miércoles, 22 de octubre de 2014

“Saben si llueve o si hace calor, pero no saben discernir los signos de los tiempos”


“Saben si llueve o si hace calor, pero no saben discernir los signos de los tiempos” (cfr. Lc 12, 54-59). Jesús les reprocha que saben interpretar el tiempo meteorológico, porque saben cuándo va a llover y cuándo va a “hacer calor”, pero no “saben interpretar el tiempo presente”, es decir, “el signo de los tiempos”, y esto constituye una falta deliberada, porque los signos de los tiempos pueden ser leídos por quienes quieran leerlos, puesto que son inteligibles para todo hombre y mucho más para nosotros, que estamos en la Iglesia Católica y que por lo tanto, poseemos la asistencia del Espíritu Santo. Si Jesús lo dice, es porque tenemos esa capacidad y poseemos además esta asistencia del Espíritu, y si no sabemos cuáles son, es porque no la ponemos en práctica y porque no pedimos la asistencia del Espíritu para conocer los signos de los tiempos. Desde el momento en que sabemos cuándo va a llover y cuándo va a hacer calor, debemos saber entonces cuáles son los “signos de los tiempos”.
¿Cuáles son estos signos de los tiempos, que debemos leer y discernir con nuestra razón y con la ayuda del Espíritu Santo?
Son signos de los tiempos, por un lado, las manifestaciones de la oscuridad, y las principales, son las de la Nueva Era: en nuestros días, proliferan, como nunca antes en toda la historia de la humanidad, la brujería, el satanismo, el gnosticismo, el ocultismo, el esoterismo, la religión wicca -que es brujería moderna-, el tarot, el culto a los extraterrestres –que es culto a los demonios-, la superstición desenfrenada y a cara descubierta –el Gauchito Gil, San La Muerte, la Difunta Correa-, y toda clase de religiones paganas y neo-paganas que manifiestan, de modo inocultable, que las fuerzas del Infierno se han desencadenado sobre la tierra y que buscan seducir a un gran número de almas, para perderlas por medio de la superstición, de la ignorancia, del error y de la herejía. Pero ante el gnosticismo, la superstición y la falsedad intrínseca de la Nueva Era, está la Palabra de Dios, que nos dice: “Las puertas del Infierno no prevalecerán contra mi Iglesia” (Mt 16, 18).
Son signos de los tiempos, por otro lado, las manifestaciones de la luz y la principal de todas, las de la Iglesia Católica, a través de sus sacramentos, sobre todo, la Eucaristía y el Sacramento de la Confesión: ambos sacramentos nos hablan de la Presencia del Emmanuel, de “Dios entre nosotros”. Los sacramentos –principalmente, la Eucaristía y la Confesión sacramental-, no son “cosas”, sino “eventos de salvación”, que actualizan y hacen presentes al Hombre-Dios Jesucristo con su misterio pascual salvífico y redentor; los sacramentos son acciones de la Iglesia por medio de las cuales ingresa, en nuestro tiempo humano y terreno, la eternidad salvífica de Jesucristo, el Cordero de Dios, quien derrama por medio de ellos su Sangre sobre las almas, lavándolas del pecado y purificándolas con su gracia y concediéndoles la gracia santificante, injertando en ellas la semilla de la vida eterna, concediéndoles la vida nueva de los hijos de Dios, la vida de la gracia, y preparándolas para la vida eterna, la vida en el Reino de los cielos. La Iglesia Católica y sus sacramentos, en este sentido, es el Gran Signo de los tiempos, y su presencia activa, nos está hablando acerca de la caducidad de esta vida terrena y de la proximidad inminente de la vida eterna en el Reino de Dios, vida beata y feliz para la cual nos prepara con los sacramentos, y éste es el signo de los tiempos por excelencia.

“Saben si llueve o si hace calor, pero no saben discernir los signos de los tiempos”. El “signo de los tiempos” más preclaro es la Iglesia Católica con sus sacramentos, puesto que nos habla de la vida eterna que nos espera, y es para esa vida eterna para la cual nos debemos preparar, a cada instante, en cada segundo de vida de esta vida terrena que nos queda por vivir. Ésa es la lectura y el discernimiento que debemos hacer del “signo de los tiempos”: vivir cada segundo de la vida terrena que nos queda, en la gracia de Dios, por medio de los sacramentos de la Santa Iglesia Católica –principalmente, Eucaristía y Confesión sacramental-, preparándonos para la vida eterna en el Reino de los cielos.

domingo, 19 de octubre de 2014

“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!”


