viernes, 29 de julio de 2016

“Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?”



(Domingo XVIII - TO - Ciclo C – 2016)

“Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?” (Lc 12, 13-21). En la parábola del hombre necio que acumula con avidez bienes terrenos sin preocuparse por su bien espiritual, no sólo hay una advertencia contra la avaricia, la codicia, la usura, sino que hay además un llamado a meditar en lo breve y pasajero de esta vida y en lo que nos espera en la otra vida. En otras palabras, además de advertirnos acerca de la usura y del hecho de que “no se puede servir a dos señores” (cfr. Mt 6, 24), es decir, a Dios y al dinero, sino a uno de dos, Jesús nos invita, en esta parábola, a meditar en los novísimos: muerte, juicio particular, purgatorio, cielo e infierno. La parábola es una invitación a hacer caso de la Palabra de Dios: “Medita en las postrimerías y no pecarás jamás” (Eclo 7, 40).
La parábola nos advierte entonces, por un lado, acerca de la vanidad de la codicia, que hace acumular bienes materiales uno tras otro, lo cual es una tarea, por lo menos, inútil, pues ninguno de estos será llevado al más allá, ya que a la otra vida sólo nos llevamos bienes espirituales, esto es, las obras buenas realizadas y el amor a Dios y al prójimo que se tenga en el corazón. Lo que nos garantizará la entrada en el Reino de los cielos no es la acumulación de oro y riquezas materiales, sino la Sangre de Jesucristo, su gracia santificante y las obras de misericordia realizadas con su Amor y en su Amor. Acumular bienes terrenos es una necedad, porque el tiempo de esta vida es fugaz, aun cuando se viva hasta ciento veinte años (dicho sea de paso, en estos días salió la noticia de quien sería la persona más anciana de Argentina y tiene ciento dieciséis años[1]), y así lo dice la Escritura: “Nuestra vida dura apenas setenta años, y ochenta, si tenemos más vigor: en su mayor parte son fatiga y miseria, porque pasan pronto, y nosotros nos vamos” (Sal 90, 10). Y otro Salmo dice: “Nuestra vida, Señor, pasa como un soplo; enséñanos a vivir en tu voluntad” (Sal 90). No sabemos cuándo llegará nuestra muerte, pero llegará y, para cuando llegue, de nada nos servirán los bienes materiales, porque no llevaremos ni un gramo de oro a la otra vida, sino sólo las riquezas espirituales que hayamos podido acumular en el cielo con las buenas obras, como dice Jesús: “Atesorad tesoros en el cielo” (Mt 6, 20). Es decir, Jesús no nos dice que no atesoremos tesoros en absoluto: nos dice que no atesoremos vanamente tesoros materiales, pero sí nos anima a atesorar –y aquí sí, con la avidez de un avaro- tesoros celestiales, esto es, buenas obras, caridad, misericordia, vida de gracia, cargar la cruz de cada día. Así lo dice San Ignacio de Antioquía: “Vuestras cajas de fondos han de ser vuestras buenas obras, de las que recibiréis luego magníficos ahorros”[2]. Y antes de eso, dice: “Vuestro bautismo ha de ser para vosotros como vuestra armadura, la fe como un yelmo, la caridad como una lanza, la paciencia como un arsenal de todas las armas (…) tened unos para con otros un corazón grande, con mansedumbre, como lo tiene Dios para con vosotros”[3]. En esto consiste el tesoro que debemos acumular, y no las riquezas terrenas.
