martes, 21 de febrero de 2017

“El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos”


“El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9, 30-37). Mientras Jesús, yendo de camino con los discípulos, les anuncia y profetiza acerca de su Pasión –deberá ser traicionado, insultado, golpeado y crucificado hasta la muerte-, los discípulos comienzan a pelear entre sí. Una vez que llegan a destino, Jesús les pregunta la causa por la que habían estado discutiendo, y ellos, avergonzados, se callan, porque “habían estado discutiendo sobre quién era el más grande”. Es decir, mientras Jesús les habla acerca de su misterio pascual, misterio por el cual habría de morir en sacrificio en cruz, para luego resucitar y así poder dar a los hombres la vida nueva de la gracia, que los hará partícipes y herederos del Reino de los cielos, los discípulos, sin hacer caso de lo que Jesús les dice, continúan mirando a las cosas de la tierra, discutiendo por el poder temporal, por los honores y por las grandezas del mundo: “habían estado discutiendo sobre quién era el más grande”. Para hacerles ver que la grandeza de este mundo no importa y que lo que importa es la otra vida, la vida eterna, Jesús les dice: “El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos”. Si entre los hombres aparenta ser “el más grande” aquel al que todos alaban y ensalzan, a los ojos de Dios, por el contrario, “el más grande” es “el último de todos y el servidor de todos” y la razón es que Jesús, siendo “el más grande”, porque era el Hijo de Dios encarnado, se hizo “el último de todos” en la cruz, al ser humillado en la Pasión, y con su muerte en cruz, “se hizo el servidor de todos”, porque alcanzó para todos la salvación y la vida eterna. El más grande, a los ojos de Dios, no es aquel al que todos los hombres aplauden, sino aquel al que, por hacer la voluntad de Dios, los hombres desprecian y crucifican, porque así hicieron con el mismo Hijo de Dios. Los criterios de grandeza, entonces, son distintos para los hombres y para Dios: para los hombres, es más grande el que más aplausos mundanos recibe; para Dios, es más grande el que, imitando a su Hijo Jesús, abraza la cruz con amor y, en la imitación de Jesús, da su vida en la cruz por la salvación de sus hermanos.

viernes, 17 de febrero de 2017

“Amen a sus enemigos”


(Domingo VII - TO - Ciclo A – 2017)

