martes, 28 de abril de 2026

“Yo Soy el Buen Pastor”

 


(Domingo IV - TP - A - 2026)

“Yo Soy el Buen Pastor” (Jn 10, 11-18). Frente a sus discípulos, Jesús se auto- proclama a Sí mismo como “el Buen Pastor”, pero no en un sentido literal, material, sino en un sentido espiritual, sobrenatural: Él es el “Buen Pastor”, no del rebaño de las ovejas entendidas como animales, sino de las ovejas entendidas en sentido figurado, es decir, las ovejas entendidas como las almas, como aquellas almas que pertenecen a su grey, a su Iglesia. Jesús, como Buen Pastor, se diferencia radicalmente de los “malos pastores”, los cuales son “asalariados” y solo buscan “sacar provecho” de las ovejas, mientras que Jesús, por el contrario -y ésta es la diferencia fundamental- “da literalmente la vida por las ovejas de su rebaño”. Este “dar la vida” de parte de Jesús Buen Pastor por todas y cada una de sus ovejas, aun de las más pequeñas, no es en un sentido metafórico, simbólico o poético, sino real y verdadero. Así como le sucede a un pastor terreno, que cuando se le extravía una oveja del redil, deja a las restantes al seguro en el redil e independientemente de las condiciones atmosféricas y geográficas sale en busca de la oveja perdida, mucho más Jesucristo, Buen Pastor, cuando un alma se pierde, deja a las almas que están seguras en el Cielo, por así decirlo, para venir a buscar a las almas en peligro de condenación eterna en la tierra.

Sin el pastor que la guíe, la oveja prontamente pierde la guía y se desorienta, saliéndose del sendero y caminando por lugares que no conoce; así desorientada, llega un momento determinado en el que tropieza y cae dando tumbos por el barranco hasta que se detiene en el fondo del mismo, quedando herida de muerte, sangrando, con la piel rasgada por los huesos fracturados pero sobre todo, lo más peligroso, a merced del lobo, quien es atraído por el olor de la sangre. Sin la protección del pastor, la oveja es fácil presa del lobo, el cual destrozará sus tiernas carnes con sus duros y filosos dientes y despedazará su cuerpo con sus despiadas garras. Pero así como el buen pastor de la tierra, cuando se da cuenta que se ha perdido su oveja no duda ni un instante en salir a buscarla y cuando la encuentra a la oveja perdida desciende con su cayado por el barranco para curar sus heridas con aceite y luego de cubrirlas con vendas la carga sobre sus hombros para regresarla sana y salva al redil, así, del mismo modo Jesús, Buen Pastor, Pastor Sumo y Eterno, cumpliendo la voluntad del Padre, desciende no a un barranco, sino que desciende desde el seno del Padre al seno de la Virgen Madre; desciende desde el cielo a la tierra, para encarnarse llevado por el Espíritu Santo y así bajar por ese barranco inmaterial que es la Encarnación para venir en nuestra búsqueda, en la búsqueda de la oveja perdida que somos nosotros los hombres, que es toda la humanidad y así Jesús el Buen Pastor baja con su cayado que es la Santa Cruz, para recoger a la humanidad herida y dispersa por el pecado y acechada por el Lobo infernal, el Demonio, ahuyentándolo y curando a la oveja, la humanidad, con el aceite de su gracia, sanando así las heridas que el pecado provoca en el alma. Y después de haber curado al alma con el aceite de la gracia, la carga sobre sus hombros, es decir, la carga sobre el leño de la Cruz y asciende, pero no por la loma de un barranco, sino que Jesús Buen Pastor asciende con el alma, la oveja, cargándola en sus hombros, llevándola hasta el Cielo, hasta el seno del Eterno Padre, llevando consigo a la humanidad que ha sido rescatada y sanada por Sangre y su gracia santificante. Es por esta razón que Jesús es el Buen Pastor, el Pastor Sumo y Eterno de nuestras almas heridas y sanadas por su Sangre Preciosísima derramada en la cruz.


lunes, 13 de abril de 2026

“Lo reconocieron al partir el pan”

 


(Domingo III – TP - Ciclo A - 2026)

