viernes, 18 de julio de 2014

“Un sembrador sembró trigo (…) su enemigo sembró cizaña…”


(Domingo XVI - TO - Ciclo A – 2014)
         “Un sembrador sembró trigo (…) su enemigo sembró cizaña…” (Mt 13, 24-43). Cada elemento de la parábola tiene un significado sobrenatural: el sembrador bueno que siembra la buena semilla del trigo, es Dios Padre; el trigo, es la Palabra de Dios, es decir, Dios Hijo, Jesucristo, quien luego de completado su misterio pascual de muerte y resurrección, se donará a sí mismo como Pan de Vida eterna; es decir, Jesucristo es el trigo que, hundiéndose en la tierra, muriendo en la cruz, germina, esto es, resucita, y da como fruto el Pan de Vida eterna, su Cuerpo resucitado, al ser su Cuerpo glorificado en la resurrección, por el Fuego del Espíritu Santo, el Amor de Dios; el sembrador envidioso y enemigo del sembrador bueno, que siembra la mala semilla de la cizaña –una hierba inútil que solo sirve para ser quemada-, es el diablo; el campo sobre el cual se siembran tanto el trigo -la Palabra, enviada por el Amor de Dios-, como la cizaña -llevada por el odio del diablo-, es el corazón del hombre; el tiempo que media entre la siembra y la cosecha, significan tanto la vida individual de cada persona -el tiempo que transcurre entre el nacimiento de cada uno, hasta su muerte individual-, como el tiempo total de la historia humana, es decir, el tiempo transcurrido desde el inicio de los tiempos, desde la creación del mundo con Adán y Eva, hasta el Día del Juicio Final, en el que dará comienzo la eternidad, luego del Juicio y la separación de los que se salvarán, de aquellos que se condenarán; la cosecha significa el Día del Juicio Final, en el que aparecerá Jesucristo, no como Dios misericordioso, sino como Justo Juez, para dar a cada uno lo que cada uno mereció con sus obras: a los buenos, los recompensará con el cielo y a los malos, los castigará con el infierno, según sus palabras: “Venid a Mí, benditos de mi Padre, porque tuve hambre, y me disteis de comer…” (…) Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno, porque tuve hambre, y no me disteis de comer…” (cfr. Mt 25, 31-46); los cosechadores, que separarán, en el tiempo de la cosecha, al trigo de la cizaña, poniendo al trigo que sirve en los graneros y echando a la cizaña inservible al fuego, son los ángeles de Dios, encabezados por San Miguel Arcángel, quienes separarán, siguiendo las órdenes de Jesucristo, a los buenos de los malos (esta es la razón por la cual, en diversas obras pictóricas, aparece San Miguel Arcángel con una balanza, pesando almas y separándolas, en el Día del Juicio Final).
         Este Evangelio nos advierte, por lo tanto, que nuestro corazón no es un órgano neutro o indiferente a las cosas del cielo o del infierno: o pertenece al cielo y es así como permite que germine en él el trigo, que es la Palabra de Dios y el Amor de Dios, o pertenece a las tinieblas, y es así como permite que germine en él la cizaña, llevada por el odio satánico, que es la palabra vana, hueca, vacía y malvada del demonio.
         Ahora bien, si hay trigo o cizaña en un corazón, eso se sabe por los frutos: “de la abundancia del corazón, habla la boca”: si en una persona abunda la mentira, el doblez, la maledicencia, el engaño, la calumnia, el perjurio, la astucia perversa para el mal, el gozo y el deleite en el mal del prójimo, la ausencia de compasión, de caridad, de misericordia, de piedad, es señal certísima y clarísima de que en ese corazón no ha germinado ni siquiera mínimamente la Palabra de Dios, o que si lo ha hecho, ha quedado ofuscada por la abundancia de cizaña, del veneno pestífero del Demonio.
         Por el contrario, si en una persona abundan la caridad, la compasión, la misericordia, la transparencia en el obrar y en el hablar; si no se encuentran en esa persona ni la más mínima sombra de mentira ni de malicia; si en esa persona hay bondad, sacrificio, alegría, justicia, serenidad, paz, comprensión con las debilidades y faltas de su prójimo; si en esa persona no hay acepción de personas y busca, en la adversidad, el amor a su enemigo, es señal clarísima de que ha germinado en ella y ha arraigado la Palabra de Dios, y está dando maravillosos y hermosos frutos de santidad.

