viernes, 21 de noviembre de 2014

Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo


La Iglesia celebra la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, pero el Rey al cual celebra la Iglesia, es un Rey particular, porque este Rey no reina desde un mullido sillón, ni reina tampoco cómodamente sentado, coronado con una corona de oro y sosteniendo en sus manos un cetro de oro.
Nuestro Rey reina desde el madero ensangrentado de la cruz y a su lado, erguida, se encuentra la Reina de los Dolores, la Virgen María.
Nuestro Rey no lleva una corona bordada con terciopelo y adornada con gemas de rubíes, de diamantes y de perlas; no tiene un círculo de oro ni diademas de oro y plata; Nuestro Rey lleva una corona de gruesas, duras y filosas espinas, que taladran y perforan su cuero cabelludo, desgarrándolo, lacerándolo y provocándole numerosas y dolorosísimas heridas, que a la par que llegan hasta el hueso del cráneo, le provocan tal profusión de su Sangre preciosísima, que esta Sangre se derrama, como un torrente preciosísimo, pero incontenible, desde su Sagrada Cabeza, hacia abajo, bañando toda su Santa Faz, sus ojos, su nariz, sus pómulos, su boca, sus oídos, cayendo por su barbilla hasta el pecho, como anticipando la herida que habrá de abrirse más tarde, cuando el soldado romano traspase su Costado y por Él fluyan la Sangre y el Agua de su Sagrado Corazón. Nuestro Rey permite que las espinas, duras y filosas de su corona, traspasen el cuero cabelludo de su Cabeza, para que su Sangre bañe su Santa Faz, de manera que nuestros pensamientos sean purificados y santificados; permite que su Sangre bañe sus santísimos ojos, para que nuestras miradas sean puras y cristalinas, y se aparten de las cosas impuras; permite que su Sangre bañe sus pómulos y su nariz, para que nuestro olfato y nuestro tacto, se aparten de lo impuro y lo pecaminoso; permite que su Sangre bañe sus oídos, para que nuestros oídos, no escuchen nada que los aparte del Reino de Dios.
Nuestro Rey, no reina cómodamente sentado en un mullido sillón; Nuestro Rey, reina desde el madero ensangrentado de la cruz, y no reina con un cetro sostenido entre sus manos: reina con sus manos traspasadas con gruesos clavos de hierro, que perforan sus nervios, produciéndole agudísimos, lancinantes y quemantes dolores. Nuestro Rey, reina con su mano derecha clavada en la cruz, para expiar por nuestros pecados cometidos con las manos, las manos que Dios nos dio para elevarlas en bien de nuestros hermanos, pero que nosotros las elevamos para hacer el mal a nuestros hermanos; las manos con las que esclavizamos, torturamos, vejamos, agredimos, asesinamos, mutilamos, golpeamos, cerramos al bien, a nuestros hermanos; con las manos, agredimos, mutilamos y asesinamos a nuestros prójimos en el vientre de sus madres, por el aborto; en las camas de los moribundos, por la eutanasia; en los campos y a los inocentes, por las bombas criminales, en las guerras injustas; y todo eso lo hacemos con nuestras manos, las mismas manos que Dios nos dio para obrar el bien; son las manos que levantamos para cometer toda clase de crímenes y de pecados; las manos con las que, en vez de obrar las obras de misericordia, obramos el mal en todas sus formas; las manos con las que pecamos, en vez de obrar el bien. Por eso Nuestro Rey, está crucificado y con su mano derecha clavada al madero, con un grueso y frío clavo de hierro, que le atraviesa el nervio mediano y le provoca un dolor lacerante, agudísimo, quemante, porque de esa manera, expía todos nuestros pecados, cometidos por nosotros, con nuestras manos, para que la Ira Divina no se descargue sobre nosotros y nuestras manos, utilizadas para el mal y no para el bien.
Nuestro Rey, no reina cómodamente sentado en un mullido sillón; Nuestro Rey, reina desde el madero ensangrentado de la cruz, y no reina con un cetro de ébano entre sus manos, sino con un grueso clavo de hierro, frío y lacerante, que le perfora y le atraviesa el nervio mediano de su mano izquierda, y de esa manera, expía los pecados de idolatría, cometidos con nuestras manos. Dios hizo nuestras manos, para que las eleváramos en adoración hacia Él, que es Uno y Trino, y que se encarnó en la Persona del Hijo, por obra del Espíritu Santo, en el seno purísimo de María Virgen, por Voluntad de Dios Padre, y continúa y prolonga su Encarnación en la Eucaristía, desde donde irradia su gracia a quien se le acerca con un corazón contrito y humillado. Sin embargo, la inmensa mayoría de los cristianos, se postra ante los ídolos del mundo, cometiendo horribles pecados de idolatría y de apostasía; se postran ante ídolos como el Gauchito Gil, la Difunta Correa, la Santa Muerte, y todos los ídolos abominables de la Nueva Era o New Age o Conspiración de Acuario; se postran ante los ídolos del fútbol, del espectáculo, del cine, de la música, o ante cualquier ídolo mundano, en vez de postrarse ante el Único Dios verdadero, Cristo Jesús, Presente en la Eucaristía. Por eso, Nuestro Rey, reina desde el madero, para expiar por los pecados de idolatría y de apostasía.
Nuestro Rey reina desde el madero ensangrentado de la cruz, no reina sentado en un sillón cómodo y mullido, y no lo puede hacer, porque sus pies están clavados a la cruz, fijos al leño ensangrentado de la cruz, por un grueso, duro y frío clavo de hierro, que le provoca agudos dolores, al tiempo que le hace brotar ríos de su roja y Preciosísima Sangre, y lo hace para expiar nuestros pasos dados en dirección al pecado, en dirección al abismo de perdición, y en dirección contraria a la Casa del Padre. Dios nos creó con los pies, para que dirigiéramos nuestros pasos en la tierra, a la Casa del Padre, que en la tierra es la Iglesia, pero en vez de hacerlo, dirigimos nuestros pasos en dirección opuesta, en dirección al pecado, y por ese motivo, Nuestro Rey está con sus Sagrados Pies crucificados, para expiar por todas las veces en las que preferimos encaminarnos en la dirección opuesta a la salvación, para dirigirnos a las tinieblas y a la perdición.

