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lunes, 10 de abril de 2023

Miércoles de la Octava de Pascua

 



Dos de los discípulos de Jesús, el mismo día de la Resurrección, se dirigen a Emaús, a poca distancia de Jerusalén. Mientras caminan, hablan sobre lo sucedido el Viernes Santo y se lamentan por la muerte de Jesús, quien les sale al paso y los saluda. Ellos, al igual que María Magdalena y la totalidad de los discípulos a los cuales Jesús se les aparece luego de resucitar, no lo reconocen, porque les falta la luz de la gracia y la luz de la fe en las palabras de Jesús. Si María Magdalena lo confunde con el jardinero, los discípulos de Emaús lo confunden con un extranjero, uno más entre tantos.

Jesús les pregunta acerca de qué hablan y ellos le comentan lo sucedido el Jueves y el Viernes Santo, mostrándose al mismo tiempo apesadumbrados y descreídos acerca de la fe en las palabras de Jesús, que había dicho que iba a resucitar y ellos no lo han visto a Jesús resucitado. Jesús les reprocha su dureza de entendimiento, puesto que demuestran una total falta de fe y de comprensión de las Escrituras, que hablan de la resurrección del Mesías, tratándolos incluso de "necios" y de "torpes" para comprender las Escrituras.

Cuando los discípulos de Emaús se desvían para dirigirse a Emaús, Jesús hace el ademán de seguir adelante, por lo que los discípulos le piden que se quede con ellos, porque ya se hace de noche.

Jesús los complace y se queda con ellos. Más tarde, en el momento de la cena -muchos dicen que se trata de una misa-, Jesús parte el pan y es en ese momento en el que los discípulos de Emaús lo reconocen, pero apenas se dan cuenta de que es Jesús, Él desaparece. Los discípulos se preguntan entre sí acerca de lo que experimentaron al estar cerca de Jesús y es el ardor del corazón.

Este episodio nos demuestra, por un lado, la falta de fe de los discípulos de Emaús, tanto en las Escrituras, como en las palabras de Jesús, porque están apesadumbrados al pensar que Jesús no ha resucitado. Nos muestra también la necesidad de la gracia y de la fe para poder reconocer a Jesús resucitado, porque los discípulos no lo reconocen, a pesar de que ellos lo conocían en su vida terrena; lo reconocen solo después de la partición del pan, cuando Jesús sopla sobre ellos el Espíritu Santo iluminando sus mentes y corazones, para reconocer a Jesús en la Eucaristía. El ardor en el corazón que ellos experimentan, es el ardor que provoca la Presencia del Divino Amor, el Espíritu Santo, en los corazones de los discípulos de Jesús.

También nosotros somos como los discípulos de Emaús, porque a pesar de que aparentemente lo conocemos, cuando se nos presenta una tribulación, nos sentimos abrumados por la situación difícil que podemos estar pasando, olvidándonos de la Resurrección de Jesús, olvidándonos que Jesús está resucitado, vivo, glorioso, presente en Persona en la Eucaristía. No seamos necios y tardos de entendimiento, acudamos a Jesús Eucaristía, para que se quede con nosotros todos los días de nuestra vida terrena que nos queda, porque el día se acaba y ya comienza la oscura y siniestra noche. 

 

viernes, 2 de abril de 2021

Miércoles de la Octava de Pascua

 



(Ciclo B – 2021)

         “Lo reconocieron al partir el pan” (Lc 24, 13-35). Los discípulos de Emaús, que se alejan de Jerusalén, se encuentran con Jesús resucitado, quien les sale al paso, pero a pesar de ser discípulos de Jesús, a pesar de haber contemplado sus milagros, a pesar de haber recibido sus enseñanzas divinas, no lo reconocen y lo confunden con un forastero. Solo después que Jesús fraccione el pan –muchos afirman que esta fracción del pan se da en el transcurso de una misa que Jesús estaba celebrando-, solo entonces los discípulos dejarán de tratar a Jesús como a un forastero y lo reconocerán como quien es, Dios Hijo encarnado.