         “Un sembrador sembró trigo (…) su enemigo sembró cizaña…”. Nuestro corazón no es una entidad neutra, indiferente e insensible, a las cosas del cielo, y tampoco a las del infierno. Es por eso que, si no dejamos crecer, germinar y arraigar a la Palabra de Dios, para que dé frutos de santidad, inevitablemente, el Enemigo de las almas sembrará su mala semilla, y esta terminará dando sus malos frutos, sin que lo advirtamos. Es por eso que debemos estar atentos, para que la Palabra de Dios, sembrada por el Buen Sembrador, que es Dios Padre, ya el día feliz de nuestro bautismo, dé buenos y hermosos frutos de santidad, y para ello le debemos encargar a la Virgen, la Celestial Jardinera, para que cuide y riegue, con el agua de la gracia, el jardín de nuestros corazones, para que extirpe de él toda hierba mala, toda cizaña, y para que crezca, fuerte y sano, el trigo bueno, la Palabra de Dios, su Hijo Jesús, para que este trigo, que es Jesús, crezca tanto y sea tan grande, que nos haga desaparecer, y ya no seamos nosotros los que vivamos, sino que sea Jesús, el Hijo de Dios, quien viva en nosotros.

jueves, 17 de julio de 2014

“Los discípulos de Jesús comen espigas en día sábado”


“Los discípulos de Jesús comen espigas en día sábado” (cfr. Mt 12, 1-8). Al pasar por un campo de trigo en un día sábado, los discípulos de Jesús, sintiendo hambre, arrancan las espigas y comen, con lo cual cometen, a los ojos de los fariseos, una falta legal, debido a que en día sábado estaba prohibido, según la casuística farisaica, realizar tareas manuales, y esto les vale un reproche por parte de los fariseos.
Sin embargo, Jesús, lejos de darles la razón, les responde trayendo a colación otra falta legal, esta vez, la del rey David y sus compañeros, los cuales cometieron una falta, si se quiere, tal vez mayor: también sintiendo hambre, no arrancaron espigas del campo, sino que entraron “en la Casa de Dios” -como les remarca Jesús, para hacerles notar que la falta legal es mayor-, y comieron los panes de la ofrenda, algo que solo podían hacer los sacerdotes.
Lo que persigue Jesús, en su respuesta a los fariseos, es hacerles ver que, bajo el pretexto de la religiosidad, lo único que han hecho, es vaciar a la religión de su esencia, que es la caridad, que es el mandato divino, reemplazándola por una multiplicidad de mandatos humanos, inútiles, vacíos y carentes de todo sentido. Los fariseos han convertido a la religión en una cáscara vacía, carente de contenido, porque la han vaciado del Amor de Dios, y la han reemplazado por mandatos humanos, inútiles e inservibles, que olvidan por completo la caridad, la misericordia y la compasión, y todo bajo el pretexto y  la máscara de la religión.
Es esto lo que Jesús les quiere decir cuando les dice: “Si hubierais comprendido lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios”. “Sacrificio”, en este caso, es la norma legal, y los fariseos, por cumplir la norma legal, es decir, el mandato humano, el mandato inventado por ellos –el no arrancar espigas el día sábado- olvidan la misericordia, la compasión, el Amor –dar de comer al hambriento, el permitir comer a quien, por predicar el Evangelio, tiene hambre-. Por cumplir un mandato humano, los fariseos olvidan la misericordia, y es en esto en lo que consiste su error capital, porque de esa manera, falsifican por completo la verdadera religión, porque la religión verdadera, aquella establecida por el Dios Único y Verdadero, es la del Amor de caridad y de misericordia.
La ceguera espiritual de los fariseos –originada en su soberbia y orgullo- les impide distinguir entre lo que es principal, la misericordia –en estos casos, satisfaciendo el hambre, ya sea arrancando espigas, o comiendo los panes de la proposición-, y lo accesorio y hasta inútil, el precepto humano – el no incumplimiento de las leyes del sábado. Por cumplir el sacrificio, es decir, la norma legal, los fariseos olvidan la misericordia, y es ese su error más grande y principal, que los conduce a la ceguera espiritual. Por su ceguera, no son capaces de distinguir entre lo que es principal y lo que es secundario: lo principal es, y lo secundario el precepto de no realizar acciones el sábado. Lejos de aprobar el legalismo vacío de los fariseos, Jesús les recrimina por su falta de misericordia y de compasión y por la dureza de sus corazones y sirven a la vez de aviso para que el cristiano no cometa el mismo error de los fariseos, porque también el cristiano puede vaciar de contenido a su religión y convertirla en una cáscara vacía de toda caridad y compasión.
“Los discípulos de Jesús comen espigas en día sábado”; David y sus compañeros, los panes de la ofrenda; estos dos episodios prefiguran y anticipan lo que habría de suceder en la Iglesia, una vez cumplido el misterio pascual de Muerte y Resurrección de Jesús: en la Iglesia, los discípulos habrían de alimentarse no con trigo ni con panes bendecidos, sino con la Eucaristía, un Pan hecho con harina de trigo, pero que después de la consagración, contiene el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad del Hombre-Dios Jesucristo, y con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, todo su Amor, el Amor que envuelve con sus llamas a su Sagrado Corazón Eucarístico, Amor que es el Amor de Dios, el Espíritu Santo, para que todo aquel que coma de este Pan no padezca nunca más de hambre del Amor de Dios.


