sábado, 13 de septiembre de 2014

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz


(Ciclo A – 2014)
         ¿Por qué los cristianos celebramos la “Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz”? ¿Por qué los cristianos “exaltamos” la cruz? ¿Acaso la cruz no es un instrumento de tortura, de humillación, de muerte y de muerte violenta, extrema, humillante, cruel? ¿Cómo puede ser que los cristianos no sólo celebremos, sino que exaltemos –que es más que celebrar, porque es celebrar con más alegría, si cabe- la cruz, un instrumento tan cruel? Los romanos reservaban la muerte de cruz para los peores criminales, y habían establecido que las ejecuciones en la cruz fueran públicas, para que todos vieran la crueldad extrema a la que ellos eran capaces de llegar en la aplicación de la ley, con el objetivo de disuadir a los potenciales criminales, de manera tal de ejercer un efecto preventivo en la delincuencia y en los que quisieran atentar contra el Imperio Romano y contra el Emperador de Roma. Viendo a los delincuentes morir de una forma tan atroz en la cruz –los delincuentes morían en medio de terribles dolores, lancinantes, quemantes, por los clavos, pero además sufrían falta de aire por la posición del crucificado-, las autoridades romanas esperaban disuadir tanto a los potenciales agitadores contra el Imperio, como a los ladrones de poca monta. Sea como sea, la muerte en cruz era una muerte cruel, atroz, feroz, salvaje, humillante, propia de pueblos bárbaros, que choca profundamente a la sensibilidad de cualquier hombre y mucho más a nuestra sensibilidad de hombres “ilustrados”, racionales, tecnológicos del siglo XXI.
También la pregunta surge cuando vemos a Jesús crucificado y lo contemplamos con sus múltiples heridas, con su corona de espinas que le taladran su Sagrada Cabeza y le hacen correr abundante Sangre, que bañan su Santa Faz por completo; cuando contemplamos sus manos y pies perforadas por gruesos clavos de hierros; cuando contemplamos su Sacratísimo Cuerpo cubierto de golpes, de hematomas, de flagelaciones, de heridas abiertas; cuando contemplamos su Costado traspasado, por donde fluyen la Sangre y el Agua. Cuando contemplamos a Jesús, así tan malherido en la cruz, es que nos volvemos a preguntar, ¿por qué los cristianos, más que celebrar, exaltamos -y todavía más, adoramos- la cruz?
Y la respuesta nos viene de lo alto, y se hace escuchar en lo profundo del corazón, en el silencio de la contemplación a Cristo crucificado: porque el que cuelga de un madero no es un hombre más entre tantos, sino Jesucristo, el Hijo Eterno del Padre, hecho hombre para nuestra salvación; el que cuelga de un madero no es un hombre más entre tantos, sino Dios Hijo encarnado, el Verbo de Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios; el que cuelga del madero es Jesús de Nazareth, el Hombre-Dios y como Él es el Hombre-Dios, Él puede, con su poder divino, con su omnipotencia, con el poder de su Amor, transformar el instrumento de muerte y de humillación inventado por el hombre, que es la cruz, en instrumento de vida y de gloria. Nosotros, los hombres, con nuestros pecados, lo subimos en una cruz con nuestra malicia, con nuestros pecados, y le dimos muerte de cruz, muerte humillante y dolorosa, pero como Él es Dios, Él, con su poder omnipotente, con la fuerza de su Amor, transformó la muerte en vida, la humillación en gloria y así la cruz, de instrumento de muerte y de humillación del hombre, se convirtió, en Cristo Jesús, en Trono de Gloria y de Vida eterna, porque el que reina en el madero es el Kyrios, el Rey de la gloria, el Señor Jesús, Dios Hijo encarnado.
Aquí está, entonces, la respuesta a la pregunta de por qué los cristianos celebramos, exaltamos, adoramos, la Santa Cruz: porque el que está crucificado es Jesucristo, el Hombre-Dios, el Rey de la gloria, y el Él transforma, con su poder divino, a la muerte en vida y a la humillación en gloria y así la cruz se vuelve, con Él, en estandarte victorioso y triunfante de Dios, que obtiene un triple triunfo, sobre los tres enemigos mortales del hombre: la muerte, el pecado y el demonio, y este triple triunfo será también un motivo para celebrar, exaltar y adorar la cruz. Cristo en la cruz triunfa sobre la muerte, porque Cristo muere en la cruz pero luego resucita, y así con su Vida eterna, da muerte a la muerte, resucitando para no morir más; Cristo en la cruz triunfa sobre el pecado, porque Cristo muere en la cruz a causa del pecado del hombre y Él, al derramar su Sangre Preciosísima -como había cargado sobre sí mismo los pecados de todos los hombres de todos los tiempos-, portadora del Espíritu Santo, lava los pecados de todos los hombres, quitándolos de una vez y para siempre y por eso Él es el “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29; cfr. Misal Romano), porque con su Sangre derramada en la cruz, quita los pecados de los hombres, para darles a cambio, con la bebida de esta misma Sangre, su gracia santificante y con su gracia, su Vida eterna; por último, Cristo en la cruz triunfa también sobre el Demonio, porque Cristo subió a la cruz por la malicia de los hombres que actuaron con su propia malicia, pero también actuaron instigados y bajo las órdenes del Ángel caído, Satanás, y de todas las huestes del infierno, que se desencadenaron contra el Hombre-Dios para tratar de vencerlo, pero como Cristo es Dios, Cristo venció a Satanás y a todas las huestes infernales en la cruz, de una vez y para siempre, de manera tal que el demonio, que había triunfado sobre el hombre en un árbol -el árbol de la ciencia del bien y del mal, en el Paraíso terrenal-, fue vencido también en un árbol, el Árbol Santo de la cruz,  como dice el Misal Romano en su Prefacio. 
Además, puesto que el poder que emana de la cruz es tan grande y tan fuerte, por la Santa Cruz no solo se cumplen las siguientes palabras de Jesucristo: “Las puertas del Infierno no prevalecerán sobre mi Iglesia” (cfr. Mt 16, 18), sino también las siguientes: “Al Nombre de Jesucristo, toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en los abismos” (Fil 2, 10-11): esto quiere decir que el poder divino que emana de la cruz se hace sentir en el cielo, en la tierra y en el Infierno: en el cielo, porque la cruz brilla eternamente en los cielos, como signo de la victoria eterna que el Hombre-Dios consiguió en el Calvario para el hombre; en la tierra, porque la cruz es el signo victorioso que enarbola la Iglesia Peregrina en la tierra contra sus enemigos infernales; y en el Infierno, porque la fuerza de la omnipotencia divina que brota de la cruz se hace sentir hasta en el último rincón del Infierno, porque hasta allí se hace sentir el poder de Dios que brota de la cruz, acorralándolo al Demonio en su madriguera, haciéndolo aullar de terror y de pavor ante la vista de la cruz, así como una bestia acorralada grita enloquecida de terror antes de ser aniquilada por su cazador. Por eso Santa Teresa de Ávila decía: “Antes, yo temía al demonio, pero con Cristo en la cruz, ahora es el Demonio el que me teme a mí”.
Por todo esto es que celebramos, exaltamos y adoramos la Santa Cruz, porque Cristo venció en ella a la muerte, al pecado y al demonio, pero además, Jesucristo no solo derrotó a nuestros tres enemigos mortales en la cruz, sino que además nos abrió las puertas del cielo, porque Él lo dice en el Evangelio: “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6) y Él en la cruz es el Camino para ir al Padre, es la Verdad que nos lo hace conocer y es la Vida divina que nos hace vivir con la vida misma de Dios, porque desde la cruz, Jesús nos envía el Espíritu Santo con su Sangre derramada y el Espíritu Santo, en un movimiento de descenso y luego de ascenso, nos incorpora a Él y nos conduce al seno del Eterno Padre, por eso Jesús dice: “Nadie va al Padre sino es por Mí” (Jn 14, 6).
Entonces ya sabemos la respuesta a la pregunta de por qué los cristianos no solo celebramos, sino que exaltamos y adoramos la cruz:
-Exaltamos y adoramos la cruz, porque el que cuelga en el madero es el Kyrios, el Rey de la gloria, Cristo Jesús, el Hombre-Dios, el Hijo Eterno del Padre.
-Exaltamos y adoramos la cruz porque la cruz está empapada con la Sangre del Cordero de Dios.
-Exaltamos y adoramos la cruz porque muriendo en la cruz, Jesucristo dio muerte a nuestra muerte y nos hizo nacer a la vida nueva de los hijos de Dios.
-Exaltamos y adoramos la cruz porque Jesucristo lavó nuestros pecados con su Sangre al precio del sacrificio de su vida en la cruz.
-Exaltamos y adoramos la cruz porque en el Árbol de la cruz, Jesucristo derrotó al enemigo infernal de las almas, de una vez y para siempre.
-Exaltamos y adoramos la cruz porque desde la cruz, Jesucristo nos envió el Espíritu Santo para incorporarnos a su Corazón traspasado, y por su Corazón traspasado, puerta abierta al cielo, al seno eterno del Padre, porque Él es el Camino, la Verdad y la Vida.
Por todo esto, celebramos, exaltamos y adoramos la Santa Cruz.

