miércoles, 18 de julio de 2018

“Has revelado estas cosas a los pequeños”




 “Has revelado estas cosas a los pequeños” (cfr. Mt 11, 25-27). ¿Cuál es el sentido de las palabras de Jesús? Nos lo dice San Vicente de Paúl[1], al comentar este Evangelio. Dice el santo que a Dios le agrada la simplicidad –que es lo opuesto a la soberbia- y que por eso mismo, prefiere conversar con los humildes de corazón, haciendo en cierta manera a los hombres familiares suyos: “¡Es tan agradable a Dios la simplicidad! Sabéis que la Escritura dice que su delicia es conversar con los humildes, los sencillos de corazón, que van de buena y simple manera: “Ha hecho a los hombres rectos sus familiares” (Pr 3, 32)”. Dice San Paúl que quien quiera encontrar a Dios, debe ser “sencillo”, porque así es como Dios quiere que sean los hombres: “¿Queréis encontrar a Dios? Él habla con los sencillos. ¡Oh, Salvador mío! ¡Oh hermanos míos que sentís el deseo de ser sencillos, que dicha! ¡qué dicha! Ánimo, puesto que tenéis en vosotros esta promesa: que el deseo de Dios es estar con los hombres sencillos”. La razón reside en lo que dicen los filósofos como Aristóteles: “Lo semejante ama lo semejante”. Si Dios ama a los sencillos, es porque Él, en su Acto de Ser divino trinitario, es sencillo, simple –simplicidad como sinónimo de perfección-, humilde y es por eso que se complace con los hombres en los que encuentra esta semejanza.
Jesús, siendo Dios Hijo, es también sencillo, humilde, simple, y por eso alaba al Padre, porque le revela los secretos de su corazón de Dios a los que son como Él y se alegra por eso. Dice San Vicente de Paúl: “Otra cosa que nos recomienda maravillosamente la sencillez, son estas palabras del Señor: “Te bendigo, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios e inteligentes y las has revelado a los sencillos”.
Dios, dice San Vicente de Paúl, revela el sentido espiritual del contenido del Evangelio, a aquellos que no presumen de la ciencia mundana –necesaria en cierto grado, pero limitado- y esconde el sentido espiritual a quienes hacen alarde de esta sabiduría mundana. San Vicente hace decir a Jesús, parafraseando el Evangelio: “Reconozco, Padre, y os lo agradezco, que la doctrina que he aprendido de vuestra divina Majestad y que doy a conocer a los hombres, sólo la conocen los sencillos, y permitís que no la oigan los prudentes según el mundo; les habéis escondido, si no las palabras, sí al menos el espíritu”. Quienes poseen ciencia mundana y hacen alarde de la misma, se privan de un conocimiento mayor e infinitamente más perfecto, el conocimiento que el Padre da por medio de su Espíritu a los sencillos y humildes de corazón.
Por eso, dice San Vicente, si bien la ciencia mundana es necesaria, debemos cuidarnos mucho de no perder el horizonte, es decir, de dejar de lado la ciencia evangélica por la ciencia mundana, despreciando la sabiduría revelada por Jesucristo y ensoberbeciéndonos por los conocimientos de los hombres, puesto que esta última jamás puede darnos la dicha verdadera: “¡Oh Salvador y Dios mío! Esto nos debe asustar. Nosotros corremos tras la ciencia como si toda nuestra dicha dependiera de ella. ¡Desdichados de nosotros si no la tenemos! Es preciso tenerla, pero con mesura; es preciso estudiar, pero sobriamente”. Es necesaria la ciencia mundana, pero solo hasta cierto punto y siempre teniendo como infinitamente más alta a la ciencia del Evangelio.
Hay otros, dice San Vicente, que ni siquiera la poseen, pero hacen alarde como si la poseyeran a esta ciencia mundana; a estos es a quienes Dios mismo les vuelve impenetrables los conocimientos del cielo: “Otros simulan entender en negocios, pasar por gente que conoce los negocios de fuera. Es a estos tales que Dios quita la penetración de las verdades cristianas: a los sabios y entendidos del mundo”.
¿A quién da Dios los conocimientos del Evangelio, los conocimientos de la sabiduría divina, necesarios para la eterna salvación? A los que lo imitan y participan en la humildad, simplicidad y sencillez de su Acto de Ser divino trinitario, a aquellos que siendo ricos en sabiduría divina, aparecen como pobres a los ojos del mundo y estos son quienes viven en la verdadera paz, aun en medio de tribulaciones: “Pues ¿a quién la da? Al pueblo sencillo, a la buena gente... Señores, la verdadera religión se encuentra entre los pobres. Dios los enriquece con una fe viva; creen, tocan, saborean las palabras de vida... Por lo ordinario conservan la paz en medio de las penas y tribulaciones”.
La causa última de que Dios dé su sabiduría a los pequeños según el mundo, es la fe en la revelación de Nuestro Señor Jesucristo: “¿Cuál es la causa de esto? La fe. ¿Por qué? Porque son sencillos Dios hace que en ellos abunden las gracias que rechaza dar a los ricos y sabios según el mundo”. La fe en Nuestro Señor Jesucristo –en su condición divina, en su Presencia real, verdadera y substancial en la Eucaristía, en su condición de ser Hijo de la Madre de Dios- es la que da al alma la paz de Dios, la Sabiduría de Dios y la Alegría de Dios, en medio de las tribulaciones de este mundo presente.