miércoles, 16 de julio de 2014

“Vengan a Mí los que estén afligidos y agobiados, que Yo los aliviaré”


“Vengan a Mí los que estén afligidos y agobiados, que Yo los aliviaré” (Mt 11, 28-30). Jesús ofrece su ayuda a todos aquellos que estén en el extremo de sus fuerzas, a todos aquellos que estén “afligidos y agobiados”, aunque, como esta ayuda la ofrece desde la cruz, no se ve de qué manera pueda hacerla efectiva, puesto que en la cruz, Él mismo está suma y máximamente afligido y agobiado. Sin embargo, Jesús ni dice ni ofrece nada en vano: Él es el Hombre-Dios y si dice es que puede hacerlo, aun cuando Él esté en la cruz, porque Él es Dios omnipotente, y Él puede, aun en esa extrema condición de debilidad, es decir, en esa condición de crucificado, auxiliar a toda la humanidad que está afligida y  agobiada. Pero Jesús pone una condición que hace parecer aun más imposible su ayuda, porque pone como requisito –y esta vez, indispensable, de manera tal, que si no se cumple, no hay auxilio posible-, el que cada uno lleve su cruz: “Carguen sobre ustedes mi yugo (…) porque mi yugo es suave y mi carga liviana”. La condición que pone Jesús para que el que está afligido reciba su ayuda, hace parecer todavía más paradójica e imposible la ayuda: quien quiera recibir consuelo y auxilio de parte de Jesús, debe cargar la cruz de Jesús, lo cual, a primera vista, parecería que solo haría aumentar la aflicción y el agobio, porque Jesús en la cruz sufre aflicción y agobio. Sin embargo, Jesús dice que “su yugo”, es decir, “su cruz”, es “suave” y “su carga, liviana”, porque a pesar de que la cruz es de madera y es pesada, Él es el Hombre-Dios y sobre Él, sobre sus espaldas, soporta el peso de los pecados de toda la humanidad, de todos los hombres de todos los tiempos, y por eso la cruz es liviana para quien acepta llevarla, porque es Él en realidad quien la lleva por todos y cada uno de nosotros. Quien acepta llevar la cruz de Jesús, lo que hace en realidad, es descargar sobre Él, sobre las espaldas del Hombre-Dios, todo el peso de sus pecados, para que Él los lave y los haga desaparecer para siempre, borrándolos por medio de la acción purificadora de su Sangre, que es la Sangre del  Cordero de Dios.

