jueves, 21 de mayo de 2015

“Que sean uno, como nosotros somos uno (…) para que el Amor con que me amaste esté en ellos”


“Que sean uno, como nosotros somos uno (…) para que el Amor con que me amaste esté en ellos” (cfr. Jn 17, 20-26). Jesús ruega al Padre en la Última Cena pidiendo por la unión de su Iglesia, Jesús ora no solo por quienes asistían en ese momento a la Última Cena, sino por todas las generaciones de la Iglesia[1], por su Cuerpo Místico, es decir, por nosotros, por los quedamos en el mundo, hasta que Él vuelva, hasta el fin de los tiempos, y ora pidiendo la unidad, la unión entre quienes integran su Iglesia: “Que sean uno”. Ahora bien, esa unión será una unión del todo particular, debido a que será “como la que existe entre Él y el Padre”: “como nosotros somos uno”, y Jesús y el Padre son uno en el Espíritu, puesto que “Dios es Espíritu” (Jn 4, 24). Puesto que Dios es “Espíritu Puro”, de las Tres Personas que hay en la Trinidad, le corresponde el nombre de “Espíritu” a la Tercera, a la Persona-Amor, porque es la Persona-Amor, la “expresión y el sello de la unidad espiritual entre el Padre y el Hijo”[2]; en otras palabras, la unión espiritual en Dios, entre el Padre y el Hijo, es en el Amor, en la Persona-Amor, en el Espíritu Santo, que es el sello de Amor del Padre y del Hijo. La unión que existe entre el Padre y el Hijo es la unión en el Espíritu Santo, en el Amor, porque el Espíritu Santo es la emanación del Amor recíproco del Padre y del Hijo; el Espíritu Santo es el Amor Santo, Puro, Perfecto, en Acto de Ser Puro, que Dios Padre y Dios Hijo se tienen mutuamente, desde la eternidad; es el Amor, el que une al Padre en el Hijo y al Hijo en el Padre, en el Espíritu, y es en ese Espíritu, en el que Jesús quiere que sus discípulos estemos unidos: “Que sean uno, como nosotros somos uno (…) para que el Amor con que me amaste esté en ellos”.
“Que sean uno, como nosotros somos uno (…) para que el Amor con que me amaste esté en ellos”. Jesús pide que como Iglesia seamos uno, pero esa unión que debe existir entre los miembros de su Iglesia, no puede ser  otra que la misma unión espiritual, en el Espíritu de Amor, la misma que existe entre el Padre y el Hijo desde la eternidad; la unión que se da en el Espíritu y por el Espíritu Santo entre el Padre y el Hijo, y es para eso que Jesús enviará el Espíritu Santo en Pentecostés, para que los cristianos, que formamos su Cuerpo Místico, seamos unidos por su Espíritu en su Cuerpo y formemos una unidad en el Amor.
“Que sean uno, como nosotros somos uno (…) para que el Amor con que me amaste esté en ellos”. La unidad que Jesús pide al Padre, se realiza de modo perfecto por medio de la Eucaristía, porque todos los que comulgan la Eucaristía, reciben la efusión del Espíritu por Jesús –así se cumple el pedido de Jesús: “el Amor con que me amaste, el Espíritu Santo, esté en ellos”-, y así son unidos en el Amor al Padre, al recibir el Cuerpo Sacramentado de Jesús.



[1] Cfr. B. Orchard et al., Comentarios al Nuevo Testamento. Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1957, 761.
[2] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Los misterios del cristianismo, Editorial Herder, Barcelona 1964, 104.

martes, 19 de mayo de 2015

“Ruego por ellos (…) que están en el mundo”


