(Ciclo
A 2026)
La Fiesta de la Divina Misericordia se
celebra el Primer Domingo después de Pascua, llamado “Domingo in Albis”, debido
a un expreso pedido de Jesús a Sor Faustina Kowalska[1].
En la aparición del día 22 de Febrero de 1931, Jesús le dijo así a Sor Faustina:
“Yo quiero que esta imagen sea solemnemente bendecida el primer domingo después
de Pascua; ese domingo ha de ser la Fiesta de Mi Misericordia”. La razón es que
en este Domingo de la Divina Misericordia se derraman sobre las almas la Sangre
y el Agua que brotaron del Corazón de Jesús traspasado en la Cruz, Sangre y
Agua que se comunican por los Sacramentos, no solo quitando los pecados de los
hombres y librándolos de los castigos merecidos por sus culpas, sino sobre todo
y principalmente sumergiéndolos en el océano infinito del Divino Amor. Así lo
dice Jesús: “En aquel día están abiertas las entrañas de Mi Misericordia.
Derramaré un mar entero de gracias sobre las almas que se acercan al manantial
de Mi misericordia; el alma que se confiese [dentro de ocho días antes o
después] y comulgue [el mismo día] obtendrá la remisión total de culpas y
castigos” (…) En ese día están abiertas todas las compuertas divinas a través
de las cuales fluyen las gracias”. La condición por lo tanto para recibir el
“mar de gracias” prometido por Jesús, debemos acudir al Sacramento de la
Penitencia y confesarnos, ocho días antes o después, para poder comulgar en
estado de gracia.
Podemos decir que el contenido esencial
del mensaje de Jesús Misericordioso es la salvación de nuestras almas mediante
la recepción de la gracia de su Sagrado Corazón que se comunica por los
Sacramentos, además de la adoración y la unión a la Divina Misericordia representada
en su imagen como Jesús Misericordioso: “Pinta una imagen de acuerdo a esta
visión, con las palabras ‘Jesús, en Vos confío’. Yo deseo que esta imagen sea
venerada, primero en tu capilla y luego en el mundo entero. Yo prometo que el
alma que venere esta imagen, no perecerá. También prometo la victoria sobre sus
enemigos aquí en la tierra, especialmente a la hora de la muerte. Yo mismo la
defenderé con mi propia Gloria”. La veneración de la imagen de Jesús Misericordioso
y la adoración de la Divina Misericordia se lleva a cabo mediante la unión con
Jesucristo ante todo por medio de la gracia otorgada por el Sacramento de la Confesión,
representada en el Agua, y por la Eucaristía, representada en la Sangre de la
imagen: “Los dos rayos indican Agua y Sangre. El rayo pálido significa el Agua
que hace las almas justas (el alma se vuelve justa cuando recibe la gracia del
perdón en la Confesión Sacramental). El rayo rojo significa la Sangre que es la
vida de las almas (la Sangre que da vida eterna es el Santísimo Sacramento del
altar, la Eucaristía) (…) Estos dos rayos salieron de las profundidades de Mi
tierna Misericordia, cuando Mi corazón agonizante fue abierto por la lanza en
la Cruz”. La Hora por excelencia para unirnos a Jesús por la fe y el amor y
adorar su Divina Misericordia es a las Tres de la tarde, llamada por esto mismo
“la Hora de la Misericordia”: “Te recuerdo, hija mía, que tan pronto como suene
el reloj a las tres de la tarde, te sumerjas completamente en mi Misericordia,
adorándola y glorificándola; invoca su omnipotencia para todo el mundo, y
particularmente para los pobres pecadores; porque en ese momento la
Misericordia se abrió ampliamente para cada alma (…) A la hora de las tres
implora Mi misericordia, especialmente por los pecadores; y aunque sea por un
brevísimo momento, sumérgete en Mi Pasión, especialmente en Mi desamparo en el momento
de mi agonía. Esta es la hora de gran misericordia para el mundo entero. En
esta hora, no le rehusare nada al alma que me lo pida por los méritos de Mi
Pasión”.
Dentro de las apariciones de Jesús Misericordioso, hay
otro aspecto sumamente importante, además de la santificación del alma por el
Sacramento de la Penitencia y la adoración de la Divina Misericordia y ese
elemento es la preparación del alma, de la Iglesia y de la humanidad toda para
su Segunda Venida en la gloria, descripta por Jesús como inminente. Dice así
Jesús: “Prepararás al mundo para mi Segunda Venida” (Diario 429), y también: “Hija
Mía, habla al mundo de Mi misericordia para que toda la humanidad conozca la
infinita misericordia Mía. Es una señal de estos tiempos (N. del R.: la señal
es la imagen de Jesús Misericordioso), después de ella vendrá el Día de la Justicia.
