miércoles, 6 de mayo de 2015

“El sarmiento que permanece en Mí da mucho fruto”


“El sarmiento que permanece en Mí da mucho fruto” (cfr. Jn 15, 1-8). Jesús es la Vid verdadera y nosotros, los cristianos, somos los sarmientos, que injertados en Él por el bautismo, recibimos su savia vivificante, la gracia santificante, por medio de la fe, que hace fructificar el injerto bautismal en obras de santidad. Así como el sarmiento, cuando es injertado en la vid, comienza a recibir el flujo vital de la savia que le permite dar el fruto que es la uva, así el cristiano, al ser injertado en la Vid verdadera, que es Cristo, comienza a recibir, por medio de la fe, el nutriente que es la gracia santificante, y esta fe se traduce en obras que hacen resplandecer la santidad de la vida nueva que se ha recibido, porque las obras que realiza por la fe no son obras humanas, sino obras divinas, puesto que se trata de obras que superan a la naturaleza humana –caridad, paciencia, longanimidad, castidad, justicia, fortaleza, etc.- y es a esto a lo que se refiere Jesús cuando dice: “El sarmiento que permanece en Mí da mucho fruto”. Son estas obras las que realizaron todos los santos de todos los tiempos, y pudieron hacerlo, porque permanecieron unidos a Jesucristo, Vid verdadera; los santos fueron esos sarmientos unidos a Cristo Vid verdadera, que no se separaron de la Vid ni por un solo instante, y si se separaron, se volvieron a unir al instante, recuperando la gracia por el Sacramento de la Penitencia, de manera tal de no dejar de frutos en ningún momento.
Por el contrario, quien se separa de Cristo, Vid verdadera, se separa de su Fuente de Gracia e interrumpe, de modo libre y voluntario, su flujo vital y el nutriente que lo alimentaba con la vida misma de Dios Trino y perece en su vida espiritual, agostándose y marchitándose. Quien se separa de Cristo Vid verdadera, a causa del pecado, es como el sarmiento que, estando unido a la vid, en algún momento comienza a secarse, hasta que, perdiendo definitivamente todo flujo vital, termina por caer al suelo, en donde es arrastrado por el viento, quedando en el suelo a la espera de ser quemado junto a los demás sarmientos secos.
“El sarmiento que permanece en Mí da mucho fruto, y mi Padre es el Viñador”. No basta con no ser un sarmiento seco; no basta con simplemente “dar fruto”: Dios Padre es el Viñador, y su paladar es un paladar exquisito y excelente, y de ninguna manera es engañado. Él prueba el fruto de los sarmientos unidos a la Vid verdadera, que es Cristo, es decir, Él prueba las uvas que son nuestros corazones, y sabe si esos corazones son agrios o dulces; sabe si damos frutos agrios, cuando somos cristianos tibios, que nos dejamos llevar por la acedia o pereza espiritual; sabe si somos cristianos iracundos y no de corazón manso y humilde como el de Jesús; sabe si somos cristianos vengativos y rencorosos y no somos capaces de amar y perdonar a nuestros enemigos, como nos manda Jesús desde la cruz, y así con muchas otras cosas más. Dios Padre es un Viñador de paladar exquisito, y Él prueba los frutos de los sarmientos, y poda los sarmientos que dan fruto, para que den mejores frutos, y corta los sarmientos secos, para arrojarlos al fuego, porque ya no sirven más. Ésta es la razón por la cual no basta con simplemente “dar fruto”, sino que hay que dar frutos excelentes, frutos de santidad, unidos a la Vid verdadera, Jesucristo.


martes, 5 de mayo de 2015

“Les doy mi paz, no como la da el mundo”


