miércoles, 26 de abril de 2017

“El que cree en Mí no morirá, sino que tendrá la Vida eterna”


“El que cree en Mí no morirá, sino que tendrá la Vida eterna” (Jn 3, 16-21). Jesús afirma que “el que cree en Él no morirá, sino que tendrá la Vida eterna”. Ahora bien, es una realidad más que evidente que, aun teniendo fe en Jesucristo, morimos, pues es una constatación de todos los días; sin embargo, esto no constituye ninguna contradicción con las palabras de Jesús, porque la muerte a la que Él se refiere no es la muerte corporal o “muerte primera”, como suele llamársele, sino a la muerte espiritual o “muerte segunda” o “definitiva”, esto es, la eterna condenación en los abismos del Infierno. Es a esta muerte, la que le sigue a la muerte corporal y que se verifica en el alma que está en pecado mortal, es decir, el alma que está muerta a la vida de Dios porque no está en estado de gracia, que es lo que hace que el alma participe de la vida divina. Cuando Jesús afirma que “el que cree en Él no morirá”, se está refiriendo a esta segunda muerte, la eterna condenación, porque será esta fe en Él la que lo llevará a vivir en estado de gracia, a evitar la muerte espiritual por el pecado mortal y a alimentarse con el Pan Vivo bajado del cielo, la Eucaristía, que contiene la Vida eterna y la concede al alma como en germen por la comunión.

“El que cree en Mí no morirá, sino que tendrá la Vida eterna”. Parafraseando a Jesús, podemos decir: “El que cree en Jesús como Hombre-Dios, cree en su Presencia Eucarística, comulga la Eucaristía con fe y con amor y recibe de Él, ya en esta vida mortal, la Vida eterna”.

sábado, 22 de abril de 2017

Domingo in Albis o Fiesta de la Divina Misericordia



(Ciclo A – 2017)