A este Rey Nuestro, que por salvarnos y llevarnos al cielo, reina desde el madero ensangrentado de la cruz, arrodillados y con el corazón contrito y humillado, besamos sus pies ensangrentados y, por medio del Inmaculado Corazón de María, le entregamos nuestros corazones, mientras hacemos el propósito de dar la vida antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado, mientras le decimos: “Te adoramos, oh Cristo, Rey del Universo, que reinas desde el madero ensangrentado de la Cruz, y te bendecimos y te glorificamos y te damos gracias, porque por tu Santa Cruz, redimiste al mundo”.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

“Vendrán días desastrosos para ti, porque no supiste reconocer el tiempo en el que fuiste visitada por Dios”


“Vendrán días desastrosos para ti, porque no supiste reconocer el tiempo en el que fuiste visitada por Dios” (Lc 19, 41-44). Jesús llora por el amor que le tiene a la Ciudad Santa, porque ve en espíritu la terrible desgracia que habría de acontecerle a causa de sus jefes religiosos y políticos, que en vez de recibir al Mesías, que traía la paz de parte de Dios, lo crucificaron y lo mataron, con lo cual atrajeron sobre ellos y sobre Jerusalén, la Ira de Dios. Jesús llora porque ve, en cuanto Dios, lo que habrá de sucederle a Jerusalén: al rechazarlo a Él, que es Dios en Persona, y que en cuanto Dios, trae la paz, la verdadera paz, la paz que surge de la derrota de los grandes enemigos del hombre, el demonio, el pecado y la muerte, Jerusalén atrae sobre sí, indefectiblemente, la Ira Divina, porque de esa manera, quedan intactos sus enemigos, precisamente aquellos a quienes el Mesías venía a derrotar para darle la paz a Jerusalén: el demonio, el pecado y la muerte. Al juzgarlo y condenarlo a muerte al Mesías; al expulsarlo de sus muros y al crucificarlo, Jerusalén queda desprotegida frente a sus más encarnizados enemigos, los cuales se abatirán sobre ella sin piedad, y esto se cumplirá efectivamente años más tarde, cuando las tropas romanas asedien a la Ciudad Santa y la terminen por conquistar. Crucificando al Mesías, la luz de Dios encarnada, Jerusalén se ve sumida en la más profunda de las tinieblas, además de ser dominada por sus más acérrimos enemigos, convirtiéndose en sede de las tinieblas. De esta manera, se cumplen las palabras de Jesús: “Vendrán días desastrosos para ti, porque no supiste reconocer el tiempo en el que fuiste visitada por Dios”. Jerusalén no supo reconocer “el tiempo en el que fue visitada por Dios”, es decir, el tiempo en el que Jesús caminó por sus calles, haciendo milagros, curando enfermos, expulsando demonios, celebrando la Primera Misa, en la Última Cena, y por eso, se abatieron sobre ella, “días desastrosos”.
Ahora bien, puesto que Jerusalén, la Ciudad Santa, es símbolo del alma, como elegida por el Amor de Dios, también estas palabras están dirigidas al cristiano, por lo que el cristiano debe estar muy atento a reconocer la “visita de Dios”, porque Dios, cuando nos visita, trae con Él su paz, su alegría, su amor, su luz, su sabiduría, y si nosotros no reconocemos su visita en nuestras vidas, nos terminará sucediendo lo que le sucedió a Jerusalén, que fue arrasada por las tropas romanas.

