viernes, 31 de octubre de 2014

Conmemoración de todos los Fieles Difuntos



“Yo Soy la Resurrección y la Vida. El que cree en Mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en Mí, no morirá jamás” (Jn 11, 17-27). En su diálogo con Marta, una de las hermanas de Lázaro, Jesús se auto-revela como “la Resurrección y la Vida”, lo cual quiere decir que Él es Dios en Persona, puesto que sólo Dios es la Vida Increada en sí mismo y sólo Dios, en cuanto Vida Increada, tiene el poder de vencer a la muerte, que es en lo que consiste la resurrección. En otras palabras, al revelarse como el Dios que es la Vida en sí misma, se revela, al mismo tiempo, como el Dios que vence a la muerte, dando la vida, es decir, como el Dios de la Resurrección: “Yo Soy la Resurrección y la Vida”. Esta auto-revelación de Jesús como Dios de la Vida y de la Resurrección se da en un contexto de muerte y de dolor: las garras de la muerte, que dominan a la humanidad desde el pecado original de Adán y Eva son tan fuertes, que hasta el mismo Hombre-Dios experimenta su dureza, pues acaba de morir su amigo Lázaro, y Él mismo, el Hombre-Dios, se conmoverá frente a la muerte de su amigo, frente al misterio de dolor que significa la muerte. Pero esta revelación de Jesús como Dios de la Vida y de la Resurrección, no se da en forma en casual en el contexto de la muerte de su amigo Lázaro: Jesús podría haber evitado su muerte, porque cuando le avisan que Lázaro está enfermo, Jesús no parte inmediatamente, sino que deja pasar el tiempo, y parte cuando Lázaro ya ha muerto; de hecho, cuando Jesús “llega a Betania”, dice el Evangelio, hacía ya “cuatro días que Lázaro estaba sepultado”, y cuando se acerca a la tumba, sus hermanas le advierten a Jesús que el cuerpo “hiede”, es decir, que está en pleno proceso de descomposición orgánica. Pero el mismo Jesús ya lo había advertido al haber recibido la noticia de la grave enfermedad de Lázaro: “Esta enfermedad servirá para la gloria de Dios”. Y efectivamente, así sucede: al llegar Jesús a Betania, el poder de la muerte no puede ser más patente: Lázaro ya no está más; su cuerpo hiede, su alma se ha desprendido del cuerpo –el hombre es la unidad substancial del alma y del cuerpo, y la muerte consiste en la separación de ambos principios, y esto es lo que ha sucedido en Lázaro-, y todos los circunstantes, incluidas las hermanas, e incluso hasta Él mismo, puesto que “se conmueve hasta las lágrimas” al ver la mortaja, según el Evangelio, parecen abrumados por el peso del dolor que provoca la muerte. Sin embargo, cuando la muerte parece haber triunfado incluso hasta por sobre el mismo Hombre-Dios, es Él, Jesús, quien, confirmando con un milagro portentoso, las palabras que acaba de decir a Marta –“Yo Soy la Resurrección y la Vida”-, resucita a Lázaro, devolviéndolo a la vida, mediante una simple orden de su voz: “Lázaro, levántate y anda”. Inmediatamente, obedeciendo a su Creador, Redentor y Santificador, el alma de Lázaro se une a su cuerpo, el cual recupera la lozanía, la frescura y el estado de salud que tenía antes de morir, produciéndose el milagro ante la vista de todos. Con este grandioso milagro, la resurrección de Lázaro, Jesús confirma, con los hechos, lo que había afirmado y revelado minutos antes: que Él era Dios en Persona y que, en cuanto Dios, era, en sí mismo, la Resurrección y la Vida: “Yo Soy la Resurrección y la Vida”. Así se cumple lo que Jesús había dicho: que la enfermedad de Lázaro habría de servir para “gloria de Dios”, y así sucede, efectivamente, porque todos glorifican a Dios, con mayor alegría y asombro aún, al ver a Lázaro resucitado, que lo que habrían hecho si Lázaro solo hubiera recibido una curación milagrosa de su enfermedad.
Sin embargo, por grandioso que pueda parecer este milagro de la resurrección de Lázaro, es ínfimo, en comparación con la resurrección de los muertos que Él realizará en el Día del Juicio Final, Día en el que, a una simple orden de su Voz, todos los muertos, de todos los tiempos de la humanidad, desde Adán y Eva, hasta el último hombre que haya muerto en el Último Día, resucitarán para ser juzgados por Él, y Él, como Justo Juez, les dará el destino eterno, según sus obras: o el cielo, o el infierno, de acuerdo a lo que enseña el Catecismo de la Iglesia Católica.
“Yo Soy la Resurrección y la Vida. El que cree en Mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en Mí, no morirá jamás”, le dice Jesús a Marta, y luego resucita a su hermano Lázaro, que estaba muerto. Pero Jesús no es un mero espectador de la muerte del hombre: para redimir la naturaleza humana en el cumplimiento de su misterio pascual salvífico, Jesús mismo experimentó la muerte, siendo Él el Dios de la Vida y de la Resurrección, y la experimentó dos veces: una primera vez, en la Agonía del Huerto, en Getsemaní, en donde sufrió la muerte de todos y cada uno de los hombres: en el Huerto de Getsemaní, en las tres horas durante las cuales duró su agonía, Jesús sufrió, una por una, las muertes de todos los hombres, asumiéndolas, de modo individual, una por una, aunque en el Huerto no murió, pero sufrió una agonía que fue como la misma muerte, y fue lo que le hizo sudar Sangre; la segunda vez que sufrió la muerte, fue en la cruz, y ahí sí murió realmente, y tanto en la agonía de muerte del Getsemaní, como en la muerte de cruz del Calvario, Jesús probó el sabor de la muerte, para derrotarla definitivamente, para erradicarla de la humanidad y para donarnos la Vida eterna, la Vida misma de la Trinidad.
Al sufrir la Agonía de muerte en el Huerto, y al sufrir la muerte real y verdadera en la cruz, y al resucitar luego en el sepulcro, el Domingo de Resurrección, es decir, al insuflarle la Vida divina a su Cuerpo muerto en el sepulcro el Domingo de Resurrección, Jesús destruye a la muerte que dominaba a la humanidad, desde el pecado original de Adán y Eva, y pone a disposición de todo hombre y de todos los hombres, esta Vida nueva, insuflada a su Humanidad, pero la condición es que, aquel que quiera recibir esta Vida Nueva, que es la vida de la gracia, quiera recibirlo y quiera creer en Él: sólo así, creyendo en Él –y creer en Él significa convertir el corazón para vivir la vida nueva de la gracia, que excluye radicalmente el pecado-, el hombre tiene la Vida de Dios en él; sólo así, convirtiendo su corazón, porque cree en Jesús en cuanto Hombre-Dios y Redentor, Dueño de la Vida y Señor de la Resurrección, el hombre puede acceder a la Vida eterna, y sólo así, creyendo en Jesús, que está vivo, resucitado y glorioso en la Eucaristía, puede el hombre nuevo, vivificado por la gracia, vivir con esta vida nueva, que es la Vida eterna, la Vida misma de Dios Trinidad.
Esta Vida nueva, la vida de la gracia, sembrada en germen en el corazón del cristiano, es lo que le da la esperanza de una nueva vida, desconocida, más allá de esta vida terrena, la vida en el Reino de Dios, y es por eso que el cristiano, aun cuando muera, sabe que vivirá para siempre, en el Reino de los cielos, y sabe que, aun cuando sus seres queridos hayan ya fallecido, por la Misericordia Divina, espera reencontrarlos en la otra vida, porque ellos también esperaron y creyeron en Cristo Jesús, el Dios de la Vida y de la Resurrección.