Pero además de invitarnos a reflexionar acerca de la inutilidad de acumular tesoros terrenos, la parábola nos invita también a meditar en los novísimos, esto es, no solo en la muerte terrena, sino en lo que viene después y lo primero que viene después de la muerte es el juicio particular, en donde toda nuestra vida quedará desplegada ante nuestros ojos y la veremos tal como la ve Dios, con lo que sabremos, a la luz de la Divina Justicia, qué es lo que merecemos como destino de eternidad de acuerdo a si nuestras obras son buenas o malas. En la muerte corporal, al mismo tiempo que se cierran los ojos corporales, se abren los ojos del espíritu, y podemos ver en consecuencia, con toda claridad, lo que aquí veíamos sólo por la fe. Luego de la muerte, contemplaremos a Dios tal como es Él, un “piélago de substancia infinita”[4], un océano infinito de Amor eterno, y nos daremos cuenta de que si hemos muerto con faltas de perdón, enojos, frialdades, desatenciones al Amor de Dios, deberemos purificarnos en esas faltas de amor que constituyen los pecados veniales; también nos daremos cuenta que, si hemos muerto en gracia, es decir, con el corazón lleno del Amor a Dios y al prójimo, entonces sí merecemos estar delante de Dios, que es Amor infinito y eterno; por último, en el juicio particular, nos daremos cuenta de que, si hemos muerto separados del Amor de Dios -es decir, en pecado mortal- y puesto que una vez atravesado, por la muerte, el umbral de la eternidad, es imposible regresar, sabremos que nuestro destino eterno es el lugar en donde ya no hay Misericordia Divina, sino sólo la Divina Justicia, esto es, el infierno.
“Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?”. Dios califica de “insensato” –sin sentido común, sin razón- a quien, guiado por la avaricia, acumula tesoros materiales, en vez de acumular “tesoros en el cielo”. No da lo mismo acumular tesoros materiales que espirituales y si bien el destino eterno para los que, con avaricia, aman el dinero, es terrible, el destino eterno para quienes acumulen tesoros en el cielo, es inimaginablemente maravilloso, tal como lo relata San Agustín en el poema dedicado a su madre, Santa Mónica, en su muerte. En dicho poema, San Agustín hace hablar a su madre, como estando ya en la gloria de Dios, describiendo la hermosura de los gozos celestiales: “No llores si me amas. ¡Si conocieras el don de Dios y lo que es el Cielo! ¡Si pudieras oír el cántico de los Ángeles y verme en medio de ellos ¡Si pudieras ver con tus ojos los horizontes, los campos eternos y los nuevos senderos que atravieso! ¡Si por un instante pudieras contemplar como yo la belleza ante la cual todas las bellezas palidecen! Créeme: cuando la muerte venga a romper tus ligaduras como ha roto las que a mí me encadenaban y, cuando un día que Dios ha fijado y conoce, tu alma venga a este Cielo en el que te ha precedido la mía, ese día volverás a ver a quien te amaba y que siempre os ama, y encontrarás su corazón con todas sus ternuras purificadas. Volverás a verme, pero transfigurada (o) y feliz, no ya esperando la muerte, sino avanzando contigo por los senderos nuevos de la Luz y de la Vida, bebiendo con embriaguez a los pies de Dios un néctar del cual nadie se saciará jamás”[5]. Es para gozar de esta dicha celestial, que se deriva de la contemplación de la Trinidad y del Cordero, que debemos, como avaros, acumular tesoros, pero no materiales, sino celestiales: mansedumbre, bondad, misericordia, vida de gracia.




