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sábado, 9 de marzo de 2024

“Es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todo el que cree en Él, tenga vida eterna”


 


(Domingo IV - TC - Ciclo B – 2024)

         “Es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todo el que cree en Él, tenga vida eterna” (Jn 3, 14-21). Jesús recuerda el episodio del Pueblo Elegido en el desierto, cuando fueron atacados por serpientes venenosas y, por indicación divina, Moisés construyó una serpiente de bronce y la levantó en alto, de modo que todo el que la miraba, quedaba curado de la mordedura venenosa de las serpientes. Este episodio de Moisés y del Pueblo Elegido, en el que el Pueblo Elegido es atacado por serpientes venenosas en su peregrinación hacia la Tierra Prometida, es figura y anticipación de la crucifixión de Jesús y esa es la razón por la que Jesús trae a colación el hecho. Para entender la analogía, debemos reflexionar sobre el episodio de Moisés y las serpientes en el desierto: las serpientes son los demonios, los que peregrinan en el desierto somos los integrantes del Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica; el desierto es esta vida terrena, es el tiempo y el espacio de la historia humana, que desemboca en final del vértice espacio-tiempo, en la convergencia del espacio-tiempo, en la eternidad divina; la Jerusalén terrena  a la que se dirige el Pueblo Elegido en su peregrinar por el desierto es imagen de la Jerusalén celestial a la que nos dirigimos nosotros, el Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica, la Jerusalén del Cielo, cuya Lámpara es el Cordero de Dios; el veneno de las serpientes es el pecado mortal; las mordeduras de las serpientes son las tentaciones demoníacas; la serpiente de bronce que Moisés eleva y que sana milagrosamente a quien la ve, es representación de Jesús crucificado, quien desde la Cruz da la vida eterna a quien arrodillado ante la Santa Cruz lo contempla con fe, con amor y devoción, recibiendo de Él la Vida divina, la Vida de la Gracia, la Vida Eterna, que se comunica por la Sangre que brota de sus heridas abiertas en manos y pies por los clavos y de las heridas de su Costado traspasado por la lanza del soldado romano.

         Así como los miembros del Pueblo Elegido, por un milagro divino, eran curados de las mordeduras de las serpientes venenosas por la serpiente de bronce que elevaba Moisés en lo alto, así, de manera análoga, es desde la cruz de donde el alma obtiene la vida divina, la vida eterna, el perdón de los pecados y la santificación del alma, por medio de la Gracia Santificante que brota junto con la Sangre de Jesús crucificado, elevado en lo alto en el Santo Sacrificio del Calvario y es por esto que debemos postrarnos ante Jesús crucificado, cuando sintamos el ardor de las pasiones y la acechanza o incluso la mordedura de las serpientes, los ángeles caídos, los demonios.

“Es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todo el que cree en Él, tenga vida eterna”. Quien se arrodilla ante Jesús crucificado con un corazón contrito y humillado, obtienen de Él su Gracia, que se derrama sobre su alma a través de la Sangre Preciosísima del Cordero que se derrama desde sus heridas abiertas y sangrantes. Pero Jesús, además de estar en la Cruz, se encuentra también en la Eucaristía y en la Eucaristía está en Persona y es por esta razón que, quien contempla a Jesús Eucaristía, recibe también de su Sagrado Corazón Eucarístico la vida divina, la vida eterna, la vida de su Sagrado Corazón Eucarístico, la vida misma de la Santísima Trinidad. Adoremos a Jesús, tanto en la Cruz como en la Eucaristía y así no solo seremos curados de las tentaciones y protegidos de las acechanzas del demonio, sino que ante todo obtendremos la vida eterna, la vida de Dios Uno y Trino, la Vida divina, eterna y gloriosa del Cordero de Dios, Cristo Jesús en la Eucaristía.


martes, 24 de octubre de 2023

“Estén preparados, porque a la hora menos pensada vendrá el Hijo del hombre”

 


“Estén preparados, porque a la hora menos pensada vendrá el Hijo del hombre” (Lc 12, 39-48). Jesús relata la parábola del siervo diligente y del siervo perezoso. Para entenderla, reemplazamos los elementos naturales por los sobrenaturales.

La “Hora menos pensada” en la que llegará el Hijo del hombre, representa ya sea la hora de la muerte personal de cada uno, lo cual nadie lo sabe excepto Dios, como así también su Segunda Venida en la gloria, en el Día del Juicio Final. El siervo diligente, el que está atento a la venida de su amo y cumple con la tarea que le encomendó, dar la ración a la servidumbre según corresponda, es el alma que, iluminada por la luz de la fe y de la gracia, hace todo lo posible para estar preparada para el encuentro con su Señor, ya sea en la hora de su muerte o bien en el Día del Juicio Final. Es aquel que reza, que frecuenta los sacramentos, que lleva en su corazón y en su mente la Ley de Dios, el que es misericordioso con sus hermanos. Ese tal será “dichoso”, dice Jesús, porque su amo “lo pondrá al frente de todos sus bienes”, lo cual significa que lo conducirá al Reino de los cielos.

Por el contrario, el siervo perezoso y violento, al que no le preocupa la llegada de su amo, y se pone a emborracharse y a golpear a todo el que se le cruza, será despedido por su amo cuando llegue de improviso, recibiendo la condena “de los que no son fieles”, es decir, es el alma que no vive en gracia, que no se preocupa por vivir en gracia, que le da lo mismo obrar o no obrar la misericordia, que no confiesa sus pecados en el Sacramento de la Penitencia, que no recibe el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía; este tipo de alma no solo no será recompensada por su señor cuando regrese -no recibirá nada de Nuestro Señor en el Juicio Particular-, sino que irá, por propia decisión, al lugar “donde no hay redención”.

