Mostrando entradas con la etiqueta ley de Moisés. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ley de Moisés. Mostrar todas las entradas

viernes, 4 de abril de 2025

“Yo tampoco te condeno; vete y no peques más”

 


(Domingo V - TC - Ciclo C - 2025)

         “Yo tampoco te condeno; vete y no peques más” (cfr. Jn 8, 1-11). Los fariseos llevan ante Jesús a una mujer acusada de adulterio, invocando para esto la ley de Moisés. Frente al pedido de lapidar a la mujer, Jesús no responde ni afirmativa ni negativamente: simplemente les dice que, si alguien está libre de pecado, que arroje la primera piedra. Debido a que todos saben que nadie está libre de pecado, los fariseos se retiran del lugar, sin hacer daño a la mujer. Finalmente, Jesús perdona los pecados de la mujer y la deja ir, no sin antes advertirle que “no vuelva a pecar”.

         En este pasaje evangélico hay muchas enseñanzas. Por una parte, se pone de manifiesto la rigurosidad farisaica, que no deja pasar una falta grave sin castigo, pero al mismo tiempo, se pone de manifiesto la hipocresía de los fariseos, porque si bien por un lado quieren castigar a quien ha cometido un pecado, por otro lado, pasan por el alto el hecho de que ellos mismos son pecadores, del mismo o mayor tenor que el de la mujer pecadora.

En este grupo nos podemos ver reflejados nosotros mismos, toda vez que con nuestra falta de caridad y de misericordia lapidamos la fama de nuestro prójimo con habladurías y falsedades, sin tener en cuenta además que nosotros mismos somos tanto o más pecadores que el prójimo al cual tan ligeramente criticamos. A esto se le agrega un hecho más grave y es el de colocarnos en el lugar de Dios, quien es el Único que puede juzgar las conciencias. Cada vez que nos comportamos así, es decir, cada vez que lapidamos sin misericordia a nuestro prójimo con nuestra lengua, criticándolo y juzgándolo en su intención, somos idénticos a los fariseos.

Con este episodio queda patente la insuficiencia de la Ley Antigua, porque al señalar el pecado, pretendía castigar al pecado mediante la justicia, pero era una justicia meramente exterior: el ejemplo está en el caso del Evangelio de la mujer adúltera; una vez señalado el pecado, se pretendía hacer justicia, pero la justicia consistía en eliminar físicamente al que había pecado, con lo cual se eliminaba al pecador pero no al pecado, puesto que el pecado seguía arraigado en lo más profundo del corazón humano. En otras palabras, mediante la justicia, se eliminaba al pecador pero no al pecado, ya que este se encuentra arraigado en lo más profundo del ser de todo hombre, tanto del que aplica la Ley como de aquel recibe el castigo. Así vemos cómo la Ley de Moisés, si bien señalaba el pecado, era incapaz de corregirlo, era incapaz de quitarlo, porque el mal seguía arraigado en el corazón humano, del mismo modo a como la mala hierba se arraiga entre el césped.

Por el contrario, la Nueva Ley de Jesucristo, la ley de la gracia, obtenida al precio de su Sangre derramada en la cruz, no obra exteriormente, sino en lo más profundo del ser del hombre, arrancando de raíz esa mala hierba que es el pecado y haciendo germinar la semilla de la vida divina, la vida de la gracia santificante.

A diferencia de la Ley Antigua, que no poseía la gracia, la Nueva Ley actúa penetrando en lo más profundo del espíritu del hombre por medio de la gracia divina, la cual disuelve y hace desaparecer en un instante esa peste espiritual que es el pecado.

La esencia de la Nueva Ley es la gracia, la cual arranca de raíz y destruye el mal que anida en el corazón humano, sin dejar rastro de él, así como se disipa al viento una ligera columna de humo negro en una mañana de cielo despejado. Desde Adán y Eva el mal, en forma de pecado, anida en lo más profundo del corazón del hombre como una mancha negra y pestilente, de la cual brotan “toda clase de males” espirituales, tal como lo señala Nuestro Señor Jesucristo: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre” (Mc 7, 21-23).

