lunes, 26 de enero de 2015

“Mi madre y mis hermanos son los que hacen la Voluntad de Dios”


“Mi madre y mis hermanos son los que hacen la Voluntad de Dios” (Mc 3, 31-35). Aunque parezca lo contrario, Jesús no niega a su familia biológica, es decir, su Madre, la Virgen, y sus primos: Jesús, en realidad, amplía el concepto de “madre” y “hermanos”, a no solo aquellos a los que está ligado por la sangre, sino a aquellos a los que está ligado por el amor a Dios, amor que se expresa en su voluntad, manifestada en los Diez Mandamientos. De esta manera, al decir que “su madre y sus hermanos son quienes cumplen la Voluntad de Dios”, Jesús no solo reafirma a su Madre, la Virgen, como su Madre, y a sus “hermanos” –primos, en realidad-, como su familia, puesto que ellos, la Virgen la primera, cumplen la Voluntad de Dios: lo que hace, es anticipar el concepto de Iglesia como “Familia de Dios”, porque pertenecen a la Iglesia los bautizados, los hijos de Dios, cuyo deseo primero y último es vivir de acuerdo a los Mandamientos de su Padre adoptivo, Dios, cumpliendo así su Voluntad. En otras palabras, no solo la Virgen y sus primos son “su madre y sus hermanos”, porque además de familia biológica, cumplen la Voluntad de Dios, sino que ahora serán “madre y hermanos” suyos, quienes entren a formar parte de la Iglesia, por el bautismo, y tengan como objetivo primario de sus existencias, hacer la Voluntad de Dios en sus vidas, correspondiendo así con amor de hijos adoptivos, al Amor del Padre que, por Amor, los ha adoptado.
Ahora bien, el hecho de ser “madre y hermanos” de Jesús, es decir, de pertenecer a su “familia espiritual”, no es un calificativo meramente moral: por la gracia, el cristiano es incorporado verdadera y realmente al Cuerpo Místico de Jesús; es unido a Él de modo orgánico, de manera tal que pertenece a su Cuerpo y, así como el cuerpo recibe vida del alma, así el cristiano, incorporado al Cuerpo Místico de Jesús por el bautismo, recibe su Espíritu, el Espíritu Santo, que actúa como “Alma de su alma”, así como lo hace también con la Iglesia Universal.

“Mi madre y mis hermanos son los que hacen la Voluntad de Dios”. El cristiano es “madre” de Jesús cuando, a imitación de la Virgen, lo engendra en su corazón por la gracia, la fe y el amor; el cristiano es “hermano” de Jesús, cuando por la gracia del bautismo sacramental, queda incorporado a su Cuerpo Místico, naciendo a la vida de los hijos de Dios, convirtiéndose en hijo adoptivo y espiritual de la Virgen y de Dios Padre, y hermano de Jesús, al ser unido a Él por esta misma gracia. Y quien es “madre” y “hermano” de Jesús, está unido a Él por el Amor de Dios, el Espíritu Santo, que es quien pone en el corazón el amor a la Voluntad de Dios, expresada en los Mandamientos, y da la fuerza necesaria para vivir según los Mandamientos, para que así el cristiano pueda cumplir la Voluntad de Dios en su vida.

jueves, 22 de enero de 2015

“Mientras iba por la orilla del mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés (…) Jesús les dijo: “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres”.


Jesús llama a Simón, Andrés, Santiago y Juan

(Domingo III - TO - Ciclo B – 2015)

