jueves, 27 de noviembre de 2014

“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”


“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Lc 21, 29-33). A medida que se acerque la Parusía o Segunda Venida de Jesucristo en la gloria, todos los acontecimientos profetizados por el mismo Jesucristo se cumplirán, tal como Él mismo los profetizó. Jesucristo no puede equivocarse, puesto que es Dios en Persona; es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad; es Dios Hijo encarnado en una naturaleza humana, y todo lo que Él dijo y profetizó acerca de su Segunda Venida, se cumplirá, indefectiblemente, como indefectiblemente la naturaleza sigue su curso y a una estación le sigue la otra. No en vano Jesucristo utiliza la figura del brote nuevo de la higuera: así como sucede con el brote nuevo de la higuera, que pasado el invierno y llegada la primavera, y siguiendo el impulso vital biológico de la naturaleza inscripto por el Creador, comienza un nuevo ciclo de vida para el árbol, así también, en las edades de la humanidad, se suceden los siglos, unos tras otros, y se seguirán sucediendo, hasta que dejen de sucederse, cuando se cumpla el tiempo establecido por Dios, lo cual está indicado, veladamente, por Jesucristo, en las señales acerca de su Segunda Venida.
La Segunda Venida de Cristo, en gloria y poder, vendrá precedida por la conversión de Israel, según anuncia Cristo, y también San Pedro y San Pablo (Mt 23,39; Hch 3,19-21; Rm 11,11-36), y será precedida también por grandes tentaciones, tribulaciones y persecuciones (Mt 24,17-19; Mc 14,12-16; Lc 21,28-33), que harán caer a muchos cristianos en la apostasía. Según el Catecismo, será la “prueba final” que deberá pasar la Iglesia, y que “sacudirá la fe” de muchos creyentes: “La Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cfr. Lc 18,8; Mt 24,9-14). La persecución que acompaña a la peregrinación de la Iglesia sobre la tierra (cfr. Lc 21,12; Jn 15,19-20) desvelará “el Misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas, mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es el Anticristo, es decir, la de un pseudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo, colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cfr. 2 Tes 2, 4-12; 1 Tes 5, 2-3; 2 Jn 7; 1 Jn 2, 18. 22)”[1].
Por tanto, continúa el Catecismo, “la Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua, en la que seguirá a su Señor en su muerte y su Resurrección (Ap 19,1-19). El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (13, 8), sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (20, 7-10). El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final (20, 12), después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa (2 Pe 3,12-13)”[2].
Mientras esperamos su Segunda Venida en la gloria, Jesucristo reina actualmente en la historia, desde la Eucaristía, y muestra su dominio, sujetando cuando quiere y del modo que quiere a la Bestia mundana, que recibe toda su fuerza y atractivo del Dragón infernal, y si la Bestia -que se manifiesta en la política a través de la Masonería política, pero también en la Iglesia, a través de la Masonería eclesiástica-, obra haciendo daño, lo hace en cuanto Jesucristo la deja obrar, y no hace más de lo que Jesucristo la deja hacer.
La Parusía, la Segunda Venida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo, según nos ha sido revelado, vendrá precedida de señales y avisos, que justamente cuando se cumplan revelarán el sentido de lo anunciado. Por eso solamente los que estén “con las túnicas ceñidas y las lámparas encendidas”, es decir, obrando la misericordia y en estado de gracia, y escrudiñando los signos de los tiempos, en estado de oración, podrán sospechar la inminencia de la Parusía, porque “no hará nada el Señor sin revelar su plan a sus siervos, los profeta” (Amós 3,7), y así, estos “siervos atentos y vigilantes”, podrán detectar la inminencia de la Parusía. Según el mismo Jesucristo, para su Segunda Venida, habrá conmoción en el Universo físico: “habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y sobre la tierra perturbación de las naciones, aterradas por el bramido del mar y la agitación de las olas, exhalando los hombres sus almas por el terror y el ansia de lo que viene sobre la tierra, pues las columnas de los cielos se conmoverán. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube con poder y majestad grandes” (Lc 21,25-27).
Sin embargo, lo más grave, estará dado en el plano espiritual, porque la Segunda Venida, estará precedida por la ascensión al poder, en la Iglesia, del Anticristo, quien difundirá eficazmente innumerables mentiras y errores, como nunca la Iglesia lo había experimentado en su historia, y éste será el que provocará la “prueba final” que “sacudirá la fe” de “numerosos creyentes”, anunciado por el Catecismo[3], lo cual tal vez sea la modificación de algún dogma central, muy probablemente, relacionado con la Eucaristía.
La Parusía o Segunda Venida, será súbita y patente para toda la humanidad: “como el relámpago que sale del oriente y brilla hasta el occidente, así será la venida del Hijo del hombre… Entonces aparecerá el estandarte del Hijo del hombre en el cielo, y se lamentarán todas las tribus de la tierra [que vivían ajenas al Reino o contra él], y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con poder y majestad grande” (Mt 24,27-31).
La Parusía será inesperada para la mayoría de los hombres, que “comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, edificaban” (Lc 17,28), y no esperaban para nada la venida de Cristo, sino que “disfrutando del mundo” tranquilamente, no advertían que “pasa la apariencia de este mundo” (1 Cor 7,31). Por no prestar atención a la Sagrada Escritura que dice: “Medita en las postrimerías y no pecarás jamás” (Eclo 7, 40), el mundo se comporta como el siervo malvado del Evangelio, que habiendo partido su señor de viaje, se dice a sí mismo: “mi amo tardará”, y se entrega al ocio y al vicio. Sin embargo, como advierte Jesús en la parábola, “vendrá el amo de ese siervo el día que menos lo espera y a la hora que no sabe, y le hará azotar y le echará con los hipócritas; allí habrá llanto y crujir de dientes” (Mt 24,42-50). Por eso, la parábola finaliza con la advertencia: “Estad atentos, pues, no sea que se emboten vuestros corazones por el vicio, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, y de repente, venga sobre vosotros aquel día, como un lazo; porque vendrá sobre todos los moradores de la tierra. Velad, pues, en todo tiempo y orad, para que podáis evitar todo esto que ha de venir, y comparecer ante el Hijo del hombre” (Lc 21,34-35).
Y esa es la razón por la cual el cristiano debe prestar atención a las palabras de Jesús, en las que nos previene y nos pide que estemos atentos a su Segunda Venida: “vigilad, porque no sabéis cuándo llegará vuestro Señor… Habéis de estar preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del hombre” (Mt 24,42-44). “Vendrá el día del Señor como ladrón” (2 Pe 3,10). Todos los cristianos hemos de vivir siempre como si la Parusía fuera a ocurrir hoy, o mañana mismo o pasado mañana, porque “la apariencia de este mundo pasa” (1 Cor 7, 31), y cuando pasa la apariencia de este cielo y esta tierra, aparece la eternidad, aparece Dios, que es la Eternidad en sí misma, y para afrontar el Juicio Particular que decidirá nuestra eternidad, es que debemos prepararnos, viviendo en gracia y obrando la misericordia.