Sin la gracia santificante de Nuestro Señor Jesucristo, obtenida al precio altísimo de su Sangre derramada en la Cruz, el corazón del hombre es una piedra ennegrecida, una oscura y fría caverna de la cual brotan toda clase de maldades, ninguna de las cuales podía, de ninguna manera, la Ley Antigua, lograr la erradicación y purificación del corazón.

Por el contrario, la Nueva Ley de Jesucristo, la Ley de la Gracia Santificante, es infinitamente superior a la Ley Antigua, puesto que logra lo que esta no puede hacer: transformar por completo lo más profundo del ser del hombre, sanándolo de raíz, en su acto de ser; la gracia obra sobre el ser, es decir, a nivel ontológico, a nivel de naturaleza y no simplemente a nivel moral; la gracia obra una verdadera conversión porque hace partícipe al alma de la naturaleza divina y esto sucede a nivel ontológico, lo cual se traduce luego a nivel ético, moral o de comportamiento, pero la transformación moral o conversión cristiana se basa en la participación a nivel ontológico, lo cual solo es posible por la acción de la gracia. Y es esta participación en la naturaleza divina la que sana, restaura, transforma y, todavía más, diviniza, al corazón del hombre, convirtiéndolo en un corazón nuevo, un corazón que es una copia viviente, una imitación y una prolongación del Sagrado Corazón del Hombre-Dios Jesucristo, un corazón que paulatinamente, por la acción de la gracia, va dejando de ser simplemente humano, para ser cada vez más divino. Todo esto, no lo podía hacer de ninguna manera la Ley Antigua, la cual solo era una figura de la Ley Nueva; por esta razón la Ley Antigua se limitaba a quitar físicamente al pecador -como en el caso de la mujer adúltera-, pero dejando al pecado enraizado en el corazón de todos y cada uno de los hombres -como en el caso de los fariseos que acusan a la mujer adúltera-. La Ley Antigua ofrecía a Dios sacrificios de animales, pero estos sacrificios eran absolutamente incapaces de transformar el corazón humano, al ser incapaces de quitar el pecado; la Nueva Ley, por el contrario, al estar sellada con la Sangre del Cordero de Dios, Cristo Jesús, sacrificado en el Altar de la Cruz, en el Calvario, de una vez y para siempre y renovado este Santo Sacrificio cada vez, incruenta y sacramentalmente, en el Altar del Sacrificio, en la Santa Misa, al ser derramada sobre los corazones de los hombres, disuelve sus pecados, quita los pecados de los corazones, purifica los corazones manchados por el pecado, los santifica con la Sangre del Cordero y así santificados con esta Sangre Bendita y Preciosísima, los convierte en imágenes vivientes y palpitantes del Corazón del Cordero, del Corazón de Jesús, el Cordero de Dios, que late en la Eucaristía.

Según se relata en el Antiguo Testamento, Moisés, por orden divina, sacrificaba los corderos en el altar y luego esparcía la sangre de los corderos sacrificados sobre el pueblo (cfr. Éx 24, 8), lo cual significaba que Dios perdonaba los pecados del pueblo; sin embargo, la sangre de estos animales no podía de ninguna manera perdonar los pecados, por lo que el gesto de Moisés era únicamente externo y simbólico y un anticipo y figura de lo que habría de ser donado en la Nueva Ley. Y lo que es donado en el Nuevo Testamento y que sí perdona los pecados, porque efectivamente quita los pecados del mundo y del corazón del hombre, es la sangre del Cordero de Dios, Cristo Jesús, Sangre que brota, como de su fuente, de sus heridas abiertas y de Su Corazón traspasado en la cruz, para caer en las almas de los hombres y perdonarles sus pecados, sus muchos pecados, todos sus pecados, por abundantes y enormes que sean. La Sangre del Cordero de Dios, mediante la cual el Padre nos perdona, se derrama en el altar de la cruz y se renueva su efusión en la cruz del altar, porque así Dios Trino sella su pacto de amor misericordioso con los hombres, un pacto por el cual nosotros como Iglesia le ofrecemos el Cordero del Sacrificio y Él a cambio derrama sobre nosotros la Sangre del Cordero, Sangre por la cual Dios disuelve nuestros pecados, así como el humo negro se disuelve en el aire fresco de una mañana soleada y límpida.