         El Primer Domingo después de Pascua, llamado “Domingo in Albis”, se celebra la Fiesta de la Divina Misericordia, debido a un expreso pedido de Jesús a Sor Faustina Kowalska[1]. En efecto, el día 22 de Febrero de 1931, Jesús se le apareció a Sor Faustina y le dijo así: “Yo quiero que esta imagen sea solemnemente bendecida el primer domingo después de Pascua; ese domingo ha de ser la Fiesta de Mi Misericordia”. El Domingo de la Divina Misericordia es un día en el que se derraman sobre las almas la Sangre y el Agua del Corazón de Jesús traspasado en la Cruz, librando a los pecadores de los castigos merecidos por sus culpas y sumergiéndolos en el océano del Amor de Dios: “En aquel día están abiertas las entrañas de Mi Misericordia. Derramaré un mar entero de gracias sobre las almas que se acercan al manantial de Mi misericordia; el alma que se confiese [dentro de ocho días antes o después] y comulgue [el mismo día] obtendrá la remisión total de culpas y castigos” (…) En ese día están abiertas todas las compuertas divinas a través de las cuales fluyen las gracias”. Para recibir ese “mar de gracias” -para obtener las indulgencias plenarias que se conceden en este día-, debemos entonces confesarnos, ocho días antes o después, y comulgar en estado de gracia.
         ¿Cuál es la razón de esta aparición de Jesús Misericordioso? ¿Para qué se aparece Jesús a Santa Faustina? ¿Cuál es el contenido esencial del mensaje de Jesús Misericordioso? Podemos decir que es: salvar nuestras almas, mediante la adoración y la unión a la Divina Misericordia, representada en su imagen como Jesús Misericordioso: “Pinta una imagen de acuerdo a esta visión, con las palabras ‘Jesús, en Vos confío’. Yo deseo que esta imagen sea venerada, primero en tu capilla y luego en el mundo entero. Yo prometo que el alma que venere esta imagen, no perecerá. También prometo la victoria sobre sus enemigos aquí en la tierra, especialmente a la hora de la muerte. Yo mismo la defenderé con mi propia Gloria”. Adorar la Divina Misericordia es unirnos a Él por la gracia del Sacramento de la Confesión, representada en el Agua, y por la Eucaristía, representada en la Sangre de la imagen: “Los dos rayos indican Agua y Sangre. El rayo pálido significa el Agua que hace las almas justas. El rayo rojo significa la Sangre que es la vida de las almas (…) Estos dos rayos salieron de las profundidades de Mi tierna Misericordia, cuando Mi corazón agonizante fue abierto por la lanza en la Cruz”. También adoramos la Divina Misericordia uniéndonos a Él por la fe y el amor a las Tres de la tarde, la Hora de la Misericordia: “Te recuerdo, hija mía, que tan pronto como suene el reloj a las tres de la tarde, te sumerjas completamente en mi Misericordia, adorándola y glorificándola; invoca su omnipotencia para todo el mundo, y particularmente para los pobres pecadores; porque en ese momento la Misericordia se abrió ampliamente para cada alma (…) A la hora de las tres implora Mi misericordia, especialmente por los pecadores; y aunque sea por un brevísimo momento, sumérgete en Mi Pasión, especialmente en Mi desamparo en el momento de mi agonía. Esta es la hora de gran misericordia para el mundo entero. En esta hora, no le rehusare nada al alma que me lo pida por los méritos de Mi Pasión”. Otro elemento del mensaje de Jesús Misericordioso es prepararnos para su Segunda Venida: “Prepararás al mundo para mi Segunda Venida” (Diario 429), y también: “Hija Mía, habla al mundo de Mi misericordia para que toda la humanidad conozca la infinita misericordia Mía. Es una señal de estos tiempos (N. del R.: la señal es la imagen de Jesús Misericordioso), después de ella vendrá el Día de la Justicia. Todavía queda tiempo, que recurran pues, a la Fuente de Mi Misericordia, se beneficien de la Sangre y del Agua que brotó para ellos” (Diario 848); “Habla a las almas de esta gran misericordia Mía, porque está cercano el día de Mi justicia” (Diario 965);Antes del Día de la justicia envío el día de la misericordia” (Diario 1588). También la Virgen le dice lo mismo a Sor Faustina: “Tú debes hablar al mundo de Su gran misericordia y preparar al mundo para Su segunda venida. Él vendrá, no como un Salvador Misericordioso, sino como un Juez Justo. Oh qué terrible es ese día. Establecido está ya el día de la justicia, el Día de la Ira divina. Los ángeles tiemblan ante este día. Habla a las almas de esa gran misericordia, mientras sea aún el tiempo para conceder la misericordia” (Diario 635).