“Mientras iba por la orilla del mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés (…) Jesús les dijo: “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres”. Inmediatamente, ellos dejaron sus redes y lo siguieron” (Mc 1, 14-20). Jesús camina por la orilla del mar de Galilea; encuentra a Simón y a Andrés, que están pescando, y les dice: “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres”. El Evangelio relata la prontitud y celeridad de la respuesta de los hermanos llamados por Jesús: “Inmediatamente, ellos dejaron sus redes y lo siguieron”. “Inmediatamente”, dejan sus redes, y no sólo, sino toda su vida anterior, para seguir a Jesús. Hacia el final del pasaje, sucederá lo mismo con Santiago y Juan, hijos de Zebedeo. En efecto, dice el Evangelio: “Y avanzando un poco, vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban también en su barca arreglando las redes. En seguida los llamó, y ellos, dejando en la barca a su padre Zebedeo con los jornaleros, lo siguieron”.
         Los hermanos Simón y Andrés, y los demás que fueron llamados por Jesús ese día en el mar de Galilea, no podían ni siquiera imaginar, al comenzar ese día, lo que habría de sucederles más tarde, y que cambiaría sus vidas para siempre: el encuentro y el llamado de Jesús de Nazareth, y no podían siquiera imaginar, porque de este encuentro con Jesús, no solo cambiaría para siempre su ocupación, que de material pasaría a ser espiritual, porque se dedicarían a salvar almas, sino que su destino eterno quedaría sellado para siempre, porque a partir del encuentro con Jesús, sus vidas terrenas se unieron al misterio pascual del Cordero, que por la cruz, los condujo a la felicidad de la bienaventuranza eterna.
           Es esta inmediatez e dejarlo todo, no solo lo que tenían entre manos, sino toda su vida anterior, para seguir a Jesús, lo que nos lleva a preguntarnos: ¿qué vieron, qué fue lo que sintieron, qué fue lo que los hizo dejar literalmente todo, para seguir a Jesús? ¿Qué sucedió en sus almas, para que unos pobres e ignorantes pescadores, enfrascados en su tarea cotidiana, lo dejaran todo al instante, sin vacilar, para seguir a Jesús y terminar dando la vida por Él, convirtiéndose en los más grandes santos entre los santos? Si ellos eran simples pescadores, y por lo tanto, su nivel cultural y de instrucción general era escaso, ¿acaso podían saber qué significaba el ser “pescadores de hombres”, tal como les anuncia Jesús? ¿Qué vieron en Jesús, qué experimentaron en sus corazones, qué escucharon en lo más profundo de sus almas, al oír la voz de Jesús, para que estos pescadores dejaran todo al instante y lo siguieran hasta la muerte de cruz?
         ¿Qué fue lo que estos pescadores vieron en Jesús, para seguirlo inmediatamente hasta la muerte de cruz? ¿Qué vieron estos pescadores en el llamado de Jesús, un llamado que los conduciría, de las orillas del mar, al cielo infinito, en donde ahora y por toda la eternidad, adoran al Cordero?
Vieron lo que ven los santos en Jesús, iluminados por la luz del Espíritu Santo: vieron en Jesús a Dios Hijo encarnado y escucharon en su voz humana, su voz amorosísima, que es la voz de Dios; vieron en Jesús no al “carpientero , el hijo de María y José” (cfr. Mc 6, 3), no al “hijo del carpintero” (Mt 13, 55), como lo llamaban en su pueblo, sino al Hijo del Eterno Padre que, encarnado en una naturaleza humana, los llamaba con un llamado que no solo escuchaban con sus oídos, sino ante todo con la vibración del alma, porque el que los llamaba era el Amor de Dios encarnado, la Divina Misericordia personificada, que mediante la voz humana de Jesús de Nazareth, hacía vibrar sus almas con la ternura del Amor Divino, a la vez que las encendía en el Fuego del Espíritu Santo, y era este Amor Divino, encendido en sus corazones por el solo hecho de escuchar y de ver al Cordero de Dios, Jesús de Nazareth, lo que hizo que los pescadores de mar cambiaran de oficio y aceptaran la misión de “pescar hombres”, es decir, de salvar almas de la eterna condenación y de conducirlas a la eterna bienaventuranza, no ya en sus barcas de madera, sino en la Barca Divina, la Nueva Arca de la Alianza, la Iglesia Santa del Cordero.

“Mientras iba por la orilla del mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés (…) Jesús les dijo: “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres”. También a nosotros nos dice hoy, Jesús, desde la Eucaristía: “Síganme, en el cumplimiento de la Ley Nueva del Amor, y los haré pescadores de hombres; síganme, carguen su cruz y vengan detrás de Mí por el Camino Real de la cruz, y les daré almas para salvar de la eterna condenación; síganme, en la imitación de la bondad y mansedumbre de mi Sagrado Corazón, y les daré corazones deseosos de amar a Dios en el tiempo y adorarlo en la eternidad; síganme, con la cruz a cuestas, camino del Calvario, y luego de un breve paso por la prueba, la humillación, la negación y el sacrificio, dejarán esta vida terrena, para gozar de la eterna felicidad en el seno de mi Padre; síganme, cristianos, los haré pescadores de hombres y así salvarán sus almas y las de sus hermanos, y junto con ellos podrán gozar de la felicidad sin fin en el Reino de los cielos”.