[1] 675.
[2] 677.
[3] Cfr. n. 675.

martes, 25 de noviembre de 2014

“Serán odiados por todos a causa de mi Nombre”


“Serán odiados por  todos a causa de mi Nombre” (Lc 21, 16-19). Una de las señales que precederán la Segunda Venida de Jesús en la gloria, será la persecución que sufrirán los que se mantengan fieles a Jesús. Estos serán los destinatarios de una de las Bienaventuranzas: “Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan, y digan todo género de mal contra vosotros falsamente, por causa de mí. Regocijaos y alegraos, porque vuestra recompensa en los cielos es grande, porque así persiguieron a los profetas que fueron antes que vosotros” (Mt 5, 11-12). Paradójicamente, quienes “insulten, persigan y digan todo género de mal” contra los verdaderos cristianos, serán también cristianos, pero que habrán sido seducidos y engañados por el espíritu del Anticristo, el cual dictará doctrinas novedosas, engañosas y falsas y engañará a todos en la Iglesia con falsos milagros.
Pero, ¿qué habrá sucedido, para que se produzca tal enfrentamiento en el seno de la Iglesia? ¿Qué fenómeno se habrá producido, para que cristianos se enfrenten a cristianos? La respuesta se encuentra en el Catecismo de la Iglesia Católica: en los días previos a la Segunda Venida de Cristo en la gloria, o Parusía, dice el Catecismo, que la Iglesia deberá atravesar una profunda prueba de fe, que “sacudirá la fe de numerosos creyentes”. Dice así el Catecismo[1]: “Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes. La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra desvelará el “misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un pseudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne”.
La “prueba de fe” consistirá entonces, según el Catecismo, en una “apostasía de la verdad”, en una traición a la Verdad Revelada por el Hombre-Dios Jesucristo y custodiada y enseñada por el Magisterio de la Iglesia. Quienes se mantengan fieles a la Verdad, custodiada por el Magisterio de la Iglesia, serán perseguidos; -porque la Verdad Revelada será cambiada y modificada para “proporcionar a los hombres una solución aparente a sus problemas”-, esos tales serán “insultados, y perseguidos”; quienes, por el contrario, se plieguen a la “impostura religiosa” del Anticristo, que consistirá en una “apostasía de la verdad”, serán los perseguidores de los que se mantengan fieles a la Verdad de Dios. Ahora bien, la Verdad de Dios es Jesucristo, porque Él es la Sabiduría de Dios, y el Nombre de Jesús, en la Iglesia, es “Eucaristía”; entonces, la “prueba final de la fe” de la cual habla el Catecismo, y que será la causa de la división dentro de la Iglesia, y que será la causa también de la persecución de los verdaderos cristianos, será una disputa acerca de su Presencia Real en el Santísimo Sacramento del Altar: los seguidores del Anticristo negarán su Presencia Real, mientras que los verdaderos cristianos, la afirmarán y por lo tanto, adorarán a Cristo Presente en la Eucaristía. Si alguien anunciara una verdad distinta, ese tal sería el Adversario, el Anticristo; por lo tanto, deberemos tener presente y grabarlas a fuego, en la mente y en el corazón, estas palabras de la Escritura: “Pero si aún nosotros, o un ángel del cielo, os anunciara otro evangelio contrario al que os hemos anunciado, sea anatema” (Gal 1, 8). “Serán odiados por  todos a causa de mi Nombre”. La persecución entonces, se hará a todo aquel que se mantenga fiel a la Sabiduría de Dios, Jesucristo, encarnado en la Eucaristía, porque los verdaderos cristianos lo reconocerán Presente en la Eucaristía y lo adorarán en el Sacramento del Altar, mientras que los seguidores del Anticristo se adorarán a sí mismos, ya que ése es el precio de la apostasía, la glorificación y la adoración del hombre por el hombre mismo, como lo enseña el Catecismo: “La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un pseudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne”.
“Serán odiados por  todos a causa de mi Nombre”. Quien ama la Eucaristía, ama a Cristo; quien odia la Eucaristía, odia a Cristo. Le pidamos a la Virgen, Nuestra Señora de la Eucaristía, que aumente cada vez más en nosotros el amor a su Hijo Jesús, Presente en la Eucaristía con su Cuerpo, su Sangre, su Alma, su Divinidad, y con todo el Amor Eterno e infinito de su Sagrado Corazón Eucarístico.



