miércoles, 17 de diciembre de 2014

“Éste fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo”


El ángel anuncia en sueños a San José

“Éste fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo” (Mt 1, 18-28). Sorprende la precisión de la Sagrada Escritura en narrar el admirable origen sobrenatural de Nuestro Señor Jesucristo: “María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo”, como así también sorprende la necedad y ceguera de quienes, no obstante la claridad de las Escrituras, se empeñan en negar la Verdad Revelada de este sencillo, breve, y al mismo tiempo contundente párrafo, que afirma la maternidad divina de María Virgen y la condición de Jesucristo como Hijo de Dios, porque es el cumplimiento de las profecías mesiánicas.
“Éste fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo”. En dos renglones, el autor sagrado, inspirado por el Espíritu Santo, revela lo oculto a los ojos de los hombres, visible sólo a los ojos de Dios: la concepción milagrosa y virginal de Jesús de Nazareth, que es, al mismo tiempo que hombre, Dios, sin dejar de ser Dios, porque lo concebido en el vientre virginal de María es llamado “Emmanuel”, que significa “Dios con nosotros”, y la otra verdad que el párrafo revela, además de que el Mesías anunciado por los profetas desde la Antigüedad, es Dios y Hombre al mismo tiempo, es que la Madre de ese Mesías, es Madre y Virgen, lo cual también había sido profetizado: “El Señor mismo os dará una señal: He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa ‘Dios con nosotros’” (Is 7, 14). Por lo tanto, no se puede leer este párrafo, y no aceptar sus consecuencias: creer en la maternidad divina de María, puesto que concibe por obra y gracia del Espíritu Santo, sin intervención de varón: “María, su madre, estaba comprometida con José y, cuanto todavía no habían vivido juntos…”, y al mismo tiempo, admitir su virginidad, y admitir que lo concebido en ella es de origen divino: “…concibió un hijo por obra del Espíritu Santo”, y admitir que el Hijo concebido es Dios: “Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: ‘La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán de nombre ‘Emmanuel’ que significa ‘Dios con nosotros’”. ‘La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán de nombre ‘Emmanuel’ que significa ‘Dios con nosotros’”: no puede estar más clara y contundente la revelación de la condición de María como Madre de Dios y como Virgen al mismo tiempo y, al mismo tiempo, la condición de Jesucristo como Hombre y como Dios y, por añadidura, la condición de San José como varón casto, santo y puro.
De la aceptación de este párrafo, con un corazón puro, sencillo, humilde, depende, por lo tanto, la aceptación de todo el entero edificio dogmático y por lo tanto de la fe pura y santa de la Santa Iglesia Católica, y de su rechazo, depende el rechazo de toda la fe católica. Lo que sucede es que, de este párrafo, se derivan también la condición de María como Mediadora de todas las gracias y como Puerta celestial por la cual ingresa al mundo la Luz Eterna, Jesucristo; se afirma también que Ella es Madre de Dios; se afirma que Jesucristo es Dios Hijo y no un hombre cualquiera; por transición, se afirma por la fe de la Iglesia, que la Eucaristía no es un poco de pan bendecido, sino la renovación incruenta del Santo Sacrificio de la cruz, por cuanto es la prolongación de la Encarnación del Verbo y la actualización de su sacrificio en cruz.
Afirmar o negar la verdad de este pasaje, tiene por lo tanto numerosas consecuencias en la fe; admitirlo y vivirlo, según la fe de la Santa Iglesia Católica, significa elevar el alma a la contemplación del misterio trinitario; negarlo y reducirlo a los estrechos límites de la razón, significa reducir la fe, la Iglesia, Jesucristo y la Eucaristía y la verdad de María, Virgen y Madre de Dios, a construcciones religiosas inventadas por la mente humana, como medios para satisfacer un instinto religioso y nada más; es decir, negar lo sobrenatural de este pasaje, significa negar el destino de eterna bienaventuranza en los cielos, conseguido al precio de la muerte en cruz de Nuestro Señor Jesucristo; significa negar la redención y el rescate, obtenidos al precio altísimo de la Sangre del Cordero, derramada en el Calvario y recogida en el cáliz del altar eucarístico, cada vez que se celebra la Santa Misa.

