miércoles, 28 de septiembre de 2016

“Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel”



“Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel” (Jn 1, 47-51). En la persona de Natanael -a quien muchos consideran que es San Bartolomé-, se destacan, por un lado, la virtud de la sinceridad y la transparencia de corazón, elogios recibidos de parte de Jesús: “Éste es un verdadero israelita, un hombre sin doblez”. Este solo hecho, la ausencia de doblez de corazón, muestra ya una disposición natural del alma para la comunión de vida y amor con Dios. A esto, se le agrega la iluminación del Espíritu Santo, que es quien le permite confesar a Jesús, no como a un maestro o rabbí religioso más, sino como lo que es: el Hombre-Dios, el Hijo de Dios encarnado, que por derecho propio y por naturaleza, es el Mesías, el Rey de Israel: “Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel”. De la persona de Natanael, entonces, los cristianos tenemos mucho para aprender y es ante todo, la transparencia del corazón, lo cual quiere decir que no hay oscuridad, en forma de hipocresía o falsedad, lo cual es el “sustrato”, por así decirlo, sobre el cual actúa la gracia, en este caso, la que le permite ver a Jesús como al Hijo de Dios encarnado. La transparencia de su corazón y la ausencia de doblez, como frutos de la gracia que ya está actuando en él, es lo que le permite tener su corazón dispuesto para recibir una gracia mayor, y es la de reconocer a la Persona Divina del Hijo de Dios en Jesús de Nazareth: “Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel”. Se trata del cumplimiento de las palabras de Jesús en el Sermón de la Montaña, pues es una de las bienaventuranzas: “Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios”. Natanael, que es puro de corazón por la gracia y la ausencia de doblez, ve a Dios encarnado, Jesús de Nazareth, con sus propios ojos corpóreos.
Pero la acción de la gracia en un corazón bien dispuesto como el de Natanael, no se detiene ahí: Jesús le dice que “verá cosas más grandes todavía”, y nosotros nos podemos qué cosa más grande puede haber, que la de contemplar, con sus propios ojos, al Hijo de Dios en Persona. Y la respuesta nos la da la Iglesia: las “cosas más grandes” que podemos ver es, no al Hijo de Dios, con los ojos corpóreos, como lo veía Natanael cuando lo tenía frente a sí, sino al Hijo de Dios oculto en algo que parece pan, pero que ya no lo es, y es la Eucaristía. Contemplar a Jesús, el Hijo de Dios, con los ojos de la fe y no con los ojos corpóreos, es una gracia infinitamente más grande que la recibida por Natanael, según las palabras de Jesús: “Bienaventurados los que creen sin ver”.


“Te seguiré adondequiera que vayas”


“Te seguiré adondequiera que vayas” (Lc 9, 57-62). Un discípulo, entusiasmado por la Persona de Jesús, por su mensaje evangélico y por sus milagros, exclama, eufórico: “¡Te seguiré adonde vayas!”. Jesús, sin rechazar esta decisión del discípulo, le advierte sin embargo acerca de una de las condiciones que deberán afrontar quienes lo sigan: “Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”.
¿A qué se refiere Jesús? Se refiere, ante todo, a la pobreza, puesto que, dedicados con su Maestro a predicar el Evangelio, los Apóstoles y los discípulos no tendrán bienes materiales y de tal manera, que aún los animales, como los zorros y las aves, tendrán sus guaridas y sus nidos, respectivamente, en donde descansar, mientras que “el Hijo del hombre no tendrá ni siquiera esto. Pero hay algo más en esta frase, y es que Jesús se refiere a su cruz, de la cual deberán participar todos los que lo sigan, porque es la cruz en donde Jesús no solo no tiene bienes materiales, sino que es allí en donde, a causa de la corona de espinas, no tiene “dónde reclinar la cabeza”. En efecto, la corona de espinas es de tal tamaño y sus espinas son tan grandes, además de filosas y cortantes, que le impedirán prácticamente todo movimiento con su Cabeza, por lo que es en la posición de crucificado en donde se cumple cabalmente la advertencia de Jesús para quienes deseen seguirlo: “El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”.