[1] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 675.

lunes, 24 de noviembre de 2014

“¿Cuál será la señal?” “Muchos dirán: ‘Soy Yo’, y oirán hablar de guerras y revoluciones, pero no será tan pronto el fin”


“¿Cuál será la señal?” “Muchos dirán: ‘Soy Yo’, y oirán hablar de guerras y revoluciones, pero no será tan pronto el fin” (Lc 21, 5-9). Los discípulos preguntan a Jesús “cuál será la señal” de que su Segunda Venida en la gloria o Parusía se acerca. Jesús no da una señal directa, pero sí da una señal indirecta: cuando se presenten muchos falsos mesías, muchos falsos cristos, que digan: “Yo soy el cristo”; también, “el tiempo está cerca”; además, habrán en el mundo “guerras y revoluciones”, pero no será todavía “el fin”. Es decir, todas estas señales, no son “señales del fin”, sino señales que preanuncian el inicio del fin.

Es deber del cristiano leer los signos de los tiempos, porque así lo dice Jesús: “Saben si va a llover o no, pero no saben leer el signo de los tiempos”, y en nuestros tiempos abundan los falsos mesías de la Nueva Era y las guerras y revoluciones. Es por eso que debemos preguntarnos: ¿estamos en los tiempos que anuncian el inicio de las señales de la Segunda Venida de Jesús? La respuesta es que -con toda probabilidad- sí. Sin embargo, más allá de eso, es deber del cristiano vivir en gracia, para estar preparados para la llegada de Jesucristo a su vida personal y a su existencia, puesto que Jesucristo llegará a la vida de cada uno “como el amo que regresa de una boda, a medianoche, de improviso”, y entonces, el cristiano debe estar “vigilante”, como el siervo “atento, con las vestiduras ceñidas y con la lámpara encendida” (cfr. Lc 12, 35), es decir, en actitud de servicio, obrando la misericordia, y con el alma en gracia; el cristiano debe estar “vigilante”, porque Jesús vendrá “como un relámpago” (cfr. Mt 24, 27) que cruza la noche, de improviso; vendrá “como el ladrón” (cfr. Mt 24, 43-44), al cual el amo de casa no sabe cuándo ni por dónde habrá de entrar. 
Entonces, más importante que saber cuándo será la Segunda Venida -aun cuando estarían comenzando a darse las señales que la anuncian-, es más importante, para el cristiano, el estar en estado de gracia permanente. De esa manera, sea que Jesucristo llegue hoy, mañana, pasado, o en cincuenta años, el cristiano estará con sus vestiduras ceñidas, con su lámpara encendida y con su corazón ardiente de amor, listo para recibir a Nuestro Señor Jesucristo, que viene para juzgar al mundo, y en esa espera, en todo momento, repite, en el silencio de su corazón, con todo el amor con el que es capaz: “¡Ven, Señor Jesús!” (Ap 22, 20).