“Éste fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo”. Aceptemos entonces con fe y con amor y vivamos, con la fe de la Santa Iglesia, los maravillosos misterios que nos revela este pequeño pero admirable párrafo del Evangelio, que de esta manera nos prepara para la Navidad, porque el Niño cuyo Nacimiento conmemoramos en Navidad -y cuyo Nacimiento se actualiza, por el misterio de la liturgia eucarística, en el altar eucarístico-, no es un niño más entre tantos, sino el Niño Dios, Dios hecho Niño, sin dejar de ser Dios. Dios hecho Niño, sin dejar de ser Dios, para que nos hagamos como niños y así entremos en el Reino de los cielos: “Quien no sea como un niño, no entrará en el Reino de los cielos” (Mt 18, 3). 

martes, 16 de diciembre de 2014

La genealogía de Nuestro Señor Jesucristo o la constatación histórica del ingreso del Verbo Eterno en la historia humana


         “Genealogía de Jesucristo, hijo de David…” (Mt 1, 1-17). Si la Biblia es un libro religioso, ¿qué sentido tiene incluir una lista tan larga de ancestros de Jesucristo? ¿No corresponde eso más bien a un libro de historia? Dicho de otra manera: incluir una genealogía tan larga, en un libro religioso como la Biblia, ¿no sería caer en un prurito historicista, inapropiado para este tipo de libros? Y llegado el caso que se justificara, ¿cuál sería el sentido de documentar una genealogía tan extensa?
Por un lado, hay que responder que la Biblia no es meramente un “libro religioso”, sino también “de historia”, en cuanto que  todo lo que está relatado en ella sucedió real y verdaderamente; es decir, la Biblia no es un libro de ficción religiosa, ni de fábulas, ni de mitos, por lo que lo que se relata en ella cuenta con el valor de la historia y no de la fábula y de la fantasía mitológica; esto es sumamente importante, a la hora de desmentir a los que niegan dogmas de la religión católica, como la Encarnación del Verbo o la Virginidad de María, basados precisamente en datos de la Sagrada Escritura: al ser la misma un libro de historia, que relata hechos históricos –aunque el modo de relatar la historia no sea al estilo científico actual, lo mismo es historia real y verdadera-, los datos aportados son fidedignos y por lo tanto sirven de sustento real para el dogma.
Por otro lado, el sentido de incluir una genealogía tan extensa, no se debe a un mero “prurito historicista”, sino a la intención de dejar bien documentado la existencia de una genealogía humana en el hecho más trascendente de la historia de la humanidad: el ingreso en el tiempo y en la historia de la humanidad y ante todo en la raza humana, en los mismos genes de la raza humana, si así se puede decir, del Verbo Eterno de Dios, es decir, al Encarnación del Verbo, la Palabra Eternamente pronunciada del Padre.


Si nosotros observamos la lista de la genealogía, vemos cómo se da una larga sucesión de personas humanas, una tras otra, hasta llegar a Jesucristo y, cuando se llega a Jesucristo, es allí cuando se produce el milagro, la Encarnación del Verbo, porque Jesucristo es la Palabra Eternamente pronunciada del Padre, que se encarna en una naturaleza humana para hacerse hombre, sin dejar de ser Dios. La genealogía humana de Jesucristo muestra entonces a una serie de personas humanas, que se suceden una tras otra, tal como sucede en cualquier otra genealogía humana, hasta llegar al hecho más trascendente de la historia de la humanidad: la Encarnación del Verbo, cuando el Padre pronuncia, desde la eternidad, desde el cielo, su “Yo Soy”, sobre la humanidad, y es así como el Verbo de Dios, llevado por el Amor Divino a las entrañas virginales de la Madre de Dios, se encarna, adquiere Cuerpo, Sangre y Alma humanos, creados en ese momento y con los cuales reviste su Divinidad, para permanecer nueve meses en el seno materno, nacer virginalmente y así donarse como Pan Vivo bajado del cielo, como Eucaristía, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad ocultos bajo apariencia de pan.
Este es el sentido, entonces, de la presencia de una genealogía tan larga en un libro religioso e histórico, al mismo tiempo, como es la Biblia: constatar el ingreso del Verbo Eterno de Dios en la historia humana y su Encarnación.
Ahora bien, si este hecho de la Encarnación es admirable y nos deja maravillados y sin palabras, hay algo que lo supera –si es que hay algo que pueda superar a la Encarnación del Verbo-, y este hecho es la Santa Misa, porque la admirable Encarnación del Verbo se prolonga en la Santa Misa, en la Eucaristía, cuando el sacerdote ministerial pronuncia las palabras de la consagración, porque por el sonido humano emitido por el sacerdote, se transmiten las palabras, pero por las palabras, en ellas y a través de ellas, se comunica y se transmite el Verbo de Dios, la Palabra de Dios, el Hijo de Dios, quien es el que convierte las substancias del pan y del vino en las substancias de su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, y es así como, de esa manera, el Verbo de Dios Encarnado, prolonga su Encarnación en la Eucaristía, en la Santa Misa, por las palabras de la consagración, por la Transubstanciación.