El cristiano que quiera seguir a Jesús tiene, por lo tanto, que estar dispuesto no solo a la pobreza de la cruz –solo lo necesario para la salvación, como el madero, los clavos, la corona de espinas-, sino a ser crucificado junto con Jesucristo, participando de su corona de espinas, bebiendo del cáliz de sus amarguras y sintiendo sus mismas penas.

lunes, 26 de septiembre de 2016

“Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén”



“Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén” (Lc 9, 51-56). El Evangelio destaca la actitud decidida, firme, valiente, de Nuestro Señor Jesucristo: “Jesús se encaminó decididamente a Jerusalén”. Esta actitud de Jesús se valora en toda su dimensión cuando se considera la oración previa que revela la causa por la que se dirige “decididamente” a Jerusalén, y es el haber llegado la Hora de su Pasión: “Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo”, esto es, cuando debía ya, en el tiempo establecido por el Padre, llevar a cumplimiento su misterio pascual de Muerte y Redención, “Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén”. Es decir, Jesús, en cuanto Hombre-Dios, sabía perfectamente qué es lo que habría de sucederle; sabía que sería acusado injustamente y sentenciado a muerte; sabría que sería flagelado y coronado de espinas y luego ajusticiado en el patíbulo de la cruz; sabía que sería abandonado por sus discípulos –los mismos a los que habría de llamar “amigos” en la Última Cena-; sabía que sería traicionado por el “hijo de la perdición”, Judas Iscariote; sabía que sería abandonado por todos, menos por su Madre, la Virgen; sabía que habría de morir de una muerte cruenta y dolorosísima en la cruz, y sin embargo, se encamina “decididamente” hacia Jerusalén. Además de su valentía y fortaleza sobrehumanas, destaca en Jesús el Amor que arde en su Sagrado Corazón, por todos y cada uno de los hombres, porque es por ellos, por todos los hombres de todos los tiempos, por los que se encamina “decididamente” a Jerusalén, para redimirlos y santificarlos mediante su muerte en cruz. Esto quiere decir que Jesús, en su “caminar decidido” hacia Jerusalén, no sólo estaba pensando en cuánto habría Él de sufrir, sino que estaba pensando en todos y cada uno de nosotros, porque era por nosotros, por nuestra salvación individual y personal, de todos y cada uno de los hombres, por quienes decidía sufrir la Pasión. Esto nos hace ver que si la valentía y fortaleza de Jesús son enormes, pues no lo amedrenta el sacrificio de la cruz, inmensamente mayor es su Amor por nosotros, porque es por Amor a nosotros, a cada uno de los hombres, que se decide encaminarse a Jerusalén. Es decir, Jesús no sólo piensa en su Pasión, sino que nos tiene, a todos y cada uno de los hombres, en su Sagrado Corazón, cuando se encamina “decididamente” a Jerusalén. Entonces, esto nos lleva a la siguiente reflexión: si Jesús, pensando en mí y sólo en mí, movido por el Amor infinito y eterno que arde en su Sagrado Corazón, se encaminó “decididamente” a Jerusalén para sufrir su Pasión, Muerte y Resurrección, ¿por qué yo no me dirijo “decididamente” a la Santa Misa, en donde se renueva, en el altar y por el misterio de la liturgia eucarística, de modo incruento, el mismo y único Sacrificio de la Cruz? Jesús se encaminó “decididamente” hacia Jerusalén, para morir por mí en la cruz, ¿y qué hago yo? ¿Me encamino “decididamente” hacia la Santa Misa, renovación incruenta del sacrificio de la cruz, movido por amor a Jesús?  

viernes, 23 de septiembre de 2016

“Un hombre rico se condenó (…) un hombre pobre se salvó”



(Domingo XXVI - TO - Ciclo C – 2016)

