(Domingo V - TC - Ciclo C - 2025)
“Yo tampoco te condeno; vete y no
peques más” (cfr. Jn 8, 1-11). Los
fariseos llevan ante Jesús a una mujer acusada de adulterio, invocando para
esto la ley de Moisés. Frente al pedido de lapidar a la mujer, Jesús no
responde ni afirmativa ni negativamente: simplemente les dice que, si alguien
está libre de pecado, que arroje la primera piedra. Debido a que todos saben
que nadie está libre de pecado, los fariseos se retiran del lugar, sin hacer
daño a la mujer. Finalmente, Jesús perdona los pecados de la mujer y la deja
ir, no sin antes advertirle que “no vuelva a pecar”.
En este pasaje evangélico hay muchas
enseñanzas. Por una parte, se pone de manifiesto la rigurosidad farisaica, que
no deja pasar una falta grave sin castigo, pero al mismo tiempo, se pone de
manifiesto la hipocresía de los fariseos, porque si bien por un lado quieren
castigar a quien ha cometido un pecado, por otro lado, pasan por el alto el
hecho de que ellos mismos son pecadores, del mismo o mayor tenor que el de la
mujer pecadora.
En este grupo nos podemos ver reflejados nosotros mismos, toda vez que
con nuestra falta de caridad y de misericordia lapidamos la fama de nuestro
prójimo con habladurías y falsedades, sin tener en cuenta además que nosotros
mismos somos tanto o más pecadores que el prójimo al cual tan ligeramente
criticamos. A esto se le agrega un hecho más grave y es el de colocarnos en el
lugar de Dios, quien es el Único que puede juzgar las conciencias. Cada vez que
nos comportamos así, es decir, cada vez que lapidamos sin misericordia a
nuestro prójimo con nuestra lengua, criticándolo y juzgándolo en su intención,
somos idénticos a los fariseos.
Con este episodio queda patente la insuficiencia de la Ley Antigua, porque
al señalar el pecado, pretendía castigar al pecado mediante la justicia, pero
era una justicia meramente exterior: el ejemplo está en el caso del Evangelio
de la mujer adúltera; una vez señalado el pecado, se pretendía hacer justicia,
pero la justicia consistía en eliminar físicamente al que había pecado, con lo
cual se eliminaba al pecador pero no al pecado, puesto que el pecado seguía
arraigado en lo más profundo del corazón humano. En otras palabras, mediante la
justicia, se eliminaba al pecador pero no al pecado, ya que este se encuentra
arraigado en lo más profundo del ser de todo hombre, tanto del que aplica la
Ley como de aquel recibe el castigo. Así vemos cómo la Ley de Moisés, si bien
señalaba el pecado, era incapaz de corregirlo, era incapaz de quitarlo, porque
el mal seguía arraigado en el corazón humano, del mismo modo a como la mala
hierba se arraiga entre el césped.
Por el contrario, la Nueva Ley de Jesucristo, la ley de la gracia, obtenida
al precio de su Sangre derramada en la cruz, no obra exteriormente, sino en lo
más profundo del ser del hombre, arrancando de raíz esa mala hierba que es el
pecado y haciendo germinar la semilla de la vida divina, la vida de la gracia
santificante.
A diferencia de la Ley Antigua, que no poseía la gracia, la Nueva Ley
actúa penetrando en lo más profundo del espíritu del hombre por medio de la
gracia divina, la cual disuelve y hace desaparecer en un instante esa peste espiritual
que es el pecado.
La esencia de la Nueva Ley es la gracia, la cual arranca de raíz y destruye
el mal que anida en el corazón humano, sin dejar rastro de él, así como se
disipa al viento una ligera columna de humo negro en una mañana de cielo
despejado. Desde Adán y Eva el mal, en forma de pecado, anida en lo más
profundo del corazón del hombre como una mancha negra y pestilente, de la cual
brotan “toda clase de males” espirituales, tal como lo señala Nuestro Señor
Jesucristo: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades,
fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas
perversidades salen de dentro y contaminan al hombre” (Mc 7, 21-23).
