miércoles, 4 de mayo de 2016

“El Espíritu Santo los guiará hasta la verdad plena”


“El Espíritu Santo los guiará hasta la verdad plena” (Jn 16, 12-15). Jesús revela cuál será la función de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad una vez que Él, junto al Padre, la envíe a la Iglesia y a las almas para Pentecostés: los guiará “a la Verdad plena”. ¿De qué se trata esta Verdad plena” de la que habla Jesús? Para saberlo, hay que recordar una frase de Jesús dicha anteriormente: “Muchas cosas me quedan por decirles, pero ustedes no las pueden comprender por ahora”. Los discípulos habían recibido la revelación de que Jesús habría de morir por ellos y de que habría de resucitar, pero no habían recibido la revelación de cuánto habría de padecer Jesús por cada uno de ellos. También les había dicho que se iba a quedar “todos los días, hasta el fin del mundo”, entre ellos, pero no les había dicho cómo, y no les había dicho, porque “no podían entenderlo”, porque no tenían al Espíritu Santo que los hiciera capaces de entender, al modo como entiende Dios mismo, los sublimes misterios de su evento pascual. Es por eso que les dice: Muchas cosas me quedan por decirles, pero ustedes no las pueden comprender por ahora”. Solo cuando Él les envíe el Espíritu Santo desde el cielo, el Espíritu Santo los iluminará y los guiará “hasta la Verdad plena” y así podrán comprender los misterios de la redención.
“El Espíritu Santo los guiará hasta la verdad plena”. Al igual que los discípulos, también nosotros, los cristianos, también necesitamos ser guiados “hacia la Verdad plena”, porque, al igual que ellos, también nosotros “no podemos entender” las palabras de Jesús y esa incapacidad de entendimiento la demostramos a cada paso que damos, en cada día de nuestra vida. No entendemos el misterio de Jesús cuando Jesús nos dice: “Sígueme” y no queremos seguirlo, porque Jesús nos llama a dejar esta vida terrena y a entrar en la vida eterna; no entendemos el misterio de Jesús cuando Jesús nos dice que debemos cargar la cruz de todos los días y en vez de cargarla, la tiramos, y nos echamos sobre las espaldas las carga del mundo, que no son las que Dios quiere para nosotros; no entendemos el misterio de Jesús cuando Jesús nos dice que “Él es el Pan de Vida eterna, el Pan Vivo bajado del cielo”, que nos alimenta con la substancia exquisita de la divinidad, pero nosotros preferimos atiborrarnos de los manjares terrenos; no entendemos el misterio de Jesús cuando Jesús nos dice: “Perdona setenta veces siete” y “Ama a tus enemigos”, y nosotros preferimos en cambio vengarnos de quien nos hace mal y odiar al enemigo, en vez de amarlo hasta la muerte de cruz, como nos lo pide Jesús, no entendemos el misterio de Jesús cuando Él nos dice que “es bienaventurado el pobre de espíritu, porque de él es el Reino de los cielos”, pero nosotros nos empecinamos en enriquecernos con bienes materiales, a costa de nuestro prójimo; no entendemos que “sólo recibirán misericordia los que den misericordia a sus hermanos más necesitados”, pero nosotros nos empecinamos en preferir un partido de fútbol antes que hacer alguna de las obras de misericordia prescriptas por la Iglesia, y así ganarnos el cielo.

También nosotros, como los discípulos, somos “duros y tardos de entendimiento” (cfr. Lc 24, 25) y es por eso que necesitamos al Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo para que “nos guíe hasta la Verdad plena”.

sábado, 30 de abril de 2016

“El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; vendremos a él y haremos morada en él”


(Domingo VI - TP - Ciclo C – 2016)