“Ruego por ellos (…) que están en el mundo” (cfr. Jn 17, 1-11). “A la Hora de pasar de este mundo al Padre”, en la Última Cena, Jesús realiza la oración sacerdotal, por la cual reza al Padre por los Apóstoles y por sus discípulos, es decir, por su Iglesia toda: Él ha de partir al Padre, por medio de su sacrificio en la cruz, y será glorificado y exaltado en los cielos, mientras que su Iglesia, permanecerá aquí, en la tierra, en este mundo, el cual “yace bajo el dominio del maligno” (cfr. 1 Jn 3, 8), y es por eso que los miembros de su Iglesia, que quedan en el mundo, pero “no son del mundo”, necesitarán de la fuerza que “viene de lo alto”, necesitarán ser investidos del Espíritu de Jesús, una vez que Él ascienda a los cielos, para resistir a los asaltos de los poderes infernales, que tratarán de hacer sucumbir a su Iglesia, que permanecerá en el mundo hasta el fin de los tiempos.
Ruego por ellos”, dice Jesús, pero también dice más adelante: “Por ellos me santifico ( o me consagro) par que también ellos sean santificados (o consagrados) en la verdad”. Esta consagración no es la unión hipostática ni la unción de su humanidad por el Espíritu Santo, sino la consagración sacerdotal, de sí mismo como víctima sobre la cruz[2]. El sacrificio de Cristo da a los Apóstoles –y a la Iglesia, es decir, a los bautizados, en cuanto sacerdotes bautismales- una aptitud sacrificial, que los capacita para ofrecerse junto a Cristo y en Cristo, por la salvación del mundo. Jesús se consagra, es decir, se ofrece en la Última Cena a sí mismo interiormente como Víctima Santa y Pura, porque ha de ofrecerse en el Calvario, en el ara santa de la cruz, inmolándose con su Cuerpo y su Sangre, y por eso reza por nosotros, es decir, nos consagra, nos santifica, nos une  a Él, porque nosotros también hemos de ofrecernos en el ara santa de la cruz, para alcanzar el Reino de los cielos y para expiar los pecados del mundo, en unión con Él, con su sacrificio de la cruz, en la Santa Misa. Ésa es la razón por la cual y para la cual asistimos a la Santa Misa: para consagrarnos, santificados por la gracia de Jesucristo, unidos a su sacrificio en cruz, como víctimas, por la salvación de los hombres. Por eso este Evangelio describe el objetivo para el cual estamos en esta vida: para ofrecernos como víctimas unidas a Él, Víctima Inocente, por medio del Santo Sacrificio de la cruz, la Santa Misa.




[1] Cfr. B. Orchard et al., Verbum Dei. Comentario a la Sagrada Escritura, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1957, 761.
[2] Cfr. Orchard, ibidem.

viernes, 15 de mayo de 2015

“Vayan, anuncien la Buena Noticia, el que crea, se salvará, el que no crea, se condenará"


(Solemnidad de la Ascensión del Señor - Ciclo B - 2015)

