jueves, 12 de marzo de 2026

“Yo Soy la luz del mundo”

 



(Domingo IV - TC - Ciclo A – 2026)

 

“Yo Soy la luz del mundo” (Jn 9, 1-41). Jesús realiza el milagro de devolver la vista al ciego de nacimiento, pero en este milagro, hay en realidad dos en uno solo, porque por un lado le concede la visión con sus ojos corporales, mediante los cuales puede ver la realidad sensible, material, pero al mismo tiempo[1] pero al mismo tiempo le concede una visión de orden espiritual, mediante la cual se vuelve capaz de reconocer en Jesús no ya al “hijo del carpintero”, sino a Dios Hijo encarnado y es esta la razón por la cual el ciego, en señal de adoración ante Jesús, se postra ante Él, luego de reconocerlo como Hombre-Dios. Después del encuentro personal con Jesús, aquel que vivía en la oscuridad corporal y espiritual, ahora no solo es capaz de ver con los ojos del cuerpo sino que además posee la fe sobrenatural en Cristo como Hijo de Dios encarnado. No solo ve con los ojos del cuerpo, sino también con los ojos del alma. En el milagro, sucedido realmente en la historia, se debe contemplar un símbolo, el de la situación del alma humana frente al misterio de Jesucristo: la incapacidad de ver del ciego de nacimiento es una representación del alma humana frente al misterio sobrenatural de Jesucristo, la Segunda Persona de la Trinidad encarnada en Jesús de Nazareth: debido a la grandeza intrínseca propia del ser divino trinitario de Jesús, el alma humana está ciega delante del Dios Jesucristo, por la sencilla razón de que la creatura, sea un ángel o el ser humano, sin la ayuda de la gracia, es incapaz de contemplar a las Personas de la Trinidad, en este caso a la Segunda, el Verbo de Dios. Así como el ciego que, teniendo frente a sí a la fuente de luz, es incapaz de ver la luz, de la misma manera el alma humana, al encontrarse frente a Dios encarnado, luz eterna que proviene de la luz eterna que es el Padre, se encuentra como un ciego, siendo incapaz de contemplar la Luz Eterna que es Cristo. La oscuridad es entonces representación de la incapacidad de la creatura, sea angélica o humana, de contemplar por sí misma, sin la mediación de la gracia, el misterio sobrenatural tanto del Acto de Ser divino Trinitario como del Cordero de Dios, Cristo Jesús, el Hijo Eterno del Padre encarnado en una naturaleza humana. El otro componente del milagro, la luz o la capacidad de ver, representa a Jesucristo, Luz Eterna e Increada, que proviene del seno del Padre desde la eternidad y es Luz como el Padre es Luz Eterna e Increada. La oscuridad, la ceguera del ciego de nacimiento, es la incapacidad de la creatura de contemplar, con sus propias fuerzas, el majestuoso resplandor de la divinidad de Jesucristo; la luz, a su vez, representa al mismo Cristo, Luz Eterna que ilumina y hace partícipe de su vida divina trinitaria a todo aquel a quien ilumina.

Pero la oscuridad es también símbolo de algo más: es símbolo del pecado y esto forma parte de la liturgia pascual del lucernario: antes de que sea encendido el Cirio Pascual, todo se encuentra sumergido en las tinieblas, y aquí las tinieblas actúan como representantes del mal en general, del mal personificado, Satanás y del mal que nace en lo más profundo del corazón del hombre, el pecado. Esta oscuridad, estas tinieblas, son imposibles de vencer, por parte del hombre o del ángel; de ahí que en la liturgia del lucernario, el encendido del Cirio Pascual con el fuego bendecido, represente a Jesucristo, que en cuanto Dios es Luz Eterna que vence a las tinieblas de toda especie -vence al mal en general, vence al mal personificado, el Ángel caído, Satanás y vence al que brota del corazón humano, el pecado-; además de vencer a las tinieblas, Cristo Dios hace partícipe al hombre de su condición divina mediante el don de la gracia sacramental, lo cual se significa con la luz del Cirio Pascual que se comparte con las velas de los fieles, convirtiendo a la Iglesia en verdadera “luz del mundo” y faro de salvación eterna para las almas.