Cuando condenamos y lapidamos a nuestro prójimo, haciendo resaltar sus defectos, haciendo caso omiso del enorme mal que anida en nuestros corazones, nos identificamos con los fariseos del Evangelio, prontos a condenar al prójimo, pero interiormente ciegos, compasivos e indulgentes con nuestras propias maldades. Antes de condenar a nuestro prójimo, deberíamos tener presente siempre esta escena evangélica y sobre todo las palabras de Jesús: “El que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra”. Antes de condenar al prójimo, antes de hablar del prójimo, deberíamos decir nosotros, de nosotros mismos: “Si estoy libre de pecado, entonces podría condenar a mi prójimo, pero como no estoy libre de pecado, no condeno a mi prójimo, y repito en cambio las palabras de Jesús: ‘Yo no te condeno’”.

Pero no solo en los fariseos debemos vernos representados, sino también en la mujer pecadora, porque en la mujer pecadora está representada la humanidad caída en el pecado y pecadora y nosotros no somos, de ninguna manera, la excepción. Nuestro objetivo, como cristianos, como imitadores de Cristo, es precisamente imitar a Cristo, es decir, no es ser, ni fariseos, ni quedarnos en el pecado, como la mujer pecadora antes de su encuentro con Jesús: nuestro objetivo en esta vida terrena es recibir el perdón de Cristo, arrepentirnos de nuestros pecados, y tratar de imitar la bondad y la misericordia que Jesús tiene con la mujer al perdonarle sus pecados.

En el perdón de Jesús vemos en acción a la Divina Misericordia, que en vez de condenar y sumarse al castigo de la mujer pecadora, no solo no la castiga, sino que la perdona. Así está prefigurado en esta escena el Sacramento de la Confesión, porque el perdón de Cristo a la mujer pecadora es el perdón que da Dios al alma a través del sacerdote ministerial en el sacramento de la confesión.

La Presencia del Sumo Sacerdote Jesucristo se actualiza en el Sacramento de la Confesión, quitando al alma sus pecados y así el corazón del pecador, que antes de la confesión era un corazón ennegrecido por el mal, por el sacramento de la confesión es purificado, limpio, sano, y convertido en una copia humana del Corazón del Salvador, haciéndose realidad la Palabra de Dios revelada en el profeta Isaías: “Aunque vuestros pecados fueren como la grana, quedarán blancos como la nieve. Y si fueren rojos como el carmesí, quedarán como lana (cfr. 1, 18)”.

No estamos en esta vida para ser, ni fariseos injustos, ni tampoco pecadores; estamos en esta vida terrena para ser, para nuestros prójimos, una copia viviente del Corazón de Jesús; nuestro corazón no solo no debe reflejar nuestro “yo” egoísta, el cual debe desaparecer para siempre, sino que debe reflejar la bondad, la misericordia, la compasión, la caridad, del Corazón de Jesús, pero, como dice Jesús: “Nada podéis hacer sin Mí”, por lo que esa tarea de transformar nuestro corazón en una copia del Corazón de Jesús, se realiza por dos sacramentos: la confesión sacramental y el sacramento del altar, la Eucaristía.

Por el sacramento de la confesión, nuestro corazón se purifica y santifica; por la Eucaristía, recibimos al Sagrado Corazón, que se funde en un solo corazón con el nuestro. Solo así estaremos en grado de imitar a Jesús, de obrar con nuestro prójimo lo que Jesús obra con la mujer pecadora: perdonar y amar, amar y perdonar.

 


martes, 28 de marzo de 2023

“La Verdad os hará libres”

 


“La Verdad os hará libres” (Jn 8, 31-42). Jesús les dice a los judíos que “la Verdad los hará libres”, pero los judíos se ofenden puesto que no se consideran esclavos de nadie, al ser de la descendencia de Abraham.