También el alma debe reconocer “la visita de Dios” en su vida, y esta “visita de Dios” puede ser de diversas maneras: una primera forma de visita, es por la comunión eucarística, puesto que por la comunión, Jesús nos visita cada día, ingresando en nuestros corazones, pero si no reconocemos las otras visitas que Él mismo nos hace, de otras maneras, terminamos expulsándolo de nuestras vidas. ¿De qué otras maneras nos visita Jesús, además de la comunión eucarística? Jesús, que es Dios,  puede visitarnos a través de un prójimo atribulado, que nos pide auxilio de diversas maneras; Dios puede visitarnos a través de un prójimo enfermo; Dios puede visitarnos a través de un prójimo necesitado, carenciado; Dios puede visitarnos a través de un acontecimiento trágico, para que acudamos al pie de la cruz, a pedir su auxilio; Dios puede visitarnos a través de un acontecimiento alegre, para que acudamos al  pie de la cruz, para agradecerle; Dios puede visitarnos de muchas maneras, lo importante es estar atentos a su visita y no expulsarlo de nuestras vidas, no sea que nos suceda lo de Jerusalén, y así tengamos que escuchar de boca de Jesús: “Vendrán días desastrosos para ti, porque no supiste reconocer el tiempo en el que fuiste visitada por Dios”.

domingo, 16 de noviembre de 2014

“Hoy ha llegado la salvación a esta casa”


“Hoy ha llegado la salvación a esta casa” (Lc 19. 1-10). Jesús, al atravesar la ciudad de Jericó, mientras camina, mira hacia arriba, hacia el sicómoro sobre el que se había encaramado Zaqueo a causa de su baja estatura, y le dice a Zaqueo que quiere alojarse en su casa: “Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa”. Zaqueo, que era un hombre rico, baja rápidamente del árbol, y dispone todo lo necesario para recibir a Jesús, recibiéndolo “con alegría”, dice el pasaje evangélico.
Notemos que no es Zaqueo quien invita a Jesús, aunque es Zaqueo quien deseaba ver a Jesús, y por eso se había subido al sicómoro, para precisamente poder verlo. No es Zaqueo quien invita a su casa a Jesús, y es Jesús quien dice a Zaqueo que quiere entrar a su casa. Pero el ingreso de Jesús a la casa material de Zaqueo es meramente preparatorio para otro ingreso, el ingreso a su corazón: puesto que es Dios, Jesús lee el corazón de Zaqueo, y sabe que está ya preparado para recibirlo, y por eso es que le dice que baje para que prepare su casa y lo reciba. Mucho más que entrar en su casa material, Jesús quiere entrar en el alma de Zaqueo, simbolizada en la casa material; el ingreso en la casa material es sólo el prolegómeno y el símbolo del ingreso del Hombre-Dios al corazón de Zaqueo y el hecho que lo confirma es la conversión inmediata de Zaqueo, quien en señal de gratitud por la Presencia de Jesús en su casa, decide dar “la mitad de sus bienes a los pobres” y dar “cuatro veces más” a quien haya podido perjudicar en sus negocios.