“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12, 49-53). Jesús no está hablando, obviamente, del fuego material, sino de un fuego espiritual, y es el Fuego del Espíritu Santo, el Fuego del Amor de Dios, el Fuego de “Dios, que es Amor” (cfr. 1 Jn 4, 8).
“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!”. ¿Qué es este “fuego espiritual” que ha venido a traer Jesús, y que Él desea “que ya esté ardiendo”? El fuego es la Eucaristía, porque los Padres de la Iglesia llamaban a la Eucaristía “ántrax” o “carbón ardiente”, porque en Cristo su Humanidad Santísima es como el carbón, mientras que el Fuego que lo vuelve incandescente, es el Espíritu Santo, y esto sucede desde el primer instante de la Encarnación. Jesús en la Eucaristía es el Carbón Incandescente, que arde con las Llamas del Amor Divino y que quiere encender en este Amor Divino a todo aquel que lo reciba con un corazón contrito y humillado y con fe y con amor.
“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!”. Jesús ha venido a traer fuego sobre la tierra, y este fuego es el Fuego del Amor de Dios, el Fuego que inhabita en su Sagrado Corazón Eucarístico, y que se comunica por contacto al alma que libremente y con amor desea ser abrasada por este Fuego celestial. Que nuestros corazones, entonces, no sean como la roca, fríos, duros, insensibles al Amor de Dios que quiere encendernos en su Ardor; que nuestros corazones sean como la hierba seca, o como el leño seco, para que apenas entren en contacto con el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, envuelto en las Llamas del Amor Divino, ardan al instante y se consuman en el ardor del Amor de Dios.
Jesús dice también algo que sorprende: que no ha venido a traer la paz, sino la división: “No he venido a traer la paz, sino la división”, de ahora en adelante, el padre estará dividido contra el hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”. ¿Cómo se explica esto? Es contradictorio con lo que Jesús mismo dice: “La paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14, 27). Es decir, por un lado, dice que “no ha venido a traer la paz, sino la división”, y por otro lado, dice que “nos da la paz y que nos deja la paz”. ¿Cómo explicar esta aparente contradicción en las palabras de Jesús? La explicación es que, precisamente, es solo una aparente contradicción, porque es verdad que Jesús nos da la paz de Dios, la paz verdadera, la paz que sólo Él, en cuanto Hombre-Dios puede dar, porque es la paz profunda, espiritual, la paz que conecta al corazón del hombre con el Corazón de Dios; es la paz que sobreviene al alma al saberse perdonada por Dios; es la paz que le sobreviene al alma cuando sus pecados son lavados cuando sobre ella cae la Sangre del Cordero, que arrastra sus pecados para quitárselos de una vez y para siempre; es la paz que le sobreviene al alma al verse liberada de la pústula infecta del pecado, como consecuencia directa de la acción de la gracia santificante que Jesucristo obtuvo para ella en el Santo Sacrificio de la Cruz y que se vierte sobre ella por medio del Santo Sacrificio del Altar, la Santa Misa, y por medio de los Sacramentos de la Iglesia Católica, principalmente la Eucaristía y la Confesión sacramental; es la paz que le sobreviene al alma al saberse que no solo es perdonada por Dios, sino que Dios la ama tanto, que llega a la locura de adoptarla como hija y que para sellar el pacto de amor con ella, no duda en entregar su vida en la cruz y derramar hasta su última gota de Sangre, para que al alma no le queden dudas de hasta dónde es capaz de llegar su Amor por ella.

Es esta paz, la que da Jesús, cuando dice: “La paz os dejo, mi paz os doy”, y esta paz que da Jesús, no es incompatible con la división que Él mismo provoca en el seno de las familias, porque la división que provoca, es la división que se da entre los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas; la división que Jesús provoca es entre quienes poseen la luz de la gracia santificante y la luz de la fe, y quienes no: quienes poseen la gracia y la luz de la fe, pertenecen al Reino de Dios y quienes no, están llamados a pertenecer, pero en tanto no posean ni la gracia ni la fe, se ubicarán en una situación de confrontación con los hijos de la luz, que son los hijos de la Virgen, la Mujer del Génesis, y esta situación se en el seno mismo de una familia. “No he venido a traer la paz, sino la división”, dice Jesús, pero también nos dice la Escritura que nuestros enemigos no son nuestros prójimos de carne y hueso, sino las “potestades de los aires” y ése es el motivo por el cual, pese a que, por el momento, padres e hijos, suegras y nueras estén enfrentados en una misma familia a causa del Evangelio, todos están llamados, sin embargo, a unirse en una misma Fe, a recibir un mismo Bautismo, a creer en un mismo Señor, Jesucristo, el Hombre-Dios, y a alimentarse de un único y mismo Pan celestial, la Eucaristía, porque la división que viene a traer Jesús es solo provisoria, puesto que busca la unidad en un solo Cuerpo, el Cuerpo Sacramentado de Jesús, la Eucaristía, y en un solo Espíritu, el Espíritu Santo, el Espíritu del Amor Divino, Espíritu en el cual todos los hombres estamos llamados a ser, en el tiempo y en la eternidad, hermanos en Cristo Jesús e hijos adoptivos, unidos en el Amor de Dios.

“Estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada”


“Estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada” (Lc 12, 39-48). Jesús nos pide que estemos preparados, porque “el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada”: se refiere tanto a la hora de la muerte de cada uno, la cual será de improviso, porque nadie sabe cuándo ha de morir, como a su Segunda Venida en la gloria, porque nadie sabe tampoco cuándo habrá de regresar Él por Segunda Vez, en la gloria. Para graficar esta enseñanza, utiliza la parábola de un siervo malo y perezoso que, creyendo que su amo no va a regresar o que va a regresar más tarde, se embriaga, abandona su servicio y comienza a pelear y a golpear a los demás. 
En esta parábola, el siervo que no está atento y que piensa que su amo no va a regresar todavía, y se pone a emborracharse, a pelear con los demás y descuida sus deberes para con Dios y para con el prójimo, representa al bautizado en la Iglesia Católica que no piensa en la vida eterna, o si piensa que hay una vida eterna, cree que, haga lo que haga, Dios lo perdonará siempre y nunca sufrirá ningún castigo por sus malandanzas; también están aquí los que, creyendo en Dios y en su justicia y que Dios castiga con el Infierno el pecado mortal, se deciden sin embargo a vivir desafiándolo, cometiendo pecado mortal tras pecado mortal, sin importarles mínimamente el Juicio de Dios. El que así piensa, recibe como castigo la pérdida del sentido de la eternidad, tanto de la bienaventuranza, como del castigo, y recibe en cambio, la tarea dada por Dios a los pecadores, y es la de “acumular bienes”, como dice la Escritura (cfr. Ecl 1, 1-18), a la par que queda sometido a la acción y a la influencia del demonio, que le hace creer, como dice Santa Teresa de Ávila, que los placeres mundanos y carnales de esta vida terrena, y que la vida terrena misma, son interminables. Esto constituye ya, en sí mismo, un gran castigo, porque significa que esa alma ha sido abandonada por Dios a su libre albedrío; en otras palabras, el alma, libremente, entre los Mandamientos de Cristo, dados desde la cruz, y los Mandamientos de Satanás, el alma ha elegido claramente vivir y cumplir cabalmente los Mandamientos de Satanás –esto es lo que significa el siervo ebrio y que golpea a los demás: el que se deja consumir por sus pasiones: ira, lujuria, avaricia, pereza, odio, rencor, calumnia, difamación- y ha elegido desechar y pisotear los Mandamientos de la Ley de Dios. Ésa tal alma, si es llamada a la Presencia de Dios, para que rinda el examen de su Juicio Particular, será encontrado vacía y falta de obras buenas; será el siervo de la parábola, que a la llegada de su amo, no estaba vigilante, porque estaba ebria; no tenía puesto el traje de servicio, porque no estaba obrando la misericordia; y, lo más grave de todo, no tenía la lámpara encendida, es decir, no tenía la gracia santificante, porque su lámpara estaba seca, es decir, su humanidad estaba en estado de pecado mortal. Por el contrario, el siervo atento y vigilante, que tiene la túnica ceñida y la lámpara encendida, porque está esperando a su amo que está por regresar en cualquier momento, recibe una recompensa inesperada: su mismo amo se pone a servirlo a la mesa, sirviéndole un banquete espléndido. Ese siervo así preparado es el alma en gracia, que a la hora de la muerte, es encontrada digna de entrar al Banquete Festivo del Reino de los cielos, en donde reinan el Amor, la Paz y la Alegría de Dios Uno y Trino.

“Estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada”. Dichoso aquel que, en la hora de la muerte, está vigilante, tiene la túnica ceñida y la lámpara encendida, es decir, dichoso aquel que, a la hora menos pensada, en la que el Hijo del hombre viene a buscarlo, está en estado de gracia santificante y sus manos rebozan de obras de misericordia, porque será el mismo Hijo de Dios en Persona quien lo hará entrar en la Morada Santa, para que se alegre y goce en la contemplación de la Santísima Trinidad por los siglos sin fin.