La razón del desencuentro entre Jesús y los judíos es que Jesús les está hablando de la esclavitud del pecado, esclavitud de la cual la Ley mosaica no puede liberar. Los judíos creían que por el solo hecho de ser descendencia de Abraham y de observar la Ley mosaica, quedaban purificados, es decir, libres de pecado. Pero lo que no tienen en cuenta es que ni el hecho de ser descendientes de Abraham, ni el hecho de cumplir la Ley de Moisés, nada de eso puede quitar el pecado, que es una mancha de orden espiritual. El pecado es oscuridad espiritual que ciega espiritualmente al hombre y lo aleja de la Presencia de Dios, quitándole su amistad y convirtiéndolo en su enemigo y por el hecho de ser de orden espiritual, no puede ser quitado por la Ley de Moisés, ya que esta no tiene poder para hacerlo. El pecado no solo aleja al hombre de Dios, sino que lo esclaviza, porque es una fuerza maligna que, anidando en lo más profundo del ser del hombre, lo obliga a dirigirse en una dirección contraria a la de Dios y es en este sentido en el que Jesús les hace ver que el pecado hace esclavo al hombre.

 Debido a la naturaleza eminentemente espiritual del pecado, este puede ser quitado del alma del hombre sólo por una fuerza espiritual que sea superior a la del pecado y esta fuerza solo la posee Dios, quien es omnipotente y además, es lo diametralmente opuesto al pecado, ya que es la Santidad Increada en Sí misma. A esto se refiere Jesús cuando le dice a los judíos: “La Verdad os hará libres”, porque “la Verdad” es Él, es decir, Jesús, al ser la Segunda Persona de la Trinidad, al ser Dios Hijo encarnado, es la Sabiduría Divina y es la Verdad Divina, es la Palabra eternamente pronunciada por el Padre, Palabra que contiene en Sí la infinita Sabiduría de Dios y la Verdad Absoluta de Dios. Esta es la razón por la cual sólo Dios puede quitar el pecado: porque es la Santidad Increada y porque es la Verdad Increada y Eterna y en cuanto tal, posee no solo la omnipotencia divina, sino la superioridad absoluta de la Santidad Divina por encima del pecado, originado en el corazón del hombre.

“La Verdad os hará libres”. Mientras el pecado, que se origina en la profundidad de nuestro ser y de nuestro corazón, nos hace esclavos por cuanto nos encadena a las pasiones y al error, solo Jesucristo, la Sabiduría y la Verdad Absolutas de Dios, nos hace libres, rompiendo las cadenas del pecado y concediéndonos la libertad plena, total y verdadera de los hijos de Dios. Hemos sido creados para ser libres en la Verdad y no para ser esclavos de las pasiones y del error, por lo tanto, para no frustrar el plan de Dios para nosotros, sigamos a Jesús, Camino, Verdad y Vida, cargando nuestra cruz, hasta el Calvario, para recibir la Libertad absoluta por medio de la Sangre del Cordero.

jueves, 29 de abril de 2021

“Éste es mi mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como Yo los he amado”

 

(Domingo V - TP - Ciclo B – 2021)

         “Éste es mi mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como Yo los he amado” (Jn 15, 9-17). Moisés había dado a los israelitas las tablas de la Ley, en las que estaban contenidos los Diez Mandamientos. Esos mismos mandamientos son los que los hereda el cristianismo y la razón es que el Dios que los promulga por medio de Moisés, es Jesucristo, el mismo Dios que ahora, encarnado, habita en medio de los hombres, en la tierra, en el tiempo y en el espacio. Es decir, Dios había dado sus mandamientos  por medio de Moisés al Pueblo Elegido y ahora, los da al Nuevo Pueblo Elegido, pero no por medio de un profeta o un hombre santo, sino Él, personalmente: Dios promulga sus mandamientos en persona, por medio de la naturaleza humana de Jesús de Nazareth.