Sin la gracia santificante de Nuestro Señor Jesucristo, obtenida al
precio altísimo de su Sangre derramada en la Cruz, el corazón del hombre es una
piedra ennegrecida, una oscura y fría caverna de la cual brotan toda clase de
maldades, ninguna de las cuales podía, de ninguna manera, la Ley Antigua, lograr
la erradicación y purificación del corazón.
Por el contrario, la Nueva Ley de Jesucristo, la Ley de la Gracia
Santificante, es infinitamente superior a la Ley Antigua, puesto que logra lo
que esta no puede hacer: transformar por completo lo más profundo del ser del
hombre, sanándolo de raíz, en su acto de ser; la gracia obra sobre el ser, es
decir, a nivel ontológico, a nivel de naturaleza y no simplemente a nivel moral;
la gracia obra una verdadera conversión porque hace partícipe al alma de la
naturaleza divina y esto sucede a nivel ontológico, lo cual se traduce luego a
nivel ético, moral o de comportamiento, pero la transformación moral o
conversión cristiana se basa en la participación a nivel ontológico, lo cual
solo es posible por la acción de la gracia. Y es esta participación en la
naturaleza divina la que sana, restaura, transforma y, todavía más, diviniza,
al corazón del hombre, convirtiéndolo en un corazón nuevo, un corazón que es
una copia viviente, una imitación y una prolongación del Sagrado Corazón del
Hombre-Dios Jesucristo, un corazón que paulatinamente, por la acción de la
gracia, va dejando de ser simplemente humano, para ser cada vez más divino. Todo
esto, no lo podía hacer de ninguna manera la Ley Antigua, la cual solo era una
figura de la Ley Nueva; por esta razón la Ley Antigua se limitaba a quitar
físicamente al pecador -como en el caso de la mujer adúltera-, pero dejando al
pecado enraizado en el corazón de todos y cada uno de los hombres -como en el
caso de los fariseos que acusan a la mujer adúltera-. La Ley Antigua ofrecía a
Dios sacrificios de animales, pero estos sacrificios eran absolutamente
incapaces de transformar el corazón humano, al ser incapaces de quitar el
pecado; la Nueva Ley, por el contrario, al estar sellada con la Sangre del
Cordero de Dios, Cristo Jesús, sacrificado en el Altar de la Cruz, en el
Calvario, de una vez y para siempre y renovado este Santo Sacrificio cada vez,
incruenta y sacramentalmente, en el Altar del Sacrificio, en la Santa Misa, al
ser derramada sobre los corazones de los hombres, disuelve sus pecados, quita
los pecados de los corazones, purifica los corazones manchados por el pecado,
los santifica con la Sangre del Cordero y así santificados con esta Sangre
Bendita y Preciosísima, los convierte en imágenes vivientes y palpitantes del
Corazón del Cordero, del Corazón de Jesús, el Cordero de Dios, que late en la
Eucaristía.
Según se relata en el Antiguo Testamento, Moisés, por orden divina,
sacrificaba los corderos en el altar y luego esparcía la sangre de los corderos
sacrificados sobre el pueblo (cfr. Éx
24, 8), lo cual significaba que Dios perdonaba los pecados del pueblo; sin
embargo, la sangre de estos animales no podía de ninguna manera perdonar los
pecados, por lo que el gesto de Moisés era únicamente externo y simbólico y un
anticipo y figura de lo que habría de ser donado en la Nueva Ley. Y lo que es
donado en el Nuevo Testamento y que sí perdona los pecados, porque
efectivamente quita los pecados del mundo y del corazón del hombre, es la
sangre del Cordero de Dios, Cristo Jesús, Sangre que brota, como de su fuente, de
sus heridas abiertas y de Su Corazón traspasado en la cruz, para caer en las
almas de los hombres y perdonarles sus pecados, sus muchos pecados, todos sus
pecados, por abundantes y enormes que sean. La Sangre del Cordero de Dios,
mediante la cual el Padre nos perdona, se derrama en el altar de la cruz y se
renueva su efusión en la cruz del altar, porque así Dios Trino sella su pacto
de amor misericordioso con los hombres, un pacto por el cual nosotros como Iglesia
le ofrecemos el Cordero del Sacrificio y Él a cambio derrama sobre nosotros la
Sangre del Cordero, Sangre por la cual Dios disuelve nuestros pecados, así como
el humo negro se disuelve en el aire fresco de una mañana soleada y límpida.