Por último, como la Santa Misa, la Eucaristía, es la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz, también, por las mismas razones, celebramos, exaltamos y adoramos la Eucaristía.

viernes, 12 de septiembre de 2014

“No te digo que perdones hasta siete veces, sino setenta veces siete”


(Domingo XXIV – TO – Ciclo A – 2014)
         “No te digo que perdones hasta siete veces, sino setenta veces siete” (Mt 18, 21-35). Pedro, llevado por la casuística rabínica, que consideraba al número siete como perfecto, pregunta si debe perdonar las ofensas del prójimo hasta siete veces: de esta manera, llegada a la octava ofensa, el justo quedaba eximido del perdón y en vez del perdón podía aplicar la venganza. Para su sorpresa, Jesús le responde: “No te digo que perdones hasta siete veces, sino setenta veces siete”, con lo cual le quiere decir: “siempre”. El cristiano, por lo tanto, en virtud de la Ley Nueva de la caridad de Cristo, está obligado, por esa ley del amor, a perdonar siempre a su prójimo, aun cuando esa ofensa se repita en el tiempo, es decir, aun cuando esa ofensa se renueve día a día, todos los días de su vida, porque el perdón cristiano no está condicionado por la magnitud de la ofensa recibida.
         ¿Cuál es el fundamento del perdón cristiano? Primero, podemos considerar cuáles no son los fundamentos del perdón: no son ni el paso del tiempo –perdono porque ya pasó mucho tiempo-, ni la bondad del corazón del hombre –perdono porque soy bueno-, ni porque la ofensa fue reparada –perdono porque me pagaron moral o materialmente la ofensa que me hicieron-; tampoco es fundamento del perdón cristiano el que me vengan a pedir perdón: perdono porque me pidieron perdón; tampoco el hecho de que haya cesado la causa de la ofensa -perdono porque ya no me ofenden más. Ninguno de estos motivos constituyen el fundamento del perdón cristiano, porque estos son motivos meramente humanos, naturales. El fundamento del perdón, por parte del cristiano, viene de lo alto, del cielo. Para saber de dónde viene, el cristiano debe, en primer lugar, arrodillarse ante Jesús crucificado y elevar sus ojos hacia Él y hacia la Virgen de los Dolores, que está de pie, al lado de la cruz, al lado de su Hijo que agoniza en la cruz. Sólo así, en la oración ante Cristo crucificado, el cristiano comprenderá el fundamento de porqué tiene que perdonar a su prójimo “setenta veces siete”, es decir, siempre, independientemente de la magnitud de la ofensa recibida, e independientemente de la duración en el tiempo de esa ofensa: el cristiano tiene que perdonar hasta "setenta veces siete", es decir, infinitas veces, a su prójimo, porque infinito es el perdón que ha recibido él mismo desde la cruz, por parte de Jesucristo. Y no solo Jesucristo lo ha perdonado: también lo han perdonado la Virgen -le perdona que le haya matado al Hijo de su Amor- y Dios Padre -le perdona que le haya matado a su Hijo Único, al que Él había enviado a encarnarse en el seno de María-. Al pie de la cruz, el cristiano comprende que ha recibido un triple perdón, de origen celestial, y que ése es el fundamento por el cual él no tiene ninguna excusa, de ningún motivo, para no perdonar a su prójimo, cualquiera sea la ofensa que éste le haga, aún si éste le hace la máxima ofensa que puede cometer un hombre contra otro, como es el de arrebatarle la vida: ha recibido el perdón de Jesucristo, que lo perdona desde la cruz; ha recibido el perdón de la Virgen, que está al pie de la cruz, al lado de su Hijo que agoniza por sus pecados, pero en vez de clamar venganza a la Justicia Divina por la muerte de su Hijo, clama perdón para el pecador; por último, el pecador ha recibido, desde el cielo, el perdón de Dios Padre, que lejos de descargar, como debería hacerlo, todo el peso de la Justicia Divina, porque le ha asesinado a su Hijo Unigénito, envía al Espíritu Santo, al Amor Divino, como sello y prenda del perdón para el pecador, que se derramará sobre los hombres junto con la Sangre del Cordero, cuando el Corazón de su Hijo sea traspasado por la lanza del Soldado romano.
         Arrodillado ante Cristo crucificado, el cristiano comprenderá entonces, que Cristo lo perdona, que la Virgen lo perdona y que Dios Padre lo perdona, y todavía más, que Dios Padre no solo lo perdona, sino que junto con Dios Hijo, le envía el Espíritu Santo, por medio de la Sangre que brota del Corazón traspasado de su Hijo Jesús en la cruz. Y es así como, arrodillado al pie de la cruz, el cristiano recibe de parte de Dios Padre el don inapreciable de la Sangre del Cordero que cae sobre su cabeza, quitándole sus pecados y lavándole la malicia de su corazón, porque la Sangre del Cordero es portadora del Espíritu Santo; Jesús es el Cordero “como degollado” del Apocalipsis (1, 5) cuya Sangre purifica y lava el alma, quitándole la negrura y el hedor del pecado, dejándola resplandeciente y perfumada con el perfume de la gracia divina.
Quien es consciente de que la Sangre del Cordero cae sobre él para quitarle sus pecados y concederle la vida nueva, la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios –esto es lo que sucede en el Sacramento de la Confesión-, no puede, de  ninguna manera, volver a manchar su alma con el pecado de la venganza y del rencor, del enojo y de la impaciencia, levantando su mano o su voz, o generando pensamientos y sentimientos de enojo contra su prójimo; si así lo hace, vuelve a manchar su alma, que había quedado limpia y brillante por la acción de la Sangre del Cordero y su alma y su corazón vuelven a quedar contaminados con la mancha pestilente del pecado de la venganza, del enojo y del rencor, es decir, de la falta del perdón, y así el cristiano, arrojando por el piso la corona de luz y de gloria que Cristo le había conseguido al precio de su Sangre derramada por su sacrificio en la cruz, vuelve a convertirse en enemigo de Dios y en enemigo de su prójimo, y todo por negarse a perdonar a su prójimo, es decir, por cometer el pecado de orgullo, el mismo pecado que cometió Satanás en el cielo y que le valió ser expulsado de la presencia de Dios para siempre.
         Entonces, el cristiano puede elegir entre perdonar, y así convertir su corazón en un nido de luz, en donde vaya a posarse la dulce paloma del Espíritu Santo, con lo cual el cristiano se convertirá en un foco que irradiará luz, amor, paz, serenidad, alegría, justicia, o puede el cristiano elegir el no recibir el perdón de Cristo en la cruz, y quedarse con su rencor y no perdonar a su vez a su prójimo enemigo, convirtiendo a su corazón en una cueva oscura y negra, adonde vayan a refugiarse toda clase de alimañas –escorpiones, arañas- y animales salvajes –lobos, chacales-, convirtiéndose en un foco de discordia, de desunión, de enfrentamiento y también en enemigo de Dios.
         “No te digo que perdones hasta siete veces, sino setenta veces siete”. Jesús nos manda a perdonar hasta “setenta veces siete”, es decir, siempre, independientemente de la magnitud de la ofensa recibida; nos manda “amar a nuestros enemigos” (cfr. Mt 5, 43-45); nos manda “bendecir a los que nos odian”; nos manda “hacer el bien a los que nos persiguen”, porque solo así estaremos participando de su cruz; solo así estaremos lo estaremos imitando a Él en su mansedumbre y en su humildad; sólo así nuestro corazón será transformado, por la gracia, en una imagen y en una copia viviente de su Sagrado Corazón, “manso y humilde”; sólo así se hará realidad en nuestras vidas lo que Jesús quiere de nosotros, que seamos como Él: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29); sólo así, la ofensa que hemos recibido de parte de nuestro prójimo, y que fue permitida por Dios, para que crezcamos en la santidad y para que seamos perfectos en el Amor, es decir, para que seamos una copia viviente del Sagrado Corazón de Jesús y una imitación viva del Inmaculado Corazón de María, por el Amor y la mansedumbre, será realidad, porque nuestro corazón, al perdonar a nuestro prójimo, se convertirá en un nido de luz, en donde vendrá a reposar la dulce paloma del Espíritu Santo, que lo inhabitará y lo colmará con sus dones y lo perfumará con su Presencia, y así nuestro corazón podrá irradiar la santidad divina: amor, paz, luz, alegría, justicia, fortaleza, templanza. De esa manera, comprenderemos que si Dios permitió que nuestro prójimo nos ofendiera, era para que participáramos de la cruz de Jesús, y que cuanto más grave era la ofensa, era porque nos quería más cerca de la cruz de Jesús. Al perdonar a nuestro prójimo en nombre de Jesús, nuestro corazón se vuelve, por lo tanto, en una imagen y en una copia perfecta del Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María, y el plan de Dios Padre para nosotros, se hace realidad, porque el Espíritu Santo viene a inhabitar en él, porque se convierte en un nido de luz, que atrae a la dulce paloma del Espíritu Santo, enviada por Dios Padre.
De lo contrario, si nos rehusamos perdonar, habremos perdido esta oportunidad, ya que el corazón se convierte en una cueva negra, oscura, fría, refugio de alimañas y animales salvajes; refugio de escorpiones, de arañas venenosas, de serpientes, de lobos y chacales, es decir, refugio de ángeles caídos, que comienzan a destilar su odio angélico, preternatural, que se traduce en pensamientos negativos de venganza, de resentimiento, de odio, de rencor, de malicia, que buscan la destrucción de nuestro prójimo y que blasfeman contra Dios en todo momento.
“No te digo que perdones hasta siete veces, sino setenta veces siete”. Jesús no nos obliga a llevar la cruz, porque Él nos dice: “El que quiera seguirme, que cargue su cruz de cada día y me siga” (Mt 16, 24); Jesús no nos obliga a perdonar; Jesús no cambiará nuestra libre decisión de perdonar o de no perdonar, pero tenemos que saber que si no perdonamos, no somos misericordiosos, y por lo tanto, nos alejamos en una dirección que es la diametralmente opuesta a la dirección de la cruz, es decir, de la salvación ofrecida por Dios Uno y Trino y Dios no intervendrá en nuestra libre decisión, pero si no perdonamos a nuestros enemigos, nos hacemos reos de la Justicia Divina y por lo tanto, reos de muerte y de muerte eterna, ya que eso es lo que dice la Escritura: “Delante del hombre están la muerte y la vida, lo que él elija, eso se le dará” (Eclo 17, 18). Quien elige no perdonar, se aparta de la Misericordia Divina, y elige pasar por la Puerta de la Justicia Divina. Por el contrario, quien elige perdonar a su prójimo, elige también, para sí mismo, la Misericordia Divina, pero lo más importante de todo, es que configura su corazón al Corazón misericordioso del Hombre-Dios Jesucristo.


miércoles, 10 de septiembre de 2014

“Amen a sus enemigos”