          “Lo reconocieron al partir el pan”. El Evangelio relata el encuentro de los discípulos de Emaús con Jesús resucitado. Los discípulos caminan alejándose de Jerusalén, conversando entre ellos acerca de lo sucedido el Viernes Santo. Según el relato evangélico, los discípulos, que aman a Jesús y por eso son cristianos, están “con el semblante triste”, porque han quedado conmocionados luego de la crucifixión de Jesús en el Monte Calvario. Mientras caminan en dirección a Emaús, Jesús resucitado les sale al paso y los saluda; los discípulos responden amablemente al saludo, pero no reconocen a Jesús. Es Jesús quien toma la iniciativa en la conversación que sigue, preguntándoles acerca de qué conversaban. Los discípulos de Emaús se extrañan por el hecho de que Jesús, en apariencia para ellos, no sepa qué es lo que sucedió en Jerusalén el Viernes Santo y le narran a Jesús lo sucedido. En este encuentro con Jesús resucitado, hay algo característico en los discípulos de Emaús, que se repite en la totalidad de los encuentros de Jesús resucitado con los demás discípulos y es el hecho de la falta de fe en la promesa de Jesús de que iba a resucitar “al tercer día”. Como consecuencia de esta falta de fe en la palabra de Jesús, tanto los discípulos de Emaús, como María Magdalena y todos aquellos a quienes Jesús encuentra después de resucitar, se encuentran abatidos, conmocionados por el cruel espectáculo de la crucifixión de Jesús en el Viernes Santo. De manera particular, los discípulos de Emaús son descriptos por el relato evangélico como personas sin ánimo, entristecidas, más específicamente, “con el semblante triste”. Como dijimos, este patrón de comportamiento se repite entre todos los discípulos, ante el primer encuentro con Jesús resucitado. El motivo del “semblante triste” es su falta de fe -algo que Jesús les reprochará diciéndoles “hombres duros de entendimiento” a los cuales “les cuesta creer” todo lo relativo al misterio de Jesús- y esta falta de fe es doble, porque no solo no tienen fe en las palabras de Jesús de que Él iba a resucitar, sino que tampoco creen al testimonio de las mujeres santas de Jerusalén, las cuales ya se habían encontrado con Jesús resucitado y les habían anunciado de que Él estaba vivo y glorioso. La fe de los discípulos de Emaús es una fe sumamente imperfecta, dubitativa, que rechaza lo central en Jesús y es su condición sobrenatural de Hombre-Dios, el cual en cuanto tal, en cuanto Hombre-Dios, no solo obró milagros con su poder divino, sino que con estos milagros demostró tener absoluto poder sobre la vida y la muerte, por ejemplo al resucitar muertos como a Lázaro o al hijo de la viuda de Naín.

Es esta fe imperfecta, incrédula -aunque parezca una contradicción, pero es una fe incrédula-, dubitativa, vacilante, la que condiciona la vida de los discípulos de Emaús, los cuales salen de Jerusalén desanimados y tristes, porque si bien son cristianos porque son seguidores de Cristo, sin embargo son cristianos que creen en un Cristo muerto; son cristianos que creen en un Cristo que  solo ha muerto en la cruz el Viernes Santo, pero no creen en el mismo Cristo, que con su poder divino ha resucitado el Domingo de Resurrección. Son cristianos racionalistas, que dejan de lado el aspecto sobrenatural de los misterios salvíficos de Jesús. Para ellos, Jesús es solo un hombre, un “profeta poderoso en obras”, pero no Dios encarnado, que con esas obras que ellos mismos relatan, ha demostrado ser Quien dice ser, el Hijo de Dios encarnado. El racionalismo cristiano, que descarta de plano todo lo sobrenatural, constituye la esencia del progresismo y del modernismo católico, destruyendo de raíz la fe católica en Jesucristo como Hombre-Dios, como el Verbo del Padre encarnado para nuestra salvación.

 Ahora bien, el estado de los discípulos de Emaús, de incredulidad, de falta de fe, de fe imperfecta y dubitativa; el estado de desconocimiento de Jesús, cambiará de modo radical cuando Jesús les infunda la luz del Espíritu Santo y esto sucederá en un contexto sacramental, en el momento en el que Jesús “parta el pan” y decimos “contexto sacramental”, porque esta efusión del Espíritu Santo, que ilumina las mentes y corazones de los discípulos de Emaús, se da en el ámbito de la celebración de la Santa Misa por parte del Sumo Sacerdote Jesús, según lo afirman muchos teólogos y autores católicos.