[1] Cfr. Verónica Toller, Cumplió 116 años y dicen que es la más anciana de la Argentina; http://www.clarin.com/sociedad/Cumplio-anos-dicen-anciana-Argentina_0_1622237891.html
[2]  Carta a san Policarpo de Esmirna, Cap. 5, 1-8, 1. 3: Funk 1, 249-253.
[3] Cfr. San Ignacio de Antioquía, passim.
[4] Cfr. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica.
[5] La muerte no es el final; cfr. http://www.sabiduriadeunpobre.com/public/Fray%20Tomas%202.htm

jueves, 28 de julio de 2016

“El Reino de los Cielos se parece a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces”


“El Reino de los Cielos se parece a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces” (Mt 13, 47-53). Para que nos demos una idea acerca del Reino de los cielos, Jesús lo compara con una escena conocida en todo el mundo, la de unos pescadores que, luego de una jornada de pesca, se dedican a separar los peces que están en buen estado –y por lo tanto, comestibles y en condiciones de vender-, con los peces que están en mal estado, los cuales son descartados. Es el mismo Jesús quien nos da la clave de interpretación de la imagen de los pescadores: “Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes”. Por lo que dice Jesús, la imagen de los pescadores es útil no sólo para graficar el Reino de los cielos, sino también el Día del Juicio Final. En efecto, así como los pescadores separan a los peces que están en buena condición, de aquellos que no lo están, así también los ángeles de Dios, con San Miguel Arcángel a la cabeza –esta es la razón por la cual San Miguel Arcángel aparece retratado, en muchas ocasiones, con una balanza en la que pesa las almas-, separarán, el Día del Juicio Final, a los hombres buenos, los que murieron en gracia de Dios, con los que no lo hicieron; estos últimos, además, serán arrojados fuera del Reino, “en el horno ardiente”, en donde habrá “llanto y rechinar de dientes”. Claramente, Jesús se refiere al Infierno y se refiere también al tipo de dolor que experimentarán los condenados, que no es solamente el dolor espiritual por haber perdido para siempre la visión beatífica, que los habría llenado de gozo y alegría, sino que el dolor será corporal, porque Jesús habla de “llanto” y de “rechinar de dientes”, lo cual implica la posesión de un cuerpo material por parte del condenado, ya que las lágrimas se producen en los conductos lacrimales y los dientes, obviamente, suponen una boca y la boca y los lacrimales están en el cuerpo y no en el alma o espíritu. Para quienes niegan la existencia del Infierno, o para quienes sostienen que el Infierno está vacío, o para quienes afirman que los dolores en el Infierno son puramente espirituales o morales, como la conciencia de la pérdida de Dios, este pasaje acerca del Reino de Dios ilustra claramente, por parte de Jesús, por contrapartida y con pocas palabras, la tenebrosa realidad del Reino de las tinieblas.
“El Reino de los Cielos se parece a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces”. Además de esto, para profundizar en el significado espiritual de la imagen, es necesario considerar qué elementos sobrenaturales están representados en ella: la barca de los pescadores es la Iglesia Católica; los pescadores que separan los peces, son los ángeles; el mar donde se lleva a cabo la pesca, es el mundo y la historia humana; la red con la que se atrapan los peces, es Cristo, Palabra de Dios encarnada; la finalización de la pesca y la tarea de separar los peces buenos de los malos, significa el fin del tiempo y de la historia humana y el comienzo del Día del Juicio Final, en el que los hombres buenos serán separados de los malos según sus obras, los primeros para el Reino de Dios, los segundos, para el Reino de las tinieblas; los peces buenos, son los que murieron en gracia de Dios y por lo tanto sirven para el Reino; los peces que no sirven como comestibles ni para la venta y son desechados, representan a quienes mueren sin la gracia santificante, en estado de pecado mortal, y se condenan. El ser una u otra clase de pez, es decir, buenos o malos, depende de nuestra libre respuesta a la gracia santificante.

miércoles, 27 de julio de 2016

“El Reino de Dios se parece a un tesoro escondido en un campo”


“El Reino de Dios se parece a un tesoro escondido en un campo” (Mt 13, 44-46). Jesús compara al Reino de Dios con un campo en el cual se encuentra escondido un tesoro que, al ser descubierto por un hombre, este vende todo lo que tiene y así adquiere el campo: “El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo”. ¿Qué significa esta parábola? Para saberlo, debemos considerar que cada elemento de la misma, representa una realidad sobrenatural: el campo es la Iglesia; el tesoro escondido es la Eucaristía; el hombre es el bautizado; el hecho de encontrarlo es recibir la gracia de la conversión; la venta de todos los bienes para comprar el campo, es la renuncia al mundo, a sus vanidades y al pecado, con tal de vivir en gracia y así ser poseedor del campo y su tesoro, la Eucaristía; la alegría que experimenta el hombre, no es una alegría conocida, sino la Alegría misma de Dios, que es “Alegría infinita”[1].
“El Reino de Dios se parece a un tesoro escondido en un campo”. Si un no-cristiano nos comparara con el hombre de la parábola, por su alegría al recibir la Eucaristía y por su renuncia al mundo y al pecado, ¿nos podría reconocer en este hombre?