         “Vayan, anuncien la Buena Noticia (…) el que crea, se salvará, el que no crea, se condenará (…) El Señor fue llevado al cielo (…) Ellos fueron a predicar (…) y el Señor los asistía con los milagros” (cfr. Mc 16, 15-20). Jesús resucita, y antes de ascender al cielo, encomienda a su Iglesia la tarea de difundir el Evangelio por todo el mundo, por todos confines de la tierra, prometiendo su asistencia con signos y prodigios. La Ascensión de Jesús es el anticipo de lo que habrá de suceder al resto de la Iglesia, por cuanto Jesús es la Cabeza del Cuerpo Místico, que es la Iglesia: así como asciende la Cabeza, que es Jesús, así habrá de ascender el Cuerpo, que es la Iglesia. Pero la condición para que el Cuerpo ascienda al Reino de los cielos, glorioso y resucitado al igual que su Cabeza, es que los integrantes de ese Cuerpo que es la Iglesia, crean, y para que crean, deben tener fe, y para que tengan fe, deben recibir el anuncio, el kerygma, y es por eso que Jesús, antes de ascender, luego de resucitar, encomienda a su Iglesia la misión de anunciar el Evangelio a toda creatura, para que, el que quiera creer, se salve, y el que no quiera creer, no se salve.
         “Vayan, anuncien la Buena Noticia (…) el que crea, se salvará, el que no crea, se condenará”. Todos y cada uno de nosotros, en cuanto bautizados, hemos recibido el mandato misionero de parte de Jesús, muerto y resucitado; todos y cada uno de nosotros, laicos o religiosos, somos misioneros en nuestros puestos de vida, de familia, de trabajo, de estudio, según nuestro estado de vida, y todos estamos llamados a difundir el Evangelio, según nuestras posibilidades, aunque el medio más eficaz de difusión sigue siendo, como lo fue siempre, la santidad de vida, y no tanto las homilías y los sermones.
“Vayan, anuncien la Buena Noticia”.  Todos tenemos la obligación ineludible de anunciar el kerygma, la Buena Noticia de que Jesús ha muerto y resucitado, tal como lo hicieron los primeros discípulos, porque esa es la misión de la Iglesia desde el inicio, pero no podemos simplemente anunciar que Jesús ha resucitado, que ha dejado vacío el sepulcro, porque ha resucitado el Domingo de Resurrección: debemos anunciar que ha resucitado, que ha desocupado y ha dejado vacío el sepulcro el Domingo de Resurrección, que ya no está más con su cuerpo muerto, tendido y sin vida en el sepulcro, porque está vivo y glorioso, resucitado, ocupando un lugar el sagrario, con su Cuerpo glorioso y resucitado en la Eucaristía; la Buena Noticia que tenemos que anunciar es que ha desocupado el sepulcro con su cuerpo muerto y frío, para ocupar el sagrario y el altar eucarístico con su Cuerpo glorioso y resucitado en la Eucaristía; ésa es la “Buena Noticia” que Jesús nos encomienda, como Iglesia, antes de su Ascensión a los cielos: “Vayan, anuncien la Buena Noticia”.
Pero no es solo eso. No basta con anunciar que ha resucitado. No basta con anunciar que está en la Eucaristía. Jesús resucitado, desde la Eucaristía, nos comunica su Espíritu Santo, su Espíritu de Amor, en cada comunión eucarística, para encender nuestros corazones en su Amor, porque la Eucaristía es el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, envuelto en las llamas del Amor Divino. Es por eso que los santos, crecían en el Amor de Dios con cada comunión eucarística. Es por eso que Imelda Lambertini, la niña que es Patrona de los niños de Primera Comunión, murió de éxtasis de amor místico con su Primera Comunión, porque recibió tanto amor de parte de Jesús Eucaristía, que no pudo soportarlo y murió, pasando directamente al cielo. Para los santos, el anuncio de la Buena Noticia comenzaba con la unión en el Amor con Jesús Eucaristía, y luego consistía en dar de ese Amor recibido en la comunión eucarística, a sus prójimos, por medio de actos cotidianos de paciencia, de bondad, de misericordia, de amor. Es tan inmensamente grande el Amor que se recibe en cada comunión eucarística, que no puede el cristiano no dar aunque sea mínimamente una pequeñísima parte de ese amor recibido en la comunión a sus hermanos, y en eso consiste el anuncio de la Buena Noticia.

Sin embargo, mal podemos anunciar el kerygma a nuestros hermanos, si no nos dejamos transformar por el Espíritu que nos es donado en cada comunión eucarística; no podemos anunciar la Buena Noticia, tal como nos pide Jesús, de que Él ha muerto, ha resucitado, y está vivo y glorioso, en la Eucaristía, si no somos capaces de dejarnos transformar por el Espíritu Santo que nos dona en cada comunión eucarística, porque así no somos, de ninguna manera, testigos creíbles, sino testigos de dudosa credibilidad. Para comenzar a cumplir el mandato misionero de Jesús, de anunciar la “Buena Noticia” de que Jesús está vivo y resucitado en la Eucaristía, tenemos que comenzar por dejar que nuestros corazones sean abrasados por el Fuego de Amor Vivo que abrasa al Corazón Eucarístico de Jesús. Que la Virgen de la Eucaristía convierta a nuestros corazones, duros y fríos, la mayoría de las veces, como una roca, en hierba seca, para que al contacto con las llamas del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, ardan al instante y se consuman en las Llamas del Amor del Espíritu Santo, y así permanezcan, como zarzas ardientes vivientes, en el tiempo y en la eternidad.

viernes, 8 de mayo de 2015

“Éste es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros, como Yo los he amado”


