viernes, 4 de abril de 2025

“Yo tampoco te condeno; vete y no peques más”

 


(Domingo V - TC - Ciclo C - 2025)

         “Yo tampoco te condeno; vete y no peques más” (cfr. Jn 8, 1-11). Los fariseos llevan ante Jesús a una mujer acusada de adulterio, invocando para esto la ley de Moisés. Frente al pedido de lapidar a la mujer, Jesús no responde ni afirmativa ni negativamente: simplemente les dice que, si alguien está libre de pecado, que arroje la primera piedra. Debido a que todos saben que nadie está libre de pecado, los fariseos se retiran del lugar, sin hacer daño a la mujer. Finalmente, Jesús perdona los pecados de la mujer y la deja ir, no sin antes advertirle que “no vuelva a pecar”.

         En este pasaje evangélico hay muchas enseñanzas. Por una parte, se pone de manifiesto la rigurosidad farisaica, que no deja pasar una falta grave sin castigo, pero al mismo tiempo, se pone de manifiesto la hipocresía de los fariseos, porque si bien por un lado quieren castigar a quien ha cometido un pecado, por otro lado, pasan por el alto el hecho de que ellos mismos son pecadores, del mismo o mayor tenor que el de la mujer pecadora.

En este grupo nos podemos ver reflejados nosotros mismos, toda vez que con nuestra falta de caridad y de misericordia lapidamos la fama de nuestro prójimo con habladurías y falsedades, sin tener en cuenta además que nosotros mismos somos tanto o más pecadores que el prójimo al cual tan ligeramente criticamos. A esto se le agrega un hecho más grave y es el de colocarnos en el lugar de Dios, quien es el Único que puede juzgar las conciencias. Cada vez que nos comportamos así, es decir, cada vez que lapidamos sin misericordia a nuestro prójimo con nuestra lengua, criticándolo y juzgándolo en su intención, somos idénticos a los fariseos.

Con este episodio queda patente la insuficiencia de la Ley Antigua, porque al señalar el pecado, pretendía castigar al pecado mediante la justicia, pero era una justicia meramente exterior: el ejemplo está en el caso del Evangelio de la mujer adúltera; una vez señalado el pecado, se pretendía hacer justicia, pero la justicia consistía en eliminar físicamente al que había pecado, con lo cual se eliminaba al pecador pero no al pecado, puesto que el pecado seguía arraigado en lo más profundo del corazón humano. En otras palabras, mediante la justicia, se eliminaba al pecador pero no al pecado, ya que este se encuentra arraigado en lo más profundo del ser de todo hombre, tanto del que aplica la Ley como de aquel recibe el castigo. Así vemos cómo la Ley de Moisés, si bien señalaba el pecado, era incapaz de corregirlo, era incapaz de quitarlo, porque el mal seguía arraigado en el corazón humano, del mismo modo a como la mala hierba se arraiga entre el césped.

Por el contrario, la Nueva Ley de Jesucristo, la ley de la gracia, obtenida al precio de su Sangre derramada en la cruz, no obra exteriormente, sino en lo más profundo del ser del hombre, arrancando de raíz esa mala hierba que es el pecado y haciendo germinar la semilla de la vida divina, la vida de la gracia santificante.

A diferencia de la Ley Antigua, que no poseía la gracia, la Nueva Ley actúa penetrando en lo más profundo del espíritu del hombre por medio de la gracia divina, la cual disuelve y hace desaparecer en un instante esa peste espiritual que es el pecado.

La esencia de la Nueva Ley es la gracia, la cual arranca de raíz y destruye el mal que anida en el corazón humano, sin dejar rastro de él, así como se disipa al viento una ligera columna de humo negro en una mañana de cielo despejado. Desde Adán y Eva el mal, en forma de pecado, anida en lo más profundo del corazón del hombre como una mancha negra y pestilente, de la cual brotan “toda clase de males” espirituales, tal como lo señala Nuestro Señor Jesucristo: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre” (Mc 7, 21-23).

Sin la gracia santificante de Nuestro Señor Jesucristo, obtenida al precio altísimo de su Sangre derramada en la Cruz, el corazón del hombre es una piedra ennegrecida, una oscura y fría caverna de la cual brotan toda clase de maldades, ninguna de las cuales podía, de ninguna manera, la Ley Antigua, lograr la erradicación y purificación del corazón.

Por el contrario, la Nueva Ley de Jesucristo, la Ley de la Gracia Santificante, es infinitamente superior a la Ley Antigua, puesto que logra lo que esta no puede hacer: transformar por completo lo más profundo del ser del hombre, sanándolo de raíz, en su acto de ser; la gracia obra sobre el ser, es decir, a nivel ontológico, a nivel de naturaleza y no simplemente a nivel moral; la gracia obra una verdadera conversión porque hace partícipe al alma de la naturaleza divina y esto sucede a nivel ontológico, lo cual se traduce luego a nivel ético, moral o de comportamiento, pero la transformación moral o conversión cristiana se basa en la participación a nivel ontológico, lo cual solo es posible por la acción de la gracia. Y es esta participación en la naturaleza divina la que sana, restaura, transforma y, todavía más, diviniza, al corazón del hombre, convirtiéndolo en un corazón nuevo, un corazón que es una copia viviente, una imitación y una prolongación del Sagrado Corazón del Hombre-Dios Jesucristo, un corazón que paulatinamente, por la acción de la gracia, va dejando de ser simplemente humano, para ser cada vez más divino. Todo esto, no lo podía hacer de ninguna manera la Ley Antigua, la cual solo era una figura de la Ley Nueva; por esta razón la Ley Antigua se limitaba a quitar físicamente al pecador -como en el caso de la mujer adúltera-, pero dejando al pecado enraizado en el corazón de todos y cada uno de los hombres -como en el caso de los fariseos que acusan a la mujer adúltera-. La Ley Antigua ofrecía a Dios sacrificios de animales, pero estos sacrificios eran absolutamente incapaces de transformar el corazón humano, al ser incapaces de quitar el pecado; la Nueva Ley, por el contrario, al estar sellada con la Sangre del Cordero de Dios, Cristo Jesús, sacrificado en el Altar de la Cruz, en el Calvario, de una vez y para siempre y renovado este Santo Sacrificio cada vez, incruenta y sacramentalmente, en el Altar del Sacrificio, en la Santa Misa, al ser derramada sobre los corazones de los hombres, disuelve sus pecados, quita los pecados de los corazones, purifica los corazones manchados por el pecado, los santifica con la Sangre del Cordero y así santificados con esta Sangre Bendita y Preciosísima, los convierte en imágenes vivientes y palpitantes del Corazón del Cordero, del Corazón de Jesús, el Cordero de Dios, que late en la Eucaristía.