[1] Cfr. Santa Teresa de los Andes.

sábado, 23 de julio de 2016

“Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá”


“Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá”.

(Domingo XVII - TO - Ciclo C – 2016)

         “Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá” (Lc 11, 1-13). Luego de enseñar a sus discípulos a rezar el Padrenuestro -y, en consecuencia, a tratar a Dios como “Padre”-, para fortalecer la identidad de hijos de Dios, Jesús nos anima a “pedir, buscar y llamar” a Dios, nuestro Padre, por la oración, y esto constituye una novedad en la oración cristiana, que la distingue de la oración de cualquier otra religión. La novedad de la oración de Jesús es que nos anima a hacerlo desde nuestra condición de hijos, y es por eso que nos enseña el Padrenuestro, y a pedir con confianza y con insistencia, y para ello, relata una parábola en la que un individuo consigue lo que le pide a su amigo, más que por la amistad, por la insistencia.
En la parábola, alguien acude a su amigo a horas poco prudentes –a medianoche-, para pedirle “tres panes para un amigo que llegó de viaje” y él “no tiene nada que ofrecerle”. Esto demuestra algo esencial en la amistad y es la confianza, ya que el individuo acude a su amigo a una hora imprudente, pero lo hace por el hecho de que es su amigo y sabe que puede acudir a él en caso de una necesidad como la que se le presenta. Esta es una de las características de la oración cristiana: Dios es nuestro Padre, pero también es nuestro Amigo, ya que Él mismo nos llama así, en la Última Cena: “Ya no os llamo siervos, sino amigos” (Jn 15, 15). Esto quiere decir que, para con Dios, debe  movernos el amor filial y el amor de amistad, que se expresan por la confianza. Luego, Jesús nos revela cuál debe ser la otra característica de la oración cristiana, además de la confianza y el amor, y es la insistencia, que es lo que se manifiesta a continuación en la parábola. A pesar de ser amigos, el amigo importunado no tiene intención de darle lo que le pide, porque tanto él como sus hijos, ya están “acostados”, es decir, descansando: “Y desde adentro él le responde: ‘No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos’”. Puesto que Él es Dios, Jesús sabe que, si pedimos con insistencia, aun cuando por algún motivo no quiera concedernos lo que le pedimos, nos lo dará –si es conveniente para nuestra salvación-, en razón del amor de amistad que nos tiene, pero también a causa de nuestra insistencia en la oración: “Yo les aseguro que aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario”. Jesús, entonces, nos enseña y anima a orar “con insistencia”, y al hacerlo así Dios, que es infinitamente bueno, nos dará cosas buenas: “También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre. ¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿Y si le pide un pescado, le dará en su lugar una serpiente? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión?”. Jesús nos quiere hacer ver que, si entre nosotros, los hombres, hay gestos de bondad, a pesar de estar herida nuestra naturaleza a causa del pecado original, lo que significa que tenemos tendencia al mal, cuánto más Dios, que es infinitamente bueno, nos dará sólo cosas buenas y nada más que buenas y, más que buenas, cosas santas. De esta manera, Jesús nos da la fórmula para, movidos por el amor filial y la confianza en Dios nuestro Padre, conseguir cualquier milagro que necesitemos de Él: “Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá”. Si tenemos que “pedir, buscar y llamar”, la pregunta, entonces, es: ¿qué pedimos, dónde buscamos, y a quién llamamos? La respuesta es que debemos pedir, ante todo, la gracia de la conversión -para nosotros y nuestros seres queridos- y el don de la Divina Sabiduría, para saber qué es lo que es grato a Dios; debemos buscar a través del Costado abierto del Salvador en la Cruz, y debemos llamar y golpear a las puertas del Sagrado Corazón, que derrama su contenido, la Sangre y el Agua, desde el costado traspasado en la cruz; y debemos llamar y golpear también a las puertas del sagrario, en donde está el Sagrado Corazón, que late en la Eucaristía.
         Entonces, al igual que el amigo inoportuno de la parábola, que acude a la casa de su amigo y golpea a la puerta, y pide, y busca el favor de su amigo, así debemos también hacer nosotros con Jesús: llamar, buscar y pedir, a las puertas de su Sagrado Corazón, que asoma por su Costado traspasado en la Cruz y que late en la Eucaristía.
         Ahora bien, si esto hacemos, Dios Padre nos dará algo que ni siquiera podemos imaginar y que, una vez recibido, es tan pero tan grande, que no nos alcanzará la eternidad para apreciarlo y para agradecer: si al igual del hombre de la parábola, que acude a su amigo para pedirle tres panes, nosotros acudimos, por la oración, a Jesús, que es nuestro Amigo, Jesús no nos dará tres panes, sino que nos dará el Pan de Vida eterna, que es su Sagrado Corazón, inhabitado por el Amor de Dios, el Espíritu Santo: “Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan!”. Al pedirle a Dios Padre el Pan Eucarístico, Dios Padre nos da, con el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, el Espíritu Santo, el Amor Divino. ¡Cuán grandiosa y maravillosa es nuestra religión católica, que nos enseña que tenemos a nuestra disposición el Amor de Dios, el Espíritu Santo, para que el Padre nos lo dé por medio de su Hijo, por la Sagrada Comunión!