“El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; vendremos a él y haremos morada en él” (cfr. Jn 14, 29-39). Antes de su Pasión, en la Última Cena, Jesús hace diversas revelaciones: que en Dios hay Tres Personas y que la Tercera Persona es el Espíritu Santo, con lo cual Dios es Uno en naturaleza y Trino en Personas; que la Tercera Persona, el Amor del Padre y del Hijo, será enviado por el Padre luego de que Él muera en la cruz y que el Espíritu Santo “les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho”; revela también cuál es la causa última por la que Él ha venido de este mundo para sufrir su Pasión y Muerte en cruz, y es el don del Amor de Dios, el Espíritu Santo, que hará que el Padre y el Hijo moren en el corazón de quien ame a Jesús y cumpla sus mandamientos: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él”.
Son todas revelaciones de carácter sobrenatural, todas las cuales no serían nunca posibles de conocer por la sola razón humana, puesto que son verdades que sólo las conoce Dios y sólo Dios puede darlas a conocer, aunque también es cierto que sólo Dios puede hacer que no solo sean conocidas, sino amadas en cuanto tales, en cuanto verdades sobrenaturales, es decir, verdades que se encuentran en Dios y que se refieren a Dios.
El pasaje es uno de los pasajes centrales de la fe católica desde el momento en que la constituye como fe propia de la Iglesia Católica, enseñadas y creídas sólo por la Iglesia Católica y que determinan profundamente nuestra vida de fe, por lo que también guiar –o al menos, deberían hacerlo- nuestra vida de oración y nuestra vida cotidiana hacia una vida de santidad cada vez mayor.
¿De qué manera estas verdades divinas reveladas por Jesús, determinan nuestra vida de oración, de fe y la vida de todos los días?
Ante todo, Jesús revela que Dios es Uno y Trino al señalar que hay Tres Personas en Dios: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Esto significa que el católico no cree en un Dios meramente Uno y que la semejanza en la fe en Dios Uno con otras religiones monoteístas comienza y termina ahí, en que Dios es Uno: el católico cree que Dios es Uno y Trino, es decir, Uno en naturaleza y Trino en Personas y que, al haber Personas Divinas en Dios, esas Divinas Personas conocen y aman, es decir, se pueden establecer relaciones de tipo interpersonal con estas Divinas Personas, de un modo análogo a como se establecen las relaciones interpersonales entre las personas humanas. Esto quiere decir también que el católico cree en un Dios a cuyas Divinas Personas se las puede hablar y se puede con ellas dialogar; significa que a esas Divinas Personas se las puede amar, así como se ama a las personas humanas y los ejemplos de santos que han establecido relaciones personales con las Tres Divinas Personas, abundan a lo largo de la historia de la Iglesia; sólo por mencionar, Santa Isabel de la Trinidad y la Sierva de Dios Francisca Javiera del Valle. Esta verdad de Dios como Trinidad de Personas, con las cuales se puede establecer un vínculo de fe y de amor, es incompatible con las creencias de la Nueva Era, que niegan la existencia de una Trinidad de Personas en Dios y que afirman que si hay algo a lo que se puede llamar “divinidad”, esta divinidad es una especie de energía cósmica impersonal, de la cual el hombre es sólo una parte de la misma. La incompatibilidad de estas creencias neo-paganas es evidente, desde el momento en que, como se puede ver, con una energía impersonal es imposible establecer relaciones interpresonales. Es aquí entonces en donde radica la incompatibilidad de las creencias orientales –yoga, reiki, Lilah, budismo, hinduismo, sincretismo, panteísmo, etc.- con la fe católica y que practicar estas creencias, propias de la Nueva Era, supone necesariamente abandonar la fe católica, en la teoría y en la práctica.
La otra verdad que revela Jesús, propia de la fe católica, es la de la inhabitación trinitaria en el alma: es decir, Jesús revela no solo que Dios es Uno y Trino, sino que las Tres Divinas Personas “hacen morada” en el alma en gracia, es decir, en el alma que, iluminada por la gracia, ame al Padre y al Hijo: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; vendremos a él y haremos morada en él”: esto quiere decir que, el que ama a Jesús y cumple sus mandamientos –por ejemplo, amar al enemigo, cargar la cruz todos los días y seguirlo-, es porque ya está en él el Espíritu Santo, y es el Espíritu Santo el que convierte el cuerpo del alma fiel en su templo más preciado (cfr. 1 Cor 6, 19) y el alma en morada celestial, y tan hermosa, que el Padre y el Hijo deciden dejar los cielos en donde habitan –por así decirlo- para ir a “hacer morada” en el alma de aquel que los ama: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; vendremos a él y haremos morada en él”.
Otra verdad que Jesús revela es que la Tercera Persona de la Trinidad, el Amor Divino, será enviado por el Padre y por Él para que “les enseñe y recuerde todo lo que Él ha dicho”, es decir, Jesús revela las funciones del Espíritu Santo en el alma y en la Iglesia: enseñar y hacer recordar lo que Jesús hizo y dijo, que son estas verdades de carácter sobrenatural, porque son verdades que ninguna creatura –ni ángel ni hombre alguno- es capaz de alcanzar por sí mismas, por lo que necesitan ser reveladas, como lo hace Jesús, pero además necesitan ser “enseñadas y recordadas”, que es lo que hace el Espíritu Santo. Precisamente, cuando no es el Espíritu Santo el que enseña estas verdades, la razón humana, sin la luz del Espíritu de Dios, reduce todas estas verdades a su estrecha capacidad y convierte el Evangelio en un método de auto-ayuda, o lo contamina con ideologías totalmente extrañas al Evangelio, y es así como surgen los cismas y las herejías dentro de la Iglesia.

