viernes, 17 de mayo de 2013

Solemnidad de Pentecostés



(Solemnidad de Pentecostés - Ciclo C – 2013)
         “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan” (Jn 20, 19-23). Jesús resucitado se aparece a sus discípulos y les sopla el Espíritu Santo, en cumplimiento de sus promesas: “Os conviene que Yo me vaya, porque si no me voy, el Consolador no vendrá a ustedes” (Jn 16, 7). Por amor vino al mundo y se encarnó; por amor sufrió la Pasión por los hombres; ahora les deja, por Amor, ese mismo Amor en el que vive desde la eternidad y en el que arde desde su Encarnación; les deja el mismo Amor que lo consumió durante toda su vida terrena, provocándole la intensísima sed de almas. Ahora, que ya está en el cielo, envía al Espíritu Santo para que sea el Amor de Dios quien los una en un solo Cuerpo, su Cuerpo eucarístico, glorioso y resucitado, en el tiempo, para conducirlos luego al Reino de los cielos.
El envío del Espíritu Santo tendrá como efecto dar a la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, un alma, porque el Amor de Dios será el alma de la Iglesia. Así como su Cuerpo muerto fue vivificado por el Espíritu y fue resucitado, así el Cuerpo Místico de la Iglesia, en Pentecostés, recibe al Amor de Dios, quien obra en Ella como “alma del alma”. Esta es la razón por la cual es el Amor de Dios la esencia, la base, el fundamento, el espíritu de la Iglesia, y es la razón por la cual quien no ama en la Iglesia, tal como Cristo lo pidió –amar a Dios y al prójimo, sobre todo si es enemigo, con amor de cruz-, no pertenece espiritualmente a la Iglesia, aunque con su cuerpo asista a procesiones, ceremonias litúrgicas, bautismos, misas, etc.
El Espíritu Santo actuará en los bautizados, ejerciendo en ellos una función catequética y pedagógica, conduciéndolos a un conocimiento y amor de Cristo inalcanzables por las fuerzas creaturales, sean humanas o angélicas: “Pero el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, Él les enseñará y les recordará todo lo que les he dicho” (Jn 14, 26). La función del Espíritu Santo, enviado por Jesús y Dios Padre en Pentecostés sobre la Iglesia, tendrá una función pedagógica y mnemónica, de “enseñanza” y de “recuerdo”, pero estas funciones del Espíritu Santo no consistirán en ayudar a los discípulos a ejercitar sus capacidades de aprender y memorizar; no consistirá este recuerdo en el simple ejercicio de la mera memoria psicológica; no será un común acto de utilización de la facultad intelectiva del hombre.
“Enseñar” y “Hacer recordar” –que es en lo que consiste la función del Espíritu Santo-, quiere decir instruir en los misterios absolutos del Hombre-Dios, inalcanzables para el intelecto humano o angélico. Precisamente, por no poseer al Espíritu Santo, muchas veces los apóstoles y los discípulos no habían entendido los signos y prodigios de Jesús, como el hecho de caminar por el agua: en ese entonces, lo confundieron con un fantasma, pero ahora el Espíritu Santo los iluminará, a ellos y a toda la Iglesia en todos los tiempos, y les hará saber que era el Hombre-Dios que venía a ellos utilizando su poder divino. El Espíritu Santo les recordará también muchas otras cosas, y los instruirá en el sentido de los misterios absolutos de Jesús, aquellos misterios de los cuales participaron, pero que no llegaron a comprender. Por esta iluminación del Espíritu, y por esta función pedagógica y mnemónica, los discípulos, y la Iglesia toda, alcanzarán un grado de conocimiento y de amor a Cristo Jesús, imposible de alcanzar con las solas fuerzas humanas. Solo así, siendo iluminados por el Espíritu Santo enviado por Cristo, podrá la Iglesia de todos los tiempos entender la sublimidad de los misterios sobrenaturales absolutos del Hombre-Dios.
El Espíritu Santo les recordará a los discípulos y a toda la Iglesia que Jesús había hecho milagros y que así demostraba que era Dios y así comprenderán que cuando Jesús resucitaba muertos, multiplicaba panes y peces, expulsaba demonios, no lo hacía en cuanto hombre santo, sino en cuanto Dios Tres veces santo, encarnado en una naturaleza humana.
El Espíritu Santo hará comprender que fue Él quien obró la Encarnación, porque fue el Amor de Dios el que llevó a Dios Hijo a encarnarse, por pedido del Padre, para sufrir la Pasión y salvar a la humanidad. El Espíritu Santo hará comprender que era Él quien inhabitaba en el cuerpo y el alma de María Santísima quien de esta manera, plena del Amor de Dios, era la única que podía recibir al Hijo de Dios y convertirse en su Madre, porque era la única que amaba a Dios con un Amor Purísimo, incontaminado, el Amor del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo les recordará que Jesús les había prometido “quedarse con ellos todos los días hasta el fin del mundo” y que si ellos no habían entendido qué quería decir, ahora sabrán que esa promesa la cumplió en la Última Cena, con la institución de la Eucaristía y el sacerdocio ministerial. El Espíritu Santo les hará saber que el significado del nombre de Jesús, “el Emanuel, Dios con nosotros” (Mt 1, 23), se cumple cabalmente a través del sacerdocio ministerial, porque por el sacerdocio ministerial Jesús baja del cielo a la Eucaristía y en la Eucaristía se queda entre nosotros y con nosotros, hasta el fin del mundo.