“Jesús instituyó a doce para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con el poder de expulsar a los demonios”


“Jesús instituyó a doce para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con el poder de expulsar a los demonios” (Mc 3, 13-19). Desde que inicia la misión encomendada por el Padre, de salvar a la humanidad con su sacrificio redentor en cruz, de modo público, como el Mesías y Salvador, como el “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, Jesús llamó a hombres, a quienes eligió de entre la multitud, con un amor de predilección, y los eligió porque quería, de esa manera multiplicar su presencia y propagar su mensaje por medio de ellos [1]. Es así como llama primero a los cuatro primeros discípulos para que sean “pescadores de hombres” (Mt 4, 18-22) y luego elige a doce para que “estén con Él” y para que, como Él, “anuncien el Evangelio y expulsen a los demonios” (Mc 3, 14). La elección de Jesucristo es, como todas las cosas hechas por Dios, pero esta elección de un modo especial, hecha sobre la base de la decisión de las Tres Divinas Personas, quienes eligen a los discípulos y apóstoles, no por las cualidades humanas, sino por Amor. Una vez elegidos y nombrados, los envía en misión a hablar en su nombre y revestidos de su autoridad; los apóstoles “lo dejan todo” y siguen a Jesús y viven con Él, durante los tres años de la vida pública de Jesús, y es así como, entre otras cosas, colaboran en la distribución de los panes multiplicados milagrosamente en el desierto (Mt 14, 19) y reciben autoridad especial sobre la comunidad que deben dirigir (Mt 16, 18). Es decir, mucho más que simples ayudantes o meros delegados técnicos y consultivos del fundador de una nueva religión, los Doce Apóstoles constituyen los fundamentos del “Nuevo Israel”, cuyos jueces serán en el último día (Mt 19, 28), que es lo que simboliza el número 12 del colegio apostólico. Por otra parte, será a ellos a quienes, ya resucitado, y siempre como una muestra de amor de predilección, Jesús se les aparecerá estando ellos reunidos, dándoles el encargo explícito de “hacer discípulos y de bautizar a todas las naciones” en nombre de la Santísima Trinidad (Mt 28, 18) y con la gracia santificante, conseguida por Él al precio del derramamiento de su Sangre en la cruz. Además de esto, la misión encargada luego de la Resurrección, implica el hecho de que deberán ser “testigos de Cristo”, es decir, deberán atestiguar que el Cristo resucitado es el mismo Jesús con el que habían vivido (Hch 1, 8. 21), lo cual constituye el punto central de la fe católica, porque esto quiere decir que Jesús es Dios, ya que los milagros, señales y prodigios obrados por Jesús y atestiguados en persona por los Doce, solo pueden ser hechos por Dios en Persona. El testimonio de los Doce Apóstoles será por lo tanto esencial para la fe de la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, porque esta fe atestigua que Jesús no es un simple hombre y que por esto, sus milagros y portentos –el primero de todos, la conversión del pan y del vino en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en la Última Cena, al instituir la Eucaristía obrando el prodigio de la Transubstanciación-, son todos reales y verídicos, obrados por Dios Hijo encarnado y no inventos fantasiosos de comunidades cristianas primitivas que idealizan a su líder fallecido, pero que en realidad, nunca realizó tales milagros, como pretende el racionalismo y el modernismo. Es por esta razón que los Doce son, para siempre el fundamento de la fe Iglesia: “El muro de la ciudad tenía doce hiladas, y sobre ellas los nombres de los doce apóstoles del Cordero” (Ap 21, 14).