Entonces, tenemos que prepararnos para la Segunda Venida de Jesús y el modo de prepararnos es obrando la Misericordia con los prójimos más necesitados, y en esto consiste el otro elemento de esta devoción. Esto es lo que Él mismo afirmó en el Evangelio, que en el Día del Juicio Final, se salvarían aquellos que hubieran obrado la misericordia: “Venid a Mí, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer, beber, vestisteis, etc.”. Pero en el mensaje a la humanidad, dado a Sor Faustina, Jesús también advierte que, quien no quiera pasar por su Misericordia, deberá pasar por su Justicia Divina: “Quien no quiera pasar por la puerta de Mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de Mi justicia” (Diario 1146). Esto es lo mismo que dice Jesús en el Evangelio: “¡Apartaos de Mí, maldito, al fuego eterno! Porque tuve hambre, y no me disteis de comer, sed y no me disteis de beber, etc.”. No es indistinto obrar o no la misericordia, es decir, prepararnos o no para la Segunda Venida, porque el destino eterno será muy distinto, según como haya sido nuestra preparación para el encuentro con Él: el cielo, para quienes lo hayan imitado en su Misericordia; el Infierno, para quienes no hayan tenido compasión para con sus hermanos.
         Además de estar revelado en el Evangelio y en la Tradición y el Magisterio, Jesús –el mismo Jesús Misericordioso- llevó a Santa Faustina al Infierno y le hizo ver los eternos tormentos, corporales y espirituales, que les esperan a quienes no hayan querido tener compasión y misericordia para con sus hermanos. Santa Faustina dice así: “Hoy, fui llevada por un ángel a los abismos del infierno. ¡Es un lugar de gran tortura, cómo asombrosamente grande y extenso! Los demonios estaban llenos de odio hacia mí, pero tuvieron que obedecerme por orden de Dios”. Los tipos de torturas que vió: la primer tortura del infierno es la pérdida de Dios; la segunda es el remordimiento perpetuo de la conciencia; la tercera es que la condición de uno nunca cambiará; la cuarta es el fuego que penetra el alma sin destruirla, un sufrimiento terrible, ya que es un fuego completamente espiritual, encendido por la ira de Dios; la quinta es la continua oscuridad y un terrible olor sofocante, pero a pesar de la oscuridad, los demonios y las almas de los condenados se ven unos a otros, su propia alma y la de los demás; la sexta es la compañía constante de satanás; la séptima es la horrible desesperación, el odio a Dios, las palabras viles, maldiciones y blasfemias. Hay torturas especiales destinadas para las almas en particular. Estos son los tormentos de los sentidos. Cada alma padece sufrimientos terribles e indescriptibles, relacionados con la manera en que ha pecado. Hay cavernas y hoyos de tortura donde una forma de agonía difiere de otra. Me habría muerto con la simple visión de estas torturas si la omnipotencia de Dios no me hubiera sostenido. Que el pecador sepa que va a ser torturado por toda la eternidad, en esos sentidos que fueron usados para pecar”. Estoy escribiendo esto por orden de Dios, para que ninguna alma pueda encontrar una excusa diciendo que no hay infierno. O que nadie ha estado allí, y por lo tanto nadie puede decir que no sabe (…) Lo que he escrito no es más que una pálida sombra de las cosas que vi. Pero me di cuenta de una cosa: que la mayoría de las almas que hay no creían que hubiera un infierno. ¡Cuán terriblemente sufren las almas allí!  En consecuencia, pido aún más fervientemente por la conversión de los pecadores”. (Diario, 741).
La Fiesta de la Divina Misericordia consiste en prepararnos para su Segunda Venida, adorando a Jesús Misericordioso, unirnos a Él por la fe, el amor y los sacramentos de la confesión y la Eucaristía –es decir, viviendo en gracia, confesándonos con frecuencia y comulgando en estado de gracia- y obrar la Misericordia: ése es el mensaje central de las apariciones de Jesús Misericordioso a Santa Faustina. Por último, si por la adoración a la Divina Misericordia debemos prepararnos para la Segunda Venida, ¿cuándo será ésta? No lo sabemos ni lo podemos saber, pero tampoco necesitamos saberlo, porque esa Segunda Venida puede ser esta misma noche, para quien muera esta noche, o mañana, para quien muera mañana. No importa saber cuándo será la Segunda Venida; lo que importa, es estar preparados para el encuentro personal con Jesús Misericordioso, y lo único que Jesús aceptará de nosotros, cuando lo veamos cara a cara, será un corazón colmado de amor a Dios y al prójimo y lleno de su gracia santificante, y unas manos colmadas de buenas obras. Esto es lo que Jesús quiere de cada alma, para poder hacerla entrar en el Reino de los cielos: “Hija mía deseo que tu corazón sea formado a semejanza de Mi Corazón Misericordioso. Debes ser impregnada completamente de mi Misericordia” (167). La Fiesta de la Divina Misericordia debe servir, entonces, no para una mera conmemoración devota, sino para que nuestro corazón se convierta en lo que desea Jesús: un corazón impregnado de la Misericordia Divina, un Corazón en el que esté estampada y marcada a fuego la imagen de Jesús Misericordioso”.