“El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; vendremos a él y haremos morada en él”. Por último, la fe trinitaria del católico debe, necesariamente, manifestarse en su fe y en su oración -debe creer en las Tres Divinas Personas y rezar a las Tres Divinas Personas- y, para ser verdaderamente fe, debe manifestarse en obras (cfr. 2 Sant 18), porque las obras son la señal de que se cree en Jesucristo, Dios Hijo, que es igual al Padre –“El que me ve, ve al Padre” (cfr. Jn 14, 9)- y que es Quien, con el Padre, envía el Espíritu Santo, el Amor de Dios, al corazón del fiel, para que sea este Amor Divino el que, a su vez, atraiga al Padre y al Hijo para que “hagan morada” en él. Es decir, el que es fiel a las palabras de Jesús, el que cumple sus Mandamientos, es amado por el Espíritu Santo y el Espíritu Santo, viviendo en él, convierte su cuerpo en su templo y el corazón en una morada tan agradable a Dios, que el Padre y el Hijo deciden dejar los cielos para ir a morar en el alma del que vive en gracia. Es por esto que decimos que la fe en Dios Trino debe guiarnos a una vida de santidad cada vez mayor.

miércoles, 27 de abril de 2016

“Yo soy la vid, y vosotros los sarmientos”


“Yo soy la vid, y vosotros los sarmientos” (Jn 15, 1-8). Jesús es la Vid verdadera y el cristiano, el bautizado, es el sarmiento, que recibe de la vid la savia, esto es, el flujo vital que le da una nueva vida, la vida de la gracia. Como consecuencia de recibir esta savia que es la gracia, el alma, al participar de la naturaleza divina, recibe de esta todo lo que la naturaleza divina posee y es: amor sobrenatural, paz sobrenatural, alegría sobrenatural, fortaleza sobrenatural. El alma que vive en gracia –es decir, el sarmiento que permanece unido a la vid-, recibe de Dios su vida divina y, con esta, todo lo que es y posee Dios mismo, y así comienza a ser una nueva creatura, una creatura que vive con la vida misma de Dios Trino y ya no más con su vida natural. El alma en gracia adquiere la paciencia de Cristo, la mansedumbre de Cristo, el Amor de Cristo por Dios y los hombres, la Fortaleza de Cristo, la Sabiduría de Cristo, y así con todas las virtudes del Hombre-Dios, que empiezan a brillar en el alma que a Él se mantiene unido, es decir, el bautizado que no solo no comete pecado mortal, sino que conserva y acrecienta, cada vez más, la gracia santificante.
Es esto lo que sucede en la vida de los santos: ellos son el ejemplo perfecto de almas que viven en gracia y la acrecientan cada vez más; es decir, los santos son esos sarmientos que, unidos a la vid, reciben de esta el flujo vital, la savia divina, que es la gracia santificante, convirtiéndose así en imágenes vivas del mismo Jesucristo, obrando, en Él, por Él y con Él, obras –prodigios, milagros, mortificaciones, ayunos, penitencias- “más grandes todavía” (cfr. Jn 14, 12) que las que Él mismo realizó en el Evangelio.
El sarmiento unido a la vid es el cristiano que no solo no pierde la gracia por un pecado –ni venial, ni mucho menos, mortal-, sino que, recibiendo de Jesús su vida divina, vive con una vida nueva, que antes no poseía, la vida misma de Dios: esto es lo que explica las obras de los santos, obras sobrenaturales, que sobrepasan la capacidad natural de la naturaleza humana (multiplicación milagrosa de panes, como Don Bosco, o una vida sin milagros visibles y sensibles, pero de una absoluta santidad, como los esposos Quatrocchi, o la Santa Josefina Bakhita, por ejemplo). Quien permanece unido a Jesús, además, permanece unido en el Amor de Dios y es en este Amor que el santo obtiene de Dios “lo que pide”, que antes que bienes materiales, son ante todo, los bienes sobrenaturales necesarios para una vida de santidad: “Si permanecéis en mí y si mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queráis, y se os dará”.