Según se relata en el Antiguo Testamento, Moisés, por orden divina, sacrificaba los corderos en el altar y luego esparcía la sangre de los corderos sacrificados sobre el pueblo (cfr. Éx 24, 8), lo cual significaba que Dios perdonaba los pecados del pueblo; sin embargo, la sangre de estos animales no podía de ninguna manera perdonar los pecados, por lo que el gesto de Moisés era únicamente externo y simbólico y un anticipo y figura de lo que habría de ser donado en la Nueva Ley. Y lo que es donado en el Nuevo Testamento y que sí perdona los pecados, porque efectivamente quita los pecados del mundo y del corazón del hombre, es la sangre del Cordero de Dios, Cristo Jesús, Sangre que brota, como de su fuente, de sus heridas abiertas y de Su Corazón traspasado en la cruz, para caer en las almas de los hombres y perdonarles sus pecados, sus muchos pecados, todos sus pecados, por abundantes y enormes que sean. La Sangre del Cordero de Dios, mediante la cual el Padre nos perdona, se derrama en el altar de la cruz y se renueva su efusión en la cruz del altar, porque así Dios Trino sella su pacto de amor misericordioso con los hombres, un pacto por el cual nosotros como Iglesia le ofrecemos el Cordero del Sacrificio y Él a cambio derrama sobre nosotros la Sangre del Cordero, Sangre por la cual Dios disuelve nuestros pecados, así como el humo negro se disuelve en el aire fresco de una mañana soleada y límpida.

Cuando condenamos y lapidamos a nuestro prójimo, haciendo resaltar sus defectos, haciendo caso omiso del enorme mal que anida en nuestros corazones, nos identificamos con los fariseos del Evangelio, prontos a condenar al prójimo, pero interiormente ciegos, compasivos e indulgentes con nuestras propias maldades. Antes de condenar a nuestro prójimo, deberíamos tener presente siempre esta escena evangélica y sobre todo las palabras de Jesús: “El que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra”. Antes de condenar al prójimo, antes de hablar del prójimo, deberíamos decir nosotros, de nosotros mismos: “Si estoy libre de pecado, entonces podría condenar a mi prójimo, pero como no estoy libre de pecado, no condeno a mi prójimo, y repito en cambio las palabras de Jesús: ‘Yo no te condeno’”.

Pero no solo en los fariseos debemos vernos representados, sino también en la mujer pecadora, porque en la mujer pecadora está representada la humanidad caída en el pecado y pecadora y nosotros no somos, de ninguna manera, la excepción. Nuestro objetivo, como cristianos, como imitadores de Cristo, es precisamente imitar a Cristo, es decir, no es ser, ni fariseos, ni quedarnos en el pecado, como la mujer pecadora antes de su encuentro con Jesús: nuestro objetivo en esta vida terrena es recibir el perdón de Cristo, arrepentirnos de nuestros pecados, y tratar de imitar la bondad y la misericordia que Jesús tiene con la mujer al perdonarle sus pecados.

En el perdón de Jesús vemos en acción a la Divina Misericordia, que en vez de condenar y sumarse al castigo de la mujer pecadora, no solo no la castiga, sino que la perdona. Así está prefigurado en esta escena el Sacramento de la Confesión, porque el perdón de Cristo a la mujer pecadora es el perdón que da Dios al alma a través del sacerdote ministerial en el sacramento de la confesión.

La Presencia del Sumo Sacerdote Jesucristo se actualiza en el Sacramento de la Confesión, quitando al alma sus pecados y así el corazón del pecador, que antes de la confesión era un corazón ennegrecido por el mal, por el sacramento de la confesión es purificado, limpio, sano, y convertido en una copia humana del Corazón del Salvador, haciéndose realidad la Palabra de Dios revelada en el profeta Isaías: “Aunque vuestros pecados fueren como la grana, quedarán blancos como la nieve. Y si fueren rojos como el carmesí, quedarán como lana (cfr. 1, 18)”.

No estamos en esta vida para ser, ni fariseos injustos, ni tampoco pecadores; estamos en esta vida terrena para ser, para nuestros prójimos, una copia viviente del Corazón de Jesús; nuestro corazón no solo no debe reflejar nuestro “yo” egoísta, el cual debe desaparecer para siempre, sino que debe reflejar la bondad, la misericordia, la compasión, la caridad, del Corazón de Jesús, pero, como dice Jesús: “Nada podéis hacer sin Mí”, por lo que esa tarea de transformar nuestro corazón en una copia del Corazón de Jesús, se realiza por dos sacramentos: la confesión sacramental y el sacramento del altar, la Eucaristía.

Por el sacramento de la confesión, nuestro corazón se purifica y santifica; por la Eucaristía, recibimos al Sagrado Corazón, que se funde en un solo corazón con el nuestro. Solo así estaremos en grado de imitar a Jesús, de obrar con nuestro prójimo lo que Jesús obra con la mujer pecadora: perdonar y amar, amar y perdonar.

 


domingo, 30 de marzo de 2025

“El padre se conmovió, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo cubrió de besos”

 


(Domingo IV - TC - Ciclo C – 2025)

         “El padre se conmovió, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo cubrió de besos” (cfr. Lc 15, 11-32). En la parábola del hijo pródigo se revela el verdadero rostro del catolicismo y es la misericordia infinita del corazón de Dios Padre para con la humanidad. Esto conviene aclararlo porque muchos, no solo fuera de la Iglesia Católica, sino aún desde dentro de la Iglesia Católica, tergiversan y traicionan el mensaje evangélico afirmando erróneamente que el catolicismo es algo así como una ONG piadosa, una organización de orden social dedicada a obras benéficas a las que se le agregan artificialmente oraciones y actos de piedad, como es el caso, por ejemplo, del traidor teólogo salvadoreño Jon Sobrino, a quien el Vaticano[1] llamó la atención por sus escritos y su doctrina, precisamente por destacar solamente la naturaleza humana de Jesús, dejando de lado su divinidad. Si esto fuera así, es decir, si Cristo es sólo un hombre, el cristianismo entonces se reduce a una organización fraterna de asistencia social que tiene por objetivo primero y último la reducción de la pobreza material entre los hombres, lo cual es una falsificación absoluta del mensaje evangélico y una contradicción a veinte siglos de magisterio eclesiástico católico. Cristo es Dios y ha venido a salvarnos del Infierno y conducirnos al Cielo y la Iglesia, su Cuerpo Místico, es una prolongación de Cristo, que tiene su misma misión, en el tiempo y en el espacio, hasta el fin del mundo.