Es muy importante tener en cuenta esta situación, el hecho de que Jesús ilumine las almas de los discípulos de Emaús en la fracción del pan, “al partir el pan”. En ese momento, el velo que impedía que lo reconocieran, según el relato del Evangelio, que era su fe cristiana racionalista que los hacía tener fe en un Jesús muerto y no resucitado, desaparece por la luz del Espíritu Santo que les infunde Jesús y es en ese momento en el cual los discípulos de Emaús comienzan a creer según la verdadera fe católica, es decir, en un Jesús muerto y resucitado, glorioso, Presente en la Eucaristía, puesto que lo reconocen en la fracción del Pan Eucarístico, el Pan del Altar.

A pesar de que Jesús desaparece en el mismo momento en el que “parte el pan”, los discípulos de Emaús, que han recibido la iluminación interior por el Espíritu Santo infundido por Jesús, comienzan a creer con fe católica en Jesús resucitado; Jesús ya no es más para ellos ni un “forastero”, ni un “profeta poderoso en obras”, sino el Hombre-Dios, que ha padecido su misterio pascual de Muerte y Resurrección y ahora, luego de padecer la muerte en la cruz, ha resucitado y se encuentra glorioso en los cielos, a la diestra del Padre y en el seno de la Iglesia, la Sagrada Eucaristía.

El hecho de que Jesús se haga invisible en el momento de la fracción del pan no es un impedimento para que los discípulos de Emaús comiencen a creer firmemente en el misterio pascual de Jesús, misterio sobrenatural que va más allá de su muerte en el Viernes Santo, porque continúa el misterio de Cristo en el Domingo de Resurrección y en su Presencia gloriosa en la Sagrada Eucaristía. Por medio de la luz de la fe católica, se da una paradoja, porque mientras lo podían ver sensiblemente e incluso hablar personalmente con Él, no lo reconocían, pero ahora que Jesús está invisible, en la Sagrada Eucaristía, sí pueden verlo, pero con los ojos del alma, iluminados por la luz de la fe verdaderamente católica.

“Lo reconocieon al partir el pan”, dice el Evangelio, relatando el momento crucial que cambia para siempre la vida de los discípulos de Emaús, porque no es que simplemente antes de reconocerlo a Jesús resucitado estaban “tristes” y ahora están “alegres”, porque eso sería reducir la fe católica a un estado anímico; el reconocimiento de Jesús en la Eucaristía les cambia la vida porque ya no creen en un Jesús muerto, sino en un Jesús vivo, glorioso y resucitado, Presente en Persona en la Eucaristía. Muchas veces puede sucedernos a nosotros, católicos del siglo XXI, lo mismo que a los discípulos de Emaús antes de recibir la luz del Espíritu Santo, en el sentido de que creemos en Jesús, pero en un Jesús muerto y no resucitado y glorioso en la Eucaristía, porque no lo buscamos en la Eucaristía y no hacemos de la Eucaristía la Fuente Increada de nuestra felicidad –“Dichosos los invitados a comulgar”, nos dice la Iglesia, revelándonos dónde está la verdadera y única felicidad- porque en el fondo no creemos ni que Jesús haya resucitado, ni que Jesús resucitado y glorioso esté en la Eucaristía.

Si buscamos a un Jesús muerto, entonces nuestra fe es vacilante, frágil, dubitativa, como los discípulos de Emaús antes de la fracción del pan. Esta fe puede y debe cambiar cuando asistimos a la Santa Misa, porque en cada Santa Misa se produce en evento similar a lo sucedido con los discípulos de Emaús cuando Jesús parte el pan y es que al partir el Pan del Altar, la Sagrada Eucaristía, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús concede la luz del Espíritu Santo al alma predispuesta, para que el alma lo reconozca, glorioso y resucitado, en el Santísimo Sacramento del Altar.

No busquemos a un Jesús muerto, sino a Jesús muerto, resucitado y glorioso en la Sagrada Eucaristía y así Jesús Eucaristía encenderá nuestros corazones en el Divino Amor al recibirlo por la Comunión, tal como hizo con los discípulos de Emaús quienes, reconociendo a Jesús resucitado, decían: “¿Acaso no ardían nuestros corazones cuando hablábamos con Jesús?”.