Regresando al milagro del Evangelio, Jesús realiza dos milagros, puesto que no solo le concede la visión corporal, con la cual puede ver el mundo natural, sino que le concede la visión de la fe, con la cual puede ver el mundo sobrenatural y la Fuente Increada de ese mundo sobrenatural no es otro que el mismo Jesús, que es Dios Hijo. De esto debemos deducir que la fe es un don, el cual debemos agradecer todos los días de nuestra vida, porque de no haberla recibido, estaríamos inmersos en la oscuridad espiritual, adorando ídolos de todo tipo.

“Yo Soy la luz del mundo”, le dice Jesús al ciego luego de devolverle la vista y concederle el don de la fe en Él como Hijo de Dios. Él es la Luz, la Luz Eterna e Increada, la Luz Divina y sobrenatural, que ilumina y da la vida divina a todo aquel a quien ilumina y es esto lo que se significa en el lucernario cuando, después de encendido el Cirio Pascual, la luz del Cirio se comunica a las candelas de los fieles. Jesús enciende en nosotros la luz de la fe, pero no para que ocultemos esta luz bajo la mesa, sino para ser puesta en lo alto de la montaña, para que la luz divina se propague a través nuestro y así las tinieblas del infierno y del pecado sean derrotadas. Sin embargo, en nuestros días, la inmensa mayoría de católicos obra de manera incomprensible: ocultan la luz de la fe recibida en el bautismo, bajo una mesa y así no solo no iluminan a los demás con la luz de Cristo, sino que se convierten ellos mismos en tinieblas, uniéndose y asociándose a las tinieblas vivientes, los ángeles caídos, que pretenden arrastrar a las tinieblas eternas a todos los hombres. Esta anti-conversión, este renegar de la fe, se llama “apostasía” y ha provocado que la Iglesia, en vez de “luz del mundo”, sea en muchos casos un lugar de tinieblas, como consecuencia de haber entrado en ella “el humo de Satanás”, como decía el Papa Pablo VI.

Si las cosas son así, podemos decir que hay dos clases de ceguera, una involuntaria, la ceguera natural, la que no depende de nosotros, sino de la limitación de nuestra propia naturaleza, y la ceguera voluntaria, que es la ceguera de aquel que, habiendo recibido la luz de la fe en el bautismo, oculta esta luz “debajo del celemín” y se convierte en “ciego, guía de otros ciegos”. Estos últimos son los apóstatas, los que han renegado de la fe católica, los que han abandonado la fe católica, para abrazar el ateísmo, el materialismo, las ideologías anticristianas, o cualquiera de las innumerables sectas de la religión del Anticristo, la Nueva Era, New Age o Conspiración de Acuario. Estos últimos son los que van a recibir un juicio y un castigo mucho más severo por parte de Dios en el Día del Juicio Final, de acuerdo a las palabras de Jesús: “Al que mucho se le dio, mucho se le pedirá”. No solo el ateísmo, sino la falsa espiritualidad anticristiana de la Nueva Era conforman las densas nubes del “humo de Satanás” que ha entrado en la Iglesia y que es causa de confusión dentro de la misma Iglesia, con el pretexto de “renovación” o de “progreso”, pero esto es un error, porque cualquier ansia, aun legítima, del misterio divino, sino es guiada, conducida e iluminada por el Espíritu de Dios llevan, por caminos equivocados, a fines erróneos, que no son Dios[2]. Cualquier otro camino que no sea Jesucristo, Camino, Verdad y Vida; cualquier otro camino que no sea el Camino de la Iglesia Católica Apostólica Romana es un camino que no conduce a la Trinidad. Quienes rechazan la guía segura de la Iglesia Católica fundada por Cristo en Pedro, su Vicario, se pierden en las peligrosas tinieblas del panteísmo, del animismo, de la superstición y de la idolatría. Esta guía segura, infalible, que partiendo de buen puerto nos lleva con seguridad a buen término, a la ciudad celestial de la Santísima Trinidad, es la Iglesia Católica[3]. Es la Iglesia Católica, y sólo Ella, quien nos indica cuál es el verdadero templo de los misterios; es Ella quien nos muestra que el lugar de los misterios del Hombre-Dios, es la liturgia, entendida como fuente de luz divina.