viernes, 21 de noviembre de 2014

Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo


La Iglesia celebra la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, pero el Rey al cual celebra la Iglesia, es un Rey particular, porque este Rey no es un hombre cualquiera, sino el Hombre-Dios, la Persona Segunda de la Santísima Trinidad, y no reina desde un mullido sillón, ni reina tampoco cómodamente sentado, coronado con una corona de oro y sosteniendo en sus manos un cetro de ébano.
Nuestro Rey reina desde el madero ensangrentado de la cruz y a su lado, erguida, se encuentra la Reina de los Dolores, la Virgen María.
Nuestro Rey no lleva una corona bordada con terciopelo y adornada con gemas, rubíes, diamantes y perlas; no tiene una corona formada por un círculo de oro engarzada con diamantes y rubíes de gran tamaño; Nuestro Rey lleva una corona de gruesas, duras y filosas espinas, que taladran y perforan su cuero cabelludo, desgarrándolo, lacerándolo y provocándole numerosas y dolorosísimas heridas, que a la par que llegan hasta el hueso del cráneo, le provocan tal profusión de su Sangre preciosísima, que esta Sangre se derrama, como un torrente preciosísimo, pero incontenible, desde su Sagrada Cabeza, hacia abajo, bañando toda su Santa Faz, sus ojos, su nariz, sus pómulos, su boca, sus oídos, cayendo por su barbilla hasta el pecho, como anticipando la herida que habrá de abrirse más tarde, cuando el soldado romano traspase su Costado y por él fluyan la Sangre y el Agua de su Sagrado Corazón, dando paso al abismo de su Divina Misericordia. Nuestro Rey permite que las espinas, duras y filosas de su corona, traspasen el cuero cabelludo de su Cabeza, para que su Sangre bañe su Santa Faz, para que nuestros malos pensamientos, nuestros pensamientos de ira, de venganza, de pereza, de lujuria, y de toda clase de cosas malas, sean purificados y santificados; permite que su Sangre bañe sus santísimos ojos, para que nuestras miradas sean puras y cristalinas, y se aparten de las cosas impuras; permite que su Sangre bañe sus pómulos y su nariz, para que nuestro olfato y nuestro tacto, se aparten de lo impuro y lo pecaminoso; permite que su Sangre bañe sus oídos, para que nuestros oídos, no escuchen nada que los aparte del Reino de Dios.
Nuestro Rey, no reina cómodamente sentado en un mullido sillón; Nuestro Rey, reina desde el madero ensangrentado de la cruz, y no reina con un cetro sostenido entre sus manos: reina con sus manos traspasadas con gruesos clavos de hierro, que perforan sus nervios, produciéndole agudísimos, lancinantes y quemantes dolores. Nuestro Rey, reina con su mano derecha clavada en la cruz, para expiar por nuestros pecados cometidos con las manos, las manos que Dios nos dio para elevarlas en bien de nuestros hermanos, pero que nosotros las elevamos para hacer el mal a nuestros hermanos; las manos con las que esclavizamos, torturamos, vejamos, agredimos, asesinamos, mutilamos, golpeamos; las que cerramos al bien a nuestros hermanos, porque no obramos las obras de misericordia que nos pide Jesús para poder entrar al cielo (cfr. Mt 31-46); las manos con las que agredimos, mutilamos y asesinamos a nuestros prójimos en el vientre de sus madres, por el aborto; en las camas de los moribundos, por la eutanasia; en los campos y en las ciudades a los inocentes, por las bombas criminales, en las guerras injustas; y todo eso lo hacemos con nuestras manos, las mismas manos que Dios nos dio para obrar el bien; son las manos que levantamos para cometer toda clase de crímenes y de pecados; las manos con las que, en vez de obrar las obras de misericordia, obramos el mal en todas sus formas; las manos con las que pecamos, en vez de obrar el bien. Por eso Nuestro Rey, está crucificado y con su mano derecha clavada al madero, con un grueso y frío clavo de hierro, que le atraviesa el nervio mediano y le provoca un dolor lacerante, agudísimo, quemante, porque de esa manera, expía todos nuestros pecados, cometidos por nosotros, con nuestras manos, para que la Ira Divina no se descargue sobre nosotros y nuestras manos, utilizadas para el mal y no para el bien.
Nuestro Rey, no reina cómodamente sentado en un mullido sillón; Nuestro Rey, reina desde el madero ensangrentado de la cruz, y no reina con un cetro de ébano entre sus manos, sino con un grueso clavo de hierro, frío y lacerante, que le perfora y le atraviesa el nervio mediano de su mano izquierda, y de esa manera, expía los pecados de idolatría, cometidos con nuestras manos. Dios hizo nuestras manos, para que las eleváramos en adoración hacia Él, que es Uno y Trino, y que se encarnó en la Persona del Hijo, por obra del Espíritu Santo, en el seno purísimo de María Virgen, por Voluntad de Dios Padre, y continúa y prolonga su Encarnación en la Eucaristía, desde donde irradia su gracia a quien se le acerca con un corazón contrito y humillado. Sin embargo, la inmensa mayoría de los cristianos, se postra ante los ídolos del mundo, cometiendo horribles pecados de idolatría y de apostasía; se postran ante ídolos como el Gauchito Gil, la Difunta Correa, la Santa Muerte, y todos los ídolos abominables de la Nueva Era o New Age o Conspiración de Acuario; se postran ante los ídolos del fútbol, del espectáculo, del cine, de la música, del hedonismo, o ante cualquier ídolo mundano, en vez de postrarse ante el Único Dios verdadero, Cristo Jesús, Presente en la Eucaristía. Por eso, Nuestro Rey, reina desde el madero, para expiar por los pecados de idolatría y de apostasía.
Nuestro Rey reina desde el madero ensangrentado de la cruz, no reina sentado en un sillón cómodo y mullido, y no lo puede hacer, porque sus pies están clavados a la cruz, fijos al leño ensangrentado de la cruz, por un grueso, duro y frío clavo de hierro, que le provoca agudos dolores, al tiempo que le hace brotar ríos de su roja y Preciosísima Sangre, y lo hace para expiar nuestros pasos dados en dirección al pecado, en dirección al abismo de perdición, y en dirección contraria a la Casa del Padre. Dios nos creó con los pies, para que dirigiéramos nuestros pasos en la tierra, a la Casa del Padre, que en la tierra es la Iglesia, pero en vez de hacerlo, dirigimos nuestros pasos en dirección opuesta, en dirección al pecado, y por ese motivo, Nuestro Rey está con sus Sagrados Pies crucificados, para expiar por todas las veces en las que preferimos encaminarnos en la dirección opuesta a la salvación, para dirigirnos a las tinieblas y a la perdición.

