gracia y el odre nuevo es el corazón del hombre, renovado por el agua y el Espíritu en el Bautismo sacramental. 

domingo, 11 de noviembre de 2012

“¡Ay del que ocasiona escándalos!"



“¡Ay del que ocasiona escándalos! Más le valdría que le ataran una piedra de moler al cuello y lo arrojaran al mar” (Lc 17, 1-6). Ser causa de escándalos en la Iglesia de Cristo es algo tan grave, dice Jesús, que sería preferible que, al que los causa, antes de causarlos, les ataran una piedra al cuello y lo arrojaran al mar.
Tal vez alguno se escandaliza por la dureza de las palabras de Jesús, puesto que Jesús está diciendo que es preferible que al que causa escándalos se le provoque la muerte por ahogamiento, antes que dejarlo causar el escándalo.
Sin embargo, el que se escandaliza de estas palabras, es porque desconoce la inmensa majestad de Dios, ofendida por los escándalos, y desconoce también la malicia que esconde el escándalo mismo.
Debido a la gravedad de las palabras de Jesús, es necesario saber qué es “escándalo”, y en qué situaciones se produce, para evitarlas. El escándalo es, según su definición, una acción que provoca rechaza público por su inmoralidad. ¿Quién comete escándalo ante los ojos de Dios? En nuestra sociedad atea y materialista, son innumerables las situaciones que producen escándalo a los ojos de Dios, y estos van desde los más pequeños, a los más grandes: es un escándalo que un cristiano no perdone a quien lo ofende; que un joven cristiano profane su cuerpo con alcohol, drogas, pornografía y relaciones prematrimoniales; es un escándalo que jóvenes cristianos confundan diversión sana con perversión; es un escándalo que esposos cristianos vivan en discordia, por no acudir a la oración y a la intercesión de la Virgen y al auxilio de la gracia de Jesucristo; es un escándalo un sacerdote pedófilo, fornicario, apóstata, hereje, cismático; es un escándalo el "genocidio silencioso", el aborto a escala planetaria; es un escándalo un gobernante apátrida e inmoral; es un escándalo un cristiano que consume y/o produce programas televisivos y de Internet inmorales; es un escándalo la música cumbia, la música rock satánica, las películas que ensalzan la brujería y el satanismo, y los cristianos que con su consumo, alientan y financian su producción; es un escándalo que en un momento de la civilización humana, en la que la producción de alimentos y viviendas es sumamente fácil, existan seres humanos que vivan en villas miserias y mueran de hambre; es un escándalo la producción de armas nucleares en número suficiente para destruir cien veces el planeta tierra; es un escándalo las guerras genocidas, las guerras entre hermanos; es un escándalo un régimen ateo y materialista de gobierno, sea comunista o liberal; es un escándalo que se construyan monumentos a ídolos mudos y muertos, como el fútbol, y ya no se construyan más catedrales; es un escándalo que los gobernantes de las naciones del mundo no se guíen por la Doctrina Social de la Iglesia…
“¡Ay del que ocasiona escándalos! Más le valdría que le ataran una piedra al cuello y lo arrojaran al mar”. No estamos exentos de ser causa de escándalos; por eso, debemos estar atentos y vigilantes contra nosotros mismos, para que la llegada del Señor no nos sorprenda “como el ladrón que llega de improviso” (cfr. Lc 12, 39).

jueves, 21 de junio de 2012

Cuando oren no hagan como los paganos; oren con el corazón


          
“Cuando oren no hagan como los paganos” (cfr. Mt 6, 7-15). Jesús no se opone a la oración vocal y pública, la que se realiza, por ejemplo, en una procesión, o delante de una imagen que se encuentra en un lugar público.
         Lo que Jesús quiere es que, al rezar, aún en público, la oración salga, más que de los labios, del corazón, porque esa es la oración verdadera.
         Mientras los paganos rezan a sus ídolos inertes con una oración vacía, mecánica, superficial, el cristiano, por el contrario, le reza a su Dios que es persona, y aún más, es Trinidad de Personas, por lo que necesariamente tiene que ser una oración que nazca del corazón y no simplemente de los labios.
         Esto es lo que Jesús quiere decir cuando da las indicaciones para la oración: “Cuando ores, ve a tu habitación, cierra la puerta y ora, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6, 6). La habitación no necesariamente es un lugar físico, sino también y ante todo, el propio corazón.

