martes, 28 de julio de 2015

“Explícanos la parábola de la cizaña en el campo”


El Demonio siembra la cizaña, el deseo del mal, en el mundo.

“Explícanos la parábola de la cizaña en el campo” (Mt 13, 36-43). Para interpretar a la parábola, no debemos recurrir a ningún autor humano: en la parábola de la cizaña, es el mismo Señor quien da la interpretación: el que siembra la cizaña, es el Demonio; la cizaña son los que pertenecen al Demonio; el campo es el mundo; el que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; los cosechadores son los ángeles; la separación entre buenos y malos, de forma definitiva, es el fin del mundo, cuando Él mismo, en persona, venga a juzgar a buenos y malos.
Una cosa nos queda bien clara en esta parábola, y es el hecho de que el Demonio, como bien lo explica Nuestro Señor, es una entidad maligna, personal, espiritual; es un ser que es persona, puesto que actúa con inteligencia y voluntad -y eso es lo que caracteriza a una persona, sea Divina, angélica o humana-, que actúa deliberadamente para destruir y arruinar -si le fuera posible, para siempre- la Obra de Dios, que es el hombre. Tal como Jesús lo desenmascara en la parábola, el Demonio actúa con inteligencia y voluntad, aunque con ambas potencias angélicas, dominadas y pervertidas por el mal, puesto que su accionar es perverso, desde el momento mismo en que persigue destruir la Obra de Dios en el mundo, sembrando el mal entre los hombres y haciendo lo opuesto a lo que hace Dios: mientras Dios siembra la “buena semilla”, que es su gracia santificante en las almas de los hombres, lo que da como fruto la santidad y el hombre santo, así el Diablo siembra en el corazón humano su semilla, la cizaña, el deseo del mal, lo que se traduce en obras malas, volviendo al hombre malo y convirtiéndolo en su obra, la cizaña.
La siembra de Dios en el alma, su gracia santificante, da como fruto la santidad del alma y es esto lo que sucede con los santos: los santos son santos porque han dejado germinar y fructificar la semilla de Dios, la gracia, por la cual el alma se vuelve santa al inhabitar en ella la Trinidad, y esta santidad se demuestra con las obras: “El hombre bueno –santo-, del buen tesoro de su corazón saca lo que es bueno” (Lc 6, 45ª). Las obras de los santos son buenas y santas porque en ellos inhabita el Hijo del Padre, siendo Él el que obra a través de su Espíritu las obras santas.
El demonio, llamado “la Mona de Dios” -puesto que en todo lo imita a Dios, pero lo hace todo mal- siembra también su “mala semilla” que es la cizaña, la apetencia y la atracción por el mal, y el fruto de esta mala semilla son las obras malas, el pecado, convirtiendo así al hombre en un pecador obstinado, empedernido: “El hombre malo –pecador-, del mal tesoro saca lo que es malo; porque de la abundancia del corazón habla su boca” (Lc 5, 45b). Con el deseo del mal sembrado en el corazón, el Demonio potencia y fija en el mal todo lo malo que “brota del corazón del hombre”[1], haciéndolo partícipe de su rebelión y maldad demoníacas.
Esto nos hace ver, por lo tanto, que erran por completo los teólogos que quieren ver en el Demonio sólo “un mal difuso”, puesto que el Demonio es un ser personal, un ángel caído, que posee su naturaleza angélica, pero que ha perdido la gracia santificante con la que fue creado, por libre determinación y así se ha convertido voluntariamente en un ser espiritual maligno, “pervertido y pervertidor”[2]. Erran también por completo quienes atribuyen a Dios Trino la causa de sus males: Dios, como enseña Santo Tomás, sólo “permite el mal” y nunca lo causa, y si lo permite, es porque con su omnipotencia y sabiduría infinitas, sacará un bien infinito, de ese mal permitido.
Ahora bien, como lo explica Nuestro Señor, esta acción del Demonio, de “sembrar cizaña”, es debido a la permisión divina y la misma durará sólo hasta que el mismo Jesús, en unión con el Padre y el Espíritu, diga: “El tiempo se terminó” y dé inicio al Juicio Final.
Por el momento, es el Demonio quien siembra la cizaña, mientras “los cosechadores duermen”: se refiere al tiempo actual, en el que la actividad del Demonio y sus ángeles caídos es intensa, mientras que los ángeles buenos “duermen”, en el sentido de que no actúan porque todavía no llegó el tiempo. Solo al fin del mundo, cuando el Dueño del campo llegue –Él mismo, el Hombre-Dios, quien llegará como Justo Juez-, “despertará a los cosechadores” –es decir, permitirá que los ángeles buenos detengan el obrar de los ángeles malos- y estos, separando a la cizaña del trigo, quemarán la cizaña y separarán la buena semilla, para conducirla al Reino de los cielos: en el Día del Juicio Final, los ángeles buenos separarán a los hombres malos de los buenos, para que cada uno reciba lo que mereció con sus obras: a los buenos, les dará el cielo, mientras que a los malos, la “eterna condenación”[3], la que buscaron y merecieron con sus obras malas, despreciando y rechazando la salvación, la única salvación, dada “en el Nombre de Jesús” (Hch 4, 12).