Una pregunta que surge es: ¿por qué razón los discípulos de Emaús no reconocen a Jesús resucitado, siendo que ellos eran, precisamente, discípulos de Jesús y por eso tenían un conocimiento mucho más cercano de Jesús? La respuesta es que no lo reconocen porque la fe de los discípulos de Emaús es una fe puramente humana, una fe que se basa en el testimonio de los sentidos, de la inteligencia y de la memoria. No es, de modo absoluta, una fe sobrenatural, una fe que los haga partícipes de la gracia, la cual comunica al alma la luz de la sabiduría divina y permite contemplar los misterios de la vida de Jesús y a Jesús mismo ya no desde una perspectiva simplemente humana, sino al modo divino. En otras palabras, es la gracia la que convierte a la fe humana en una fe sobrenatural, una fe que es capaz de contemplar a Jesús y conocerlo tal como lo conoce Dios; una fe que permite ver a la divinidad de Jesús oculta en su naturaleza humana; una fe que capacita al alma para contemplar en Jesús no a un hombre santo, sino a Dios Tres veces Santo; una fe que permite ver a Jesús como lo que es, la Segunda Persona de la Trinidad encarnada en una naturaleza humana, la naturaleza humana de Jesús de Nazareth.

         “Lo reconocieron al partir el pan”. Como a los discípulos de Emaús, les sucede a muchos católicos que miran la Eucaristía con una mirada exclusivamente humana, es decir, creen que la Eucaristía es lo que aparenta ser a los ojos corporales: un poco de pan que ha sido bendecido en una ceremonia religiosa. Como a los discípulos de Emaús, les pasa a muchos católicos, que no tienen fe sobrenatural en la Eucaristía y por eso no reconocen a Jesucristo, el Hombre-Dios, oculto en la apariencia de pan y piensan que la Eucaristía no es más que un poco de pan. La fe de estos católicos es la fe de un protestante, o de un musulmán, o de un judío, pero en modo alguno es la verdadera fe católica en la Eucaristía. Solo si Jesucristo nos concede la gracia de la verdadera fe católica, solo entonces, podremos reconocerlo en la fracción del pan, es decir, solo entonces podremos reconocer, en la Eucaristía, no a un pan bendecido, sino al Hijo de Dios encarnado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía.

domingo, 12 de abril de 2020

Miércoles de la Octava de Pascua



(Ciclo A – 2020)

         “Lo reconocieron al partir el pan” (Lc 24, 13-32). En la aparición de Jesús resucitado a los discípulos de Emaús, hay características que se repiten cuando se la compara con la aparición a María Magdalena: en ambos casos, los discípulos de Jesús se muestran abatidos emocionalmente -los discípulos “entristecidos”, en tanto que María Magdalena además “llorando”- y con la fe en las palabras de Jesús acerca de que habría de resucitar al tercer día, quebrantada, vacilante, dubitativa o incluso inexistente. De manera similar a María Magdalena, los discípulos de Emaús se han quedado en el dolor del Viernes Santo y en la soledad del Sábado Santo y esto les ha impedido trascender hacia la sobrenatural alegría del Domingo de Resurrección. Los discípulos de Emaús, como María Magdalena, están tan ensimismados en su dolor, que no al igual que ella, no lo reconocen, a pesar de conocerlo y a pesar de que Jesús está frente a ellos.
        La falta de fe es lo que lleva a Jesús a reprocharles: “¡Oh hombres sin inteligencia, tardos de corazón para creer todo lo que han dicho los profetas! ¿No era necesario que el Cristo sufriese para entrar en su gloria?”.
          La tristeza de los discípulos de Emaús se debe a que no solo se han quedado en el dolor del Viernes Santo, sino que no han sabido ver ese dolor a la luz del misterio pascual de Cristo, un dolor que es redentor y salvífico. Sin el Domingo de Resurrección, la Crucifixión del Viernes Santo deja al alma inmersa en un vacío de fe y de trascendencia en el Reino de Dios, tal como les sucede a los discípulos de Emaús.
          “Lo reconocieron al partir el pan”. Ahora bien, esta situación cambia radicalmente en el transcurso de lo que algunos consideran que se trata de la Santa Misa y es cuando Jesús “parte el pan”: en ese momento, desde la Eucaristía, Jesús infunde sobre los discípulos de Emaús su Espíritu, el Espíritu Santo, que ilumina sus almas y les permite reconocerlo como quien Es, como el Hombre-Dios, que luego del dolor del Viernes Santo y de la soledad y tristeza del Sábado Santo, resucitó “al tercer día”, tal como lo había profetizado.
          Si nos sucede que nuestra fe en Cristo muerto y resucitado está debilitada o incluso es inexistente, como los discípulos de Emaús, acudamos entonces a la Santa Misa, para que Jesús, en la fracción del Pan de Vida eterna, la Sagrada Eucaristía, nos infunda el Espíritu Santo y así el Paráclito nos ilumine acerca de la Presencia en la Eucaristía de Jesús, muerto y resucitado para nuestra salvación.
        