jueves, 21 de julio de 2016

“Muchos justos desearon ver lo que veis vosotros”


“Muchos justos desearon ver lo que veis vosotros” (Mt 13,10-17). ¿Qué es lo que desearon ver? El cumplimiento de las profecías mesiánicas: ver al Mesías, el Salvador, el Redentor; ver sus milagros, sus prodigios, pero sobre todo, ver su Santa Faz, ver sus manos curando, multiplicando panes y peces; ver al Salvador resucitando muertos y expulsando demonios; ver al Mesías anunciar el perdón de los pecados, la resurrección de los muertos y la herencia de la vida eterna.
Muchos justos, que conocían las profecías mesiánicas, desearon vivir en los días del Mesías, pero no pudieron, y en eso consiste la dicha de la que gozan los discípulos.
“Muchos justos desearon ver lo que veis vosotros”. También en nuestros días, Jesús nos dice las mismas palabras: “Muchos justos desearon ver lo que veis vosotros”. ¿Qué es lo que vemos? Vemos, con los ojos de la fe, al Redentor, resucitado, glorioso, oculto en el misterio de la Eucaristía; vemos, al Redentor, derramar su Sangre en el cáliz del altar, en la Santa Misa; vemos, al Salvador, derramar su misericordia sobre el alma, cada vez, en el Sacramento de la Penitencia. Vemos, a la Esposa del Cordero, resucitar muertos en el alma, por el pecado mortal, al perdonar los pecados, quitándolos de las almas con la Sangre del Cordero, derramada por medio del Sacramento de la Confesión; vemos, a la Iglesia de Dios, multiplicar no panes y peces, sino la Carne del Cordero de Dios y el Pan Vivo bajado del cielo.
“Muchos justos desearon ver lo que veis vosotros”. Muchos paganos querrían ver y vivir lo que nosotros vemos por la fe y vivimos en el Amor de Dios, todos los días, y no pueden hacerlo, porque no tienen el don de la fe.

Es por eso que debemos preguntarnos: nosotros, que tenemos el don de la fe, ¿damos gracias a Dios por lo que vemos y recibimos?

miércoles, 20 de julio de 2016

“En tierra buena, dieron buenos frutos”


“En tierra buena, dieron buenos frutos” (Mt 13, 1-9). En la parábola del sembrador, cada elemento hace referencia a una realidad sobrenatural: la tierra es el corazón del hombre; la semilla es la Palabra de Dios, Jesucristo, el Verbo de Dios hecho hombre; el sembrador es Dios Padre. Ahora bien, ¿qué es lo que hace que una tierra, es decir, un corazón humano, en donde es sembrada la semilla, sea buena? ¿Qué es lo que permite que un corazón dé frutos de santidad, en tanto que, en otros, no se da ningún fruto? Lo que convierte a un corazón en tierra fértil que da frutos buenos, es decir, lo que hace que en el corazón del hombre arraigue la Palabra de Dios y dé frutos de santidad - caridad, alegría, magnanimidad, misericordia-, es la gracia santificante, que hace partícipe al alma de la vida misma del Hombre-Dios y le comunica, por lo tanto, de las mismas virtudes de Jesús. Los ejemplos de tierras fértiles, o de corazones en los que la Palabra de Dios ha echado raíces y ha dado frutos de santidad, son los santos, que siendo fieles a la gracia, no solo la conservaron, sino que la acrecentaron.