Por todo esto, nos postramos en adoración, con el corazón lleno de sagrado estupor, de alegría y de amor, ante el Verbo de Dios que se encarna en el seno virgen de María, que nace en Belén, “Casa de Pan”, y que prolonga su encarnación, donándose como Pan de Vida eterna, en la Eucaristía, y junto con la Madre de Dios, lo adoramos, lo bendecimos, le damos gracias.

lunes, 15 de diciembre de 2014

¿Cuál de los dos cumplió la voluntad del padre?


         Jesús trae como ejemplo dos hijos de un mismo padre (cfr. Mt 21, 28-32): ante el pedido de su padre de ir a trabajar en su viña, el primero dice que no irá, pero luego va; el segundo dice que irá, pero luego no va. El primero es el que, luego de haber cometido el mal, experimenta el remordimiento de su conciencia, se arrepiente y se salva; el segundo en cambio representa a aquellos que honran a Dios con los labios, pero cuyo corazón está lejos de Él. De esta manera, Jesús nos habla acerca del valor del remordimiento de conciencia, como signo de la gracia y de la vitalidad del alma, puesto que la falta del remordimiento, frente al mal cometido, es un signo de que el alma está endurecida en el mal y muerta por el pecado. Los casos extremos son Pedro y Judas Iscariote. Con relación al remordimiento, dice San Agustín: “El remordimiento es una gracia para el pecador. Sentir el remordimiento y escucharlo es una prueba de que la conciencia no está apagada. El que siente su herida, desea la curación y toma su remedio. Donde no se siente el mal, no hay esperanza de vida”.
Entonces, con los ejemplos de los dos hijos, Jesús se refiere a dos casos extremos y no indica ningún caso en donde el que prometa, cumpla. Podemos tomar como caso paradigmático de la falta de los que prometen falsamente a Dios con doblez de corazón y de los que se presentan exteriormente cerca de Dios, pero con un corazón todavía no convertido, el fracaso de Pedro en sus promesas (cfr. Mt 26, 35).
La enseñanza estaría en prevenirnos de prometer a Dios una fidelidad que no podremos cumplir de no mediar su asistencia y no ser presuntuosos, puesto que sólo Él puede darnos esa gracia. De ahí que la actitud de la verdadera fidelidad, lejos de prometer a Dios, implora de Él su sostén. Entonces sí que la fidelidad es segura, porque desconfía de sí misma  y se apoya en Dios. Ése debe ser el espíritu de todo propósito de enmienda.

Ahora bien, puesto que Pedro finalmente se arrepiente, los dos hijos podrían representar dos estados del alma en una misma persona, en dos momentos diferentes, en dos estadios distintos de su evolución espiritual y de su respuesta a la gracia. En un primer momento, se presenta como falso, con doblez de corazón y con temeridad, cuando dice que irá a trabajar a la viña, pero no va –es Pedro cuando promete dar la vida por Jesús, pero luego lo traiciona tres veces-; en un segundo momento, por la acción de la gracia, ante el mal cometido, el remordimiento de conciencia lo lleva a reconocer su error y a pedir perdón y por lo tanto, va a trabajar a la viña: es Pedro cuando, al canto del gallo, reconoce su traición y se arrepiente. Judas Iscariote, por el contrario, no responde a la gracia y no se arrepiente, puesto que rechaza el remordimiento de conciencia, ya que su alma permanece muerta por el pecado mortal de la traición. La enseñanza entonces es el pedir la gracia de la perseverancia final, la conversión del corazón y el no ser presuntuosos, pensando en que somos algo por nosotros mismos, porque, como dice Jesús, sin Él, nada podemos: “Sin Mí, no podéis hacer nada” (Jn 15, 5), y además, sin Él, somos “nada más pecado”.