“Estén preparados, ceñidas las vestiduras y con las lámparas encendidas”


“Estén preparados, ceñidas las vestiduras y con las lámparas encendidas” (Lc 12, 35-38). Jesús utiliza la imagen de un hombre que regresa de improviso de una fiesta de bodas, a quien sus servidores lo esperan, “vigilantes, atentos, y con las vestiduras ceñidas, las lámparas encendidas”, para graficar cómo debe ser el estado de nuestra alma, esperando su Venida. En la figura utilizada por Jesús, cada elemento tiene un significado sobrenatural: el dueño de casa que regresa de una boda es Él, que viene de improviso, ya sea el día de nuestra propia muerte –nadie sabe cuándo ha de morir-, o bien el Día de su Segunda Venida en la gloria, la Parusía –nadie sabe “ni el día ni la hora”-; los sirvientes, que deben estar vigilantes, atentos, con sus vestiduras de servicio ceñidas –es decir, deben estar en actitud de servicio- y con las lámparas encendidas –la luz de la lámpara significa la gracia santificante, que ilumina el entendimiento con la luz divina, así como la llama de la lámpara ilumina la oscuridad-, son los cristianos, los bautizados en la Iglesia Católica, que al momento de ser llamados a presentarse a recibir el Juicio Particular el día de su muerte, deben poseer estos elementos: estar vigilantes, es decir, atentos para vivir en gracia y no caer en pecado, lo cual es lo opuesto al estado de pereza, de quien no quiere luchar para no evitar las “ocasiones próximas de pecado”; deben estar vestidos con la túnica de servicio, o sea, deben, según su estado de vida, obrar las obras de misericordia, corporales y espirituales, puesto que la túnica de servicio indica actividad en la Iglesia; y por último, deben poseer sus lámparas encendidas, es decir, deben estar en estado de gracia santificante, porque la lámpara simboliza a la naturaleza humana, que es oscura y opaca sin la luz de la gracia, y la luz de la lámpara encendida, es la humanidad en gracia, que es iluminada por la luz divina, al ser hecha partícipe de la naturaleza divina.

“Estén preparados, ceñidas las vestiduras y con las lámparas encendidas”. Jesús nos pide luchar contra las tentaciones, evitar las ocasiones de pecados, obrar la misericordia y vivir en gracia; sólo así seremos los siervos buenos, a los que el mismo Señor recompensará, sirviéndolos Él a la mesa, invitándonos, el día de nuestra muerte, a pasar a gozar del banquete que dura para siempre, el Banquete del Reino de los cielos, en donde se sirven manjares exquisitos: Carne de Cordero de Dios, asada en el Fuego del Espíritu Santo; Pan de Vida eterna, que da la vida divina de Dios Uno y Trino, y Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Sangre del Cordero de Dios, la Eucaristía. Ése es el premio para los siervos que están atentos, con las vestiduras ceñidas y con las lámparas encendidas, esperando el regreso de su Señor.

viernes, 17 de octubre de 2014

“Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”