Ante todo, constituyen el fundamento de la fe de la Iglesia por el hecho de que, al haber vivido con Jesús durante los tres años de su vida pública fueron testigos privilegiados de los misterios de la vida terrena del Cordero, de su misterio pascual de muerte y resurrección. Los Apóstoles, al ser llamados por Jesús, vivieron con Él y esto significa que, por lo tanto, recibieron personalmente de Él sus enseñanzas; fueron testigos oculares y presenciales de sus milagros y fueron testigos de sus enfrentamientos con los fariseos y, si bien defeccionaron brevemente en la Pasión, puesto que lo abandonaron, estuvieron con Él en la crucifixión y luego, Jesús resucitado se les apareció estando ellos reunidos, para después enviarles el Espíritu Santo en Pentecostés: toda esta vivencia experiencial de los Doce adquiere un valor trascendental y sobrenatural para la vida de la fe de la Iglesia fundada por Jesucristo, puesto que la fe transmitida por los Doce se convierte en la fe de la Iglesia naciente. Esto explica que, tres siglos más tarde, cuando se redactó el Credo que condensa la fe de la Iglesia, se le llamó “Símbolo de los Apóstoles”, porque la parte esencial del Credo se fundamenta en la enseñanza y el testimonio de los apóstoles, que se basa a su vez en su condición de testigos oculares del Cordero. Con esta designación del Credo como “Símbolo de los Apóstoles”, se quería significar que la fe de la Iglesia universal, es decir, aquello en lo que cree, es la misma fe de los Doce Apóstoles. Es decir, en base al testimonio de los apóstoles, es que se fue redactando el texto de lo que hoy se conoce como el “Símbolo de los Apóstoles”[2] o Credo, que es la profesión de fe oficial y pública de la Iglesia, que es Una, Santa, Católica y Apostólica.
El Credo se llama, por tanto, “Símbolo Apostólico” porque sirve de señal de reconocimiento y de unidad de los católicos; porque a pesar de no haber sido escrito de puño y letra por los apóstoles, se fundamenta en sus enseñanzas y porque los apóstoles fueron los primeros que profesaron que Jesús es el Kyrios, el Señor de la gloria[3], y con esto se significa que Jesús no es un hombre cualquiera, sino Dios Hijo encarnado.
“Jesús instituyó a doce para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con el poder de expulsar a los demonios”. Nosotros, no somos el fundamento de la Iglesia, ni fuimos testigos presenciales de los milagros y de las enseñanzas del Señor Jesucristo; sin embargo, fuimos llamados por el mismo Jesucristo en Persona, el día de nuestro Bautismo, para formar parte de su Iglesia y prolongar la misión de los Apóstoles: así como ellos fueron elegidos para multiplicar la presencia de Jesús y propagar su mensaje, así también nosotros estamos llamados a multiplicar la presencia de Jesús y propagar su mensaje, el mensaje de la caridad, del Amor de Dios derramado por su Sangre en la cruz, y esto por medio, no de discursos ni homilías, sino con la santidad de vida; y así como los Doce Apóstoles, siendo testigos oculares de los milagros de Jesucristo, dieron testimonio de la divinidad de su Persona, así estamos llamados a ver la vida presente con los mismos ojos de los Apóstoles, es decir, con la fe de la Iglesia y si bien no fuimos testigos oculares, presenciales, de Jesucristo, como lo fueron los Apóstoles, sí somos testigos oculares, presenciales, directos, de la Presencia de Jesús en el Santísimo Sacramento del altar, la Eucaristía, que se obra y actualiza cada vez en la Santa Misa por el milagro de la Transubstanciación y por lo tanto nuestra misión consiste, de manera análoga a la de los Doce, en dar testimonio de vida de esta Presencia Eucarística.