“Al que más se le dio, más se le pedirá”, dice Jesús. No es lo mismo saber y no obrar en consecuencia, que sí hacerlo. Puesto que sabemos, porque se nos ha dado mucho más que a otros, debemos entonces obrar en consecuencia, comenzando por obrar la misericordia: así estaremos preparados para cuando llegue el Señor y ayudaremos a otros a que también lo estén.

martes, 18 de julio de 2023

“El Hijo del hombre es dueño del sábado”

 


“El Hijo del hombre es dueño del sábado” (Mt 12, 1-8). En el episodio del Evangelio, Jesús y sus discípulos daban el corto paseo sabático -estaba permitido caminar solo un kilómetro- por los campos. Como los escribas y fariseos habían inventado decenas de normas humanas y absurdas, dentro de estas normas prohibitivas se encontraba el segar y el trillar: estas eran dos de las treinta y nueve obras prohibidas en el día sábado[1]. La casuística rabínica posterior consideraba la acción de arrancar las espigas como segar y el frotarlas entre las manos como el equivalente a trillar. Los celosos fariseos eran de la misma opinión, por eso mismo, los fariseos, al ver que los discípulos de Jesús, para calmar el hambre, empiezan a arrancar las espigas, las frotan entre las manos y las comen, le reprochan a Jesús esta “falta” legal de sus discípulos: “Mira, tus discípulos están haciendo una cosa que no está permitida el sábado”. Jesús soluciona la cuestión basándose en el principio de que la necesidad excusa de tal ley positiva (es decir, ley inventada por los hombres) y para eso cita el ejemplo de David (1 Sam 21, 1-6), en donde, huyendo de la ira de Saúl, David llegó adonde estaba el tabernáculo; en ese  momento, el sumo sacerdote Ajimelec le permitió comer de los doce panes llamados ordinariamente “de la faz”, porque eran colocados en presencia de Dios en el santuario, o también “de la proposición”, que significa “colocado delante”, delante de Dios, se entiende. Esta ofrenda era renovada cada semana y una vez retirados los panes eran comidos por los sacerdotes a causa de su carácter sagrado. Sin embargo, la necesidad de David prevaleció sobre esta ley positiva y la excepción fue sancionada por el sumo sacerdote.

Además, Jesús agrega que el sacrificio del templo ofrecido en sábado, es una transgresión literal del descanso sabático y esto porque el servicio del templo es único y claramente trasciende todos los otros deberes. Pero Jesús dice algo que revela su condición divina, su condición de ser no simplemente un hombre santo, a quien Dios acompaña con sus signos, sino el ser el mismo Dios Hijo en Persona: Jesús dice: “Aquí -en Él, en su Persona divina- hay algo más grande que el templo”, una afirmación que no puede justificarse si no es Él Dios en Persona, tal como lo es.

Por su parte, los fariseos, en teoría los maestros de la ley, no han penetrado ni siquiera el espíritu de la antigua ley y esto se demuestra porque sus escrúpulos legales les impiden hacer un juicio prudente y caritativo respecto de los discípulos de Jesús. A su vez Jesús reafirma una vez más su condición divina, al revelar que Él, el Hijo del hombre, es “Señor del sábado” y revela su condición divina porque el sábado había sido instituido como sagrado por Dios y entonces Él, como es Dios, puede dispensar del sábado cuando Él quiera, porque Él mismo lo instituyó. Entonces, la reivindicación de Jesús de ser “Señor del sábado”, no puede explicarse si no es por la condición divina de Jesús, por el hecho de ser Él Dios Hijo en Persona.

“El Hijo del hombre es dueño del sábado”. Si David comió de los panes de la proposición, los panes consagrados a Dios, recibiendo así del sacerdote Ajimelec la verdadera caridad, al saciar con estos panes sagrados su hambre, lo que el Sumo y Eterno Sacerdote Jesucristo nos concede en cada Santa Misa lo supera infinitamente, porque nos da, como alimento de nuestras almas, no un pan bendecido, sino su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, en cada Eucaristía. No asistir a Misa el día de precepto, el Domingo, es hacer vano el don del Amor Misericordioso de Dios, la Sagrada Eucaristía.



[1] Cfr. B. Orchard et al., Comentario a la Sagrada Escritura, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1956, 391.

lunes, 17 de abril de 2023

"El Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto, para que todo el que crea en Él, tenga vida eterna"

 


“El Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto, para que todo el que crea en Él, tenga vida eterna” (Jn 3, 5a. 7b-15). Jesús recuerda el episodio del Pueblo Elegido en el desierto, cuando fueron atacados por serpientes venenosas y, por indicación divina, Moisés construyó una serpiente de bronce y la levantó en alto, de modo que todo el que la miraba, quedaba curado de la mordedura venenosa de las serpientes.

Este episodio es figura y anticipación de la crucifixión de Jesús: las serpientes son los demonios, los que peregrinan en el desierto somos los integrantes del Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica; el veneno de las serpientes es el pecado mortal; las mordeduras de las serpientes son las tentaciones demoníacas; la serpiente de bronce que sana milagrosamente a quien la ve, es representación de Jesús crucificado, quien da la vida eterna a quien lo contempla con fe, con amor y devoción. 

Es desde la cruz de donde el alma obtiene la vida divina, la vida eterna, el perdón de los pecados y la santificación del alma, es por esto que debemos postrarnos ante Jesús crucificado, cuando sintamos el ardor de las pasiones y la acechanza o incluso la mordedura de las serpientes, los ángeles caídos, los demonios.

Pero Jesús también está en la Eucaristía, y ahí está en Persona, por esto mismo, quien contempla a Jesús Eucaristía, recibe de Él la vida divina, la vida eterna, la vida de su Sagrado Corazón Eucarístico, la vida misma de la Santísima Trinidad. Adoremos a Jesús en la Cruz y en la Eucaristía y así no solo seremos curados de las tentaciones y protegidos de las acechanzas del demonio, sino que ante todo obtendremos la vida eterna, la vida de Dios Uno y Trino.

lunes, 27 de marzo de 2023

“Cuando levanten en alto al Hijo del hombre, sabréis que Yo Soy”

 


“Cuando levanten en alto al Hijo del hombre, sabréis que Yo Soy” (Jn 8, 21-30). Jesús hace dos revelaciones en una sola frase: revela que Él será crucificado -eso es lo que significa “cuando levanten en alto al Hijo del hombre”- y que Él es Dios -eso es lo que significa “sabréis que Yo Soy”, porque “Yo Soy” era uno de los nombres con el cual los hebreos conocían al verdadero Dios-.

La crucifixión de Jesús será la culminación de los planes de los escribas y fariseos, trazados en conjunto con los sumos sacerdotes de la sinagoga, para asesinar a Jesús. Las razones de la pena de muerte sentenciada contra Jesús son injustas e irracionales: lo sentenciarán a muerte por decir la verdad acerca de Dios -Él es el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad- y por obrar el bien -hizo milagros de todo tipo, además de expulsiones de demonios-. Pero precisamente, cuando sus enemigos naturales -escribas y fariseos- y preternaturales -Satanás y todo el Infierno- piensen que han triunfado, crucificando a Jesús de Nazareth, será entonces, en ese momento, en el que se producirá el mayor triunfo de Dios, porque a través de la Sangre de Jesús derramada en la cruz, derrotará para siempre al Infierno, al pecado y a la muerte. Esto es lo que sucederá cuando “levanten en alto al Hijo del hombre”, es decir, cuando crucifiquen a Jesús de Nazareth.