(Domingo VI - TP - Ciclo B – 2015)

         “Éste es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros, como Yo los he amado” (Jn 15, 9-17). Antes de su Pascua, antes de su “paso” de este mundo al Padre, Jesús deja un mandamiento verdaderamente nuevo por el cual los cristianos serán reconocidos como seguidores suyos y es el mandamiento del amor: “Éste es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros, como Yo los he amado”. Se trata de un mandamiento verdaderamente nuevo, porque si bien es verdad que los Mandamientos de la Ley de Dios mandaban también amar, puesto que se concentraban en el Primer Mandamiento: “Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”, sin embargo, ahora se trata de una novedad que no solo es absolutamente radical, sino que es doblemente radical, porque Jesús manda a sus discípulos a amarse mutuamente, sí, pero con un nuevo modo de amor –“como el Padre me amó”-, como el Padre lo amó a Él, y con una nueva forma de amar –“como Yo los he amado”-, es decir, como Él nos ha amado.
Para entender en qué consiste la doble novedad en el mandamiento del amor que Jesús para nosotros en cuanto discípulos, es necesario retrotraernos al inicio del pasaje evangélico: “Como el Padre me amó, también Yo los he amado a ustedes (…) Éste es mi mandamiento: que se amen unos a otros, como Yo os he amado”. El mandamiento nuevo de Jesús consiste entonces en que sus discípulos han de amarse con el amor con el que Él los amó y el amor con el que Él los amó, es el Amor con el que el Padre lo amó desde la eternidad, y ese Amor es el Espíritu Santo. En otras palabras, los cristianos, los discípulos de Cristo de Cristo, han de amarse no con un amor meramente humano, afectivo, sensiblero, superficial, sentimental, limitado a los límites de la naturaleza humana, sino con un Amor celestial, sobrenatural, divino, que se origina en el Padre y en el Hijo, y ese Amor es la Persona del Amor, el Espíritu Santo, la Persona Tercera de la Trinidad, que es espirada del Padre al Hijo y del Hijo al Padre, que une en la eternidad, en el Amor, a las Personas divinas del Padre y del Hijo: “como el Padre me amó, también Yo los he amado a ustedes”. Los cristianos deben amarse entre sí como el Padre ama al Hijo desde la eternidad, con el Amor Divino, con la Persona Tercera de la Trinidad, el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo, el Amor celestial y divino de Dios, el Amor Puro y Perfectísimo del Ser trinitario divino, el Espíritu Santo. No se trata entonces de un amor sensiblero, sentimentalista, meramente humano, y mucho menos, pasional, que se reduce a los estrechos límites de la naturaleza humana, porque es el Amor con el que el Padre amó a Jesús desde la eternidad: “como el Padre me amó”, y este Amor es el Espíritu Santo y puesto que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, el Hijo nos ha amado con el Espíritu Santo, entonces debemos amarnos con el Amor del Espíritu Santo, que es el mismo Amor con el que nos ama Dios Padre. Es por esto que no tenemos excusas, los cristianos, para no amarnos entre nosotros mismos, en cuanto cristianos, con el Amor del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo, que es un Amor Purísimo, celestial, casto, sobrenatural. Es importante entender esto y tenerlo bien en claro, para no reducir el cristianismo a una mera moral o a una simple colección de frases sentimentales; el cristianismo, o más bien el catolicismo, es la religión de los misterios del Hombre-Dios Jesucristo, la Segunda Persona de la Trinidad, encarnada en una naturaleza humana, y el Amor con el que Jesús nos ama, se deriva de esta Encarnación y de este misterio divino, es decir, se deriva del Ser mismo trinitario, Puro, celestial y Perfecto, y no del corazón humano, manchado por el pecado y por lo tanto, egoísta, dominado por las pasiones y limitado por naturaleza.  
“Éste es mandamiento: que se amen los unos a los otros, como Yo los he amado”. La otra vertiente de la doble novedad del mandamiento nuevo del amor de Cristo, es que los cristianos no solo deben amarse como el Padre amó a Jesús, sino que deben amarse “como el Hijo los amó”: “Ámense los unos a los otros como Yo los he amado”, y Jesús nos ha amado hasta la muerte de cruz, lo cual quiere decir que debemos amarnos los unos a los otros como Cristo nos ha amado a cada uno de nosotros en particular y de modo personal, hasta la muerte de cruz.
Es decir, en el mandato de Jesús: “Ámense los unos a los otros como Yo os he amado”, debemos considerar cómo nos ha amado Jesús, porque ese es el amor con el que debemos amar a nuestro prójimo: Jesús nos ha amado hasta la muerte de cruz, una muerte extremadamente dolorosa y humillante; una muerte que le ha costado su vida, y no de un modo metafórico o simbólico, sino real; una muerte sobrevenida luego de tres horas de dolorosísima agonía; una muerte ofrecida para expiar los pecados de la humanidad; una muerte ofrecida para satisfacer la Justicia Divina, irritada por la malicia del hombre; una muerte injusta y cruel, sufrida por una Víctima Pura y Santa, que se ofrecía a sí misma por la salvación de toda la humanidad. Si no somos capaces de amar a nuestro prójimo “como Cristo nos ha amado” –es decir, hasta la muerte de cruz- y si no incluimos, como “prójimo”, en primer lugar, a nuestros enemigos, puesto que Cristo nos manda “amar al enemigo” –“amad a vuestros enemigos” (Mt 5, 43-48)-, no podemos llamarnos “cristianos” y mucho menos podemos cumplir el mandamiento nuevo de la caridad que nos distingue como cristianos.