         Ahora bien, en la Ley que Dios dio a través de Moisés, figuran el amor a Dios y al prójimo, ya que el primer mandamiento dice: “Amarás a Dios y al prójimo como a ti mismo”. Si esto es así, ¿por qué razón Jesús dice que da un “mandamiento nuevo”? Es decir, si ya existía en la Ley de Moisés, que el mismo Dios había promulgado, el amar a Dios y al prójimo, ¿por qué Jesús dice que su mandamiento es “nuevo”? Alguien podría objetar la novedad del mandamiento de Jesús, diciendo que incluso hasta su formulación es la misma: “Amar a Dios y al prójimo como a uno mismo”. Volvemos entonces a preguntarnos: ¿hay alguna “novedad” en el mandamiento de Jesús? Y si hay alguna novedad, ¿en qué consiste?

         Para responder las preguntas, hay que comenzar diciendo que existen no una, sino varias razones por las cuales se puede decir que el mandamiento de Jesús, aun cuando la formulación sea la misma o parecida, es radicalmente nuevo, tan nuevo, que se puede decir que es substancialmente distinto al mandamiento que ya conocían los hebreos y veamos las razones.

         Por un lado, analicemos el concepto de “prójimo”: para los hebreos, el “prójimo” era aquel que compartía la raza y la religión y si había alguien que no era hebreo pero se convertía al judaísmo, entonces recién se podía llamar a ese tal “prójimo”. Mientras tanto, para el que no era considerado prójimo, porque no compartía ni la raza, ni la religión, se aplicaba la ley del Talión: “Ojo por ojo, diente por diente”. Esto cambia radicalmente con Jesús, porque a partir de Él, el prójimo al que hay que amar es todo ser humano, independientemente de su raza, de su religión, de su nacionalidad, de su condición social. Para el cristiano, todo ser humano, por el hecho de ser ser humano, es decir, creatura de Dios, es un prójimo al que hay que amar y aquí hay otra diferencia con el judaísmo: no solo se anula la ley del Talión, sino que al primer prójimo al que hay que amar, es al enemigo: “Amen a sus enemigos, bendigan a los que los maldicen”.

         Otra diferencia es el amor con el que hay que cumplir el mandamiento: antes de Jesús, se explicitaba que el amor con el que había que amar a Dios y al prójimo era el amor humano –“Amarás a Dios y a tu prójimo con todas tus fuerzas, con todo tu ser”-, con las limitaciones que esto implica, porque el amor humano, por naturaleza, es limitado y además, está contaminado, por así decirlo, por el pecado original: esto cambia con Jesús, porque el amor con el que se debe amar a Dios y al prójimo es el Amor de Dios, el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Trinidad. Es decir, ya no basta con amar con el simple amor humano: ahora hay que amar a Dios y al prójimo con el mismo Amor del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo, el Amor Divino.

         Otra diferencia, que no existía en los mandamientos del Antiguo Testamento, es que el cristiano debe amar “como Cristo nos ha amado”: “como Yo os he amado”, dice Jesús y es por eso que debemos preguntarnos: ¿cómo nos ha amado Jesús? Porque según sea el amor con el que nos ha amado Jesús, así debe ser el amor con el que amemos a Dios y al prójimo. La respuesta es que Jesús nos ha amado doblemente: con el Amor de su Sagrado Corazón, que es el Espíritu Santo, el Amor del Padre y del Hijo, y “hasta la muerte de cruz”. Estas dos características del amor de Jesucristo hacen que su mandamiento sea verdaderamente nuevo, al punto de ser un mandamiento radicalmente distinto al mandamiento que tenían los hebreos, aun cuando su formulación sea, sino idéntica, al menos parecida: nos amó con el Amor de Dios, el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Trinidad y nos amó hasta la muerte de cruz. Así es como debemos amar a nuestro prójimo –incluido el enemigo-: hasta la muerte cruz y con el Amor del Espíritu Santo.