[1] En el segundo Domingo de Pascua, que este año se celebra el 23 de abril, se concede la indulgencia plenaria, con las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Sumo Pontífice) al fiel que participe en actos de piedad realizados en honor de la Misericordia divina.
“O al menos rece, en presencia del Santísimo Sacramento de la Eucaristía, públicamente expuesto o conservado en el Sagrario, el Padrenuestro y el Credo, añadiendo una invocación piadosa al Señor Jesús misericordioso (por ejemplo, ‘Jesús misericordioso, confío en ti’)”, dice el texto del decreto.
Asimismo se concede indulgencia parcial “al fiel que, al menos con corazón contrito, eleve al Señor Jesús misericordioso una de las invocaciones piadosas legítimamente aprobadas”.

Sábado de la Octava de Pascua


(Ciclo A – 2017)

         “(Jesús) les reprochó por su incredulidad” (Mc 16, 9-15.). Jesús se aparece a los Once, a los Apóstoles, pero antes de cualquier otra cosa, lo primero que hace es reprocharles su incredulidad: “En seguida, se apareció a los Once, mientras estaban comiendo, y les reprochó su incredulidad y su obstinación porque no habían creído a quienes lo habían visto resucitado”. En efecto, ellos no habían creído en los testimonios de María Magdalena y de los discípulos de Emaús, que les habían afirmado que Jesús se les había aparecido resucitado. No se trata de un testimonio cualquiera: es testimonio de miembros de la Iglesia que han tenido un don extraordinario, que Jesús se les aparezca resucitado, y por lo tanto, no es un testimonio humano, sino un testimonio basado en la iluminación del Espíritu Santo. De ahí que rechazar ese testimonio sea pecado de incredulidad, de obstinación y merezca el reproche de Jesús. Sólo después de que Jesús se les aparece, es que los Apóstoles creen, pero si no se les hubiera aparecido, no habrían creído por los testimonios de sus hermanos, olvidando las palabras de Jesús: “Felices los que creen sin ver”.
         Análogamente, sucede lo mismo con muchos católicos en la Iglesia, que no creen en el testimonio del Magisterio de la Iglesia, que nos enseña, iluminado por el Espíritu Santo, no solo que Jesús ha resucitado, sino que Jesús resucitado está en la Eucaristía. Y también sucede con el mundo, respecto a la Iglesia, porque el mundo no le cree a la Iglesia, así como muchos en la Iglesia no le creen a la misma Iglesia.
         “(Jesús) les reprochó por su incredulidad”. También a nosotros nos puede caber el reproche de Jesús, toda vez que no creemos, y por lo tanto, no amamos, no adoramos, y no conformamos nuestro corazón y nuestra vida a la Presencia real de Jesús resucitado en la Eucaristía. No esperemos a escuchar el reproche de Jesús, para recién ir a adorar a Jesús resucitado en la Eucaristía.

         

viernes, 21 de abril de 2017

Viernes de la Octava de Pascua


         “Es el Señor” (Jn 21, 1-14). Jesús resucitado se aparece a los discípulos que están en la barca, pescando. Es llamativo el hecho de que el primero que lo reconoce no es Pedro, el Vicario, el Papa, sino San Juan Evangelista, “el discípulo amado”, aquel que en la Última Cena, a diferencia de Judas Iscariote, que lo traicionó por treinta monedas de plata, se había recostado en el pecho de Jesús para escuchar los latidos de Amor de su Sagrado Corazón. El que lo reconoce en primer lugar, que es también el que llega primero al sepulcro el Domingo de Resurrección, es aquel discípulo que, en las horas de la crucifixión, había permanecido junto a la Virgen mientras Jesús agonizaba, acompañando a María Santísima y recibiendo, en nombre de toda la humanidad, el maravilloso don de María como Madre de todos los hombres. Sólo después que Juan Evangelista dice: “¡Es el Señor!”, es que Pedro, reconociéndolo recién en ese momento, se arroja al agua para alcanzar la orilla en donde está Jesús resucitado. Pedro tiene el primado jerárquico, pero Juan Evangelista parece tener el primado en el amor, puesto que es de él y no de Pedro de quien dice el Evangelio que era “el discípulo al que Jesús más amaba”. Juan reconoce a Jesús porque, como en los otros casos de sus apariciones, ilumina su mente, para que lo reconozca como Hombre-Dios y como resucitado, pero en Juan se destaca también el otro aspecto de la gracia, que es encender el corazón en el Amor de Jesús, tal como sucede, por ejemplo, con los discípulos de Emaús: “¿No ardían nuestros corazones cuando nos hablaba de las Escrituras?”.

         “Es el Señor”. La misma expresión de admiración, asombro, alegría y amor, que por la gracia santificante brota de Juan al reconocer a Jesús resucitado, es la que debería salir de las mentes y corazones de los que, contemplando la Eucaristía e iluminados por la gracia, reconocen en el Santísimo Sacramento del altar a Jesús resucitado.

jueves, 20 de abril de 2017

Jueves de la Octava de Pascua


(Ciclo A – 2017)