Si bien el cristiano está obligado por el amor de Dios a ayudar a su prójimo más necesitado, el cristianismo no tiene como fin último erradicar villas miserias o terminar con la pobreza en el mundo. El cristianismo no es ni hábito cultural ni acción social ni regla moral: es la Persona viva de Dios Padre que abraza a sus hijos por medio de su Hijo en la cruz, con su amor, el Espíritu Santo. El abrazo del padre de la parábola al hijo pródigo simboliza el abrazo con el que Dios Padre envuelve a toda la humanidad, por medio de los brazos abiertos en cruz de su Hijo Jesús, para donar a la Persona de Dios Espíritu Santo a través de la efusión de Sangre del Corazón traspasado de Dios Hijo en la cruz. Creer otra cosa, o peor aún, predicar conscientemente otro credo, es traicionar al Hombre-Dios Jesucristo, tal como lo traicionó el traidor Judas Iscariote.

“El padre se conmovió, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo cubrió de besos”. El padre de la parábola representa a Dios Padre; el hijo pródigo, que malgasta toda su fortuna en un país extranjero y luego regresa arrepentido, es el hombre que, por el pecado original, malgasta la fortuna de la gracia original con la cual Dios lo había dotado en la Creación y que luego, al recibir la gracia de la conversión, se arrepiente y decide regresar al seno del Padre; los brazos abiertos del padre y el abrazo del padre de la parábola, representan a los brazos abiertos de Dios Padre y al abrazo que Dios Padre ofrece al hombre arrepentido de sus pecados y estos brazos abiertos y este abrazo de Dios Padre son los brazos abiertos de Dios Hijo en la Cruz, ya que Jesús en la Cruz abre los brazos pero no solo para ser clavados por gruesos clavos de hierro, sino para abarcar en ese abrazo a toda la humanidad, de modo que los brazos abiertos de Cristo en la cruz son los brazos abiertos de Dios Padre que abraza a toda la humanidad. Y este abrazo de Cristo en la cruz, que es el abrazo del Padre, Dios Padre y Dios Hijo donan el Espíritu de Amor al hombre arrepentido, no sólo perdonando los pecados, sino concediendo la filiación divina, adoptando a toda la humanidad como hija de Dios Padre en el Espíritu del Hijo.

        Ahora bien, esta parábola relatada por Nuestro Señor Jesucristo, reveladora de realidades celestiales y sobrenaturales, se actualiza en cada Santa Misa porque es una prefiguración del Santo Sacrificio del Altar, sacrificio del Cordero ofrecido por Dios Padre para derramar a Dios Espíritu Santo en las almas de los hijos pródigos, los bautizados en la Iglesia Católica. Por esto, podemos decir que en cada Santa Misa la parábola del hijo pródigo se hace realidad, cobra vida: Dios Padre recibe en su Casa, la Iglesia, a sus hijos pródigos, los bautizados, y para expresar su alegría y su gran contento por la presencia de sus hijos y su amor misericordioso por ellos, prepara un banquete celestial, una comida sobrenatural y la sirve en la mesa celestial: para expresar su alegría por nuestra presencia, Dios Padre nos convida con lo mejor que tiene, con un banquete preparado en el Reino de los cielos y servido en el Altar Eucarístico, en la tierra: el Cordero asado en el fuego del Espíritu, el Pan de Vida divina, y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna.

         Como muestra de su misericordia infinita para con sus hijos adoptivos, de su perdón misericordioso, de su alegría y de su amor misericordioso, Dios Padre dona a su Hijo resucitado en la Eucaristía para acudir al encuentro de sus hijos pródigos en cada comunión eucarística, para abrazarlos y cubrirlos con el amor de su corazón divino, el Espíritu Santo.



[1] Cfr. Diario Corriere della sera, edición digital www.corriere.it, artículo “Altolá al teologo Sobrino”, del 14 de marzo de 2007.

jueves, 20 de marzo de 2025

"Convertíos"


 



(Domingo III - TC - Ciclo C – 2025)

“Convertíos” (Cfr. Lc 13, 1-9). Jesús nos advierte acerca de la necesidad de nuestra conversión, puesto que, en caso contrario, “todos pereceremos”. Siendo algo tan importante, nos preguntamos qué es la conversión y la respuesta es que la conversión es una actividad natural de la voluntad, por la cual libremente nos dirigimos a Dios[1]. Podemos decir que la conversión es despegar el rostro del alma, inclinado por el pecado a la tierra, para elevarlo a Dios, para contemplarlo y para unirse a Él y en esta unión, dejarse vivificar con su santidad. La conversión es lo opuesto al pecado, que es dirigirse a la creatura en forma desordenada[2]; el pecado es mirar a la tierra, a las creaturas, dando la espalda a Dios y a su santidad. Cuando el alma está en pecado deja de mirar hacia Dios y su vista espiritual queda atrapada bajo el influjo del falso y vano atractivo de las creaturas. Por el pecado el alma pierde al Creador, para quedarse con sus creaturas; da la espalda a la santidad divina, para quedarse con la nada y el vacío de las cosas creadas.

Debido al pecado, llevado por la fuerza incontrolable del pecado que la domina por completo, el alma se hace esclava de las creaturas, dando la espalda a Dios y postrándose en dirección de las creaturas, de lo terrenal; el alma se inclina de modo permanente en dirección a las creaturas, de la misma manera a como cuando a un árbol pequeño se le coloca un tutor que lo hace crecer de forma inclinada; a medida que pasa el tiempo, ese árbol quedará definitivamente inclinado hacia la tierra y eso es lo que sucede con el alma que vive en estado permanente de pecado.

Ahora bien, el hecho de estar en pecado significa para el alma no solo no hacer la voluntad de Dios en su vida, o también hacer lo que Dios prohíbe: de un modo más radical, el pecado es el rechazo voluntario y consciente del alma a ser lo que está llamada a ser a través del sacrificio de Cristo y su gracia: por el sacrificio de Cristo en la cruz y por la gracia que nos dan los sacramentos, estamos llamados a ser hijos adoptivos de Dios e imágenes de Dios[3], imágenes en las que el prójimo pueda ver la caridad de Dios, aunque sea de modo limitado, así como el espejo refleja de un modo limitado al ser en el que se origina la imagen reflejada.