El otro acontecimiento que sucederá en la crucifixión es la revelación de la condición divina de Jesús: “Cuando levanten en alto al Hijo del hombre, sabréis que Yo Soy”. En el momento en el que Jesús sea crucificado, sus enemigos serán derrotados para siempre y al mismo tiempo, Jesús y el Padre infundirán el Espíritu Santo en las almas de los hombres que amen a Jesús y les concederá la verdad acerca de Jesús: Él es El que ES, Él es el Dios a quien los judíos conocían como “Yo Soy”, por eso Jesús dice: “Sabréis que Yo Soy”. Y entonces los que amen a Jesús se postrarán en adoración ante Jesús crucificado, al tener conocimiento de la divinidad de Jesucristo.

“Cuando levanten en alto al Hijo del hombre, sabréis que Yo Soy”. En la Santa Misa, cuando el sacerdote ministerial eleva en alto la Hostia consagrada, en la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio del Calvario, Jesús sopla su Espíritu para que los que lo aman, lo reconozcan como a Dios en la Eucaristía y, postrándose ante su presencia Eucarística, lo adoren “en espíritu y en verdad”.

martes, 21 de febrero de 2023

“El Hijo del hombre debe morir para resucitar (…) pero ellos no entendían lo que les decía”

 


“El Hijo del hombre debe morir para resucitar (…) pero ellos no entendían lo que les decía” (Mc 9, 30-37). Jesús les revela proféticamente a sus discípulos su misterio pascual de muerte y resurrección; les anuncia que Él debe padecer mucho y morir para luego resucitar, pero ellos, sus discípulos, “no entendían” lo que Jesús les decía.

Los discípulos de Jesús no entienden lo que Jesús les dice, porque están aferrados a esta vida terrena; no entienden porque no piensan en la vida eterna; no entienden porque ni siquiera se les pasa por la cabeza, aun cuando Jesús en persona se los revela, que su Maestro, Jesús, habrá de ser traicionado y habrá de morir en la cruz, con una muerte dolorosísima y humillante, para luego resucitar y así abrir para los hombres las puertas del Cielo, cerradas hasta ese momento por el pecado original de Adán y Eva. Los discípulos de Jesús están cómodos y contentos con la vida terrena que llevan, no quieren mayores complicaciones que las que proporciona la vida cotidiana y es por eso que ni siquiera se atreven a preguntar en qué consiste aquello que Jesús les revela. No saben que ellos mismos, excepto el traidor, Judas Iscariote, cuando reciban la gracia que viene de lo alto, comprenderán el misterio pascual de Jesús y ofrecerán sus vidas por Jesús.

“No entendían lo que les decía”. Lo mismo que el Evangelio dice de los discípulos de Jesús, eso mismo se puede decir de los hombres de hoy: no entienden -o no quieren entender- lo que la Iglesia les anuncia: la Iglesia les anuncia que es necesario unir la vida propia a la Cruz de Jesús para alcanzar el Reino de los cielos; la Iglesia anuncia que sin los sacramentos de la Iglesia, no es posible alcanzar la vida eterna; la Iglesia anuncia que el hombre tiene un alma que salvar, un Cielo que ganar y un Dios al cual adorar, pero el hombre de hoy hace oídos sordos al anuncio de la Iglesia y prefiere hacer de cuenta que todo sigue igual, que esta vida terrena está para ser vivida de acuerdo a los dictados del mundo y no según los mandamientos de Cristo; el hombre de hoy prefiere no entender o más bien desentenderse de lo que Jesús dice en el Evangelio, para así vivir según sus gustos, sus pasiones, buscando el bienestar terreno, sin pensar en la eternidad. Es muy fatigoso, para el hombre de hoy, pensar en la eternidad, una eternidad que puede ser de gozo, pero también de dolor y así prefieren hacer de cuenta que Jesús no existe y que sus mandamientos son meras indicaciones de un rabbí judío que ya pasaron de moda. Los hombres de hoy eligen vivir en la ignorancia del más allá, de los novísimos -muerte, juicio, infierno, purgatorio, cielo- y por eso repiten voluntariamente la actitud de incredulidad de los discípulos de Jesús, al punto que dicen: “No queremos entender lo que nos dice Jesús”.

miércoles, 12 de octubre de 2022

“Cuando vuelva el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?”

 


(Domingo XXIX - TO - Ciclo C – 2022

         “Cuando vuelva el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?” (Lc 18, 1-8). Con su pregunta, Jesús nos lleva a considerar dos temas centrales de nuestra fe católica: el primero, es la cuestión de su Segunda Venida en la gloria, al fin del mundo; el segundo, es el estado de apostasía generalizada y universal en el que se encontrará la Iglesia Católica precisamente antes de su Segunda Venida.

         Que Jesús ha de venir al fin del tiempo, en el Día del Juicio Final, para juzgar a vivos y muertos, para dar a los buenos el Reino de Dios y a los malos el Infierno eterno, es una verdad de fe, un dogma de nuestra fe, dogma sin el cual nuestra fe se adultera a tal punto de convertirse en otra fe distinta, que no es la católica. En el Día del Juicio Final, Jesús vendrá, pero no como la Primera Vez, en el silencio y en el desconocimiento casi absoluto de su Venida: cuando venga como Justo Juez, será visto por todas las naciones de la tierra, por toda la humanidad de todos los tiempos, desde Adán y Eva hasta el último ser humano que haya nacido en el tiempo; es decir, será visto por todos los hombres y todos los hombres comparecerán ante Él y será Él, el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad, quien dará a cada uno lo que cada uno libremente mereció con sus obras libremente realizadas: para los que obraron el bien y murieron en gracia, les dará el Reino de Dios, para siempre; para los que obraron el mal y murieron en pecado mortal, los arrojará al Reino de las tinieblas, el  Infierno, también para siempre. Ahora bien, antes de su Segunda Venida, nos enseña el Catecismo que reinará sobre toda la humanidad, mediante un Gobierno Mundial y una única Religión Mundial falsa, el Anticristo, quien instaurará su dictadura de terror y de maldad hasta que Nuestro Señor Jesucristo lo derribe con un soplo de su boca.