[1] Conversaciones espirituales, conferencia del 21/03/1659.


viernes, 13 de julio de 2018

“Yo los envío como a ovejas en medio de lobos: sean astutos como serpientes y mansos como palomas”



“Yo los envío como a ovejas en medio de lobos: sean astutos como serpientes y mansos como palomas” (cfr. Mt 10, 16-23). Al enviar a sus discípulos a la misión, Jesús utiliza dos animales como referencia de cómo debe ser su comportamiento en el mundo: las serpientes y las palomas. En otro pasaje, utiliza la figura de la oveja: “Yo los envío como ovejas en medio de lobos”. El cristiano, entonces, debe combinar la sencillez y humildad de las ovejas, con la astucia de las serpientes, para sobrevivir en un medio caracterizado por un fuerte depredador: el lobo, es decir, el hombre sin Dios. Lo que confiere al cristiano las cualidades de los animales descriptos por Jesús, es el acatamiento voluntario a su Ley de la caridad. En efecto, un alma que viva los Mandamientos de la Ley de Dios y se rija por los preceptos de Jesús dados por Él en el Evangelio, será, a los ojos del mundo, como una imitación viviente de Jesús: será humilde y sencillo, como una paloma o una oveja, al tiempo que astuto, como una serpiente, pero no la astucia entendida en el mal sentido, en el sentido de la astucia demoníaca, sino una buena astucia, la astucia que lleva al alma a evitar las trampas que el enemigo tiende para hacerla sucumbir en el pecado. Por otro lado, siempre aparecen en desventaja estos animales –oveja, paloma, serpiente- con respecto al lobo, es decir, al hombre sin Dios, porque el lobo es, en conjunto e individualmente, más fuerte que cualquiera de los tres animales. Pero el lobo –el hombre sin Dios- posee algo que los hombres con Dios sí poseen y es la gracia santificante, la cual suple con creces las deficiencias naturales que pudieran tener. Es la gracia santificante la que hace que el cristiano, débil en apariencia frente al hombre sin Dios –el lobo- salga airoso y triunfante en sus diarios encuentros. De otro modo, Jesús no induciría a sus discípulos a ser como ovejas, palomas  y serpientes, frente a los lobos. En el fondo, los cristianos enviados por Jesús lo que hacen, en definitiva, es imitar la mansedumbre, la sencillez y la bondad de corazón del mismo Jesús. Y es esto lo que da el triunfo al cristiano sobre el lobo, el hombre sin Dios.

jueves, 12 de julio de 2018

“Y Él se asombraba de su falta de fe”



(Domingo XIV - TO - Ciclo A – 2018)