         “Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer” (Lc 24, 35-48). Una característica que sobresale entre los discípulos a los que se les aparece Jesús resucitado, es la alegría, tal como lo señala este Evangelio: “Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer”. Es la alegría que experimenta María Magdalena, y es la alegría que experimentan los discípulos de Emaús. Ahora bien, no se trata de una alegría terrena, mundana, sino de una alegría celestial, sobrenatural, que se desprende del mismo Jesús resucitado por cuanto Él, que es Dios Hijo encarnado, es “Alegría infinita”, como dice Santa Teresa de los Andes; Jesús es la Alegría Increada y por lo tanto, la causa de toda verdadera y buena alegría en la creatura. En este caso, Él en Persona es la causa de la alegría celestial que experimentan los discípulos del Cenáculo.
Ahora bien, no es una alegría desconectada de la Pasión y de la Cruz, tal como Jesús mismo se encarga de recordarles a los discípulos, tanto a los de Emaús, como a los que se les aparece en el Cenáculo: Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día”. La alegría de la Resurrección del Domingo en el sepulcro, está íntimamente unida al dolor de la Pasión del Viernes Santo, en el Calvario y esa es la razón por la cual, para el cristiano, no puede haber alegría verdadera si no se origina en la cruz, y es la razón por la cual la cruz, para el cristiano, no es desesperación, sino serena alegría, porque al dolor de la cruz le sucede la alegría de la Resurrección.
Otra característica que se repite en las apariciones de Jesús resucitado, es la iluminación sobrenatural sobre los discípulos, necesaria para poder aprehender el misterio sobrenatural de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo: “Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras”.

“Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer”. Si estuviéramos iluminados por el Espíritu Santo, sea al momento de comulgar o al momento de hacer la Adoración Eucarística, también de nosotros se debería decir lo mismo, al contemplar el misterio de la Presencia de Jesús resucitado en la Eucaristía: “Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer”.

miércoles, 19 de abril de 2017

Miércoles de la Octava de Pascua


(Ciclo A – 2017)

         “Algo impedía que sus ojos lo reconocieran” (Lc 24, 13-35). Jesús resucitado se aparece a los discípulos de Emaús mientras van de camino pero estos, al igual que María Magdalena en un primer momento, no lo reconocen. Así como María Magdalena lo confundió con el encargado del huerto, así ellos lo confunden con un forastero, es decir, lo consideran un desconocido. Aunque Jesús camina y habla con ellos, y aunque ellos eran discípulos de Jesús, es decir, habían sido testigos de sus milagros, habían escuchado sus enseñanzas, habían compartido con Él sus recorridos por los caminos de Palestina, ahora parecen no conocerlo y la razón es que hay “algo” que les impide ese reconocimiento: “algo impedía que sus ojos lo reconocieran”. Pero también, al igual que María Magdalena, luego de que Jesús les infunda su Espíritu para iluminar sus mentes y encender sus corazones en el Amor de Dios, los discípulos de Emaús serán capaces de reconocerlo. ¿Qué es ese “algo” que cubre sus ojos y les impide reconocerlo? Lo mismo que le impedía a María Magdalena reconocerlo en el Huerto: su propia razón y la ausencia de la gracia. La razón humana es completamente incapaz de penetrar en el misterio de Jesús, el Hombre-Dios, porque no puede conocer, si no es por revelación divina, que Dios es Uno y Trino y que la Segunda Persona de la Trinidad es la que se encarnó en Jesús y esa es la razón por la cual, tanto los discípulos, como María Magdalena, no reconocen a Jesús resucitado y lo tratan como a un desconocido. En el caso de los discípulos de Emaús, Jesús infundirá su Espíritu en el transcurso de la cena –algunos autores dicen que era la Santa Misa-, en el momento de partir el pan: es ahí cuando los discípulos saben, con un conocimiento sobrenatural, quién es Jesús y que Jesús ha resucitado, al tiempo que también comienzan a amarlo con un amor sobrenatural: “¿No ardían nuestros corazones cuando nos explicaba las Escrituras?”.