Cristo del Amor

“Amen a sus enemigos” (Lc 6, 27-36). Este mandato es la prueba de que la religión católica es de origen divino, porque es imposible de cumplir con las fuerzas humanas. A un enemigo, naturalmente, con las fuerzas humanas, máximamente, se lo puede perdonar, pero no “amar”; puede uno reconciliarse con él, pero no hasta llegar al punto de “amarlo”. Luego de superado el impulso de destruirlo –porque por eso es “enemigo”, de lo contrario, sería “amigo”-, todo lo que alcanza a hacer la naturaleza humana es la reconciliación, y a establecer las paces. Podría haber incluso un cierto amor de amistad, pero no en el grado y cualidad en el que Jesús lo requiere, cuando dice: “amen a sus enemigos”.
Entonces, surge la pregunta: ¿cómo cumplir el mandato de Jesús? Primero, recordando las Escrituras: “Cristo es nuestra paz; con su Cuerpo en la cruz derribó el muro de odio que separa a judíos y gentiles, porque en Él tenemos acceso al Padre en un mismo Espíritu” (cfr. Ef 2, 14-15); luego, contemplándolo a Él mismo en la cruz, y considerando que Él dio su vida por todos y cada uno de nosotros, siendo nosotros sus enemigos y cómo, habiéndole nosotros quitado la vida, Jesús no pidió venganza al Padre mientras moría, sino que clamó piedad y misericordia para nosotros, que le arrancábamos la vida a fuerza de golpes, por nuestros pecados: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). También esa fue la oración de la Virgen, al pie de la cruz: siendo nosotros los que matábamos al Hijo de su Amor, la Virgen no clamó venganza ni justicia contra nosotros, sino que elevó a Dios Padre el mismo clamor de piedad que su Hijo Jesús, intercediendo por nosotros, y pidiendo piedad y misericordia: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Tanto Jesús, como la Virgen, nos amaron a nosotros, siendo sus enemigos, y así nos dieron ejemplo de cómo amar a los enemigos: hasta la muerte de cruz. Pero también Dios Padre es nuestro ejemplo, porque Dios Padre, podría haber respondido negativamente al pedido de clemencia, tanto de su Hijo Jesús, como de la Virgen, y sin embargo, Dios Padre responde con misericordia enviando al Amor que brota de las entrañas de su Ser eterno trinitario, espirando Él y su Hijo al Espíritu Santo, en el momento en el que el soldado romano traspasa el costado de Jesús y hace brotar Sangre de su Sagrado Corazón. Dios Padre responde con su Divina Misericordia, a la malicia del hombre, enviando al Espíritu Santo, que se difunde sobre el mundo junto con la Sangre y el Agua que brotan del Corazón traspasado de su Hijo Jesús en la cruz, y así nos da ejemplo de cómo amar a los enemigos, porque derrama sobre nosotros su Divina Misericordia, siendo nosotros sus enemigos. En vez de aniquilarnos, hace caer sobre nosotros la Sangre de su Hijo, y como esta Sangre es la Sangre del Cordero, al caer sobre nosotros, nos quita los pecados, nos purifica, nos regenera, nos re-crea, nos hace nacer a la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios y nos hace herederos del Reino de los cielos. La Sangre derramada de Jesús en la cruz es la garantía y el sello indeleble del perdón divino y, todavía más que el perdón, de nuestro ascenso a la categoría de hijos adoptivos de Dios y herederos del Reino. Y no contento con esto, Dios Padre, además, organiza para nosotros un banquete festivo, anticipo del banquete que dura para siempre, el banquete del Reino de los cielos, y Él mismo nos sirve a la mesa, sirviéndonos alimentos exquisitos, alimentándonos a nosotros, que éramos sus enemigos, con el Pan Vivo bajado del cielo, con la Carne del Cordero, y nos da a beber el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Sangre de su Hijo Jesús, la Santa Eucaristía.

“Amen a sus enemigos”. Quien quiera saber cómo debe amar a sus enemigos, solo debe contemplar a Jesús crucificado, a la Virgen al pie de la cruz, a Dios Padre que nos perdona; y si alguien necesita del Amor para perdonar y amar a sus enemigos, con el mismo Amor con el que Cristo nos amó y nos perdonó, no tiene otra cosa que hacer que alimentarse de la Eucaristía, en donde está contenido el Amor en Persona, el Espíritu de Dios, que hace arder y vuelve incandescente al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Después de todo esto, ningún cristiano tiene excusas de ninguna clase, para no amar a sus enemigos, hasta la muerte de cruz, como lo hizo Jesús con nosotros.

martes, 9 de septiembre de 2014

“¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece!”


“¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece!” (Lc 6, 20-26). Jesús proclama las Bienaventuranzas, y dentro de los bienaventurados, están los “pobres”: “Felices los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece”. En contraposición, los desgraciados, los “in-felices”, los “des-venturados”, son los “ricos”, quienes son merecedores de sus “ayes”: “¡Ay de ustedes, los ricos, porque ya tienen su consuelo!”. Todo indica que en la vida eterna, las cosas se invierten totalmente y quienes en esta vida parecen infelices –los pobres, los que carecen de todo-, en la otra vida son felices; por el contrario, quienes en esta vida parecen tenerlo todo y nadar en la abundancia, en la otra vida, sufrirán carestía para siempre. La cuestión entonces pasa por saber qué es ser “pobre” y qué es ser “rico”, porque de eso depende nuestra felicidad eterna. Ser “pobre”, en el lenguaje de Jesús, es, en primer lugar, el pobre material, el que carece de fortuna material, pero no solo eso, puesto que el hombre no es solo materia, sino materia y espíritu; por lo tanto, el pobre que se hace merecedor y acreedor del Reino de los cielos, es aquel que, además de ser pobre de bienes materiales, es pobre de espíritu, es decir, es aquel que se reconoce miserable en sí mismo, carente de bienes espirituales –fortaleza, sabiduría, templanza, bondad, caridad, amor- y, en consecuencia, necesita de Jesucristo, así como un mendigo necesita de las limosnas que un hombre acaudalado y generoso le proporciona misericordiosamente.
Éste es el verdadero “pobre”, el pobre que es pobre doblemente, tanto de bienes materiales, como de bienes espirituales[1], porque ese tal, participa de la pobreza de la cruz de Jesús: allí Jesús es el Rey de los pobres: materialmente, no tiene nada, porque todo lo que tiene, se lo ha prestado Dios Padre, y es lo materialmente necesario para llegar al Reino de los cielos –la cruz de madera, el letrero que dice “Jesús Nazareno, Rey de los Judíos”-, los clavos de hierro, la corona de espinas-, y el paño con el que está cubierto es de su Madre, la Virgen; es decir, nada material le pertenece, y por eso es el Rey de los pobres; pero es también pobre espiritualmente, porque si bien es el Hombre-Dios, en la cruz, Jesús quiere experimentar la agonía del hombre y la muerte, para vencerlas y derrotarlas definitivamente, y por eso se ve despojado de toda la seguridad que le brinda su divinidad, y así Jesús, siendo Dios, experimenta el vacío de la agonía y de la muerte, siente la falta de fuerzas frente a la muerte, para participar de la suerte de la humanidad, para poder restaurarla con su gracia y darle vida con el poder de su Sangre.
“Felices los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece”. Los que son verdaderamente pobres de cuerpo y de alma –un rico de bienes materiales también puede ser pobre, si administra sus bienes en favor de los más necesitados-, están también necesitados de alimento, como todo pobre, pero no tanto de alimento terreno, sino de un alimento que no se consigue en la tierra, un alimento de origen celestial, sobrenatural; un alimento que lo proporciona la Santa Madre Iglesia para sus hijos pródigos: el Pan de Vida eterna, el Maná verdadero, el Pan Vivo bajado del cielo, la Carne del Cordero de Dios, el Pan de los ángeles, que contiene en sí todas las delicias, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. El pobre que come de este Pan, es el más rico de todos los hombres, porque nada más necesita para ser feliz, ni en esta vida, ni en la otra, y por eso se vuelve heredero del Reino de los cielos, haciéndose acreedor de la Nueva Bienaventuranza proclamada por la Iglesia desde el Nuevo Monte de las Bienaventuranzas, el altar eucarístico: “Bienaventurados, felices, dichosos, alegres, los invitados al banquete celestial; bienaventurados, felices, dichosos, alegres, los pobres que se alimentan de la Eucaristía”.




[1] Contrariamente a lo que sostienen algunos, para quienes los bienaventurados son solo pura y exclusivamente los pobres materiales; para estos, negadores de una realidad trascendente y sobrenatural, el “Reino de los cielos” es inmanente y no trasciende los límites témporo-espaciales del hombre ni de la razón humana.