“Hoy ha llegado la salvación a esta casa”. Cada vez que comulgamos, Jesús entra en nuestra casa, es decir, en nuestra alma. ¿Experimentamos la misma alegría que experimentó Zaqueo? A Zaqueo, Jesús no le dio de comer su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, y sin embargo, Zaqueo, en señal de gratitud, dio la mitad de sus bienes a los pobres, y estuvo dispuesto a dar cuatro veces más a quien hubiera podido perjudicar en sus negocios. A nosotros, Jesús nos da su Cuerpo, su Sangre, su Alma, su Divinidad, y todo el Amor, eterno, infinito, inagotable, inabarcable, incomprensible, de su Sagrado Corazón Eucarístico. ¿Qué cosa estamos dispuestos a hacer en señal de gratitud por Jesús? 

viernes, 14 de noviembre de 2014

“Un hombre llamó a sus servidores y les dio talentos (…) para que los hicieran fructificar…”


(Domingo XXXIII - TO - Ciclo A – 2014)
                 “Un hombre llamó a sus servidores y les dio talentos (…) para que los hicieran fructificar…” (Mt 25, 14-30). Jesús compara al Reino de los cielos con un hombre que “sale de viaje” y que “confía sus bienes” a sus servidores, para que estos los hagan rendir. Al primero le da cinco talentos[1]; al segundo le da dos, y al tercero, le da uno. A su regreso, los dos primeros han multiplicado los talentos, mientras que el tercero, “malo y perezoso”, ha enterrado el talento, y se lo devuelve, sin haberlo hecho fructificar, lo cual provoca su enojo.
En esta parábola, cada elemento tiene un significado sobrenatural: el hombre que reparte los talentos y que va de viaje a otro país es Jesucristo que sube al cielo, desde donde volverá a juzgar a los vivos y a los muertos (1 Pe 4 5ss); los criados que reciben los talentos, somos los cristianos, que recibimos dones, tanto en el orden natural, como en el sobrenatural; los talentos o monedas de plata, son los dones con los que Dios nos dota como Padre y Creador, como Hijo y Redentor y como Espíritu Santo y Santificador[2], y que nos los da para que los utilicemos en la vida terrena para granjearnos la vida eterna, para salvar nuestras almas y las de nuestros hermanos.
El centro de la parábola está en los dones con los que Dios nos ha dotado a los cristianos, porque con ellos debemos salvarnos, tanto nosotros, como nuestros prójimos. Por lo tanto, debemos prestar atención a la calidad y cantidad de los talentos que el hombre de la parábola da a sus siervos, porque de esa manera nos daremos una idea de la cantidad y calidad de los dones que Dios nos ha concedido y nos sigue concediendo a cada momento.
Con respecto a los talentos que el hombre de la parábola da a los siervos, hay que considerar que son monedas de plata[3], y que por lo tanto, cada uno de los siervos de la parábola recibió muchísimo dinero. Si los trasladamos a dólares, el primero recibió 600.000 dólares, el segundo 240.000 dólares, y el tercero 120.000 dólares. Para entenderlo un poco más, tenemos que considerar que un denario equivalía a 4 gramos de plata, entonces un talento equivalía a 6.000 denarios. En tiempos de Jesús, un jornalero judío ganaba un denario en todo un día de trabajo (Mt 20, 2); si un jornalero quisiera ganar aunque sea un solo talento, tendría que trabajar 6.000 días, o mejor dicho, ¡casi 20 años!; esto quiere decir que el siervo que recibió cinco talentos en realidad recibió un sueldo de ¡100! años; el que recibió dos recibió el equivalente a un sueldo de ¡40! años y el que recibió uno solo recibió el sueldo de ¡20! años de trabajo. Es decir, lo que recibieron los siervos, era muchísimo dinero y representaba el dinero de mucho más que toda una vida de trabajo; en los talentos está representado, entonces, mucho más que toda la vida de una persona, con todos los dones de una persona.