         El otro aspecto que se nos presenta para la reflexión es el estado espiritual de la Iglesia Católica, la única iglesia verdadera del Único Dios verdadero: la pregunta de Jesús acerca de si Él encontrará fe sobre la tierra, anticipa y profetiza la apostasía generalizada y universal de la Iglesia Católica al momento de su Segunda Venida, apostasía que se caracterizará no por una falta de fe, sino por una fe adulterada, invertida, en la que los católicos que se dejen engañar, adorarán a un falso cristo, el Anticristo, quien se hará pasar por Cristo y la apostasía se caracterizará además no por el abandono de la Iglesia, sino por la construcción de una falsa iglesia católica, que quitará todo lo sobrenatural y divino de la verdadera iglesia católica y la reemplazará por una iglesia católica falsa, guiada por el Falso Profeta, una iglesia que negará todo lo sobrenatural, los milagros de Jesús y sobre todo negará la Presencia real, verdadera y substancial de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía, además de caracterizarse por la despreocupación de la salvación eterna de las almas, por la ausencia de la prédica sobre los Mandamientos de Dios y la necesidad de observarlos para no caer en el Infierno y por un falso ecumenismo, por una idolatría neo-pagana -como la Pachamama- y por pretender complacer al mundo y no a Dios, por lo que será esta falsa iglesia una esclava no de Dios sino de Satanás, y hará todo lo posible para cumplir la denominada “Agenda 2030”, en la que el aborto, la eutanasia, el libertinaje sexual y el pecado en general, serán vistos como buenos y como queridos por Dios, lo cual constituye un pecado de enorme blasfemia, porque Dios no puede nunca querer positiva y explícitamente el mal para sus hijos.

“Cuando vuelva el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?”. Si no frecuentamos los Sacramentos, sobre todo la Confesión sacramental frecuente y la Sagrada Eucaristía al menos los días de preceptos; si no hacemos adoración eucarística, si no rezamos el Santo Rosario todos los días, no tendremos la luz divina necesaria para distinguir al Anticristo del verdadero Cristo y seremos engañados por la tríada satánica, la Bestia, el Anticristo y el Falso Profeta. Frecuentemos los Sacramentos, hagamos oración, penitencia y obras de misericordia, para no dejarnos engañar por el Anticristo y así, cuando regrese Cristo por Segunda Vez, lo reconoceremos y, por su infinita misericordia, seremos contados entre los que salvarán sus almas para la eternidad en el Reino de Dios.

sábado, 20 de noviembre de 2021

“Verán al Hijo del hombre venir con gran poder y gloria”

 


“Verán al Hijo del hombre venir con gran poder y gloria” (Lc 21, 20-28). Jesús profetiza acerca de la destrucción de Jerusalén, lo cual sucedió en el año 70 de la era cristiana, pero también profetiza acerca de su Segunda Venida y aunque no dice “cuándo” sucederá, porque será un evento inesperado, repentino, que sucederá de improviso y que tomará a la humanidad desprevenida, porque hasta ese momento la humanidad vivirá sumergida en el pecado, “como si Dios no existiera” y es por eso que el regreso de Jesús la tomará de sorpresa.

Existen grandes diferencias entre la Primera y la Segunda Venida, las cuales serán muy distintas: la Segunda Venida será en “gran poder y gloria”, es decir, no vendrá más en carne, en la humildad y sencillez de nuestra naturaleza humana, como en la Primera Venida, sino que vendrá glorioso y resucitado, acompañado de legiones innumerables de ángeles a sus órdenes; no vendrá en el silencio y el desconocimiento de la casi totalidad de la humanidad, como en la Primera Venida, sino que será contemplado por toda la humanidad de todos los tiempos, desde Adán y Eva hasta el último hombre nacido en el Último Día; no vendrá como el Jesús dulce y misericordioso de la Primera Venida, que con paciencia espera a que le hagamos el favor –por así decir- de convertirnos y salir del pecado para comenzar a vivir en gracia, sino que vendrá como Justo e Implacable Juez, que dará a cada uno lo que cada uno mereció libremente con sus obras: a los malos, a los que lo rechazaron y eligieron el pecado, les dará el horror eterno del reino de las tinieblas, el Infierno y a los buenos, a los que eligieron la gracia y lo reconocieron en la Eucaristía y en el prójimo, les dará la alegría eterna del Reino de los cielos.

“Verán al Hijo del hombre venir con gran poder y gloria”. No sabemos si estaremos en esta vida terrena cuando suceda la Segunda Venida en la gloria, pero independientemente de eso, seremos espectadores de la misma, porque todos compareceremos ante el Justo Jueza, en el Día del Juicio Final. Es para el Día del Juicio Final, el Día de la Ira de Dios, para el que debemos estar preparados, vigilantes, con las túnicas ceñidas y las lámparas encendidas, para así salir al encuentro de Nuestro Señor cuando llegue, para que Él nos conduzca, de las tinieblas de esta vida terrena, a la luz eterna del Reino de los cielos.

jueves, 14 de octubre de 2021

“Estén preparados, porque a la hora que menos lo piensen, vendrá el Hijo del hombre”

 


“Estén preparados, porque a la hora que menos lo piensen, vendrá el Hijo del hombre” (Lc 12, 39-48). Jesús advierte que estemos preparados, porque el Hijo del hombre, es decir, Él, vendrá cuando menos se lo espere. ¿De qué venida se trata? Puede ser de dos venidas: en el día de nuestra muerte personal, que será el día en el que nos encontremos cara a cara con Nuestro Señor, para recibir el Juicio Particular, y el Día de su Segunda Venida, que será el Día del Juicio Final, en el que toda la humanidad comparecerá ante su Presencia, para que se ratifique el destino fijado en el Juicio Particular y para premiar a los buenos con el Cielo y castigar a los malos con el Infierno.

Ahora bien, ¿de qué manera prepararnos? Ante todo, teniendo en la mente y en el corazón que el encuentro personal con Cristo Nuestro Señor es una realidad que se producirá, antes o después, pero que se producirá y que es para ese encuentro para el que debemos estar preparados y para prepararnos es que debemos procurar tener dos cosas: en el alma, la gracia santificante y en las manos, obras de misericordia corporales y espirituales. Con estas dos cosas, podemos, además de mucho amor a Cristo en el corazón, podemos estar más que seguros de que estaremos correctamente preparados para encontrarnos con Nuestro Señor. Imploremos su Misericordia Divina, pidiéndole la gracia de estar preparados para cuando Él venga a buscarnos, para así poder ingresar en el Reino de los cielos y adorarlo por toda la eternidad.

sábado, 20 de febrero de 2021

“Así como Jonás fue una señal para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para la gente de este tiempo”

 


“Así como Jonás fue una señal para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para la gente de este tiempo” (Lc 11, 29-32). Jesús califica a la gente de su tiempo como “perversa” porque “pide una señal”, pero la señal ya la tienen y es la de Jonás, quien es a su vez un anticipo y prefiguración de su misterio pascual de muerte y resurrección: así como Jonás estuvo tres días en el vientre del pez y luego fue devuelto a la tierra, así el Hijo del hombre estará tres días en el sepulcro y luego resucitará al tercer día, para ascender al Cielo. Jesús se queja de la gente de su tiempo, porque no han sabido reconocer la prefiguración de Jonás, pero tampoco saben reconocerlo a Él, que es en Quien se cumple la figura de Jonás.

