martes, 10 de marzo de 2026

“Llega la hora en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad”

 



(Domingo III - TC - Ciclo A)

“Llega la hora en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad” (Jn 4, 5-42). La samaritana tenía un concepto demasiado material en relación a la adoración: pensaba que solo se podía hacer adoración en un lugar físico, la montaña o Jerusalén, pero Jesús corrige este concepto erróneo de la samaritana de que para adorar a Dios era necesario acudir a un lugar físico: ahora, a partir de Jesús, la adoración al Dios verdadero no será ni en la montaña ni en Jerusalén, sino en el interior del alma: “en espíritu y en verdad”.

Jesús plantea el acto de la adoración, el cual es una acción interior, espiritual, que brota de lo más profundo del espíritu del hombre y consiste en el surgimiento del asombro, el estupor, la admiración, en lo más profundo de la creatura luego de contemplar la santidad, la majestad y la grandeza infinita de Dios. El Ser divino es tan infinitamente grandioso y majestuoso, que la irradiación de su inmensa hermosura y santidad deja a la creatura como aniquilada frente a tanta grandeza. En la adoración se combinan el estupor y la admiración frente a la inmensidad de la majestad del ser divino, unidos a la percepción de la propia nada delante de semejante grandeza.

Para darnos una ligera idea de lo que es la admiración y el asombro que el alma experimenta ante la majestad infinita de Dios Trino, podemos hacer una comparación de lo que cualquiera de nosotros experimentamos ante la majestuosa belleza de la naturaleza, como por ejemplo, las estrellas, las montañas, el mar, o la naturaleza humana en sí misma: si la hermosura de la naturaleza en general provoca asombro y estupor en quien es capaz de asombro y estupor -Aristóteles decía que el asombro es el comienzo de la filosofía y podemos decir que la capacidad de asombro ante la belleza es lo que distingue al ser inteligente del ser bruto o no pensante-, es decir, si el atractivo o hermosura de la naturaleza, que a su vez es una palidísima sombra de la hermosura del Ser divino trinitario, deja al alma asombrada, cuánto infinitamente más debe el alma quedar asombrada, anonada e impactada ante la sublime e indescriptible hermosura del Acto de Ser divino Trinitario en la contemplación experiencial de la sublime majestad y grandiosidad de Dios, cuando Dios, en un acto de su infinita misericordia, permite ser contemplado visiblemente, como por ejemplo en el Monte Tabor. Es lo que les sucede por ejemplo en la Epifanía, en Belén; a Ezequiel (Ez 1, 28), o a Saulo ante la aparición de Cristo resucitado (He 9, 4), a Pedro, Santiago y Juan, en el Monte Tabor: quedan como aniquilados y extasiados, ante la presencia abrumadora majestuosidad de la divina hermosura de la Trinidad Sacrosanta[1].

Ante esta Presencia Santísima de la Trinidad Divina se produce en el alma un movimiento facilitado por la gracia santificante que es el da la adoración, el cual es un movimiento interior, espiritual, consistente en un movimiento de postración y anonadamiento interior primero, acompañado inmediatamente de una postura exterior, corporal, como la genuflexión o la postración, debido a que somos seres humanos, compuestos por espíritu y cuerpo material, lo cual quiere decir que la adoración, para ser genuina, debe tener dos movimientos, primero, la postración interior, la del corazón, por así decirlo, y luego la del cuerpo, que puede ser la genuflexión o la postración; en caso de faltar la primera, en cuya caso solo Dios puede detectarlo, la adoración es falsa, inauténtica y carente de todo valor. Para que la adoración ante la Santísima Trinidad y ante el Cordero de Dios, Cristo Jesús, sea verdadera ante los ojos de Dios, debe tener los dos componentes, el interior o del corazón y el exterior o corporal.