Por lo tanto, los talentos dados a los siervos, representan los dones que Dios nos da a cada uno de nosotros, tanto de orden natural –el mismo acto de ser, la existencia, la inteligencia, la memoria, la voluntad, el cuerpo, etc.-, como los sobrenaturales –el bautismo, la comunión, la confirmación, etc.-, con los cuales, de modo específico, Él ha dotado a los cristianos en la Iglesia.
Estos dones han sido dados para que rindan fruto; es decir, deben ser puestos al servicio de la Iglesia y ese es el motivo por el cual nadie puede excusarse y decir: “Yo no tengo ningún don”. Nadie puede decir: “No tengo dones”; “No tengo talentos”. Nadie puede decir: “No sirvo para nada”, porque eso no es verdad, ni en el orden natural, ni en el orden sobrenatural. Todos, absolutamente todos, hemos recibido dones y talentos, unos más que otros, unos distintos a otros, pero todos hemos recibido dones y talentos, y todos deben ser puestos al servicio de la Iglesia, para la salvación de las almas.
Es verdad que unos tienen más talentos que otros, pero con respecto a eso, lo que hay que tener en cuenta es, por un lado, que en el pasaje evangélico, se dice que el dueño de los talentos da a cada uno “según su capacidad”, y esto quiere decir “según su capacidad receptiva”[4], según los dones que cada uno pueda y quiera recibir. En otras palabras, Dios da sus dones, de acuerdo al hambre de dones de Dios, si así se puede decir, que cada uno tenga.
Esto hay que interpretarlo, según las palabras de la Virgen, en el pasaje de Lucas 1, 53, en donde dice que “a los hambrientos los colmó de bienes”. En el Magnificat, la Virgen dice que Dios colma de sus bienes, de sus dones, a los hambrientos de sus dones, y el principal de los dones de Dios, es su Amor: entonces, Dios colma de su Amor al que más hambre tiene de su Amor: si alguien tiene más hambre del Amor de Dios, ese tal, recibirá más Amor de Dios, y eso es lo que sucede, por ejemplo, en la comunión eucarística: si alguien está hambriento del Pan Eucarístico, al momento de comulgar, como el Pan Eucarístico está saturado del Amor Divino, el que más hambre tenga del Amor de Dios, más va a recibir del Amor de Dios; en cambio, el que menos hambre tenga del Amor de Dios, porque está satisfecho con los amores del mundo –las diversiones, los entretenimientos, la televisión, los paseos, el fútbol, el cine, y todo lo que el mundo ofrece-, entonces ese tal, menos Amor va a recibir en la comunión eucarística.
Éste es el sentido de la expresión del Magníficat de la Virgen: “A los hambrientos los colmó de bienes”, que aplicado a los dones, quiere decir que, al que más “hambre” –por así decirlo- de dones divinos tenga, más va a recibir, de parte de Dios; quien menos “hambre” de esos dones divinos tenga, menos va a recibir.
Lo otro que hay que tener en cuenta con respecto a los dones es que lo que Dios exigirá, no es la cantidad de dones, sino la buena voluntad puesta para hacerlos rendir[5], es decir, la caridad o el amor sobrenatural que pusimos para que, por la fe, nuestros dones rindieran al máximo dentro de la Iglesia, al servicio de la Iglesia, que no es otra cosa que la salvación de las almas, porque lo que importa en la Iglesia, no son los libros de contabilidad, sino que las almas se salven, que eviten el infierno y que alcancen el cielo, que dejen de adorar al mundo y adoren al Cordero de Dios, Jesús Eucaristía.