“Yo soy la vid, y vosotros los sarmientos (…) mi Padre es el Viñador”. Así como un viñador, al llegar el tiempo de la cosecha, toma los granos de uva y los prueba, así Dios Padre, como un viñador celestial, toma de la Vid, que es Cristo, los granos de uva de los sarmientos unidos a la Vid, es decir, los corazones de los cristianos, y como así también un viñador terreno desecha los granos de uvas que están aguados o agrios, porque no sirven para hacer un buen vino, así también Dios Padre, celestial Viñador, toma los corazones de los hombres y los prueba, y si los encuentra agrios –faltos del Divino Amor- o aguados –es decir, tibios o perezosos en la vida de santidad-, no los lleva consigo, porque no sirven para la Vendimia de la Pasión. Pero a los granos de uva que sí sirven, es decir, los corazones que son dulces al paladar de Dios -porque en ellos inhabita el Divino Amor, al igual que en el Sagrado Corazón de Jesús-, Dios Padre, el celestial Viñador, los selecciona para su vendimia y los aparta, como frutos elegidos, para hacerlos partícipes, en la tierra, de la Cruz de su Hijo Jesús, para luego concederles la eterna bienaventuranza en la otra vida, en el Reino de los cielos.  

martes, 26 de abril de 2016

“Os dejo la paz, os doy mi propia paz”


“Os dejo la paz, os doy mi propia paz” (Jn 14, 27). Antes de sufrir su Pasión, Jesús deja a su Iglesia uno de los más preciados dones para la humanidad entera: la paz. ¿De qué paz se trata? Jesús mismo nos encamina a la respuesta: la paz que deja a su Iglesia es su paz, que es la paz de Dios; no es la paz del mundo, como Él mismo lo dice: “Os dejo la paz, os doy mi propia paz, pero no como la da el mundo”. Jesús establece una diferencia neta entre la “paz del mundo” y la “paz de Dios”, que es la que da Él. ¿Cuáles son estas diferencias? Ante todo, la paz del mundo es extrínseca al hombre y no compromete su interior; es decir, el mundo da una paz que podríamos llamar “social”, pero que no apacigua el espíritu del hombre. Otra diferencia está en aquello que causa la paz: en el mundo, la paz significa mera ausencia de conflictos, sin comprometer el estado espiritual del hombre: así, puede haber paz social –por un acuerdo entre los miembros de la sociedad, por tratados civiles, etc.-, pero puesto que esto se refiere sólo a lo externo, la paz del mundo coexiste con un estado de violencia interior en el hombre. Por el contrario, la paz de Dios, que es la que da Cristo Jesús, es eminentemente espiritual e interior, y está causada por la gracia santificante, que quita de raíz aquello que enemista al hombre con Dios y le quita la paz: el pecado. Pero no solo esto: al quitar el pecado, la gracia apacigua y pacifica al alma, porque la hace partícipe de la naturaleza y de la vida de Dios, que es paz en sí mismo. La paz de Cristo es entonces la verdadera paz que necesita el hombre, porque no solo quita el factor de enemistad con Dios –el pecado-, sino que lo colma sobreabundantemente con la vida divina misma, al conceder la participación en la naturaleza de Dios. En otras palabras, el hombre que recibe la gracia santificante de Jesucristo, no solo ve eliminada la barrera que lo separaba y enemistaba con Dios, quitándole la paz, sino que ahora está unido a Dios por el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios, que es pacífico en sí mismo al ser Él es la Paz Increada.

“Os dejo la paz, os doy mi propia paz”. Desde la cruz, Jesús nos dona la paz con su Sangre derramada; por la Eucaristía, Jesús derrama su paz, no la paz del mundo, sino la paz de Dios, sobre quienes lo reciben con fe y con amor. Entonces, es esta paz, la paz de Dios que el alma recibe de Jesucristo, la que el cristiano debe dar a su prójimo; todo cristiano debería decir a su prójimo -más con obras de misericordia que con palabras-: “Te doy la paz de Cristo, te dejo la paz de Cristo, la paz que Él me dio al lavar mis pecados con su Sangre y al donarme su vida divina con su sacrificio en cruz”.