“Yo Soy la Resurrección y la Vida. El que cree en Mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en Mí, no morirá jamás”. Porque Jesús es el Dios de la Vida y de la Resurrección, nosotros los cristianos, aun cuando sabemos que hemos de morir algún día, sabemos también, con certeza, que si vivimos y morimos en gracia, por la Misericordia Divina, habremos de resucitar, en cuerpo y alma, para vivir glorificados, contemplando al Dios de la Vida y de la Resurrección, unidos a nuestros seres queridos, que fallecieron en la misma fe, en el Reino de Dios, en donde la muerte ya no existe más, porque allí reina, para siempre, Cristo Jesús, el Dios, de la Paz, de la Alegría, del Amor, de la Resurrección y de la Vida, el mismo Dios que vive, triunfante y glorioso, resucitado, en la Eucaristía.

martes, 28 de octubre de 2014

“¿Está permitido sanar en sábado o no?”


“¿Está permitido sanar en sábado o no?” (Lc 14, 1-6). Un día sábado, mientras Jesús está comiendo en casa de uno de los principales jefes de los fariseos, se presenta un hombre, enfermo de hidropesía. El ambiente se pone tenso, porque los fariseos, que eran observadores escrupulosos de la Ley mosaica, sabían que Jesús haría el intento de curar al hombre enfermo de hidropesía. Si lo hacía, eso constituiría una grave violación a las prescripciones de la ley, que prohibía todo tipo de trabajos manuales, y la curación era considerada un trabajo manual.
El caso es muy similar al presentado en Lucas 13, 10-17, solo que esa ocasión, a la enfermedad de la mujer, que se encontraba encorvada, se le agregaba la posesión diabólica, que era la que le producía la enfermedad. En ambas oportunidades, las situaciones son prácticamente idénticas: son dos enfermos que necesitan curaciones –a la mujer se le agrega la posesión diabólica como causa próxima de la enfermedad-; los fariseos son testigos directos de los hechos, con intenciones acusadoras; el día en el que se desarrollan los hechos, es el día sábado, día en el que está prohibido el trabajo manual, es decir, la curación; la presunta falta legal cometida por Jesús, en ambos casos, es, precisamente, la curación, por realizarla en día sábado, porque al curar a los enfermos, está haciendo un trabajo manual.
Y al igual que como sucedió con la mujer posesa, Jesús curará también al hombre enfermo de hidropesía, sin hacer caso de los falsos escrúpulos legales de los fariseos, quienes se indignan cínica e hipócritamente porque Jesús cura a los enfermos en sábado, quebrantando la Ley, que prohibía los trabajos manuales. El argumento utilizado por Jesús, en ambos casos, es la superioridad del Amor Divino, encarnado y donado por Él, sobre la prescripción humana, que permite excepciones, cuando se trata del bien de la persona. Pero todavía más, la acción misericordiosa de Jesús, deja al descubierto la falsedad intrínseca de la religiosidad de los fariseos, que aparentando ser hombres de religión, porque estaban en el templo todo el día, estudiaban las Escrituras, vestían hábitos religiosos y a los ojos de los hombres pasaban por hombres de piedad e incluso santos, sin embargo son, a los ojos de Dios, cínicos e hipócritas, porque se oponen a la Misericordia Divina, encarnada y materializada en Jesús, que quiere liberar del peso de la enfermedad y de la opresión del Demonio a sus prójimos, con lo cual demuestran que la religión que profesan es radicalmente falsa y mentirosa, porque al no amar al prójimo, al cual ven, no aman a Dios, a quien no ven (cfr. 1 Jn 4, 20), porque el prójimo es la imagen viviente de Dios, y por eso merecen el duro reproche de Jesús, quien los llama por su nombre: “¡Hipócritas!”.