El Espíritu Santo iluminará a la Iglesia para que comprenda que las palabras de la consagración obran el milagro de convertir el pan y el vino en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús, porque es Él quien sobrevuela en el altar, como sobrevoló sobre el mundo al comienzo de los tiempos, al ser espirado por el Padre y por el Hijo a través de la débil voz del sacerdote ministerial.
El Espíritu Santo hará comprender que el cuerpo del hombre es su templo, templo del Espíritu Santo, y por lo tanto, sagrado, y que no debe ser profanado, porque si se lo profana, se profana a la Persona del Espíritu Santo que es la dueña de ese cuerpo. El mismo Espíritu hará comprender que este templo que es el cuerpo, debe estar en permanente estado de gracia, de modo tal de poder recibir con amor, con fe y con pureza sobrenaturales a Dios Hijo en la Eucaristía.
El Espíritu Santo hará comprender que en el sacramento de la Confirmación, Él no solo concede sus dones al alma, sino que se dona Él, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, en su totalidad, a quien recibe el sacramento, para que la persona se goce en el Amor de Dios.
El Espíritu Santo hará comprender la grandeza majestuosa del sacramento de la confesión, mediante el cual “los pecados quedan perdonados” porque por este sacramento cae sobre el alma la Sangre de las heridas de Jesús, que lavan por completo al alma y le conceden el estado de gracia santificante.
El Espíritu Santo hará apreciar el valor inestimable de la gracia santificante, y hará comprender por qué los santos y los mártires prefirieron “morir antes que pecar”; hará entender también el inmenso poder destructor del pecado, para lo cual hará contemplar las llagas de Cristo crucificado, puesto que cada herida abierta, cada golpe recibido por Jesús, cada punzada de las espinas de su corona, cada gota de Sangre de sus manos, de sus pies, de su Cabeza, de su costado abierto, de su Cuerpo todo, son las consecuencias de los pecados de los hombres. El Espíritu Santo hará comprender que el pecado que el hombre comete, cualquiera que este sea, mientras es insensible e indoloro para el hombre, para Él se traducen en golpes, flagelaciones, hematomas, luxaciones, heridas abiertas y sangrantes, y en dolor inenarrable, y así será también el Espíritu Santo quien suscite en el hombre la contrición del corazón, el arrepentimiento perfecto, y para eso le convertirá antes su corazón de piedra en corazón de carne, porque un corazón de piedra no se conmueve ante Cristo crucificado y sigue pecando, mientras que el corazón de carne se siente estrujar por el dolor ante la consecuencia del pecado en el Cuerpo de Cristo.
El Espíritu Santo hará comprender que la Santa Misa no es una ceremonia litúrgica “aburrida” que debe ser transformada para convertirla en “divertida”; hará comprender que la Misa no es un espacio dado para ejercitar la creatividad del sacerdote y de los laicos, inventando “misas temáticas” para que sean “divertidas”; el Espíritu Santo hará comprender que la Santa Misa es la renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz, sacrificio en el cual Cristo rescata a la humanidad, derrota a sus tres enemigos mortales, el demonio, el mundo y la carne, y les concede la filiación divina, y que por lo tanto, la Misa no debe ser ni “divertida” ni “corta” ni “temática, sino que debe ser lo que es, el más grande misterio de todos los misterios de la Santísima Trinidad, en donde se lleva a cabo el Milagro de los milagros, la Eucaristía, la conversión del pan y del vino en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. El Espíritu Santo hará comprender que quien pretende que la Misa sea “divertida” y “corta”, lo hace porque, como dice San Josemaría Escrivá, “su amor es corto”.
El Espíritu Santo enseñará a comulgar, porque comulgar no es ponerse en la fila para recibir un pan bendecido, en un acto similar al de la alimentación corporal; comulgar es ser unidos por el Espíritu Santo, ya desde esta vida, al Cuerpo glorioso de Cristo, para ser llevados por el mismo Espíritu de Amor a la comunión con el Padre. Será el Espíritu Santo, enviado por Cristo en Pentecostés, quien no solo enseñará a comulgar a los fieles, sino que obrará Él en Persona la comunión: el Espíritu Santo unirá en el Amor a los fieles y los incorporará al Cuerpo de Cristo por la comunión sacramental, y así unidos al Cuerpo glorioso de Cristo en la Eucaristía, los unirá en el Amor con Dios Padre. Y este es el motivo por el cual quien comulga, debe hacer antes un profundo acto interior de amor y de adoración a Jesús en la Eucaristía, y acompañar este gesto de adoración interna, con un gesto de adoración externa, la genuflexión al recibir la comunión, porque no se puede unir en el Amor del Espíritu Santo a Cristo glorioso y luego al Padre, quien no ama a Dios y a su prójimo.
“Reciban el Espíritu Santo”. El don del Espíritu Santo, soplado por Cristo en Pentecostés como Viento impetuoso y como Fuego abrasador sobre los discípulos y sobre la Iglesia toda, se renueva en cada comunión eucarística porque Cristo en cuanto Hombre y en cuanto Dios sopla el Espíritu Santo sobre el alma, convirtiendo la comunión eucarística en un pequeño Pentecostés. Cada comunión eucarística es, por lo tanto, para el alma que comulga con fe y con amor, una renovación de la Presencia del Espíritu y de su obrar, el recuerdo y la enseñanza sobre el Mesías y Salvador, recuerdo y enseñanza que no tienen otro objetivo que el aumentar, segundo a segundo, el Amor a Cristo Jesús. 