“Vengan a Mí los que estén afligidos, y agobiados que Yo los aliviaré”. Desde la cruz, Jesús ofrece a todos su auxilio divino, para quienes estén agobiados por el peso de sus pecados y por sus tribulaciones, pero la condición y el requisito indispensable para recibir este auxilio es que cada uno cargue a su vez con su yugo, que es su cruz, porque es Él quien la carga por nosotros: nuestra cruz, la cruz de cada uno, está contenida en su cruz y por eso nuestra cruz es liviana; por el contrario, quien rechaza el auxilio divino que ofrece Jesús, no tiene otra opción que quedar aplastado por el insoportable peso de sus pecados y tribulaciones, para siempre, sin posibilidad alguna de redención. 

martes, 15 de julio de 2014

“¡Ay de ti Corozaín! ¡Ay de ti Betsaida!”


“¡Ay de ti Corozaín! ¡Ay de ti Betsaida!” (Mt 11, 20-24). Jesús se queja amargamente de estas ciudades en donde Él “había realizado más milagros”, y a pesar de eso, “no se habían convertido”. Les dice que si “en Tiro y Sidón”, ciudades paganas, “se hubieran hecho esos milagros”, se habrían convertido “hace rato”. Es por eso que, “en el Día del Juicio”, esas ciudades, que son paganas, recibirán un juicio “menos severo” que ellas. Igual consideración le cabe para Cafarnaúm.
Ahora bien, lo que Jesús le dice a estas ciudades, se aplica a los cristianos, cualesquiera que sean, que no den frutos, y abundantes, de santidad, como caridad, bondad, misericordia, paciencia, sacrificio en favor de los demás, justicia, magnanimidad, etc., porque los cristianos, cada uno de ellos, ha recibido milagros, signos, prodigios, maravillosos, uno mejor que el otro, que no han recibido los paganos: el Bautismo, que los convirtió en hijos adoptivos de Dios, al hacerlos partícipes de la filiación divina, la misma filiación divina con la cual el Hijo de Dios es Hijo del Padre desde la eternidad; el Verdadero Maná del cielo, el Pan de los ángeles, que no es un pan inerte, sino que es un Pan Vivo, que comunica la Vida eterna que brota del Ser trinitario del Hombre-Dios, porque contiene el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo; la Eucaristía, que contiene la Carne del Cordero de Dios; el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, que es la Sangre que brota del Costado abierto del Redentor; la Santa Misa, que es la renovación incruenta, sobre el Altar Eucarístico, del Santo Sacrificio de la Cruz, el mismo y único sacrificio realizado hace dos mil años en el Gólgota; el Sacramento de la Confirmación, que les dio el Espíritu de Dios y sus siete sagrados dones, y así, muchísimos otros dones, unos más maravillosos que otros, pero a pesar de esto, innumerables cristianos, en vez de apreciar estos dones y de dar frutos de conversión, en una muestra de iniquidad que supera incluso a la iniquidad del mismo Príncipe de las tinieblas, desprecian de manera inaudita e incomprensible la enormidad de semejantes dones, intercambiándolos por las bajezas más insignificantes, cuando no abominables, que el mundo les ofrece, haciéndose merecedores del mismo reproche dirigido por Jesús a las ciudades de Corozaín, Betsaida y Cafarnaúm: “¡Ay de ti, cristiano tibio, porque por causa de tu tibieza, no supiste aprovechar los dones que te di, y por eso, en el Día del Juicio Final, te vomitaré de mi boca!”.


lunes, 14 de julio de 2014

“Anuncien la Buena Noticia a toda la creación”