“Les doy mi paz, no como la da el mundo” (Jn 14, 27-31). Para saber cómo es la paz de Cristo, es necesario saber cómo es la paz del mundo, la paz que no es de Cristo. La paz del mundo es meramente extrínseca; es una mera ausencia de conflictos; es simplemente una paz superficial, mantenida por la violencia y por el uso de la fuerza; la paz del mundo no es una paz interior, que alcance a la esencia y a la raíz del ser del hombre, cuyo interior queda tan convulsionado y tan alejado de Dios como antes de ser establecida la paz mundana. Ejemplo de paz del mundo es la “pax romana”, y es la paz que establecen todos los totalitarismos y todas las ideologías –comunismo, liberalismo, principalmente-, y surge luego de la aniquilación literal de todo aquel que  no piense como ellos, o luego de encarcelar a los disidentes, a silenciarlos al costo que sea. Ésa no es la paz de Cristo: “Les doy mi paz, no como la da el mundo”.
La paz de Cristo, por el contrario, es ante todo interior, y radica en lo más profundo del ser del hombre, invadiendo todo su ser, todas sus potencias, toda su alma y hasta su cuerpo. La razón es que la paz de Cristo se deriva de la reconciliación del hombre con Dios, gracias al perdón divino obtenido por el sacrificio expiatorio y redentor de Jesucristo en la cruz. Por el sacrificio en cruz, Jesús lava los pecados del hombre, que eran la causa de la enemistad del hombre con Dios, desde la caída de Adán y Eva, y en el lugar del pecado, lavado y quitado con su Sangre, Jesús dona al alma su gracia santificante, gracia por la cual el alma no solo ve restablecida su amistad con Dios, sino que se ve elevada además a la dignidad de hija adoptiva suya y heredera del Reino de los cielos. Entonces, Jesús da la verdadera paz, la paz interior al alma, por una doble vía: porque quita el pecado, que era la causa de la enemistad y de la discordia del hombre hacia Dios, y porque le concede la gracia santificante, que es la causa a su vez del restablecimiento de una nueva amistad, mucho más profunda que la de los primeros padres, Adán y Eva, ya que se trata de una amistad basada en la filiación divina y en el hecho de haber sido convertida el alma en heredera del Reino de los cielos.

“Les doy mi paz, no como la da el mundo”. Antes de su Pascua, antes de su “paso”, de este mundo al Padre, Jesús nos deja innumerables dones –la Eucaristía, el sacerdocio, el don de su Madre como Madre nuestra-, y entre ellos, nos deja el don de la paz. Es por ese motivo que el cristiano, luego de recibir la paz de Cristo, comunicada por la gracia santificante, no tiene excusas para no ser él un difusor de esa misma paz a sus hermanos, de manera tal que el cristiano debería decir, no con palabras, sino con gestos concretos de paz: “Te doy la paz de Cristo, no la paz del mundo”. Si el cristiano no da la paz de Cristo a su prójimo, entonces traiciona gravemente el don recibido de Cristo y se convierte en difusor de la discordia y del odio, que jamás provienen del Espíritu de Dios.

viernes, 1 de mayo de 2015

“Yo Soy la Vid, ustedes los sarmientos”


(Domingo V - TP - Ciclo B – 2015)