lunes, 13 de mayo de 2013

“Ámense los unos a los otros como Yo los he amado”


“Ámense los unos a los otros como Yo los he amado” (Jn 15, 9-17). Antes de subir a la Cruz, Jesús deja a sus discípulos y a su Iglesia toda, un nuevo mandamiento: “Ámense los unos a los otros como Yo los he amado”. Con respecto a este mandamiento, la crítica racionalista ha interpuesto tres objeciones: una, tildándolo de sensiblero, reduciendo el mandato nuevo y el cristianismo todo a la pura sensiblería; la segunda objeción, considerando al mandato nuevo como imposible de ser cumplido, puesto que Dios no puede “obligar” a alguien a amar, y mucho menos puede obligar a amar a un enemigo, tal como está comprendido en este mandamiento: “Ama a tu enemigo” (Mt 5, 43-48). Una tercera objeción sostiene que Jesús no agrega nada nuevo, puesto que el mandamiento del amor al prójimo ya estaba presente en la ley de Moisés.
Para responder a estas objeciones, hay que decir que son inconsistentes y nada tienen que ver con el núcleo del mandato de Jesús y que la comprensión sobrenatural del mandamiento nuevo, también sobrenatural, se obtiene en la contemplación de Cristo crucificado.
Es Cristo crucificado quien da la medida, el alcance y la cualidad substancial del Amor sobrenatural con el que se debe vivir este mandamiento.
A la primera objeción, hay que responder que el Amor con el que se debe amar al prójimo –incluido, y en primer lugar, a aquel que es nuestro enemigo-, es el Amor de Cristo crucificado, un Amor que a primera vista, está muy lejos de ser meramente “sensiblero” o puramente afectivo, puesto que la sensiblería o la mera afectación sensible se contraponen de modo radical con la Cruz. Un amor meramente sensible o afectivo rechaza radicalmente la Cruz, y por eso no es con este amor con el cual hay que vivir el mandamiento nuevo de Jesús.
A la segunda objeción, interpuesta por Sigmund Freud-, de que Dios no puede obligar a nadie a amar, hay que responder que no es verdad, porque Dios, que “es Amor” (1 Jn 4, 8), ha creado al hombre “a imagen y semejanza suya” (Gn 1, 26ss), lo cual quiere decir que ha creado al hombre con capacidad de amar, y de tal manera, que esta capacidad no le es extraña, sino que forma parte de su esencia, porque es de la esencia del hombre conocer y amar. Por lo tanto, Dios sí puede “obligar” o mandar al hombre a amar a su prójimo, porque en realidad no lo está “obligando” o “mandando”, sino que le está “indicando” o “aconsejando” que actúe según la única forma en la que el hombre puede actuar, según el designio divino. De todos modos, el hombre permanece siempre libre, ya que la libertad es tal vez la imagen más patente que de Dios lleva en sí mismo el hombre. Sin embargo, si el hombre no ama, y en vez de eso, odia, ahí sí está haciendo un acto anti-natural para él, porque Dios no lo creó para el odio, sino para el amor. Dios sí puede “obligar” al hombre a no odiar, en el sentido de prohibirle dicha actividad, que le es contrario a su naturaleza y, como todo lo anti-natural, le provoca un gran daño.
A la tercera objeción, hay que responder que Jesús agrega un mandato nuevo, porque la cualidad del Amor con el que manda amar es substantivamente diferente al amor con el que Yahvéh mandaba amar en el Antiguo Testamento. Según este mandamiento, los israelitas debían amar a sus prójimos pero con un amor humano, puramente natural, y ese no es el amor con el cual Jesús manda amar. Jesús da una indicación de este Amor cualitativamente diferente cuando dice: “Ámense los unos a los otros como Yo los he amado”, y Él nos ha amado con su Amor, que es el Amor infinitamente perfecto del Hombre-Dios; es un Amor humano-divino: humano, porque surge de su naturaleza humana perfectísima, la naturaleza humana asumida en el seno de María Virgen por la Segunda Persona de la Santísima Trinidad; divino, porque es el Amor que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad espira, junto a Dios Padre, desde la eternidad: el Espíritu Santo. Es decir, Jesús nos ama con un amor completamente nuevo, su Amor humano-divino de Hombre-Dios, y por eso el mandamiento es radicalmente nuevo. Pero es también nuevo porque este Amor conduce a la Cruz y se manifiesta en la Cruz en su máximo esplendor y potencia, porque solo un Amor de origen celestial, perfectísimo, sobrenatural, como el de Cristo Jesús, puede llevar a dar la vida “por los amigos” (cfr. Jn 15, 13), pero también “por los enemigos” (cfr. Mt 5, 43-48), como lo hace Jesús, porque muere por toda la humanidad, que era  enemiga de Dios por el pecado. Ningún amor puramente humano, por más perfecto que sea, conduce a dar la vida, y menos en la Cruz, por los enemigos, y por eso Jesús crucificado es la prueba irrefutable de que el Amor con el que nos amó, y con el cual nos manda amar entre nosotros, es el Amor de Dios.
“Ámense los unos a los otros como Yo los he amado”. Solo en la contemplación de Cristo crucificado puede ser comprendido y vivido el mandamiento nuevo del amor.