viernes, 22 de abril de 2016

“Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como Yo los he amado”


(Domingo V - TP - Ciclo C – 2016)

         “Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como Yo los he amado” (Jn 13, 31-33a).  Ante las palabras de Jesús en la Última Cena, surgen estas preguntas: ¿puede Jesús dar un “mandamiento nuevo”, que se agrega, como tal, a los Diez Mandamientos de Moisés? ¿No es una prerrogativa de Dios dar Mandamientos a los hombres? Si es verdaderamente un Mandamiento nuevo, ¿en qué consiste?
         Hay que responder que, por un lado, sí es prerrogativa de Dios dar Mandamientos a los hombres, pero puesto que Jesús es Dios, puede hacerlo, en cuanto Dios que Es; es decir, sí es su prerrogativa. Pero para entender un poco mejor este Mandamiento Nuevo de Jesús, hay que compararlo con el Mandamiento anterior y ver cuál es la diferencia, es decir, en qué consiste la novedad. Antes de este Mandamiento Nuevo, también existía el mandamiento del amor, puesto que el Primer Mandamiento mandaba “amar a Dios y al prójimo como a uno mismo”, pero este mandamiento tenía diferencias: Dios era sólo Uno y no Trino, porque todavía no estaba revelado que en Dios Uno hubiera una Trinidad de Personas divinas; por otro lado, el amor con el que se mandaba amar, era sólo el amor humano, con todos los límites que tiene el amor humano –a menudo, es superficial, se deja llevar por las apariencias, es débil, entre otras carencias-; por último, se consideraba “prójimo” sólo a quien perteneciera a la misma raza o a quien profesara la misma religión; para el resto, es decir, para los gentiles, se aplicaba la ley del Talión: “Ojo por ojo y diente por diente”. Éste era el mandamiento del amor según la Ley de Moisés.
A partir de Jesús, que es quien da el nuevo mandamiento -“Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como Yo los he amado” -, hay que decir que este Nuevo Mandamiento, por un lado, no se contradice con el mandamiento del amor dado por Él mismo en el Sinaí, a Moisés, sino que se continúa en la misma dirección, que es la dirección del amor, pero ahora este mandamiento es verdaderamente nuevo, por varias razones. Por un lado, porque se trata de amar al prójimo –y a Dios, por supuesto, que ahora se revela como Trinidad de Personas-, con un nuevo amor, con una fuerza nueva, la fuerza del Divino Amor del Sagrado Corazón de Jesús; por otro lado, al ser un Amor que no es el amor meramente humano, adquiere nuevos límites y este límite nuevo no es ya el límite del amor propio de la naturaleza humana, como en sucedía en el mandamiento del Antiguo Testamento, sino que es el límite ilimitado –valga la paradoja- del Amor Divino –y, por lo tanto, infinito y eterno- con el que Jesús nos ha amado desde la cruz, ya que esto es lo que dice Jesús explícitamente: “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”, y Jesús nos ha amado hasta la muerte de cruz. Por último, el amor con el que se debe amar al prójimo, no se circunscribe al amor del prójimo que es “amigo”, sino que se extiende a todo prójimo, empezando por aquel que, por motivos circunstanciales, es nuestro enemigo, porque el mandato de la caridad implica este amor: “Ama a tu enemigo” (cfr. Mt 5, 44).

“Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como Yo los he amado”. A partir del Mandamiento nuevo, la Ley del Talión queda abolida para dar lugar a la Ley de la Caridad, del Amor sobrenatural de Dios, que exige amar a nuestro prójimo –incluido el enemigo- con el mismo Amor con el que nos amó el Sagrado Corazón de Jesús desde la cruz, el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Es en esto en lo que radica el “mandamiento nuevo” que nos da Jesús. Por último, ¿dónde conseguir este Amor de Jesús, que nos permita cumplir el mandamiento nuevo, de amar al prójimo, incluido el enemigo, hasta la muerte de cruz? En dos lugares: arrodillados ante Jesús crucificado, y en la Eucaristía, recibiendo en gracia a Jesús Sacramentado.