 


miércoles, 8 de abril de 2026

Domingo in Albis

 



(Ciclo A 2026)

         La Fiesta de la Divina Misericordia se celebra el Primer Domingo después de Pascua, llamado “Domingo in Albis”, debido a un expreso pedido de Jesús a Sor Faustina Kowalska[1]. En la aparición del día 22 de Febrero de 1931, Jesús le dijo así a Sor Faustina: “Yo quiero que esta imagen sea solemnemente bendecida el primer domingo después de Pascua; ese domingo ha de ser la Fiesta de Mi Misericordia”. La razón es que en este Domingo de la Divina Misericordia se derraman sobre las almas la Sangre y el Agua que brotaron del Corazón de Jesús traspasado en la Cruz, Sangre y Agua que se comunican por los Sacramentos, no solo quitando los pecados de los hombres y librándolos de los castigos merecidos por sus culpas, sino sobre todo y principalmente sumergiéndolos en el océano infinito del Divino Amor. Así lo dice Jesús: “En aquel día están abiertas las entrañas de Mi Misericordia. Derramaré un mar entero de gracias sobre las almas que se acercan al manantial de Mi misericordia; el alma que se confiese [dentro de ocho días antes o después] y comulgue [el mismo día] obtendrá la remisión total de culpas y castigos” (…) En ese día están abiertas todas las compuertas divinas a través de las cuales fluyen las gracias”. La condición por lo tanto para recibir el “mar de gracias” prometido por Jesús, debemos acudir al Sacramento de la Penitencia y confesarnos, ocho días antes o después, para poder comulgar en estado de gracia.

         Podemos decir que el contenido esencial del mensaje de Jesús Misericordioso es la salvación de nuestras almas mediante la recepción de la gracia de su Sagrado Corazón que se comunica por los Sacramentos, además de la adoración y la unión a la Divina Misericordia representada en su imagen como Jesús Misericordioso: “Pinta una imagen de acuerdo a esta visión, con las palabras ‘Jesús, en Vos confío’. Yo deseo que esta imagen sea venerada, primero en tu capilla y luego en el mundo entero. Yo prometo que el alma que venere esta imagen, no perecerá. También prometo la victoria sobre sus enemigos aquí en la tierra, especialmente a la hora de la muerte. Yo mismo la defenderé con mi propia Gloria”. La veneración de la imagen de Jesús Misericordioso y la adoración de la Divina Misericordia se lleva a cabo mediante la unión con Jesucristo ante todo por medio de la gracia otorgada por el Sacramento de la Confesión, representada en el Agua, y por la Eucaristía, representada en la Sangre de la imagen: “Los dos rayos indican Agua y Sangre. El rayo pálido significa el Agua que hace las almas justas (el alma se vuelve justa cuando recibe la gracia del perdón en la Confesión Sacramental). El rayo rojo significa la Sangre que es la vida de las almas (la Sangre que da vida eterna es el Santísimo Sacramento del altar, la Eucaristía) (…) Estos dos rayos salieron de las profundidades de Mi tierna Misericordia, cuando Mi corazón agonizante fue abierto por la lanza en la Cruz”. La Hora por excelencia para unirnos a Jesús por la fe y el amor y adorar su Divina Misericordia es a las Tres de la tarde, llamada por esto mismo “la Hora de la Misericordia”: “Te recuerdo, hija mía, que tan pronto como suene el reloj a las tres de la tarde, te sumerjas completamente en mi Misericordia, adorándola y glorificándola; invoca su omnipotencia para todo el mundo, y particularmente para los pobres pecadores; porque en ese momento la Misericordia se abrió ampliamente para cada alma (…) A la hora de las tres implora Mi misericordia, especialmente por los pecadores; y aunque sea por un brevísimo momento, sumérgete en Mi Pasión, especialmente en Mi desamparo en el momento de mi agonía. Esta es la hora de gran misericordia para el mundo entero. En esta hora, no le rehusare nada al alma que me lo pida por los méritos de Mi Pasión”.