         Por último, surge una pregunta: si yo, como cristiano, estoy dispuesto a cumplir el mandamiento nuevo de Jesús, me encuentro con una doble dificultad: por un lado, no estoy crucificado, como lo está Jesús; por otro lado, no tengo el Amor de Dios, el Espíritu Santo, en mi corazón, porque en mi corazón hay solo amor humano. Entonces, ¿es imposible cumplir el mandamiento de Jesucristo? No es imposible, porque Jesús no manda nada imposible, pero para poder cumplirlo, debemos pedir dos cosas: postrados ante Jesús crucificado o ante Jesús Sacramentado, debemos pedir la gracia de ser crucificados junto a Jesús –se entiende que la crucifixión, al no ser en sentido material, es en sentido espiritual-; por otro lado, debemos pedir al Padre el Espíritu Santo, como nos enseña Jesús: “Pidan al Padre el Espíritu Santo y el Padre se los dará” y así, crucificados con Cristo en el Calvario y con el Amor del Espíritu Santo en el corazón –comunicado este Amor por la Comunión Eucarística-, entonces sí podremos vivir el mandamiento verdaderamente nuevo de Jesús: amarnos los unos a los otros como Jesús nos ha amado, hasta la muerte de cruz y con el Divino Amor, el Amor del Espíritu Santo.

        

domingo, 6 de abril de 2014

“El que no tenga pecado que arroje la primera piedra”




“El que no tenga pecado que arroje la primera piedra” (Jn 1, 8-11). Los fariseos llevan a Jesús a una mujer sorprendida en adulterio, pero no para que se haga justicia, sino “para ponerlo a prueba”. Según la ley de Moisés, la mujer debería haber sido condenada a la lapidación y era eso lo que los fariseos querían que Jesús dictaminara. Con esto, pretendían desacreditarlo frente a sus seguidores. Pero Jesús los desarma con una simple frase, que pone al descubierto la hipocresía de sus corazones: “El que no tenga pecado que arroje la primera piedra”. Jesús los desenmascara en su hipocresía, porque pretenden lapidar y dar muerte a una mujer por su pecado, cuando ellos mismos están llenos de pecado, iguales o peores aún que el pecado por el cual pretenden dar muerte a la mujer. Todos se saben pecadores y es por eso que ninguno se atreve a tirar la primera piedra. Puesto que la sentencia de Jesús da en el centro del alma de cada uno, todos abandonan la escena en silencio y avergonzados. Jesús, que sí podría juzgarla y con todo derecho, puesto que en cuanto Hombre-Dios es Justo y Supremo Juez de la humanidad, sin embargo, no la juzga. Jesús es el Cordero Inmaculado, el Cordero sin mancha alguna de pecado, pero no por esto la condena; por el contrario, le dice: "Yo no te condeno, vete y no peques más". La mujer, agradecida, besa los pies de Jesús. 

La escena es paradigmática de la Ley Nueva del perdón y de la caridad que viene a traer Jesús: Dios Encarnado nos perdona nuestros pecados porque nos ama y si Él nos perdona y nos da su Amor, nosotros debemos hacer lo mismo con nuestros hermanos. No tenemos derecho ni excusas, de ninguna clase, para acusar a nuestros hermanos, puesto que nosotros somos tan o más pecadores que ellos, y sobre todo, porque hemos recibido un perdón y Amor infinitos desde la cruz. No podemos acusar a nuestros hermanos, no podemos no perdonar a nuestros hermanos, porque eso equivale a “arrojar la primera piedra” y a ser puestos en clara evidencia por Jesús. Si Jesús nos perdona y nos ama con amor infinito desde la cruz, nosotros debemos perdonar y amar con ese mismo perdón y con ese mismo Amor a nuestros hermanos, de lo contrario, nos comportaremos como fariseos. 

martes, 26 de febrero de 2013

“No sean como los fariseos, que no hacen lo que dicen”