Este proceso de ser imagen de Dios comienza con la recepción del Bautismo sacramental, ya que por este dejamos de ser simples seres humanos, hijos de nuestros padres biológicos, para comenzar a ser verdaderos hijos de Dios y somos verdaderos hijos de Dios porque la gracia bautismal nos hace partícipes de la filiación divina y eterna con la cual la Segunda Persona de la Trinidad, Dios Hijo, el Verbo de Dios, es Hijo de Dios desde la eternidad. Además de ser hijos de Dios, pertenecemos a Cristo como Cuerpo Místico suyo de Él, al ser unidos a Cristo por el Espíritu Santo que se nos infunde en el Bautismo y por el Espíritu Santo, somos consagrados como templos vivientes del Espíritu de Dios, del Espíritu del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo[4]. Esto último no es accidental, sino esencial, porque significa que, al ser incorporados a Cristo por el Espíritu Santo en el Bautismo, nuestro acto de ser, lo más profundo de nuestro ser y todo lo que de él se deriva, como nuestros pensamientos, deseos y acciones, pertenecen más a Cristo y al Espíritu Santo que a nosotros mismos. De ahí la necesidad del esfuerzo por una conversión continua, por dirigir el alma, con la ayuda de la gracia, hacia lo alto, hacia el Cristo Eucarístico, de manera de purificarnos de lo que no es de Cristo y su Espíritu. Si bien es la gracia santificante la que obra la transformación de nuestro antiguo yo en una copia viviente de Cristo, somos nosotros quienes debemos poner, conscientemente, el esfuerzo del pensamiento y de la voluntad para convertirnos al Cristo de la Cruz, al Cristo Eucarístico y es por esto que debemos hacer penitencia, ayuno, mortificaciones, obras de misericordia, no solo para que nuestras pasiones desordenadas y egoístas no terminen de arrastrarnos y dejarnos definitivamente inclinados hacia las creaturas, sino para que Cristo sea Todo en nuestro ser, de modo que desaparezca nuestro ser de pecado, para ser reemplazado por el ser de Cristo.

La conversión del corazón a Cristo Eucaristía es una gracia, es un don, preparado y concedido por el Supremo Pastor Jesucristo para que retornemos a Él, para que nos decidamos a despegarnos de la tierra y sus falsos atractivos y para que unamos nuestros corazones a su Sagrado Corazón, que late en la Eucaristía. Es por esto que cuando Jesús nos llama a la conversión, no se refiere a una simple penitencia exterior, sino que se dirige al interior del hombre, a su alma, a su corazón, a lo más profundo de su ser[5]. Por la conversión, obra de la gracia, el alma se despega de la tierra, deja de estar mirando a la tierra y a las creaturas, para dirigir su mirada al Hombre-Dios Jesucristo, Presente en persona en la Sagrada Eucaristía. Por esta razón, la conversión católica es esencialmente una conversión a la Eucaristía, en donde está el Hombre-Dios Jesucristo. Cualquier otra conversión es contraria a la doctrina, a la fe católica y a la salud espiritual del alma; cualquier otra conversión que no sea la conversión eucarística, significa poner en riesgo de condenación eterna al alma.

La conversión lleva consigo una transformación moral, pero es algo mucho más profundo que esto, puesto que no es simplemente “no portarse mal” y “comenzar a portarse bien”; por la conversión, el alma obra actos virtuosos y obra también la misericordia, pero estas obras son consecuencia de algo más profundo, que radica en el ser y es la transformación del ser, del acto de ser, por la gracia de Dios, que así pasa de ser una simple creatura a un ser que participa de la vida divina y por lo tanto comienza a vivir, ya en esta vida, por la gracia, la divinización que obra la gracia. Por la conversión se cumplen las palabras de Jesús: “Os llamo dioses”, porque el hombre se hace Dios por participación, se diviniza por participación, pero esto siempre y cuando la conversión sea Eucarística. En la conversión es la gracia santificante la que obra la divinización del ser del hombre, pero a esto le debe corresponder la respuesta libre y personal[6] de amor del hombre a la inhabitación trinitaria de Dios Trino en las almas por la gracia. Es decir, a la acción libre de Dios, que por amor llama al hombre a la unión consigo, le debe seguir la libre respuesta de adhesión, también por amor, del hombre a la llamada de Dios y en esto consiste la conversión.

Si decimos entonces que la conversión es volver el rostro y los ojos del alma a Dios, los católicos, que tenemos en nuestra Iglesia al Verdadero y Único Dios, debemos por lo tanto despegar el rostro de la tierra y sus falsos atractivos, para dirigir el rostro y los ojos del alma al Cristo Eucarístico, que desde el altar, Presente en Persona, nos dice en cada Santa Misa: “Creed en mi Presencia Eucarística, soy Yo, conviértanse a Mi Presencia Eucarística, para comenzar a vivir ya desde la tierra la eterna bienaventuranza preparada para ustedes en el Reino de los cielos”.

 

 

 



[1] Cfr. Matthias Joseph ScheebenLos misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, 368.

[2] Cfr. Scheeben, Los misterios, 292.

[3] Cfr. Thomas MertonVita e santità, Ediciones Garzanti, Milán 1964, 16.

[4] Cfr. Merton, ibidem, 15.

[5] Cfr. X.L. León-DufourVocabulario de Teología Bíblica, Biblioteca Herder, Barcelona 1980, voz “Penitencia”, 676.

[6] Cfr. Merton, op. cit., 92.


jueves, 13 de marzo de 2025

“Su rostro y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante”

 


(Domingo II - TC - Ciclo C – 2025)

“Su rostro y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante” (Lc 9, 28b-36). El relato del Evangelista describe lo que en el Monte Tabor aparece visiblemente ante los ojos de Pedro, Santiago y Juan: en la cima del Monte Tabor, Jesús resplandece con una luz blanca, resplandeciente: “Su rostro y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante”. El fenómeno descripto por el Evangelista es aquello que de inmediato capta la atención de los discípulos que están frente a Jesús y es la luz que se irradia desde Jesús, desde la humanidad de Jesús. Ahora bien, lo que debemos tener en cuenta es que se trata de un fenómeno sobrenatural, es decir, un fenómeno que se origina en Jesús, que es Dios, y por lo tanto, aunque el fenómeno de la emisión de luz por parte de Jesús se describe con lenguaje humano, el lenguaje no puede transmitir la real magnitud del esplendor de Jesús, llamado por la Iglesia como “Transfiguración”.

Por esta razón, debemos preguntarnos: ¿de qué luz se trata? Porque la esencia de la Transfiguración es la emisión de luz por parte de Jesús y, siendo así, no se trata de un hecho secundario, sino central; en otras palabras, dilucidar la naturaleza de la luz emitida por Jesús, nos conduce no solo a saber de qué luz se trata, sino la razón por la cual Jesús se transfigura, es decir, emite luz radiante, resplandece “con una blancura deslumbrante”, como dice el Evangelista.