“Así como Jonás fue una señal para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para la gente de este tiempo”. Así como Jesús fue la señal de Dios para la salvación de los hombres, en el tiempo de la vida terrena de Jesús, así es para nosotros la Eucaristía, que es el mismo Jesús que prolonga su Encarnación en el Sacramento del altar: la Eucaristía es signo de salvación y quien se adhiere a la Eucaristía, se adhiere a Dios Salvador y Redentor y quien se aleja de la Eucaristía, se aleja de Dios Redentor y Salvador. También en nuestros días “la gente es perversa”, porque a pesar de que Dios da la señal eucarística, que es señal de salvación para la humanidad, la humanidad la desconoce en su inmensa mayoría, la rechaza y se dirige en dirección contraria a la Eucaristía, eligiendo el camino de la cultura de la muerte, del aborto, de la eutanasia, de la idolatría, del materialismo y del ateísmo.

No seamos nosotros mismos perversos; no nos alejemos de la Ley de Dios y de la Eucaristía, signo y señal de la Divina Salvación en medio de nuestra existencia terrena.

sábado, 13 de febrero de 2021

Jueves después de Cenizas


 

“Es necesario que el Hijo del hombre sufra su Pasión (…) para resucitar al tercer día” (Lc 9, 22-25). En solo un renglón, con muy pocas palabras, Jesús revela su misterio salvífico de Muerte y Resurrección, además de revelar el sentido de nuestra existencia terrena. En efecto, Él es el Hombre-Dios, Dios Hijo encarnado, que ha venido a este mundo no solo para “deshacer las obras del Diablo”, sino para también vencer al pecado y a la muerte, a los tres grandes enemigos de la humanidad desde el pecado original; ha  venido para concedernos su gracia santificante, que nos quita el pecado y nos convierte en hijos adoptivos de Dios, para así llevarnos al Cielo.

Ahora bien, este nuevo horizonte de vida que nos trae Cristo, que es el de la vida eterna en el Reino de los cielos, no es obligatorio para nadie, puesto que somos libres y en cuanto tales, tenemos la capacidad de elegir seguir a Jesús o no. Es por esta razón que, después de revelar su misterio de salvación, Jesús dice: “Si alguien quiere seguirme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga”. Es decir, Jesús nos revela su misterio pascual y nos revela también que el camino para llegar al Cielo es identificarnos con Él, tomar la cruz de cada día y seguirlo, pero Él dice: “Si alguien quiere” seguirme, lo cual está indicando claramente que deja a nuestro libre albedrío el seguirlo o no seguirlo. Ahora bien, sabemos las consecuencias de seguirlo o no seguirlo: si nos aferramos a la cruz, si nos negamos a nosotros mismos, si vamos en pos de Cristo, alcanzaremos el Reino de los cielos; pero si no nos negamos a nosotros mismos, si no aferramos la cruz y si no lo seguimos, estaremos cumpliendo nuestra voluntad y no la de Dios, pero nos estaremos encaminando por un sendero ancho y espacioso que no conduce al Reino de Dios, sino al reino de las tinieblas y esa será nuestra perpetua morada.

“Es necesario que el Hijo del hombre sufra su Pasión (…) para resucitar al tercer día”. Todo cristiano está llamado a participar de la Pasión del Hijo de Dios; todo cristiano está llamado a seguirlo por el Camino Real de la Cruz; todo cristiano está destinado, por el seguimiento de Jesús en el Via Crucis, a ser salvado en el Reino de los cielos. Pero es cierto también que no todo cristiano alcanzará el Reino de los cielos, no porque Dios no quiera, sino porque es la misma persona la que no quiere seguir a Jesús. Es por esto que es necesario, de toda necesidad, pedir la gracia de la perseverancia final en la fe y en las buenas obras, para así alcanzar el Reino de Dios en la eternidad.

viernes, 20 de noviembre de 2020

“Verán venir al Hijo del hombre con gran poder y majestad”

 


“Verán venir al Hijo del hombre con gran poder y majestad” (Lc 21, 20-28). En este pasaje, Jesús profetiza acerca de dos eventos que sucederán en diversos tiempos: uno, cercano en el tiempo, la destrucción de Jerusalén, como consecuencia de su rechazo al Mesías, destrucción que sucedió efectivamente en el año 70 de la Era Cristiana al ser arrasada la Ciudad Santa por las tropas romanas, cumpliéndose así las palabras de Jesús: “Cuando vean a Jerusalén sitiada por un ejército, sepan que está próxima su destrucción”; el otro suceso del cual habla Jesús, es el de su Segunda Venida en la gloria: a esto se refiere cuando Jesús habla de “huir a las montañas” y de que habrá “señales prodigiosas en el sol, la luna y en las estrellas”; también, antes de su Segunda Venida, puesto que reinará el Anticristo, dice Jesús, “la gente morirá de terror y angustiosa espera por las cosas que vendrán sobre el mundo”; incluso el universo material se sacudirá: “hasta las estrellas se bambolearán”. Cuando todo esto suceda -los días serán “días de castigo para que se cumpla todo lo que está escrito”-, todo el mundo verá “al Hijo del hombre venir en una nube del cielo, con gran poder y majestad”.

Lo interesante de las dos profecías es que, entre otras cosas, las calamidades que se abaten, sobre Jerusalén primero y sobre el mundo entero después, son “castigo de Dios”, por la perversión espiritual del hombre, que consiste en rechazar a Cristo y adorar al Anticristo. En efecto, cuando habla de la destrucción de Jerusalén, Jesús dice: “esos días serán de castigo”; cuando habla de los eventos catastróficos antes de su Segunda Venida, también habla de castigo divino: “el castigo de Dios se descargará contra este pueblo”, es decir, sobre la humanidad entera.