“Amen a sus enemigos” (Mt 5, 38-48). Jesús nos enseña cómo debe ser el trato, a partir de Él, para con el prójimo que, por algún motivo, se ha constituido en nuestro enemigo, y para hacerlo, diferencia con precisión cómo se procedía en el Antiguo Testamento contraponiéndolo con lo que Él, en cuanto Legislador Divino, determina ahora: antes, en el Antiguo Testamento, se aplicaba la ley del Talión: “Ojo por ojo y diente por diente”, lo cual significaba devolver al prójimo exactamente el mismo mal que el prójimo nos había hecho. Sin embargo, a partir de Él, las cosas son diferentes: en el Nuevo Testamento –y por lo tanto, en la Iglesia-, la ley del Talión queda superada por la Nueva Ley de la caridad –“caridad” es “amor”, pero no humano, sino divino, sobrenatural-, la cual implica no sólo no devolver el mal al prójimo, sino devolver bien por el mal recibido y un bien que es, ante todo, espiritual y por lo tanto valiosísimo, y es el bien del amor: “Ama a tus enemigos”. Es decir, en el Antiguo Testamento, estaba prescripto que debía devolverse al enemigo el mismo grado de mal que había cometido –“ojo por ojo y diente por diente”-; ahora, no sólo no se devuelve el mal, sino que al mal, se le responde con Amor, pero no el amor humano, sino el Amor Divino, el amor de caridad: “Amen a sus enemigos”.
Jesús no sólo nos enseña de palabra, sino que Él mismo en Persona nos da ejemplo en la Cruz de cómo vivir este mandato suyo y lo hace cuando pide perdón al Padre por aquellos que le están quitando la vida: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”. Jesús ama a sus enemigos, aquellos que le quitan la vida en la Cruz, y porque los ama, es que pide al Padre que los perdone. Ahora bien, los que le quitamos la vida somos nosotros, con nuestros pecados, porque Él se puso en nuestro lugar en la Cruz; es decir, los enemigos de Dios, aquellos a los que Jesús ama y porque los ama pide el perdón divino para ellos, esos enemigos, éramos nosotros y no Él. Aun así, siendo nosotros los enemigos de Dios y no Él, Jesús se interpone entre la Justicia Divina y nosotros, recibiendo Él, en su Cuerpo y en su Alma, de forma vicaria, el castigo merecido por haber nosotros desencadenado la Ira Divina con la malicia de nuestros pecados. La muerte de Jesús en la Cruz era el castigo que todos los hombres merecíamos por nuestros pecados, pero Jesús, siendo Inocente e Inmaculado, nos ama tanto, que se interpone entre la Ira de Dios y nosotros, recibiendo Él el castigo que merecíamos, para así borrar con su Sangre nuestros pecados y concedernos la gracia que nos justifica.
“Ama a tus enemigos”. El mandato de Jesús tiene muchas implicancias, puesto que no basta con perdonar: es necesario “amar” al prójimo enemigo –el amor sobrenatural es la base del perdón al enemigo-, y esta distinción es importante, porque muchos cristianos tal vez no odian ni devuelven el mal e incluso hasta perdonan, pero lo hacen por motivos meramente humanos, como el “sentirse buenos”, o simplemente porque “pasó el tiempo y ya puedo perdonar”. Sin embargo, no es en esto en lo que consiste el cumplir con el mandato de Jesús, porque el perdón cristiano no se basa en dejar pasar el tiempo, o pretender que, como somos buenos, perdonamos a quien nos hace mal. Ese comportamiento es de un buen pagano, un no-cristiano de buena conciencia, pero no de un cristiano que se precie de seguir los mandatos de Jesús. El cristiano no perdona porque “pasó el tiempo” ni tampoco porque se siente “buena persona”, porque no es eso lo que Jesús nos pide cuando nos dice: “Ama a tus enemigos”. Y todavía, mucho más, nos comportamos como pésimos cristianos cuando, frente a un prójimo que es –por una cuestión circunstancial- nuestro enemigo, buscamos dañarlo, en vez de seguir el mandamiento de Jesús: “Ama a tus enemigos”.
Teniendo en cuenta lo que hemos dicho, y habiendo tomado la decisión de cumplir el mandamiento de Jesús de “amar al enemigo”, surge una pregunta fundamental: ¿cómo hacerlo? Porque podemos argumentar que, humanamente, es imposible “amar” al enemigo, toda vez que el impulso humano hacia el enemigo nos lleva, a lo sumo, a no devolver el mal, pero jamás “amarlo”. Entonces, ¿de qué manera cumplir con este mandato de Jesús? La respuesta es acudir a la Fuente del Amor sobrenatural de caridad, Jesús Misericordioso, y contemplarlo en su Trono de Misericordia, la Santa Cruz. Es decir, para amar al enemigo como Jesús nos pide, debemos contemplar a Jesús crucificado y considerar que, habiendo sido nosotros –todos y cada uno, personalmente-, los que hemos crucificado a Jesús, Él, movido por el Amor Misericordioso de su Sagrado Corazón, en vez de pedirle al Padre que nos castigue por el deicidio cometido, no sólo nos perdona e implora perdón al Padre, sino que entrega su Cuerpo y da su Vida y su Sangre para obtenernos ese perdón. Una vez hecha esta consideración debemos,  con el mismo perdón divino con el cual Jesús nos perdona desde la Cruz, y con el mismo Amor Divino con el cual Jesús nos ama desde la Cruz, proceder nosotros con nuestros enemigos: amar y perdonar como Jesús nos amó y perdonó desde la Cruz, con su mismo Amor. Esto no significa, de ninguna manera, ser complacientes con la injusticia sufrida a manos de nuestro prójimo, pero a nosotros nos compete imitar a Dios en su Justicia Divina, sino en su Misericordia, dejando en las manos de Dios la Justicia. La otra forma de alcanzar el Amor Divino necesario para no solo perdonar, sino amar a nuestros enemigos, es por la Comunión Eucarística, pues allí recibimos al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que contiene al Amor de Dios, el Espíritu Santo. Si dejamos que nuestros corazones, secos como un leño, sean envueltos por las llamas del Amor del Corazón Eucarístico de Jesús; si dejamos que nuestros corazones se conviertan en ese mismo Amor, así como el leño seco, al aplicarle el fuego, se convierte en el mismo fuego, entonces sí seremos capaces de “ser perfectos” como el Padre celestial, porque lo imitaremos a la perfección: Dios Padre nos amó, en vez de castigarnos, y la prueba de su Amor es su Hijo Jesús en la Cruz.
         “Amen a sus enemigos”. Sólo si somos misericordiosos para con nuestro prójimo, que nos ha dañado, perdonándolo y amándolo en nombre de y con el Amor de Jesús, sólo así, seremos verdaderos hijos de Dios y alcanzaremos su perfección, que es la perfección de la santidad: “Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos? Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo”.