sábado, 11 de mayo de 2013

Solemnidad de la Ascensión del Señor


 (Ciclo C - 2013)
Con su Ascensión a los cielos, Jesús completa su misterio pascual: encarnación, Pasión y Muerte, Resurrección, y Ascensión a los cielos. Con su Ascensión, Jesús cumple las promesas que había hecho a sus discípulos antes de sufrir la Pasión, la promesa de ir a preparar aposentos para los suyos en la Casa del Padre: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas, y voy a prepararos un lugar” (Jn 14, 1-12). La “Casa del Padre” es un misterio insondable, porque si bien Jesús “asciende a los cielos”, cuando dice que va “a preparar un lugar” para nosotros, no está hablando de los cielos, sino de algo infinitamente más grande y glorioso que los mismos cielos, y es el seno eterno, el Corazón mismo de Dios Padre. La “morada” que Jesús va a prepararnos con su Ascensión, no son los cielos eternos, lo cual sería algo inimaginablemente grandioso para el hombre, sino algo todavía más inimaginablemente grandioso, y es el seno eterno de Dios Padre, origen de la Santísima Trinidad.
Con su misterio pascual de muerte y resurrección, y con su Ascensión a los cielos, Jesús lleva a la más alta cumbre jamás imaginada a la naturaleza humana, porque la lleva al seno mismo de la Trinidad.
Esto, que suena abstracto y cuya realidad trasciende y supera absolutamente la capacidad de raciocinio del hombre,  quiere decir que cada uno de nosotros está llamado a vivir, en la eternidad, en la comunión de vida y amor con las Tres Divinas Personas: Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo. La solemnidad de la Ascensión del Señor no debe limitarse, por lo tanto, a una mera conmemoración por parte del cristiano, ni debe quedar, como frecuentemente sucede, en una celebración litúrgica que se realiza una vez al año. La Ascensión del Señor es ocasión para reflexionar y meditar acerca de la grandeza admirable del don que nos ha conseguido Jesucristo con su sacrificio en Cruz, que es el conseguirnos el acceso a la Casa del Padre, que es su mismo seno eterno, origen de la Trinidad; por la Cruz de Jesús, los hombres podemos entrar en el Corazón mismo de Dios Padre, para vivir por la eternidad en comunión de vida y amor con las Tres Personas de la Santísima Trinidad. La Ascensión del Señor no es entonces una ceremonia litúrgica que nada tiene que ver con mi vida personal, con la vida de todos los días, porque yo –Álvaro Sánchez Rueda, Juan Pérez, Fulano, Mengano-, estoy llamado a vivir, algún día, en íntima comunión de vida y amor con Dios Uno y Trino.
Quiere decir que yo en persona estoy llamado a ascender a los cielos, luego de la resurrección, en cuerpo y alma, como Cristo Jesús, para ver cara a cara y amar, adorar, y alegrarnos por la eternidad en la visión de la Trinidad, y a ese mismo destino de gloria estamos llamados todos y cada uno de los seres humanos. Todos estamos llamados a participar del Misterio Pascual de Jesús, misterio que finaliza con la ascensión a los cielos unidos a Cristo, para contemplar y amar a Dios Trino por la eternidad.
La conmemoración de la Ascensión del Señor debe llevar a una firme determinación de vivir en estado de gracia: mi cuerpo, ya desde la tierra, es templo del Espíritu Santo, y por eso debo cuidar no solo de no profanarlo, sino de acrecentar cada vez más el estado de gracia; debo velar por adquirir la mansedumbre y la humildad del Sagrado Corazón de Jesús, porque un corazón iracundo y soberbio jamás entrará en el Reino de los cielos, ni podrá estar delante de un Dios que es infinita bondad y misericordia.
Jesús se encarna, muere en Cruz, resucita y asciende a los cielos: el itinerario recorrido por Jesús, desde su Encarnación, hasta su Ascensión, es el itinerario al que está llamado todo cristiano, ya que es la única vía de salvación y el único modo de llegar al cielo, y para esto debo trabajar espiritualmente todos los días de la vida terrena, cargando la Cruz de todos los días, negándome a mí mismo y siguiendo a Jesús camino del Calvario.