Dicho en otras palabras: Dios no medirá nuestro coeficiente intelectual, sino que medirá con cuánto amor pusimos nuestra inteligencia –mucha, escasa, o nula-, al servicio de la Iglesia, para la salvación de las almas. Y como con la inteligencia, así hará Dios con cada uno de los dones que nos regaló. Dios no medirá la “cualidad”, de cada don; no medirá si mi voluntad era más perfecta que la de Juancito o la de Pepita; lo que medirá, será el amor con el que doné mi voluntad en la Iglesia, para que las almas se salvaran, y eso si es que doné mi voluntad y mi inteligencia. 
Porque puede ser que yo sea muy inteligente; puede ser que yo sea muy voluntarioso; puede que ser que yo sea muy astuto y muy pertinaz para los asuntos del mundo, pero si soy egoísta y no me interesan ni las almas ni mi propia alma, entonces actúo como el siervo "malo y perezoso" y entierro mis talentos y así no los utilizo en la Iglesia y no hago nada, ni por mi propia salvación, ni por la salvación de los demás. Entonces, soy incapaz de rezar, soy incapaz de hacer nada por los demás, y eso es enterrar los talentos, y así, aunque yo tenga un altísimo coeficiente intelectual, y aunque tenga una voluntad de acero, a los ojos de Dios, no sirven de nada, porque son talentos enterrados. A los ojos de Dios, solo sirven los talentos que son entregados por amor, para salvar almas.
Cada uno debe descubrir cuál -o cuáles- son los talentos recibidos de Dios, para ponerlos al servicio de la Iglesia, no para uso personal y egoísta, sino para el servicio de la Iglesia, no para ganar dinero, sino para salvar las almas, porque para eso han sido dados por Dios. Al final de nuestros días, en el Juicio Particular, Dios nos pedirá cuentas de estos talentos recibidos, y si hemos enterrado los talentos –eso significa el no haberse tomado el trabajo de ni siquiera haber descubierto cuáles son mis talentos y ni siquiera haberlos puesto al servicio de la Iglesia-, Dios nos los retirará y seremos excluidos del Reino de los cielos. Esto es lo que está graficado en el siervo “malo y perezoso”, que “tiene miedo” de su patrón y por eso “no hace fructificar” sus talentos y en vez de eso “los entierra”. Lo que hay que notar en el siervo que no hace fructificar los talentos es que su amo lo llama “siervo malo y perezoso”, es decir, hay dos notas negativas, la malicia y la pereza[6], las que lo conducen a no hacer rendir sus talentos, a pesar de que el siervo quiera, en un primer momento, echar la culpa a su amo[7]; lo otro que hay que notar, es la severidad del castigo final para quien no hace rendir los talentos recibidos, porque aquí Jesús está hablando claramente del Día del Juicio Final, porque dice que al siervo “malo y perezoso” lo “echen afuera”, a las “tinieblas”, en donde hay “llanto y rechinar de dientes”, una expresión típica de Nuestro Señor para referirse al Infierno. De esto se deduce la importancia de combatir con todas las fuerzas la pereza y de no dejar crecer la cizaña de la malicia.
“Un hombre llamó a sus servidores y les dio talentos (…) para que los hicieran fructificar…”. Que la Virgen nos conceda la gracia de que, a semejanza suya, que en el Magnificat cantó: “colmó de bienes a los hambrientos”, tengamos hambre de Dios, hambre del Pan Eucarístico, porque esa es la mejor hambre de todas las hambres, porque es hambre del Amor de Dios, y es el hambre que nos hará fructificar todos los talentos, pocos o muchos, que nos regaló Dios, porque el que tiene hambre del Amor de Dios se alimenta del Pan bajado del cielo y así saciado con este Pan, tiene fuerzas más que suficientes para obrar por el Reino; que la Virgen nos conceda tener hambre del Amor de Dios, hambre del Pan Eucarístico, porque es el hambre que nos abrirá las puertas del cielo, para nosotros, para nuestros seres queridos, y para una multitud de almas.