lunes, 22 de abril de 2019

Miércoles de la Octava de Pascua



(Ciclo C – 2019)

          “Lo reconocieron al partir el pan” (Lc 24,13-35). Jesús resucitado se les aparece a los discípulos de Emaús, pero estos, al igual que sucedió con María Magdalena, que no reconoció a Jesús resucitado, tampoco lo reconocen. ¿Cuál es el motivo por el cual no lo reconocen? Jesús lo dice y es la misma razón por la cual los otros discípulos tampoco lo reconocen en un primer momento: falta de fe en su palabra de que habría de resucitar. Jesús lo dice: “¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?”. No es indistinto creer o no creer en la palabra de Jesús y en Jesús resucitado: mientras no creen, los discípulos de Emaús se muestran “tristes”, porque permanecen en el dolor del Viernes Santo y el llanto y la soledad del Sábado Santo. Como al resto de los discípulos, la fe se detiene allí y no trasciende hasta el Domingo de Resurrección. De ahí el “semblante triste” y la desazón que experimentan. Ahora bien, los discípulos de Emaús sí terminarán reconociendo a Jesús y, por lo tanto, creyendo en su resurrección, aunque las circunstancias serán distintas a las de los otros discípulos. Con las santas mujeres, por ejemplo, fueron los ángeles los que sirvieron de intermediarios para que recibieran la gracia de reconocer a Cristo; en el caso de María Magdalena, fue Jesús en persona quien, en el transcurso de la conversación, le concede la gracia de reconocerlo. En el caso de Emaús, el momento en el que lo reconocerán, es distinto: según el Evangelio, lo reconocieron cuando Jesús hace una acción particular, la de “partir el pan: “lo reconocieron al partir el pan”. ¿De qué se trata esta acción de partir el pan? Muchos autores afirman que se trata de la fracción del pan, tal como se realiza en la Misa, pues los discípulos -siempre según estos autores- no estarían en una cena, sino que estarían asistiendo a una Misa celebrada por Jesús: es decir, los discípulos de Emaús no habrían reconocido a Jesús en el transcurso de una cena común y corriente, sino durante la celebración de una Santa Misa, en el momento en que Jesús realiza una acción litúrgica, la de fraccionar la Eucaristía ya consagrada. Según Santo Tomás, esta acción de Jesús -que la repite el sacerdote ministerial en cada Santa Misa-, la de fraccionar el pan y dejar caer una partícula en el cáliz consagrado, simboliza precisamente la resurrección: el Pan fraccionado, que es el Cuerpo de Jesús, se reúne con el Vino del cáliz, que es la Sangre de Jesús. Esta acción litúrgica, por la cual una fracción de la Eucaristía se hecha en el cáliz, simboliza la unión del Cuerpo y el Alma de Jesús, tal como aconteció en la resurrección. Esto significaría entonces que el momento en el que los discípulos reciben la gracia iluminativa que les permite reconocer a Jesús resucitado, es el momento de la fracción del pan: allí se produciría, de parte de Jesús, una efusión del Espíritu, quien sería el que ilumina a los discípulos de Jesús y les concede la gracia de reconocerlo como resucitado.
“Lo reconocieron al partir el pan”. Cuando el sacerdote ministerial parte el pan, es decir, realiza la misma acción litúrgica que realizó Jesús con los discípulos de Emaús, ¿reconocemos a Jesús en la fracción del Pan eucarístico? ¿Nos damos cuenta de que el sacerdote no realiza un mero gesto vacío, sino que nos está diciendo, con ese gesto, que el Alma de Jesús se reunió con su Cuerpo -y ambos a la Divinidad- en la resurrección y por eso Jesús está vivo y resucitado? Cuando el sacerdote parte el Pan eucarístico, ¿reconocemos a Jesús resucitado en la Eucaristía? ¿O, por el contrario, vemos en la fracción del pan una acción sin relación con la resurrección y continuamos, más que con el semblante triste, como si Jesús no hubiera resucitado? En la fracción del Pan eucarístico, Jesús efunde el Espíritu, para que el alma lo reconozca, vivo y resucitado, en la Eucaristía. Por eso mismo y aunque no experimentemos el ardor del corazón, como les sucedió a los discípulos de Emaús, sí tenemos para dar más que suficientes “razones de nuestra fe” en Jesús, vivo, resucitado y glorioso, Presente en Persona en la Eucaristía.