Dentro de las apariciones de Jesús Misericordioso, hay otro aspecto sumamente importante, además de la santificación del alma por el Sacramento de la Penitencia y la adoración de la Divina Misericordia y ese elemento es la preparación del alma, de la Iglesia y de la humanidad toda para su Segunda Venida en la gloria, descripta por Jesús como inminente. Dice así Jesús: “Prepararás al mundo para mi Segunda Venida” (Diario 429), y también: “Hija Mía, habla al mundo de Mi misericordia para que toda la humanidad conozca la infinita misericordia Mía. Es una señal de estos tiempos (N. del R.: la señal es la imagen de Jesús Misericordioso), después de ella vendrá el Día de la Justicia. Todavía queda tiempo, que recurran pues, a la Fuente de Mi Misericordia, se beneficien de la Sangre y del Agua que brotó para ellos” (Diario 848); “Habla a las almas de esta gran misericordia Mía, porque está cercano el día de Mi justicia” (Diario 965); “Antes del Día de la justicia envío el día de la misericordia” (Diario 1588). No solo Jesús, sino también la Virgen advierten de esta Segunda Venida de Jesús, en la que Jesús ya no vendrá como Dios Misericordioso, sino como Justo Juez de la humanidad, en el día llamado “de la Ira de Dios”. Le dice así la Virgen a Sor Faustina: “Tú debes hablar al mundo de Su gran misericordia y preparar al mundo para Su segunda venida. Él vendrá, no como un Salvador Misericordioso, sino como un Juez Justo. Oh qué terrible es ese día. Establecido está ya el día de la justicia, el Día de la Ira divina. Los ángeles tiemblan ante este día. Habla a las almas de esa gran misericordia, mientras sea aún el tiempo para conceder la misericordia” (Diario 635).

Como devotos de la Divina Misericordia debemos por lo tanto estar vigiles y atentos y prepararnos para la Segunda Venida de Jesús y el modo de hacerlo es por medio de las obras de misericordia corporales y espirituales que nos pídela Iglesia, principalmente con los prójimos más necesitados. Es lo que el mismo Jesús reveló en el Evangelio, que en el Día del Juicio Final se salvarían solamente aquellos que hubieran obrado la misericordia: “Venid a Mí, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer, beber, vestisteis, etc.”. El mensaje de las apariciones de Jesús Misericordioso es por lo tanto un mensaje de esperanza de salvación para los hombres, pero siempre y cuando los hombres libremente deseen recibir a la Divina Misericordia derramada desde el Cielo a las almas por medio del Corazón traspasado de Jesús en la Cruz. Pero en el mensaje de Jesús Misericordioso también se advierte a todos los hombres cuáles son las consecuencias para quienes no quieran recibir a la Divina Misericordia, es decir, para quien no quiera, libre y voluntariamente, “pasar por su misericordia” y esas consecuencias son verdaderamente terribles para el alma sin fe ni piedad, porque rechazando a la Misericordia Divina, deberá sin excepción sufrir las consecuencias de ser objeto de la Divina Justicia. Dice así Jesús a Santa Faustina: “Quien no quiera pasar por la puerta de Mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de Mi justicia” (Diario 1146). Y esto no es una novedad, ya que está revelado por Jesús en el Evangelio: “¡Apartaos de Mí, maldito, al fuego eterno! Porque tuve hambre, y no me disteis de comer, sed y no me disteis de beber, etc.”. De las palabras de Jesús se deduce por lo tanto que no da lo mismo obrar o no la misericordia, es decir, no a lo mismo ser como el siervo “precavido y fiel que prepara la llegada de su amo”, preparándonos para su Segunda Venida, buscando la conversión por la penitencia, el acudir a los Sacramentos y ser misericordiosos para con los más necesitados, prepararnos o no para la Segunda Venida, que ser como el siervo malo y perezoso de la parábola, a quien no le preocupaba en lo más mínimo la llegada de su señor, dedicándose a emborracharse y a pelear con los demás. El eterno destino no es el mismo para quienes esperan y para quienes no esperan la Segunda Venida: el cielo, para quienes lo hayan imitado en su Misericordia; el Infierno, para quienes no hayan tenido compasión para con sus hermanos.