viernes, 12 de diciembre de 2014

“Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor”


(Domingo III - TA - Ciclo B - 2014 – 2015)
         “Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor” (Jn 1, 6-8. 19-28). Juan el Bautista dice de sí mismo que “no es el Mesías”, sino “una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor”. El Bautista no es el Mesías, sino la voz que anuncia la llegada del Mesías; bautiza con agua, porque el Mesías habrá de bautizar con el Espíritu Santo; predica una conversión meramente moral, porque el Mesías predicará la conversión radical, profunda, la conversión que obra la gracia santificante, donada por Él en Persona. El Bautista es el Precursor, es el que señala con el dedo a Jesús que pasa, y mientras los demás ven en Jesús al “hijo del carpintero”, al “hijo de José”, a “uno de nosotros, un vecino más del pueblo, criado entre nosotros”, el Bautista, iluminado por el Espíritu Santo, ve lo que los demás no ven, y dice de Jesús: “Éste es el Cordero de Dios” (Jn 1, 29). El Bautista prepara el camino para la llegada del Mesías y para hacerlo, se aparta del mundo, deja de vivir mundanamente, como modo de advertir que la figura de este mundo está ya por desaparecer, porque el Dios Eterno, encarnado en el Mesías, viene ya de modo inminente, y es por eso que el Bautista viste con piel de camello y se alimenta de langostas y de miel y habita en el desierto, porque con su modo austero y sobrio de vivir, está diciendo a sus compatriotas, que el aevum actual, está por ser suplantado por la Nueva Era del Mesías; les está diciendo que, con la llegada del Mesías, finaliza el tiempo humano y comienzan los Últimos Tiempos de la humanidad, porque el Mesías, que es Dios Eterno, dará fin al tiempo y a la historia humana, para conducir a los hombres que se dejen salvar por Él, a la eternidad beata, feliz, en su compañía. Juan el Bautista es el Precursor, no es el Mesías; es quien anuncia que el Mesías ya viene y viene para salvar a quienes lo acepten como a su Señor y Redentor y viene para juzgar a quienes no lo acepten como a su Señor y Redentor, porque el Mesías es el Rey de cielos y tierra; el Bautista bautiza con agua, pero el Mesías bautiza con el Espíritu Santo, porque el Mesías es Dios Hijo Encarnado, y tanto como Hombre, que como Dios, espira el Espíritu Santo, y por eso es el Dador del Espíritu Santo, y es el que, junto con el Padre, infunde el Espíritu Santo en el alma, quitando los pecados, concediendo la filiación divina, infundiendo el Amor de Dios en el alma y convirtiendo al alma en morada de la Santísima Trinidad y ésa es la razón por la cual el Bautista dice que él “no es digno ni siquiera de desatar la correa de sus sandalias”. La misión del Bautista es anunciar la Llegada del Mesías, pero ese anuncio se pagará con su propia vida, porque quedará sellado el anuncio con el martirio, cuando el Bautista sea decapitado y ofrende su vida por el Cordero de Dios, el Mesías Salvador del mundo.
         “Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor”. Es importante para el cristiano conocer a Juan el Bautista, porque todo cristiano tiene la misma misión del Bautista; todo cristiano está llamado a ser una imitación del Bautista, en medio del desierto sin Dios en el que se ha convertido el mundo moderno; el mundo de hoy es un desierto árido, seco, sin vida, porque el hombre ha expulsado al Dios Viviente y Autor de toda vida y sin Dios, el mundo no tiene vida y por eso el mundo de hoy es un mundo dominado por la “cultura de la muerte”, en donde el aborto, la eutanasia y las guerras injustas, que acaban con miles de vidas inocentes, todos los días, son moneda corriente. El cristiano debe imitar a Juan el Bautista y debe señalar, con la fe de la Iglesia, que el Mesías, Jesucristo, el Hombre-Dios, ya ha venido por Primera Vez, y que ha de venir por Segunda Vez, en la gloria, al fin de los tiempos, para juzgar al mundo y para instaurar su Reino de paz, de justicia y de amor y debe proclamar esa Segunda Venida, más que con discursos, con obras de misericordia, corporales y espirituales, con penitencias y con ayunos, mostrando al mundo la alegría del Evangelio, llevando el Amor de Cristo a los más necesitados.