La interpretación racionalista es la propia de quienes niegan la naturaleza divina de Jesús y sea desde fuera o desde dentro de la Iglesia, pretenden instalar un discurso racionalista-progresista, negador de todo lo sobrenatural, de lo celestial, de lo divino, sería que la luz emitida por Jesús se trata, en realidad, de la luz natural: el racionalismo progresista católico, que tuerce la fe en la dirección del evangelismo protestante, dice que esta emisión de luz, a la que la Iglesia llama “Transfiguración”, no es otra cosa que un fenómeno óptico o visual, una especie de distorsión de la realidad provocada por la imaginación de los Apóstoles: en realidad, la Transfiguración, para un racionalista, no es otra cosa que la luz del sol: el día estaba nublado y, en un determinado momento, las nubes corridas por el viento dan lugar a la aparición del sol, cuyos rayos, convergiendo de forma repentina e intensa sobre el rostro y la humanidad de Cristo, por unos pocos segundos o minutos, da la sensación visual de una luminosidad extraordinaria, fuera de lo normal. Es obvio que esta interpretación racionalista no se corresponde con la fe católica.

La respuesta a la pregunta sobre la verdadera naturaleza de la luz de la Transfiguración emitida por Jesucristo en el Monte Tabor la proporcionan los monjes griegos del Monte Athos, los cuales dicen así: “La luz de la inteligencia es diferente a la luz percibida por los sentidos. La luz sensible nos hace percibir los objetos materiales, al alcance de nuestros sentidos, mientras que la luz intelectual nos manifiesta la verdad que está en la inteligencia. La vista y la inteligencia perciben dos luces distintas. Sin embargo, en aquellos que son dignos de recibir la gracia y la fuerza espiritual y sobrenatural, reciben tanto por la vista como por la inteligencia una luz que está más allá de toda luz creada, de todo sentido y de toda inteligencia… Esta luz no es conocida sino por Dios, porque Él mismo es esa luz, y la da a conocer a quienes tienen la experiencia de la gracia”[1]. Según esta última interpretación, se puede decir que la luz que irradia de Cristo es la luz de Dios que ilumina el intelecto humano, concediendo a éste una capacidad superior a la normal, con la cual puede ver lo que antes estaba oculto, en este caso, la verdad sobre la divinidad de Cristo[2]. Esta interpretación explica qué es lo que sucede en el intelecto humano cuando es iluminado por la luz de la gracia, a través de la cual puede conocer la divinidad de Cristo; esta es una respuesta que da la interpretación verdadera sobre la luz de Cristo en el Tabor. Es por eso que los discípulos ven la luz de Cristo con los ojos del cuerpo y con la inteligencia, pero la experiencia propiamente mística y sobrenatural, es ver a Cristo envuelto en su gloria divina. En otras palabras, Cristo es Dios; Él, en cuanto Dios, emite la luz de su gloria divina trinitaria en el Monte Tabor; los Apóstoles, iluminados por la gracia, perciben la luz divina trinitaria auxiliados por la gracia; el Evangelista describe esta luz divina trinitaria como luz de “blancura deslumbrante”, haciendo una analogía con lo que él conoce en la naturaleza, pero refiriéndose a un fenómeno sobrenatural que sobrepasa infinitamente todo fenómeno natural conocido.

Los monjes del Monte Athos distinguen entonces dos luces, la de la inteligencia y la de la sensibilidad, de otra luz, la luz increada, la luz divina, que sobrepasa infinitamente a estas dos[3]. Es esta última luz, la luz de la divinidad, la luz de la Santísima Trinidad, la que surge de Cristo en el Monte Tabor como de su fuente.

La luz que irradia de Cristo en el Monte Tabor y que provoca su Transfiguración, es la luz que procede de su propio ser divino trinitario, de su propia esencia divina, de su propia naturaleza divina trinitaria. “Dios es luz”, dice el evangelista Juan[4], y Cristo afirma de sí mismo: “Yo Soy la luz del mundo”[5], y la Iglesia lo confirma en el Credo Niceno-Constantinopolitano al referirse a Jesucristo como: “Dios de Dios, Luz de Luz”[6] y esta “Luz de Luz” la que Cristo emite en el Monte Tabor, la que resplandece a través de su Humanidad Santísima y la que la Iglesia denomina “Transfiguración”.

Entonces, la luz que emite Cristo no es una luz natural, como la luz del sol, ni tampoco es una luz en sentido analógico, como la luz de la razón humana: es la luz de la gloria del Ser divino trinitario y esta consideración es esencial porque, a diferencia de la luz creada, la luz del Ser divino trinitario, la luz que emite Jesús, Luz de Luz, Dios de Dios, es una luz viva, porque posee la vida del Ser divino de la Trinidad y esta luz que es Vida Increada, da vida a quien ilumina, en este caso, a los hombres. Y además de iluminarlos, los une al Ser divino de Dios Trino, es decir, une a Dios con los hombres y así el hombre, iluminado por Cristo, Luz Eterna de Dios, vive una nueva vida, una vida que ya no es la vida humana, sino una participación a la vida divina trinitaria, y ya no vive en tinieblas, ni en las tinieblas del error, ni en las tinieblas de la mentira, ni en las tinieblas del pecado y, todavía más, es liberado de la opresión y del dominio de las tinieblas vivientes, los ángeles caídos, cumpliéndose así las palabras de Jesús: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12).

Jesús dice que aquel a quien Él ilumine, tendrá “la luz de la vida”, es decir, será iluminado por la luz divina del Ser divino trinitario y como esta luz divina es una luz viva, que da la vida de la Trinidad a quien ilumina, el que sea iluminado por Cristo tendrá en sí la luz de la Trinidad, una luz que es vida porque es viva, pero con una vida distinta a la humana y a la angélica, porque es la vida misma de la Santísima Trinidad. Es una vida en la que la persona humana iluminada entra a participar de la vida de la Trinidad, es decir, comienza una vida de íntima comunión de diálogo y amor con las Tres Divinas Personas de la Trinidad, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Por esta razón, mucho más que simplemente “no vivir en tinieblas”, quien es iluminado por Cristo vive con la luz viva de la Trinidad y esto quiere decir entrar en íntima comunión de vida y amor con las Tres Divinas Personas de la Sacrosanta Trinidad, algo que es tan inmensamente grandioso y sublime, que no nos alcanzarían eternidades de eternidades, ni para comprenderlo, ni para dar gracias por tan inmerecido don, conseguido al precio de la Sangre de Cristo derramada en la Cruz.

Éste es un primer aspecto a considerar en la Transfiguración de Nuestro Señor en el Monte Tabor, el de la naturaleza de la luz que emite Jesús y qué efectos produce en el alma a quien Jesús ilumina.