“Anuncien la Buena Noticia a toda la creación” (Mc 16, 15-20). Jesús envía a sus discípulos a anunciar la Buena Noticia a toda la creación y les dice que habrá prodigios que los acompañarán para aquellos que crean: la curación de enfermos y la expulsión de demonios. Estos prodigios son prolegómenos del Reino, de la Buena Noticia, y no constituyen en sí mismos la Buena Noticia; la Buena Noticia consiste en que Jesús, el Hombre-Dios, ha venido a este mundo, para derrotar, en la cruz, al demonio, al pecado y a la muerte, y nos ha concedido la filiación divina, dándonos la gracia de ser hijos adoptivos de Dios; la Buena Noticia es que Jesús nos ha abierto las puertas de la eternidad, al ser traspasado su Corazón en la cruz, y es por eso que luego de esta vida nos espera la vida eterna en el Reino de los cielos para quienes creemos en Jesús como nuestro Salvador.

“Anuncien la Buena Noticia a toda la creación”. Muchos cristianos confunden la Buena Noticia con los prolegómenos, con los prodigios: creen que la Buena Noticia son los prodigios que acompañan a su anuncio: la curación de las enfermedades y la expulsión de demonios, y esto constituye una desvirtuación del Evangelio, porque de esta manera se pierde el sentido de trascendencia, de vida eterna, que espera a aquel que cree en Cristo Jesús, para convertirse el Evangelio en simplemente un modo de vivir mejor en esta vida, quitando lo que la incomoda. Como cristianos, debemos tener bien en claro que la Buena Noticia no es la curación de enfermedades ni la expulsión de demonios, sino la vida eterna en Jesucristo, conseguida al precio de su vida, inmolada en el sacrificio de la cruz, sacrificio renovado cada vez, de modo incruento, en el Santo Sacrificio del altar.

sábado, 12 de julio de 2014

“Un sembrador salió a sembrar…”