A este Rey Nuestro, el Hombre-Dios, que por salvarnos y llevarnos al cielo, reina desde el leño de la cruz, arrodillados y con el corazón contrito y humillado, le besamos sus pies ensangrentados y, por medio del Inmaculado Corazón de María, le entregamos nuestros corazones, y mientras hacemos el propósito de dar la vida antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado, le decimos: “Te adoramos, oh Cristo, Hombre-Dios, Rey del Universo, que reinas desde el madero ensangrentado de la Cruz, y te bendecimos y te glorificamos y te damos gracias, porque por tu Santa Cruz, redimiste al mundo”.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

“Vendrán días desastrosos para ti, porque no supiste reconocer el tiempo en el que fuiste visitada por Dios”


“Vendrán días desastrosos para ti, porque no supiste reconocer el tiempo en el que fuiste visitada por Dios” (Lc 19, 41-44). Jesús llora por el amor que le tiene a la Ciudad Santa, porque ve en espíritu la terrible desgracia que habría de acontecerle a causa de sus jefes religiosos y políticos, que en vez de recibir al Mesías, que traía la paz de parte de Dios, lo crucificaron y lo mataron, con lo cual atrajeron sobre ellos y sobre Jerusalén, la Ira de Dios. Jesús llora porque ve, en cuanto Dios, lo que habrá de sucederle a Jerusalén: al rechazarlo a Él, que es Dios en Persona, y que en cuanto Dios, trae la paz, la verdadera paz, la paz que surge de la derrota de los grandes enemigos del hombre, el demonio, el pecado y la muerte, Jerusalén atrae sobre sí, indefectiblemente, la Ira Divina, porque de esa manera, quedan intactos sus enemigos, precisamente aquellos a quienes el Mesías venía a derrotar para darle la paz a Jerusalén: el demonio, el pecado y la muerte. Al juzgarlo y condenarlo a muerte al Mesías; al expulsarlo de sus muros y al crucificarlo, Jerusalén queda desprotegida frente a sus más encarnizados enemigos, los cuales se abatirán sobre ella sin piedad, y esto se cumplirá efectivamente años más tarde, cuando las tropas romanas asedien a la Ciudad Santa y la terminen por conquistar. Crucificando al Mesías, la luz de Dios encarnada, Jerusalén se ve sumida en la más profunda de las tinieblas, además de ser dominada por sus más acérrimos enemigos, convirtiéndose en sede de las tinieblas. De esta manera, se cumplen las palabras de Jesús: “Vendrán días desastrosos para ti, porque no supiste reconocer el tiempo en el que fuiste visitada por Dios”. Jerusalén no supo reconocer “el tiempo en el que fue visitada por Dios”, es decir, el tiempo en el que Jesús caminó por sus calles, haciendo milagros, curando enfermos, expulsando demonios, celebrando la Primera Misa, en la Última Cena, y por eso, se abatieron sobre ella, “días desastrosos”.
Ahora bien, puesto que Jerusalén, la Ciudad Santa, es símbolo del alma, como elegida por el Amor de Dios, también estas palabras están dirigidas al cristiano, por lo que el cristiano debe estar muy atento a reconocer la “visita de Dios”, porque Dios, cuando nos visita, trae con Él su paz, su alegría, su amor, su luz, su sabiduría, y si nosotros no reconocemos su visita en nuestras vidas, nos terminará sucediendo lo que le sucedió a Jerusalén, que fue arrasada por las tropas romanas.