[1] Cfr. Mc 7, 1-8. 14-15. 21-23: “Es del corazón del hombre de donde salen toda clase de males: las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino”.
[2] Tal como lo han enseñado los Papas en su magisterio, incluido el actual Papa Francisco.
[3] Cfr. Misal Romano, Plegaria Eucarística I, en donde la Iglesia pide a Nuestro Señor, que está por consumar su sacrificio en la cruz, que por el mismo, renovado de modo incruento en el altar eucarístico, nos libre de la “eterna condenación”.

“El Reino es como un grano de mostaza”


En el icono se ilustra la parábola del grano de mostaza, la parábola en la que se preanuncia la gracia santificante, propia del Reino de los cielos: la gracia, como el Reino, al inicio es pequeña, pero cuando crece, es un arbusto tan grande, que “los pájaros del cielo van  a hacer nido en sus ramas”. A la derecha del icono vemos retratado a Jesús, Dador de la gracia y la Gracia Increada en sí misma; en su mano izquierda, lleva la Nueva Alianza, sellada con su Sangre; la aureola es el signo de su divinidad, por cuanto es Dios Hijo encarnado; su mano derecha está alzada en señal de bendición y los dedos están dispuestos de manera que indican la Encarnación (el pulgar unido al anular); en el otro extremo, se encuentran Pedro, Santiago y Juan, testigos de la Transfiguración en el Monte Tabor –la gracia convertida en gloria-; el árbol o arbusto –la semilla de mostaza pequeña al inicio que creció hasta transformarse en árbol-, significa el alma que recibió la gracia: al inicio, era pequeña e insignificante; cuando recibe la gracia, se transforma en un gran árbol o arbusto, en el que “van a hacer su nido los pájaros”. ¿Y qué representan las tres aves que hacen nido en el árbol, es decir, el alma en gracia? Representan a las Tres Divinas Personas, que inhabitan en el alma en gracia, y que por lo mismo, vive ya, en anticipo, en la tierra, el Reino de los cielos.

“El Reino es como un grano de mostaza” (Mt 13, 31-35). En la parábola del grano de mostaza se preanuncia la gracia santificante, propia del Reino de los cielos y que contra-distingue al Reino de los cielos de todo reino terrenal y temporal.
En esta parábola, cada elemento terrenal y creatural –el grano de mostaza, el arbusto grande, las aves del cielo- hacen referencia a un elemento sobrenatural: en el grano de mostaza, pequeño al inicio pero grande después, están prefiguradas tanto la gracia como el alma humana. En el grano de mostaza está prefigurada la gracia, puesto que, como el Reino, al inicio es pequeña, pero cuando crece, es un arbusto tan grande, que “los pájaros del cielo van  a hacer nido en sus ramas”.
El grano de mostaza que deviene en árbol o arbusto –la semilla de mostaza pequeña al inicio que creció hasta transformarse en árbol-, prefigura y significa, además del Reino, al alma humana que recibió la gracia: al inicio, era pequeña e insignificante; cuando recibe la gracia, se transforma en un gran árbol o arbusto, en el que “van a hacer su nido los pájaros”.
Aunque no aparece en la parábola, podemos agregar la figura del jardinero, que es quien planta la semilla de mostaza –para que crezca y se convierta en un gran arbusto, debe ser plantada, y para eso se necesita Alguien que haga ese trabajo-, y ese celestial Jardinero no es otro que Jesús, por cuanto es Dios Hijo encarnado; Él, con su Encarnación, es el Dador de la gracia y la Gracia Increada en sí misma y ha sellado con su Sangre la Nueva Alianza, por medio de la cual recibimos la gracia santificante.