“El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”


“El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (Mc 8, 34-38.9, 1). Jesús da las condiciones para su seguimiento: querer seguirlo, renunciar a sí mismo y cargar la cruz propia. Si no se cumplen estos requisitos, no se puede ser discípulo suyo. ¿Qué significan cada uno de los requisitos, indispensables para ser verdaderamente “cristianos”, es decir, discípulos de Jesús?
El primero es “querer”, ya que Jesús dice: “el que quiera seguirme”; esto significa que si bien es Jesús el que nos llama, la respuesta a su llamado, que es personal, es también personal, es decir, es libre. Jesús dice: “el que quiera seguirme”; no obliga a nadie, porque nadie entrará en el Reino de los cielos “obligado”; quien lo haga, será porque libremente habrá decidido seguir a Jesucristo y esto en razón de la libertad del hombre, que es aquello que constituye su imagen y semejanza con Dios-, y también por el respeto que Dios tiene a la libre decisión del hombre. Es decir, Dios respeta en tal grado la libertad del hombre de querer seguirlo o no, que aquello que el hombre decida, eso acepta el mismo Dios. En otras palabras, Dios da la gracia de querer seguirlo, pero el hombre tiene en sus manos, por así decirlo, la decisión libre y final de querer seguirlo o no. De esto se sigue que, por un lado, nadie entrará obligado en el Reino de los cielos, sino de forma voluntaria; por otro lado, nadie entrará injustamente, viendo atropellada su libre decisión de no querer seguirlo, en el Infierno: quien no quiera seguirlo, indefectiblemente irá al Infierno, pero no porque Dios “lo condene”, sino porque el hombre libremente eligió no querer seguirlo. El Infierno se presenta, así, como una muestra del máximo respeto que Dios tiene de la libertad humana, porque quien se condena, lo hace por la libre decisión de no querer seguirlo: “El infierno consiste en la condenación eterna de quienes, por libre elección, mueren en pecado mortal[1].
El otro requisito para ser discípulos de Jesús es la “renuncia a sí mismo”, lo cual implica tener en cuenta que nuestro ser está afectado por el pecado original, que hace difícil el acceso a la Verdad por parte de la mente, y el obrar el Bien, por parte de la voluntad, además de provocar un grave desorden en las pasiones, en los sentimientos y en los sentimientos. Es decir, por el pecado original, estamos condicionados por la concupiscencia de la carne y de la vida, porque por el pecado el hombre ha sido invertido y en vez de ser la razón la que guíe la voluntad y esta domine las pasiones, son estas, las pasiones desordenadas, las que dominan la voluntad y ofuscan la razón. La negación de sí mismo significa tener en cuenta esta situación “original” y luchar, con la ascesis, la oración y la gracia de los sacramentos, contra nuestra tendencia al mal: “No hago el bien que quiero, sino que hago el mal que no quiero” (cfr. Rom 7, 19).
El último requisito para ser discípulos de Jesús es el de “cargar la cruz” propia, porque si el Hijo de Dios, siendo Inocente, cargó la cruz camino del Calvario, nadie puede ser discípulo de Cristo si no lo imita en su Pasión, en el cargar la cruz. Es decir, si Jesús, siendo Inocente, pasó de esta vida al Padre por la cruz, todo discípulo que se precie de serlo, debe también cargar la cruz, único camino para llegar al Reino de Dios.