“Jesús subió a la montaña a orar (…) luego eligió a sus discípulos (…) expulsó demonios y curó a la multitud”


“Jesús subió a la montaña a orar (…) luego eligió a sus discípulos (…) expulsó demonios y curó a la multitud” (Lc 12, 6-19). El Evangelio nos relata que Jesús “subió a la montaña y pasó toda la noche” en oración. El hecho de “subir a la montaña” tiene un sentido simbólico, porque significa que el hombre asciende, sube, al encuentro, solitario, con Dios; además, se trata de un ascenso arduo, difícil, puesto que escalar una montaña nunca es una tarea fácil, y tampoco lo es la oración en tiempos de sequedad y aridez, simbolizados en la ascensión. Además de la idea implícita de sacrificio, el ascenso a la montaña significa también anhelo y deseo de encuentro a solas con Dios y este encuentro se produce mediante la oración.
El hecho de que la oración de Jesús se realice en horas de la noche también tiene un significado simbólico, porque la noche es el momento en el que el hombre está más desprotegido frente a las acechanzas del espíritu maligno que aprovecha, de modo artero y traicionero, la situación de reposo fisiológico y la disminución natural del estado de vigilia para atacarlo con alevosía; entonces Jesús reza de noche para advertirnos que debemos recurrir a la protección divina, único auxilio eficaz contra los arteros ataques del enemigo de las almas; pero Jesús reza de noche para indicarnos que también de noche el alma debe unirse a Dios por la oración, lo mismo que en el estado de vigilia, puesto que Dios es su Creador, y a Él le pertenecen la noche y el día, el tiempo y la eternidad, el cuerpo y el alma, el reposo y la vigilia, y el ser humano debe dirigirle, con todo su acto de ser, alabanzas en todo momento, de día y de noche, despierto y acostado. Al rezar de noche –“toda la noche”, dice el Evangelio-, Jesús nos enseña que el alma debe alabar y adorar a Dios, su Creador, Redentor y Santificador, tanto de día como de noche, tanto en el reposo como en la vigilia, y que esta alabanza debe ser continua, perpetua, eterna, sine die, sin tiempo, todo el tiempo. En este sentido, la Adoración Eucarística Nocturna y las oraciones nocturnas de los monjes conventuales, son ejemplos vivientes de la alabanza que la Iglesia tributa a Dios Uno y Trino, de día y de noche, sin cesar, y que lo hará hasta el fin de los tiempos.
Pero además, la oración de Jesús significa otra cosa: que la oración -es decir, la unión con Dios por medio de la oración-, por medio de la cual obtiene el hombre de Dios todo lo que de Dios necesita –luz, amor, sabiduría, gracia, vida, fortaleza, templanza, paz, prudencia, consejo-, debe preceder, necesariamente a la acción, a toda acción del hombre, y con mucha mayor razón, si esta acción es una acción apostólica o, si se quiere, misionera. En otras palabras, no puede haber ninguna actividad apostólica o misionera de la Iglesia, que no esté precedida por la oración; de lo contrario, se cae en un activismo, que no es otra cosa que una pura acción humana, que no conduce a Dios, ni proviene de Dios; es decir, es una actividad o activismo no guiado por el Espíritu Santo, y por lo tanto, es necesario pedir el don de la oración, para que nuestra actividad apostólica y misionera esté siempre guiada por el Espíritu Santo y no por nuestro propio “yo”.
“Jesús subió a la montaña a orar…”. Por último, el momento más importante de oración en el cristiano, es la comunión eucarística, porque en ella se cumple la oración de la montaña: en ella, el alma asciende a lo más alto a lo que puede aspirar la creatura, porque al unirse al Cuerpo Sacramentado de Cristo, el Espíritu Santo la une al Padre; en la comunión eucarística, el alma está sola, en su relación con Dios Uno y Trino; y puesto que la comunión eucarística es el fruto del sacrificio de la cruz de Cristo, y como los méritos de este sacrificio se aplican al cristiano que comulga en gracia, lo que se pide en esta oración se obtiene, porque Dios Trino lo escucha como pedido por el mismo Jesús en Persona. Los cristianos deben, por lo tanto, aprovechar la comunión eucarística, como el momento sublime de máxima oración. 


viernes, 5 de septiembre de 2014

“Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos”