(Domingo XV - TO - Ciclo A – 2014)
         “Un sembrador salió a sembrar…” (Mt 13, 1-23). Jesús mismo se encarga de explicar la parábola del sembrador: la semilla que cae en el borde del camino y es comida por los pájaros, es aquel que escucha la Palabra de Dios pero no alcanza a comprenderla y antes de que la comprenda, el demonio logra, por medio de las tentaciones -las “cosas vanas” de las que habla San Benito-, esto es, la soberbia, la pereza, la ira, la gula, la avaricia, que la semilla, que es la Palabra de Dios, no llegue ni siquiera a germinar mínimamente en el corazón. El alma de estas personas se compara a las banquinas o bordes de las rutas y caminos muy transitados, en los cuales no solo no crece nada que sea útil, ni para las personas ni para los animales, sino que el circular por ellos es peligroso, debido al tráfico intenso, además de que el peligro de ser atropellado por los vehículos es muy alto. De la misma manera, así como es peligroso transitar por estos caminos sin frutos y llenos de peligros, así es peligroso el encuentro con las personas en cuyos corazones no está arraigada la Palabra de Dios, porque el Pájaro Negro del Infierno, el Demonio, la ha llevado, y en esos corazones sin Dios, no reina la bondad, sino la malicia y la perversidad, aun cuando estas personas aparenten, por fuera, ser religiosas y piadosas. Puesto que nosotros mismos podemos ser esas personas para con nuestros prójimos, debemos cuidarnos mucho para evitar ser este tipo de terrenos, en donde no fecunda la Palabra de Dios.
         La semilla que cae en terreno pedregoso es aquel que acepta la Palabra de Dios con alegría, pero cuando se enfrenta con un problema o una tribulación, en vez de recurrir a la Palabra de Dios, que es en donde encontrará la fortaleza y la sabiduría divina para sortear ese problema y esa tribulación, deja de lado la Palabra de Dios, como si nunca la hubiera conocido, cayendo en la tristeza o, peor aun recurriendo a falsas religiones, a sectas, o a la Nueva Era. Se trata de todos aquellos que, habiendo comenzado a hacer algo de oración, ya sea en algún grupo de meditación de la Biblia, o de rezo del Rosario, cuando les surge un problema de mediana seriedad, ya sea a nivel personal, laboral, o en la familia, esa persona se entristece y abandona el grupo de oración, abandona la lectura de la Biblia, abandona los propósitos que había hecho y deja de asistir a Misa, si es que había comenzado a hacerlo, haciendo lo exactamente opuesto a lo que debía hacer, porque es precisamente en la oración, en la Palabra de Dios, en el Rosario y en la Eucaristía, en donde el alma encuentra la fuerza divina, la sabiduría y la luz celestial necesarias para sobrellevar con paz y serenidad cualquier tipo de prueba y tribulación que pueda sobrevenir. Estos corazones, dice Jesús, son como caminos pedregosos, en los cuales no pueden crecer árboles, ni plantas, ni flores.
         La semilla que cae entre las espinas, es aquel que escucha la Palabra de Dios, pero la abandona por amor a las riquezas materiales, porque las espinas representan las riquezas materiales y los problemas que se derivan de su posesión (hay que aclarar que no necesariamente se debe ser un millonario para estar atrapado por las riquezas materiales: se puede ser un mendigo, y al mismo tiempo, tener un corazón dominado por la codicia y la sed de posesión de bienes terrenos). Si un corazón no está debidamente preparado, las riquezas materiales son un peligro insalvable para la vida eterna, puesto que constituyen una causa segura de condenación eterna, porque el dinero y la fortuna material, son verdaderos lazos del demonio, con los cuales atenaza al corazón del hombre, y si este no recurre al auxilio de Jesucristo crucificado, pidiendo que lo libere, concediéndole la gracia de la pobreza de la cruz, el dinero, el oro y las posesiones terrenales, se convierten en pesados lastres que encadenan al corazón humano y arrastran al hombre hasta lo más profundo del infierno. Las espinas que ahogan a la semilla que es la Palabra de Dios representan a las riquezas materiales, de ahí el peligro de poseerlas sin un corazón purificado por el dolor y por la gracia santificante, que permite desprenderse de ellas con generosidad en favor de los más pobres, de manera tal que, en el momento de la muerte, esa persona, así desprendida de ese lastre pesadísimo, pueda volar al cielo, abrazada a Cristo en la cruz. Pero si una persona, en vez de abrazarse a Cristo pobre en la cruz, se abraza a sus posesiones materiales, a su dinero y a su fortuna, en el momento de la muerte, estas se volverán una pesadísima carga que no solo le impedirá su ascenso al Reino de los cielos, sino que la hundirá en lo más profundo del Averno, y esto se nota ya desde esta vida, y es esto lo que Jesús nos quiere hacer ver por medio de este Evangelio: las riquezas materiales hacen que el alma se olvide de la Biblia y de la Misa, del prójimo más necesitado y de las obras de misericordia, y hace que se olvide de la vida eterna -y así el demonio le hace creer, como dice Santa Teresa, que estos placeres le durarán para siempre, olvidándose que algún día habrá de morir-, y así la Palabra de Dios no puede dar frutos de santidad en sus corazones, y sus corazones se vuelven como tierra seca, como la tierra arenosa del desierto, que está llena de cactus espinosos.
         Por último, la semilla que cae en un terreno fértil, en donde germina y crece y da un árbol con frutos ricos y maduros, es el alma en gracia que lee la Palabra de Dios y, como está en gracia y por lo tanto está iluminada por el Espíritu Santo, la comprende, y como la Palabra de Dios es una palabra viva, que da vida eterna a aquel que la lee, el alma adquiere una vida nueva, una vida que antes no tenía, una vida que no es la vida suya, la vida natural, la vida de creatura humana, sino la vida de hijo de Dios, y así el alma, que ya vivía la vida de la gracia, al leer la Palabra de Dios, ve acrecentada todavía más esta vida de gracia, y así esta alma comprende que asistir a Misa no es asistir a un rito vacío, sino que es asistir a la renovación incruenta del Santo Sacrificio del Calvario; comprende que por la confesión sacramental es Cristo quien le perdona sus pecados a través del sacerdote ministerial; comprende que para salvarse debe hacer obras de misericordia, porque de lo contrario su fe, sin obras, es una fe muerta; entiende que debe llevar la cruz de todos los días, porque la cruz es el camino que la conduce al cielo; comprende que debe amar a Dios y a su prójimo como a sí mismo y que si quiere llegar al cielo, debe rezar el Rosario y que el rezo del Rosario la ayudará a ser como la Virgen y como Jesús.
Esta alma es la que produce frutos del cien, del sesenta, o del treinta por uno, como dice Jesús. Estos corazones en gracia son los que se parecen a jardines hermosos, llenos de flores y de árboles de todo tipo, cargados de frutos exquisitos.
¿Y de qué depende, de cómo sea nuestro corazón?
Depende de la libertad de Dios y de nuestra libertad: de la libertad de Dios, porque Dios es libre para ofrecernos su gracia, que es la que convierte nuestros corazones en un jardín, y nos la ofrece, gratuita y libremente, en Cristo Jesús.