El otro aspecto a considerar en la Transfiguración es que Jesús se transfigura, es decir, deja resplandecer la luz de la gloria divina de su Ser divino trinitario antes de la Pasión, dice Santo Tomás, con el objetivo de hacerles ver a sus Apóstoles que Él es Dios y que luego del drama de la Pasión, luego de su Dolorosa y Sangrienta Pasión, luego de su Muerte en Cruz, Él habría de resucitar con su poder divino. Jesús se transfigura, deja resplandecer la luz de su divinidad, para hacerles ver que Él es Dios en Persona y que en cuanto tal, tiene poder sobre la vida y la muerte; Él es “el Alfa y el Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin” (Ap 22, 13); Él es “el que estaba muerto y ahora vive” (cfr. Ap 1, 18) para siempre y su reino no tendrá fin, porque durará por eternidades de eternidades.

En el Monte Tabor, el Hombre-Dios Jesucristo aparece envuelta en la luz gloriosa de la Trinidad, para que su Iglesia de todos los tiempos contemple esta gloria divina y contemplándola, comprenda que luego de la Cruz viene la Luz; comprenda que no hay Luz sin Cruz; comprenda que a la Eterna Luz se llega por el Madero Santo de la Cruz; comprenda que no hay Monte Calvario sin Monte Tabor y no hay Monte Tabor sin Monte Calvario; Cristo se transfigura en el Monte Tabor para que nosotros, que somos su Iglesia, comprendamos que solo por la Santa Cruz viene la gloria eterna y la comunión de vida y amor con las Tres Divinas Personas de la Trinidad.

Un último aspecto a considerar en la Transfiguración es que tanto el Cristo Crucificado y Sangrante del Monte Calvario, como el Cristo Resplandeciente y luminoso del Monte Tabor, está en Persona, real, verdadera y substancialmente, en ese Nuevo Monte Calvario, en ese Nuevo Monte Tabor, que es el Altar Eucarístico, el Altar del Sacrificio. Es decir, en la Eucaristía está contenida la misma gloria divina trinitaria que resplandece en la Humanidad de Jesús en el Monte Tabor, en la Transfiguración, solo que está oculta a la percepción sensible de nuestros ojos corporales.

En el Nuevo Monte Tabor, el Altar Eucarístico, la Humanidad y la Divinidad de Jesucristo están contenidas en el Sacramento de la Eucaristía; Cristo Eucaristía resplandece en el Altar Eucarístico, Nuevo Monte Tabor, para hacernos ver que la Cruz de esta vida terrena es pasajera y que luego de esta Cruz nos espera la luz de la gloria divina contenida en la Eucaristía. Además, por la Eucaristía, somos iluminados con la luz de la gloria del Cristo Eucarístico, luz que nos hace entrar en comunión de vida y amor, ya desde esta vida terrena, con las Tres Divinas Personas de la Trinidad, el Padre y el Espíritu Santo. La Iglesia oriental, en la fiesta de la Transfiguración, le dirige a Cristo Dios esta oración: “Tú te has transfigurado sobre la montaña, oh Cristo Dios, y la gloria ha colmado de tal admiración a Tus discípulos, que al verte crucificado han comprendido que tus sufrimientos son voluntarios y por eso anunciarán al mundo que Tú eres verdaderamente el Esplendor del Padre”[7]. Nosotros podemos decir, análogamente: “Tú, Cristo Dios, apareces transfigurado en la gloria del sacramento del altar, para hacernos comprender que unidos a tu cruz en esta vida, viviremos para siempre en la gloria de Dios Trino en la vida eterna”.

 



[1] Cfr. Lossky, ibidem, 220.

[2] Cfr. Vladimir Lossky, Théologie mystique de l’Église d’Orient, Ediciones Montaigne, Paris 1944, 220.

[3] Cfr. Lossky, ibidem, 220.

[4] 1 Jn, 1, 5.

[5] Jn 8, 12.

[6] Cfr. Misal Romano, Liturgia de la Palabra, Credo.

[7] Cfr. Lossky, ibidem, 145, nota 1.


miércoles, 5 de marzo de 2025

“Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio”

 


(Domingo I - TC - Ciclo C - 2025)

         “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio” (Lc 4, 1-13). El Espíritu Santo lleva a Jesús al desierto, para un objetivo determinado: que Jesús sea tentado por el Ángel caído, por el Diablo, Satanás, la Serpiente Antigua. Esta tentación no sobreviene en seguida, sino al finalizar los cuarenta días y noches de ayuno que realiza Jesús; es entonces cuando su naturaleza humana, unida a su Persona divina, experimenta hambre, según el relato del Evangelio: “Después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, sintió hambre”. En ese momento es cuando se hace presente el Tentador, el Ángel caído, para intentar lo imposible, el hacer caer en la tentación a Jesús. El Demonio trata de tentar a Jesús porque no sabía que Jesús era Dios, aunque su inteligencia angélica le hacía sospechar que Jesús era un hombre muy especial, a quien Dios acompañaba con signos y prodigios que sólo Dios podía hacer; todo lo cual aumentaba su intriga acerca de quién era Jesús, aunque de ninguna manera podía saber que era Dios Hijo encarnado. Por esta razón es que se decide a hacer una empresa imposible y también blasfema: tentar a Dios, si es que Dios está en el hombre Jesús de Nazareth.

Para hacer caer a Jesús en algún pecado, el Demonio tienta a Jesús con tres tentaciones, la primera de las cuales es descripta así por la Escritura: “El tentador, acercándose, le dijo: “Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes”. Visto humanamente, era una tentación muy grande, porque Jesús, después de cuarenta días de ayuno, era lógico que experimentara hambre, y si era un hombre de Dios, como suponía el Demonio, podía obrar ese milagro, hacer que las piedras se convirtieran en panes para así satisfacer su hambre. Pero Jesús rechaza la tentación y al mismo tiempo contesta con la Escritura: “Está escrito: El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios””. Así Jesús nos enseña que el alimento espiritual, que es la Palabra de Dios –la Escritura- es el alimento principal para el hombre, y en nuestro caso, los católicos, no solo lo es la Palabra de Dios “escrita”, sino también y sobre todo la Palabra de Dios encarnada y que prolonga su Encarnación y ese alimento espiritual es la Sagrada Eucaristía. Así Jesús nos enseña que, antes que preocuparnos por el alimento del cuerpo, debemos preocuparnos primero por el alimento del alma y este alimento espiritual es la Palabra de Dios escrita -Sagrada Escritura- y la Palabra de Dios encarnada -Cristo Jesús en la Eucaristía-, la cual sacia al alma con la substancia misma de la Trinidad con el Amor del Sagrado Corazón de Jesús, el Espíritu Santo. Solo después de saciar el hambre espiritual de Dios, debe el hombre ocuparse del alimento corporal, el cual a su vez de nada sirve si no se provee antes al alimento espiritual. Algo a tener en cuenta es que, si Jesús cedía a la tentación y realizaba el milagro que le proponía el Demonio, de convertir las piedras en pan, nos hubiera dado el mensaje de que el alimento corporal, material, prevalece sobre el alimento espiritual, la Escritura y la Eucaristía; pero al no hacer el milagro, nos hace ver que primero debemos procurar el alimento del alma y luego el del cuerpo. Además, en el rechazo de esta primera tentación, Jesús nos enseña cómo resistir y vencer a la concupiscencia de la carne, es decir, el apetito desordenado por “los placeres de los sentidos y de los bienes terrenales”[1].