La liturgia debe ser vivida como lo que es: una celebración mistérica en donde el espíritu contemple, asombrado y extasiado, la profundidad del amor divino[4]. Muchos buscadores de misterios buscan erróneamente la luz en las tinieblas, en vez de buscarla en donde la Luz Eterna resplandece con todo el esplendor de su luz divina, que es en el misterio de la liturgia eucarística de la Iglesia Católica. La liturgia de la misa actualiza la Presencia personal de Jesucristo en la Eucaristía y por esto el cristiano comete un grave pecado de apostasía si se deja atraer por falsas religiones[5]. Cuando la acción iluminadora del Espíritu Santo permite descubrir el sacrificio eucarístico en la liturgia del altar, todo lo que no sea actualización del único sacrificio de la cruz en el que resplandece Cristo con la luz de su cruz y de su gloria, no es otra cosa que sombra y tinieblas. Cuando pedimos al Espíritu Santo “Infunde tu luz en nuestras almas”, pedimos verdaderamente luz, como el ciego del Evangelio, pero no luz material, sino luz espiritual, para poder contemplar a Jesucristo con la luz de la fe. El Espíritu Santo no se manifiesta con aplausos, llantos, emociones, gritos, saltos, ni con ninguna manifestación de orden sensible; el Espíritu Santo, dice San Agustín, es el “Alma de la Iglesia”[6], es Quien da vida y permea y penetra toda la liturgia[7], es Quien convierte el pan en el Cuerpo de Cristo en el altar –“infunde tu Espíritu sobre estas ofrendas”-, y es quien ilumina al alma para que contemple a Cristo Presente en su misterio pascual. Es esta luz del Espíritu Santo, luz interior, sobrenatural, espiritual, concedida a través de la liturgia, la cual debemos pedir, para que, por la acción iluminadora del Espíritu de Dios, el alma puede contemplar, en el misterio, la presencia salvífica del Hombre-Dios. De ahí que en la liturgia esté garantizado el encuentro personal con el Jesús histórico, el mismo que curó la ceguera del ciego de nacimiento, que es el mismo Jesús resucitado que vive en su Iglesia por medio de su Espíritu, que es el mismo Logos, el Verbo del Padre[8]. La Presencia real y viva, gloriosa y resucitada, del Jesús histórico, del Jesús que vivió en Palestina hace dos mil años, está garantizada y asegurada y es hecha real y posible por el Espíritu divino, que actualiza su Presencia personal por medio de la liturgia, especialmente en la santa misa. Es esto lo que debemos pedir “ver”, no con los ojos del cuerpo, sino con los ojos de la fe; mientras no lo veamos, somos como el ciego del Evangelio, de ahí la necesidad imperiosa de implorar a Jesús que cure nuestra ceguera espiritual. Debemos pedir ver la misteriosa Presencia de Jesucristo en el misterio de la liturgia eucarística, porque el Jesús del Evangelio es el mismo Jesús quien viene a nuestro encuentro en la Eucaristía, para así poder contemplarlo: “...Jesús lo encontró...”, dice el evangelio, después de haber sido curado el ciego. Y como el ciego, el alma, deseosa del encuentro con el Hombre-Dios, pregunta: “¿Quién es el Mesías, para que crea en él?”. Y Jesús le responde: “Soy Yo, el que te está hablando, a Quien ahora ves, con la luz de mi Espíritu, en la Eucaristía”.

 



[1] Esiste un milagro del P. Pío, en el cual una no-vidente de nacimiento, recuperó la vista, sin recuperar la anatomía y la fisiología del sistema óptico.

[2] Cfr. Odo Casel, Liturgia come mistero, Ediciones Medusa, Milán 2002, 29.

[3] Cfr. ibidem, 29.

[4] Cfr. Casel, ibidem.

[5] Cfr. Casel, ibidem, 30.

[6] Sermo CCLXVII, n. 4.

[7] Cfr. Francois Charmot, La Messe, source de sainteté, Ediciones Spes, París 1959, 57.

[8] Cfr. Congregación para la Doctrina de la fe, Declaración Dominus Jesus, sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia, 9.


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