“No sean como los fariseos, que no hacen lo que dicen” (Mt 23, 1-12). Jesús advierte acerca de los fariseos, que “no hacen lo que dicen”. Sin embargo, luego de la advertencia, Jesús no dice qué es lo que los fariseos “dicen” pero “no hacen”, sino que denuncia lo que “hacen”, como ejemplo de lo que sus discípulos no deben hacer.
            ¿Qué es lo que los fariseos “hacen” y “no deberían hacer”? Lo dice el mismo Jesús: “atan pesadas cargas a los demás, mientras que ellos no quieren llevarlas ni con un dedo”, y esto porque imponían a los demás las prescripciones farisaicas, que no eran sino “tradiciones humanas”, como se los reprocha Jesús. Si bien pretendían santificar todos los aspectos de la vida, aún los más nimios y banales -para lo cual los fariseos habían elaborado una serie de “reglas de pureza”[1]-, la enorme cantidad de prescripciones hacía imposible su práctica, pero el problema principal radicaba en aquello que Jesús les reprocha: la observancia de las prescripciones farisaicas contradecían el espíritu de la Ley mosaica, que mandaba el amor a Dios y también al prójimo. Por ejemplo, justificaban el no prestar asistencia a los padres, si el dinero con el cual podían asistirlos se ofrendaba al templo; otra falta al amor de Dios y al prójimo se da cuando se enojan con Jesús cuando cura la mano al paralítico en sábado, ya que según ellos, no podía hacerse ningún trabajo manual ese día.
         Con estas prescripciones humanas los fariseos ocultan la verdadera Ley de Dios, la Ley de Moisés, que prescribía la caridad ya desde el primer Mandamiento; lo que hacen los fariseos entonces es detenerse en la observancia y cumplimiento de lo superficial y accesorio, olvidando la esencia de la religión, la caridad.
         Otras cosas que los fariseos “hacen” para que los “vean”, es agrandar las filacterias, ocupar los primeros asientos de las sinagogas, además de buscar ser saludados y reconocidos públicamente, y ser llamados “maestros”, todo lo cual es opuesto al espíritu de humildad, tanto de la Ley mosaica como de la Ley Nueva de la caridad de Cristo Jesús.
Jesús se enfrenta con los fariseos porque el fariseísmo es a la religión lo que el cáncer al cuerpo: así como las células cancerígenas se comportan de un modo maligno y dañino y terminan por destruir el cuerpo que las engendró, así el fariseísmo, maligno y dañino en sí mismo, termina destruyendo la religión, al mostrar una imagen falsa de la religión, de Dios y de la Iglesia.
“No sean como los fariseos, que no hacen lo que dicen”. La advertencia de Jesús nos cabe a nosotros, porque también podemos ser fariseos; también nosotros podemos “decir” pero “no hacer”, y somos fariseos cada vez que no somos santos por negligencia, por no dejar crecer la gracia al endurecer el corazón hacia el prójimo, por hacer oídos sordos al Llamado del Dios del Amor, que desde la Cruz nos dice: “Ama a tus enemigos; perdona setenta veces siete; no juzgues; no condenes; obra la misericordia”.
Somos fariseos cada vez que negligentemente damos vuelta el rostro al prójimo que sufre; somos fariseos cada vez que nos decimos “cristianos”, seguidores de Cristo, el Dios del Amor, pero nos comportamos como seguidores del Ángel caído.
Por esto motivo, Jesús nos advierte: “No sean fariseos, que dicen ser cristianos pero hacen obras de demonios. Hagan lo que Yo les digo desde la Cruz: vivan, de palabra y de obra, el mandamiento más importante de todos: amar a Dios y al prójimo como a uno mismo”.
        



[1] La legislación farisaica comprendía reglas de pureza para casi todos los aspectos de la vida cotidiana, y es así que poseían reglas para alimentos, vasijas para líquidos y alimentos, para cadáveres y tumbas, para el culto del templo, para el diezmo, tributos y derechos sacerdotales, y habían legislado también acerca de la observancia del sábado, las fiestas, el matrimonio y el divorcio.