[1] El talento era una moneda de plata usada en tiempos de Jesús.
[2] Cfr. Mons. Dr. Juan Straubinger, La Santa Biblia, Universidad Católica de La Plata, La Plata 2007, 49, n. 14.
[4] Cfr. Straubinger, ibidem.
[5] Cfr. Straubinger, ibidem.
[6] Cfr. B. Orchard et al., Verbum Dei. Comentario a la Sagrada Escritura, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1957, 460.
[7] Cfr. ibidem.

jueves, 13 de noviembre de 2014

“Donde esté el cadáver, se juntarán los buitres”


“Donde esté el cadáver, se juntarán los buitres” (Lc 17, 26-37). Jesús no dice “cuándo” será su Segunda Venida, pero sí dice “cómo” será el ambiente o el clima moral y espiritual que reinará en los días inmediatamente anteriores a su Segunda Venida en la gloria o Parusía. Para ello, trae a la memoria los días previos a dos grandes castigos divinos a la humanidad: los días previos al Diluvio Universal y los días previos al Diluvio de Fuego que se abatió sobre las ciudades de Sodoma y Gomorra. Jesús dice que, antes de su Segunda Venida, el clima moral y espiritual que reinará en la humanidad, será el de la despreocupación total y absoluta acerca de la Ley y de los Mandamientos de Dios, tal como sucedía en los tiempos previos al Diluvio Universal y al castigo de Sodoma y Gomorra. En los días inmediatamente anteriores a su Segunda Venida, los hombres vivirán en un clima de desprecio absoluto de Ley Divina, ya que eso es lo que está significando Jesús, al citar estos dos ejemplares castigos bíblicos. Jesús quiere hacer ver que la humanidad entrará en un período de oscuridad espiritual tan grande, que será incapaz de observar los Mandamientos de Dios y por eso se hará merecedora de un castigo que superará a los dos castigos bíblicos mencionados, el Diluvio y la lluvia de fuego que cayó sobre Sodoma y Gomorra.
El castigo a la relajación moral y espiritual de la humanidad será tan grande, que la mitad de la humanidad será aniquilada, y es eso lo que está significado cuando Jesús dice que “dos mujeres estarán moliendo juntas y una será llevada y otra dejada”. Los discípulos le preguntan por el lugar en donde sucederá el castigo: “¿Dónde sucederá eso?” y Jesús les responde enigmáticamente: “Donde esté el cadáver, se juntarán los buitres”. Con esta respuesta, Jesús, con toda probabilidad, está indicando el epicentro del castigo divino, que se centrará en el Anticristo, que para ese entonces, habrá tomado, con la permisión divina, el poder del mundo. El Anticristo es “el cadáver”, por cuanto está muerto a la gracia de Dios, y así se opone a Cristo, quien está pleno de la Gracia Divino, por cuanto Él es la Vida Increada en sí misma. En este sentido, los buitres, son los seguidores del Anticristo, los que se alimentan de sus falsas enseñanzas, que son enseñanzas de muerte y de falsedad, así como los buitres se alimentan de los cuerpos en descomposición. Jesús compara al Anticristo con un cadáver en descomposición, con un cuerpo muerto, lleno de putrefacción y de gusanos, al cual rodean buitres, que se alimentan de su carne, que es carne de carroña, carne engusanada, carne en pleno proceso de descomposición, llena de gusanos, de moscas y de insectos que crecen en los cadáveres. El Anticristo es un cadáver, porque está muerto a la gracia de Dios, y los que lo siguen, son como buitres, porque se alimentan de sus falsas enseñanzas, que son todas mentiras, falacias, medias verdades, que para el alma, son engaños que intoxican y matan al espíritu con la falsedad y la mentira. Por eso es que Jesús dice: “Donde esté el cadáver, se juntarán los buitres”. Antes de su Segunda Venida, el Anticristo será reconocido, por sus mentiras, por sus falacias, por sus engaños, pero todas estas mentiras, falacias y engaños, las dirá dentro de la Iglesia, porque pretenderá hacerse pasar por el verdadero Cristo y podrá ser reconocido, porque será rodeado por los buitres, es decir, por aquellos aduladores que serán tan falsos y negadores de la Verdad, como él mismo.

“Donde esté el cadáver, se juntarán los buitres; donde esté el Cuerpo, se juntarán las águilas”. Si el Anticristo, el hombre muerto a la gracia de Dios, es el cadáver alrededor del cual se juntan los buitres, es decir, los hombres de Iglesia falsarios y mentirosos, para alimentarse de la carroña de sus mentiras, la Eucaristía es el Cuerpo glorioso de Cristo, alrededor del cual vuelan a posarse en adoración las águilas, es decir, las almas de los que aman y adoran al Hombre-Dios Jesucristo, para alimentarse del alimento exquisito que es el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico. Mientras los buitres se alimentan de la carroña del cuerpo muerto del Anticristo, las águilas, las almas de los adoradores eucarísticos, vuelan en dirección al Sol Eucarístico, Jesús, para alimentarse de su Amor eterno, en la espera gozosa de su Segunda Venida en la gloria.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

“El Reino de Dios está entre ustedes”


“El Reino de Dios está entre ustedes” (Lc 17, 20-25). Jesús dice que “el Reino de Dios” no viene “ostensiblemente”, y que no podrá decirse “está aquí” o “está allí”, porque está “entre nosotros”. Con esto, nos está queriendo decir que el Reino de Dios no tiene una localización geográfica ni una extensión física al estilo de los reinos terrenos, porque el Reino de Dios, tal como Él mismo lo dirá a quienes lo apresarán antes de su Pasión “no es de este mundo” (Jn 18, 36) y por lo tanto, no cumple en absoluto con los estándares de los reinos de este mundo, porque los sobrepasa por completo. En Romanos 14, 17 se da un indicio de en qué consiste el Reino de Dios: “El Reino de Dios no consiste en comida ni en bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo”. “Justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo”, en eso consiste el Reino de Dios y ésa es la clave de por qué no se puede decir: “el Reino de Dios está aquí o está allí”, porque el Reino de Dios no radica en un lugar físico o en una extensión geográfica, sino en los corazones humanos que han sido conquistados por la gracia y que han sido convertidos, de corazones de piedra, duros, insensibles y fríos, en corazones que se han convertido en imágenes vivientes y en copias vivas de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, y que por lo mismo, laten al ritmo del impulso del Amor Divino y sus latidos son latidos de justicia, de gozo y de paz, como los latidos de los Corazones de Jesús y de María.