[1] Cfr. X. León-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, Biblioteca Herder, Barcelona 1993, voz “Apóstoles”, 99ss.
[2] http://www.mercaba.org/CREDO/CURSO/credo_01.htm
[3] http://www.mercaba.org/CREDO/CURSO/credo_01.htm

miércoles, 21 de enero de 2015

“Los espíritus impuros, apenas lo veían, se tiraban a sus pies, gritando: “¡Tú eres el Hijo de Dios!””


“Los espíritus impuros, apenas lo veían, se tiraban a sus pies, gritando: “¡Tú eres el Hijo de Dios!”” (Mc 3, 7-12). Lo que llama la atención en este Evangelio es la expresión de los demonios al ser expulsados de los cuerpos de los posesos, luego de los exorcismos realizados por Jesús: si los ángeles caídos, por definición, no tienen más, porque la perdieron libre y voluntariamente, por propia perversa decisión, la visión beatífica, y por lo tanto no pueden ver a Jesús como Hombre-Dios, ¿por qué motivo, cuando son expulsados a causa de los exorcismos, dicen: “¡Tú eres el Hijo de Dios!”, como si reconocieran a la Persona de Dios Hijo en Jesús de Nazareth? Dicho de otra forma: los ángeles apóstatas, a causa de rebelión, perdieron la gracia y por lo tanto, quedaron cegados a la visión intuitiva de la esencia divina; no tienen modo de conocer a Jesús como Hijo de Dios por el conocimiento que les da la gracia; entonces, ¿cómo es que sí reconocen –o al menos así parece- a Jesús como Hijo de Dios cuando son expulsados a causa de los exorcismos realizados por Jesús?
El conocimiento que tienen los demonios, de Jesús, es conjetural: ven a un hombre, Jesús de Nazareth, que se auto-proclama Dios y que hace milagros que sólo Dios puede hacer; por lo tanto, deducen que, o es Dios, o es un hombre a quien Dios acompaña con sus obras. Sin embargo, en el caso de las expulsiones sufridas en los exorcismos, a los demonios les sucede algo más: en la voz de Jesús de Nazareth, reconocen la poderosísima voz del Creador, porque saben que han sido creados por el Dios de infinita bondad, a Quien ellos traicionaron por pura maldad, y reconocen la voz del Creador, porque cuando Jesús les imparte la orden de salir, a través de su voz humana, emitida por sus cuerdas vocales, se vehiculiza la omnipotencia divina, que es la que los expulsa de los cuerpos a los que ellos han poseído. Es decir, cuando los demonios ven acercarse a Jesús, ven a un hombre más, como cualquier otro, pero cuando Jesús emite la orden de salir de los cuerpos que han poseído, los demonios se ven arrastrados por una fuerza poderosísima, abrumadora, que no pueden dejar de reconocer como perteneciente a Dios, que es su Creador y es por eso que, aunque no ven intuitivamente a la Persona de Dios Hijo en Jesús de Nazareth, deducen, con toda exactitud, que ese Hombre que los ha expulsado con su sola voz, es Dios en Persona, y por eso, llenos de furia y de rabia demoníaca, pero también llenos de terror, al experimentar la severidad de la Justicia Divina, al salir de los cuerpos a los que poseían, gritan: “¡Tú eres el Hijo de Dios!”.
Ahora bien, si llama la atención que los demonios reconozcan a Jesús, aun cuando no lo pueden ver, pero sí cuando experimentan la poderosísima omnipotencia divina que se transmite a través de la voz humana de Jesús de Nazareth, llama todavía más la atención otro hecho: que una inmensa cantidad de hijos adoptivos de Dios, no reconozcan a Jesús, cuando en la Santa Misa, en el momento de la consagración, es el mismo Jesús quien pronuncia y emite, a través de la débil voz del sacerdote ministerial, las palabras de la consagración, que por la misma omnipotencia divina, producen el milagro de la Transubstanciación, que convierte las substancias inertes del pan y del vino en las substancias gloriosas del Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús.

En otras palabras, así como los demonios reconocen, por la intensidad de la fuerza divina que se transmite por la voz humana de Jesús de Nazareth, a la Persona de Dios Hijo, y por eso le dicen: “¡Tú eres el Hijo de Dios!”, así los cristianos deberían reconocer a Jesús, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que a través de la voz humana del sacerdote ministerial y por la omnipotencia del Amor Divino, produce la conversión de las materias inertes del pan y del vino en las substancias gloriosas del Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús, en la Santa Misa. Todos los cristianos, al escuchar las palabras de la Transubstanciación –“Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre”-, deberían decir, no al sacerdote ministerial, sino a Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, que pronuncia estas palabras a través del sacerdote concediéndoles el poder divino de realizar la Transubstanciación: “¡Tú eres el Hijo de Dios!”.

martes, 20 de enero de 2015

“Dirigió sobre ellos una mirada llena de indignación y se apenó por la dureza de sus corazones"