Por último, ¿qué representan las tres aves que hacen nido en el árbol, es decir, el alma en gracia? Representan a las Tres Divinas Personas, que inhabitan en el alma en gracia, y que por lo mismo, vive ya, en anticipo, en la tierra, el Reino de los cielos.

sábado, 25 de julio de 2015

“Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó (…) Lo mismo hizo con los pescados (…) llenaron cinco canastas con los panes que sobraron”


El ícono representa la multiplicación milagrosa de panes y pescados realizada por Jesús. En el extremo izquierdo se encuentra Jesús, el Hombre-Dios, quien sostiene en sus manos los cinco panes y dos pescados, proporcionados por el niño relatado por el Evangelio, retratado en el ícono, en la figura pequeña. La aureola dorada de Jesús, propia de los íconos orientales, indica la divinidad de Jesucristo, puesto que Él es el Hijo de Dios encarnado. Jesús acaba de pronunciar la bendición sobre los panes y pescados y acaba de producir el milagro, y todavía se encuentra en oración, cuando sus discípulos se acercan ya a pedir las raciones para servir a la multitud. Los discípulos, a su vez, aparecen en actitud de servicio, con los panes y pescados ya multiplicados, repartiéndolos a la multitud, la cual aparece ordenadamente sentada de a grupos, tal como lo ha ordenado Jesús, esperando su ración. La sobre-abundancia del alimento –el Evangelio señala que “todos comieron hasta saciarse y con las sobras llenaron doce canastos”- se representa con cestos repletos de panes.  El milagro, prodigioso en sí mismo, no representa sin embargo nada para la omnipotencia del Hombre-Dios; en realidad, es un anticipo de un milagro infinitamente más asombroso y maravilloso: la multiplicación, no de pan y de pescado, sino del Pan de Vida Eterna y de la Carne del Cordero, en la Santa Misa.

(Domingo XVII - TO - Ciclo B – 2015)