[1] Catecismo de la Iglesia Católica, Compendio, 212.

jueves, 16 de febrero de 2017

“¡Vade retro, Satan! Tus pensamientos no son los de Dios”


“Tus pensamientos no son los de Dios” (Mc 8, 27-33). Este pasaje del Evangelio es sumamente útil para graficar el “discernimiento de espíritus”, según San Ignacio de Loyola[1], y también para darnos acerca de cómo, incluso el Vicario de Cristo, el Papa, puede apartarse de Aquel a quien representa en la tierra, el Hombre-Dios Jesucristo.
Con respecto al discernimiento de espíritus –siempre según las Reglas de San Ignacio para los Ejercicios Espirituales-, el Evangelio nos permite constatar cómo Pedro, siendo Vicario de Cristo, cuando es iluminado por el Espíritu Santo, proclama la verdad plena y absoluta acerca de Jesucristo: Él es “el Mesías”, el que “tiene palabras de vida eterna” (Jn 6, 68), el “Hijo de Dios” (Mt 16, 16): “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Pedro respondió: “Tú eres el Mesías”.
Pero cuando el mismo Vicario, Simón Pedro, rechaza esta iluminación interior y se deja llevar por sus propios pensamientos –pensamientos contrarios a la Cruz y la Pasión de Jesús-, se aparta de la Voluntad de Dios y, lo que es peor, se coloca bajo la influencia directa del Príncipe de la mentira, tal como se lo dice Jesús: “¡Retírate de Mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”.
En otras palabras, cuando el Espíritu Santo lo ilumina, Pedro proclama la Verdad acerca de Jesús: “Tú eres el Mesías, Tú eres Dios Hijo encarnado”. Pero cuando rechaza la Cruz. se deja influenciar por Satanás y por sus propios pensamientos: “Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días; y les hablaba de esto con toda claridad. Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo. Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo: “¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”.
Esto nos enseña que, cada vez que neguemos que Jesús es Dios y cada vez que neguemos y rechacemos la Cruz –y cada vez que neguemos y rechacemos a la Santa Misa como renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrifico de la Cruz-, debemos decirnos, a nosotros mismos, junto con Jesús: “¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Jesús devuelve la vista a un ciego


Jesús devuelve la vista a un ciego (cfr. Mc 8, 22-26) utilizando su poder divino. Si bien la curación se lleva a cabo en dos pasos –primero le coloca saliva en los ojos y le impone las manos, lo que le permite al ciego comenzar a ver “hombres, como si fueran árboles que caminan” y recién cuando le impone las manos por segunda vez, recupera totalmente la vista-, esto no significa que tuviera algún tipo de inconvenientes para no hacerlo de una sola vez: es evidente que, siendo Jesús Dios Hijo encarnado y siendo Él el Creador de los ángeles y los hombres, tiene el poder suficiente para curarlo en menos de un segundo; si lo hizo en dos fases o tiempos, es porque ésa era su intención.
Ahora bien, en la escena evangélica, sucedida realmente, hay también un significado sobrenatural: el ciego representa a la humanidad, herida por el pecado original, que se ha vuelto incapaz de ver a Dios y a la realidad, tal como Él la ha creado; la curación por parte de Jesús, representa el don de la gracia santificante, que permite, precisamente, ver el mundo y la realidad, tal como Dios los creó, mientras que la recuperación total de la visión, podría representar al hombre que, iluminado por la gracia santificante, se vuelve capaz de ver el sentido de esta vida: una prueba otorgada por Dios, para decidirnos, con nuestro libre albedrío, a favor o en contra de Él, por toda la eternidad. En otras palabras, el ciego al final de la curación, el que es capaz de ver perfectamente, representa al alma que, iluminada por la luz de la fe y de la gracia, sabe que esta vida terrena no es para siempre y por lo tanto no pone su corazón en ella, sino que considera a Jesús y al Reino de los cielos como su verdadero y único tesoro, esforzándose por lo tanto para llevar una vida de gracia y así salvar el alma.

Como el ciego del Evangelio, que se postró ante Jesús para implorarle poder ver, también nosotros nos postramos ante Jesús Eucaristía, para que Él nos ilumine con la luz de su gracia.

sábado, 11 de febrero de 2017

“Si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos”


(Domingo VI - TO - Ciclo A – 2017)