Reinado del Anticristo, calamidades, guerras, pestes, hambruna generalizada: todo esto sucederá en los días previos a la Segunda Venida de Jesús. La cantidad y cualidad de las tribulaciones hace suponer que el cristiano debe afligirse, pero Jesús nos lleva a tener una actitud, no de miedo, sino de “atención” y de secreta alegría, porque esto significará que “se acerca la hora de la liberación”, es decir, el cristiano debe estar alegre y sereno en los días del Anticristo, porque cada día que pase de su reinado, es un día  menos que separa al cristiano de la Segunda Venida en la gloria del Hombre-Dios Jesucristo.

viernes, 13 de noviembre de 2020

Solemnidad de Cristo Rey - Ciclo A - 2020

 


(Solemnidad de Cristo Rey - TO - Ciclo A – 2020)

         “Cuando venga el Hijo del hombre (…) apartará a los buenos de los malos” (cfr. Mt 25, 31-46). La manifestación universal de Jesucristo como Rey al final de los tiempos, es directamente proporcional a la negación que de su condición divina hacen los hombres en la actualidad: en otras palabras, así como los hombres -naciones enteras- niegan hoy a Jesucristo como Rey -tanto en la teoría como en la práctica-, así, en el Último Día, toda la humanidad, tanto creyentes como no creyentes, lo reconocerá como Rey de cielos y tierra. Como demostración de que Él es Rey de la humanidad, Jesús anuncia proféticamente dos cosas: que Él ha de venir a juzgar a la Humanidad en el Día del Juicio Final, y que como consecuencia de ese juicio, unos serán destinados al Reino de Dios, en donde la felicidad y la alegría serán eternas, mientras que otros serán destinados a la eterna condenación en el Infierno, en donde el dolor y el llanto serán también eternos. Cristo, que es Dios y en cuanto tal, Rey de la humanidad -Él la creó, la redimió con su Sangre y la santificó con su espíritu, el Espíritu Santo-, ha de venir al fin del tiempo para juzgar a los hombres, concediéndoles a unos la vida eterna en el Cielo y a otros, enviándolos a la eterna condenación en el Infierno. En la magnífica pintura del Juicio Final en la Capilla Sixtina, Miguel Ángel retrata a Jesucristo no como Jesús Misericordioso, con expresión amable y dulce: lo retrata como Rey y como Justo Juez, con el Rostro serio, adusto, dirigiendo la mirada hacia el grupo de condenados, al tiempo que levanta la mano para acompañar con su gesto las palabras que pronunciará a los condenados: "Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno". A su vez, la Virgen está retratada al lado de Jesús, un poco más abajo, dirigiendo la mirada no hacia los condenados, sino hacia los que se salvan, significando con esto que si Jesús es Rey, la Virgen es Reina de los bienaventurados.

         ¿Qué es lo que hará que unos sean colocados a la derecha y otros a la izquierda de Dios? La práctica de las obras de misericordia, corporales y espirituales, tal como las enseña y recomienda la Iglesia. Es decir, lo que decidirá si vamos al Cielo o al Infierno, es la práctica de las obras de misericordia, corporales y espirituales. Llegados a este punto, hay que decir que una obra de misericordia es algo absolutamente distinto a una obra filantrópica: en la obra de misericordia, se supone que el que obra lo hace en estado de gracia, es decir, obra en Cristo, por Cristo y para Cristo; en la orba filantrópica, el hombre obra movido sólo por su voluntad humana, sin la gracia y por lo tanto, no son obras meritorias para ganar la vida eterna.

Que el obrar la misericordia sobre el prójimo sea lo que determine el destino eterno, es algo que se desprende de las palabras de Jesús: los que se salven serán los que obrarán la misericordia porque verán a Cristo en el prójimo y así, toda obra sobre el prójimo será una obra hecha a Cristo, que Él recompensará con la vida eterna; los que condenen serán, por el contrario, quienes no vieron a Cristo en el prójimo y no obraron en favor del prójimo. Que Jesús esté Presente, misteriosamente, en el prójimo, se desprende de sus palabras, como lo dijimos: “Cuando (obraron la misericordia) con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron” y también “Cuando (no obraron la misericordia), conmigo no lo hicieron”.

“Cuando venga el Hijo del hombre (…) apartará a los buenos de los malos”. Una vez más, Jesús deja nuestro destino eterno en nuestras manos: luego de poseer la gracia, el cristiano, si quiere ganar el Cielo, debe obrar la misericordia, con obras corporales y espirituales, para con su prójimo; quien no quiera ser misericordioso, no obtendrá misericordia y se condenará, también como lo dice Jesús: “(Los que no obraron la misericordia) irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna”. Dice un Padre del desierto, Abbá Antonio: “La vida y la muerte (eternas) dependen de nuestro prójimo. En efecto, si nosotros ganamos a nuestro hermano, ganamos a Dios; pero si escandalizamos a nuestro hermano, pecamos contra Cristo”[1]. Entonces, si amamos a Cristo y si queremos ser contados a su derecha en el Día del Juicio Final, hagamos el propósito de vivir en gracia y de obrar la misericordia, corporal y espiritual, según nuestro deber de estado.



[1] Cfr. Apotegmas de los Padres del desierto, Editorial Lumen, Buenos Aires 1979, 37.

 

 

domingo, 18 de octubre de 2020

“Estén preparados, porque a la hora en que menos lo piensen, vendrá el Hijo del hombre”

 


“Estén preparados, porque a la hora en que menos lo piensen, vendrá el Hijo del hombre” (Lc 12, 39-48). Hay una cosa que sabemos y dos que no sabemos: sabemos que indefectiblemente hemos de morir, para ingresar en la vida eterna; no sabemos cuándo será eso, es decir, no sabemos ni el día ni la hora de nuestra muerte personal, ni tampoco sabemos el día ni la hora de la Segunda Venida de Jesús, para el Juicio Final. Con la figura de un padre de familia que está vigilante para que no entre el ladrón y con la figura de un administrador fiel, que se comporta “con fidelidad y prudencia” en la espera del regreso de su amo, Jesús nos anima a estar preparados para ambos momentos, tanto para el momento de la muerte personal, como para el momento del Juicio Final. Si esto hacemos –que no consiste en otra cosa que vivir como hijos de Dios, en estado de gracia, cumpliendo la Ley de Dios y sus Mandamientos y rechazar el pecado-, recibiremos como recompensa el Reino de los cielos, la eterna bienaventuranza.

El siervo malo, que en vez de esperar a su señor, se encarga de maltratar a sus prójimos y de embriagarse y comer desenfrenadamente, representa al alma que, sin la gracia santificante, está dominada por sus pasiones, principalmente la ira y la gula. Esta alma no cree ni espera en la Segunda Venida de Jesús y por eso piensa que los vanos placeres de este mundo son los únicos que existen y se dedica por lo tanto a satisfacer sus pasiones y sus bajos instintos. Ese tal, es quien ha renegado de la fe y ya no espera al Señor Jesús; ese tal, no recibirá recompensa alguna, sino un castigo proporcional a sus faltas, recibiendo la eterna condenación.