(Domingo XXIII - TO - Ciclo A - 2014)
         “Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos” (Mt 18, 15-20). En este Evangelio, Jesús nos hace ver dos cosas: por un lado, la importancia de la oración, y por otro, la importancia de la oración en comunidad: “Donde hay dos o tres -comunidad- reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos”. Cuando hay oración y oración en comunidad –esto es lo que significa “dos o tres”, quiere decir “grupo” o “cantidad”, Jesús está “en medio de ellos”-, lo cual es un aliciente para que los miembros de la Iglesia se reúnan a orar en grupos. No es un alegato contra la oración individual, todo lo contrario, puesto que la oración individual también es encarecidamente recomendada por Jesús, cuando dice que el que quiera rezar debe “cerrar la puerta de su habitación y orar al Padre del cielo, y el Padre, que ve en lo oculto” escuchará esa oración; la oración individual es sumamente necesaria, porque nuestra relación con Dios es ante todo y en primer lugar, de tipo personal, individual, y es por eso que la “puerta cerrada de la habitación” y el orar en esa “habitación cerrada”, significa el orar a solas, de modo individual, íntimo y privado, con Dios Uno y Trino. Aún más, el cristiano está llamado a entablar una relación personal, de “tú a tú” con cada una de las Personas de la Santísima Trinidad, y esto no se puede hacer de manera grupal, colectiva, sino individual, personal, íntima, porque cada persona es un individuo único e irrepetible.
Hecha esta salvedad acerca de la oración personal, retornamos entonces a la oración grupal a la cual nos invita Jesús en este Evangelio: cuando Jesús dice: “Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos”, esto sí nos conduce a la noción de una oración hecha ya no de modo individual, personal, íntimo, sino a una oración realizada entre personas reunidas en grupos de oración, es decir, es una oración que se realiza de modo grupal y no individual. Dentro de la Iglesia, hay distintos modos y niveles de hacer esta oración grupal, pero lo que hay que tener en cuenta, desde un principio, es que, tanto en la oración individual, como en la grupal, cuando se siente el impulso de rezar a Jesús en cuanto Hombre-Dios, ese deseo de orar proviene del Espíritu Santo; es decir, es una gracia y se debe secundar de inmediato, y no debe, de ninguna manera, dejársela de lado, porque como dice Sor Faustina Kowalska, esa gracia pasa y luego no vuelve más[1].
Ahora bien, podríamos decir que en la Iglesia hay dos niveles de oración grupal, inspiradas por el Espíritu Santo: la familia y la misma Iglesia.
El primer nivel de oración grupal, inspirado por el Espíritu Santo, es la familia, y es por esto que los Padres de la Iglesia la llamaban la “Iglesia doméstica”[2], porque la consideraban como una verdadera iglesia en pequeño, en donde los padres debían ser los primeros catequistas de los hijos y en donde los hijos debían amar y respetar a los padres, por representar estos a la voz de Dios.  Los padres, por lo tanto, tienen el deber de construir sus familias como verdaderas “Iglesias domésticas”, según la enseñanza de los Padres de la Iglesia.
Los padres de familia pueden -y deben- hacer gustar el Amor de Jesús a sus hijos: si se preocupan por dar de comer a sus hijos y porque sus hijos tengan la mejor educación, mucho más tienen que preocuparse porque sus hijos se alimenten de la Palabra de Dios encarnada, que es Jesús en la Eucaristía, que se dona a sí mismo en la Misa del Domingo, y deben preocuparse porque sean educados por la Sabiduría divina, que es Jesús en Persona, que se dona en la Palabra y en el Evangelio dominical. Los padres de familia pueden y deben transformar a sus respectivas familias en una 2Iglesia doméstica”, según el espíritu de los Padres de la Iglesia, convocados por el Espíritu Santo, para que todos gusten la Presencia de Jesucristo, y esto lo pueden lograr mediante el recurso de su autoridad paterna, convocando, de modo amoroso, pero firme, a los hijos, alrededor de un altar familiar, en donde estén las imágenes centrales de Jesús y de la Virgen y luego también las de San Miguel Arcángel y las de los santos a los cuales se les tenga más devoción, para así hacer oración en familia, dedicándole un tiempo durante la semana a la oración, recordando las palabras de Jesús en el Evangelio: “Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos”, y donde está Jesús, está la Virgen, y donde están Jesús y la Virgen, están los ángeles de luz y los santos, y esa es la razón por la cual la familia que reza, se convierte en un faro de luz que irradia luz de salvación a los demás (lo que deben tener en cuenta los padres es que, si no se rezan con sus hijos, si Jesús y la Virgen no constituyen el centro de las familias, el centro familiar será ocupado por el televisor, por Internet, por el celular, por la Tablet, por la Play Station, lo cual quiere decir, el espíritu del mundo, que es el espíritu de las tinieblas, porque el espíritu de las tinieblas está pronto a ocupar el lugar que solo le corresponde a Dios, pero que por tibieza, indiferencia, negligencia o ignorancia, queda vacío).
La familia entonces se convierte en un lugar de oración cuando los padres, respondiendo al impulso del Espíritu, convocan a los hijos a orar, y esto constituye para los padres una obligación y un deber ante Dios, pero si los padres de familia tienen la obligación de convertir a sus hogares en Iglesias domésticas, los hijos, a su vez, tienen el deber de amor de escuchar a sus padres y de obedecerles, cuando estos les inviten a rezar, en virtud del Cuarto Mandamiento de la Ley de Dios: “Honrarás Padre y Madre”, porque la honra se demuestra con la obediencia y la obediencia se basa en el amor. Entonces, es el Espíritu Santo el que convoca a los padres de familia y a los hijos a formar grupos de oración en sus hogares, pero lo hace no para que lo sientan como un “deber obligatorio, pesado y aburrido, porque lo dijo el padre en el sermón”, sino que el Espíritu Santo sopla en los corazones invitando a la oración en familia, para que padres e hijos hagan de sus hogares la Iglesia doméstica, y así experimenten en sus corazones la dulce Presencia de Jesús, quien no dejará de hacerse sentir, con el Amor de su Sagrado Corazón, en lo más profundo de quienes lo invoquen con fe y con amor. Ése es entonces el primer nivel en donde actúa el Espíritu Santo, convocando a los miembros de la Iglesia a formar una comunidad viva y orante: en la familia, constituyéndola como “Iglesia doméstica”.
         El otro nivel de oración comunitaria en el que actúa el Espíritu Santo es el propiamente eclesial, en donde la Iglesia se encuentra organizada ya como institución y en donde el Espíritu de Dios opera insuflándole vida, porque lo que mueve a la Iglesia, lo que le da vida, es el Espíritu Santo, el cual por este motivo es llamado también “Alma de la Iglesia”. Y como Alma de la Iglesia, le da vida al Cuerpo Místico de la Iglesia, los bautizados y la vida para los bautizados consiste en la unión con el Ser trinitario de Dios y esa unión viene por la oración y de todas las oraciones de la Iglesia, la más perfecta de todas, es la Santa Misa, porque en ella es Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, quien reza y se ofrece como Víctima propiciatoria, en expiación por los pecados del mundo. 
           Entonces, si el impulso a rezar en la familia se debe a la acción del Espíritu Santo, mucho más intensa es la acción convocante del Espíritu para la Santa Misa, en donde Jesús se hace Presente en Persona, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma, su Divinidad y el Amor de su Sagrado Corazón eucarístico y se hace presente en el altar eucarístico, en medio de la asamblea, para donarse a sí mismo, a todos y cada uno, para dar a todos la plenitud del Amor del Padre y del Hijo.
“Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos”. El Espíritu Santo convoca a los hombres para hacer gustar el Amor de Dios por medio de la oración y por la Santa Misa, pero hoy los hombres, la inmensa mayoría, hacen oídos sordos a esta invitación, y prefieren en cambio reunirse por motivos muy distintos: por partidos de fútbol, de rugby, o por carreras de fórmula uno, o por eventos sociales de todo tipo, como casamientos, cumpleaños, graduaciones, etc. y en esos eventos, el espíritu mundano es el que los convoca, y ese espíritu mundano les propone todo tipo de vanidades y mundanidades -diversiones vanas, pasajeras, superfluas, peligrosas, que ponen en riesgo la salvación eterna-, y los hombres, sin embargo, acuden gustosos a esas reuniones mundanas; los hombres, de todo tipo de clase y condición social, y de cualquier edad, acuden gustosos a reunirse para festejar y celebrar el espíritu del mundo, pero cuando el Espíritu Santo les sugiere reunirse para orar y así gustar la Presencia del Señor Jesús –“Ved qué bueno es el Señor, hagan la prueba y véanlo, dichoso aquel que busca en Él refugio”, dice el Salmo[3]-, todos tienen excusas para no acudir a la cita, posponiendo e intercambiando al Rey de los cielos por pasatiempos vanos e inútiles que conducen, detrás de la sensualidad, las luces multicolores, la música estridente, las carcajadas, el alcohol y las substancias tóxicas sin freno, a las siniestras puertas del Abismo de donde no se sale y en donde no hay redención.
“Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos”. Cuando se siente el deseo y el impulso de rezar a Jesucristo –sea de modo individual o en grupo-, hay que tener en cuenta que es el Espíritu Santo el que nos convoca a la oración, y que esto es una gracia, porque “nadie puede pronunciar el nombre de Jesús, sino es inspirado por el Espíritu”[4], por lo cual no se debe rechazar esa gracia, a riesgo de que no vuelva más. También hay que considerar que la convocatoria a la oración que hace el Espíritu, es una convocatoria de amor, porque el Espíritu que nos congrega a los bautizados es el mismo Espíritu que une al Padre y al Hijo en el Amor, y que procediendo de ambos en el cielo[5], convoca a la unidad y a la comunión en un solo Cuerpo Místico, la Iglesia, y por eso es una convocatoria a la comunión en el Amor y para el Amor Divino, porque el Espíritu Santo, dice San Agustín, nos reúne entre nosotros, formando un solo Cuerpo, que es la Iglesia, en el Amor, pero para que gocemos del Padre y del Hijo, en el Espíritu, que es Amor[6]; en otras palabras, cuando el Espíritu Santo nos convoca a orar, esa convocatoria es una convocatoria para gustar el Amor del Sagrado Corazón de Jesús, para que por su Amor nos unamos al Padre. 
Y si esta convocatoria del Espíritu sucede a nivel de familia -que es un grupo eclesial pequeño- es válido, con mucha mayor razón todavía es válido, cuando se trata de la Santa Misa: cuando el Espíritu Santo nos convoca para la Santa Misa, no nos convoca para un rito aburrido y tedioso; no nos convoca para un evento social; no nos convoca para cumplir con un precepto religioso de una determinada iglesia; cuando el Espíritu Santo nos convoca a la Santa Misa, lo hace porque se hará Presente el Rey de reyes y Señor de señores, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el Hombre-Dios Jesucristo, quien luego de bajar del cielo obedeciendo al sacerdote ministerial, después de las palabras de la transubstanciación, se ocultará y quedará escondido detrás de algo que parece pan pero que ya no lo será más, porque será su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, es decir, la Eucaristía, y todo lo hará para donar el Amor de su Sagrado Corazón. 
“Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos”. Para que asistamos a la renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz, el Santo Sacrificio del Altar, la Santa Misa y para que recibamos la plenitud del Amor de Dios, contenido en el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, es que el Espíritu Santo nos convoca el Domingo, Día del Señor.