Ahora bien, el camino del Calvario es un camino difícil, porque es angosto y en subida y además hay que llevar la Cruz, que aunque está hecha a nuestra medida, es pesada. ¿De dónde sacar fuerzas para ascender por el Camino de la Cruz, requisito indispensable para ascender luego  a los cielos?
La respuesta está en la Eucaristía, porque si es verdad que Jesús asciende a los cielos con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, y desaparece de la vista de los discípulos y de su Iglesia, que ya no lo ven más, es verdad también que no nos deja solos, porque que al mismo tiempo que asciende con su Cuerpo glorioso y resucitado al seno del Padre, se queda, con su mismo Cuerpo glorioso y resucitado, entre nosotros, en el seno de la Iglesia, la Eucaristía. Jesús asciende, pero no nos deja solos, porque su nombre es “Emmanuel”, que significa “Dios con nosotros” (cfr. Mt 1, 23), y porque en la Eucaristía Él cumple su palabra de que “no nos dejaría solos hasta el fin del mundo” (cfr. Mt 28, 19).
Adorar la Eucaristía y consumirla en la comunión eucarística es ya comenzar, desde esta vida, el ascenso a la vida eterna, , porque al unirnos al Cuerpo resucitado de Jesús, Él nos infunde su Espíritu, y por el Espíritu nos unimos en el Amor de Cristo a Dios Padre, y esto es anticipar la comunión de vida y amor con las Tres Personas de la Trinidad, que es para lo cual ascendió Jesús.

jueves, 9 de mayo de 2013

“Me voy y estarán tristes, pero volveré y se alegrarán”



“Me voy y estarán tristes, pero volveré y se alegrarán” (Jn 16, 20-23). El anuncio, durante la Última Cena, de su Pasión y Muerte, entristece a los discípulos de Jesús. Jesús se percata de la situación y por eso los tranquiliza diciéndoles que esa tristeza que ahora sienten, se les convertirá en gozo. A la inversa, mientras los discípulos se entristecerán y llorarán por la muerte de Jesús, el mundo y su Príncipe, el rey de las tinieblas, se alegrarán y gozarán, porque habrán logrado su máximo triunfo, dar muerte al Hombre-Dios.
La hora de la alegría del mundo es la “hora de las tinieblas” (cfr. Lc 22, 53), hora en la que los enemigos de Dios y de los hombres pensarán haber triunfado para siempre. Pero este triunfo de las tinieblas es sólo aparente, y no durará mucho tiempo: Jesús dice que durará “un poco tiempo” y luego de pasado ese “poco de tiempo”, los discípulos “lo verán” y “se alegrarán”. Ese “poco de tiempo” representa, para el cristiano, esta vida terrena, porque en esta vida terrena –con raras excepciones- no se ve a Jesús sensiblemente, con los ojos del cuerpo. Esta “ausencia de visión” de Jesús provoca tristeza a los cristianos, a lo que se suma el hecho de que, hasta el triunfo definitivo en el Último Día, el mundo vive en la “hora de las tinieblas”, y por eso el cristiano, al igual que los discípulos en la Última Cena, se entristece por la ausencia de Jesús.
Sin embargo, el cristiano no vive en la tristeza ni está sometido al poder de las tinieblas, aunque esta sea “su hora”. El cristiano “ve” a Jesús con los ojos de la Fe en la Eucaristía, y esta visión de Cristo glorioso y resucitado ilumina sus días y le concede alegría, una alegría que se origina en el Amor de Jesús, Amor que es “más fuerte que la muerte” (Cant 8, 6) y que por ser más fuerte que la muerte, la ha destruido para siempre con la Resurrección. De esta manera el cristiano, que ve por la Fe a Jesús resucitado y glorioso en la Eucaristía, obtiene de la Eucaristía la fuente inagotable de paz, amor y alegría, en medio de las tribulaciones y persecuciones del mundo, paz, amor y alegría que “nadie podrá quitar”.
La adoración eucarística y la comunión sacramental conceden al cristiano el Amor y la alegría de Cristo Jesús, que le permite superar ampliamente las tristezas que ocasionan las tinieblas del mundo presente, al tiempo que le anticipan la felicidad que habrá de durar para siempre, por toda la eternidad, en el Reino de los cielos.

