(Domingo VI - TP - Ciclo A – 2026)
“El mundo no puede recibir el Espíritu, porque no
lo ve ni lo conoce, vosotros sí (...) el mundo no me ve, pero vosotros sí (...)
Yo estoy en el Padre, vosotros estáis en Mí y Yo en vosotros” (Jn 14, 15-21). Jesús habla del
Espíritu que el mundo no puede ver ni conocer y sin embargo, sus discípulos sí.
¿De qué Espíritu habla Jesús? Si analizamos lo que dice Jesús con la sola luz
de la razón, sin la luz de la fe, no vamos a poder entender nunca qué es lo que
Jesús nos dice, ya que sin la luz de la fe se nos escapa su significado más
real y profundo. Al hablar de “Espíritu”, Jesús no lo hace en sentido figurado,
ni en sentido moral: está hablando en sentido personal, ya que se refiere a una
persona, a la Persona Tercera de la Trinidad, la Persona del Espíritu Santo el
cual se hace Presente con su hipóstasis, con su Persona, en su Iglesia y en el
alma de los miembros de la Iglesia. Es por esta razón que las palabras de Jesús
son eminentemente trinitarias, desde el momento en el que el “Espíritu” al que
hace referencia Jesús no es otro que el Espíritu de la Trinidad, el Espíritu
que es la Persona Tercera de la Trinidad, es la Persona del amor trinitario, es
la Persona a la que le corresponde la fecundidad del amor divino[1];
la naturaleza de esta Persona del amor es ser vida y movimiento divinos y sobre
todo amor divinos, y es su naturaleza el ser espíritu puro, ya que es espíritu
de espíritu[2]
porque procede del ser divino por la vía del amor: es espíritu que procede del
amor del Padre, que es fuente del Espíritu, y es espíritu de espíritu porque
procede también del amor del Hijo, que es espíritu como el Padre.
Ahora bien, Jesús dice algo totalmente cierto y
es que el mundo no lo conoce y es debido a que se trata de un ser espiritual y
por esto mismo es desconocido para el mundo: el mundo no lo puede ver ni
conocer debido a que el espíritu del mundo tiene una naturaleza totalmente
distinta que es opuesta a la santidad del Espíritu de Dios y es el espíritu de
mundanidad. Por su parte, el Espíritu de Dios está tan alto y es tan
inalcanzable por su santidad, por su amabilidad y por su bondad perfectísimas,
que su Presencia y su acción, en la Iglesia, permanecen desconocidos para el
mundo. El mundo no puede ver el Espíritu ni la acción del Espíritu: el Espíritu
que procede del Padre y del Hijo, que anima a la Iglesia y a sus miembros, se
manifiesta a través de su Iglesia, a través de sus enseñanzas y a través de sus
sacramentos. Las enseñanzas de la Iglesia, que se oponen radicalmente a las del
mundo, tienen su origen en este Espíritu divino, que es Espíritu de Amor divino
y permanecen inalcanzables para el espíritu del mundo.