(Domingo XXIX  - TO - Ciclo A – 2014)
         “Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22, 15-21). Los fariseos, acompañados por los herodianos -secta política y no religiosa y partidarios de la dinastía de Herodes el Grande-, tratan de tender una trampa a Jesús, preguntándole acerca del tributo –con esta palabra, se abarcan todos los impuestos: capitación, contribución territorial, etc.- debido al César. La cuestión era importante para los hebreos, puesto que se encontraban bajo el dominio militar y político de Roma, una potencia extranjera, y la cuestión de los impuestos a pagar era algo delicado, ya que si estos suben, la población ve aumentada su esclavitud bajo la potencia extranjera, porque tiene que trabajar más para pagar el tributo exigido por los ocupantes. Sin embargo, los fariseos y herodianos, a pesar de ser ellos hebreos y por lo tanto encontrarse, al igual que el resto del Pueblo Elegido, bajo el dominio de Roma, querían que el status quo se mantuviera[1], ya que eran conniventes con la ocupación y sumisos a Roma, porque esto les aseguraba la conservación de sus privilegios. Es por esto que, contrariamente a lo que pudiera parecer, los fariseos y herodianos que hacen la pregunta a Jesús con respecto al tributo, estaban unidos en sus intentos por sofocar todo intento de rebelión contra Roma.
         La pregunta acerca de si hay que pagar o no el tributo al César, es hecha con mala fe, porque tanto fariseos como herodianos pagaban el tributo, pero sobre todo, porque es hecha con la perversa intención de acusar a Jesús y denunciarlo, ya sea ante el emperador o ante el pueblo, sea cual sea la respuesta que Jesús dé, y le plantea por lo tanto a Jesús una difícil encrucijada[2]. Si Jesús contesta que no hay que pagar, entonces lo denunciarán ante los romanos por desobediencia al emperador. Si por el contrario, aconseja pagar el tributo, su autoridad como Mesías quedaría disminuida ante el pueblo, que identificaba al mesianismo con la independencia del yugo extranjero. Le dirían al pueblo: "Miren, el Mesías que venía a liberarlos del yugo de Roma, aconseja pagar los impuestos del emperador. ¿Qué clase de Mesías es éste?". Es porque los fariseos y herodianos concebían al Mesías como un liberador exclusivamente político y terreno, que venía a liberar al Pueblo Elegido de la esclavitud temporal que los enemigos humanos infligían a Israel. No tenían, en absoluto, la concepción de un Mesías espiritual. Jesús, conociendo la falsedad de la pregunta, podría haberse negado a contestarla, pero no lo hace.
         Jesús procede de la misma manera a como lo ha hecho en otras oportunidades sus enemigos, cuando también querían tenderle trampas por medio de sofismas o de preguntas mal intencionadas: responde a la pregunta con otra pregunta, y lo hace de tal manera, que en la misma respuesta de sus adversarios, ellos mismos encontrarán su propia ruina. Los fariseos y herodianos le muestran una moneda de plata, con la que se solía pagar las contribuciones. Probablemente, por la época, se trataría de una moneda de Tiberio (14-37 d. C.), con la cabeza laureada de este emperador en el anverso y con la inscripción: “Ti (berius) Caesar Divi Aug (usti) F (ilius) Augustus”. La moneda, como se ve claramente por las leyendas acuñadas, proviene del César, es decir, del emperador romano, y es natural que deba serle devuelta. Esta es la lógica divina de Jesucristo: "¿De quién es la moneda? ¿Del César? Pues, entonces, den al César lo que es del César". Pero luego agrega algo inesperado, que deja desarmados a sus oponentes: "Den a Dios lo que es de Dios". 
           De esta manera Jesús establece que, por un lado, no hay inconvenientes en realizar intercambios comerciales y en el cumplir con las autoridades civiles: si el dinero es del César, debe retornar al César. Pero establece un principio nuevo, que no estaba presente en la mentalidad de sus oponentes, puesto que concebían al mesianismo que debía liberar a Israel como meramente político y terreno: si al César se le debe dar lo que le corresponde, con mucha mayor razón, también se le debe dar a Dios lo que le corresponde: "Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios". 
          A la par que regula los deberes del cristiano para con Dios y con la Patria, Jesús establece el carácter de su mesianismo, que no es político ni terreno, sino espiritual, puesto que Él es el Mesías que ha de liberar a Israel primero y a toda la humanidad después, no de un sistema político ni de un ejército de ocupación, sino de los verdaderos y mortales enemigos de la humanidad: el Demonio, la Muerte y el Pecado. Al establecer que "a Dios hay que darle lo que es de Él", Jesús establece su mesianismo como puramente espiritual, y no de orden político, puesto que Él derrotará con su sacrificio en la cruz, no a los hombres, sino a los enemigos mortales y espirituales de la humanidad: Satanás, el Mundo y el Pecado.