“Dirigiendo sobre ellos una mirada llena de indignación y apenado por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: Extiende tu mano. Él la extendió y su mano quedó curada” (Mc 3, 1-6). Indignación y pena son los dos sentimientos –además de la misericordia por el hombre con la mano paralítica, y que lo lleva  a curarlo-, es lo que experimenta el Sagrado Corazón de Jesús, al comprobar “la dureza de sus corazones”, que les impedía ver y aprobar el acto de misericordia que significaba el curar la mano del paralítico, debido al falso concepto de religión que poseían. En efecto, para los fariseos, la religión consistía en el cumplimiento meramente exterior de la ley –en este caso, un precepto humano, que impedía el trabajo manual en sábado-, sin estar acompañado ni del amor a Dios ni de la compasión al prójimo; ésa es la razón por la cual, cuando Jesús ingresa en la sinagoga y ve al hombre paralítico, los fariseos suponen, porque conocen a Jesús, que Jesús curará su mano, sin importarle el precepto legal que impedía realizar trabajos manuales en el día sábado, día considerado sagrado. Jesús, que es Dios encarnado, y por lo tanto no solo lee los pensamientos, sino que los pensamientos de todos los hombres de todos los tiempos están ante Él antes de ser siquiera formulados, lee los pensamientos y escudriña la malicia de los corazones de los fariseos, quienes se ponen en guardia y quedan a la espera del gesto de Jesús de curar la mano del paralítico, para tener un argumento legal con el cual acusarlo. 
Para tratar de sacarlos del error, y en un vano intento por hacer luz en sus oscurecidas mentes, que no quieren ver la Verdad, y para iluminar sus perversos corazones, que entenebrecidos por el odio se niegan a amar a la Divina Misericordia, encarnada en Jesús, les dice: “¿Está permitido en sábado hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla?”. La pregunta que les dirige es muy clara, y está encaminada a hacerles ver el valor infinitamente superior del bien sobre el mal y de salvar una vida antes que perderla, todo lo cual justifica el quebrantamiento de un precepto legal, el de no realizar trabajos manuales. 
En otras palabras: si en sábado está prohibido legalmente realizar trabajos manuales, porque con esto se respeta el día sagrado, el día dedicado a Dios, y así se cumple con la religión, el hecho de curar o de salvar una vida, no contradice el precepto legal, sino que cumple cabalmente con el fin de la religión, que es amar y adorar a Dios y ser compasivos y misericordiosos para con el prójimo sufriente. Esto es lo que los fariseos no pueden comprender: que el verdadero culto a Dios –y por lo tanto, la verdadera religión-, radica no en el cumplimiento meramente externo de preceptos que no son esenciales, al tiempo que se mantiene un corazón frío en el verdadero amor a Dios y endurecido por la falta de caridad hacia el prójimo, sino en glorificarlo y la glorificación de su nombre se da cuando, en su honor y en su nombre, se tiene compasión del prójimo sufriente, que es lo que pretende hacer Jesús, con la curación de la mano del paralítico. Al curarlo al paralítico, Jesús no quebranta el precepto de no trabajar el sábado: mucho más que eso, cumple cabalmente con la esencia de la religión, que es la glorificación y el amor de Dios, al auxiliar a quien sufre, no por mero filantropismo, sino precisamente, por amor a Dios. Lamentablemente para los fariseos –y para los cristianos que no puedan entender la acción de Jesús, que es en lo que consiste la verdadera religión-, después de que Jesús cura la mano del paralítico, se obstinan en su error y se endurecen en sus corazones, “confabulándose con los herodianos para buscar la forma de acabar con él”, apenas salidos de la sinagoga.

“Dirigió sobre ellos una mirada llena de indignación y se apenó por la dureza de sus corazones”. Jesús nos mira desde la Eucaristía, no solo exteriormente, sino en lo más profundo de nuestro ser y de nuestros corazones, y sabe cuáles son los sentimientos que albergamos hacia nuestros prójimos, sobre todo aquellos a quienes, por uno u otro motivo, son nuestros enemigos. ¿Dirige también sobre nosotros una mirada llena de indignación y se apena por la dureza de nuestros corazones? ¿O se complace en ellos, al ver que vivimos la esencia de la religión, la glorificación y el amor de Dios y la compasión para nuestros prójimos, incluidos en primer lugar, nuestros enemigos?

“El Hijo del hombre es señor también del sábado”