Todavía queda tiempo, que recurran pues, a la Fuente de Mi Misericordia, se
beneficien de la Sangre y del Agua que brotó para ellos” (Diario 848); “Habla a
las almas de esta gran misericordia Mía, porque está cercano el día de Mi
justicia” (Diario 965); “Antes del Día de la justicia envío el día de la
misericordia” (Diario 1588). No solo Jesús, sino también la Virgen advierten de
esta Segunda Venida de Jesús, en la que Jesús ya no vendrá como Dios
Misericordioso, sino como Justo Juez de la humanidad, en el día llamado “de la Ira
de Dios”. Le dice así la Virgen a Sor Faustina: “Tú debes hablar al mundo de Su
gran misericordia y preparar al mundo para Su segunda venida. Él vendrá, no
como un Salvador Misericordioso, sino como un Juez Justo. Oh qué terrible es
ese día. Establecido está ya el día de la justicia, el Día de la Ira divina.
Los ángeles tiemblan ante este día. Habla a las almas de esa gran misericordia,
mientras sea aún el tiempo para conceder la misericordia” (Diario 635).
Como devotos de la Divina Misericordia debemos por lo
tanto estar vigiles y atentos y prepararnos para la Segunda Venida de Jesús y el
modo de hacerlo es por medio de las obras de misericordia corporales y
espirituales que nos pídela Iglesia, principalmente con los prójimos más
necesitados. Es lo que el mismo Jesús reveló en el Evangelio, que en el Día del
Juicio Final se salvarían solamente aquellos que hubieran obrado la
misericordia: “Venid a Mí, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me
disteis de comer, beber, vestisteis, etc.”. El mensaje de las apariciones de
Jesús Misericordioso es por lo tanto un mensaje de esperanza de salvación para
los hombres, pero siempre y cuando los hombres libremente deseen recibir a la
Divina Misericordia derramada desde el Cielo a las almas por medio del Corazón
traspasado de Jesús en la Cruz. Pero en el mensaje de Jesús Misericordioso
también se advierte a todos los hombres cuáles son las consecuencias para quienes
no quieran recibir a la Divina Misericordia, es decir, para quien no quiera,
libre y voluntariamente, “pasar por su misericordia” y esas consecuencias son
verdaderamente terribles para el alma sin fe ni piedad, porque rechazando a la
Misericordia Divina, deberá sin excepción sufrir las consecuencias de ser
objeto de la Divina Justicia. Dice así Jesús a Santa Faustina: “Quien no quiera
pasar por la puerta de Mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de Mi
justicia” (Diario 1146). Y esto no es una novedad, ya que está revelado por Jesús
en el Evangelio: “¡Apartaos de Mí, maldito, al fuego eterno! Porque tuve
hambre, y no me disteis de comer, sed y no me disteis de beber, etc.”. De las
palabras de Jesús se deduce por lo tanto que no da lo mismo obrar o no la
misericordia, es decir, no a lo mismo ser como el siervo “precavido y fiel que
prepara la llegada de su amo”, preparándonos para su Segunda Venida, buscando
la conversión por la penitencia, el acudir a los Sacramentos y ser
misericordiosos para con los más necesitados, prepararnos o no para la Segunda
Venida, que ser como el siervo malo y perezoso de la parábola, a quien no le
preocupaba en lo más mínimo la llegada de su señor, dedicándose a emborracharse
y a pelear con los demás. El eterno destino no es el mismo para quienes esperan
y para quienes no esperan la Segunda Venida: el cielo, para quienes lo hayan
imitado en su Misericordia; el Infierno, para quienes no hayan tenido compasión
para con sus hermanos.