         “Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó (…) Lo mismo hizo con los pescados (…) llenaron cinco canastas con los panes que sobraron” (Jn 6, 1-15)”. Jesús multiplica los panes y pescados de modo prodigioso, milagroso, para dar de comer a más de cinco mil personas. No es extraño que Jesús obre un milagro de este tipo, ya que Él puede hacerlo, porque es Dios omnipotente, todopoderoso: el que creó el universo visible e invisible, el que creó al mundo de la nada, el que creó a los ángeles de la nada, no tiene ninguna dificultad en crear los átomos y las moléculas materiales del pan y de los pescados, para alimentar los cuerpos y saciar el hambre de la multitud que ha venido a escuchar su Palabra. Y si bien el Evangelio dice que eran unos “cinco mil hombres”, se supone que, contando con los niños y las mujeres, la cifra se elevaría a unos diez mil, con lo que el milagro se acrecienta, puesto que el relato evangélico dice que “llenaron cinco canastas con los panes que sobraron”, es decir, Jesús multiplicó milagrosamente los panes y los pescados, de forma sobre-abundante.
         Con todo, es sólo un milagro insignificante, comparado con el Milagro de los milagros, que Él mismo obrará, más adelante: la Transubstanciación, por el cual no multiplica la materia inerte de panes y pescados, sino su Presencia sacramental en los altares eucarísticos, por medio de la Santa Misa. Por el milagro de la Transubstanciación, producido en el momento en el que el sacerdote ministerial pronuncia las palabras de la consagración, Jesús multiplica no la materia sin vida de panes, sino la Presencia de su Cuerpo glorificado, la Eucaristía, que es Pan de Vida eterna, que alimenta al alma con la vida misma de Dios Uno y Trino; por el milagro de la Transubstanciación, Jesús multiplica no la carne sin vida de pescados, sino la Presencia de su Carne resucitada y llena de la gloria y de la vida de Dios, el Santo Sacramento del altar, la Eucaristía. En otras palabras, el milagro de la multiplicación de panes y pescados, es nada en comparación con el milagro obrado en la Santa Misa, por el cual Jesús multiplica la Presencia del Pan Vivo bajado del cielo y la Carne del Cordero.
         Ahora bien, Jesús hace este milagro de multiplicar panes y pescados y con él satisface el hambre corporal de la multitud; sin embargo, no es éste el objetivo último de Jesús, de su Encarnación, de su misterio pascual. El milagro es sólo prefiguración del Milagro de los milagros, la Eucaristía. Jesús no ha venido a satisfacer nuestra hambre corporal, no ha venido para saciar el hambre y la sed corporales del hombre: Él ha venido para saciar un hambre y una sed mucho más profundas, y es el hambre y la sed que de Dios tiene toda alma humana y esta hambre y esta sed de Dios que tiene toda alma humana, sólo se satisfacen con el mismo Dios, y ése es el motivo por el cual la Iglesia, continuando la obra de Jesús, no multiplica panes y pescados, para satisfacer el hambre del cuerpo de la humanidad, sino que la misión principal de la Iglesia es multiplicar la Presencia sacramental de Jesucristo, la Eucaristía. Así, la Iglesia obra, por medio del sacerdote ministerial, un milagro infinitamente más grande que el obrado por el mismo Jesús en el Evangelio, la Eucaristía, para satisfacer el hambre y la sed que de Dios tiene toda alma humana.
“Quisieron hacerlo rey, pero Jesús se escondió de ellos”. La multitud se da cuenta del milagro producido por Jesús; tratándose de un prodigio tan grande, el milagro no pasa desapercibido por la gente, quien se da cuenta de que Jesús es quien ha obrado la multiplicación prodigiosa de panes y pescados, permitiéndole así satisfacer el hambre del cuerpo, y por eso es que exclaman: “Éste es el profeta que había de venir, hagámoslo rey”. 
Ahora bien, también nosotros, los cristianos, queremos hacerlo rey, pero no queremos hacerlo rey temporal porque multiplicó panes y pescados para dar de comer y satisfacer el hambre corporal de una multitud, sino porque Jesús obra para nosotros un milagro infinitamente más grande, que es la Eucaristía; nosotros queremos que Él reine en nuestros corazones, porque Él es nuestro Rey, por naturaleza y por conquista, por derecho propio, y porque más que multiplicar panes y pescados, convierte la materia inerte del pan y del vino en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, por el milagro de la Transubstanciación, en la Santa Misa.
“Quisieron hacerlo rey, pero Jesús se retiró a la montaña”. Cuando pretenden coronarlo como rey, por haber satisfecho el hambre corporal, Jesús “se retira a la montaña”, es decir, escapa de la vista de la multitud, porque Él no es rey terreno, ni ha venido para satisfacer el hambre del mundo. Jesús no desea los tronos del mundo, porque Él es Dios y ser rey del mundo es contrario a su santidad y a su misión. Por el contrario, para quien desee entronizarlo en su corazón y lo busque, Jesús no se esconde, sino que se da a conocer, y se manifiesta y se le aparece, oculto en la apariencia de pan, el Santo Sacramento del altar. Para quien desee hacer de su cuerpo un “templo del Espíritu” (cfr. 1 Cor 6, 19) y de su corazón un altar en donde sea entronizado el Sagrado Corazón Eucarístico, para ese tal, Jesús no solo no se esconde, sino que se hace el encontradizo, va al encuentro de quien lo busca, baja del cielo al altar eucarístico, para darse a sí mismo en la Eucaristía.

“Quisieron hacerlo rey, pero Jesús se retiró a la montaña”. La multitud quiso hacer rey a Jesús, sólo por el hecho de que Jesús multiplicó para ellos la materia sin vida del pan terreno y el cuerpo sin vida de los pescados. Para con nosotros, Jesús obra un milagro que supera infinitamente el milagro obrado en el Evangelio, puesto que multiplica su Presencia sacramental, para alimentarnos con el Pan de Vida eterna y con la Carne del Cordero, y no se esconde de nosotros, como lo hizo con la multitud del Evangelio, sino que se nos manifiesta en Persona, oculto en la apariencia de pan, en la Eucaristía, para que todo el que esté en gracia y comulgue, lo entronice en su corazón. ¿Qué esperamos para hacerlo Rey de nuestros corazones, a Jesús Eucaristía?

martes, 21 de julio de 2015

“Éstos son mi madre y mis hermanos (…) los que hacen la voluntad del Padre”