“Yo Soy el Camino, y la Verdad, y la Vida”


“Yo Soy el Camino, y la Verdad, y la Vida” (Jn 14, 1-6). Jesús está revelando a sus discípulos no sólo quién es Él –Dios Hijo, que es el Único que conoce al Padre-, sino qué es lo que va a hacer por nosotros, a través de su sacrificio y muerte en cruz: va a prepararnos “una morada en la casa de su Padre”, para que “donde esté Él, también estemos nosotros”. Jesús nos revela, de esta manera, no solo la precariedad de esta vida terrena, temporal, sino la existencia de una vida en el más allá, una vida que, por desarrollarse en Dios, es eterna, como Dios es eterno; una vida en la absoluta paz, alegría y amor de Dios, porque es una vida que transcurrirá, por los siglos sin fin, en la Casa del Padre, allí adonde Jesús va a prepararnos una morada. Pero Jesús también nos revela que a esa vida eterna en la Casa del Padre, no se llega si no es por Él: “Yo Soy el Camino, y la Verdad, y la Vida”. Jesús se nos revela a sí mismo como Dios, al utilizar el nombre propio de Dios –“Yo Soy”-, aplicándoselo a Él; es decir, al decir: “Yo Soy”, está utilizando el nombre con el que los hebreos conocían al Dios Único y Verdadero; por lo tanto, se está revelando como Dios. Luego de revelarse como Dios, se revela como “Camino, Verdad y Vida”: Jesús es el Camino que conduce al Padre y no hay otro camino que no sea Él, porque Él es Dios Hijo, que procede del Padre y que conduce al Padre y “nadie va al Padre” sino es por Él; Jesús es la Verdad Suprema y Absoluta de Dios, porque Él es la Sabiduría de Dios, y por lo mismo, nadie conoce al Padre sino Él, Dios Hijo, y quien conoce al Padre es porque es Él, Jesús, quien lo da a conocer; cualquier otra verdad acerca de Dios, que no sea la revelada por el Hijo de Dios, Jesús de Nazareth, es sólo tinieblas y oscuridad; Jesús es la Vida, y la Vida eterna, la vida misma de Dios Trino, la vida que brota del Ser divino trinitario, porque Él es el Hijo Eterno del Padre, que engendrado antes que todos los siglos, recibe del Padre en la eternidad la Vida Increada y es por esto que toda vida que no sea la Vida eterna que da Jesús, es sólo desolación y muerte.
“Yo Soy el Camino, y la Verdad, y la Vida”. Jesús en la Eucaristía es el Único Camino al Padre que debemos recorrer, es la Única Verdad Divina que debemos creer y es la Única Vida eterna que debemos recibir.


jueves, 21 de abril de 2016

“El que me recibe, recibe al que me envió”


“El que me recibe, recibe al que me envió” (Jn 14,1-6). Jesús continúa revelando la identidad entre Él y su Padre: verlo a Él, es “ver al Padre” (cfr. Jn 14, 9); nadie va al Padre, “si el Hijo no lo conduce” (cfr. Jn 14, 6); ahora, revela que recibir a Él, es “recibir al que lo envió”, es decir, al Padre. Esto tiene una profunda consecuencia en la doctrina y en la espiritualidad eucarística, porque si Jesús es Dios Hijo encarnado, Él prolonga su Encarnación en la Eucaristía; por lo tanto, estar frente a la Eucaristía y adorar la Eucaristía, es estar frente a Dios Hijo en Persona y adorar a Dios Hijo en Persona, que se encuentra frente a nosotros glorioso y resucitado, tal como está en el cielo, sólo que oculto bajo apariencia de pan. Por otro lado, si ver a Jesús, Dios Hijo, es ver a Dios Padre –porque hay entre ambos identidad de naturaleza y substancia y porque el Hijo es la Sabiduría del Padre-, entonces contemplar el misterio de Jesús en la Eucaristía es contemplar el misterio de Dios Padre, que es Quien envía a su Hijo Dios a encarnarse y a prolongar su encarnación en la Eucaristía; también quiere decir que si nadie va al Padre si no lo conduce al Hijo –y el Hijo conduce al Padre en el Espíritu Santo-, entonces, adorar la Eucaristía, que es adorar al Hijo, es entonces también adorar al Padre y ser conducidos al Padre por el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Finalmente, si recibir a Jesucristo es recibir “al que lo envió”, es decir, al Padre, entonces, recibir la Eucaristía, que es Jesucristo en Persona, es recibir al Padre y es, también, recibir al Amor del Padre y el Hijo, el Espíritu Santo. Jesús revela, así, la doctrina de la inhabitación trinitaria, una maravillosísima realidad sobrenatural para el alma que comulga en gracia, la cual se convierte, así, por la comunión eucarística, en templo de la Santísima Trinidad.