“Si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos” (Mt 5, 17-37). El Pueblo Elegido tenía, en cuanto Nación escogida por Dios para manifestarse a través suyo al mundo, la Ley natural y la Ley de Dios, que hacían justos a quienes las cumplían, como dice San Ireneo: “En la Ley hay preceptos naturales que nos dan ya la santidad; incluso antes de dar Dios la Ley a Moisés, había hombres que observaban estos preceptos y quedaron justificados por su fe y fueron agradables a Dios”[1]. Ahora bien, Jesús, que es ese mismo Dios que dio la Ley Natural a todos los hombres y los Mandamientos al Pueblo Elegido, viene ahora a nosotros, que somos el Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica, para traernos, no otra Ley distinta, sino la misma Ley Natural y los mismos Mandamientos, aunque ahora escritos no ya en tablas de piedra, sino en los corazones, y esa es la razón por la cual el cumplimiento de esa Ley es mucho más estricto: “El Señor no abolió estos preceptos sino que los extendió y les dio plenitud”[2]. Es por eso que Jesús dice: “No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento”. Y da el ejemplo de cómo es ese cumplimiento: “Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: No matarás, y el que mata, debe ser llevado ante el tribunal. Pero yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquel que lo insulta, merece ser castigado por el Sanedrín. Y el que lo maldice, merece la Gehena de fuego. Por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda”. Es decir, antes bastaba con “no matar”, para cumplir la Ley de Dios, y de esa manera se era justo, al menos en ese mandato: el justo era el que no mataba, es decir, el que no quitaba la vida material y físicamente a su prójimo, el que no cometía homicidio; era justo el que no lo hacía exteriormente, porque estar ante la Presencia de Dios era estarlo exteriormente. En otras palabras, se podía odiar a un prójimo, pero si no se lo mataba, se cumplía con el precepto que decía “No matarás”. Sin embargo, ahora, el cumplimiento de la Ley de Dios comienza en el interior del hombre, en su corazón, puesto que Jesús ha venido a traer la gracia santificante que, por así decirlo, graba a fuego los Mandamientos de Dios en el corazón, al tiempo que hace que el alma esté ante la Presencia de Dios, desde el momento en que, por la gracia, ese Dios, que es Uno y Trino, inhabita en el corazón del hombre. En otras palabras, cuando está en gracia, el alma está ante la Presencia de Dios Trino porque por la gracia, Dios Uno y Trino viene a inhabitar en el alma del justo. Es decir, ahora, con Jesús, Dios no solo es mucho más cercano, sino que está dentro del alma del justo; la gracia convierte al alma –y al cuerpo- del justo en el lugar de la morada de Dios Trino, por lo que, el que está en gracia, está delante de Dios Trino, así como quien está delante del sagrario o delante de la Eucaristía, está delante del Cordero. Ésa es la razón por la cual ya no basta cumplir sólo exteriormente los Mandamientos de la Ley sino que, ante todo, deben ser cumplidos en el corazón mismo del hombre, en su alma, en lo más profundo de su acto de ser, porque allí mora la Trinidad, cuando el alma está en gracia. No basta con no quitar la vida exteriormente al hermano: ahora Dios, que mora en el corazón del hombre, ve sus pensamientos, y cualquier pensamiento malo, por pequeño que sea, ofende a esta Presencia divina, en su infinita majestad y bondad. Cualquier acto de malicia, aun cuando no sea formulado al exterior del hombre, resuena en las paredes del Templo de Dios que es el corazón del hombre por la gracia, y lo ofende. Ya no basta con “no matar”: quien interiormente se irrita, insulta y maldice a su hermano, está en falta ante Dios; todavía más, quien no se reconcilia con su hermano, está en falta ante Dios y es indigno de acercarse al altar: “Si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda”. Esto es lo que explica los ejemplos dados por Jesús: no basta con no cometer adulterio materialmente: si se lo desea, ese mal deseo está ante la Presencia de Dios, y lo ofende.
“Si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos”. Cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios no es un mero legalismo: el cumplimiento se basa en el Amor de Dios, porque el que está unido por la gracia al Sagrado Corazón de Jesús y lo ama con todas sus fuerzas, amará también a su hermano, porque su corazón y el Corazón de Jesús, “que es Amor” (cfr. 1 Jn 2, 4), serán una sola cosa. Vivir los Mandamientos de la Ley de Dios no es, por lo tanto, contabilizar escrupulosamente qué es y qué no es pecado: se vive la Ley de Dios cuando el corazón, unido por la gracia al Corazón de Dios -que "es Amor"-, es hecho partícipe del Amor de Dios y con este Amor -que es el Espíritu Santo- ama a Dios y al prójimo. Así, unido al Amor de Dios y por el Amor de Dios, el hombre vive plenamente la Ley de Dios, que es la Ley del Divino Amor.