         “Algo impedía que sus ojos lo reconocieran”. Muchos católicos se comportan como los discípulos de Emaús: Jesús está con nosotros, con su Iglesia, todos los días, y lo estará “hasta el fin del mundo” en la Eucaristía, pero muchos lo tratan, en su Presencia Eucarística, como si no lo conocieran, como si fuera un extraño, un forastero, un desconocido. En la Santa Misa, Jesús hace lo mismo que con los discípulos de Emaús, parte para nosotros el pan, por medio del sacerdote ministerial, pero todavía demuestra un amor infinitamente más grande para con nosotros, porque se nos entrega, en Persona, en el Pan Vivo bajado del cielo, la Eucaristía. A ese Jesús Eucarístico, que se nos dona en la Eucaristía, le pidamos que ilumine nuestras inteligencias, para que seamos capaces de reconocerlo en el Santísimo Sacramento del altar, y que nos infunda su Espíritu, para que, al igual que los discípulos de Emaús, nuestros corazones se enciendan y ardan en el Amor de Dios.

martes, 18 de abril de 2017

Martes de la Octava de Pascua


(Ciclo A – 2017)

“Mujer, ¿por qué lloras?” (Jn 20, 11-18). Luego de comprobar que el Cuerpo de Jesús no está en el sepulcro, María Magdalena rompe a llorar, y ante la pregunta de los ángeles acerca del motivo de su llanto, responde que “se han llevado” al Señor y ella “no sabe dónde lo han puesto”: “Mujer, ¿por qué lloras? María respondió: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”. Inmediatamente después, ve a Jesús resucitado pero no lo reconoce; Jesús le hace la misma pregunta que los ángeles y María Magdalena, confundiéndolo con el jardinero, le suplica que le diga dónde ha puesto el Cuerpo del Señor: “Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció. Jesús le preguntó: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?”. Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: “Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo”. Solo después de que Jesús la llama por su nombre, María Magdalena lo reconoce, llamándolo “Rabbí”, es decir, “Maestro”: “Jesús le dijo: “¡María!”. Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: “¡Raboní!”, es decir “¡Maestro!”.
En el episodio del Evangelio, está representada, en cierto sentido, la vida espiritual de las almas que buscan a Jesús, y su ascenso gradual hasta que llegan a su conocimiento pleno. En María Magdalena pueden distinguirse dos tiempos o momentos en el conocimiento de Jesús resucitado: antes de que Él la llame por su nombre, y después; antes, representa al alma que busca a Jesús, pero no lo reconoce, porque lo busca con su sola razón, sin la ayuda de la gracia; en el segundo momento, lo reconoce, porque es Jesús quien le infunde la gracia de conocerlo, no según la razón humana, sino según el conocimiento que Dios mismo tiene de sí. Es decir, mientras el alma busca a Jesús por sí misma, con las solas fuerzas de la razón, no lo reconoce, y lo confunde con aquello que la razón conoce, esto es, el jardinero, el cuidador del huerto. Este conocimiento es equivalente al conocimiento que de Jesús Eucaristía tiene el alma, con su sola razón: piensa que es sólo un poco de pan bendecido y nada más. Esta es una primera etapa en el conocimiento de Jesús: es una etapa oscura, porque la razón, por sí misma, no puede penetrar en el conocimiento de la Santísima Trinidad y, mucho menos puede saber que la Segunda Persona de la Trinidad se ha encarnado en Jesús y que la luz que resplandece ahora, a través del Cuerpo resucitado de Jesús, es la luz divina del Ser trinitario. El otro momento, en el conocimiento de Jesús resucitado, propiamente iluminador, en el sentido más literal de la palabra, por cuanto es Jesús, Luz Eterna que proviene del Padre, quien la ilumina para que alcance el conocimiento suyo, es cuando Jesús la llama por su nombre: “¡María!”. Es en ese momento en que el alma, iluminada por la luz de la gracia que le infunde Jesús en el intelecto, reconoce a Jesús como resucitado. Análogamente, y desde la Resurrección en adelante, es el momento en el que alma reconoce a Jesús resucitado en la Eucaristía, dejando de considerar a esta como un mero pan bendecido, para creer, con la fe de la Iglesia, que es el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor, es decir, para creer que es Jesús resucitado, Dios Hijo encarnado, en Persona.

“Mujer, ¿por qué lloras?”. Análogamente, muchas almas se comportan en la Iglesia, como María Magdalena: no encuentran a Jesús resucitado en la Eucaristía, porque lo buscan con las solas fuerzas de su razón, y se lamentan. Y cuando Él lo dispone, Jesús Eucaristía les dice a estas almas, iluminándolas interiormente con la luz de su gracia: “¡Alma! ¿Por qué lloras? Yo Soy en la Eucaristía”.