 “¿Está permitido sanar en sábado o no?”. El fariseísmo es el cáncer de la religión y su peor y principal enemigo, y nosotros, los cristianos, no estamos exentos de él; por el contrario, estamos expuestos a él y, si no vigilamos constantemente, nuestros corazones pueden verse prontamente invadidos y contaminados por este cáncer que, al igual que sucede con un tumor maligno en el cuerpo, que cuando crece sin control termina por dar la muerte al cuerpo en el que se aloja, así también el fariseísmo aniquila toda caridad y todo amor en el corazón, convirtiéndolo en una cáscara hueca, dura y fría, insensible al pedido de auxilio del prójimo más necesitado e indiferente al amor de Dios. El fariseo, por lo tanto, aun cuando por fuera parezca un hombre de religión –sea sacerdote o laico comprometido-, es sin embargo incapaz de vivir el Primer Mandamiento, porque ni ama a Dios, ni ama al prójimo, porque solo se ama egoístamente a sí mismo. El remedio para este cáncer de la religión, que es el fariseísmo, cáncer que endurece al corazón porque lo vacío del amor de Dios, es precisamente llenar del Amor de Dios al corazón, y esto se da por medio de la comunión eucarística, porque allí el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús nos dona la totalidad del Amor Divino que lo inhabita en forma de Lenguas de Fuego, que quieren abrasar e incendiar en las sus llamas al corazón que lo reciba con fe y con amor. 

domingo, 26 de octubre de 2014

“A ustedes la casa les quedará desierta”


“A ustedes la casa les quedará desierta” (Lc 13, 31-35). Le advierten a Jesús de que su vida corre peligro, porque Herodes quiere matarlo, pero Jesús, aun sabiendo que correrá la misma suerte de los profetas, que también fueron asesinados a causa de la Palabra de Dios, no por eso dejará de cumplir su misión. Por otra parte, no es que Jesús se anoticie recién en este momento, cuando los fariseos le traen la novedad de que Herodes quiere terminar con su vida: Jesús sabe, desde toda la eternidad, que ha de morir en la cruz para redimir a la humanidad. De esta manera, Él se convierte, al precio de su Sangre derramada en el Calvario, en el primer Bienaventurado, porque en su Persona divina se concentra la persecución diabólica que, utilizando instrumentos humanos, busca exterminar la presencia de Dios y de sus emisarios en la tierra: “Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan, y digan todo género de mal contra vosotros falsamente, por causa de mí” (Mt 5, 12). El hecho de que sea Herodes quien quiera asesinarlo, no significa que se trate de un episodio político o socio-político; en otras palabras, Herodes no busca asesinar a Jesús porque vea en Jesús a un posible rival para su reyecía; ni siquiera la instigación de los fariseos es la causa final del deseo de ver morir a Jesús, porque los fariseos no quieren matar a Jesús por un mero apasionamiento humano: detrás de los deseos homicidas de Herodes y de los fariseos, se encuentra la siniestra persona angélica del Príncipe de las tinieblas, que es quien en realidad, desencadenará el inhumano y crudelísimo ataque sobre Jesús, buscando destruirlo y aplastarlo. El Demonio, que sabía que Jesús era Dios[1], buscaba destruir a Jesús, porque en su odio satánico buscaba lo imposible: destruir a Dios en Jesús; pensaba que si destruía a Jesús, destruía a Dios, y por eso empleó todas sus fuerzas demoníacas y utilizó toda su astucia satánica para tentar a los hombres e inducirlos a cometer toda clase de perversidades, con tal de lograr su imposible objetivo: vencer a Jesús, que era Dios.
“A ustedes la casa les quedará desierta”. Jesús sabe que ha de morir, porque ése es el plan trazado por el Padre desde la eternidad, para la salvación de la humanidad. Dentro de este plan salvífico, está comprendida su muerte en cruz, que será una muerte redentora, porque salvará a muchos, al mismo tiempo que servirá de castigo para los ángeles rebeldes, quienes recibirán su paga por su perfidia diabólica. Asimismo les advierte, a los hombres perversos que se unan a los ángeles caídos, que “la casa les quedará desierta”, es decir, el alma les será privada para siempre de la gracia santificante y por lo tanto de la inhabitación trinitaria. Les está anticipando así, que sufrirán el mismo destino de los ángeles rebeldes, la eterna condenación. “A ustedes la casa les quedará desierta”: la casa es el alma, y el hecho de que quede “desierta”, significa que queda el alma privada de la gracia de Dios y por lo tanto sin la presencia de las Tres Divinas Personas, como pago por su alianza con el Ángel caído, y esto es lo que le sucedió a Judas Iscariote.
“A ustedes la casa les quedará desierta”. Todo cristiano es libre de elegir, entre seguir a Cristo Jesús y sufrir lo que Él sufrió, la persecución por causa del Reino de Dios, o aliarse al Príncipe de las tinieblas y gozar de paz en este mundo, al precio de ver su “casa desierta”, sufriendo el mismo destino de Judas Iscariote. No hay posiciones intermedias, y lo que cada uno elija, eso se le dará (cfr. Eclo 18, 17). Que la Madre de Dios nos conceda elegir siempre el Camino Real de la Cruz, el ser perseguidos por causa de su Hijo Jesús, de manera tal que nunca jamás, ni nosotros, ni nuestros seres queridos, escuchemos de los labios del Justo Juez, la terrible sentencia: “A ustedes la casa les quedará desierta”.