“Y Él se asombraba de su falta de fe” (Mc 6,1-6. Lo que caracteriza a este Evangelio es la incredulidad de los contemporáneos de Jesús: a pesar de las palabras de sabiduría sobrenatural, a pesar de sus milagros que solo Dios puede hacer, siguen sin creer en Jesús como Dios, confundiéndolo con “el hijo del carpintero”, “el hijo de María”; “el hermano de Santiago de José, de Judas y de Simón”: “Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: “¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos? ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón?”. Se asombran de que hable la sabiduría de Dios, pero siguen sin creer que es Dios, solo porque lo han visto crecer  en el pueblo, junto con sus parientes: “¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?”. Jesús es para sus contemporáneos algo incomprensible, “un motivo de tropiezo”, porque ven a Jesús solo con los ojos humanos y no con los ojos de la fe: “Y Jesús era para ellos un motivo de tropiezo”.
         La incapacidad de ver con los ojos de la fe impide a Jesús hacer milagros en medio de su pueblo, entre sus contemporáneos: “Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de curar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos”. La falta de fe, que es voluntaria, porque a pesar de las evidencias no quieren creer que sea Dios Hijo encarnado, lleva a Jesús a exclamar, resignado, que un profeta es despreciado solo entre su propia gente: “Por eso les dijo: “Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa”. Tal es la incredulidad culpable, tal es la falta de fe, que Jesús se asombra de esta falta de fe: “Y él se asombraba de su falta de fe”.
         No debemos creer que este episodio se limita a los albores del Nuevo Testamento. También con nosotros sucede lo mismo. ¿O acaso la crisis de la Iglesia, en la actualidad, en la que se produce la apostasía de niños, jóvenes y adultos, no es falta de fe en la Presencia real de Jesús en la Eucaristía? Si los contemporáneos de Jesús veían en Jesús a un hombre más entre tantos, sin ver en Él al Hijo de Dios encarnado, por rechazo voluntario de la gracia iluminativa, eso no difiere de nuestros días, en los que la gran mayoría de los católicos ven en la Eucaristía a poco más que un pan bendecido, sin ningún otro valor y esto por el rechazo voluntario de la gracia iluminativa recibida en la Catequesis. Si la gran mayoría de los católicos abandona en masa la Iglesia y prefiere un partido de fútbol o cualquier pasatiempo antes que la Misa y la Eucaristía, es porque ven en la Misa un acto religioso sin sentido, aburrido, y en la Eucaristía, un poco de pan bendecido y nada más. No ven, en la Misa, la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz; no ven, en la Misa, a la Presencia real, verdadera y substancial del Cuerpo y la Sangre de Jesús; no ven en la Eucaristía al Hijo de Dios, porque si lo hicieran, vendrían todos a postrarse de rodillas ante el altar, dejando todo lo que están haciendo.
“Y él se asombraba de su falta de fe y a causa de su poca fe, no podía hacer muchos milagros entre ellos”. Parafraseando al Evangelio, podemos decir: “Y Jesús Eucaristía se asombraba de la falta de fe en su Presencia real eucarística, y por eso no puede hacer milagros entre nosotros, porque, en el fondo, nos comportamos como los contemporáneos de Jesús: no creemos ni que Jesús sea Dios Hijo encarnado ni que la Eucaristía sea ese mismo Dios Hijo que prolonga su Encarnación en la Eucaristía.

domingo, 8 de julio de 2018

Jesús se asombraba de su falta de fe


(Domingo XIV - TO - Ciclo B – 2018)