          En otras palabras, lo que indica Jesús con la respuesta es no solo que las transacciones civiles están en un plano, mientras que los derechos de Dios están en otro, sino que si el César tiene derecho a que se le devuelva lo que le pertenece -el dinero-, con mucha mayor razón, Dios tiene también derecho a que se le devuelva lo que le pertenece, y que Él es un Mesías de orden espiritual y no político. 
          De acuerdo a la respuesta que da Jesús, no existe ningún antagonismo entre los derechos del César y los de Dios, con tal de que las exigencias políticas no obstaculicen los deberes del hombre para con Dios: es decir, el hombre debe cumplir con su Patria -pagar impuestos justos, por ejemplo- y obedecer a sus autoridades, siempre y cuando las autoridades civiles y sus leyes no sean contrarias a la Ley de Dios; en este caso, el cristiano no está obligado, de ninguna manera, a cumplir esas leyes inicuas (como sería el caso, por ejemplo, de las leyes del aborto, eutanasia, divorcio, o cualquier ley que sea contraria a la naturaleza humana).  
          Regresando a la respuesta, los fariseos se sorprenden por la respuesta, que es extremadamente sencilla y que se basa, no en un mesianismo político, como lo entendían ellos, sino en un mesianismo espiritual, el cual posibilita esta tercera alternativa, que consiste no en enfrentar los deberes para con la autoridad civil con los deberes para con Dios, sino en delimitar las esferas de unos y otros deberes[4]. Es decir, Jesús les responde que no se trata de confrontar entre el deber civil –pagar los impuestos- y el deber de Dios, sino que se debe cumplir con la ley humana –siempre y cuando no sea contraria a la Ley de Dios, se entiende- y al mismo tiempo, cumplir con la Ley de Dios.
         Ésta es entonces, la enseñanza central de la parábola. Ahora bien, también estas palabras de Jesús: “Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”, las podemos tomar en un sentido traslaticio y aplicarlas a la vida espiritual y así nos podemos preguntar, desde este punto de vista: ¿quién es el César, espiritualmente hablando? ¿Qué le pertenece al César? ¿Qué le pertenece a Dios?
         El César representa todo lo que es de este mundo y que no será llevado al otro mundo: el hombre viejo con sus pasiones, con su atracción por lo mundano, por lo caduco, por lo corrupto, por lo pasajero; y como pertenece al César, hay que dárselo al César, es decir, al mundo, para que quede sepultado con él, para que cuando regrese Jesucristo en la Parusía, en su Segunda Venida en gloria, sea sepultado para siempre,  bajo el peso omnipotente de la cruz, junto a los otros enemigos del hombre, la muerte y el demonio, para que no resurjan nunca más.
         A Dios le pertenecen, en cambio, el alma, el cuerpo, el ser del hombre, porque Él nos ha creado, nos ha redimido y nos ha santificado; a Dios le pertenece nuestro acto de ser y por lo tanto le pertenecemos todos nosotros con todo lo que somos y tenemos, con nuestro pasado, presente y futuro;  a Dios le pertenece nuestra alma renovada y santificada por la gracia santificante; a Dios le pertenece a Dios nuestra vida, nuestro corazón en gracia, nuestro arrepentimiento, nuestras buenas obras, nuestra fe, nuestro deseo del cielo, nuestras comuniones eucarísticas, nuestras oraciones; a Dios le pertenece todo lo bueno que poseemos y que seamos capaces de decir, hacer y desear; a Dios le pertenece nuestro tiempo y nuestra eternidad también le pertenece, y a Él se la debemos dar, porque hemos sido creados en el tiempo pero para vivir en la eternidad bienaventurada, contemplando a la Santísima Trinidad.
 “Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. Del César son las pasiones; de Dios son los corazones. A Dios le pertenecen nuestros corazones, entonces se los entregamos en esta Santa Misa, dejándolos al pie del altar, para que Jesucristo, cuando presente su ofrenda al Padre, los lleve consigo y los ofrezca junto a su Sacrificio en cruz, para la redención de la humanidad. Pero para no ser rechazados en el don que hagamos a Dios de nuestros corazones, de todo nuestro ser y de todo lo que somos y tenemos -San Luis María Grignon de Montfort dice que si nosotros vamos por nosotros mismos a Jesucristo, con toda seguridad, seremos rechazados; en cambio, si vamos por medio del Inmaculado Corazón de María, seremos, con toda seguridad, aceptados-, este don lo hacemos por medio de la Virgen, consagrándonos a María Santísima, para que sea Ella la Tesorera Celestial que custodie nuestros corazones en su Corazón Inmaculado, para que Jesucristo tome posesión de ellos en el tiempo que nos queda de nuestra vida terrena, y para que luego permanezcan en adoración perpetua ante la Presencia del Cordero de Dios, en el altar del cielo, por los siglos sin fin.