miércoles, 8 de mayo de 2013

“Vuestra tristeza se convertirá en gozo”


“Vuestra tristeza se convertirá en gozo” (Jn 16, 16-20). En la Última Cena, Jesús se despide de sus discípulos, anunciándoles su próxima Pasión y Muerte. El anuncio provoca en los discípulos desánimo y una profunda tristeza. Jesús percibe el estado de ánimo y por ese motivo les dice: “Vuestra tristeza se convertirá en gozo”, pero no como un modo de dar moralmente un simple aliento, sino como profecía de lo que sucederá realmente.
La tristeza de los discípulos por la muerte de Jesús, será al mismo tiempo para el mundo y su Príncipe, antagonistas y enemigos de Jesús, causa de alegría. Será la “hora de las tinieblas”, horas en las que el mundo y el Príncipe del mundo, Satanás, parecerán haber triunfado. Esto sucederá en el momento de la crucifixión y muerte de Jesús, el Viernes Santo.
Sin embargo, la alegría del mundo, que parecía definitiva, se convertirá en pesar y dolor eterno, mientras que la tristeza de los discípulos se convertirá en alegría eterna.
Este cambio se producirá cuando Cristo resucite, es decir, cuando triunfe definitivamente sobre el mundo y su Príncipe. El cambio de tristeza en gozo, para los discípulos, tendrá lugar en el momento en el que las tinieblas parecerán haber triunfado, en el momento en que parecerán más densas, porque la luz que surgirá esplendorosa desde el sepulcro, el Domingo de Resurrección, las disipará para siempre.
Es esta certeza del triunfo de Cristo lo que alienta al cristiano en las tribulaciones de la vida, y es lo que infunde fuerzas para continuar por el camino de la Cruz, aun cuando no vea sensiblemente a Jesús, porque el tiempo para ver con los sentidos a Jesús, según sus palabras –“Un poco de tiempo y me veréis”-, no es esta vida terrena, sino la vida eterna. Es en la vida eterna en donde se cumplirán las palabras de Jesús –“Un poco y me veréis”-; hasta tanto, el cristiano vive sereno y alegre, con la tristeza ya convertida en gozo, anticipadamente, en la contemplación de Cristo resucitado en la Eucaristía. El cristiano vive en el “poco de tiempo” que es esta vida terrena, y todavía no ve “cara a cara” a Jesús, pero en la adoración eucarística y en la comunión sacramental, el cristiano “ve” a Jesucristo, con los ojos de la fe, y “convierte su tristeza en gozo”, como anticipo de la visión alegre y gozosa en el Amor que experimentará en la eternidad.

lunes, 6 de mayo de 2013

“El Espíritu Santo les dirá dónde está el pecado, la justicia y el juicio”