miércoles, 19 de abril de 2017

Miércoles de la Octava de Pascua


(Ciclo A – 2017)

         “Algo impedía que sus ojos lo reconocieran” (Lc 24, 13-35). Jesús resucitado se aparece a los discípulos de Emaús mientras van de camino pero estos, al igual que María Magdalena en un primer momento, no lo reconocen. Así como María Magdalena lo confundió con el encargado del huerto, así ellos lo confunden con un forastero, es decir, lo consideran un desconocido. Aunque Jesús camina y habla con ellos, y aunque ellos eran discípulos de Jesús, es decir, habían sido testigos de sus milagros, habían escuchado sus enseñanzas, habían compartido con Él sus recorridos por los caminos de Palestina, ahora parecen no conocerlo y la razón es que hay “algo” que les impide ese reconocimiento: “algo impedía que sus ojos lo reconocieran”. Pero también, al igual que María Magdalena, luego de que Jesús les infunda su Espíritu para iluminar sus mentes y encender sus corazones en el Amor de Dios, los discípulos de Emaús serán capaces de reconocerlo. ¿Qué es ese “algo” que cubre sus ojos y les impide reconocerlo? Lo mismo que le impedía a María Magdalena reconocerlo en el Huerto: su propia razón y la ausencia de la gracia. La razón humana es completamente incapaz de penetrar en el misterio de Jesús, el Hombre-Dios, porque no puede conocer, si no es por revelación divina, que Dios es Uno y Trino y que la Segunda Persona de la Trinidad es la que se encarnó en Jesús y esa es la razón por la cual, tanto los discípulos, como María Magdalena, no reconocen a Jesús resucitado y lo tratan como a un desconocido. En el caso de los discípulos de Emaús, Jesús infundirá su Espíritu en el transcurso de la cena –algunos autores dicen que era la Santa Misa-, en el momento de partir el pan: es ahí cuando los discípulos saben, con un conocimiento sobrenatural, quién es Jesús y que Jesús ha resucitado, al tiempo que también comienzan a amarlo con un amor sobrenatural: “¿No ardían nuestros corazones cuando nos explicaba las Escrituras?”.

         “Algo impedía que sus ojos lo reconocieran”. Muchos católicos se comportan como los discípulos de Emaús: Jesús está con nosotros, con su Iglesia, todos los días, y lo estará “hasta el fin del mundo” en la Eucaristía, pero muchos lo tratan, en su Presencia Eucarística, como si no lo conocieran, como si fuera un extraño, un forastero, un desconocido. En la Santa Misa, Jesús hace lo mismo que con los discípulos de Emaús, parte para nosotros el pan, por medio del sacerdote ministerial, pero todavía demuestra un amor infinitamente más grande para con nosotros, porque se nos entrega, en Persona, en el Pan Vivo bajado del cielo, la Eucaristía. A ese Jesús Eucarístico, que se nos dona en la Eucaristía, le pidamos que ilumine nuestras inteligencias, para que seamos capaces de reconocerlo en el Santísimo Sacramento del altar, y que nos infunda su Espíritu, para que, al igual que los discípulos de Emaús, nuestros corazones se enciendan y ardan en el Amor de Dios.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Miércoles de la Octava de Pascua