“Éstos son mi madre y mis hermanos” (Mt 13, 46-50). Jesús está predicando, rodeado de una multitud. Llegan unos discípulos y le avisan a Jesús que “su madre y sus hermanos están afuera y quieren hablarle”. Jesús, en vez de pedir que hagan lugar para que la Virgen y sus primos puedan llegar hasta Él, o en vez de ir Él hacia ellos, como haría cualquier persona, no solo se queda en el lugar, sin llamar a su Madre y a sus primos, sino que dice algo que pudiera parecer, de buenas a primera, como un desconocimiento de la Virgen como Madre y como un desconocimiento también de su familia biológica: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?”, dice Jesús, y luego, “señalando con el dedo a sus discípulos”, continúa: “Éstos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”. Es decir, con su actitud de permanecer en el lugar y con sus palabras, Jesús parecería estar desconociendo a su familia biológica, en detrimento de sus discípulos. Sin embargo, contrariamente a lo que podría parecer, Jesús no desestima a su Madre, la Virgen y a sus primos (llamados “hermanos” en el Evangelio), al decir que sus discípulos, que son quienes lo escuchan, son “su madre y sus hermanos”. Lo que hace Jesús es señalar el nacimiento y la existencia, a partir de Él, de una nueva familia, que trasciende los límites de la familia biológica y es la familia de los hijos de Dios, de aquellos que, unidos por la gracia santificante y el Amor al Padre, oyen sus palabras y “hacen su voluntad”. Es decir, Jesús señala el nacimiento de la Familia de los hijos de Dios, la familia de los que, naciendo al pie de la cruz, son adoptados por María Virgen como Madre adoptiva y son engendrados a la vida de la gracia, al recibir la Sangre y el Agua que brotaron del Corazón traspasado de Jesús, por medio del bautismo sacramental y luego, guiados por el Espíritu Santo, “hacen la voluntad del Padre”, porque lo aman en Cristo y por Cristo, con su Amor.

“Éstos son mi madre y mis hermanos (…) los que hacen la voluntad del Padre”. Por el bautismo, somos hijos en el Hijo; tenemos a Dios por Padre, a la Virgen por Madre y a Jesús por Hermano; por lo tanto, debemos “hacer la voluntad del Padre”. ¿Y cuál es esa voluntad? Que salvemos nuestras almas (cfr. 1 Tim 2, 1-8), por el cumplimiento del Primer Mandamiento –“Amarás a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”- y obrando la misericordia con los más necesitados.

sábado, 18 de julio de 2015

“Jesús se compadeció de ellos, porque estaban como ovejas sin pastor. Y comenzó a enseñarles”


(Domingo XVI - TO - Ciclo B – 2015)