“Yo Soy la Vid, ustedes los sarmientos” (Jn 15, 1-8). Con la imagen de una vid, de la cual brotan los sarmientos, Jesús grafica la relación ontológica y el flujo vital que se establece entre Él, el Hombre-Dios, y nosotros, los cristianos, es decir, los que hemos sido incorporados a Él, por medio del bautismo sacramental. Jesús utiliza la figura de la vid, de la cual brotan los sarmientos, para darnos una idea acerca de la naturaleza de la vida nueva que adquirimos como cristianos a partir del bautismo sacramental: así como el sarmiento recibe de la vid el flujo vital de la savia, que lo vivifica y le permite dar el fruto que es la uva, así el cristiano, incorporado a Cristo por el bautismo sacramental, recibe, a partir del bautismo, la vida nueva que le proporcionan la fe y la gracia santificante, que le permite dar frutos de santidad. El cristiano queda así comparado a un sarmiento que es injertado a una vid –el cristiano es un sarmiento silvestre o heterólogo, mientras que el hebreo es el sarmiento natural u homólogo, propio de la Vid, que es Cristo, hebreo de raza-: de la misma manera a como el sarmiento, al ser injertado, comienza a recibir el nutriente que es la savia y esta savia es la que le permite dar el fruto de la uva, así el cristiano, incorporado a Cristo por el sacramento del bautismo, comienza a recibir, por la fe y por la gracia, el flujo de vida divina, que le permite –al menos lo capacita para- obrar de manera tal que se convierte en una prolongación del mismo Jesucristo. En otras palabras, el sarmiento silvestre injertado en la vid, o el cristiano incorporado a Cristo, se vuelve capaz de obrar con la bondad, la caridad, la paciencia, el amor misericordioso, del mismo Cristo en Persona, y eso es lo que llamamos “frutos de santidad”.
Esto es posible debido a la unión hipostática, es decir, a la unión en la Persona Segunda de la Trinidad, de la naturaleza humana de Jesús de Nazareth; por esta unión, todos los que se unen a su Cuerpo Místico por medio del bautismo, reciben de Él la gracia santificante, por medio de la cual participan de la vida misma del Ser trinitario divino. Es esta vida nueva, recibida del Ser mismo de Dios Uno y Trino -vida absolutamente nueva y divina, que recibe el cristiano como principio vital de su alma, a partir del momento en que es bautizado-, lo que Jesús grafica con la imagen de la vid y los sarmientos: así como los sarmientos, unidos a la vid, reciben de esta el nutriente que los mantiene con vida y los hace dar fruto, así los cristianos, unidos a Cristo Jesús -el Hombre-Dios y Dios Hijo en Persona encarnado en una naturaleza humana-, por el bautismo, por la fe y por la gracia, reciben de Él la savia vital de la vida divina, que los hace vivir con la vida misma de Dios Uno y Trino y los hace dar –o al menos, los debería hacer dar- frutos de santidad, frutos de vida eterna.
Pero si en un sentido positivo, la unión con Cristo, obtenida en el bautismo sacramental y fortalecida por la fe y por la gracia santificante, redunda en la concesión, de parte del mismo Jesucristo, de su misma vida divina, vida que es la vida misma de Dios Uno y Trino, de manera tal que el cristiano “ya no vive él, sino que es Cristo quien vive en él” (cfr. Gál 2, 20), en sentido opuesto también es verdadero, porque quien se aparta voluntaria y libremente de la Vid verdadera deja de recibir el flujo de vida divina y perece en la vida espiritual. En otras palabras, así como el sarmiento que se separa de la vid, al dejar de recibir la savia, se seca y muere y ya no puede dar fruto, así el cristiano que debido al pecado mortal libremente cometido deja de recibir la gracia divina que le venía de la Vid verdadera, al verse privado de la vida divina se marchita en su vida espiritual, al quedar separado de la comunión de vida y amor con Jesús, con el Padre y con el Espíritu Santo. Este estado espiritual de pecado y de consecuente separación de Jesús Vid verdadera, es graficado por Jesús con la imagen de un sarmiento seco que debe ser cortado y separado de la vid para ser arrojado al fuego y quemado porque no sirve para otra cosa: “El que no permanece en Mí es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde”.