“El Espíritu Santo les dirá dónde está el pecado, la justicia y el juicio” (Jn 16, 5-15). En la Última Cena, antes de sufrir la Pasión, Jesús anuncia a sus Apóstoles su partida a la Casa del Padre y el posterior envío del Espíritu, y les dice que aunque eso los entristezca –porque les anuncia que morirá en la Cruz-, les conviene que Él se vaya, para que así pueda enviar al  Paráclito.
Una vez enviado por Jesús y por Dios Padre, el Espíritu Santo actuará contra el mundo, acusándolo acerca de tres agravios cometidos contra Jesús, haciéndole ver el error cometido: el mundo pensaba que Jesús era culpable y él inocente; que la justicia estaba de su parte, y que no debía incurrir en condenación alguna[1]. El Espíritu Santo dará testimonio de que Jesús era el Mesías, y al obrar así hará ver a los judíos que su pecado es un pecado de incredulidad, un pecado contra la luz, y esto fue lo que sucedió cuando tres mil judíos reconocieron esto en Pentecostés (Hch 2, 37-41), y es lo que confiesa todo enemigo de Cristo que se convierte. En segundo lugar, el Espíritu Santo atestiguará que Jesús, que subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios, no solo no es un delincuente y un malhechor, tal como lo consideraron los judíos al condenar a Jesús y pedir la liberación de Barrabás, sino que es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, Dios tres veces santo, y esta santidad de Jesús aparecerá cuando la Iglesia crezca y comience a dar frutos de santidad. En tercer lugar, el Espíritu Santo hará ver claramente que en la batalla sostenida entre el Príncipe de este mundo y Cristo, las cosas son diversas a lo que aparece a simple vista: aunque Cristo crucificado aparente ser derrotado, ha triunfado, porque ha resucitado, y aunque el demonio aparezca triunfante el Viernes Santo, al haber logrado dar muerte, instigando a los hombres, al Hombre-Dios en la Cruz, ha sido derrotado de una vez y para siempre. Con la Cruz y la Resurrección, Cristo ha herido de muerte a Satanás y lo ha arrojado fuera de sus dominios, y la prueba de esto será la destrucción de la idolatría y la expulsión de los demonios de los poseídos por parte de los Apóstoles, con el solo nombre de Jesús[2].
El Espíritu Santo que Jesús enviará luego de ascender a los cielos, acusará al mundo de este triple agravio contra Jesús, mientras que para los Apóstoles, actuará no como revelador de nuevas verdades, sino como iluminador interno de las enseñanzas de Jesús, llevando a los Apóstoles a la comprensión interior, espiritual y sobrenatural de las verdades reveladas por Jesús. La actuación iluminativa interior del Espíritu Santo sobre los Apóstoles hará que estos vean a Jesús como Quien es: Dios de inmensa majestad, encarnado en una naturaleza humana sin dejar de ser Dios, que dio  su vida en la Cruz por Amor a los hombres, para librarlos de la eterna condenación y para concederles el don de la filiación divina y de la vida eterna, y que renueva incruentamente su sacrificio en Cruz cada vez en la Santa Misa.
Esta es la función que ejerce el Espíritu Santo en la Confirmación, y para esto es que la Iglesia confirma a sus bautizados, para que los bautizados conozcan interiormente a Jesús como a su Dios y Salvador, y conociéndolo lo amen, y amándolo, en el cumplimiento de sus mandatos y en la recepción de sus sacramentos, se salven. Sin embargo, lejos de permitir ser iluminados, muchos cristianos rechazan voluntariamente esta luz celestial, y es así que a pesar de haber estudiado el Catecismo y a pesar de haber recibido la Comunión y la Confirmación, desconocen por completo quién es Jesús o, lo que es lo mismo, conocen a Jesús con el conocimiento del mundo, pensando que Jesús es un enemigo al exigirles vivir en la castidad, en la pureza, en la caridad, en la renuncia de sí mismos. Esto es lo que explica que muchos bautizados, de todas las edades, se alejen de Jesús como si Jesús fuera culpable, como si Jesús fuera malhechor, como si Jesús fuera injusto, haciendo inútil la acción del Espíritu Santo, que en vano quiere sacarlos del error, advirtiéndoles acerca del “pecado, la justicia y el juicio”.  


[1] Cfr. B. Orchard et al., 756.
[2] Cfr. ibidem.

viernes, 3 de mayo de 2013

“La paz les dejo, mi paz les doy”