         “Un hombre rico se condenó (…) un hombre pobre se salvó” (cfr. Lc 16, 19-31). Jesús narra la parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro, sus vidas y sus destinos eternos: el rico se condena en el infierno, el pobre se salva y va al cielo. Para no caer en interpretaciones apresuradas y superficiales, que condenen al rico por su riqueza y justifiquen al pobre por su pobreza, hay que tener en cuenta cuál es el sentido espiritual de la parábola, para comprender qué es lo que condena al rico, que no es su riqueza, y qué es lo que salva al pobre, que no es su pobreza. Es necesario hacer esta aclaración, porque existen interpretaciones de este pasaje que, haciendo hincapié en lo que es secundario –riqueza y pobreza de los protagonistas de la parábola-, interpretan el pasaje en un sentido contrario al Evangelio, considerando sólo los aspectos meramente materiales. En estas fallidas interpretaciones, el rico es considerado “malo” solo por el hecho de ser rico, siendo así la causa de su condenación la sola posesión de bienes materiales; a su vez, el pobre es considerado “bueno” por el solo hecho de ser pobre, siendo la pobreza la causa de su salvación. Sin embargo, hacer esta interpretación es, por un lado, simplista y falso y, por otro lado, ajena al Evangelio y a su espíritu. Como decíamos antes, ni la riqueza en sí misma es la causa de la condenación del rico Epulón, ni la pobreza es la causa de la salvación del pobre Lázaro. Con respecto a Epulón, baste decir que, en el Evangelio, hay quienes eran considerados ricos, como Zaqueo, o también José de Arimateo, el fariseo discípulo de Jesús y dueño del sepulcro donde fue depositado el Cuerpo de Nuestro Señor. También en la Iglesia hay numerosos santos, como por ejemplo el joven Pier Giorgio Frassatti, que siendo hijo de uno de los hombres más ricos de Italia, nunca renunció a su fortuna, aunque vivía pobremente porque todo lo que tenía lo daba como limosna, o el caso de Santa Isabel de Hungría, que era reina y dueña de una inmensa fortuna, pero todo lo que era suyo lo donó para construir hospitales, escuelas y albergues. Y al contrario, hay ejemplos de pobres, como Judas Iscariote, que tienen corazón de avaro. Como vemos, entonces, no es la riqueza en sí misma la que condena, como tampoco es la pobreza en sí misma lo que salva.
         Lo que salva o condena, es el modo de usar los bienes que se poseen y el estado del corazón en relación a Dios y al prójimo, que es lo que nos enseña la parábola: Epulón se condena porque en su corazón no hay amor ni a Dios, ni al prójimo; si hubiera tenido amor a Dios, se habría desprendido de algo de sus bienes materiales para socorrer a Lázaro que, en cuanto prójimo y en cuanto sufriente, es imagen viviente de Dios Hijo encarnado y crucificado. Puesto que no tiene amor ni a Dios ni a su imagen viviente, que es el prójimo, en su corazón sólo hay amor de sí mismo, de sus propios placeres y comodidades, lo cual lo pone, de modo inmediato, bajo el dominio del Príncipe de las tinieblas, y esa es la causa de su condenación. En otras palabras, Epulón se condena no por poseer riquezas, sino por no poseer amor en su corazón y por tener su corazón en las riquezas, cumpliéndose así lo que dice Jesús: “Donde esté tu tesoro, ahí estará tu corazón” (Mt 6, 21).
A su vez, Lázaro no se salva por la pobreza en sí misma, sino por amar a Dios y a su prójimo, demostrando el amor a Dios en la mansedumbre, paciencia y humildad con la que vive las tribulaciones permitidas por Dios para su santificación –la enfermedad, la pobreza, la soledad-, y demostrando su amor al prójimo –en este caso, Lázaro-, sin demostrarle enojo, encono ni nada parecido, por el hecho de ser Lázaro rico y él pobre y por el hecho de comportarse egoístamente con él. Es decir, Lázaro se salva porque ama a Dios y al prójimo, y no porque es pobre, o sea, no se salva por la pobreza en sí misma, sino por el amor a Dios y al prójimo que contiene su corazón.

“Un hombre rico se condenó (…) un hombre pobre se salvó”. Todos somos, en cierta medida, Epulón, en el sentido de que todos tenemos riquezas –sean materiales o espirituales- para dar y compartir con nuestros prójimos más necesitados; todos debemos ser Lázaro, porque todos debemos amar a Dios y al prójimo, si queremos salvar nuestras almas. Desprendernos de nuestros bienes materiales en favor de nuestros prójimos, enriquecernos con el tesoro más grande que tiene la Iglesia, la Eucaristía, es la enseñanza de esta parábola de Jesús.

jueves, 22 de septiembre de 2016

“Herodes trataba de ver a Jesús”