De parte nuestra, depende cómo será nuestro corazón, si libremente elegimos vivir sin la gracia de Dios, sin confesarnos, sin comulgar, sin rezar, sin hacer obras buenas, y apegados a las riquezas terrenas y a los atractivos del mundo, y así nuestros corazones serán como terrenos áridos, desérticos, llenos de plantas espinosas y sin frutos, o también podemos elegir vivir en gracia, confesarnos frecuentemente, para comulgar en gracia, rezar, obrar la misericordia, para acompañar la fe con las obras, y así nuestros corazones serán como jardines florecidos, en donde la semilla de la Palabra, sembrada por el Sembrador, que es Dios Padre, dará hermosos frutos de santidad. 

miércoles, 9 de julio de 2014

“Si no los quieren recibir, sacudan hasta el polvo de los pies y en el Día del Juicio hasta Sodoma y Gomorra serán mejor tratadas que esas ciudades”


“Si no los quieren recibir, sacudan hasta el polvo de los pies y en el Día del Juicio hasta Sodoma y Gomorra serán mejor tratadas que esas ciudades” (Mt 10, 7-15). Jesús envía a sus discípulos a predicar el Evangelio, que es un Evangelio de paz y por eso mismo sorprende la dureza del castigo que recibirán, en el Día del Juicio Final, todos aquellos que se nieguen a recibir a los enviados por Jesucristo: “las ciudades de Sodoma y Gomorra”, dice Jesús, “serán tratadas menos rigurosamente” que aquellos que cerraron sus oídos a los enviados por Él: “si no los reciben ni quieren escuchar sus palabras”.
La razón es que quien se niega a escuchar a Dios Uno y Trino, de quien emana la verdadera y única paz, elige, libremente, la ausencia de paz, y esto es lo que sucede en el Infierno, en donde los condenados no tienen ni un solo segundo de paz, por toda la eternidad.

“Si no los quieren recibir, ni escuchar sus palabras, al irse de esa casa o de esa ciudad, sacudan hasta el polvo de los pies y en el Día del Juicio hasta Sodoma y Gomorra serán mejor tratadas que esa ciudad”. Debemos estar muy atentos a no despreciar a nuestro prójimo, cuando nuestro prójimo nos habla en nombre de Dios, o cuando nuestro prójimo requiere de nosotros una obra de misericordia; si no recibimos a nuestro prójimo, si no queremos escucharlo, si no queremos obrar la misericordia para con él, con toda probabilidad, estaremos sellando nuestra condenación, y en el Día del Juicio Final sabremos cuál fue la palabra que no quisimos escuchar y la obra de misericordia que no quisimos obrar, y que nos hubieran salvado, pero entonces será tarde. Es por eso que hay que aprovechar el tiempo, obrando la misericordia siempre y en todo momento, mientras hay tiempo.