Luego de ser vencido en la primera tentación, el Demonio vuelve a la carga con la segunda tentación y para eso lleva a Jesús “a la parte más alta del templo”, según lo relata el Evangelio: “Luego el demonio llevó a Jesús a la Ciudad Santa y lo puso en la parte más alta del Templo, diciéndole: “Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”. Esta vez, Jesús no solo no cede a la tentación, sino que también le responde citando a la Sagrada Escritura, como en la primera tentación: “También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios”. En este caso, el Ángel caído trata de que Jesús cometa el pecado llamado de presunción o temeridad, porque en realidad, Dios sí puede hacer que la humanidad de Jesús no sufra ninguna lesión, enviando a sus ángeles para que detengan su caída si se arroja desde lo alto del templo, pero si Jesús hiciera esto, cometería este pecado de presunción o temeridad, porque por un lado, no tiene ninguna necesidad de exponerse al peligro y por otro, es temerario y presuntuoso desafiar literalmente a Dios, para que lo salve de un peligro en el que Él se estaría exponiendo libremente. Es decir, se expone a un peligro mortal y luego le dice a Dios que lo salve y eso es temeridad y soberbia. Al rechazar esta tentación, Jesús nos advierte que no debemos ser presuntuosos y temerarios, en el sentido de pensar que, hagamos lo que hagamos, nos pongamos en el peligro en el que nos pongamos, Dios nos salvará por su misericordia, puesto que Dios no tiene obligación de quitar los obstáculos que nosotros mismos ponemos a nuestra salvación, es decir, el pecado. Si nosotros libremente nos ponemos en ocasión de perder la vida, no podemos luego desafiar a Dios pidiéndole que nos libre, porque así está escrito: eso es presunción, temeridad y soberbia. Si Jesús hubiera accedido hubiera cometido un pecado y Dios no tendría obligación de salvarlo, porque sería por libre decisión que se arrojaría desde el pináculo del templo y no importa que esté escrito que Jesús enviaría a sus ángeles para salvarlo, porque eso es para quien no desafía a Dios. Así, Jesús nos enseña a resistir la concupiscencia del espíritu que se origina en la soberbia, en el orgullo del propio “yo” que se pone en el centro de sí mismo, pretendiendo que todos, incluido Dios, estén a su servicio, sin permitir que nadie le indique qué es lo que debe hacer: ni Dios, con sus Mandamientos y Preceptos de la Iglesia, ni el hombre, con sus consejos. La soberbia, raíz de todos los pecados, hace que el hombre se coloque en el centro de sí mismo y siendo el centro de sí mismo, su única ley es su propia voluntad. El soberbio es el que dice: “Yo hago lo que quiero y nadie me va a dar indicaciones, ni Dios ni los hombres”. O incluso, todavía peor: “Yo hago lo que quiero y Dios tiene la obligación de obedecerme, porque así está escrito”. No es una casualidad que el primer mandamiento de la Iglesia Satánica sea precisamente: “Haz lo que quieras” y no es por casualidad, porque es un mandamiento satánico, que desafía directamente a Dios.

La Serpiente Antigua, derrotada en sus dos primeros intentos, arremete contra Jesús por tercera y última vez, con la tercera y última tentación. Con esta tentación, el Demonio, que no es más que una creatura y, peor todavía, una creatura que ha perdido la gracia y ha sido expulsada para siempre de los cielos eternos, pretende que Jesús, que es el Hombre-Dios, lo adore y esto a cambio de riquezas y poderes terrenos. Dice así el Evangelio: “El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor, y le dijo: “Te daré todo esto, si te postras para adorarme”. Nuevamente Jesús, haciendo recurso a las Sagradas Escrituras, le responde con las Escrituras: “Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a Él solo rendirás culto”. Entonces el demonio lo dejó, y unos ángeles se acercaron para servirlo”. Esta tercera tentación, o tercer pecado, si es que se ceden a las dos primeras, constituye la profundización de la caída espiritual del hombre: con la primera tentación, la conversión de piedras en pan, se significa la satisfacción de las pasiones, es decir, la satisfacción de la concupiscencia de la carne; con la segunda tentación, se cae en la satisfacción sacrílega de la concupiscencia del espíritu, que consiste en la adoración de sí mismo, al ser el hombre el legislador de su propia ley, desplazando a la Ley de Dios; finalmente, luego de ceder a la concupiscencia de la carne y del espíritu, luego de la satisfacción de la carne y del espíritu, con el auto-ensalzamiento de sí mismo, el hombre cae en el peor de los pecados, y es la adoración sacrílega de una creatura, de un ángel caído, Satanás, la Serpiente Antigua, que no es más que una simple creatura; una creatura que, además de ser nada más que una simple creatura, no merece ni siquiera la admiración por su hermosura, como los ángeles de Dios, sino el desprecio y rechazo absoluto, por ser un rebelde y un insolente contra Dios, por haberse negado cumplir aquello para lo cual había sido creado, el adorar, amar y servir a la Trinidad y al Hombre-Dios Jesucristo. La adoración al Demonio se da de diversas maneras en nuestros días: con el ocultismo, la magia, el esoterismo, la wicca –brujería moderna-, el umbandismo, el culto a las figuras del Demonio como el Gauchito Gil, San La Muerte, Difunta Correa; también se adora al demonio de modo indirecto al considerar al dinero como fin supremo de la vida, de ahí la advertencia de Jesús: “sólo a Dios se debe adorar”. Dios, que está en la Cruz y en la Eucaristía, al contrario del Demonio, no nos promete bienes, dinero, poder y fama en este mundo y aunque nos promete lo contrario, humillaciones, tribulaciones, padecimientos por su Nombre y, con la Eucaristía, ninguna satisfacción sensible –porque no se lo ve, ni se lo siente, ni se lo oye-, sí nos promete en cambio, en la otra vida, a quien lo adore a Él en la cruz, besando sus pies ensangrentados y postrándose ante su Presencia Eucarística en la adoración, la alegría eterna en la Jerusalén celestial.