“El Hijo del hombre es señor también del sábado” (Mc 2, 23-28). Mientras atraviesan unos sembrados, algunos discípulos de Jesús, sintiendo hambre, arrancan espigas y comen; esta acción escandaliza a los fariseos, puesto que es claramente una acción manual, la cual estaba prohibida en el día sábado, constituyendo por lo tanto una infracción de la ley: “¿Por qué hacen en sábado lo que no está permitido?”. Jesús les responde con otra infracción de la ley, cometida nada menos que por el rey David, y en una situación muy similar: David y sus hombres, sintiéndose con hambre, ingresan “en la casa de Dios” y comen de los panes de la proposición, que estaban reservados solo a los sacerdotes, y comió él y se lo dio a sus hombres: “¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre? Entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes presentados, que sólo pueden comer los sacerdotes, y les dio también a sus compañeros”. Con este ejemplo, Jesús quiere hacerles ver a los fariseos, que el precepto humano legal puede ser quebrantado, cuando hay una razón de fuerza mayor: así como ni David ni sus hombres cometieron falta comiendo de los panes de la proposición, así tampoco sus discípulos cometieron falta comiendo espigas, porque tanto en uno como en otro caso, la ley podía ser quebrantada para satisfacer una necesidad vital, en ambos casos, la alimentación corporal, y esto es lo que Jesús significa cuando dice: “El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado”.
Pero luego Jesús finalizará diciendo algo que va más allá de la casuística legal en la que ha sido cuestionado por los fariseos, y es algo referido a la Nueva Economía de la salvación que Él viene a instaurar, en la que la Antigua Ley, precisamente, en la que se basan los fariseos, quedará derogada: “el Hijo del hombre es señor también del sábado”. Con esta frase, Jesús está anticipando su misterio pascual de muerte y resurrección, misterio por el cual el sábado, día sagrado del Antiguo Testamento, quedará suprimido, para dar lugar al Domingo, Dies Domini, el Nuevo Día del Señor de la Nueva Ley, la ley de la caridad, porque Él resucitará “al tercer día”, esto es, en el Día Domingo, quedando desde entonces, y para siempre, establecido el Domingo como día sagrado, y ya nunca más el sábado.

El motivo es que el Domingo, Día de Señor, Jesús resucita glorioso, lleno de la vida y de la gloria divina, la misma vida y la misma gloria que Él poseía en cuanto Dios Hijo desde la eternidad, y que se la comunica a su Humanidad Santísima que yacía muerta en el sepulcro, lo cual constituye, en unidad y junto con el Viernes Santo y el Santo Sacrificio de la Cruz, el inicio de la Nueva Economía de la salvación establecida por Él, Nueva Economía por la cual los hombres serán salvos, no ya por cumplir la Ley Antigua y observar el sábado, sino por cumplir la Ley Nueva de la caridad y observar el Domingo, y serán alimentados no con espigas de trigo o panes de la proposición, sino con el Pan Vivo bajado del cielo, el Verdadero Maná celestial, su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, la Eucaristía. A nosotros, discípulos suyos que atravesamos el campo de la vida y del mundo en dirección a la Jerusalén celestial, Jesús no nos alimenta con espigas de trigo, sino con un trigo cocido en el Fuego del Espíritu Santo y convertido en Pan de Vida eterna; a nosotros, que como el rey David, ingresamos con hambre de Dios en el santuario, Jesús nos alimenta, por la Santa Misa, con el Nuevo Pan de la Proposición, su Carne y su Sangre gloriosos, la Eucaristía, que nos sacia con la substancia divina del Ser trinitario y nos nutre con el Amor celestial, eterno e infinito, de su Sagrado Corazón.

viernes, 16 de enero de 2015

“Maestro, ¿dónde vives? ‘Vengan y lo verán’”


(Domingo II - TO - Ciclo B – 2015)