“Estén preparados, porque a la hora en que menos lo piensen, vendrá el Hijo del hombre”. Cada uno es libre de elegir quién quiere ser: si el siervo bueno y fiel, que espera el encuentro definitivo con Jesús y cree en su Segunda Venida en la gloria, o el siervo malo e infiel, que no lo espera porque no cree en Él y por lo tanto ni vive en gracia ni obra la misericordia. En definitiva, de nosotros, de nuestro libre albedrío, depende nuestra salvación o nuestra condenación. Pidamos la gracia de estar siempre atentos a la Segunda Venida en la gloria de Nuestro Señor Jesús.

domingo, 20 de septiembre de 2020

“Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, muera y resucite al tercer día”

 


“Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, muera y resucite al tercer día” (Lc 9, 18-22). En una sola frase, Jesús revela a Pedro y a los discípulos su misterio pascual de muerte y resurrección, misterio por el cual el Hombre-Dios no sólo habría de vencer a los tres grandes enemigos de la humanidad -el pecado, el demonio y la muerte-, sino que habría de convertir a los hombres, por medio del don de la gracia, en hijos adoptivos de Dios y en herederos del Reino de los cielos. La aceptación de este misterio, que se centra en la Persona de Jesús de Nazareth, que no es una persona humana sino una Persona divina, la Segunda de la Trinidad, que se ha encarnado en una naturaleza humana pero sin dejar de ser Dios, es lo que dividirá a la humanidad en un antes y un después, en un por Cristo y un contra Cristo. Ni siquiera el mismo Vicario de Cristo, Pedro, estará exento de la lucha por la aceptación del misterio de la Cruz de Cristo, porque segundos después de ser nombrado Vicario de Cristo y de ser felicitado porque ha sido inspirado por el Padre al reconocerlo como Mesías e Hijo de Dios, el mismo Pedro será duramente reprendido por Jesús, cuando Pedro niegue el misterio de la Cruz. Toda la humanidad y su historia y todo ser humano con su historia personal, lo quiera o no, lo sepa o no, está marcado por el misterio de la Cruz de Cristo y de Cristo crucificado. Quienes se decidan, como los ángeles buenos, a favor de Cristo y su Cruz, serán recompensados, en esta vida, con persecuciones, tribulaciones y cruces y en la vida eterna con el Reino de los cielos; quienes se decidan en contra de Cristo, obtendrán un aparente triunfo en esta tierra, junto con los enemigos de Dios y de la Iglesia, pero luego sufrirán una eterna y dolorosa derrota en el fuego del Infierno, por la eternidad.

“Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, muera y resucite al tercer día”. Aceptemos a Cristo y su Cruz como nuestro Salvador y Redentor y, luego de pasar por cruces y tribulaciones en esta vida, seremos recompensados con el misterio de la visión beatífica de la Trinidad en el Reino de los cielos, para siempre.

lunes, 20 de abril de 2020

“La ira de Dios pesa sobre quien no cree el Hijo del hombre”




“La ira de Dios pesa sobre quien no cree el Hijo del hombre” (Jn 3, 31-36). Las palabras de Juan Bautista pueden parecer duras e incluso hasta inaceptables para la mentalidad progresista y modernista que campea en nuestros días, pero son verdaderas. La razón hay que buscarla en los inicios de la humanidad, en el pecado original de Adán y Eva: desde que nuestros Primeros Padres cometieron el pecado original, pesa sobre toda la humanidad la ira de Dios, porque la Justicia Divina fue infinitamente ofendida por el hombre, tentado por Satanás. Es verdad que en esta vida prevalece la Misericordia Divina por sobre la Justicia Divina, pero esta prevalencia se termina, hasta equilibrarse, en el momento de nuestra muerte, puesto que allí actúa, de modo preeminente, la Justicia Divina por sobre la Misericordia Divina. Por esta razón, las palabras del Bautista son ciertas para toda alma que vive en esta vida, pero sobre todo, para el alma que debe atravesar el umbral de la muerte y alcanzar la vida eterna: antes de alcanzar la vida eterna, el alma debe atravesar el Juicio Particular, en donde Dios aplica su estrictísima Justicia Divina, Justicia que está pronta para descargarse, con toda su fuerza, sobre el alma que voluntaria y libremente murió en pecado mortal y sin arrepentirse por ello.
“La ira de Dios pesa sobre quien no cree el Hijo del hombre”. Para que la ira de Dios no se descargue sobre nuestras almas, es que debemos procurar vivir permanentemente en gracia, detestando el pecado, de manera tal que la hora de la muerte nos sorprenda en estado de gracia y no en estado de pecado mortal. Sólo así sobre nuestra alma se descargará, no el peso de la ira divina, sino el océano de la Misericordia Divina.

sábado, 18 de abril de 2020

“El Hijo del hombre tiene que ser elevado en alto para que tengan vida eterna”




“El Hijo del hombre tiene que ser elevado en alto para que tengan vida eterna” (Jn 3, 5a.7b-15). En su diálogo con Nicodemo Jesús anticipa, de forma misteriosa, su misterio pascual de muerte y resurrección. Para hacerlo, trae a la memoria el episodio de Moisés en el desierto, cuando aparecieron las serpientes venenosas y Dios le ordenó construir una serpiente de bronce para que todo el que la contemple, quede curado. En efecto, Jesús hace la analogía entre el episodio de la serpiente elevada en alto por Moisés y aplica ese episodio a Él mismo: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna”. Es decir, para que los hombres seamos salvados de nuestros pecados, para que la muerte y el demonio sean derrotados definitivamente y para que alcancemos la vida eterna por la gracia, es necesario que Jesús sea “elevado en lo alto”, crucificado.
“El Hijo del hombre tiene que ser elevado en alto para que tengan vida eterna”. Así como en el desierto todos los que miraban a la serpiente de bronce elevada por Moisés se curaban milagrosamente, así también, de manera análoga, todos los que miran con piedad y con amor a Cristo crucificado reciben la gracia de la conversión y así son curados de la peor enfermedad espiritual que pueda un alma tener en esta vida y es el ateísmo; además, quien contempla a Cristo crucificado, recibe algo inimaginable, imposible de ser captado por los sentidos e imposible de ser apreciado en su real magnitud y es la vida eterna. Entonces, quien contempla a Cristo elevado en lo alto, crucificado, recibe la gracia de la vida eterna. Esto significa que cuanto más contemplemos a Cristo crucificado -cuanto más lo contemplemos en la Eucaristía, en la Santa Misa, en donde se renueva el Santo Sacrificio del Calvario-, tanto más incoada tendremos en el alma la vida eterna, vida que luego se desplegará en su plenitud en el Reino de los cielos.