Cuando condenamos y lapidamos a nuestro prójimo, haciendo resaltar sus
defectos, haciendo caso omiso del enorme mal que anida en nuestros corazones,
nos identificamos con los fariseos del Evangelio, prontos a condenar al
prójimo, pero interiormente ciegos, compasivos e indulgentes con nuestras
propias maldades. Antes de condenar a nuestro prójimo, deberíamos tener
presente siempre esta escena evangélica y sobre todo las palabras de Jesús: “El
que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra”. Antes de condenar al
prójimo, antes de hablar del prójimo, deberíamos decir nosotros, de nosotros
mismos: “Si estoy libre de pecado, entonces podría condenar a mi prójimo, pero
como no estoy libre de pecado, no condeno a mi prójimo, y repito en cambio las
palabras de Jesús: ‘Yo no te condeno’”.
Pero no solo en los fariseos debemos vernos representados, sino también
en la mujer pecadora, porque en la mujer pecadora está representada la
humanidad caída en el pecado y pecadora y nosotros no somos, de ninguna manera,
la excepción. Nuestro objetivo, como cristianos, como imitadores de Cristo, es
precisamente imitar a Cristo, es decir, no es ser, ni fariseos, ni quedarnos en
el pecado, como la mujer pecadora antes de su encuentro con Jesús: nuestro
objetivo en esta vida terrena es recibir el perdón de Cristo, arrepentirnos de
nuestros pecados, y tratar de imitar la bondad y la misericordia que Jesús tiene
con la mujer al perdonarle sus pecados.
En el perdón de Jesús vemos en acción a la Divina Misericordia, que en
vez de condenar y sumarse al castigo de la mujer pecadora, no solo no la castiga,
sino que la perdona. Así está prefigurado en esta escena el Sacramento de la Confesión,
porque el perdón de Cristo a la mujer pecadora es el perdón que da Dios al alma
a través del sacerdote ministerial en el sacramento de la confesión.
La Presencia del Sumo Sacerdote Jesucristo se actualiza en el Sacramento
de la Confesión, quitando al alma sus pecados y así el corazón del pecador, que
antes de la confesión era un corazón ennegrecido por el mal, por el sacramento
de la confesión es purificado, limpio, sano, y convertido en una copia humana
del Corazón del Salvador, haciéndose realidad la Palabra de Dios revelada en el
profeta Isaías: “Aunque vuestros pecados fueren como la grana, quedarán blancos
como la nieve. Y si fueren rojos como el carmesí, quedarán como lana (cfr. 1,
18)”.
No estamos en esta vida para ser, ni fariseos injustos, ni tampoco pecadores;
estamos en esta vida terrena para ser, para nuestros prójimos, una copia viviente
del Corazón de Jesús; nuestro corazón no solo no debe reflejar nuestro “yo”
egoísta, el cual debe desaparecer para siempre, sino que debe reflejar la
bondad, la misericordia, la compasión, la caridad, del Corazón de Jesús, pero,
como dice Jesús: “Nada podéis hacer sin Mí”, por lo que esa tarea de
transformar nuestro corazón en una copia del Corazón de Jesús, se realiza por
dos sacramentos: la confesión sacramental y el sacramento del altar,
Por el sacramento de la confesión, nuestro corazón se purifica y
santifica; por