Como el Padre me amó, también Yo los he amado a ustedes (…) Éste es mi mandamiento: que se amen unos a otros, como Yo os he amado”. La doble novedad del mandamiento nuevo del Amor de Jesús es que debemos amarnos los unos a los otros con el Amor del Espíritu Santo, y hasta la muerte de cruz; si no sabemos amar a nuestros hermanos como Jesús nos amó y si mucho menos podemos amarlos con el Amor con el que Jesús nos amó, debemos acudir a Nuestra Madre del cielo, la Virgen, que es la Madre del Amor Hermoso, y pedirle que sacie nuestros corazones con el Pan Vivo bajado del cielo, que contiene en sí todo el Amor infinito y eterno de su Hijo, el Sagrado Corazón de Jesús. Sólo así estaremos en grado de comenzar a cumplir, al menos mínimamente, el mandato de la caridad de Jesús.

jueves, 7 de mayo de 2015

Permanezcan en mi Amor, para que el gozo de ustedes sea perfecto”


“Como el Padre me amó, también Yo los he amado a ustedes. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor. Permanezcan en mi Amor, para que el gozo de ustedes sea perfecto” (Jn 15, 9-11). Antes de partir a la otra vida, “a la Hora de pasar de este mundo al Padre”, es decir, antes de sufrir su Pasión y Muerte en cruz, Jesús nos deja un legado de amor, alegría y unidad: “Como el Padre me amó, Yo los he amado; permanezcan en mi amor; si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor y su gozo será perfecto”. El legado de Jesús, en la Última Cena, no puede ser más hermoso: amor, alegría, unidad. Sin embargo, hay que analizar el contexto en el que Jesús nos deja su mensaje y qué tipo de amor, de alegría y de unidad se trata, para no caer en simplificaciones que pueden desvirtuar su mensaje.
Con relación al contexto, el Evangelio dice: “a la Hora de pasar de este mundo al Padre”, es decir, se trata de la Última Cena, horas antes de sufrir su dolorosa Pasión, lo cual implica la traición de Judas Iscariote; la condena injusta a muerte; el abandono de los suyos; la separación de su Madre, que era su sostén y apoyo; la crudelísima flagelación; el Via Crucis; la muerte en cruz. Es importante tener en cuenta este contexto, porque Jesús nos dice que Él nos ha amado “como el Padre lo ha amado” y el Padre lo ha amado desde la eternidad –puesto que Él es Dios Hijo, la Segunda Persona de la Trinidad- con el Amor del Espíritu Santo: “Como el Padre me amó, también Yo los he amado a ustedes”. Esto quiere decir que nosotros, como cristianos, debemos amarnos “los unos a los otros”, como Él nos ha amado, porque también dirá: “ámense los unos a los otros como Yo los amé”, y Él nos amó hasta la muerte de cruz, y eso significa que debemos cargar la cruz de todos los días y seguir a Jesús por el camino de la cruz e imitarlo en su Via Crucis. A su vez, este seguimiento de Cristo por el Camino del Calvario, cargando la cruz de todos los días, significa cumplir la condición para que nuestro “gozo sea perfecto”, y es el cumplimiento de sus mandamientos, porque los mandamientos de Jesús se cumplen a la perfección desde la cruz, cuando esta es llevada con amor y por amor.