         “Lo reconocieron al partir el pan” (Lc 24, 13-35). Tal como sucede con los otros discípulos, también los discípulos de Emaús se caracterizan por pasar, de un estado anímico y espiritual de tristeza, pesimismo y falta de fe antes del encuentro personal con Jesús resucitado, a un estado anímico y espiritual de fervor y alegría luego de reconocerlo glorioso y vivo. A pesar de que Jesús les sale al encuentro, camina y habla con ellos, los discípulos de Emaús no lo reconocen, porque “algo” impide que lo reconozcan: “Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. 
Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran”. Aún más, tratan a Jesús como “forastero” y además lo tildan, indirectamente, de “ignorante”, porque “no sabe” qué es lo que ha pasado con Jesús, “un profeta poderoso en obras y en palabras”: “"¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días! (acerca de) Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras”. Mientras los discípulos intercambian estas primeras palabras con Jesús, se encuentran, además de faltos de fe, apesadumbrados, “con el semblante triste”, dice el Evangelio. Sin embargo, todo esto desaparece cuando, en medio de la cena, Jesús parte el pan y al hacerlo, infunde el Espíritu Santo sobre ellos, y es el Espíritu Santo quien, con su luz divina, ilumina las tinieblas de las mentes y los corazones de los discípulos de Emaús, permitiéndoles reconocer a Jesús: “Lo reconocieron al partir el pan”. Su estado anímico y espiritual cambia entonces radicalmente, pasando de la tristeza, el abatimiento y la falta de fe, al pensar que Jesús estaba muerto, a la alegría, el entusiasmo y el ardor en el Amor de Dios en sus corazones: “¿No ardían acaso nuestros corazones mientras nos hablaba por el camino?”.
“¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?”. También a nosotros nos cabe el reproche de Jesús a los discípulos de Emaús, porque nos sucede, muchas veces, lo mismo que a ellos: andamos tristes y abatidos en la vida, por la falta de fe en Jesús resucitado, que no solo ha resucitado, sino que está vivo y glorioso en la Eucaristía. Jesús camina con nosotros en esta vida terrena; está en el sagrario, para escuchar nuestros pedidos, aunque también para que le agradezcamos, lo alabemos y lo adoremos en su Presencia Eucarística y, sin embargo, no lo hacemos, porque también nosotros, como los discípulos de Emaús, somos “duros de entendimiento” y no aceptamos la cruz –los “sufrimientos” del Mesías- necesarios para “entrar en la gloria”, en el Reino de los cielos. Y esto, a pesar de que Jesús se muestra para con nosotros con un amor de predilección incluso más grande que el que demostró para con los discípulos de Emaús, porque con ellos se quedó sólo después de que se lo pidieran: “Quédate con nosotros”, le dicen, y recién entonces Jesús se quedó con ellos, porque pretendía seguir su camino: “Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante”; en cambio, para nosotros, antes de que le pidamos que se quede, Él ya está con nosotros, en el sagrario, en la Eucaristía, para escuchar, para darnos su alegría, su fortaleza y su amor, para que seamos capaces de llevar la cruz de cada día, participando de sus sufrimientos, preparándonos así para entrar en su gloria, en el Reino de los cielos. Por eso, junto con los discípulos de Emaús, que le pidieron que se quedara con ellos, también nosotros decimos: “Quédate con nosotros, Jesús, Tú que estás en la Eucaristía; quédate en el sagrario, en la custodia, y nunca te vayas de nuestros corazones; quédate con nosotros, que ya anochece y esta vida se pasa; quédate con nosotros, en medio de tu Iglesia, en la Eucaristía, para que nosotros podamos luego estar Contigo, en el Reino de Dios, en la vida eterna”.
        

         

miércoles, 8 de abril de 2015

Miércoles de la Octava de Pascua


(2015)