Ahora bien, lo que hay que advertir en la imagen de la vid y los sarmientos, es que el hecho de que el sarmiento dé frutos de santidad o bien se seque y sea arrojado y quemado al fuego porque no sirve para otra cosa, no depende sino, pura y exclusivamente, de la libertad de cada uno en particular. Es decir, si bien el hecho de ser incorporados a la Vid verdadera que es Cristo no depende de nosotros -desde el momento en que el bautismo sacramental no fue una elección libre, ya que fue una decisión tomada por nuestros padres y, en última instancia, fue un deseo de Dios, que quiso que fuésemos injertados en la Vid que es Cristo-, el hecho de dar frutos de santidad –paciencia, caridad, misericordia, bondad-, o el no dar frutos y quedar “secos, para ser arrojados al fuego”, depende de nuestra entera libertad, porque lo que hace circular la savia vital, la vida nueva en nosotros, es la fe y la fe se demuestra por obras (cfr. St 2, 18). Si un cristiano no obra de acuerdo a su fe, es un cristiano muerto a la vida de la gracia y es como un sarmiento seco; esto quiere decir que el ser apartado de la vida de la gracia, no se puede atribuir a Dios, sino a la libre determinación de cada uno, que eligió no obrar según la fe. Ser un sarmiento seco, ser un cristiano sin obras, no depende de Dios, sino de nuestra propia libertad, de nuestra propia libre determinación. Cuando Jesús dice: “El que no permanece en Mí es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde”, no quiere decir que es Él quien lo está separando de la Vid, sino que es ese mismo cristiano quien se separa a sí mismo, con sus malas obras, o con su falta de obras buenas, de la Vid verdadera, que es Cristo.
“Yo Soy la Vid, ustedes los sarmientos, mi Padre es el Viñador”. Solo quien permanece unido a Cristo, Vid verdadera, puede dar frutos de obras; sin embargo, tampoco basta con simplemente “dar frutos”, es decir, tampoco basta con ser un cristiano mediocre, porque Jesús dice que el “viñador” que prueba las uvas de la vid, es “su Padre”: “mi Padre es el viñador”. Esto quiere decir que Dios Padre es quien prueba los frutos de los sarmientos que están unidos a la Vid verdadera, Jesucristo; es Dios Padre el Viñador que recorre la Vid, probando los granos de uva, nuestras obras, nuestros actos, nuestros pensamientos, los frutos de nuestra mente, de nuestro corazón, de nuestras manos, y es Dios Padre quien prueba el sabor de esas uvas, y su paladar es un paladar exquisito, que no puede ser engañado de ninguna manera. Dios Padre, el Viñador, saborea las uvas, es decir, los frutos que damos nosotros, los sarmientos unidos a la Vid que es Cristo, y Él sabe si esas uvas son agrias o si son dulces; Dios Padre, el Viñador, sabe si nosotros, sarmientos de Cristo, damos frutos agrios, uvas agrias, y esto sucede cuando somos cristianos impacientes, rencorosos, vengativos, perezosos, incapaces de sufrir por nuestros hermanos y mucho menos, incapaces de sufrir y de amar a nuestros enemigos. No debemos creer que nuestros pensamientos, nuestros deseos, nuestros actos, pasan desapercibidos al Padre; Él es el Viñador, que prueba y saborea los frutos que damos nosotros, los sarmientos, injertados en la Vid, que es Cristo, y si no queremos ser cortados y separados de la Vid, como sarmientos que no dan fruto o que dan frutos agrios, esforcémonos por dar frutos de amor misericordioso, sabiendo que es Él quien prueba el dulzor o la amargura de nuestros corazones. Dios Padre, el Viñador, tiene un paladar excelente, y sabe también si los frutos que damos nosotros, los sarmientos unidos a Cristo, Vid verdadera, son frutos de verdadera santidad, es decir, si somos cristianos misericordiosos, pacientes, caritativos, capaces de amar a todos, incluidos y en primer lugar, a nuestros enemigos.
“Yo Soy la Vid y ustedes los sarmientos, sin Mí nada podéis hacer”. Jesús en la cruz es la Vid verdadera que es triturada en la vendimia de la Pasión y que da el fruto exquisito del Vino de la Alianza Nueva y Eterna, su Sangre Preciosísima, derramada en el Cáliz de la Santa Misa, ofrecida por la Santa Madre Iglesia para la salvación del mundo. Jesús es la Vid en la Eucaristía, y la savia que da vida a los sarmientos a Él adheridos es su Sangre Preciosísima, que brota de sus heridas abiertas y esos sarmientos así adheridos a la Vid verdadera que es Cristo crucificado, y que reciben de Él la savia vital que es su Sangre Preciosísima, al alimentarse de su Sangre y de su Carne en la Eucaristía, son los que luego deberíamos dar frutos de santidad y de vida eterna, son los que deberíamos dar frutos de bondad, de caridad, de paciencia, de misericordia, de amor sobrenatural al prójimo y a Dios.