martes, 22 de enero de 2013

Los miró indignado y apenado por la dureza de sus corazones



“Los miró indignado y apenado por la dureza de sus corazones” (cfr. Mc 3, 1-6). Indignación y pena son los sentimientos que surgen en el Sagrado Corazón de Jesús al comprobar la dureza de corazón de quienes se dicen ser religiosos, los fariseos, quienes en vez de alegrarse porque Jesús cura a los enfermos, están preocupados por la falta legal que supone que lo haga en día sábado, el día prescripto por la ley de Moisés para dar culto a Dios, motivo por el cual los fariseos impedían todo tipo de trabajo. Debido a que la curación suponía una especie de trabajo, los fariseos se escandalizan falsamente ante la posibilidad de la transgresión de la ley por parte de Jesús, y lo observan atentamente, con el fin de ser testigos oculares de la transgresión y así poder acusarlo.
Es esta actitud la que hace surgir la indignación y la pena en el Corazón de Jesús: Dios en Persona se ha encarnado; el Amor de Dios se manifiesta visiblemente en la Persona divina de Jesús de Nazareth, obrando milagros de todo tipo para aliviar los dolores de los hombres; la Misericordia Divina se materializa en la Persona de Jesús para que los hombres reciban el Amor infinito y eterno de Dios y los fariseos, en vez de alegrarse y dar gracias a Dios por tanto amor, se fastidian, se erigen a sí mismos en falsos preceptores de la verdadera religión, y con un celo hipócrita, fingen preocuparse por un precepto humano.
Los fariseos, a causa de su soberbia y orgullo, desaprovechan la ocasión para vivir el mandamiento principal de la religión, “Amar a Dios y al prójimo”, que sería lo que harían si se alegraran con la curación que Jesús, Dios Hijo encarnado, obra con el paralítico: si fueran verdaderamente religiosos, ese milagro debería ser ocasión de vivir en plenitud el mandamiento del amor, alegrándose y amando doblemente: alegrándose por Dios y amándolo, porque se ha dignado encarnarse y venir a este “valle de lágrimas” para curar nuestras dolencias y para donarnos su Amor, y alegrándose por el prójimo y amándolo, al ver que su sufrimiento ha desaparecido por la intervención personal de Dios Hijo, que le ha curado su mal. Sin embargo, la soberbia que endurece sus corazones, les hace odioso el primer mandamiento y así, en vez de alegrarse y amar por partida doble, odian y se amargan por partida doble: odian a Dios, y la prueba está en que quieren acusarlo si hace un milagro, y odian al prójimo, y la prueba está en que si fuera por ellos, impedirían al mismo Dios que obre la curación, demostrando así por partida doble su cinismo y falsedad: hacia Dios y hacia el prójimo. El fariseo pervierte y retuerce el mandato de la caridad, porque su corazón está pervertido y retorcido, y por eso no solo es incapaz de vivir el mandato del amor, sino que vive permanentemente en el odio a Dios y al prójimo. En consecuencia, el fariseo se indigna cuando se honra a Dios –por ejemplo, cuando se usa incienso en la Santa Misa-, o cuando se tiene compasión del prójimo –advirtiéndole del peligro espiritual que significa el demonio-.
Con la impiedad hacia Dios y la ausencia de caridad hacia el prójimo, dejan al descubierto su hipocresía, amargo fruto de sus corazones endurecidos, al tiempo que quedan desenmascarados ante Dios y ante los hombres, porque exteriormente pasan por religiosos y devotos de Dios, pero cuando ese Dios se les manifiesta en Persona, no solo lo desconocen, sino que tienen la osadía de acusarlo, “culpándolo” de manifestar su Amor. Esta es la razón por la cual el fariseísmo es a la religión lo que el cáncer al cuerpo, porque daña a la religión desde adentro, desde su corazón, deformándola y presentando al mundo una visión distorsionada y falsa de lo que es en sí el servicio de Dios y el amor al prójimo. 
“Los miró indignado y apenado por la dureza de sus corazones”. No estamos exentos de ser fariseos, y por lo tanto no estamos exentos de recibir la misma mirada de indignación de parte de Jesús, y de ser la causa de la pena de su Corazón. Para saber cuál es el “grado” de nuestro fariseísmo, sólo tenemos que reflexionar acerca de cómo vivimos el mandamiento de la caridad, “Amar a Dios y al prójimo como a uno mismo”.