También el alma debe reconocer “la visita de Dios” en su vida, y esta “visita de Dios” puede ser de diversas maneras: una primera forma de visita, es por la comunión eucarística, puesto que por la comunión, Jesús nos visita cada día, ingresando en nuestros corazones, pero si no reconocemos las otras visitas que Él mismo nos hace, de otras maneras, terminamos expulsándolo de nuestras vidas. ¿De qué otras maneras nos visita Jesús, además de la comunión eucarística? Jesús, que es Dios,  puede visitarnos a través de un prójimo atribulado, que nos pide auxilio de diversas maneras; Dios puede visitarnos a través de un prójimo enfermo; Dios puede visitarnos a través de un prójimo necesitado, carenciado; Dios puede visitarnos a través de un acontecimiento trágico, para que acudamos al pie de la cruz, a pedir su auxilio; Dios puede visitarnos a través de un acontecimiento alegre, para que acudamos al  pie de la cruz, para agradecerle; Dios puede visitarnos de muchas maneras, lo importante es estar atentos a su visita y no expulsarlo de nuestras vidas, no sea que nos suceda lo de Jerusalén, y así tengamos que escuchar de boca de Jesús: “Vendrán días desastrosos para ti, porque no supiste reconocer el tiempo en el que fuiste visitada por Dios”.

domingo, 16 de noviembre de 2014

“Hoy ha llegado la salvación a esta casa”


“Hoy ha llegado la salvación a esta casa” (Lc 19. 1-10). Jesús, al atravesar la ciudad de Jericó, mientras camina, mira hacia arriba, hacia el sicómoro sobre el que se había encaramado Zaqueo a causa de su baja estatura, y le dice a Zaqueo que quiere alojarse en su casa: “Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa”. Zaqueo, que era un hombre rico, baja rápidamente del árbol, y dispone todo lo necesario para recibir a Jesús, recibiéndolo “con alegría”, dice el pasaje evangélico.
Notemos que no es Zaqueo quien invita a Jesús, aunque es Zaqueo quien deseaba ver a Jesús, y por eso se había subido al sicómoro, para precisamente poder verlo. No es Zaqueo quien invita a su casa a Jesús, y es Jesús quien dice a Zaqueo que quiere entrar a su casa. Pero el ingreso de Jesús a la casa material de Zaqueo es meramente preparatorio para otro ingreso, el ingreso a su corazón: puesto que es Dios, Jesús lee el corazón de Zaqueo, y sabe que está ya preparado para recibirlo, y por eso es que le dice que baje para que prepare su casa y lo reciba. Mucho más que entrar en su casa material, Jesús quiere entrar en el alma de Zaqueo, simbolizada en la casa material; el ingreso en la casa material es sólo el prolegómeno y el símbolo del ingreso del Hombre-Dios al corazón de Zaqueo y el hecho que lo confirma es la conversión inmediata de Zaqueo, quien en señal de gratitud por la Presencia de Jesús en su casa, decide dar “la mitad de sus bienes a los pobres” y dar “cuatro veces más” a quien haya podido perjudicar en sus negocios.

“Hoy ha llegado la salvación a esta casa”. Cada vez que comulgamos, Jesús entra en nuestra casa, es decir, en nuestra alma. ¿Experimentamos la misma alegría que experimentó Zaqueo? A Zaqueo, Jesús no le dio de comer su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, y sin embargo, Zaqueo, en señal de gratitud, dio la mitad de sus bienes a los pobres, y estuvo dispuesto a dar cuatro veces más a quien hubiera podido perjudicar en sus negocios. A nosotros, Jesús nos da su Cuerpo, su Sangre, su Alma, su Divinidad, y todo el Amor, eterno, infinito, inagotable, inabarcable, incomprensible, de su Sagrado Corazón Eucarístico. ¿Qué cosa estamos dispuestos a hacer en señal de gratitud por Jesús? 

viernes, 14 de noviembre de 2014

“Un hombre llamó a sus servidores y les dio talentos (…) para que los hicieran fructificar…”