“El Reino de Dios está entre ustedes”. Si el Reino de Dios “ya está entre nosotros”, porque ese Reino de Dios consiste en la justicia, el gozo y la paz que trae al corazón la gracia santificante del Hombre-Dios Jesucristo, y esto es causa de alegría para el cristiano, cuánta causa mayor de alegría para el cristiano será el saber que su corazón, así preparado por la gracia santificante, servirá de alojamiento y de morada para el Rey de los cielos, el Hombre-Dios Jesucristo. En otras palabras, si el Reino de Dios está entre nosotros y ese Reino de Dios consiste en la gracia santificante que concede al corazón la justicia, el gozo y la paz de Dios, esto es solo como prolegómeno para la recepción del Rey de los cielos en el corazón en gracia, Jesucristo. De esta manera, si en el Nuevo Testamento Jesús les decía a sus contemporáneos: “El Reino de Dios está entre ustedes” y esto constituía para ellos la Buena Nueva, la Noticia Alegre que alegraba sus días, en nuestros días, la Iglesia nos dice a nosotros, cuando estamos en gracia y recibimos la Eucaristía: “El Rey de los cielos, Jesucristo, está en ustedes por la comunión eucarística”, y esto constituye para nosotros el motivo más grande de alegría, que colma nuestros días terrenos, en este valle de lágrimas, de gozo, de paz, de amor y de felicidad, hasta el encuentro, cara a cara, con Jesucristo, en el Reino de Dios.

viernes, 7 de noviembre de 2014

“No se puede servir a Dios y al dinero (…) no se puede servir a dos señores, porque se aborrecerá a uno y amará al otro”


La adoración del Cordero Místico

“No se puede servir a Dios y al dinero (…) no se puede servir a dos señores, porque se aborrecerá a uno y amará al otro” (Lc 16, 1-15). Jesús advierte que no se puede servir a Dios y al dinero, porque ambos ocupan de modo exclusivo al corazón humano y lo hacen de tal manera, que el uno excluye al otro. Los ejemplos sobran en la historia sagrada, y para ello, valen como muestra dos episodios, uno, sucedido en el Antiguo Testamento, y otro en el Nuevo: en el Antiguo Testamento, los israelitas deciden construir un becerro de oro y adorarlo, como expresión de la adoración que en su interior tributaban ya al oro, puesto que desde hacía tiempo habían renegado y apostatado del Dios verdadero; en el Nuevo Testamento, Judas Iscariote, renegando y apostatando del Dios verdadero, Jesucristo, decide entregarlo a sus enemigos, para recibir en cambio treinta monedas de plata. Claramente, Judas Iscariote elige el amor del dinero antes que el Amor del Sagrado Corazón de Jesús.
Lo que se sigue de uno y otro es algo bien distinto: detrás del dinero, está el demonio, por lo que, quien adora al dinero, experimenta, una vez pasada la falsa y pasajera alegría que proporciona el dinero, la desesperación de la ausencia de Dios y el terror de la presencia del Príncipe de las tinieblas, y esta desesperación y este terror, se acrecientan de modo exponencial, a medida que el alma se da cuenta que el dinero, al cual había idolatrado y por el cual había cometido tantos crímenes y tropelías, en realidad es igual a la nada misma.


La adoración del becerro de oro


Por el contrario, quien eligió amar y servir a Dios en vez del dinero, experimenta la dura prueba y la angustiosa tribulación de la pobreza de cruz y de la marginación del mundo, que excluye a quienes no tienen dinero, pero pasada esta prueba, comienza a experimentar el consuelo del Amor Divino, el cual, comenzando en esta vida, continúa luego en la otra, para no finalizar jamás. Quien no se postra ante el becerro de oro, pero sí se postra ante el Cordero de Dios, Jesús en la Eucaristía, Presente en el altar eucarístico, aun cuando experimente tribulaciones y persecuciones en esta vida, gozará luego de una felicidad y de una alegría sin fin en el Reino de los cielos, porque a diferencia del dinero, que es un amo ingrato, mentiroso, tirano y cruel, que promete falsedades y cosas que no puede cumplir, Dios es un Señor que cumple con lo que promete, y promete, a quien lo sirve en esta vida, la felicidad eterna en la otra vida, que es la contemplación cara a cara de su Hijo Jesús.