[1] Esto quiere decir que debemos aprovechar absolutamente todo lo que nos sucede, en el día a día, aun lo que parece más monótono y “aburrido”, para ofrecerlo a Dios, a Jesús en la cruz. Dice así Sor Faustina: “¡Oh vida gris y monótona, cuantos tesoros encierras! Ninguna hora se parece a la otra, pues la tristeza y la monotonía desaparecen cuando miro todo con los ojos de la fe. La gracia que hay para mí en esta hora no se repetirá en la hora siguiente. Me será dada en la hora siguiente, pero no será ya la misma. El tiempo pasa y no vuelve nunca. Lo que contiene en sí, no cambiaría jamás; lo sella con el sello para la eternidad” (Diario 62).
[2] Además, entre otros muchos lugares del Magisterio, así la llama también el Catecismo de la Iglesia Católica en su número 1666: “El hogar cristiano es el lugar en que los hijos de Dios reciben el primer anuncio  de la fe. Por eso la casa familiar es llamada justamente ‘Iglesia doméstica’, comunidad de gracia y de oración, escuela de virtudes humanas y de caridad cristiana”; el Concilio Vaticano II en su documento Lumen Gentium,  en el numero 11, llama a la familia Ecclesia domestica, y dice que los padres son los primeros anunciadores de la fe para los hijos; Juan Pablo II la llama “Iglesia doméstica” en el número 21 de la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio.
[3] 34, 8.
[4] Cfr. 1 Cor 12, 3.
[5] Cfr. Yves M.-J., Congar, El Espíritu Santo, Editorial Herder, Barcelona 1991, 222-223.
[6] Cfr. B. de Margerie, La doctrine de Saint Augustin sur l’Esprit Saint comme communion et source de communion, “Augustinianum”, 12 (1972) 107-119.

viernes, 29 de agosto de 2014

“El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga"