(Domingo XXXIII - TO - Ciclo A – 2014)
                 “Un hombre llamó a sus servidores y les dio talentos (…) para que los hicieran fructificar…” (Mt 25, 14-30). Jesús compara al Reino de los cielos con un hombre que “sale de viaje” y que “confía sus bienes” a sus servidores, para que estos los hagan rendir. Al primero le da cinco talentos[1]; al segundo le da dos, y al tercero, le da uno. A su regreso, los dos primeros han multiplicado los talentos, mientras que el tercero, “malo y perezoso”, ha enterrado el talento, y se lo devuelve, sin haberlo hecho fructificar, lo cual provoca su enojo.
En esta parábola, cada elemento tiene un significado sobrenatural: el hombre que reparte los talentos y que va de viaje a otro país es Jesucristo que sube al cielo, desde donde volverá a juzgar a los vivos y a los muertos (1 Pe 4 5ss); los criados que reciben los talentos, somos los cristianos, que recibimos dones, tanto en el orden natural, como en el sobrenatural; los talentos o monedas de plata, son los dones con los que Dios nos dota como Padre y Creador, como Hijo y Redentor y como Espíritu Santo y Santificador[2], y que nos los da para que los utilicemos en la vida terrena para granjearnos la vida eterna, para salvar nuestras almas y las de nuestros hermanos.
El centro de la parábola está en los dones con los que Dios nos ha dotado a los cristianos, porque con ellos debemos salvarnos, tanto nosotros, como nuestros prójimos. Por lo tanto, debemos prestar atención a la calidad y cantidad de los talentos que el hombre de la parábola da a sus siervos, porque de esa manera nos daremos una idea de la cantidad y calidad de los dones que Dios nos ha concedido y nos sigue concediendo a cada momento.
Con respecto a los talentos que el hombre de la parábola da a los siervos, hay que considerar que son monedas de plata[3], y que por lo tanto, cada uno de los siervos de la parábola recibió muchísimo dinero. Si los trasladamos a dólares, el primero recibió 600.000 dólares, el segundo 240.000 dólares, y el tercero 120.000 dólares. Para entenderlo un poco más, tenemos que considerar que un denario equivalía a 4 gramos de plata, entonces un talento equivalía a 6.000 denarios. En tiempos de Jesús, un jornalero judío ganaba un denario en todo un día de trabajo (Mt 20, 2); si un jornalero quisiera ganar aunque sea un solo talento, tendría que trabajar 6.000 días, o mejor dicho, ¡casi 20 años!; esto quiere decir que el siervo que recibió cinco talentos en realidad recibió un sueldo de ¡100! años; el que recibió dos recibió el equivalente a un sueldo de ¡40! años y el que recibió uno solo recibió el sueldo de ¡20! años de trabajo. Es decir, lo que recibieron los siervos, era muchísimo dinero y representaba el dinero de mucho más que toda una vida de trabajo; en los talentos está representado, entonces, mucho más que toda la vida de una persona, con todos los dones de una persona.
Por lo tanto, los talentos dados a los siervos, representan los dones que Dios nos da a cada uno de nosotros, tanto de orden natural –el mismo acto de ser, la existencia, la inteligencia, la memoria, la voluntad, el cuerpo, etc.-, como los sobrenaturales –el bautismo, la comunión, la confirmación, etc.-, con los cuales, de modo específico, Él ha dotado a los cristianos en la Iglesia.
Estos dones han sido dados para que rindan fruto; es decir, deben ser puestos al servicio de la Iglesia y ese es el motivo por el cual nadie puede excusarse y decir: “Yo no tengo ningún don”. Nadie puede decir: “No tengo dones”; “No tengo talentos”. Nadie puede decir: “No sirvo para nada”, porque eso no es verdad, ni en el orden natural, ni en el orden sobrenatural. Todos, absolutamente todos, hemos recibido dones y talentos, unos más que otros, unos distintos a otros, pero todos hemos recibido dones y talentos, y todos deben ser puestos al servicio de la Iglesia, para la salvación de las almas.
Es verdad que unos tienen más talentos que otros, pero con respecto a eso, lo que hay que tener en cuenta es, por un lado, que en el pasaje evangélico, se dice que el dueño de los talentos da a cada uno “según su capacidad”, y esto quiere decir “según su capacidad receptiva”[4], según los dones que cada uno pueda y quiera recibir. En otras palabras, Dios da sus dones, de acuerdo al hambre de dones de Dios, si así se puede decir, que cada uno tenga.
Esto hay que interpretarlo, según las palabras de la Virgen, en el pasaje de Lucas 1, 53, en donde dice que “a los hambrientos los colmó de bienes”. En el Magnificat, la Virgen dice que Dios colma de sus bienes, de sus dones, a los hambrientos de sus dones, y el principal de los dones de Dios, es su Amor: entonces, Dios colma de su Amor al que más hambre tiene de su Amor: si alguien tiene más hambre del Amor de Dios, ese tal, recibirá más Amor de Dios, y eso es lo que sucede, por ejemplo, en la comunión eucarística: si alguien está hambriento del Pan Eucarístico, al momento de comulgar, como el Pan Eucarístico está saturado del Amor Divino, el que más hambre tenga del Amor de Dios, más va a recibir del Amor de Dios; en cambio, el que menos hambre tenga del Amor de Dios, porque está satisfecho con los amores del mundo –las diversiones, los entretenimientos, la televisión, los paseos, el fútbol, el cine, y todo lo que el mundo ofrece-, entonces ese tal, menos Amor va a recibir en la comunión eucarística.