jueves, 27 de enero de 2011

Felices los invitados a comer la carne del Cordero, el Cuerpo de Cristo resucitado en la Eucaristía


“Felices…” (cfr. Mt 5, 1-12). Todo hombre busca la felicidad, pero el problema, dice San Agustín, es que la busca en lugares equivocados: en los sentidos, en el dinero, en el poder, en el mundo. Desde que el hombre es hombre, busca la felicidad, y por eso, desde que nace, la busca incesantemente, aunque no sepa que la busca, pero el problema es que la busca en donde no podrá encontrarla jamás: el dinero, el poder, el éxito, los honores del mundo. Jamás encontrará en estos ídolos la felicidad, porque ahí no está, y no sólo no encontrará la felicidad en estos ídolos, sino que estos le provocarán pesares y angustias en esta vida, y dolor eterno en la otra.

¿Dónde está la felicidad? ¿Qué hacer para alcanzarla? En el Sermón de las Bienaventuranzas, Jesús da la clave para que el hombre alcance la felicidad, anunciando dónde se encuentra la felicidad: en la pobreza de espíritu, en la mansedumbre, en el llanto, en el hambre y sed de justicia, en la misericordia, en la pureza de corazón, en la paz de Dios, en la persecución por el Reino.

“Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo:

“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”. El pobre de espíritu es el que se reconoce necesitado de todo en la esfera del espíritu; es el que reconoce que sin Dios, no es nada; es el que sabe que sin que Dios lo sostenga a cada segundo, no podría ni siquiera respirar, y moriría; es el que, creyéndose rico, recapacita, y se reconoce tibio, y por eso pobre, desnudo, ciego: “Tú dices: «Soy rico; me he enriquecido; nada me falta». Y no te das cuenta de que eres un desgraciado, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo” (Ap 3, 17).

El pobre de espíritu es el que sigue el consejo de Jesús en el Apocalipsis, de comprar oro, vestidos blancos y colirio para los ojos: Te aconsejo que me compres oro acrisolado al fuego para que te enriquezcas, vestidos blancos para que te cubras, y no quede al descubierto la vergüenza de tu desnudez, y un colirio para que te des en los ojos y recobres la vista” (Ap 3, 18). El oro acrisolado al fuego es el corazón contrito y humillado; el vestido blanco que cubre la desnudez es la gracia divina; el colirio para los ojos es la luz de la fe, que permite contemplar los misterios divinos revelados en Jesucristo y su Iglesia.

“Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra”. Los mansos son aquellos que imitan a Jesucristo, manso y humilde de corazón: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29). En el seguimiento de Jesús, y en la imitación de la mansedumbre del Cordero, los mansos de corazón recahzan como indigno de su condición de hijos de Dios todo género de violencia contra el prójimo, el enojo, la ira, la pendencia, la agresión, el rencor, la prepotencia. Los mansos de corazón, que quieren imitar a Cristo manso y humilde, no hacen violencia contra el prójimo; sólo hacen violencia contra sí mismos, para ganar el Reino de los cielos: “Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan” (Mt 11, 12). Los mansos son mansos con el prójimo y violentos contra sí mismos, porque se hacen violencia a sí mismos, buscando refrenar sus pasiones, desterrar sus vicios, y cambiar sus corazones, de malos en buenos, buscando imitar, por la paciencia, la mansedumbre, la misericordia, al Sagrado Corazón de Jesús.

“Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”. No se trata sólo del llanto humano, del llanto que surge por el dolor, por la enfermedad, por la injusticia, por el sufrimiento de cualquier tipo: se trata de este llanto unido al llanto de Jesucristo en la cruz, y al llanto de María Santísima al pie de la cruz, porque es así como el sufrimiento humano, que causa el llanto, se ve santificado, y se convierte en fuente de salvación para el alma y para quienes la rodean.