Para que sepamos que la advertencia de Jesús para quien no tiene misericordia ni quiere prepararse para su Segunda Venida, en las apariciones de Jesús y reafirmando lo revelado en el Evangelio y en la Tradición y el Magisterio, el mismo Jesús Misericordioso, el mismo Jesús cuyo Corazón traspasado derrama sobre los hombres al Divino Amor, fue quien condujo en vida a Santa Faustina al Infierno para que viera en persona ver los eternos tormentos y dolores corporales y espirituales para los que no fueron misericordiosos; le hizo ver los tormentos de dolor imposibles de imaginar que les esperan a quienes no hayan querido tener compasión y misericordia para con sus hermanos. Dice así Santa Faustina: “Hoy, fui llevada por un ángel a los abismos del infierno. ¡Es un lugar de gran tortura, cómo asombrosamente grande y extenso! Los demonios estaban llenos de odio hacia mí, pero tuvieron que obedecerme por orden de Dios”. Los tipos de torturas que vio la santa son los siguientes: la primer tortura del infierno es la pérdida de Dios; la segunda es el remordimiento perpetuo de la conciencia; la tercera es que la condición de uno nunca cambiará; la cuarta es el fuego que penetra el alma sin destruirla, un sufrimiento terrible, ya que es un fuego completamente espiritual, encendido por la ira de Dios; la quinta es la continua oscuridad y un terrible olor sofocante, pero a pesar de la oscuridad, los demonios y las almas de los condenados se ven unos a otros, su propia alma y la de los demás; la sexta es la compañía constante de satanás; la séptima es la horrible desesperación, el odio a Dios, las palabras viles, maldiciones y blasfemias. Hay torturas especiales destinadas para las almas en particular. Estos son los tormentos de los sentidos. Cada alma padece sufrimientos terribles e indescriptibles, relacionados con la manera en que ha pecado. Hay cavernas y hoyos de tortura donde una forma de agonía difiere de otra. Me habría muerto con la simple visión de estas torturas si la omnipotencia de Dios no me hubiera sostenido. Que el pecador sepa que va a ser torturado por toda la eternidad, en esos sentidos que fueron usados para pecar”. Estoy escribiendo esto por orden de Dios, para que ninguna alma pueda encontrar una excusa diciendo que no hay infierno. O que nadie ha estado allí, y por lo tanto nadie puede decir que no sabe (…) Lo que he escrito no es más que una pálida sombra de las cosas que vi. Pero me di cuenta de una cosa: que la mayoría de las almas que hay no creían que hubiera un infierno. ¡Cuán terriblemente sufren las almas allí!  En consecuencia, pido aún más fervientemente por la conversión de los pecadores”. (Diario, 741).

La Fiesta de la Divina Misericordia consiste entonces en la preparación, tanto de forma  personal como Iglesia, para su Segunda Venida mediante la adoración a Jesús Misericordioso, uniéndonos a Él por la fe, el amor y los sacramentos, sobre todo la confesión y la Eucaristía –lo cual quiere decir vivir en gracia mediante la confesión frecuente y así comulgar en gracia – y obrar la Misericordia. Un último aspecto a considerar es que, si debemos prepararnos espiritualmente para la Segunda Venida de Jesús, ¿esto significa que sabemos cuándo será? De ninguna manera podemos saber cuándo será la Segunda Venida, solo Dios lo sabe, pero no necesitamos saber cuándo será, porque podría ser esta misma noche o mañana porque para quien muera mañana, será el día del Juicio Particular, anticipo de la Segunda Venida. No es importante, por lo tanto, saber cuándo será la Segunda Venida; lo que importa es ser como el siervo que está vigilante, esperando el regreso de su Señor, representación del alma que ama a Jesucristo y que está atenta a su Segunda Venida, se prepara para el encuentro personal con Jesús Misericordioso. Y cuando venga Jesús a nuestro encuentro, no aceptará de nosotros ni dinero, ni honores ni fama; lo único que buscará en nosotros será un corazón lleno de gracia santificante dada por los Sacramentos y pleno de amor a Dios y al prójimo y lleno de su gracia, y unas manos colmadas de buenas obras. Esto es lo que Jesús quiere de cada alma para poder llevarla al Reino de los cielos: “Hija mía deseo que tu corazón sea formado a semejanza de Mi Corazón Misericordioso. Debes ser impregnada completamente de mi Misericordia” (167). La Fiesta de la Divina no es entonces una simple conmemoración devota del Amor Misericordioso de Dios; la Fiesta de la Divina Misericordia es una ocasión que nos regala el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús para que nuestro corazón se convierta en lo que desea Jesús: un corazón fusionado con la Misericordia Divina, un corazón en el que la imagen de Jesús Misericordioso esté estampada y marcada a fuego.

 

 



[1] En el segundo Domingo de Pascua, que este año se celebra el 23 de abril, se concede la indulgencia plenaria, con las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Sumo Pontífice) al fiel que participe en actos de piedad realizados en honor de la Misericordia divina.

“O al menos rece, en presencia del Santísimo Sacramento de la Eucaristía, públicamente expuesto o conservado en el Sagrario, el Padrenuestro y el Credo, añadiendo una invocación piadosa al Señor Jesús misericordioso (por ejemplo, ‘Jesús misericordioso, confío en ti’)”, dice el texto del decreto.

Asimismo se concede indulgencia parcial “al fiel que, al menos con corazón contrito, eleve al Señor Jesús misericordioso una de las invocaciones piadosas legítimamente aprobadas”.