Pero mientras tanto, entre la Primera y la Segunda Venida, hay una Venida Intermedia de Jesucristo, que se cumple en la Iglesia, por el misterio litúrgico de la Santa Misa, y es la Venida Eucarística, la cual también debe ser anunciada por el cristiano al mundo, porque en cada Santa Misa, Jesús, el Cordero de Dios, actualiza el Santo Sacrificio de la cruz y por la Transubstanciación, las substancias del pan y del vino, se convierten en su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, de manera tal que, quien asiste a la Santa Misa, asiste al Calvario, al Santo Sacrificio de la cruz, renovado de modo incruento y sacramentalmente, por el poder del Espíritu Santo, que actúa a través de las palabras de la consagración, pronunciadas por el sacerdote ministerial. El cristiano, entonces, tiene como misión, en esta vida, señalar la Eucaristía y, a imitación del Bautista, decir, iluminado por el Espíritu Santo, y con la fe de la Iglesia: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, y estar, al igual que el Bautista, dispuesto a dar la vida por esta verdad, porque mientras el mundo ve solo un poco de pan bendecido, el cristiano ve, en la Eucaristía, a Jesucristo, Dios Hijo Encarnado, que derramó su Sangre en la cruz por la salvación de la humanidad. Por esta Verdad dio su vida el Bautista y por esta Verdad está llamado a dar su vida todo cristiano.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

“No ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista y sin embargo el más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él”


“No ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista y sin embargo el más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él” (Mt 11, 11-15). Jesús alaba a Juan el Bautista diciendo de él que “no ha nacido ningún hombre más grande”, pero al mismo tiempo, dice que “el más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él”. La razón es que Juan es el mayor de los profetas del Antiguo Testamento, porque él es el Precursor, el profeta inmediatamente anterior al Mesías, contemporáneo al Mesías, que señala la Llegada y la Presencia del Mesías entre los hombres: “Este es el Cordero de Dios” (…). Su misión es la más alta de entre todos los profetas del Antiguo Testamento, porque mientras los profetas del Antiguo Testamento profetizaron por medio de visiones la llegada del Mesías, el Bautista es mucho más próximo al Mesías, no solo cronológicamente, sino biológicamente, puesto que es incluso su primo, su pariente. Juan el Bautista tiene por lo tanto la misión de predicar la conversión de los corazones y de administrar un bautismo meramente moral, como preparación de los espíritus para la inminente llegada del Mesías, el Cordero de Dios, al cual él señala con su dedo, y terminará sellando su anuncio con el derramamiento de su propia sangre. En esto consiste su grandeza, en la especial misión que le compete, y en el hecho de que está destinado al martirio, a sellar con su propia sangre el anuncio de la inminente Primera Venida del Mesías.
Sin embargo, si bien el Bautista es el más grande de los profetas de la Antigua Alianza, la Nueva Alianza, el Reino de Jesucristo, será tan superior, que cualquiera que sea establecido en esta Nueva Alianza, será superior al Bautista, y la razón es que será Jesucristo mismo en Persona quien le concederá un bien que lo engrandecerá sobre todo otro bien, y ese bien será la causa de esa superioridad. ¿Cuál es este bien misterioso, que hace que quien pertenezca a la Nueva Alianza, sea superior al más grande de la Antigua Alianza, Juan el Bautista? Para saberlo, es necesario acudir a la parábola del servidor bueno y fiel[1] (24, 42ss) y prestar atención a su simbología: el siervo es el bautizado; la túnica ceñida es la actitud vigilante y operante de quien obra activamente la misericordia, movido por el Amor de Dios; la lámpara es la naturaleza humana, el cuerpo y el alma y la lámpara encendida es esa naturaleza humana, iluminada por la gracia santificante y aquí está la superioridad de la Nueva Alianza, en la gracia santificante, porque es lo que permite al siervo bueno y fiel salir de la oscuridad y estar iluminado, para esperar a su amo, que vendrá “a la hora menos esperada”; el premio que recibe el servidor bueno y fiel, por su actitud vigilante, es la vida eterna.
“No ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista y sin embargo el más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él”. La grandeza de la Nueva Alianza radica en la gracia santificante, gracia que concede la filiación divina, lo cual constituye un privilegio imposible de dimensionar en esta vida, aunque tampoco en la otra, tanta es su grandeza. La gracia nos hace ser hijos de la Iglesia e hijos de Dios y como hijos de Dios, la gracia nos hace capaces de contemplar la gloria del Verbo de Dios que se hace Carne: “El Verbo (que) era Dios (…) vino a los suyos (…) a los que lo recibieron, les dio el poder de ser hijos de Dios (…)”.
Ahora bien, “el Verbo de Dios que se hizo Carne”, prolonga su Encarnación en la Eucaristía, por lo tanto, al contemplar la Eucaristía, contemplamos, en cierta manera, la gloria de Dios, por medio de la fe, ya en esta tierra, como un anticipo de lo que será la contemplación de la gloria del Cordero de Dios y de la Trinidad en el cielo: “Y el Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros –y nosotros vimos su gloria, gloria como de Unigénito del Padre- lleno de gracia y de verdad” (cfr. Jn 1, 1-14). Es por todos estos motivos que, cualquiera, en el Reino de los cielos, es decir, en la Nueva Alianza, en la Iglesia Peregrina, aun siendo “nada más pecado”, por la gracia santificante recibida en el bautismo, somos más grandes que Juan el Bautista.