[1] Cfr. B. Orchard et al., Comentarios al Nuevo Testamento, Tomo III, Barcelona 1957, Editorial Herder, 442.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

domingo, 12 de octubre de 2014

“Den como limosna lo que tienen y todo será puro”


“Den como limosna lo que tienen y todo será puro” (Lc 11, 37-41). Jesús va a casa de un fariseo, en donde es invitado a comer. Sin embargo, al sentarse a la mesa, “no se lava las manos antes de comer”, lo que produce la “extrañeza” del fariseo. Jesús lee su pensamiento y lo corrige, porque quien está en falta, no es Él, que no se ha lavado las manos –Él es el Cordero Inmaculado, y no necesita de los ritos de purificación legal inventados por los fariseos-, sino el fariseo y todos los fariseos, porque se preocupan excesivamente por los rituales externos –la gran mayoría inventados por ellos-, que comprenden, entre otras cosas, la purificación de los utensillos y de los elementos para comer, pero sin dar importancia y descuidando absolutamente la esencia de la religión: la misericordia, la bondad, la compasión, para con el prójimo, y la piedad, la devoción y el amor a Dios. Para los fariseos, la religión consistía en la mera observación externa de ritos y preceptos, la mayoría establecidos por ellos y creían que con esto daban culto agradable a Dios. Sin embargo, al mismo tiempo, a esta escrupulosidad en el cumplimiento de detalles externos, le acompañaban, al mismo tiempo, un descuido total de la misericordia y la compasión para con los más necesitados, sin darse cuenta que, al despreciar al prójimo, imagen viviente de Dios, están despreciando a Dios en su imagen y por lo tanto, el culto dado a Dios con sus ritos externos, delante de los ojos de Dios, es sólo hipocresía, maldad, y doblez de corazón y de ninguna manera, es un culto agradable a sus ojos. Por eso es que el Primer Mandamiento de la Ley de Dios es: “Amarás a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo” (Lc 10, 27), es decir, en este Mandamiento, en el que está concentrada toda la Ley Divina, y sin el cual no se puede, de ninguna manera, obtener la salvación, Dios pone prácticamente al mismo nivel el amor hacia Él y el amor hacia el prójimo, porque es verdad lo que dice el Evangelista Juan: “Quien dice que ama a Dios, a quien no ve, pero no ama a su hermano, a quien ve, en su mentiroso” (1 Jn 4, 20) y Dios no está con él. Y si es un mentiroso, ése no está con Dios, pero sí está con el Príncipe de la Mentira, el Demonio, tal como lo llama Jesús (cfr. Jn 8, 44).
Jesús lee el pensamiento del fariseo y para sacarlo de su falso escándalo –se escandaliza porque Él no se lava las manos antes de comer, y Jesús no tiene necesidad de hacerlo porque es el Cordero Inmaculado y Él es el que viene a establecer la Nueva Ley y no está de ninguna manera atado a los preceptos de hombres-, es que le hace ver en dónde radica su error: en la hipocresía farisaica, que precisamente pone el acento en lo externo, pero descuida el amor interior hacia el prójimo y, por lo tanto, también hacia Dios, aun cuando aparenten, por fuera, ser hombres religiosos y piadosos. Para corregirlo, Jesús descube primero el error farisaico: “¡Así son ustedes, los fariseos! Purifican por fuera la copa y el plato, pero por dentro están llenos de voracidad y rapiña”. Y luego los califica de insensatos, es decir, de quienes han perdido la razón: “¡Insensatos!”, y no puede ser de otra manera, porque es un insensato, como alguien que ha perdido la razón, delante de Dios, quien convierte a la religión en un mascarada externa, vacía de su esencia, la misericordia. Sin embargo, inmediatamente después, Jesús da el remedio al fariseo, con el cual puede salir de su auto-engaño, y el remedio es la caridad, manifestada en forma de limosna, según lo que dice la Escritura: “La limosna cubre una multitud de pecados” (1 Pe 4, 8): “Den más bien lo que tienen como limosna y todo quedará puro”. La limosna –sea material, concretada en una ayuda concreta material en dinero, objetos, bienes, a quien más lo necesita-, sea espiritual –manifestada en las obras de misericordia espirituales, como un consejo a quien lo necesita, por ejemplo-, “purifica todo”, como dice Jesús, porque purifica el corazón, el interior del hombre, y eso es lo que ve Dios, pero para que la limosna purifique, debe estar motivada por el amor a Dios  y debe implicar un cierto esfuerzo, porque con eso el hombre está demostrando que quiere amar a Dios, a quien no ve, por medio de actos que implican la movilización de todo su ser, en cuerpo y alma, al servir, de alguna manera, a la imagen invisible de Dios, que es su prójimo, a quien ve. Pero si el hombre no hace limosna y no obra la caridad y la misericordia para con su prójimo, que es la imagen viviente del Dios a quien dice amar en su corazón, entonces demuestra que tampoco quiere amar a Dios, porque si no lo hace con su imagen viviente, tampoco lo hará si lo tiene Presente, delante suyo, no ya en una imagen, como el prójimo, sino si Dios se le presentara en Persona.