        “Lo reconocieron al partir el pan” (Lc 24, 13-35). Los discípulos de Emaús se encuentran con Jesús resucitado. Al igual que sucede con otros discípulos, no reconocen a Jesús en un primer momento y, aunque conversan y caminan con Él, lo tratan como a un desconocido, como a un extranjero. Esto último es muy llamativo, puesto que, habiendo sido discípulos de Jesús en su vida terrena, lo ven ahora, resucitado, cara a cara, pero no lo reconocen, tratándolo como “forastero”: “¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!”. Es decir, al igual que María Magdalena y otros discípulos a los que se les aparece Jesús resucitado, los discípulos de Emaús confunden a Jesús, en este caso, con un “forastero”, un extranjero. No se dice qué es, pero “algo” les impide reconocer a Jesús: “algo impedía que sus ojos lo reconocieran”. Ahora bien, sea lo que sea lo que les impedía reconocer a Jesús, es retirado de en medio en el momento en el que Jesús, sentado a la mesa con ellos, “parte el pan”: “Y estando a la mesa tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron”. Paralelamente, el reconocimiento de Jesús, por parte de la inteligencia iluminada por la gracia, va acompañado de un encenderse los corazones en el Amor de Dios, el cual es experimentado como un ardor en sus pechos: “¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”. La fracción del pan, la acción sacramental de Jesús, representa para los discípulos el fin de sus tinieblas espirituales, puesto que, a partir de ese momento, reconocen a Jesús resucitado, y esto se debe a que, en ese momento, en la fracción del pan, Jesús sopla sobre ellos el Espíritu Santo, que es quien les concede la iluminación sobrenatural de sus inteligencias y les incendia sus corazones en el fuego del Divino Amor.
“Lo reconocieron al partir el pan”. Hasta entonces, los discípulos de Emaús no solo no reconocen a Jesús, sino que lo tratan de “forastero” y de “forastero ignorante”, y esto tiene una fuerte connotación: un forastero es, por esencia, ignorante: es ignorante de la costumbre y de la historia del lugar, y por lo tanto, no tiene nada que aportar a los que sí saben, así se lo hacen saber y sentir los discípulos de Emaús: “¿Eres el único forastero que ignora lo sucedido?” Le están diciendo: “forastero” e “ignorante”, y además de eso, imponen su propia versión de la historia, que es una versión en la cual dudan de la resurrección de Jesús y del testimonio de las mujeres que han visto a Jesús resucitado, con lo cual, paradójicamente, presentan una versión ignorante de la Resurrección. Recién hacia el final del episodio, con la luz de la gracia concedida por Jesús, los discípulos podrán salir de sus tinieblas y reconocer a Jesús.
También nosotros nos comportamos, la mayoría de las veces, como los discípulos de Emaús, porque tratamos a Jesús, el Hijo de Dios encarnado, como a un “forastero”, como a un “extranjero”, y por lo tanto, como en el caso de los discípulos, pensamos que Jesús no tiene nada para aportarnos en nuestra vida personal, desde el momento en que sus enseñanzas no nos sirven para aprender a ganar el cielo; lo tratamos como “extranjero”, cuando no cumplimos sus Mandamientos, los Mandamientos de Jesús, que son los Mandamientos de Dios; lo tratamos como un “extranjero” y le decimos “forastero ignorante”, cuando queremos vivir como nos parece, siguiendo nuestra propia voluntad y nuestro propio parecer y nuestro propio camino, olvidándonos a cada momento de Él y de su Pasión, sufrida por nuestro amor y para nuestra salvación, y esto hacemos cuando pensamos que esta vida puede ser vivida tranquilamente sin su Presencia, sin su gracia, sin su Espíritu, y haciendo así, vamos por el mundo “con el semblante triste” y sombrío, como los discípulos de Emaús, porque no hemos entendido que Jesús ha resucitado para hacernos partícipes de su Pascua, su “paso” de “este mundo al Padre”, por medio de su cruz”; olvidándonos de Jesús, como los discípulos de Emaús, perdemos de vista la vida eterna y la eterna bienaventuranza en el Reino de los cielos, viviendo en esta vida como si esta vida fuera para siempre y como si no fuera a terminar en algún momento, como si no fuéramos a “ser juzgados en el Amor, en el atardecer de nuestras vidas”, como si no tuviéramos que rendir cuentas de nuestras acciones, buenas y malas, en el juicio particular primero y en el Día del Juicio Final después.
“Lo reconocieron al partir el pan”. Sin embargo, si nosotros tratamos a Jesús como a un “forastero ignorante”, Jesús, en cambio, nos trata como a amigos, como en la Última Cena: “Ya no os llamo siervos, sino amigos”, y nos da su Amor, como a los discípulos de Emaús, partiéndonos para nosotros el Pan y lo hace en cada Santa Misa, pero a nosotros nos trata con un amor infinitamente más grande que a ellos, porque si a ellos les dio la gracia de reconocerlo, para desaparecer al instante, a nosotros en cambio, en cada Santa Misa, se nos da en el Pan Eucarístico, para comunicarnos desde allí la infinita plenitud del Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, para quedarse con nosotros, en nosotros, en nuestros corazones. Por eso, junto a los discípulos de Emaús le decimos a Jesús Eucaristía: “Quédate en nosotros por la comunión eucarística, Jesús, y no te vayas, porque la noche de esta vida se hace larga y demasiado oscura; quédate en nosotros, porque ya es tarde y el día de esta vida terrena se acaba y comienza la vida eterna; quédate en nosotros, camina con nosotros por el resto del camino de nuestras vidas y condúcenos, por tu Pascua, tu paso, de esta vida, a la vida eterna, al Reino de los cielos, el seno del Eterno Padre”. 