“Herodes trataba de ver a Jesús” (Lc 9,7-9). Herodes trata de ver a Jesús, dice el Evangelio, pero su deseo se origina, ante todo, por curiosidad vana y no por deseos de amistad: no sabe si es Elías, que ha resucitado, aunque está seguro que no es Juan Bautista, porque él mismo lo ha hecho decapitar. Herodes trata de ver a Jesús, y esto nos debería hacer reflexionar a nosotros, los cristianos: Herodes era un hombre que no amaba a Jesús y cuyos mandamientos no los tenía en cuenta, y sin embargo, “trataba de ver a Jesús”; ¿qué sucede con nosotros, que somos cristianos, que somos, en teoría sus discípulos y seguidores; que somos sus hermanos por el bautismo, pues tenemos a Dios por Padre, a la Virgen por Madre y a Él como hermano? ¿Qué sucede con nosotros, que estamos llamados a ser sus amigos y a corresponderle en el amor que Él nos ha demostrado muriendo por nosotros en la Cruz? ¿Tratamos de ver a Jesús? Obviamente, no nos referimos a verlo sensiblemente, corporalmente, con los ojos del cuerpo, sino que nos referimos a la luz de la fe, que ilumina al alma y que, en virtud de esta fe, sabemos que está en el sagrario, oculto en la Eucaristía, en la apariencia de pan. ¿Tratamos de “ver” a Jesús en su Presencia Eucarística? ¿Acudimos al sagrario para “ver” a Jesús oculto en la Eucaristía, con los ojos de la fe? ¿Acudimos a la Santa Misa para “ver” a Jesús que renueva su Sacrificio de la Cruz en el Altar Eucarístico? ¿Tratamos de “ver” a Jesús en la Eucaristía, para agradecerle por haber dado su vida por nosotros, para decirle que lo amamos y que deseamos contemplarlo y verlo, cara a cara, en la bienaventuranza eterna del Reino? ¿Tratamos de ver a Jesús con la luz de la fe en el sagrario? ¿No será que, en el fondo, Herodes, con todos sus vicios, defectos y pecados, tenía más amor a Jesús que nosotros, porque al fin de cuentas, él trataba de verlo, pero nosotros, en cambio, preferimos ver el mundo y sus atractivos, antes que ver a Jesús por la luz de la gracia y de la fe?

martes, 20 de septiembre de 2016

“Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la practican”


“Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la practican” (Lc 8, 19-21). Mientras Jesús está predicando a una multitud, le avisan que la Virgen y sus primos lo buscan y no pueden verlo precisamente a causa de la muchedumbre: “Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren verte”. Con respecto a este pasaje, hay que notar que la palabra “hermano” no significa, en hebreo, necesariamente, hermanos de sangre, sino que se refiere también a otro grado de parentesco, como es el ser primos. En el caso de Jesús, es verdad de fe que Jesús no tuvo hermanos biológicos, puesto que su Madre, María, tiene el doble privilegio de ser Virgen y Madre, y Él mismo es Hijo de Dios, habiendo sido concebido por obra del Espíritu Santo y no por la naturaleza humana. Entonces, cuando le dicen a Jesús que “su Madre y sus hermanos” lo están esperando, se refieren a la Madre de Jesús, la Virgen, y a los primos de Jesús, y de ninguna manera, hacen referencia a ningún hermano biológico, que Jesús no los tenía.
Continuando con el Evangelio, en un primer momento, la respuesta de Jesús parece, si se la considera superficialmente, como si estuviera dejando de lado a su familia biológica, para reemplazarla por otra familia, porque dice que “su madre y sus hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios”, lo cual da a entender que esta es su familia y no la familia que está afuera.
Sin embargo, no es esa la intención de Jesús: lo que hace es revelar que, a partir de Él, existe una Nueva Familia, unida por los lazos del Divino Amor, el Espíritu Santo, y no por los lazos biológicos o sanguíneos, y es la Familia de los hijos de Dios, que tienen por Madre a la Virgen, por Padre a Dios y por hermano a Jesús, y que, llevados por el Espíritu Santo, el Amor de Dios, cumplen la Divina Voluntad en sus vidas. Es esto lo que Jesús quiere decir cuando dice: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la practican”. Además, la Virgen es la Primera en cumplir de modo perfectísimo la Voluntad de Dios, por lo que es Ella también la cabeza de esta Nueva Familia, la Familia de los hijos de Dios, los bautizados en la Iglesia Católica que, guiados por el Espíritu Santo, cumplen la Voluntad de Dios.

“Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la practican”. Esto quiere decir que nosotros, los católicos, los bautizados, estamos llamados a formar parte de la Nueva Familia de Jesús, pero para hacerlo, debemos cumplir su Voluntad, que se expresa en los Diez Mandamientos, en las Bienaventuranzas, y en los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, según el estado de vida de cada uno. Es decir, hemos sido incorporados por el Bautismo sacramental a la Familia de Jesús, pero para permanecer en esta Familia, debemos, en la vida diaria, buscar de cumplir siempre la Voluntad de Dios, y la Voluntad de Dios es que nos salvemos, y nos salvamos si vivimos en gracia.

viernes, 16 de septiembre de 2016

“Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que este les falte, ellos los reciban en las moradas eternas”



(Domingo XXV - TO - Ciclo C – 2016)

         “Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que este les falte, ellos los reciban en las moradas eternas” (Lc 16, 1-13). En este Evangelio, Jesús nos narra la parábola de un administrador, que es un mayordomo, que gobierna la hacienda de un hombre rico[1]. Luego de ser acusado de mala administración -con fundamento-, es despedido. Se encuentra por lo tanto ante el dilema de cómo vivir, pues no se siente con fuerzas para trabajar, al tiempo que se avergüenza de mendigar, aunque no se avergüenza de robar. Lo que decide hacer es llamar a los deudores de su amo, arrendadores que pagan su renta en especies y, de acuerdo con ellos, falsifica sus contratos y así engaña de nuevo a su amo. Mediante esta trampa, el mayordomo piensa hacerse amigos y protectores que puedan recibirlo bien cuando sea despedido, como una especie de “devolución de favores”. Al saberlo, dice Jesús que “el señor alabó a este administrador deshonesto, por haber obrado tan hábilmente”.
Ahora bien, la alabanza que hace el amo de este “administrador infiel”, constituye una dificultad, puesto que, además de alabarlo el amo engañado, también parece alabarlo, al menos indirectamente, Nuestro Señor. Es por esto que surge la pregunta: ¿es así, como parece, que Jesús alaba semejante estafa? De ser así, no dejaría de causar perplejidad, puesto que esto es radicalmente contrario a su espíritu y doctrina. La respuesta es que, por un lado, con respecto a Jesús, Nuestro Señor no alaba ni al amo ni al mayordomo, porque la parábola no dice que el mayordomo haya obrado “sabiamente” –lo que correspondería al Evangelio-, sino “astutamente” -es decir, con una prudencia que no pertenece al Reino de los cielos, sino a los ideales de este mundo y al Príncipe de las tinieblas-, y esto es lo que Nuestro Señor (no el amo) quiere significar (en 8b), cuando compara a los “hijos de este siglo” –los hijos de las tinieblas- con los “hijos de la luz”, hebraísmos con que se designa a aquellos que viven siguiendo, respectivamente, los ideales de este mundo o los del mundo venidero (cfr. Ef 5, 8; 1 Tes 5, 5): “Los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz”.
Para poder dilucidar mejor la enseñanza de Jesús, lo que tenemos que considerar es que tanto el amo como el mayordomo son “hijos de este siglo”, es decir, son hombres que actúan al margen de la Ley de Dios y, obviamente, como tales, no son alabados por Jesús: el primero, el amo, se entera de que ha sido estafado, de un modo que le será difícil probar y su reacción, según afirma un autor, es la de “decidir prudentemente tratar el asunto como una broma y hace el comentario que haría cualquiera en tales circunstancias: ‘Este administrador es un estafador, pero un estafador inteligente’: “El señor –el dueño del que habla la parábola- alabó a este administrador deshonesto, por haber obrado tan hábilmente”. La alabanza implícita de Jesús es el haber “obrado hábilmente”, no la deshonestidad.