viernes, 24 de abril de 2015

“Yo Soy el Buen Pastor”


(Domingo IV - TP - Ciclo B – 2015)
  “Yo Soy el Buen Pastor” (Jn 10, 11-18). Jesús utiliza la figura de un pastor de ovejas para representar su misterio pascual de muerte y resurrección y puesto que se trata de un oficio ancestral y universal, que no se limita solo a la región de Palestina y que existe mucho antes que Jesús, la parábola puede aplicarse universalmente, en todo tiempo y por todas las culturas.
El misterio pascual del Hombre-Dios se grafica y representa entonces con la figura de un pastor humano, pero no solo de un pastor, sino de un “buen” pastor, ya que Jesús lo dice explícitamente: “Yo Soy el Buen Pastor”. Es decir, Jesús se compara con un pastor dedicado a su rebaño, que se preocupa por sus ovejas, al punto de arriesgar su vida por ellas: “El Buen Pastor da su vida por sus ovejas”. Él es un pastor bueno y por lo tanto verdadero, que se contrapone al pastor falso, que no da la vida por las ovejas porque “no le pertenecen, puesto que es un “pastor asalariado”, ya que el rebaño no es suyo y esa es la razón por la cual trabaja por dinero. El falso pastor, a diferencia del buen pastor, cuida a las ovejas solo por el interés del dinero y no por el bien del rebaño y es por eso que, cuando ve venir al lobo, huye, dejando a las ovejas indefensas, a merced del lobo: “El asalariado, en cambio, que no es el pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo las abandona y huye, y el lobo las arrebata y dispersa. Como es asalariado, no se preocupa por las ovejas”. Jesús es el Buen Pastor; es un pastor que se diferencia netamente del mal pastor, desde el momento en que este último abandona a las ovejas y no le importa la suerte que estas corran.
Jesús utiliza entonces la figura de un pastor humano bueno, que hace frente al lobo cuando este aparece, a diferencia del pastor malo o falso que, cuando aparece el lobo, abandona a las ovejas, dejándolas a merced de lobo. Jesús no es cualquier pastor, sino un pastor “bueno”: así como entre los hombres un buen pastor da la vida por sus ovejas, al acompañarlas en su pastoreo y al hacer frente a las bestias salvajes que pretenden devorarlas, así Jesús, el Buen Pastor que es Cristo, da la vida por sus ovejas.
Ahora bien, para entender mejor la figura del Buen Pastor, es necesario hacer una traslación de los elementos presentes en la figura y darles su real y verdadero sentido y significado sobrenatural, porque Jesús utiliza la imagen del Buen Pastor para graficar, como dijimos, una realidad sobrenatural, la realidad de su misterio pascual de muerte y resurrección.
El Buen Pastor es Jesús; el rebaño es la humanidad redimida, que ha recibido el bautismo y ha entrado en el redil de las ovejas, la Iglesia Católica; las “otras ovejas”, son los hombres que todavía no han recibido el bautismo, pero que están llamados a recibirlo; el cayado del buen pastor es la cruz; el lobo es el demonio; el aprisco al que baja el buen pastor es esta tierra, porque Jesús baja del cielo a la tierra por la Encarnación; la oveja herida es la humanidad caída por el pecado original; el aceite con el que el buen pastor cura a su oveja, es la gracia santificante.
Jesús es entonces el Buen Pastor, porque obra como el buen pastor que literalmente da la vida por sus ovejas: así como el buen pastor, cuando ve que llega el lobo, no las deja a estas abandonadas, sino que le hace frente al lobo y lo ahuyenta a riesgo de su propia vida, así hace Jesucristo, que desde la cruz, enfrenta y derrota al Lobo Infernal, el demonio, ofrendando su vida al Padre, salvándonos de las acechanzas del Lobo infernal y evitando nuestra eterna condenación.
Jesús da la vida por sus ovejas, no solo salvándolas de las dentelladas del Lobo infernal, sino acudiendo en su auxilio cuando alguna de sus ovejas, extraviada, cae por el barranco. Al igual que un buen pastor humano, que si una oveja, desviándose por el camino, se resbala y cae por la ladera, fracturándose los huesos y quedando malherida en el fondo del barranco, no duda en arriesgar su vida y descender por la ladera del barranco por más empinada que sea, apoyándose en su cayado para acudir en su auxilio y vendarla, aplicándole aceite en sus heridas para luego cargarla sobre sus hombros y llevarla segura al redil, así Jesucristo, Buen Pastor, desciende desde el cielo, hasta el fondo barranco de esta tierra -que eso es la Encarnación-, y desciende con el cayado de la cruz, para curar al hombre, que ha caído del Paraíso, desbarrancándose por el pecado original -quedando herido de muerte-, lo cura con el aceite de su gracia santificante, le da a beber de su Sangre, lo carga sobre sus hombros, y lo conduce seguro, hacia el redil, hacia el Reino de los cielos.
“Yo Soy el Buen Pastor”. Cristo en la Eucaristía es el Buen Pastor que nos alimenta a nosotros, sus ovejas, con el pasto verde de su Cuerpo glorioso y con el agua fresca de su gracia santificante; Él en la Eucaristía es el Buen Pastor que nos da su Vida, su vida de Pastor resucitado, que es la Vida Eterna, la Vida misma de Dios Uno y Trino, y a Él, nuestro Buen Pastor resucitado, le clamamos como Iglesia: “Tú, que eres nuestro Buen Pastor resucitado, ten piedad de nosotros”[1].