[1] Cfr. J. A. Fortea, Summa Demoniaca: Tratado de Demonología y Manual de Exorcistas, 33.

“Traten de entrar por la puerta estrecha”


“Traten de entrar por la puerta estrecha” (Lc 13, 22-30). Ante la pregunta de “si son muchos los que se salvan”, Jesús responde de modo negativo, pero no responde directamente, sino que lo hace elípticamente, mediante una figura, la figura de una “puerta estrecha” y la de un dueño de una casa en donde se celebra una fiesta, en la que el dueño de casa, repentinamente, sin que nadie se lo espere, cierra la puerta, dejando fuera a “muchos”, que esperaban entrar: “traten de entrar por la puerta estrecha (…) porque muchos querrán entrar y no lo conseguirán”. La figura utilizada por Jesús se entiende si se comprende que el dueño de casa es Él, la casa es el Reino de los cielos, los invitados -algunos de los cuales quedan afuera-, son los bautizados en la Iglesia Católica, y el tiempo o la hora en la que el dueño de casa cierra la puerta, es su Segunda Venida en la gloria.
Entonces, claramente, a la pregunta de si son “muchos” los que se salvarán, Jesús responde negativamente, contestando implícitamente que “no son muchos” los que se salvarán, porque “muchos”, dice Jesús, “querrán entrar”, y “no lo conseguirán”. El elemento llamativo en su respuesta es que, en esta multitud que “no conseguirá” el paso al Reino de los cielos -es decir, aquellos que “no lograrán entrar”-, se encuentran cristianos, o sea, seguidores de Cristo, personas bautizadas, que conocían la doctrina, que conocían a Jesús y que incluso compartieron con Él momentos de camaradería y amistad humanos, como lo son los almuerzos o las cenas.
En efecto, esto se deduce del hecho de que los que no consigan entrar se dirigirán a Jesús con familiaridad, diciéndole: “Hemos comido y bebido contigo”, pero Jesús, sorpresivamente, a pesar de haber compartido efectivamente con ellos almuerzos y cenas –no se trata, obviamente, de almuerzos y cenas literales, sino del Banquete escatológico, la Santa Misa, en donde se sirve la Cena Pascual, la Carne del Cordero de Dios, el Pan de Vida eterna, y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Eucaristía-, los desconocerá en ese momento diciéndoles: “No sé de dónde son ustedes”, y el motivo será que esos cristianos no poseen en ellos aquello que los identifica como cristianos; no poseen el sello del Dios viviente, la gracia santificante; no poseen la marca del Cordero y por lo tanto, son irreconocibles ante Dios, porque poseen, en cambio, la marca de la Bestia, y es así que, en vez de haber obrado el bien y la misericordia, han obrado el mal y la iniquidad y han sido encontrados, en sus respectivos juicios particulares, faltos de obras buenas y en consecuencia se ha decretado para ellos que sean arrojados al único lugar posible, el lugar en donde no hay redención, el lugar en donde hay “llanto y rechinar de dientes”, el lugar donde no hay Amor ni Misericordia Divina, sino solo Ira y Justicia Divinas, para toda la eternidad. Esto quiere decir que, tanto los que asistimos a Misa, como los que celebramos la Misa, si no nos esforzamos por vivir y por crecer en la santidad, es decir, en el amor a Dios y en la compasión al prójimo -en esto consiste la santidad-, no entraremos en el Reino de los cielos; por lo tanto, este Evangelio es un llamado a crecer en el amor a Dios en la misericordia al prójimo.          
“Traten de entrar por la puerta estrecha”. Por último, ¿cuál es la “puerta estrecha”, por la cual hay que entrar al Reino de los cielos, puerta que es evidentemente difícil de atravesar, puesto que son pocos los que se salvan? La “puerta estrecha” que hay que atravesar para llegar al Reino de los cielos, es la cruz de Cristo. No hay otro modo de llegar al cielo, que no sea la cruz de Cristo.

viernes, 24 de octubre de 2014

“Amarás al Señor, tu Dios, y a tu prójimo, como a ti mismo”