(Domingo VI - TP - Ciclo C - 2013)
         “La paz les dejo, mi paz les doy” (Jn 14, 23-29). Jesús da a los discípulos la paz, su paz: “La paz os dejo, mi paz os doy”. La paz que da Cristo no es la paz del mundo: esta se obtiene sobre la base de la violencia, y un ejemplo de esto, es la “pax romana”, la paz que imponían por la fuerza de las armas las legiones romanas en los territorios conquistados a sangre y fuego. Es una paz que más que paz es ausencia de guerra y no verdadera paz; es una paz en donde hay exteriormente una calma aparente y superficial, pero en el fondo subsisten las causas profundas que llevaron a la pérdida de la paz. Esta es una paz artificial, extrínseca, lograda por medios humanos, y es frágil, porque basta con que desaparezca el factor que la impuso por la fuerza, para que la paz desaparezca y se inicie nuevamente la guerra.
         “La paz les dejo, mi paz les doy”. La paz de Cristo no es la del mundo porque no es mera ausencia de conflictos; es la paz profunda e interior, porque es la paz de Dios, es la paz de la Cruz, es la paz de un Dios que nos perdona a pesar de quitarle nosotros la vida al crucificarlo con nuestros pecados. Es la paz del espíritu, recibida en el espíritu, que le ha costado el precio de su Sangre y de su Vida. Es la paz que establece el armisticio definitivo en la guerra entablada por el hombre contra Dios, en donde Él se declara vencido en la Cruz, para triunfar en la Resurrección. No se deriva de situaciones externas, ni de seguridades mundanas, que hoy están y mañana no –tener casa, trabajo, salud, dinero-; es la paz que brota del Ser trinitario como de su fuente inagotable, una paz cuyo fundamento es el Amor divino y por ese motivo nada ni nadie puede alterarla.
         Es la paz de Dios, no la paz del mundo; es la paz que viene luego del triunfo divino, luego del estrépito causado por la rebelión del ángel caído en el cielo y la rebelión del hombre en el Paraíso; es la paz sellada con la Sangre de Cristo derramada en la Cruz.
         Es la paz que se renueva cada vez en la Santa Misa, porque en la Misa se renueva de modo sacramental e incruento el sacrificio que nos consiguió la paz de Dios, el sacrificio de la Cruz. Es la paz que Cristo nos da desde el altar cada vez en la Santa Misa, y por eso el cristiano debe vivir en paz, aún en medio de las tribulaciones, porque es la paz de Cristo y no la suya propia la que recibe.  Por este motivo, el cristiano no solo debe vivir sereno en medio de las tribulaciones y persecuciones del mundo, sino que él debe ser fuente de paz para su prójimo. El cristiano que recibe la paz de Cristo, en la Cruz y en la Santa Misa, tiene el deber de transmitir, de comunicar, de hacer partícipe al otro de la paz recibida de Jesús. Ahora bien, en el saludo de la paz, el sentido último de este gesto es justamente el dar al prójimo la paz que cada uno ha recibido desde la Cruz; no es el saludo fraterno que doy a un conocido, o un desconocido; no es un saludo al estilo humano, como cuando alguien se encuentra con un ser al que aprecia. Es algo totalmente distinto: es transmitir a mi hermano en Cristo la paz de mi alma, que está en paz porque Cristo me perdonó desde la Cruz, me lavó con su Sangre, me alimentó con su Cuerpo resucitado en la Eucaristía, me perdonó mis pecados en la Confesión sacramental, y me dio su Amor y su alegría de resucitado, como anticipo del Amor y de la alegría que habré de vivir en la vida eterna, en el Reino de los cielos. Por este motivo, en el saludo de la paz litúrgico, el que se realiza en la Santa Misa, no deben existir las efusividades que se dan entre los hombres, como cuando hay un acontecimiento importante, ni tampoco debe ser un saludo como cuando se encuentran dos amigos, o vecinos, o conocidos. Se trata de un gesto litúrgico, que expresa una realidad sobrenatural, la paz derivada del perdón de la Cruz, y por eso debe ser medido y sobrio.
Otro aspecto que se debe considerar en el gesto litúrgico de la paz, es que es del todo inadmisible que un cristiano asista a Misa y viva sin paz y, mucho más inadmisible todavía, es que habiendo recibido la paz de Cristo en la Cruz y en la Misa, viva él sin paz y haga perder la paz a los que lo rodean. Un cristiano así es un contrasentido, una contradicción en los términos, una negación viviente de Cristo y su Evangelio, porque si recibió de Cristo crucificado el perdón, si recibió el Cuerpo de Cristo resucitado en la Eucaristía, y con él recibió su Amor, su alegría y su paz, no tiene excusas para no dar la paz a los demás, para no ser constructor de paz para quienes lo rodean, para no difundir y comunicar la paz y la alegría de Cristo a todos aquellos con los que se encuentre.
         “La paz les dejo, mi paz les doy, no como la da el mundo”. Es esta misma paz, la paz recibida al precio de la Sangre de Cristo, la paz comunicada por el Sagrado Corazón cada vez en la Eucaristía, la que debe transmitir el cristiano a quienes lo rodean. Si no lo hace, si no vive él en paz y si no da paz y amor a los demás, ese cristiano está traicionando a Cristo y a su Evangelio.
La señal por la cual se reconoce que alguien tiene a Cristo en su corazón, es decir, que lo ama, es la que nos dice Jesús: el que cumple los mandamientos, el primero de todos, el amor a Dios y al prójimo como a sí mismo, porque el que cumple este mandamiento, que es uno pero en el que está concentrada toda la ley, ése tal ama a Dios y transmite a los demás el amor y la paz de Cristo Jesús.