[1] Cfr. Juan Straubinger, La Santa Biblia, Universidad Católica de La Plata, La Plata 2007, n.10.

martes, 9 de diciembre de 2014

“Vengan a Mí todos los que están afligidos y agobiados y Yo los aliviaré”


“Vengan a Mí todos los que están afligidos y agobiados y Yo los aliviaré” (Mt 11, 28-30). Para quienes estén “afligidos y agobiados”, Jesús promete alivio; sin embargo, contrariamente a lo que pudiera parecer, el alivio no se dará por el quite del peso que provoca la aflicción y el agobio, sino por el intercambio de ese peso por otro peso: quien acuda a Él, debe darle el peso de la aflicción y el agobio, pero tomar a cambio, el peso de su yugo: “Vengan a Mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes Mi yugo…”. 
Es decir, quien acuda a Jesús agobiado por el peso de la aflicción, se verá libre de este peso, pero recibirá en cambio otro peso, el peso del “yugo de Jesús”, el cual deberá cargarlo; paradójicamente, sin embargo, este intercambio de pesos –el afligido le da el peso de su aflicción y Jesús le da el peso de su yugo- provocará el alivio de la aflicción de quien acude a Jesús: “Yo los aliviaré”. Pareciera entonces una contradicción: estar agobiados por un peso –el de la aflicción- y para ser aliviados de la misma, hay que recibir otro peso –el del “yugo de Jesús”-. 
Parece, pero no lo es, porque toda la cuestión se centra en qué es el “yugo de Jesús”: como Jesús lo dice, es “suave y ligero”, es decir, no es pesado, por lo que, en el intercambio de cargas, Jesús queda con la parte más pesada, mientras que quien acude a Jesús con el peso de la aflicción, recibe el peso del “yugo de Jesús”, que en realidad es “suave y ligero”, es decir, es prácticamente igual a no llevar nada de peso. Quien acude a Jesús, descarga sobre Él el peso de la aflicción, y se lleva en cambio su yugo, que no pesa nada. ¿Y en qué consiste este “yugo de Jesús”? El yugo de Jesús es su cruz y la cruz de Jesús se la lleva como Él mismo la lleva, con mansedumbre y humildad de corazón: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón”. 
Quien está afligido y agobiado, debe entonces acudir a Jesús, descargar sobre Él el peso de su aflicción y recibir a cambio su “yugo”, que es su cruz, y llevarla con mansedumbre y humildad, y así encontrará alivio, porque el corazón humano no ha sido hecho para otra cosa que para ser una imitación del Sagrado Corazón de Jesús, manso y humilde como un cordero.