(Domingo XXII - TO - Ciclo A - 2014)
“¡Retírate, ve detrás de Mí, Satanás!, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres (…) el que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (Mt 16, 22-27). Sorprende la reacción de Jesús hacia Pedro diciéndole: “¡Retírate, ve detrás de Mí, Satanás!, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”, y sorprende tanto más, cuanto que, pocos segundos antes, Jesús había felicitado al mismo Pedro, porque había sido inspirado por el Espíritu Santo, el Espíritu del Padre, al confesar que Él era el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Inmediatamente después de la reprensión a Pedro, Jesús dice que “quien quiera seguirlo”, debe “renunciar a sí mismo” y “cargar con su cruz”. Este Evangelio, por lo tanto, nos proporciona muchas enseñanzas: por un lado, enseña el discernimiento de espíritus[1]; por otro lado, enseña que el camino hacia el Reino de los cielos, es libre –Jesús no obliga a nadie-; por otro lado, enseña que ese camino es, indefectiblemente, el Camino Real de la Cruz.
“¡Retírate, ve detrás de Mí, Satanás!, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”. Jesús, dirigiéndose a Pedro, no habla a Pedro, sino a Satanás en persona; en otras palabras, al hablar a Pedro, Jesús está viendo a Satanás, el Ángel caído, junto a Pedro, que es quien le acaba de sugerir lo que Pedro le acaba de decir. ¿Qué es lo que Pedro le ha dicho a Jesús, y que ha provocado esta fuerte reacción por parte de Jesús? Al comienzo del pasaje evangélico, Jesús profetiza a sus discípulos acerca de su misterio pascual de Muerte y Resurrección: les dice que “el Hijo del hombre deberá sufrir mucho, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día”; es decir, Jesús les está anunciando y preparando para el misterio de la Pasión y Muerte en cruz, misterio por el cual habrá de derramar su Sangre para salvar a la humanidad, cumpliendo el plan de redención dispuesto por el Padre desde la eternidad. Pedro, a pesar de ser su Vicario y a pesar de haber sido inspirado, en los instantes previos por el mismo Espíritu Santo en Persona, que lo había iluminado acerca de la divinidad de Jesucristo, ahora, sin embargo, es movido por otro espíritu, que no es el Espíritu de Dios, sino el espíritu de las tinieblas, el Ángel caído, porque luego de conocido el misterio pascual de Jesús, misterio que pasa por la cruz y por la resurrección, lleva aparte a Jesús y “comienza a reprenderlo” –dice el Evangelio-, diciéndole que “eso no será así”. Pedro, prestando oídos a las insinuaciones del espíritu del mal, rechaza el plan de salvación dispuesto por Dios; rechaza la cruz y por lo tanto, se opone a la salvación que Dios ha dispuesto para los hombres. Este rechazo de la cruz se origina, no solo en la debilidad humana de Pedro, sino ante todo en el Ángel caído, en Satanás, y por eso es que Jesús conmina a Satanás a que se retire: “¡Retírate, ve detrás de Mí, Satanás!, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”.
Esto nos enseña el discernimiento de espíritus, según San Ignacio de Loyola, porque en un primer momento, Pedro es iluminado por el Espíritu Santo, cuando reconoce a Jesús como el Mesías; pero luego, cuando rechaza la cruz de Jesús, sigue las insinuaciones de su propia razón –“son pensamientos de hombres”, le dirá Jesús- y también las insinuaciones del Demonio, y es por eso que Jesús le dice: “¡Apártate de Mí, Satanás!”. Esta primera parte del Evangelio nos enseña, entonces, a hacer lo que San Ignacio llama: “discernimiento de espíritus”: lo que me lleva a reconocer a Jesús y a aceptar y amar la cruz, viene del buen espíritu, es decir, viene de Dios; lo que me lleva a negar a Jesús y a su cruz, como hace Pedro luego de que Jesús le anunciara su misterio pascual de muerte y resurrección, profetizándole que habría de sufrir y morir en Jerusalén, para luego resucitar, eso, que lleva a negar la cruz, viene del mal espíritu y también de nuestra naturaleza caída y herida, que tiende al mal, como consecuencia del pecado original. En esta primera parte de este Evangelio, entonces, la Palabra de Dios nos enseña a discernir qué es lo que viene del Espíritu Santo y qué es lo que viene, ya sea de nuestra concupiscencia, o del Ángel caído, el demonio: lo que me hace abrazar la cruz, viene de Dios; lo que me lleva a rechazar la cruz, viene del Demonio.
Luego de reprender a Pedro y de alejar a Satanás, que ha inducido a su Vicario a rechazar el plan divino de la salvación, que pasa por el Camino Real de la Cruz, Jesús revela de qué manera podemos hacer realidad, en nuestras vidas, la salvación que Él ha venido a traer. Según el Evangelio Jesús, dirigiéndose a los discípulos, les dice que “quien quiera seguirlo”, debe “renunciar a sí mismo” y “cargar con su cruz”. La expresión de Jesús nos hace ver dos cosas: por un lado, que el camino hacia el Reino de los cielos, es libre, porque Jesús no obliga a nadie, ya que dice de forma muy clara y expresiva: “Si alguien quiere seguirme” -si alguien me ama me seguirá-, y ese “querer”, excluye cualquier tipo de forzamiento contra la libertad; en otras palabras, nadie entrará en el Reino de los cielos si así no lo desea; Dios no nos obliga a seguirlo; Dios no enviará un ángel del cielo con una espada de fuego para que no obremos el mal; Dios no forzará nuestra libertad, porque la libertad, el libre albedrío, forma parte de la “imagen y semejanza” (cfr. Gn 1, 26) con la cual hemos sido creados, y esa libertad es sagrada y es tan sagrada, que Dios la respeta; de hecho, la condenación eterna en el infierno, por parte de los que allí se condenan, es una muestra del sumo respeto que tiene Dios por quienes no desean estar con Él. Muchos, equivocadamente, piensan que Dios “castiga”, con el Infierno a quienes no quieren hacer su Voluntad, y eso es un grave error; en cierta medida, la condenación eterna es un auto-castigo, infligido