(Domingo XXX - TO - Ciclo A – 2014)
         “Amarás al Señor, tu Dios, y a tu prójimo, como a ti mismo” (Mt 22 34-40). Un fariseo, para poner a prueba a Jesús, le pregunta cuál es el mandamiento más importante, y Jesús le contesta con un mandamiento que en realidad contiene a dos en uno solo: amar a Dios “con todo el corazón, con toda el alma y con todo el espíritu”, y también “amar al prójimo como a uno mismo”. Jesús finaliza su enseñanza diciendo que de este mandamiento “dependen toda la ley y los profetas”, es decir, en este mandamiento, en el amor a Dios y al prójimo, está contenida toda la ley de Dios, necesaria para alcanzar la vida eterna.
         Ahora bien, con respecto a este mandamiento, cabe hacer algunas preguntas. Una de ellas es la siguiente: si los judíos ya conocían este mandamiento, porque ya sabían que había que amar a Dios y al prójimo, según lo establecía el Deuteronomio: “Shemá, Israel, escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es Uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas[1]”; entonces, ¿cuál es la novedad de Jesús? En otras palabras, si los judíos ya sabían que había que amar a Dios y también al prójimo, ¿qué diferencia hay entre el mandamiento de Jesús y el mandamiento que ellos ya conocían? Porque muchos pueden decir que si el mandamiento más importante de la Ley Nueva de Jesús es amar a Dios y al prójimo y que los hebreos ya conocían este mandamiento, entonces Jesús no aporta nada nuevo a la Ley del Antiguo Testamento. A esto hay que responder que hay una diferencia substancial entre el mandamiento de Jesús y el de los hebreos y es tan substancial, que puede decirse que se parecen sólo en la formulación extrínseca, y son tan diferentes, que el mandamiento de Jesús es, como lo dice Jesús en la Última Cena, verdaderamente nuevo: “Os doy un mandamiento nuevo” (Jn 13, 34).
         ¿En qué consiste la novedad del mandamiento nuevo de Jesús?
La novedad del mandamiento nuevo de Jesús, la que lo hace substancialmente diferente al mandamiento de la Antigua Alianza, radica en la cualidad del amor con el que Jesús nos ama y nos manda amar para cumplir el mandamiento: “Os doy un mandamiento nuevo: amaos los unos a los otros, como Yo os he amado”. En esto radica la novedad del mandamiento del Amor de Jesús: en que el Amor con el que se debe vivir el Mandamiento Primero, el amor a Dios y al prójimo, no es un amor meramente humano, sino el Amor Divino, que es el Amor con el que Él nos amó desde la cruz. Jesús lo dice en la Última Cena: “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado”. 
Aquí está la novedad radical del mandamiento de Jesús, que lo diferencia substancialmente del mandamiento de la Antigua Alianza, aun cuando en la formulación sean parecidos: en la Antigua Alianza, se debía amar a Dios y al prójimo con las fuerzas humanas, como lo establecía el Deuteronomio: “Amarás al Señor tu Dios “con todas tus fuerzas, con todo el corazón, con toda el alma y con todo el espíritu”; ahora, son las fuerzas humanas, sí, pero elevadas y potenciadas no al infinito sino elevadas cualitativamente a una capacidad de amor que supera infinitamente a la capacidad de amor de los ángeles, porque es la capacidad de amar de Dios Uno y Trino mismo. Por este motivo, el mandato de Jesús es substancialmente diferente al mandato de la Antigua Alianza. 
En la Antigua Alianza, el mandamiento debía ser cumplido con las solas fuerzas humanas: “con todo el corazón, con toda el alma, con todo el espíritu”, pero las fuerzas humanas son débiles y de muy corto alcance, y por mucho que se esfuerce el hombre por cumplir este mandato, al pretender cumplirlo con sus solas fuerzas humanas, será siempre limitado e imperfecto. Por el contrario, en la Nueva Alianza, Jesús nos da un mandamiento “verdaderamente nuevo”, porque el principio con el cual debemos vivir ese mandamiento, es verdaderamente nuevo, y ese principio, es el Amor Divino: “Os doy un mandamiento nuevo: amaos los unos a los otros, como Yo os he amado”. Y eso quiere decir: "Amaos los unos a los otros con el amor con el que Yo os he amado". Jesús nos manda amarnos los unos a los otros, como Él nos ha amado, y Él nos ha amado con el Amor de Dios, el Espíritu Santo, que procede del Padre y de Él, que es el Hijo, y además nos ha amado hasta el extremo de dar la vida en la cruz, hasta la muerte de cruz. Por lo tanto, el amor con el cual debemos vivir el mandamiento nuevo de la caridad, es el Amor del Espíritu Santo; no es ya el solo amor humano, como en el Antiguo Testamento, y no es hasta el límite finito del amor humano, sino hasta los ilimitados confines del Amor divino del Hombre-Dios, y no debemos amar desde la comodidad de la mera existencia humana, sino que debemos amar desde la cruz, porque Jesús nos dice: “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado”, y Él nos ha amado hasta la cruz, hasta la muerte de cruz, con todo lo que esto significa, y por este motivo, el mandamiento de Jesús es radical y substancialmente nuevo, porque el Amor con el cual debemos vivir el Primer Mandamiento, el que manda amar a Dios y al prójimo, como a uno mismo, es el Amor de Dios y es un Amor de cruz, lo cual no existía en el Antiguo Testamento, sino que es propio y exclusivo del Nuevo Testamento.