         “¿No es éste el hijo de José el carpintero”; “¿no es el hijo de María y sus hermanos no viven aquí entre nosotros” (Jesús) no pudo hacer muchos milagros (…) se asombraba de su falta de fe” (cfr. Mc 6, 1-6). Jesús se dirige a su propio pueblo, rodeado por sus discípulos y comienza a enseñar, con su sabiduría divina, en la sinagoga. La multitud, formada por sus mismos compatriotas, es decir, por aquellos que eran de su pueblo y que por lo tanto habían compartido con Él el tiempo de la infancia y la juventud, en vez de agradecer por la sabiduría divina de sus palabras, empiezan a cuestionarlo y a desconfiar de Él. No ven en Jesús, ni siquiera escuchando sus palabras divinas, al Hijo de Dios encarnado; no ven en Jesús al Verbo Eterno del Padre que se ha encarnado en el seno virgen de María y que les habla a través de una naturaleza humana. Llevados por la sola razón y rechazando la iluminación que les proporciona la gracia, reconocen que sus palabras contienen sabiduría divina y que también sus milagros provienen de Dios, pero no lo reconocen como a Dios Hijo encarnado. Como lo han visto crecer desde niño, se confían en ese conocimiento de Jesús y lo tratan como a un ser humano y por eso dicen: “¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos?”. Además, para afirmarse en su incredulidad voluntaria, cuestionan sus orígenes, los que ellos, con su razón, creen que son los verdaderos, porque desconocen que Jesús ha sido engendrado por el Espíritu Santo y que por lo tanto su Padre natural es Dios Padre; desconocen que la Virgen es la Madre de Dios y que es Virgen; desconocen que Jesús es el Unigénito del Pade y que María, por ser la Madre de Dios y Virgen, solo tuvo hijos adoptivos aparte de Jesús y que los que ellos llaman “hermanos” son en realidad “primos”. Es por esto que dicen: “¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?”. Ahora bien, esta desconfianza e incredulidad voluntarias -que provienen del rechazo libre y voluntario de la gracia santificante que los sacaría de su error- tienen sus consecuencias: por su incredulidad y falta de fe -que asombra a Jesús- no puede hacer, entre sus compatriotas, unos pocos milagros: “No pudo hacer allí ningún milagro, fuera de curar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos (…) Y él se asombraba de su falta de fe”.
         La incredulidad y la falta de fe es pecaminosa porque es voluntaria; es un libre rechazo de la voluntad, que lleva al alma a desconfiar de Jesús a pesar de su sabiduría divina y a pesar de sus milagros que demuestran que Él es Dios.
         “Y él se asombraba de su falta de fe”. No debemos creer que estamos exentos de la misma incredulidad voluntaria, porque el mismo Jesús que predicó e hizo milagros en Palestina, es el mismo Jesús que nos habla en el silencio a nuestras almas y obra allí milagros portentosos desde la Eucaristía. Pero si nosotros, de modo análogo a los contemporáneos de Jesús, cuestionamos la Eucaristía y decimos: “¿Pero no es acaso un trozo de pan bendecido? ¿Cómo vamos a adorar un poco de pan bendecido? ¿cómo puede un poco de pan hace milagros? ¿No debemos recibirlo como si fuera un poco de pan y nada más? ¿Qué necesidad hay de adorar un poco de pan? Cuando un alma comete el fatal error de rechazar la gracia que le quitaría estas dudas de fe y decide profundizar sus dudas de fe en la Eucaristía, entonces toda su vida espiritual cristiana cae en unas profundísimas tinieblas que le impiden al mismo Jesús obrar en esa alma. Y para esa alma se repiten las palabras del Evangelio para con los contemporáneos de Jesús: “No pudo hacer allí ningún milagro (…) él se asombraba de su falta de fe”.
         No seamos nosotros esas almas incrédulas y pidamos la gracia a Nuestra Señora de la Eucaristía de aumentar cada vez más nuestra en la Presencia real, verdadera y substancial de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía, a fin de que Él pueda hacer muchos y grandes milagros en nuestras vidas y en las de nuestros seres queridos.