Para que sepamos que la advertencia de Jesús para quien
no tiene misericordia ni quiere prepararse para su Segunda Venida, en las
apariciones de Jesús y reafirmando lo revelado en el Evangelio y en la
Tradición y el Magisterio, el mismo Jesús Misericordioso, el mismo Jesús cuyo Corazón
traspasado derrama sobre los hombres al Divino Amor, fue quien condujo en vida a
Santa Faustina al Infierno para que viera en persona ver los eternos tormentos
y dolores corporales y espirituales para los que no fueron misericordiosos; le
hizo ver los tormentos de dolor imposibles de imaginar que les esperan a
quienes no hayan querido tener compasión y misericordia para con sus hermanos. Dice
así Santa Faustina: “Hoy, fui llevada por un ángel a los abismos del infierno. ¡Es
un lugar de gran tortura, cómo asombrosamente grande y extenso! Los demonios
estaban llenos de odio hacia mí, pero tuvieron que obedecerme por orden de
Dios”. Los tipos de torturas que vio la santa son los siguientes: la primer
tortura del infierno es la pérdida de Dios; la segunda es el remordimiento
perpetuo de la conciencia; la tercera es que la condición de uno nunca
cambiará; la cuarta es el fuego que penetra el alma sin destruirla, un
sufrimiento terrible, ya que es un fuego completamente espiritual, encendido
por la ira de Dios; la quinta es la continua oscuridad y un terrible olor
sofocante, pero a pesar de la oscuridad, los demonios y las almas de los
condenados se ven unos a otros, su propia alma y la de los demás; la sexta es
la compañía constante de satanás; la séptima es la horrible desesperación, el
odio a Dios, las palabras viles, maldiciones y blasfemias. Hay torturas
especiales destinadas para las almas en particular. Estos son los tormentos de
los sentidos. Cada alma padece sufrimientos terribles e indescriptibles,
relacionados con la manera en que ha pecado. Hay cavernas y hoyos de tortura
donde una forma de agonía difiere de otra. Me habría muerto con la simple
visión de estas torturas si la omnipotencia de Dios no me hubiera sostenido. Que
el pecador sepa que va a ser torturado por toda la eternidad, en esos sentidos
que fueron usados para pecar”. Estoy escribiendo esto por orden de Dios, para
que ninguna alma pueda encontrar una excusa diciendo que no hay infierno. O que
nadie ha estado allí, y por lo tanto nadie puede decir que no sabe (…) Lo que
he escrito no es más que una pálida sombra de las cosas que vi. Pero me di
cuenta de una cosa: que la mayoría de las almas que hay no creían que hubiera
un infierno. ¡Cuán terriblemente sufren las almas allí! En consecuencia, pido aún más fervientemente
por la conversión de los pecadores”. (Diario, 741).
La Fiesta de la Divina Misericordia consiste entonces en
la preparación, tanto de forma personal
como Iglesia, para su Segunda Venida mediante la adoración a Jesús
Misericordioso, uniéndonos a Él por la fe, el amor y los sacramentos, sobre
todo la confesión y la Eucaristía –lo cual quiere decir vivir en gracia mediante
la confesión frecuente y así comulgar en gracia – y obrar la Misericordia. Un último
aspecto a considerar es que, si debemos prepararnos espiritualmente para la
Segunda Venida de Jesús, ¿esto significa que sabemos cuándo será? De ninguna
manera podemos saber cuándo será la Segunda Venida, solo Dios lo sabe, pero no
necesitamos saber cuándo será, porque podría ser esta misma noche o mañana
porque para quien muera mañana, será el día del Juicio Particular, anticipo de
la Segunda Venida. No es importante, por lo tanto, saber cuándo será la Segunda
Venida; lo que importa es ser como el siervo que está vigilante, esperando el
regreso de su Señor, representación del alma que ama a Jesucristo y que está
atenta a su Segunda Venida, se prepara para el encuentro personal con Jesús
Misericordioso. Y cuando venga Jesús a nuestro encuentro, no aceptará de
nosotros ni dinero, ni honores ni fama; lo único que buscará en nosotros será un
corazón lleno de gracia santificante dada por los Sacramentos y pleno de amor a
Dios y al prójimo y lleno de su gracia, y unas manos colmadas de buenas obras.
Esto es lo que Jesús quiere de cada alma para poder llevarla al Reino de los
cielos: “Hija mía deseo que tu corazón sea formado a semejanza de Mi Corazón
Misericordioso. Debes ser impregnada completamente de mi Misericordia” (167).
La Fiesta de la Divina no es entonces una simple conmemoración devota del Amor
Misericordioso de Dios; la Fiesta de la Divina Misericordia es una ocasión que
nos regala el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús para que nuestro corazón se
convierta en lo que desea Jesús: un corazón fusionado con la Misericordia
Divina, un corazón en el que la imagen de Jesús Misericordioso esté estampada y
marcada a fuego.
[1] En el segundo Domingo de Pascua,
que este año se celebra el 23 de abril, se concede la indulgencia plenaria, con
las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y
oración por las intenciones del Sumo Pontífice) al fiel que participe en actos
de piedad realizados en honor de la Misericordia divina.
“O al menos rece, en presencia del Santísimo
Sacramento de la Eucaristía, públicamente expuesto o conservado en el Sagrario,
el Padrenuestro y el Credo, añadiendo una invocación piadosa al Señor Jesús
misericordioso (por ejemplo, ‘Jesús misericordioso, confío en ti’)”, dice el
texto del decreto.
Asimismo se concede indulgencia parcial “al fiel que,
al menos con corazón contrito, eleve al Señor Jesús misericordioso una de las
invocaciones piadosas legítimamente aprobadas”.