Por último, Jesús dice que “vayamos a Él” los que estemos “afligidos y agobiados”. ¿Dónde está Jesús, para ir a descargar el agobio de nuestra aflicción y recibir a cambio la suavidad de su yugo, para llevarlo con mansedumbre y humildad de corazón y así ser aliviados por Él? Jesús está en el sagrario, está en la Eucaristía, porque Él es el Dios del sagrario, el Dios oculto en la Eucaristía, que se revela a los ojos del alma a quien lo busca con humildad, con fe, con amor, y con un corazón contrito y humillado.

domingo, 7 de diciembre de 2014

"Yo los bautizo con agua, pero Él los bautizará con el Espíritu Santo"


(Domingo II - TA - Ciclo B - 2014 - 2015)
          "Yo los bautizo con agua, pero Él los bautizará con el Espíritu Santo" (Mc 1, 1-8). La figura y las acciones de Juan el Bautista señalan el cambio de época que se inicia para la humanidad toda con la Llegada de Jesús, el Mesías: con su austeridad, viviendo en el desierto y alimentándose de langostas y miel silvestre, con su llamado a la conversión, exhortando a "allanar los senderos y preparar los caminos" y con el bautismo con agua, con la simbología implícita del lavado que arrastra lo que está sucio, en este caso, el pecado que ensucia el alma, el Bautista está indicando que la humanidad debe prepararse para recibir a su Redentor, que viene de lo alto, y que provocará un cambio de época, un cambio de era, dando inicio a una Nueva Era para la humanidad, porque "las cosas viejas" habrán pasado, porque el Mesías que viene, es el Hombre-Dios, que no bautiza con agua, sino con el Espíritu Santo, porque Él, en cuanto Hombre y en cuanto Dios, espira el Espíritu Santo junto al Padre, y es el Espíritu Santo el que renueva todas las cosas, empezando por el hombre: el Espíritu Santo, espirado por el Hombre-Dios y el Padre, disuelve el pecado que anida en la raíz metafísica del hombre y contamina todo su ser, su alma y su cuerpo, y así lo libera del pecado, pero no solo lo libera del pecado, sino que le infunde de su santidad, concediéndole la gracia divina, que lo hace partícipe de la vida trinitaria de Dios Uno y Trino. Y si bien son el Padre y el Hijo quienes infunden el Espíritu Santo, este es vehiculizado por la Sangre del Cordero de Dios, y para que esta Sangre sea derramada sobre los corazones de los hombres, es necesario que el Cordero de Dios sea sacrificado en el Ara Santa de la Cruz, y para que la Sangre llegue a todos los hombres de todos los tiempos, es necesario que el Santo Sacrificio de la Cruz, el mismo que está con su virtud en los cielos y que se realizó en el Calvario, llegue con su poder salvífico y con su efecto redentor a los hombres de todos los siglos, y esa es la razón por la cual se celebra la Santa Misa, renovación incruenta y sacramental del mismo y único Santo Sacrificio de la Cruz. Solo así, por medio del Santo Sacrificio del Altar, los hombres recibirán la lluvia benéfica de la Sangre del Cordero "como degollado", que sacrificado en la cruz, se inmola y derrama su Sangre en la cruz y la vierte en el cáliz cada vez en la Santa Misa, por la efusión de Sangre de su Sagrado Corazón traspasado, para infundir con esa Sangre su Espíritu Santo, sobre los hombres que deseen recibirlo con fe y con amor en la Comunión Eucarística.

          Es para esta efusión del Espíritu, contenida en la Sangre del Cordero de Dios, efundida y derramada a través del Costado traspasado del Cordero en la cruz y recogida en el cáliz del altar eucarístico, para ser derramada sobre las almas de los hombres, es que el Bautista llama a la conversión del corazón, a la penitencia y a "allanar los senderos y preparar los caminos", para que el Cordero pueda derramar su Espíritu Santo sobre sus corazones y colmarlos de sí mismo, el Amor de Dios.