Tanto en la Sagrada Escritura, como en las incontables apariciones de la Virgen, de santos y de ángeles a lo largo de la historia de la Iglesia, los santos testigos de estas apariciones se han postrado en adoración delante de Nuestro Señor Jesucristo, delante de Jesús Eucaristía y los testimonios son incontables; Santa Bernardita Soubirous, en las apariciones de la Inmaculada Concepción; los Beatos Pastorcitos de Fátima, postrándose de rodillas y con la frente en tierra ante la Sagrada Eucaristía traída por el Ángel de Portugal. Y en todos los casos, estos movimientos exteriores de postración corporal, de genuflexión y de postración con la frente en tierra, estuvieron siempre precedidos y acompañados por la iluminación de la gracia interior del Espíritu Santo, que ilumina y sumerge al alma en la divinidad y la conduce hacia la posición de adoración para que el ser humano sea digno de la contemplación del Ser divino trinitario que se le manifiesta en su divina majestad.

El asombro y el estupor, movimientos interiores y espirituales, movilizados interiormente y desde lo alto por la gracia son los que caracterizan, en esencia, a la adoración y son los que le conceden a esta su esencia, que es el ser un acto de las potencias del alma iluminados por la gracia, es decir, un acto de conocimiento y de amor sobrenaturales del Acto de Ser Divino trinitario en su grandeza, en su majestuosidad, en su infinita bondad, en su infinita perfección de perfecciones y en el conocimiento del Ser de Dios Trino no solo en su omnipotencia -en lo que puede hacer y dar-, sino en lo que Es en Sí mismo en la infinita perfección de su Ser divino trinitario. Ahora bien, este conocimiento y este amor de Dios Trino, de origen sobrenatural, solo lo puede conceder el mismo Dios, lo cual quiere decir que no se origina en el ser humano; este conocimiento sobrenatural de la majestad de la Trinidad y del Cordero de Dios, es decir, de Jesús en cuanto Hijo de Dios encarnado que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, sólo puede ser concedido por el Santo Espíritu de Dios, por la Persona Tercera de la Trinidad; solo Dios Espíritu Santo, con su Luz Eterna puede iluminar al alma con la luz de la sabiduría divina hasta las entrañas mismas, para hacerla comprender, con el verdadero conocimiento y el verdadero amor de Dios que la Trinidad es el Verdadero y Único Dios y que Jesucristo es Dios Hijo Encarnado que prolonga su Encarnación en la Eucaristía por medio del misterio de la liturgia eucarística de la Santa Misa. Solo de esta manera puede el alma, iluminada con la luz eterna de Dios, volverse capaz de reconocer y amar a Dios Trino “en espíritu y en verdad”, tal como lo dice Jesús.

Es esta adoración, “en espíritu y en verdad” es la adoración a la cual hace referencia Jesús, ya que no se trata ni de solamente acudir a un lugar físico -la montaña o Jerusalén-, como creía la samaritana, ni de una mera postura externa -solo una genuflexión-, sino de un movimiento ante todo espiritual que comienza con el don de lo alto, el don de la gracia, que ilumina el intelecto y el corazón, para que el alma sea capaz de comprender que se encuentra ante la Presencia del Dios verdadero, estando aún en la tierra.

Es Dios mismo quien, por medio del don de la gracia santificante, quien hace posible la verdadera adoración revelada por Jesús a la samaritana, la adoración “en espíritu y en verdad”, la adoración interior, espiritual, sobrenatural, en la que el espíritu del hombre se postra interiormente ante la majestad de la Trinidad divina y luego esa postración interior se acompaña de una postración o genuflexión corporal; es Dios quien hace posible la adoración “en espíritu y en verdad”, porque por su Espíritu Santo une las almas de los bautizados y los hace ser un mismo espíritu y un mismo cuerpo: un mismo espíritu con Dios y un mismo cuerpo en Cristo[2]. La adoración surge entonces en el alma luego de contemplar la majestad de Dios; la adoración surge en el Pueblo Elegido aun cuando Dios no se había revelado en todo su esplendor; cuanto más entonces, los que formamos el Nuevo Pueblo de Dios, los bautizados en la Iglesia Católica, a quienes Dios se nos revela en la infinita majestad de su esplendor de su gloria eucarística en Cristo Jesús, debemos adorar interiormente, “en espíritu y en verdad”, en el altar eucarístico, al Dios encarnado, que prolonga su encarnación en la Eucaristía, al Verbo de Dios, Jesús Eucaristía. Los integrantes del Nuevo Pueblo de Dios deberían hacer de sus vidas un himno en honor de Dios, desde el momento en que ese Dios de majestad infinita nos comunica su vida, su gloria, su majestad y su Espíritu y por la Encarnación, su Cuerpo y su Sangre, para que, por así decir, dejemos de ser creaturas y seamos Dios como Él.