“Den como limosna lo que tienen y todo será puro”. Para que no nos engañemos, como los fariseos, pensando que nuestra religión es agradable a Dios, cuando no lo es, sabremos cómo es nuestra relación y nuestro amor hacia Dios, en la medida en que seamos misericordiosos con el prójimo: ésa es la medida de nuestro amor con Dios, nuestra misericordia –corporal o espiritual- para con el prójimo más necesitado. Quien obra la misericordia, “queda purificado” en la rectitud de su amor hacia Dios, y por eso mismo, todo él es “puro”, y así sí, su religión es un acto de culto agradable a los ojos de Dios.

“A esta generación malvada no se le dará otro signo que el de Jonás”


“A esta generación malvada no se le dará otro signo que el de Jonás” (cfr. Lc 11, 29-32). Ante la dureza de corazón y falta de fe y de deseo de conversión a Dios de parte del Pueblo Elegido, aun cuando Él, que es Dios en Persona, se les manifiesta con signos prodigiosos –multiplicación de panes y peces, expulsión de demonios, resurrección de muertos-, Jesús pone como ejemplo de fe y de conversión sincera del corazón a Dios, a dos pueblos paganos, quienes más parecían alejados de Dios, pero que en cuanto el cielo les da un signo para creer –Jonás para los ninivitas y la sabiduría de Salomón para la Reina del sur-, lo toman inmediatamente al signo, como proveniente del cielo y, atraídos por la belleza de lo divino, hacen penitencia y se convierten de su vida pecaminosa, como en el caso de los ninivitas, o bien acuden presurosos allí en donde se encuentra el signo divino, como en el caso de la Reina del Sur –el signo aquí es la Sabiduría divina que se expresa a través de Salomón-. Es decir, cansado de la dureza de corazón del Pueblo Elegido, que no quiere convertirse ni creer, a pesar de tener delante suyo signos que no los tiene ningún pueblo, Jesús da el ejemplo de los ninivitas, que se convierten por la predicación de Jonás, y de la Reina del Sur, que deja su reino “desde los confines de la tierra” para acudir “a escuchar la sabiduría de Salomón”. Entonces, de la misma manera a como Jonás fue un signo para los ninivitas, por cuya predicación ellos se convirtieron, sin necesidad de otros signos, así, de la misma manera, “el Hijo del hombre”, es decir, Él, con su misterio pascual de muerte y resurrección, será un signo para esta “generación malvada”, y no le será dado otro, porque Él “más que Jonás”, puesto que es Dios Hijo encarnado. También la Reina del Sur será un testimonio contra la impenitencia y dureza de corazón de esta “generación malvada”, porque ella acudió desde “los confines de la tierra” para “escuchar la sabiduría de Salomón”, y Jesús es infinitamente más que Salomón, puesto que Él es la Fuente de la sabiduría divina de Salomón, desde el momento en que Él es la Sabiduría Increada en Persona, y por ese mismo motivo, no les será dado otro signo de sabiduría divina que Él mismo.
“A esta generación malvada no se le dará otro signo que el de Jonás”. También en nuestros días se repite la misma incredulidad –falta de fe- y la misma dureza de conversión –falta de deseos de sincera conversión a Dios-, también en nuestros días, una inmensa mayoría de bautizados, buscan “signos” para creer, y si no le son dados esos signos, a su gusto y placer, entonces, ni quieren creer, ni quieren convertirse.

Pero Jesús nos vuelve a repetir: “A esta generación malvada no se le dará otro signo que el mío propio, no el de Jonás, ni tampoco se le dará otro signo que el de la sabiduría de Salomón, porque Yo en la cruz Soy quien predico la conversión del corazón, con mi Vida y con mi Sangre, y Yo en la Cruz Soy la Sabiduría Increada, de modo que quien Me contempla en la cruz, tiene el único signo divino que le será dado a todo hombre para su salvación, sin necesidad de ningún otro. Yo en la cruz Soy el Dios que anunciaba la conversión por boca de Jonás y que condujo a la conversión a los ninivitas, y Yo en la cruz Soy la Sabiduría Divina Increada, que hablaba a través de Salomón y cautivaba la mente y el corazón de la Reina del Sur. Para esta generación malvada, que pide signos para creer y amar, no se le dará otro signo que el Hijo del hombre crucificado; a quien no quiera convertirse por la Cruz y a quien no quiera recibir la Sabiduría Divina de la Cruz, no se le dará otro signo que el de Cristo crucificado, muerto y resucitado”.