lunes, 20 de enero de 2020

“El Hijo del hombre es señor del sábado”



“El Hijo del hombre es señor del sábado” (Mc 2, 23-28). Jesús y sus discípulos atraviesan unos sembradíos el día sábado, día en que estaba prohibido por la ley hacer cualquier tipo de trabajo manual. Como los discípulos sentían hambre, comienzan a arrancar las espigas de trigo para comer. Al ver esto, los fariseos se escandalizan y protestan a Jesús por el quebrantamiento de la ley, porque frotar las espigas estaba considerado como un trabajo. Lejos de darles la razón, Jesús les responde con otro ejemplo en el que se quebrantó la ley, cuando David y sus hombres, también azuzados por el hambre, entraron en el templo y comieron de los panes consagrados, que sólo los sacerdotes podían comer. Con esto, Jesús les quiere hacer ver que la ley positiva inventada por los humanos se puede dejar de lado en aras de un bien mayor, en este caso, la caridad, que consiste en saciar el hambre de quien la padece. Pero además la respuesta de Jesús -"El Hijo del hombre es señor del sábado"- tiene otra connotación y es la autoritativa, puesto que Él se auto-establece como quien puede, por propio poder, determinar si se ha quebrantado o no la ley y dar la dispensa para su quebrantamiento, como en este caso.
Nosotros deberíamos aprender de los discípulos de Jesús y también de David y sus hombres y experimentar el hambre, no del cuerpo, sino del trigo convertido en Pan de Vida eterna, la Sagrada Eucaristía, y deberíamos acudir todos los días al templo para saciar el hambre espiritual de Dios que sólo la Eucaristía puede hacerlo.


lunes, 25 de noviembre de 2019

“Verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad”




“Verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad” (Lc 21, 20-28). Nuestro Señor Jesucristo profetiza acerca de la destrucción de Jerusalén –acaecida en el año 70 d. C.- y acerca de su Segunda Venida –todavía tiene que ocurrir, para poner fin al tiempo y a la historia y dar inicio a la eternidad de Dios- y cuando se refiere a su Segunda Venida, da algunas señales que ocurrirán en ese tiempo: “Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros se tambalearán”. Luego continúa: “Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación”. Lejos de ser lo que parecen –las palabras parecen predecir tiempos de terror y de angustia universales, de las cuales nadie podrá escapar-, las señales de la Segunda Venida en la gloria del Hijo de Dios son lo mejor que le puede pasar a la Humanidad y será el evento más grandioso desde la Encarnación del Verbo.
¿Por qué? Porque aunque haya angustia en las gentes y aunque los astros tambaleen, esas cosas no serán señales de que algo malo está por ocurrir: por el contrario, será señal de que algo muy bueno, excelentísimo y de origen sobrenatural y divino, está por ocurrir: ¡vendrá Nuestro Señor Jesucristo a juzgar a vivos y muertos y a dar a cada uno lo que cada uno se mereció por sus obras! Como dijimos, será un evento tan grandioso como el evento de la Encarnación del Verbo, porque Cristo Dios vendrá a nuestro mundo para finalizar con el tiempo y la vida terrena y para dar inicio a su reinado eterno en el Reino de los cielos. Será el momento en el que se acabará esta vida terrena y humana, cargada de pecado y de muerte y bajo el dominio del Príncipe de este mundo, el Demonio: Cristo vendrá y pondrá a todos sus enemigos –el Demonio, el Pecado y la Muerte- bajo sus pies y, como Rey Invicto y Victorioso que es, dará inicio a su reinado de paz, de justicia, de libertad, de amor; un reino que durará para siempre y en el que reinarán como reyes quienes aquí en la tierra dieron testimonio en favor de Cristo Dios.
“Verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad”. No sabemos si estaremos vivos para cuando venga Nuestro Señor Jesucristo por Segunda Vez, pero obremos como si lo fuéramos a estar, es decir, vivamos en gracia, evitemos el pecado, seamos misericordiosos y así podremos ver, cara a cara, para siempre, a Nuestro Señor Jesucristo, que ha de venir por Segunda Vez en gloria y majestad para juzgar al mundo.

martes, 9 de abril de 2019

“Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que Soy Yo”



“Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que Soy Yo” (Jn 8, 21-30). Jesús hace una revelación asombrosa aunque, en realidad, es una doble revelación: primero, que Él será crucificado y es esto lo que quiere decir: “Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre”; la segunda asombrosa revelación que hace, es que se auto-revela como Dios en Persona, porque se aplica para sí el nombre propio de Dios, que es “Yo Soy”: “Sabréis que Yo Soy”. El “Yo Soy” es el nombre propio de Dios con el que los judíos conocían a Dios y es por esta razón que esta afirmación implica que Jesús les está diciendo que van a crucificar a un hombre pensando que es un hombre, pero en realidad, crucificarán a Dios y en el momento en el que lo hagan, en ese momento sabrán que es Él, el “Yo Soy”, el Dios que ellos conocían. Cuando Jesús sea crucificado, nadie tendrá dudas de que Él es Dios, pues todos sabrán que Él es Dios. Esto significa que, en el momento de la crucifixión, se producirá una efusión tal del Espíritu de Dios, que iluminará a todos los hombres -no solo a los que están en el Calvario en ese momento, sino a los hombres de todos los tiempos- y es esta efusión del Espíritu Santo el que permitirá conocer, a quien contemple a Jesús crucificado, que Él es Dios. Al contemplar a Jesús elevado a lo alto en la cruz, recordemos sus palabras y postrémonos ante su presencia, porque El que está crucificado no es un hombre santo, sino Dios Tres veces Santo.
          “Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que Yo Soy”. Así como al levantar en alto al Hijo del hombre en la cruz, el alma sabe, por la iluminación del Espíritu Santo, que Él es Dios, así, de la misma manera, puesto que la Santa Misa es la renovación sacramental del sacrificio de la cruz, podemos decir que, cuando el sacerdote eleva la Hostia consagrada, está levantando en alto a Dios oculto en apariencia de pan. Parafraseando a Jesús, la Iglesia dice: “Cuando levanten en alto a la Eucaristía, sabrán que la Eucaristía es Dios”. Porque ante la Cruz y ante la Eucaristía estamos ante el Dios Tres veces Santo, postrémonos y adoremos al Dios que Es, que Era y que Vendrá.