Entonces, el amor, la alegría y la unidad de Jesús, donados por Él en la Última Cena, no deben entenderse en un sentido superficial y sensiblero, sino a la luz de la cruz de Jesús: solo unidos a la cruz de Jesús, seremos bañados con su Sangre Preciosísima y seremos cubiertos con el Manto de la Virgen, que está al pie de la cruz; sólo crucificados junto a Jesús, cumpliremos los Mandamientos de Jesús a la perfección y permaneceremos en su Amor y nuestro gozo y alegría serán perfectos. Sólo en el Calvario, Portal abierto al cielo, nuestra alegría será plena; sólo en la Santa Misa, renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz y Portal de eternidad, nuestro gozo será perfecto.

miércoles, 6 de mayo de 2015

“El sarmiento que permanece en Mí da mucho fruto”


“El sarmiento que permanece en Mí da mucho fruto” (cfr. Jn 15, 1-8). Jesús es la Vid verdadera y nosotros, los cristianos, somos los sarmientos, que injertados en Él por el bautismo, recibimos su savia vivificante, la gracia santificante, por medio de la fe, que hace fructificar el injerto bautismal en obras de santidad. Así como el sarmiento, cuando es injertado en la vid, comienza a recibir el flujo vital de la savia que le permite dar el fruto que es la uva, así el cristiano, al ser injertado en la Vid verdadera, que es Cristo, comienza a recibir, por medio de la fe, el nutriente que es la gracia santificante, y esta fe se traduce en obras que hacen resplandecer la santidad de la vida nueva que se ha recibido, porque las obras que realiza por la fe no son obras humanas, sino obras divinas, puesto que se trata de obras que superan a la naturaleza humana –caridad, paciencia, longanimidad, castidad, justicia, fortaleza, etc.- y es a esto a lo que se refiere Jesús cuando dice: “El sarmiento que permanece en Mí da mucho fruto”. Son estas obras las que realizaron todos los santos de todos los tiempos, y pudieron hacerlo, porque permanecieron unidos a Jesucristo, Vid verdadera; los santos fueron esos sarmientos unidos a Cristo Vid verdadera, que no se separaron de la Vid ni por un solo instante, y si se separaron, se volvieron a unir al instante, recuperando la gracia por el Sacramento de la Penitencia, de manera tal de no dejar de frutos en ningún momento.
Por el contrario, quien se separa de Cristo, Vid verdadera, se separa de su Fuente de Gracia e interrumpe, de modo libre y voluntario, su flujo vital y el nutriente que lo alimentaba con la vida misma de Dios Trino y perece en su vida espiritual, agostándose y marchitándose. Quien se separa de Cristo Vid verdadera, a causa del pecado, es como el sarmiento que, estando unido a la vid, en algún momento comienza a secarse, hasta que, perdiendo definitivamente todo flujo vital, termina por caer al suelo, en donde es arrastrado por el viento, quedando en el suelo a la espera de ser quemado junto a los demás sarmientos secos.
“El sarmiento que permanece en Mí da mucho fruto, y mi Padre es el Viñador”. No basta con no ser un sarmiento seco; no basta con simplemente “dar fruto”: Dios Padre es el Viñador, y su paladar es un paladar exquisito y excelente, y de ninguna manera es engañado. Él prueba el fruto de los sarmientos unidos a la Vid verdadera, que es Cristo, es decir, Él prueba las uvas que son nuestros corazones, y sabe si esos corazones son agrios o dulces; sabe si damos frutos agrios, cuando somos cristianos tibios, que nos dejamos llevar por la acedia o pereza espiritual; sabe si somos cristianos iracundos y no de corazón manso y humilde como el de Jesús; sabe si somos cristianos vengativos y rencorosos y no somos capaces de amar y perdonar a nuestros enemigos, como nos manda Jesús desde la cruz, y así con muchas otras cosas más. Dios Padre es un Viñador de paladar exquisito, y Él prueba los frutos de los sarmientos, y poda los sarmientos que dan fruto, para que den mejores frutos, y corta los sarmientos secos, para arrojarlos al fuego, porque ya no sirven más. Ésta es la razón por la cual no basta con simplemente “dar fruto”, sino que hay que dar frutos excelentes, frutos de santidad, unidos a la Vid verdadera, Jesucristo.