         “Jesús se compadeció de ellos, porque estaban como ovejas sin pastor. Y comenzó a enseñarles” (Mc 6, 30-34). Jesús ve a la multitud que lo ha seguido, y que está “como ovejas sin pastor”, y esto a pesar de que tienen pastores, los fariseos y los doctores de la ley. Sin embargo, estos son a quienes Jesús califica como “malos pastores”, puesto que dan muerte a las ovejas del rebaño, tanto a las débiles como a las más gordas, desde el momento que se preocupan de aprovecharse de su lana, de su carne y de su leche, sin importarles ninguna otra cosa. Es decir, son pastores que se pastorean a sí mismos y que inventan "doctrinas humanas" al puesto de las divinas, alejando a las almas del Dios Verdadero, tal como se los reprocha Jesús (cfr. Mt 7, 7; Mt 15, 9). En la práctica, tener malos pastores, para el rebaño, es el equivalente a no tener ninguno. Es interesante detenernos un momento en la consideración de la frase: “Estaban como ovejas sin pastor”, para darnos una idea de qué es lo que les sucede a las ovejas, que es lo que despierta, al mismo tiempo, la compasión de Jesús, que por este motivo asume, sin decirlo el Evangelio, el rol de Buen Pastor, de Sumo y Eterno Pastor, porque “comienza a enseñarles”.
¿Qué le sucede a una oveja, o más bien, a todo un redil, cuando no tiene pastor, o cuando tiene un pastor malo, como el caracterizado por Jesús, que en la práctica equivale a no tener pastor? Lo que le sucede a estas ovejas es que se encuentran desorientadas, sin rumbo fijo, sin saber adónde ir; no saben dónde se encuentran los pastos verdes y el agua fresca; no tienen reparo del calor ardiente, cuando el solo está en lo más alto del cielo, ni tienen reparo cuando se desata la tormenta, con vientos huracanados y lluvias torrenciales. Las ovejas sin pastor, por lo tanto, se debilitan, y las que ya son débiles, se debilitan tanto, que terminan por morir; las más fuertes, también se debilitan y, si la situación se prolonga, también terminan por morir. Pero además, las ovejas sin pastor están acechadas por otros peligros: por los asaltantes del camino, los ladrones de ovejas, que al verlas desorientadas y débiles, aprovechan para llevárselas y para dar mal fin con ellas; se encuentran acechadas también por el lobo, que al percatarse de la situación, de que las ovejas están solas, sin pastor, o con un pastor cobarde que no le hará frente, da fácil cuenta de las ovejas, destrozando su tierna carne con sus colmillos largos y afilados. Por último, las ovejas sin pastor enfrentan otro peligro, y es el de desbarrancarse y finalizar en el fondo del barranco, puesto que sin la guía segura de un pastor, terminan internándose en peligrosos desfiladeros que constituyen, para las ovejas, una trampa mortal, desde el momento en que no están capacitadas para transitar por estos lugares peligrosos, y así la oveja, internándose temerariamente en el barranco, termina por resbalar y rodar hasta el fondo del barranco, quedando malherida, con sus huesos fracturados, sangrando, y destinada a una segura muerte, de no mediar la ayuda del buen pastor que acuda a socorrerla.
Esta figura de la oveja o del redil sin pastor, se aplica a las realidades sobrenaturales: las ovejas o el redil, son los bautizados en la Iglesia Católica; la ausencia de pastor, o el hecho de que el pastor sea malo, representa al pastor a quien no le interesa la salvación eterna de las almas, porque él mismo vive una vida mundana, sin preocuparse por el más allá; que las ovejas no encuentren pastos verdes y agua fresca, significa a los bautizados que no se alimentan con la doctrina verdadera de la Iglesia, contenida en el Magisterio, en el Catecismo, en las Escrituras y en la Tradición, para ir a contaminar la pureza de la fe con los pastos secos y el agua turbia de las doctrinas gnósticas, heterodoxas y heréticas de la Nueva Era y de todo viento de novedad que pueda surgir; el hecho de que no encuentren refugio frente a los peligros, las tormentas y el viento, significa que los cristianos, sin la Palabra y la gracia que vienen de Jesús, no pueden hacer frente ni a las tentaciones, ni a las tribulaciones, con lo que sucumben rápidamente, cayendo no solo en el pecado, sino también en la tristeza, en la desesperación y angustia; por