por sí mismo por el condenado, por haber hecho un uso equivocado de su libertad, pero por haber usado su libertad y Dios es tan respetuoso de la libertad del hombre, que si alguien quiere estar separado de Él por toda la eternidad, Dios, “lamentándolo en el alma”, por así decirlo, deja que cumpla su voluntad y permite que haga lo que quiere, y es esto lo que enseña la Iglesia Católica en el Catecismo: “El infierno consiste en la condenación eterna de quienes, por libre elección, mueren en pecado mortal”[2]. La Iglesia Católica lo dice claramente: quien se condena, lo hace “por libre elección”, porque Dios respeta como algo sagrado la libertad del hombre, y es por eso que Jesús dice: “quien quiera seguirme, que tome su cruz y me siga” -es decir, quien me ama, que tome su cruz y me siga-, porque también el seguimiento de Jesús es libre: Jesús no va a enviar a un ángel para obligarnos a seguirlo; Jesús no va a enviar un ángel para que tomemos nuestra cruz; Jesús no va a enviar un ángel para que cumplamos los Mandamientos de Dios; lo haremos si lo queremos, es decir, si amamos a Jesús, y si no lo amamos, no lo haremos, pero si no lo hacemos, debemos atenernos a las consecuencias, porque si no seguimos a Jesús, nos privamos de todo bien y de toda bendición, y quedamos sujetos a nuestro propio libre albedrío, y no hay nada más peligroso para la propia salvación, que quedar sujetos a la propia razón y voluntad, lejos de Jesús y de su cruz.
La otra cosa que nos hace ver la frase de Jesús a los discípulos –“el que quiera seguirme, que cargue su cruz y me siga”-, es que el camino al Reino de los cielos es, indefectiblemente, el Camino Real de la Cruz. Quien pretenda salvarse por otro camino que no sea el camino de la cruz, se equivoca y arriesga su salvación. El motivo es que en la cruz, Jesús da muerte a los tres enemigos de la humanidad –el demonio, la muerte y el pecado- y puesto que luego de morir, resucita, todo aquel que participa de su Pasión y Muerte en cruz, participa luego de su Gloria y Resurrección.
En esta frase de Jesús está condensado el camino al cielo, para todo aquel que desee salvar su alma. Pero, ¿qué quiere decir, más en concreto, “cargar la cruz, renunciar a sí mismo y seguir a Jesús”? Cargar la cruz de todos los días y renunciar a sí mismo significa morir al hombre viejo: morir a las pasiones, al egoísmo –cargar la cruz quiere decir que debe importarme mi hermano que sufre, y por hermano, tengo que considerar no solo a mi familia biológica, sino a cualquier prójimo, sin importar su raza, su color de piel, su religión, su edad, su condición social-; cargar la cruz quiere decir que debo combatir la ira –pero no solo la ira, sino el más mínimo enojo, y perdonar pedir perdón, porque es síntoma de soberbia espiritual la falta de perdón y el no ser capaz de pedir perdón-; cargar la cruz quiere decir ser capaz de poner un freno a la codicia –y no hay que ser millonario para ser avaros, porque se puede tener un corazón de avaro y de tacaño teniendo solo cien pesos en el bolsillo, si deseo de modo desordenado los bienes materiales; cargar la cruz quiere decir moderar la gula –es decir, ser capaz de comer y beber con templanza, sabiendo que lo que como y bebo de más, o lo que tiro y desperdicio, es lo que le falta a algún hermano mío, en algún lugar del planeta, y que Dios me pedirá cuentas de esa comida desperdiciada-; cargar la cruz quiere decir combatir la sensualidad –y esto significa luchar contra las tentaciones, principalmente las de la carne y luchar contra la concupiscencia-; cargar la cruz significa luchar contra la pereza –tanto la pereza corporal, que me lleva a no cumplir con mi deber de estado a la perfección, solo por Amor a Dios, como la acedia, que es la pereza espiritual, que me lleva a no rezar, a no leer libros de formación espiritual, como es mi obligación, para formarme en mi religión, y a preferir, en cambio, ver televisión, o perder el tiempo en Internet, con el celular, la computadora, la Tablet, el Smartphone, o el invento tecnológico del momento, cualquiera que sea, o el preferir un partido de fútbol, o las compras en el Súper o el paseo el Domingo, antes que la Misa dominical, todo sirve, con tal de anteponer lo que el mundo ofrece, antes que Dios.
Todo esto significa “cargar la cruz y seguir a Jesús”, porque significa dar muerte al hombre viejo, para que nazca el hombre nuevo, el hombre que vive la vida de la gracia, la vida nueva de los hijos de Dios. El que quiera cargar la cruz y seguir a Jesús, para nacer a esta vida nueva, la vida de la gracia, necesita alimentarse con un alimento que le proporcione una nueva fuerza, superior a la humana, porque la cruz es pesada, y ese alimento, que proporciona la fuerza celestial, no se encuentra en esta tierra; ese alimento lo proporciona el Padre celestial en la Santa Misa: en cada Santa Misa, nuestro Padre Dios abre los cielos y deja caer el Verdadero Maná, el Maná celestial, el Pan de los hijos de Dios, para que el Nuevo Pueblo Elegido, los  bautizados, que peregrinan por el desierto del mundo, se alimenten en medio del desierto de la vida y adquieran la misma fuerza del Hombre-Dios Jesucristo, para que con la fuerza de Jesucristo, puedan cargar la cruz de todos los días y continuar caminando, por el tiempo que solo Él conoce, hasta llegar a la Jerusalén celestial. El que quiera llegar a la Jerusalén celestial, que se alimente del Maná Verdadero, el Pan de los ángeles, la Eucaristía, y allí encontrará las fuerzas más que suficientes para cargar la cruz de todos los días y seguir a Jesús por el Camino Real de la Cruz.






[1] Seguiremos la escuela de San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales; cfr. Primera y Segunda Semana de los E.E., Reglas para conocer las varias mociones que en el espíritu se causan, nn. 313-336.
[2] Catecismo de la Iglesia Católica, Compendio, 212.