En otras palabras, lo que Jesús alaba de modo indirecto no es el robo, sino la astucia con la que obra el administrador infiel; Jesús no aprueba el mal, sino que su enseñanza es que si quienes poseen la luz de la gracia para vivir con la vista puesta en los bienes eternos –es decir, los cristianos-, mostraran al menos la agudeza y sagacidad de los que viven pensando sólo en las ventajas temporales, entonces la Iglesia obtendría resonantes triunfos en su lucha por la salvación de las almas. Lo que nos dice Jesús es que nosotros, en cuanto “hijos de la luz”, es decir, en cuanto cristianos, podemos imitar la astucia del administrador, haciendo un uso hábil e inteligente de los dones recibidos: “Gánense amigos (como él hizo para sí) mediante el dinero de la injusticia -es el equivalente a “dinero sucio”-, en orden a que, cuando éste no esté ya con vosotros, os reciban en las moradas eternas”. Nuestro Señor no condena en absoluto la posesión de las riquezas, y tampoco aprueba, ni siquiera mínimamente, un proceder a todas luces inmoral e ilícito –el del administrador infiel-, sino que pide que en esto como en cualquier otra cosa el hombre se considere como administrador de Dios y que en el obrar el bien y en el administrar los dones que  le ha sido confiado, el cristiano sea fiel pero también sagaz, inteligente -astuto, con una astucia bien entendida-, lo cual a su vez es una directa recomendación suya: “Sed mansos como palomas y astutos como serpientes” (Mt 10, 16). Jesús quiere que seamos administradores fieles y sabios, inteligentes, astutos, de los bienes que se nos ha confiado, de manera que, cuando esa administración finalice un día con la muerte y tengamos que rendir cuentas, salgamos airosos del juicio particular, y el modo de prepararnos para ese día, el día del juicio particular, es dando limosnas, según enseña la Escritura: “Dar limosna salva de la muerte y purifica de todo pecado” (Tob 12, 9); “(…) vosotros ferviente caridad; porque la caridad cubrirá multitud de pecados” (1 Pe 4, 8).
         Al comentar este pasaje, San Gregorio Nacianceno enfoca la administración de los bienes hacia los bienes terrenos y materiales, y dice así[2]: “Amigos y hermanos míos, no seamos malos administradores de los bienes que nos han sido confiados, para no tener que escuchar las siguientes palabras: “Avergonzaos, vosotros que retenéis el bien de los demás. Imitad la justicia de Dios y no habrá ya pobres”. No nos cansemos en amontonar bienes y tener reservas, cuando otros están agotados por el hambre. No nos hagamos meritorios del reproche amargo y de la amenaza del profeta Amos: “Escuchad esto, los que aplastáis al pobre y tratáis de eliminar a la gente humilde, vosotros, que decís: ¿Cuándo pasará la luna nueva, para poder vender el trigo; el sábado, para dar salida al grano?” (Am 8,5). Imitemos la ley sublime y primera de Dios “que hace llover sobre justos y pecadores y hace salir el sol para todos” (cfr. Mt 5,45). Dios colma a todos los habitantes de la tierra con inmensos terrenos para cultivar, con manantiales, ríos y bosques. Para los pájaros ha hecho el aire, y el agua para todos los animales del mar. Para la vida de todos, da en abundancia los recursos esenciales que no deben ser acaparados por los poderosos, ni restringidos por las leyes, ni delimitados por fronteras, sino que los da para todos, de manera que nada falte a nadie. Así, repartiendo por igual sus dones a todos, Dios respeta la igualdad natural de todos. Nos muestra así la generosidad de su bondad... Tú, ¡pues, imita esta misericordia divina!”. En otras palabras, para San Gregorio Nacianceno, la astucia de administradores fieles, que nos pide Jesús, radicaría en hacer un uso caritativo de los bienes materiales que se nos han confiado, para ayudar a los pobres –también materiales- con los que la Divina Providencia nos haga encontrar.
Ahora bien, podríamos decir que la parábola puede referirse a la administración de otro tipo de bienes, los bienes inmateriales que se nos ha concedido, sean naturales –inteligencia, voluntad, dones, talentos innatos- como sobrenaturales –gracia bautismal, Eucaristía, Confirmación, Confesiones, etc.-, bienes todos que debemos saber aprovechar y hacerlos rendir, de modo de poder entrar en el Reino de los cielos.
“Haceos amigos con los bienes de este mundo, así os recibirán en las moradas eternas”. En definitiva, se trate de bienes materiales o inmateriales, todos deben ser puestos al servicio del Reino de Dios, para ser considerados como Jesús como “siervos buenos y fieles”, de manera tal de merecer “pasar a gozar de Nuestro Señor” (cfr. Mt 25, 23).




[1] Cfr. B. Orchard et al., Verbum Dei. Comentario a la Sagrada Escritura, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1957, 623.
[2] Homilía sobre el amor a los pobres, 24-26; PG 35, 890-891.