La otra pregunta es con respecto al concepto de prójimo: ¿qué entendían los hebreos con la palabra “prójimo”? Para los hebreos, el “prójimo”, era el que pertenecía al Pueblo Elegido (cfr. X. León-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, 730-731); en cambio, para el cristiano, el “prójimo” es todo ser humano, sin importar su raza, su condición social, su edad, su color de piel. Todavía más, el cristiano debe incluir en la categoría de “prójimo” a aquel hermano suyo con el cual, por motivos circunstanciales, está enemistado, es decir, aquel que es su enemigo, porque Jesús así lo manda: “Ama a tus enemigos” (Mt 5, 44), “Bendice al que te maldice” (Lc 6, 28), porque Él nos amó, nos perdonó, nos bendijo desde la cruz y todavía más, dio su Sangre y su Vida por nosotros, siendo nosotros sus enemigos, por lo cual no tenemos excusas para no hacer lo mismo con nuestros enemigos. El amor al prójimo que es enemigo no lo entienden quienes reducen el cristianismo a los estrechos límites de la razón humana, como por ejemplo, Sigmund Freud, el creador del psicoanálisis, quien sostenía que Jesús no podía mandar algo imposible, como era precisamente, el amor a los enemigos. En cierto sentido, tenía razón, porque humanamente, es imposible amar al enemigo, pero Jesús no manda algo imposible, porque si manda amar a los enemigos, es porque nos da aquello con lo cual podemos amarlos, y es el Amor de su Sagrado Corazón, el Amor de Dios, el Espíritu Santo, que no es un mero amor humano, sino Amor Divino.
“Amarás al Señor, tu Dios, y a tu prójimo, como a ti mismo”. El mandamiento nuevo de la caridad está formulado de manera tal que sea imposible el auto-engaño por parte del hombre, porque puede suceder, y sucede con mucha frecuencia, que creemos que amamos a Dios y que Dios está contento y satisfecho con nosotros –e incluso hasta creemos que Dios nos debe hasta pleitesía, de tan contento que está con nosotros-, porque hacemos unas pocas oraciones mal hechas, porque cumplimos a duras penas y con pereza el precepto dominical, porque damos, de vez en cuando, de lo que nos sobra –lo cual no es caridad, y ni siquiera justicia-, porque por fuera aparentamos ser personas piadosas y buenas, porque nuestra conciencia no nos reprocha nada malo, porque no hemos matado a nadie, ni hemos robado ningún banco. Sin embargo, lo que sucede, es que nuestra conciencia está adormecida y endurecida, y se vuelto fría como una roca, y en realidad, somos despreciables a los ojos de Dios, porque mientras cumplimos de forma mediocre y con tibieza los deberes para con Él, somos despiadados para con nuestro prójimo, al no socorrerlo en sus necesidades, al no preguntarle si tiene necesidad de algo, o si, sabiendo que tiene necesidad de algo, miramos para otro lado; nos volvemos despreciables a los ojos de Dios, y nuestras oraciones no llegan hasta sus oídos, cuando cerramos nuestras manos egoístamente, para no dar nada a nuestros hermanos que sufren, o cuando las cerramos en puño y la levantamos para descargarlas en forma de golpes contra nuestros hermanos, o cuando soltamos la lengua que sale como chasquido de látigo para golpear, con la calumnia y la difamación, el buen nombre y la honra de nuestros hermanos. Precisamente, para que no nos engañemos en nuestro amor a Dios, es que el Primer Mandamiento está formulado de manera tal que un mismo amor deba alcanzar dos objetivos o, lo que es lo mismo, que el amor con el que debemos amar a Dios, deba pasar primero por el filtro del amor al prójimo. De esta manera, se cumple a la perfección lo que dice el Apóstol San Juan: “Quien dice que ama a Dios, a quien no ve, y no ama a su prójimo, a quien ve, es un mentiroso” (1 Jn 4, 20). Así, quien quiera amar a Dios verdaderamente, deberá pasar su amor por el tamiz purificador del amor al prójimo, porque el prójimo es la imagen viviente de Dios: si no se es capaz de amar a la imagen viviente de Dios, entonces tampoco se es capaz de amar a Dios en Persona. Pero además, hay otro motivo más profundo para amar al prójimo, y es la Presencia Personal, invisible, misteriosa, pero no menos real, de Nuestro Señor Jesucristo, en nuestro prójimo, sobre todo en el más necesitado, según sus propias palabras, las palabras que Él dirá a los que se salven: “Tuve hambre, y me disteis de comer (…) Tuve sed, y me disteis de beber..”, pero también a los que se condenen: “Tuve hambre, y no me disteis de comer.. (…) Tuve sed, y no me disteis de beber…” (cfr. Mt 25, 35-45), lo cual está indicando que Él se encuentra verdadera y realmente Presente, de modo invisible, en el prójimo, sobre todo en el que sufre, y esto quiere decir que todo lo que hagamos a nuestro prójimo, en el bien como en el mal, se lo hacemos a Jesús, y Él nos lo devuelve, en el bien y en el mal, multiplicados al infinito, y para toda la eternidad.
Por último, ¿dónde conseguir este Amor, para poder vivir de modo radical el Primer Mandamiento?
En la Santa Misa, porque allí el Hombre-Dios Jesucristo actualiza el Santo Sacrificio de la Cruz, entregándose a sí mismo en la Eucaristía, donando la totalidad del Amor Divino del Ser trinitario de Dios en cada Eucaristía. En la Misa, Jesús hace lo mismo que hace en la cruz: derrama su Sangre en el cáliz y entrega su Cuerpo en la Eucaristía y en ambos, entrega su Amor, que es el Amor del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo, el Amor de Dios, que enciende al alma en el Fuego del Amor Divino. “Amarás al Señor, tu Dios, y a tu prójimo, como a ti mismo”. Quien desee cumplir el mandamiento de la Ley Nueva de la caridad, el mandamiento que exige amar al prójimo con un amor de cruz, con un amor que exige amar incluso al enemigo; un mandamiento que exige amar al prójimo con un amor sobrenatural, celestial, que acuda a la Santa Misa, a alimentarse de la Fuente inagotable del Amor Divino, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.