último, el lobo que las acecha, no es el lobo animal, sino el Lobo infernal, el demonio, que al ver que las ovejas no están alimentadas con la Verdad ni fortalecidas con la gracia santificante, da fácil cuenta de ellas, arrastrándolas consigo por los malos caminos que conducen a la perdición. La oveja desbarrancada, que queda malherida y destinada a una segura muerte, porque está fracturada y sangrando, incapaz de moverse, representa a las almas que, sin la guía segura de Jesucristo, Buen Pastor, y de sus pastores, los sacerdotes ministeriales fieles a Jesucristo, cae en pecado mortal y, de no mediar un pronto socorro, morirá en ese estado, poniendo en peligro de eterna condenación a su alma.
“Jesús se compadeció de ellos, porque estaban como ovejas sin pastor”. Las ovejas están “como sin pastor”, porque quienes debían pastorearlas, los fariseos y los doctores de la ley, les presentan una versión adulterada, humanizada, horizontalizada, de la religión: ya no consistirá en el conocimiento y la adoración –acto connatural del hombre hacia Dios por ser su Creador- del Dios Único y Verdadero, ni en el auxilio y socorro del prójimo más necesitado –la ayuda a los padres enfermos se excusa, según los fariseos, si se presenta la ofrenda al altar-: ahora, con los fariseos, la religión consiste en la mera práctica externa de normas y preceptos humanos –como la ablución de las manos y el lavado de los utensillos- que reemplazan la norma de Dios y los mandatos de Dios, que es en donde se encuentra la esencia de la religión, el amor sobrenatural a Dios, demostrado en la piedad y el amor sobrenatural al prójimo, demostrado en el auxilio sobre todo y principalmente a quien más sufre.
“Eran como ovejas sin pastor (…) estuvo enseñándoles un largo rato. Y comenzó a enseñarles”. A diferencia de los fariseos y de los doctores de la ley, Jesús cautiva a sus oyentes, porque “habla como quien tiene autoridad”, porque Él es la “Sabiduría de Dios Encarnada” y sus palabras son “palabras de Vida eterna” (cfr, Jn 6, 68), porque Él viene del cielo, del seno del eterno Padre, y “ve y conoce” todo lo del Padre y nos lo enseña, y en esto radica la autoridad de su enseñanza y la novedad sobrenatural de su sabiduría divina. Sólo Jesús tiene “palabras de vida eterna” y es la razón por la cual, quienes lo escuchan, quedan profundamente conmovidos, porque la Palabra de Dios llega a lo más profundo del ser del hombre: Él su Creador, y por lo tanto, sus palabras tienen un alcance profundo, que llega hasta la raíz metafísica del acto de ser del hombre, conmoviendo todo el ser del hombre: cuando habla Jesús, es Dios Creador, Redentor y Santificador quien habla, y por eso el alma que presta oídos a su Palabra, queda conmocionada, al escuchar la voz de su Dios, que es voz que comunica la vida divina a quien lo escucha. Ésa es la razón por la que Jesús dice: “Yo conozco a mis ovejas y ellas me conocen a Mí”. Al verlos desorientados y “como sin pastor”, Jesús comienza a enseñarles las verdades de la vida eterna, vida a la que todos están llamados a participar, si cargan su cruz de todos los días y van en pos de Él, porque Él es el Camino que conduce al Padre, la Verdad divina revelada acerca de la salvación, y la Vida eterna que recibirá el alma que crea en Él. Cuando Jesús enseña, como Sumo y Eterno Pastor, todos están atentos a sus enseñanzas; hacen silencio y se acercan para escuchar la Voz del Verbo que habla con labios humanos; pero no solo los hombres quieren escuchar al Verbo de Dios Encarnado: también los ángeles de Dios, que bajan del cielo, que se acercan sigilosamente para escuchar las enseñanzas de Jesús, esas enseñanzas que nos dicen que esta vida terrena se termina pronto y que luego comienza la eterna; esa enseñanza que nos dice que Él es Dios y que se ha encarnado para morir en cruz y resucitar, y que por el sacrificio en cruz del Calvario, en donde entregó su Cuerpo y derramó su Sangre, nos perdona los pecados, nos concede la filiación divina y nos abre las puertas del cielo, que son su Corazón traspasado, para que, entrando por esa Puerta abierta que es su Sagrado Corazón perforado por la lanza, seamos llevados, por el Espíritu Santo, al seno de Dios Padre, para gozar de su Presencia por la eternidad.