El mundo no puede conocer ni comprender al
Espíritu de Dios que actúa a través de la Iglesia y por lo tanto ve a la
Iglesia mundanamente: ve a la Iglesia como a una sociedad humana religiosa que
busca imponer arbitrariamente sus puntos de vista. Pero lo que la Iglesia dice,
lo dice a través de su Magisterio, de la Tradición, de la Tradición, de las
Escrituras, y lo dice a través de instrumentos humanos como obispos y papas,
pero inspirados por el Espíritu. Y como es un Espíritu que es Amor en sí mismo,
ya que procede por espiración del amor mutuo que eternamente se tienen entre sí
el Padre y el Hijo, como es un Espíritu que es Amor, las enseñanzas de la
Iglesia reflejan este amor divino. De esto se deduce que las enseñanzas de la
Iglesia no son medidas arbitrarias impuestas por la fuerza o por un determinado
modo de pensar; ni tampoco son el reflejo de una época cultural particular de
la humanidad, sino que se derivan del Espíritu Santo quien, actuando como Alma
de la Iglesia le comunica su soplo de vida divina y hace partícipe de su vida
al mundo. Pero como dice Jesús, el mundo no conoce al Espíritu, y no puede
conocer ni recibir este Espíritu, porque el mundo se mueve con su propio
espíritu, el espíritu mundano, el espíritu del mundo. Los hijos de la Iglesia
reciben al Espíritu Santo y la vida nueva que transmite él les transmite, no
sólo para sustraerse al espíritu mundano, no sólo para no vivir mundanamente y
del mundo, sino para vivir espiritualmente con, en y del Espíritu de Dios,
dejando que ese Espíritu actúe como Alma del alma de cada bautizado. El mundo
no puede conocer al Espíritu de Dios, por eso es que Jesús dice que el mundo no
lo puede recibir ni conocer: el conocer y recibir el Espíritu de Dios está
reservado a los hijos del Espíritu, los hijos de Dios, los bautizados en la
Iglesia Católica.
Pero dice también Jesús que tampoco a Él el mundo
lo puede ver ni conocer. Y que Él está en el Padre, así como también Él está en
los discípulos. El no tener el Espíritu Santo tiene consecuencias inimaginables
para el alma, no solo en la otra vida, sino ya en esta vida terrena,
“El mundo no me ve, vosotros sí”: el mundo no
puede ver a Jesús en la Iglesia y en la Eucaristía, no puede percibir ni
conocer al Espíritu de Cristo; el mundo, que no puede reconocer la Presencia
del Espíritu en la Iglesia, tampoco puede ver a Jesús Presente con su cuerpo
espiritualizado glorioso y resucitado en la Eucaristía, que es obra del
Espíritu: la Iglesia invoca al Espíritu en la consagración del pan y del vino y
el Espíritu baja, con su poder, sobre el altar para obrar el milagro más
asombroso de todos: la conversión del pan en el cuerpo y del vino en la sangre
de Jesús; es el Espíritu el que obra la Presencia de Jesús resucitado sobre el
altar bajo apariencia de pan. Esto no lo puede ver el mundo, porque es incapaz;
pero quien tiene su Espíritu sí lo puede ver, ya que el Espíritu que Él y su
Padre comunican al alma da una vida que es la vida de ellos, y hace al alma ser
partícipe de la vida de Dios; al ser el hombre copartícipe del Espíritu de Dios
es introducido en lo más íntimo de la divinidad y en sus misterios y es hecho
capaz de conocer los misterios de Dios[3]
–el principal de todos, el misterio de la Eucaristía- así como los conoce el
mismo Dios.
Por eso es que quien no recibe el Espíritu del
Padre y del Hijo no puede conocer al Hijo, y no lo puede conocer en su
Presencia Eucarística: “El mundo no me puede ver, ni a Mí ni a mi Espíritu;
vosotros sí, y me podéis ver en mi Presencia sacramental eucarística porque
habéis recibido el Espíritu que Yo y mi Padre os hemos enviado. No sólo me
podéis ver, sino también recibirme en vuestras almas; y al recibirme, recibís
mi Espíritu, mío y de mi Padre, y ese Espíritu os transforma en la caridad en
Mí mismo, para haceros ser una copia viva de Mí, para llevaros al seno de mi
Padre y Mío, para que estando en el mundo no seáis del mundo, sino del
Espíritu, para que seáis ante el mundo testigos del Amor de Dios, para que
transforméis el mundo con el Espíritu del Amor de Dios. No hagáis vano el don
del Espíritu”.
[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben,
Los misterios del cristianismo,
Ediciones Herder, Barcelona 1964, 84.
[2] Cfr. Scheeben, ibidem, 104.
[3] Cfr. Matthias Joseph Scheeben,
Naturaleza y gracia, 211.

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