         “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio”. También nosotros, católicos del siglo XXI, que peregrinamos por el desierto de la vida, del tiempo y de la historia humana hacia la Jerusalén celestial, también somos tentados por la Serpiente Antigua, el Ángel caído, el Príncipe de las tinieblas, el espíritu inmundo, pero el Hombre-Dios Jesucristo, con su ayuno de cuarenta días en el desierto y con la firme resistencia a las tentaciones del Demonio, nos da las armas para resistir toda tentación, cualquier tentación -ayuno, oración, Palabra de Dios escrita y encarnada, la Sagrada Eucaristía- y así el triunfo nuestro comienza cuando, movidos por su gracia y por el Espíritu Santo y con el corazón contrito y humillado, nos postramos Jesús crucificado y besamos sus pies ensangrentados y cuando nos postramos en el altar del sacrificio ante su Presencia Eucarística.

 



[1] http://www.religionenlibertad.com/que-es-la-concupiscencia-40636.htm. Este apetito concupiscible se opone al “apetito racional o natural”, que es “la subordinación de la razón a Dios” con el consecuente dominio de las pasiones por la razón, lo cual sin embargo es posible, después del pecado original, solo por la acción de la gracia santificante. En esta subordinación “gracia-razón-pasiones”, está todo el bien de la naturaleza humana.


martes, 4 de marzo de 2025

Miércoles de Cenizas

 



(Ciclo C – 2025)

         “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás”. La Cuaresma, período litúrgico caracterizado espiritualmente por tener como objetivo la conversión del corazón a Jesús Eucaristía, a través la penitencia, el ayuno, el sacrificio, la mortificación y las obras de misericordia, comienza en un día muy especial, llamado por la Iglesia “Miércoles de Cenizas”.

         Este período litúrgico y de gracia comienza con una frase, pronunciada por el sacerdote en el momento de la imposición de cenizas al fiel; en esta frase, está contenido el mensaje que la Santa Iglesia Católica transmite a toda la humanidad: “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás”. La frase, con la cual comienza la Cuaresma, no es una simple metáfora, desde el momento en el que el objetivo de la Cuaresma no es un mero cambio de comportamiento del fiel cristiano, sino de una profunda conversión del corazón a Jesús Eucaristía; es decir, el objetivo de la Cuaresma es la “conversión eucarística” y no simplemente cambiar de comportamiento.

La Iglesia nos dice: “Recuerda que eres polvo, y en polvo te convertirás”: esto es una descripción del comienzo de nuestra existencia -el Génesis dice que Dios creó al hombre del barro, es decir, del polvo-, de nuestra realidad presente -somos lo que somos en la actualidad, según lo que fuimos en un principio, es decir, polvo- y también se trata del relato de nuestro fin terreno, porque al morir, cuando el alma, principio vital del cuerpo, se separa del cuerpo, este último se disgrega en sus componentes, los cuales terminan confundiéndose, es decir, siendo una sola cosa, con el suelo, con la tierra, en la que ha sido sepultado. Cuando la Iglesia nos recuerda a nosotros, los hombres, cuál es nuestra condición, la de ser “polvo” (tierra, barro) –“eres polvo”- que “vuelve al polvo”, que vuelve a la tierra –“en polvo te convertirás”-, su intención no es la de buscar un simple cambio de conducta; la Iglesia no pretende que el hombre sea más penitente, ni más bueno, ni siquiera que rece más, aun cuando sí aconseje y estimule todas estas prácticas, que son buenas y santas. Sin embargo, lo que la Iglesia pretende con esta frase “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás”, es algo mucho más profundo: es ayudarnos a que tomemos conciencia, primero, de nuestra nada existencial, porque somos literalmente “polvo”, ya que el cuerpo, al que tanto cuidamos y alimentamos y abrigamos, se convierte literalmente en polvo cuando el alma se desprende de él en el momento de la muerte; y a esto hay que agregarle lo que dicen los santos, los cuales, al referirse a la condición humana, dicen que somos “nada -polvo- más pecado”; esto es lo que la Iglesia pretende que tomemos conciencia en el Miércoles de Cenizas, al imponernos las cenizas en la frente, porque esas cenizas son un anticipo de lo que seremos en el futuro. Pero la Iglesia también nos da un mensaje de esperanza sobrenatural, que trasciende infinitamente nuestro horizonte existencial, que nos eleva a unas alturas a las cuales ni siquiera podemos imaginarnos, gracias al Sacrificio Redentor de Jesucristo: por Jesucristo, nosotros los hombres, que somos “polvo más pecado”, “nada más pecado”, estamos destinados a ser Dios por participación, según las propias palabras de Jesucristo: “No os dije, ¿seréis dioses?” (Jn 10, 34; Sal 82, 6). Entonces, nosotros que somos nada, dependemos de Jesucristo, en nuestro ser más íntimo, porque Él en cuanto Dios nos creó, nos redimió con su sacrificio en la Cruz y nos santificó, nos endiosó, por el don del Espíritu Santo, porque Él con el Padre es el Dador del Espíritu Santo, nuestro santificador.

Entonces, al decirle la Iglesia al hombre “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás”, le está diciendo que, comparado con el Acto de Ser perfectísimo de Dios, es igual a la nada, como nada es el “polvo”, la tierra, el barro, y que su destino natural es la muerte: “en polvo, en tierra, en barro te convertirás”: “Eres nada y en nada te convertirás”, y esto debe servir para crecer tanto en la humildad, para que cuando nos creamos ser mejores que los demás, recordemos lo que nos dice la Santa Iglesia: “Eres nada y en nada te convertirás”. Pero también tiene que servir para crecer en el Amor de Dios, porque aunque no lo mencione en la frase, está implícito en nuestra fe católica que Jesucristo, Dios Hijo, se encarnó por amor a nosotros, murió en la Cruz y resucitó por nuestra salvación, y por lo tanto nuestro destino ha cambiado radicalmente: nuestro cuerpo, que por el pecado original estaba destinado a convertirse en polvo luego de la muerte, ahora, gracias  a Jesucristo y a su gracia que se comunica por los Santos Sacramentos, nuestro cuerpo está destinado a convertirse en luminosa materia glorificada con la luz del Ser divino trinitario, si de corazón nos arrepentimos y nos convertimos a Jesús Eucaristía por el camino de la oración, la penitencia y la misericordia.

Por este motivo, la frase completa podría quedar así: “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás; recuerda que viniste de la nada, y a la nada volverás; pero si por la gracia, dócilmente, dejas obrar en ti la conversión eucarística, si buscas a Cristo Dios en la Eucaristía de todo corazón; si obras la misericordia con el hermano que golpea a tu puerta; si te acuerdas de Él todos los días de tu vida, elevando tus manos en oración y en acción de gracias; si haces ayuno de obras malas, entonces te convertirás, de polvo que eres, en la luz radiante y gloriosa de Cristo Dios”.