Jesús es el Buen Pastor que tiene “palabras de vida eterna” y esas palabras las pronuncia, a través del sacerdote ministerial, en cada Santa Misa, en la consagración del pan y del vino, para obrar el milagro de la Transubstanciación, que convierte el pan y el vino en su Presencia glorificada en las apariencias de pan. Jesús es el Buen Pastor que se compadece de nosotros, y nos alimenta con un manjar substancia, su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad en la Eucaristía, en nuestro peregrinar en la tierra, para que al fin de nuestros días, ingresemos en las praderas en donde abundan los pastos verdes y el agua fresca de la gloria de Dios, el Reino de los cielos.

viernes, 17 de julio de 2015

“El Hijo del hombre es dueño del sábado”



“El Hijo del hombre es dueño del sábado” (cfr. Mt 12, 1-8). Jesús y sus discípulos dan un paseo sabático, y cometen dos acciones prohibidas según las leyes farisaicas: arrancar espigas y trillar, considerado esto como el frotarlas entre las manos.
Jesús zanja la cuestión haciéndoles ver que la necesidad excusa de la ley positiva, citando el ejemplo de David, a quien el sacerdote le permitió comer de los doce panes de la Proposición, cuando la ley decía que sólo podían ser comidos los panes por los sacerdotes, por ser sagrados, pero la necesidad de David prevaleció sobre la ley positiva, y la ley fue sancionada por el sumo sacerdote. Jesús les hace ver que una y otra norma pertenecen a los preceptos humanos y, puesto que se trata de leyes humanas, pueden ser quebrantadas, y para ejemplificar cómo una ley humana puede no observarse en caso de necesidad, da el ejemplo de David, que comió los panes de la Proposición en el templo. Además de hacerlos quedar en evidencia en su falta justamente a ellos, que acusaban a sus discípulos falsamente, les revela que hay algo “más grande” que el templo, que es Él en Persona, y por eso dice que Él es dueño del sábado, porque siendo Dios, es creador del sábado, y por eso puede dispensar de las leyes. Se presenta a sí mismo como santuario, en una sustitución ya anticipada en las profecías mesiánicas, mientras que la expresión “Señor del sábado”, no puede explicarse de manera adecuada si no es por la divinidad de Cristo.

Jesús, como Hombre-Dios, es el Nuevo Santuario en donde habita la plenitud de la divinidad; es la Persona del Hijo, encarnada en una naturaleza humana, y como tal, es el Señor de la historia, no sólo dueño del sábado, sino dueño del tiempo y  de la eternidad. Y como Dueño del tiempo y de la eternidad, y como Vida eterna en sí misma, muere el Viernes Santo y resucita el Domingo de Resurrección, para que nos alimentemos con el Nuevo Pan de la proposición, el Pan Vivo bajado del cielo, Él mismo, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, esto es, la Eucaristía, que nos dona la Vida eterna.

martes, 14 de julio de 2015

“¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si los milagros realizados entre ustedes se hubieran hecho en Tiro y en Sidón, hace rato se habrían convertido”


“¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si los milagros realizados entre ustedes se hubieran hecho en Tiro y en Sidón, hace rato se habrían convertido” (Mt 11, 20-24). Jesús se lamenta de las ciudades de Corozaín y Betsaida, y también de Cafarnaúm y el motivo del lamento es la ausencia de conversión, a pesar de que en estas ciudades -como el mismo Jesús lo dice-, se han hecho milagros. Cuando el Hombre-Dios hace milagros –resucitar muertos, curar enfermos, multiplicar panes y peces, etc.-, lo hace con un fin específico, y es el de confirmar, con sus obras, la veracidad de sus palabras: Él afirma ser Dios Hijo en Persona, hace milagros que sólo Dios puede hacer, por lo tanto, Jesús es quien dice ser: Dios encarnado. Y a su vez, la auto-revelación de Dios en Jesús de Nazareth, confirmada por medio de los milagros, tiene un único objetivo: derramar sobre las almas, por medio de la Sangre del Corazón de Jesús, la Misericordia y el Amor divinos, sin límites y sin medidas. Esta es la razón por la cual, el hecho de no solo rechazar un milagro, sino de persistir en la dureza de corazón –que es en lo que consiste la no-conversión, la contracara de la conversión-, significa en el fondo el rechazo del Amor de Dios, que no se manifiesta de otra manera que no sea en Cristo Jesús. En otras palabras, quien rechaza los milagros, rechaza el Amor de Dios, que obra los milagros por Amor a su creatura, el hombre, y no por ningún otro motivo, y quien rechaza el Amor de Dios, tiene la condena asegurada, porque “no hay otro nombre en el que se encuentre la salvación de los hombres” (cfr. Hch 4, 12).

“¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si los milagros realizados entre ustedes se hubieran hecho en Tiro y en Sidón, hace rato se habrían convertido”. Las palabras dichas por Jesús contra estas ciudades, que han endurecido sus corazones, serán repetidas en el Día del Juicio Final, a todos aquellos cristianos que, habiendo tenido la posibilidad de asistir al Milagro de los milagros, la Transubstanciación, la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, en el altar eucarístico, hayan preferido sus asuntos mundanos, despreciando así al Amor de Dios que se les donaba, gratuitamente, como Pan Vivo bajado del cielo, como Maná único y verdadero, que les concedía la vida eterna, ya en anticipo, en esta tierra y en esta vida temporal. No seamos de esos cristianos; que Jesús no tenga que reprocharnos la dureza de nuestros corazones, y no perdamos oportunidad de asistir a la Santa Misa, el Milagro del Divino Amor, milagro por el cual todo un Dios se nos entrega en la apariencia de pan y vino.