“En tierra buena, dieron buenos frutos”. También en nosotros, el Sembrador, Dios Padre, echa su semilla, que es la Palabra de Dios, Jesucristo; también en nosotros, Dios Padre espera que esta semilla arraigue y, echando raíces en nuestros corazones, crezca el Árbol Santo de la Cruz, que da frutos exquisitos de santidad.

martes, 19 de julio de 2016

“El que hace la voluntad de mi Padre, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”


“El que hace la voluntad de mi Padre, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt 12, 46-50). Jesús, rodeado de discípulos, está predicando la Palabra de Dios. En medio de su prédica, le avisan que “su madre y sus parientes”, están afuera, esperándolo: “"Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren hablarte”. Jesús responde de manera enigmática, como dando a entender que su familia biológica pasa a un segundo plano: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? (…) Todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”. Es decir, con esta respuesta, Jesús pareciera dar a entender que su familia biológica –su Madre, la Virgen, y sus “hermanos”, que son sus primos en realidad-, pasa a un segundo plano, puesto que antepone a ellos a “todo el que hace la voluntad de su Padre”.
Sin embargo, no es verdad que Jesús deje de lado a su familia biológica –muchísimo menos a su Madre, la Virgen-: lo que sucede es que Jesús está revelando la creación, de parte suya, de una nueva familia, la familia de los hijos de Dios, congregados en la Iglesia, y esta familia nueva, a diferencia de la familia biológica, que está unida por lazos de sangre, la nueva familia de Jesús está unida por un lazo infinitamente más fuerte que los lazos biológicos, y es el lazo del Amor de Dios, el Espíritu Santo, donado por Él y el Padre, que uniendo a los hombres en Cristo, los plenifica con el Amor de Dios y es el Amor de Dios, el que lleva a cumplir la voluntad de Dios, que siempre es santa, benigna y amabilísima. La Nueva Familia de los hijos de Dios, adoptados por la gracia santificante, se caracteriza por cumplir la Divina Voluntad, por amor, no por obligación, ni por miedo. Ésa es la razón por la cual Jesús dice que “Todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”. Pero eso no significa que Jesús deje de lado, o haga pasar a un segundo plano a su familia biológica, y mucho menos a su Madre amantísima, la Virgen, por cuanto Ella es modelo perfectísimo de cumplimiento de la voluntad de Dios, y por partida doble: por ser Madre biológica de Jesús, y por ser la Madre celestial de los hijos adoptivos de Dios, es decir, de la Nueva Familia de Jesús, sus hermanos, adoptados por María Santísima al pie de la cruz.
La Virgen es la primera en cumplir la voluntad de su Padre, con su “Fiat” a la Encarnación y con su amoroso y perfectísimo cumplimiento de su rol materno, encargado por Dios Padre. La Virgen es así doble ejemplo de familia de Jesucristo unida en el amor al cumplimiento del Padre: por ser su Madre biológica, y por ser la Primera que cumple, de modo admirabilísimo y perfectísimo, la voluntad de Dios Padre, que es el ofrecimiento de todo el ser, para ser partícipes de su plan de salvación del género humano.

“El que hace la voluntad de mi Padre, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”. Por haber recibido la gracia santificante en el bautismo, formamos parte de la Familia de Jesús: somos hijos adoptivos de Dios Padre y hermanos de Jesús, y si queremos cumplir la voluntad de Dios, contemplemos a Nuestra Madre del cielo, la Virgen, Aquella que, movida por el Amor del Espíritu Santo, que inhabita en su Inmaculado Corazón, dice “Fiat” a la voluntad amabilísima de Dios.