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”. Son los que no soportan ver la injusticia reinante en el mundo, y la injusticia más grande no es la social, que es en sí misma una injusticia, sino la injusticia que significa ver el Nombre de Dios ultrajado, pisoteado, rechazado, blasfemado, por una sociedad humana que ha arrancado el Nombre Santo de Dios de su corazón, y por eso ha construido una civilización en donde se mata al concebido en el vientre de la madre, en proporciones calamitosas –decenas de millones a lo largo del mundo por año-, se aprueban leyes para enseñar la perversión sexual a los niños, se adora a Satanás en vez de Dios, se busca la felicidad en la droga, en la violencia, en el poder y en el sexo. Los que tienen hambre y sed de justicia son aquellos que no soportan un mundo sin Dios, y claman, con el corazón y a viva voz: “¡Ven, Señor Jesús!” (Ap 22, 20).

“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”. Son aquellos que ven a Dios en el prójimo, y que demuestran su amor a Dios amando al prójimo, y al prójimo más necesitado: un enfermo, un pobre, un lisiado, pero también un padre necesitado de ayuda, un hijo, un hermano, un pariente, un amigo. El misericordioso busca obrar la misericordia, porque eso le granjeará la entrada a los cielos, según las palabras de Jesús, pero sobre todo porque lo asemeja a Cristo, encarnación y materialización de la Divina Misericordia.

“Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. Los limpios de corazón son los que rechazan la lujuria y la lascivia, pero también son los que se niegan a adorar a Satanás, representado en la brujería, en la magia, en la hechicería y en el ocultismo, y son los que se niegan a postrarse ante el mundo, rechazando la violencia, la idolatría del poder y del dinero, prefiriendo la muerte antes que cometer siquiera un pecado venial. Los limpios de corazón buscan asemejarse a Cristo crucificado, y aman lo que Cristo ama en la cruz, y odian lo que Cristo odia en la cruz.

“Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”. No se trata de una paz mundana, como la dan los pactos y los tratados políticos, entre los hombres y las naciones. Se trata de la paz de Dios, la paz del corazón, la que da Cristo y no la puede dar el mundo (cfr. Jn 14, 27), y los bienaventurados trabajan porque esta paz de Dios reine en sus corazones y en los corazones de sus hermanos.

“Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa”.El mundo persigue a quien quiere cumplir la voluntad de Dios, expresada en la Ley Nueva de Jesucristo, porque la ley de Jesucristo es la ley de la caridad, del amor fraterno y del amor a Dios, y el mundo en cambio se rige por la ley del dinero, del poder, de la frivolidad, del egoísmo.

“Felices”. Jesús proclama las Bienaventuranzas, es decir, el camino que tenemos que recorrer si queremos alcanzar la eterna felicidad, pero este camino no es otro que Él mismo en la cruz: Cristo crucificado es la única y verdadera felicidad para el hombre, en esta vida y en la otra. Es en la cruz de Cristo, y en Cristo en la cruz, en donde se encuentran condensadas y reunidas todas las bienaventuranzas, y debido a que la Santa Misa es la representación sacramental del sacrificio de la cruz; debido a que asistiendo a Misa es asistir al Santo Sacrificio del altar, es en la Santa Misa, y en la Eucaristía, el Cuerpo de Cristo resucitado, en donde se encuentran para nosotros, que peregrinamos en este mundo hacia la vida eterna, la totalidad de las bienaventuranzas, y es por eso que la Iglesia pronuncia una nueva bienaventuranza, luego de la ostentación de la Eucaristía[1]: “Felices los invitados al banquete celestial, felices los que comen la carne del Cordero, asada en el fuego del Espíritu Santo, felices los que se alimentan con el alimento de ángeles, el Pan Vivo bajado del cielo, la Santa Eucaristía, felices los que beben el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Sangre del Cordero, felices los que comen el Verdadero Maná del cielo, el Cuerpo de Cristo resucitado, con un corazón contrito y humillado, felices los que se alimentan del Pan celestial en su peregrinación por el desierto de la vida, y rechazan alimentarse con alimento de ídolos”.

Quienes busquen su felicidad en Cristo crucificado y en la Santa Misa, encontrarán la felicidad y la alegría eterna: “Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos”.


[1] Cfr. Misal Romano.