[1] Dt 6, 2-6.

miércoles, 22 de octubre de 2014

“Saben si llueve o si hace calor, pero no saben discernir los signos de los tiempos”


“Saben si llueve o si hace calor, pero no saben discernir los signos de los tiempos” (cfr. Lc 12, 54-59). Jesús les reprocha que saben interpretar el tiempo meteorológico, porque saben cuándo va a llover y cuándo va a “hacer calor”, pero no “saben interpretar el tiempo presente”, es decir, “el signo de los tiempos”, y esto constituye una falta deliberada, porque los signos de los tiempos pueden ser leídos por quienes quieran leerlos, puesto que son inteligibles para todo hombre y mucho más para nosotros, que estamos en la Iglesia Católica y que por lo tanto, poseemos la asistencia del Espíritu Santo. Si Jesús lo dice, es porque tenemos esa capacidad y poseemos además esta asistencia del Espíritu, y si no sabemos cuáles son, es porque no la ponemos en práctica y porque no pedimos la asistencia del Espíritu para conocer los signos de los tiempos. Desde el momento en que sabemos cuándo va a llover y cuándo va a hacer calor, debemos saber entonces cuáles son los “signos de los tiempos”.
¿Cuáles son estos signos de los tiempos, que debemos leer y discernir con nuestra razón y con la ayuda del Espíritu Santo?
Son signos de los tiempos, por un lado, las manifestaciones de la oscuridad, y las principales, son las de la Nueva Era: en nuestros días, proliferan, como nunca antes en toda la historia de la humanidad, la brujería, el satanismo, el gnosticismo, el ocultismo, el esoterismo, la religión wicca -que es brujería moderna-, el tarot, el culto a los extraterrestres –que es culto a los demonios-, la superstición desenfrenada y a cara descubierta –el Gauchito Gil, San La Muerte, la Difunta Correa-, y toda clase de religiones paganas y neo-paganas que manifiestan, de modo inocultable, que las fuerzas del Infierno se han desencadenado sobre la tierra y que buscan seducir a un gran número de almas, para perderlas por medio de la superstición, de la ignorancia, del error y de la herejía. Pero ante el gnosticismo, la superstición y la falsedad intrínseca de la Nueva Era, está la Palabra de Dios, que nos dice: “Las puertas del Infierno no prevalecerán contra mi Iglesia” (Mt 16, 18).
Son signos de los tiempos, por otro lado, las manifestaciones de la luz y la principal de todas, las de la Iglesia Católica, a través de sus sacramentos, sobre todo, la Eucaristía y el Sacramento de la Confesión: ambos sacramentos nos hablan de la Presencia del Emmanuel, de “Dios entre nosotros”. Los sacramentos –principalmente, la Eucaristía y la Confesión sacramental-, no son “cosas”, sino “eventos de salvación”, que actualizan y hacen presentes al Hombre-Dios Jesucristo con su misterio pascual salvífico y redentor; los sacramentos son acciones de la Iglesia por medio de las cuales ingresa, en nuestro tiempo humano y terreno, la eternidad salvífica de Jesucristo, el Cordero de Dios, quien derrama por medio de ellos su Sangre sobre las almas, lavándolas del pecado y purificándolas con su gracia y concediéndoles la gracia santificante, injertando en ellas la semilla de la vida eterna, concediéndoles la vida nueva de los hijos de Dios, la vida de la gracia, y preparándolas para la vida eterna, la vida en el Reino de los cielos. La Iglesia Católica y sus sacramentos, en este sentido, es el Gran Signo de los tiempos, y su presencia activa, nos está hablando acerca de la caducidad de esta vida terrena y de la proximidad inminente de la vida eterna en el Reino de Dios, vida beata y feliz para la cual nos prepara con los sacramentos, y éste es el signo de los tiempos por excelencia.

“Saben si llueve o si hace calor, pero no saben discernir los signos de los tiempos”. El “signo de los tiempos” más preclaro es la Iglesia Católica con sus sacramentos, puesto que nos habla de la vida eterna que nos espera, y es para esa vida eterna para la cual nos debemos preparar, a cada instante, en cada segundo de vida de esta vida terrena que nos queda por vivir. Ésa es la lectura y el discernimiento que debemos hacer del “signo de los tiempos”: vivir cada segundo de la vida terrena que nos queda, en la gracia de Dios, por medio de los sacramentos de la Santa Iglesia Católica –principalmente, Eucaristía y Confesión sacramental-, preparándonos para la vida eterna en el Reino de los cielos.

domingo, 19 de octubre de 2014

“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!”