“Es la hora de los adoradores de Dios, en espíritu y en verdad”, le dice Jesús a la samaritana. Y en verdad debería ser la hora de los verdaderos adoradores de Dios, y sin embargo, parecería ser que a cambio de tanto amor demostrado por Jesús hacia los hombres, estos le demuestran frialdad, ingratitud, desamor y hasta odio, de modo que a la hora de la adoración a Dios la convierten en la hora de los adoradores de la Nueva Era, la hora de los neo-paganos, que es la hora de los que adoran a los demonios y a los poderes ocultos del infierno por medio del Tarot, del juego de la copa, de la lectura de las cartas; hoy se ha convertido la hora de la adoración eucarística en la hora de la adoración del dios poder, de la democracia liberal y del racionalismo político; hoy es la hora de los adoradores de Satán, la hora de los masones y de los ocultistas. Pocas veces en la historia el hombre se ha desviado tanto del culto al verdadero, rindiendo adoración y homenaje a falsos dioses. Hoy más que nunca se da una falsa adoración: la adoración idolátrica del neo-paganismo de la Nueva Era, que coloca al hombre o al demonio en el lugar de Dios, provocando la abominación de la desolación.

“...vosotros decís que hay que adorar en Jerusalén...”. La samaritana pensaba que se debía acudir a un lugar físico para adorar al Dios verdadero, pero Jesús le revela que no hace falta ir a Jerusalén para adorar a Dios. Ahora hay otro templo en donde el Verdadero Dios debe ser adorado y ese templo en donde habita Dios con su Espíritu y en donde Dios merece ser adorado por su inmensa grandeza, es el cuerpo resucitado de Jesucristo (Jn 2, 19-22), y el cuerpo resucitado de Jesucristo está en la Eucaristía y la Eucaristía está en el Sagrario. Quienes han nacido del Espíritu, cuando comulgan sacramentalmente la Eucaristía, se asocian en Cristo a la verdadera y única adoración que Él en Persona hace, en Espíritu y en verdad al Padre y en la que el Padre halla su agrado y complacencia. Esta es la razón por la cual, cuando recibimos la comunión eucarística, no basta cumplir una acción exterior[3], privada del movimiento interior de adoración. Cuando comulgamos, en ese momento se produce el encuentro personal con el Dios de majestad, Jesucristo, con el Dios que provoca el asombro y el estupor y la alegría por su inmensa grandeza y con Él y en Él adoramos al Padre “en espíritu y en verdad”. En la comunión debemos buscar de entender cómo nos adentramos en el misterio de Cristo, cómo, misteriosamente, el Espíritu de Dios hace que, más que comulgar nosotros a Cristo, sea Él quien nos introduzca en su misterio[4]. Y de allí debe surgir la adoración “en Espíritu y en verdad”. La Comunión nunca debe ser un mero acto exterior, debe ir siempre precedida por un acto de adoración interior a Jesucristo.

La adoración eucarística, es la verdadera adoración de Jesús, Dios verdadero, que se ha encarnado y prolonga su encarnación en la Eucaristía para ser adorado por nosotros. La adoración en espíritu y en verdad se da, por medios del Espíritu de Dios, en el encuentro personal del alma con el Hombre-Dios Jesucristo en la Comunión eucarística. Si le preguntáramos a Jesús, como la samaritana, quién es y dónde está el Mesías Dios al que hay que adorar, Él nos diría: “Soy Yo, en la Eucaristía, el que habla contigo”.



[1] Cfr. X. León-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, Biblioteca Herder, 1980, voz “adoración”, 49.

[2] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Naturaleza y gracia, Editorial Herder, Barcelona 1959, 275.

[3] Cfr. Thomas Merton, Il Pane vivo, Ediciones Garzanti, Florencia 1958, 123.

[4] Cfr. Merton, ibidem,. 123.


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