martes, 2 de abril de 2013

Miércoles de la Octava de Pascua



         “Lo reconocieron al partir el pan” (Lc 24, 13-32). Jesús resucitado se aparece a los discípulos de Emaús. Éstos, al igual que María Magdalena, muestran claras señales de una fe inexistente, quebrantada o adulterada en las palabras de Jesús: se encuentran tristes, “con los rostros entristecidos”; van camino de Emaús, un pueblito ubicado a unos diez kilómetros al Oeste de Jerusalén, en dirección contraria a Galilea, donde había dicho Jesús que iba a aparecerse, señal de que no dan crédito a sus palabras; no reconocen a Jesús que camina al lado de ellos, pues sus ojos “estaban deslumbrados”, “nublados”. Al igual que María Magdalena, están anclados en los duros sucesos del Viernes Santo: ha sido tal la conmoción de ver a Jesús muerto en la Cruz, que sus mentes y corazones han quedado petrificados en el Viernes Santo. Como María Magdalena, aman a Jesús, porque vienen hablando de Él en el camino, pero también al igual que ella, no dan crédito a las palabras de Jesús de que habría de resucitar y, todavía más, no creen en el testimonio de las santas mujeres acerca de los ángeles y el sepulcro vacío.
         Esta falta de fe es lo que lleva a Jesús a reprocharles: “¡Oh hombres sin inteligencia, tardos de corazón para creer todo lo que han dicho los profetas! ¿No era necesario que el Cristo sufriese para entrar en su gloria?”.
         Claramente, los discípulos de Emaús rechazan la Cruz y en esto consiste su fe inexistente, quebrantada o adulterada: no es que no crean en Jesús, porque lo recuerdan como “profeta poderoso en obras y palabras”, sino que lo que no aceptan de Jesús es la Cruz, que implica sufrimiento, humillación, dolor y muerte. Ésta es la razón por la que Jesús en Persona les recuerda: “¿No era necesario que el Cristo sufriese para entrar en su gloria?”. Los discípulos de Emaús rechazan la Cruz de Cristo; quieren un Cristo victorioso: “el que habría de liberar a Israel”, pero sin Cruz, sin sufrimiento, sin sacrificio.
         El rechazo de la Cruz adultera, ensombrece, opaca, la visión de fe y así el alma se vuelve incapaz de reconocer a Cristo resucitado.
         “Quédate con nosotros, porque el día declina”, le piden a Jesús y luego, en la fracción del pan, son iluminados por el Espíritu Santo y se vuelven así capaces de reconocer a Jesús. Allí se dan cuenta cómo les “ardía el corazón” cuando les hablaba de las Escrituras.
         También a nosotros nos puede pasar que nuestra fe se debilite e incluso se adultere y opaque, y esto sucede cada vez que negamos la Cruz, cada vez que rechazamos la Cruz, cada vez que pretendemos que esta vida terrena es para siempre. También nosotros somos como los discípulos de Emaús, “hombres sin inteligencia y tardos de corazón”, cada vez que pretendemos la gloria de Cristo resucitado pero sin el Cristo sufriente del Viernes Santo; cada vez que pretendemos milagros, pero sin llevar la Cruz de cada día; cada vez que queremos vivir como resucitados, pero sin ser crucificados.
         Pero también a nosotros, como a los discípulos de Emaús, Jesús nos acompaña, no un corto trayecto de diez kilómetros, sino a lo largo de toda nuestra vida terrena y, antes de que se lo pidamos, Él “se queda con nosotros porque el día oscurece”, es decir, porque esta vida se pasa y viene la noche de la muerte corporal, noche que conduce a la otra vida, a la vida eterna, la vida de la eterna alegría en la contemplación de Dios Uno y Trino.
         Como a los discípulos de Emaús, también a nosotros nos dona su Espíritu para que lo reconozcamos en la fracción del pan, la Eucaristía.