[1] San Ireneo de Lyon, Contra las herejías IV, 13, 3.
[2] Cfr. ibidem.

jueves, 9 de febrero de 2017

“Una mujer cuya hija estaba poseída por un espíritu impuro, oyó hablar de Él y fue a postrarse a sus pies”


“Una mujer cuya hija estaba poseída por un espíritu impuro, oyó hablar de Él y fue a postrarse a sus pies” (Mc 7, 24-30). Una mujer “pagana, de origen siro-fenicio”, como la describe el Evangelio, da un ejemplo de fe, de humildad y de sabiduría celestial a los cristianos católicos de todos los tiempos, incluidos nosotros, que vivimos en el siglo XXI, en primer lugar. La mujer, al ser pagana, no pertenece, obviamente, al Pueblo Elegido; está atribulada por una gran prueba, que es la posesión demoníaca de su hija; escucha hablar de Jesús y, sin perder un instante, se dirige a Jesús, pero no de cualquier manera, sino “postrándose a sus pies”, para pedirle a Jesús que expulse al demonio del cuerpo de su hija. En esto radica su ejemplo insuperable de fe en Jesucristo en cuanto Hombre-Dios, porque se postra ante Él, como signo de adoración que sólo se debe a Dios, y porque le pide que haga, en Persona –y no de forma delegada- un milagro o acción divina que sólo Dios puede hacer, y es el expulsar el demonio que atormenta a su hija.
Sin embargo, a pesar de esta muestra de fe –que superaba en mucho a la de la inmensa mayoría del Pueblo Elegido-, la respuesta de Jesús aparece, en un primer momento, como distante y fría. En efecto, el Evangelio dice: “Él le respondió: “Deja que antes se sacien los hijos; no está bien tomar el pan de los hijos para tirárselo a los cachorros”. Es decir, Jesús no considera concederle el milagro que le pide, porque indirectamente, le hace sentir su condición de pagana, de no perteneciente al Pueblo Elegido, a cuyos integrantes trata de “hijos”. Aún más, su respuesta no sólo es distante y fría, sino que, en cierto sentido, es dura, puesto que a ella no sólo le dice –indirectamente- que no es “hija”, sino que es “cachorro” o, lo que es igual, “perro”, porque está hablando de cachorros de perros. Es decir, Jesús no quiere concederle lo que le pide, porque ella es “perro” –pagana- y no “hija” –miembro del Pueblo Elegido-. En esto se ve el ejemplo de la mujer en relación a la virtud de la humildad, porque siendo tratada como “perro”, no sólo no se ofende, sino que asume el calificativo que le da Jesús, en la continuación con el diálogo.
Y precisamente, al continuar el diálogo en los términos planteados por Jesús, demuestra una sabiduría no humana, sino celestial –producto de la gracia concedida previamente por Jesús-, y demuestra esta sabiduría celestial con la respuesta que da a Jesús: “Es verdad, Señor, pero los cachorros, debajo de la mesa, comen las migajas que dejan caer los hijos”. La mujer, después de demostrar fe y humildad, ahora demuestra sabiduría celestial porque, usando la misma figura de Jesús, da el argumento necesario para resolver el caso a su favor: es verdad que ella no es hija, sino pagana –perra-, pero aun así, tiene derecho a un milagro de la benevolencia de Jesús, porque los perros –cachorros-, si bien no son hijos, comen de las migajas que caen de la mesa de los hijos. La mujer le está diciendo que es verdad que ella no es destinataria de los grandes milagros reservados a los miembros del Pueblo Elegido, pero si es verdad que es “perro”, es decir, pagana, entonces también, al mismo modo que los perros comen migajas de la mesa de sus amos, así también ella puede recibir un milagro –la expulsión del demonio del cuerpo de su hija- que, comparado con los del Pueblo Elegido, puede ser considerado “una migaja” para el poder divino de Jesús.
La demostración de fe, humildad y sabiduría celestial, como respuesta a la gracia previamente concedida por Jesús, despierta la admiración del propio Jesús, quien en premio a su fidelidad a la gracia, le concede lo que le ha pedido: “Entonces Él le dijo: “A causa de lo que has dicho, puedes irte: el demonio ha salido de tu hija”. Ella regresó a su casa y encontró a la niña acostada en la cama y liberada del demonio”.

A diferencia de esta mujer, muchos católicos, cuando se enfrentan a diversas tribulaciones, en vez de acudir a postrarse ante el altar del Señor, ante el sagrario, ante la Santa Cruz, o de implorar la mediación de la Medianera de todas las gracias, la Madre de Dios, acuden vergonzosamente a los brujos, los magos, los chamanes y toda clase de servidores del Demonio y es por eso que su luminoso ejemplo es sumamente válido para nuestros oscuros tiempos.