[1] Cfr. Misal Romano, Acto penitencial para el Tiempo Pascual.

jueves, 23 de abril de 2015

“Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su Sangre, no tendrán Vida en ustedes”


“Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su Sangre, no tendrán Vida en ustedes” (Jn 6, 51-59). ¿Qué clase de “vida” es la que tendrán quienes coman la carne del Hijo del hombre y beban su sangre? Porque no se trata, evidentemente, de la vida natural, la vida que todos poseemos por naturaleza; no se trata de la vida que el alma posee por naturaleza y que es con la cual anima al cuerpo, la vida con la cual dota de sensibilidad al cuerpo, la vida sensitiva que tenemos en común con los animales, ni tampoco se trata de la vida espiritual, que se manifiesta mediante la razón y el libre albedrío, que nos asemeja a los ángeles y también a Dios[1]. Jesús no se refiere a esta vida natural, cuando dice que “no tendremos vida” si no “comemos la carne del Hijo del hombre y no bebemos su sangre”. Jesús está hablando de una “vida” muy distinta, absolutamente superior, una vida infundida directamente por Dios, por su soplo, y es la gracia divina, por medio de la cual, el Espíritu Santo entra en nosotros[2]. Por la gracia, el Espíritu Santo entra en relación con el alma, así como el alma entra en relación con el cuerpo: así como el alma anima al cuerpo, dándole vida, calor y luz y convirtiéndose en principio de vida y movimiento, así el Espíritu Santo se convierte, por la gracia, en principio de vida y movimiento para el alma, siendo su fuente de vida, de calor, de luz y de amor divinos. Como el alma permanece en el cuerpo que anima, así permanece Dios y su Espíritu en nuestra alma, por la gracia[3]. Dios da al alma su Espíritu para que desempeñe en ella el mismo papel que representa con relación al cuerpo: lo que hace el alma con el cuerpo, así hace el Espíritu con el alma: la conduce, la guía, la ilumina, y la mantiene en la luz del divino conocimiento y en el ardor del amor divino[4].
“Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su Sangre, no tendrán Vida en ustedes”. Quien comulga la Eucaristía, quien come la Carne y bebe la Sangre del Hijo del hombre, tiene nueva vida, la vida de la gracia, la Vida del Espíritu de Dios, la Vida del Espíritu Santo, un anticipo en la tierra de la vida feliz en el Reino de los cielos, en la Casa del Padre.




[1] Cfr. Mathias Joseph Scheeben, Las maravillas de la gracia divina, Ediciones Desclée De Brower, Buenos Aires3 1951, 115.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

miércoles, 22 de abril de 2015

“Yo Soy el Pan de Vida”


“Yo Soy el Pan de Vida” (Jn 6, 35-40). Jesús se declara a sí mismo como “Pan de Vida”; es decir, Él, en la Eucaristía, es “Pan de Vida” y de “Vida Eterna”, porque “el que coma de este Pan, tendrá Vida eterna”. Quien consume la Eucaristía recibe, por lo tanto, un principio de vida sobrenatural, celestial, no humano ni angélico, sino divino, proveniente del Ser mismo trinitario, y es esto lo que caracteriza al cristiano y al cristianismo. Es necesario considerar y reflexionar en este punto, sobre el hecho de que la vida cristiana, recibida en la Eucaristía, es santa y divina, no solamente porque es buena o porque se relaciona de una manera general con Dios, sino porque se origina en los más alto de los cielos, en el seno mismo de su Padre celestial[1]. Es importante hacer estas consideraciones, porque hoy se tiende a rebajar la vida cristiana a un mero psicologismo; hoy, se reduce el ser cristiano a un simple descubrimiento del propio yo y de sus fuerzas; se rebaja el misterio del cristianismo al nivel de la razón humana y así la vida cristiana no va más allá de un psicologismo horizontal, que no trasciende la vida terrena.
Jesús es “Pan de Vida” en la Eucaristía porque da “Vida” absolutamente nueva, la vida eterna; no una “vida” humana, como la que ya tenemos por naturaleza; si Jesús se limitara a dar una vida como la que ya tenemos, nada nuevo nos aportaría y no sería verdaderamente “Pan de Vida” y mucho menos, de “vida eterna”. Muchos reducen la “Vida” nueva de Jesús, en el mejor de los casos, a un simple dominio del espíritu sobre los sentidos[2], lo cual es compatible incluso con la filosofía moral de los paganos. Jesús es “Pan de Vida”, porque da una “Vida” completamente nueva, absolutamente distinta a la humana y a la angélica, puesto que se trata de la vida divina, porque es la vida que surge, como de su fuente inagotable, del Ser trinitario divino. Jesús es “Pan de Vida” en la Eucaristía, porque desde allí comunica al alma la vida cristiana, que consiste en que “el espíritu es regenerado en Dios y en el Espíritu Santo, transfigurado de claridad en claridad, de acuerdo a la imagen de la espiritualidad divina, por el Espíritu del Señor[3] y porque comienza a vivir en el Espíritu y en la virtud de la vida divina”[4].
“Yo Soy el Pan de Vida”. Jesús en la Eucaristía es Pan de Vida y de Vida Eterna, y por lo tanto, la vida nueva del cristiano ya no es una vida que se explique por simplones psicologismos de feria: es una vida mística, oculta e incomprensible al hombre natural: “Nuestra vida está oculta con Cristo en Dios” (Col 3, 3). No se debe eliminar el misterio de Jesucristo, Pan de Vida Eterna, con pseudorazonamientos psicologistas, para rebajarlo al nivel de terapia de auto-ayuda.