         

miércoles, 4 de julio de 2018

Jesús exorciza a los endemoniados gadarenos



Jesús exorciza a los endemoniados gadarenos
(De Predis códex,
Biblioteca real, Turín, Italia, 1476)

“Vayan a la piara de cerdos” (cfr. Mt 8, 28-34). El Evangelio describe un exorcismo realizado por Jesús, aunque también describe el estado de posesión demoníaca y qué es lo que esta hace sobre el hombre: “Cuando Jesús llegó a la otra orilla, a la región de los gadarenos, fueron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros. Eran tan feroces, que nadie podía pasar por ese camino”. Por un lado, se trata de una verdadera posesión demoníaca porque así lo relata el Evangelio: “fueron a su encuentro dos endemoniados”. Esto es importante destacar porque la crítica racionalista de la Escritura reduce la posesión demoníaca a una patología psiquiátrica como, por ejemplo, la esquizofrenia. Sin embargo, el Evangelio es muy claro en las expresiones, las cuales permiten diferenciar cuándo se trata de una enfermedad y cuándo se trata de una posesión demoníaca. La posesión demoníaca es la antítesis de la inhabitación de la Trinidad por la gracia: puesto que el Demonio es “la mona de Dios”, trata de imitar lo que Dios hace, pero todo lo hace mal: Dios inhabita en un alma en gracia, cuando el alma libremente lo acepta y desea la gracia y por lo tanto, la comunión de vida y amor con Dios que esta implica; en la posesión, si bien es cierto que se da en quienes hacen un pacto con el diablo y permiten que el Ángel caído tome se apodere de ellos, no siempre es así, porque hay casos de posesión en los que la persona no quiere tener nada que ver con el demonio. Por otra parte, la inhabitación trinitaria se da en el alma, mientras que la posesión es solo en el cuerpo, sin que el demonio tenga injerencia en el alma. Solo en el último estadio de la posesión, dicen los demonólogos expertos[1], se da lo que se denomina la “posesión perfecta”, en la que el Demonio toma control de la voluntad del poseso. Creemos que esta posesión es la que se llevó a cabo en Judas Iscariote y en este grado de posesión, ya es imposible volver atrás, pues el poseso se ha entregado libremente a Satanás, rechazando explícitamente a Dios Trino.
Otro detalle a tener en cuenta es que los endemoniados, en este caso, habitan en “los sepulcros”, es decir, en los cementerios. Es una realidad, pero al mismo tiempo, también una metáfora, porque los demonios toman posesión de quienes están muertos a la gracia de Dios –aunque esto tampoco se da en todos los casos porque, con el permiso de Dios, pueden darse casos de posesión en personas en estado de gracia[2]-. Si Jesús pide que lo imitemos a Él, que es “manso y humilde de corazón” y esto se da en grado máximo en los santos, los posesos del Evangelio se muestran “feroces”, y a tal grado, que “nadie podía pasar por allí”, debido a que agredían a quienes se atrevieran a hacerlo. Esto es así porque el que toma posesión de los cuerpos, el Demonio, es un ser que ha fijado para siempre su voluntad en el odio: habiendo sido creado para amar, pervirtió él mismo su propia naturaleza angélica, dirigiendo los actos de su voluntad angélica en el sentido opuesto al del amor y es por eso que el Demonio odia y no puede ni quiere hacer otra cosa que odiar, a Dios y al hombre, que es la creatura que es imagen de Dios. El Demonio es un ser que, además de odiar, vive en un estado de ira permanente, porque se da cuenta de que jamás podrá vencer a Dios y que su locura de pretender igualarse a Dios ha sido castigada para siempre desde la cruz de Jesús y esa es la razón por la cual los endemoniados son feroces, porque el Diablo es feroz en sí mismo, lo opuesto radicalmente a la mansedumbre y dulzura del Corazón de Jesús.
Los demonios que poseen a los hombres reconocen la Presencia de Dios en Jesucristo; de alguna manera, perciben en Jesucristo al Dios que los creó y que los expulsó del cielo para siempre y que habrá de encadenarlos en el infierno eterno al fin de los días, también para siempre. Los demonios reconocen que Jesús no es un hombre más entre tantos, sino que es el “Hijo de Dios”: “Y comenzaron a gritar: “¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?”.
Los demonios saben que Jesús va a expulsarlos y le suplican que los envíe a una piara de cerdos, los cuales terminan ahogándose[3]: esto también tiene un significado metafórico, puesto que los cerdos son animales irracionales y en eso se parecen a los demonios, que en su locura e irracionalidad pretendieron ser iguales a Dios y el hecho de que se ahoguen, indica que las obras del Demonio terminan siempre en lo mismo, en la muerte, ya que él es el autor de la muerte: “Por la envidia del Diablo entró la muerte en el mundo”.
Por último, ¿por qué razón estaban endemoniados? Aunque, como dijimos, pueden ser víctimas inocentes que, con la permisión divina, pueden quedar posesos –para así dar testimonio del mundo preternatural, angélico-, lo más probable es que los endemoniados hayan estado practicando algún culto diabólico. Es lo que sucede en la actualidad con supersticiones que se originan en el mundo de los ángeles caídos, como el Gauchito Gil, la Difunta Correa y San La Muerte: quienes practican estos cultos supersticiosos, están posesos y, en algún momento, antes o después, esa posesión saldrá a la luz. En estos casos, en los que los brujos o hechiceros saben que están pactando con el Diablo al practicar cultos como San La Muerte, pueden darse casos de posesión perfecta, en las que el Demonio toma posesión no solo del cuerpo, sino también del alma. De ahí, al Infierno, hay un solo paso, que es el umbral de la muerte. En estos casos, de no mediar un profundo arrepentimiento, la condena de quienes practican cultos demoníacos como San La Muerte es prácticamente segura, según lo advierte la Escritura: “No entrarán en el Reino de los cielos (…) los hechiceros” (cfr. 1 Cor 6, 9-10; Ef 5, 5; Ap 22, 15).
Por último, la posesión demoníaca es una apología acerca de la condición de la Iglesia Católica como la Verdadera y Única Iglesia de Dios: está constatado, como en el caso de la joven Nicola Aubrey, de dieciséis años, que Satanás se burla de los protestantes[4], porque mientras él –el demonio- cree en la Presencia real del Señor en la Eucaristía, los protestantes la niegan.


[1] Cfr. Malacchi Martin, El rehén del Diablo, Ediciones Diana, México 1977.
[2] Es el caso de la joven alemana posesa, que dio origen a la película El exorcismo de Emily Rose.
[3] “Los demonios suplicaron a Jesús: “Si vas a expulsarnos, envíanos a esa piara”. Él les dijo: “Vayan”. Ellos salieron y entraron en los cerdos: estos se precipitaron al mar desde lo alto del acantilado, y se ahogaron”.

[4] Se trata de un caso famosísimo de posesión, cuyo exorcismo se realizó ante la presencia de católicos y protestantes y se prolongó entre el ocho de noviembre de 155 hasta el ocho de noviembre de 1566. Cfr. http://catolicosalvatualma.blogspot.com/2018/04/satanas-se-burla-de-los-protestantes-en.html