Éste es el sentido de la expresión del Magníficat de la Virgen: “A los hambrientos los colmó de bienes”, que aplicado a los dones, quiere decir que, al que más “hambre” –por así decirlo- de dones divinos tenga, más va a recibir, de parte de Dios; quien menos “hambre” de esos dones divinos tenga, menos va a recibir.
Lo otro que hay que tener en cuenta con respecto a los dones es que lo que Dios exigirá, no es la cantidad de dones, sino la buena voluntad puesta para hacerlos rendir[5], es decir, la caridad o el amor sobrenatural que pusimos para que, por la fe, nuestros dones rindieran al máximo dentro de la Iglesia, al servicio de la Iglesia, que no es otra cosa que la salvación de las almas, porque lo que importa en la Iglesia, no son los libros de contabilidad, sino que las almas se salven, que eviten el infierno y que alcancen el cielo, que dejen de adorar al mundo y adoren al Cordero de Dios, Jesús Eucaristía.
Dicho en otras palabras: Dios no medirá nuestro coeficiente intelectual, sino que medirá con cuánto amor pusimos nuestra inteligencia –mucha, escasa, o nula-, al servicio de la Iglesia, para la salvación de las almas. Y como con la inteligencia, así hará Dios con cada uno de los dones que nos regaló. Dios no medirá la “cualidad”, de cada don; no medirá si mi voluntad era más perfecta que la de Juancito o la de Pepita; lo que medirá, será el amor con el que doné mi voluntad en la Iglesia, para que las almas se salvaran, y eso si es que doné mi voluntad y mi inteligencia. 
Porque puede ser que yo sea muy inteligente; puede ser que yo sea muy voluntarioso; puede que ser que yo sea muy astuto y muy pertinaz para los asuntos del mundo, pero si soy egoísta y no me interesan ni las almas ni mi propia alma, entonces actúo como el siervo "malo y perezoso" y entierro mis talentos y así no los utilizo en la Iglesia y no hago nada, ni por mi propia salvación, ni por la salvación de los demás. Entonces, soy incapaz de rezar, soy incapaz de hacer nada por los demás, y eso es enterrar los talentos, y así, aunque yo tenga un altísimo coeficiente intelectual, y aunque tenga una voluntad de acero, a los ojos de Dios, no sirven de nada, porque son talentos enterrados. A los ojos de Dios, solo sirven los talentos que son entregados por amor, para salvar almas.
Cada uno debe descubrir cuál -o cuáles- son los talentos recibidos de Dios, para ponerlos al servicio de la Iglesia, no para uso personal y egoísta, sino para el servicio de la Iglesia, no para ganar dinero, sino para salvar las almas, porque para eso han sido dados por Dios. Al final de nuestros días, en el Juicio Particular, Dios nos pedirá cuentas de estos talentos recibidos, y si hemos enterrado los talentos –eso significa el no haberse tomado el trabajo de ni siquiera haber descubierto cuáles son mis talentos y ni siquiera haberlos puesto al servicio de la Iglesia-, Dios nos los retirará y seremos excluidos del Reino de los cielos. Esto es lo que está graficado en el siervo “malo y perezoso”, que “tiene miedo” de su patrón y por eso “no hace fructificar” sus talentos y en vez de eso “los entierra”. Lo que hay que notar en el siervo que no hace fructificar los talentos es que su amo lo llama “siervo malo y perezoso”, es decir, hay dos notas negativas, la malicia y la pereza[6], las que lo conducen a no hacer rendir sus talentos, a pesar de que el siervo quiera, en un primer momento, echar la culpa a su amo[7]; lo otro que hay que notar, es la severidad del castigo final para quien no hace rendir los talentos recibidos, porque aquí Jesús está hablando claramente del Día del Juicio Final, porque dice que al siervo “malo y perezoso” lo “echen afuera”, a las “tinieblas”, en donde hay “llanto y rechinar de dientes”, una expresión típica de Nuestro Señor para referirse al Infierno. De esto se deduce la importancia de combatir con todas las fuerzas la pereza y de no dejar crecer la cizaña de la malicia.
“Un hombre llamó a sus servidores y les dio talentos (…) para que los hicieran fructificar…”. Que la Virgen nos conceda la gracia de que, a semejanza suya, que en el Magnificat cantó: “colmó de bienes a los hambrientos”, tengamos hambre de Dios, hambre del Pan Eucarístico, porque esa es la mejor hambre de todas las hambres, porque es hambre del Amor de Dios, y es el hambre que nos hará fructificar todos los talentos, pocos o muchos, que nos regaló Dios, porque el que tiene hambre del Amor de Dios se alimenta del Pan bajado del cielo y así saciado con este Pan, tiene fuerzas más que suficientes para obrar por el Reino; que la Virgen nos conceda tener hambre del Amor de Dios, hambre del Pan Eucarístico, porque es el hambre que nos abrirá las puertas del cielo, para nosotros, para nuestros seres queridos, y para una multitud de almas.



[1] El talento era una moneda de plata usada en tiempos de Jesús.
[2] Cfr. Mons. Dr. Juan Straubinger, La Santa Biblia, Universidad Católica de La Plata, La Plata 2007, 49, n. 14.
[4] Cfr. Straubinger, ibidem.
[5] Cfr. Straubinger, ibidem.
[6] Cfr. B. Orchard et al., Verbum Dei. Comentario a la Sagrada Escritura, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1957, 460.
[7] Cfr. ibidem.