         “Maestro, ¿dónde vives? ‘Vengan y lo verán’” (Jn 1, 35-42). Dos discípulos se encuentran hablando con Juan el Bautista; pasa Jesús, y Juan el Bautista dice: “Éste es el Cordero de Dios”. Los dos discípulos, al oír a Juan el Bautista decir que Jesús es “el Cordero de Dios”, siguen a Jesús; Jesús se da vuelta, les pregunta qué quieren, y ellos le dicen: “Maestro, ¿dónde vives?”. Jesús les contesta: “Vengan y lo verán”. Los discípulos van con Jesús y se quedan con Él. Luego, el Evangelio relata que “Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro”; después de estar con Jesús, Andrés va a buscar a su hermano Simón y al encontrarlo, Andrés le dice: “Hemos encontrado al Mesías”, y lo lleva a su vez a Jesús. Al llegar los hermanos, Jesús mira a Pedro y le dice: “Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas”, que traducido significa Pedro”.
         El Evangelio nos habla acerca del descubrimiento de Jesús en cuanto Mesías y Hombre-Dios, que hace Andrés: primero, escucha hablar de Él como “Cordero de Dios”, cuando Juan el Bautista lo ve pasar y, señalándolo, dice: “Éste es el Cordero de Dios”: en ese momento, la gracia actúa en Andrés, dándole el conocimiento y el amor sobrenaturales de Jesús en cuanto Mesías, en cuanto Hombre-Dios, en cuanto Redentor, en cuanto Cordero de Dios, y no en cuanto el mero "hijo del carpintero"; luego, cuando ya la gracia ha actuado en él y ha puesto en su corazón el deseo de conocer y amar más a Jesús, le pregunta dónde vive, porque quiere conocerlo y amarlo cada vez más: ya no le basta con simplemente verlo pasar y saber que es “el Cordero de Dios”: ahora, en su corazón, arde el deseo de una mayor intimidad con el Mesías, con el Cordero de Dios, y es por este motivo que va detrás de Jesús para preguntarle dónde vive; luego, cuando Jesús le dice: “Vengan y lo verán”, Andrés lo sigue y “se queda un día” con Jesús, significando con esta unidad de tiempo ya sea toda la vida o un período de aprendizaje perfecto (ya que el día completo puede simbolizar ambas cosas). Luego de estar un día con Jesús, recibiendo de Él sus enseñanzas y el Amor de Dios que Jesús, en cuanto Dios Encarnado comunica, Andrés, lleno de la Sabiduría y del Amor divinos que Jesús le ha transmitido, sale en busca de su hermano Simón –quien luego será “Pedro”, el Vicario de Cristo”-, y esto es lógico que así suceda, porque quien se acerca a Dios Encarnado, Jesús, se ve inflamado en su Amor y se ve colmado por su Divina Sabiduría y por lo tanto ve, con toda claridad, que no hay mayor felicidad para el hombre, en esta tierra, que conocer y amar a Dios, a través de su Mesías venido en la carne, Jesucristo, y sabe también, que no se puede acceder al Padre, sino es a través de este mismo Mesías; iluminado por este conocimiento divino y movido por el Fuego de Amor que se ha encendido por la comunión de vida y amor llevada con Jesús, el discípulo –en este caso, Andrés-, sale a buscar a sus hermanos, a sus prójimos, para que ellos también encuentren, conozcan y amen a Jesús, el Mesías, para que encontrándolo, conociéndolo y amándolo, salven sus almas. Es lo que hace Andrés con su hermano Simón: luego de conocer y amar a Jesús, va en busca de Simón, y le dice: “He encontrado al Mesías”, y lo lleva junto a Jesús, para que la dicha y la alegría que él tiene por haber conocido a Jesús, la tenga también su hermano Simón. El Evangelio nos relata, entonces, por un lado, el proceso de conversión del alma, que implica el conocimiento personal de Jesús y el amor a Jesús por parte del cristiano; por otro, nos relata el proceso de la misión, que conduce al cristiano convertido, es decir, al que conoce personalmente y ama a Jesús, porque ha tenido un encuentro personal con Jesús, a misionar, es decir, a llevar la Buena Noticia de la Presencia de Jesús en medio de los hombres; el cristiano que conoce y ama a Jesús, arde en deseos de darlo a conocer, porque ha quedado fascinado con la Presencia divina de Jesús y ha sido encendido en su Amor, y es este Amor de Dios, comunicado por Jesús, el que lo lleva a misionar, es decir, a comunicar a otros la Buena Noticia de la Presencia de Jesús en la Iglesia, en medio de nosotros; es este Amor, dado por Jesús en la intimidad de la oración y de la adoración eucarística, el que lleva al cristiano a comunicar a sus hermanos la Buena Noticia de la Eucaristía como el “Emmanuel”, el “Dios con nosotros”, que quiere dar a todos, sin reservas, el contenido de su Sagrado Corazón Eucarístico, su Amor eterno e infinito.

         Junto a Andrés, entonces, también nosotros le preguntamos a Jesús, desde lo más profundo de nuestro ser, para conocerlo y amarlo cada vez más, para luego darlo a conocer a nuestros hermanos: “Jesús, ¿dónde vives?”. Y Jesús nos contesta: “Ven conmigo, y lo verás: verás que Soy Dios, y como Dios, vivo en el seno eterno del Padre; ven conmigo, y verás que estoy vivo en el seno de la Iglesia, en el altar eucarístico, en la Santa Misa; ven conmigo y lo verás, verás que vivo en el sagrario, en el Santísimo Sacramento del altar, en la Eucaristía; ven conmigo y lo verás, ven a verme allí donde vivo, porque además de vivir en el seno de mi Padre, en la Eucaristía y en el sagrario, quiero vivir en tu corazón”.