jueves, 7 de mayo de 2026

“El mundo no puede recibir el Espíritu, porque no lo ve ni lo conoce, vosotros sí (...) el mundo no me ve, pero vosotros sí ”

 


(Domingo VI - TP - Ciclo A – 2026)

“El mundo no puede recibir el Espíritu, porque no lo ve ni lo conoce, vosotros sí (...) el mundo no me ve, pero vosotros sí (...) Yo estoy en el Padre, vosotros estáis en Mí y Yo en vosotros” (Jn 14, 15-21). Jesús habla del Espíritu que el mundo no puede ver ni conocer y sin embargo, sus discípulos sí. ¿De qué Espíritu habla Jesús? Si analizamos lo que dice Jesús con la sola luz de la razón, sin la luz de la fe, no vamos a poder entender nunca qué es lo que Jesús nos dice, ya que sin la luz de la fe se nos escapa su significado más real y profundo. Al hablar de “Espíritu”, Jesús no lo hace en sentido figurado, ni en sentido moral: está hablando en sentido personal, ya que se refiere a una persona, a la Persona Tercera de la Trinidad, la Persona del Espíritu Santo el cual se hace Presente con su hipóstasis, con su Persona, en su Iglesia y en el alma de los miembros de la Iglesia. Es por esta razón que las palabras de Jesús son eminentemente trinitarias, desde el momento en el que el “Espíritu” al que hace referencia Jesús no es otro que el Espíritu de la Trinidad, el Espíritu que es la Persona Tercera de la Trinidad, es la Persona del amor trinitario, es la Persona a la que le corresponde la fecundidad del amor divino[1]; la naturaleza de esta Persona del amor es ser vida y movimiento divinos y sobre todo amor divinos, y es su naturaleza el ser espíritu puro, ya que es espíritu de espíritu[2] porque procede del ser divino por la vía del amor: es espíritu que procede del amor del Padre, que es fuente del Espíritu, y es espíritu de espíritu porque procede también del amor del Hijo, que es espíritu como el Padre.

Ahora bien, Jesús dice algo totalmente cierto y es que el mundo no lo conoce y es debido a que se trata de un ser espiritual y por esto mismo es desconocido para el mundo: el mundo no lo puede ver ni conocer debido a que el espíritu del mundo tiene una naturaleza totalmente distinta que es opuesta a la santidad del Espíritu de Dios y es el espíritu de mundanidad. Por su parte, el Espíritu de Dios está tan alto y es tan inalcanzable por su santidad, por su amabilidad y por su bondad perfectísimas, que su Presencia y su acción, en la Iglesia, permanecen desconocidos para el mundo. El mundo no puede ver el Espíritu ni la acción del Espíritu: el Espíritu que procede del Padre y del Hijo, que anima a la Iglesia y a sus miembros, se manifiesta a través de su Iglesia, a través de sus enseñanzas y a través de sus sacramentos. Las enseñanzas de la Iglesia, que se oponen radicalmente a las del mundo, tienen su origen en este Espíritu divino, que es Espíritu de Amor divino y permanecen inalcanzables para el espíritu del mundo.

El mundo no puede conocer ni comprender al Espíritu de Dios que actúa a través de la Iglesia y por lo tanto ve a la Iglesia mundanamente: ve a la Iglesia como a una sociedad humana religiosa que busca imponer arbitrariamente sus puntos de vista. Pero lo que la Iglesia dice, lo dice a través de su Magisterio, de la Tradición, de la Tradición, de las Escrituras, y lo dice a través de instrumentos humanos como obispos y papas, pero inspirados por el Espíritu. Y como es un Espíritu que es Amor en sí mismo, ya que procede por espiración del amor mutuo que eternamente se tienen entre sí el Padre y el Hijo, como es un Espíritu que es Amor, las enseñanzas de la Iglesia reflejan este amor divino. De esto se deduce que las enseñanzas de la Iglesia no son medidas arbitrarias impuestas por la fuerza o por un determinado modo de pensar; ni tampoco son el reflejo de una época cultural particular de la humanidad, sino que se derivan del Espíritu Santo quien, actuando como Alma de la Iglesia le comunica su soplo de vida divina y hace partícipe de su vida al mundo. Pero como dice Jesús, el mundo no conoce al Espíritu, y no puede conocer ni recibir este Espíritu, porque el mundo se mueve con su propio espíritu, el espíritu mundano, el espíritu del mundo. Los hijos de la Iglesia reciben al Espíritu Santo y la vida nueva que transmite él les transmite, no sólo para sustraerse al espíritu mundano, no sólo para no vivir mundanamente y del mundo, sino para vivir espiritualmente con, en y del Espíritu de Dios, dejando que ese Espíritu actúe como Alma del alma de cada bautizado. El mundo no puede conocer al Espíritu de Dios, por eso es que Jesús dice que el mundo no lo puede recibir ni conocer: el conocer y recibir el Espíritu de Dios está reservado a los hijos del Espíritu, los hijos de Dios, los bautizados en la Iglesia Católica.

Pero dice también Jesús que tampoco a Él el mundo lo puede ver ni conocer. Y que Él está en el Padre, así como también Él está en los discípulos. El no tener el Espíritu Santo tiene consecuencias inimaginables para el alma, no solo en la otra vida, sino ya en esta vida terrena,

“El mundo no me ve, vosotros sí”: el mundo no puede ver a Jesús en la Iglesia y en la Eucaristía, no puede percibir ni conocer al Espíritu de Cristo; el mundo, que no puede reconocer la Presencia del Espíritu en la Iglesia, tampoco puede ver a Jesús Presente con su cuerpo espiritualizado glorioso y resucitado en la Eucaristía, que es obra del Espíritu: la Iglesia invoca al Espíritu en la consagración del pan y del vino y el Espíritu baja, con su poder, sobre el altar para obrar el milagro más asombroso de todos: la conversión del pan en el cuerpo y del vino en la sangre de Jesús; es el Espíritu el que obra la Presencia de Jesús resucitado sobre el altar bajo apariencia de pan. Esto no lo puede ver el mundo, porque es incapaz; pero quien tiene su Espíritu sí lo puede ver, ya que el Espíritu que Él y su Padre comunican al alma da una vida que es la vida de ellos, y hace al alma ser partícipe de la vida de Dios; al ser el hombre copartícipe del Espíritu de Dios es introducido en lo más íntimo de la divinidad y en sus misterios y es hecho capaz de conocer los misterios de Dios[3] –el principal de todos, el misterio de la Eucaristía- así como los conoce el mismo Dios.

Por eso es que quien no recibe el Espíritu del Padre y del Hijo no puede conocer al Hijo, y no lo puede conocer en su Presencia Eucarística: “El mundo no me puede ver, ni a Mí ni a mi Espíritu; vosotros sí, y me podéis ver en mi Presencia sacramental eucarística porque habéis recibido el Espíritu que Yo y mi Padre os hemos enviado. No sólo me podéis ver, sino también recibirme en vuestras almas; y al recibirme, recibís mi Espíritu, mío y de mi Padre, y ese Espíritu os transforma en la caridad en Mí mismo, para haceros ser una copia viva de Mí, para llevaros al seno de mi Padre y Mío, para que estando en el mundo no seáis del mundo, sino del Espíritu, para que seáis ante el mundo testigos del Amor de Dios, para que transforméis el mundo con el Espíritu del Amor de Dios. No hagáis vano el don del Espíritu”.

 



[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, 84.

[2] Cfr. Scheeben, ibidem, 104.

[3] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Naturaleza y gracia, 211.


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