martes, 5 de mayo de 2015

“Les doy mi paz, no como la da el mundo”


“Les doy mi paz, no como la da el mundo” (Jn 14, 27-31). Para saber cómo es la paz de Cristo, es necesario saber cómo es la paz del mundo, la paz que no es de Cristo. La paz del mundo es meramente extrínseca; es una mera ausencia de conflictos; es simplemente una paz superficial, mantenida por la violencia y por el uso de la fuerza; la paz del mundo no es una paz interior, que alcance a la esencia y a la raíz del ser del hombre, cuyo interior queda tan convulsionado y tan alejado de Dios como antes de ser establecida la paz mundana. Ejemplo de paz del mundo es la “pax romana”, y es la paz que establecen todos los totalitarismos y todas las ideologías –comunismo, liberalismo, principalmente-, y surge luego de la aniquilación literal de todo aquel que  no piense como ellos, o luego de encarcelar a los disidentes, a silenciarlos al costo que sea. Ésa no es la paz de Cristo: “Les doy mi paz, no como la da el mundo”.
La paz de Cristo, por el contrario, es ante todo interior, y radica en lo más profundo del ser del hombre, invadiendo todo su ser, todas sus potencias, toda su alma y hasta su cuerpo. La razón es que la paz de Cristo se deriva de la reconciliación del hombre con Dios, gracias al perdón divino obtenido por el sacrificio expiatorio y redentor de Jesucristo en la cruz. Por el sacrificio en cruz, Jesús lava los pecados del hombre, que eran la causa de la enemistad del hombre con Dios, desde la caída de Adán y Eva, y en el lugar del pecado, lavado y quitado con su Sangre, Jesús dona al alma su gracia santificante, gracia por la cual el alma no solo ve restablecida su amistad con Dios, sino que se ve elevada además a la dignidad de hija adoptiva suya y heredera del Reino de los cielos. Entonces, Jesús da la verdadera paz, la paz interior al alma, por una doble vía: porque quita el pecado, que era la causa de la enemistad y de la discordia del hombre hacia Dios, y porque le concede la gracia santificante, que es la causa a su vez del restablecimiento de una nueva amistad, mucho más profunda que la de los primeros padres, Adán y Eva, ya que se trata de una amistad basada en la filiación divina y en el hecho de haber sido convertida el alma en heredera del Reino de los cielos.

“Les doy mi paz, no como la da el mundo”. Antes de su Pascua, antes de su “paso”, de este mundo al Padre, Jesús nos deja innumerables dones –la Eucaristía, el sacerdocio, el don de su Madre como Madre nuestra-, y entre ellos, nos deja el don de la paz. Es por ese motivo que el cristiano, luego de recibir la paz de Cristo, comunicada por la gracia santificante, no tiene excusas para no ser él un difusor de esa misma paz a sus hermanos, de manera tal que el cristiano debería decir, no con palabras, sino con gestos concretos de paz: “Te doy la paz de Cristo, no la paz del mundo”. Si el cristiano no da la paz de Cristo a su prójimo, entonces traiciona gravemente el don recibido de Cristo y se convierte en difusor de la discordia y del odio, que jamás provienen del Espíritu de Dios.