[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Las maravillas de la gracia divina, 436.
[2] Cfr. ibidem.
[3] 1 Cor 3, 18.
[4] Cfr. Scheeben, Las maravillas, 436.

martes, 21 de abril de 2015

“Es mi Padre quien os da el verdadero Pan del cielo”


The Jews gathering the Manna in the desert
(Nicolás Poussin)

“Es mi Padre quien os da el verdadero Pan del cielo” (Jn 6, 30-35). Los judíos le preguntan a Jesús “qué signos hace” para que “crean en Él”. Ponen a Moisés como ejemplo, quien les dio el signo del maná, el pan bajado del cielo en el desierto: era un signo milagroso y por eso los judíos creyeron en Él. Pero Jesús les hace ver que no es Moisés quien les da el “verdadero pan bajado del cielo”, sino “su Padre”, que es Dios, porque será Él quien les dará un Pan super-substancial que hará que todo aquel que coma de ese Pan, no tenga más hambre, y no tenga más sed. A diferencia del pan dado por Moisés, que era un pan terreno, para saciar el hambre corporal y que no concedía la Vida eterna, porque quienes lo comieron luego murieron, este Pan, dado por el Padre de Jesús, será un Pan celestial, un Pan vivo, que bajará del cielo y que saciará no tanto el hambre corporal, sino el hambre espiritual de Amor de Dios que toda alma humana posee desde que es concebida, y dará además la Vida eterna a quien lo consuma, de manera tal que quien coma de este Pan, no volverá a sentir ni “hambre ni sed”, no corporales, sino espirituales, porque será extra-colmado su apetito de Amor de Dios.
Cuando los judíos comprenden el mensaje y entienden que no era el maná de Moisés el verdadero pan bajado del cielo, le piden a Jesús que les dé de este pan: “Señor, danos de este pan”. Y es entonces cuando Jesús se auto-revela como el Pan Vivo bajado del cielo, que concede a quien lo consume, la Vida eterna y el Amor de Dios, que sacia para siempre la sed y el amor de Dios del alma humana: “Yo Soy el Pan de Vida. El que viene a Mí jamás tendrá hambre; el que cree en Mí jamás tendrá sed”.

Nosotros no peregrinamos por un desierto terreno, como el pueblo judío guiado por Moisés, hacia la Jerusalén terrena; peregrinamos por el desierto de la vida y del tiempo, hacia la Jerusalén celestial, que se encuentra en la eternidad; pero al igual que el pueblo judío, desfallecemos de hambre en el camino y de la misma manera a como el pueblo judío no fue abandonado por el amor de Dios, porque les concedió el maná, el pan bajado del cielo, para que pudieran llegar sanos y salvos a la Tierra Prometida, a nosotros nos concede el Verdadero Maná, el Verdadero Pan bajado del cielo, Jesús en la Eucaristía, que nos dona su Vida Eterna y todo el Amor infinito de su Sagrado Corazón Eucarístico, para que alimentándonos de este manjar celestial, seamos capaces de atravesar el desierto de la vida y llegar a la Patria celestial, la Jerusalén del cielo.