“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12, 49-53). Jesús no está hablando, obviamente, del fuego material, sino de un fuego espiritual, y es el Fuego del Espíritu Santo, el Fuego del Amor de Dios, el Fuego de “Dios, que es Amor” (cfr. 1 Jn 4, 8).
“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!”. ¿Qué es este “fuego espiritual” que ha venido a traer Jesús, y que Él desea “que ya esté ardiendo”? El fuego es la Eucaristía, porque los Padres de la Iglesia llamaban a la Eucaristía “ántrax” o “carbón ardiente”, porque en Cristo su Humanidad Santísima es como el carbón, mientras que el Fuego que lo vuelve incandescente, es el Espíritu Santo, y esto sucede desde el primer instante de la Encarnación. Jesús en la Eucaristía es el Carbón Incandescente, que arde con las Llamas del Amor Divino y que quiere encender en este Amor Divino a todo aquel que lo reciba con un corazón contrito y humillado y con fe y con amor.
“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!”. Jesús ha venido a traer fuego sobre la tierra, y este fuego es el Fuego del Amor de Dios, el Fuego que inhabita en su Sagrado Corazón Eucarístico, y que se comunica por contacto al alma que libremente y con amor desea ser abrasada por este Fuego celestial. Que nuestros corazones, entonces, no sean como la roca, fríos, duros, insensibles al Amor de Dios que quiere encendernos en su Ardor; que nuestros corazones sean como la hierba seca, o como el leño seco, para que apenas entren en contacto con el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, envuelto en las Llamas del Amor Divino, ardan al instante y se consuman en el ardor del Amor de Dios.
Jesús dice también algo que sorprende: que no ha venido a traer la paz, sino la división: “No he venido a traer la paz, sino la división”, de ahora en adelante, el padre estará dividido contra el hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”. ¿Cómo se explica esto? Es contradictorio con lo que Jesús mismo dice: “La paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14, 27). Es decir, por un lado, dice que “no ha venido a traer la paz, sino la división”, y por otro lado, dice que “nos da la paz y que nos deja la paz”. ¿Cómo explicar esta aparente contradicción en las palabras de Jesús? La explicación es que, precisamente, es solo una aparente contradicción, porque es verdad que Jesús nos da la paz de Dios, la paz verdadera, la paz que sólo Él, en cuanto Hombre-Dios puede dar, porque es la paz profunda, espiritual, la paz que conecta al corazón del hombre con el Corazón de Dios; es la paz que sobreviene al alma al saberse perdonada por Dios; es la paz que le sobreviene al alma cuando sus pecados son lavados cuando sobre ella cae la Sangre del Cordero, que arrastra sus pecados para quitárselos de una vez y para siempre; es la paz que le sobreviene al alma al verse liberada de la pústula infecta del pecado, como consecuencia directa de la acción de la gracia santificante que Jesucristo obtuvo para ella en el Santo Sacrificio de la Cruz y que se vierte sobre ella por medio del Santo Sacrificio del Altar, la Santa Misa, y por medio de los Sacramentos de la Iglesia Católica, principalmente la Eucaristía y la Confesión sacramental; es la paz que le sobreviene al alma al saberse que no solo es perdonada por Dios, sino que Dios la ama tanto, que llega a la locura de adoptarla como hija y que para sellar el pacto de amor con ella, no duda en entregar su vida en la cruz y derramar hasta su última gota de Sangre, para que al alma no le queden dudas de hasta dónde es capaz de llegar su Amor por ella.

Es esta paz, la que da Jesús, cuando dice: “La paz os dejo, mi paz os doy”, y esta paz que da Jesús, no es incompatible con la división que Él mismo provoca en el seno de las familias, porque la división que provoca, es la división que se da entre los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas; la división que Jesús provoca es entre quienes poseen la luz de la gracia santificante y la luz de la fe, y quienes no: quienes poseen la gracia y la luz de la fe, pertenecen al Reino de Dios y quienes no, están llamados a pertenecer, pero en tanto no posean ni la gracia ni la fe, se ubicarán en una situación de confrontación con los hijos de la luz, que son los hijos de la Virgen, la Mujer del Génesis, y esta situación se en el seno mismo de una familia. “No he venido a traer la paz, sino la división”, dice Jesús, pero también nos dice la Escritura que nuestros enemigos no son nuestros prójimos de carne y hueso, sino las “potestades de los aires” y ése es el motivo por el cual, pese a que, por el momento, padres e hijos, suegras y nueras estén enfrentados en una misma familia a causa del Evangelio, todos están llamados, sin embargo, a unirse en una misma Fe, a recibir un mismo Bautismo, a creer en un mismo Señor, Jesucristo, el Hombre-Dios, y a alimentarse de un único y mismo Pan celestial, la Eucaristía, porque la división que viene a traer Jesús es solo provisoria, puesto que busca la unidad en un solo Cuerpo, el Cuerpo Sacramentado de Jesús, la Eucaristía, y en un solo Espíritu, el Espíritu Santo, el Espíritu del Amor Divino, Espíritu en el cual todos los hombres estamos llamados a ser, en el tiempo y en la eternidad, hermanos en Cristo Jesús e hijos adoptivos, unidos en el Amor de Dios.