sábado, 4 de julio de 2015

“No pudo hacer allí ningún milagro (…) se asombraba de su falta de fe”


(Domingo XIV - TO - Ciclo B – 2015)

         “No pudo hacer allí ningún milagro (…) se asombraba de su falta de fe” (Mc 6, 1-6). Jesús es el Hombre-Dios; en cuanto tal, es poseedor de la omnipotencia divina, que le permite obrar milagros, es decir, hechos que superan las leyes de la naturaleza y que solo pueden ser obrados por la divinidad, como por ejemplo, la curación instantánea de una enfermedad, la resurrección de un muerto, la multiplicación de panes y peces. Sin embargo, el Evangelio relata un episodio paradójico: Jesús no puede hacer milagros en su propio pueblo, puesto que no creen en Él. Por este motivo, el Evangelio de este Domingo plantea a la incredulidad como fenómeno de la razón que se opone a la verdad de fe revelada y al hecho prodigioso que confirma esa verdad de fe. Jesús hace milagros –curación, multiplicación prodigiosa de panes y peces, resucitar muertos, etc.-, para confirmar la Verdad de sus palabras: Él afirma de sí mismo el ser Dios; por lo tanto, sus obras, que sólo pueden ser hechas por Dios, confirman que lo que dice es verdad, que Él es Dios. Sólo quien es Dios, puede obrar las obras de Dios. Jesús dice de sí mismo que es Dios Hijo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad; para confirmar esta Verdad absoluta divinamente revelada, realiza una obra –el milagro- que confirma, con el hecho prodigioso, la veracidad de lo que se dice. Por el contrario, si alguien dice de sí mismo: “Yo soy Dios”, pero se muestra incapaz de hacer obras propias de Dios –obras hechas con Omnipotencia, Sabiduría y Amor-, ese tal demuestra que no es Dios y que sus pretensiones de ser Dios son falsas y que es sólo un impostor. No es, obviamente, el caso de Jesús, porque Jesús sí realiza milagros, de manera tal que quien no cree en Él, tiene en sus milagros una prueba definitiva de su poder divino.
         Así nos lo enseña la Iglesia, en las Sagradas Escrituras, en sus Doctores y en su Magisterio: los milagros de Cristo confirman la Verdad por Él revelada y prueban su divinidad.
En las Sagradas Escrituras, es el mismo Jesús quien considera sus milagros como prueba de su divinidad: “Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido llevar a cabo, esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado. Y el Padre que me envió, él mismo ha dado testimonio de mí” (Jn 5, 36-37)
“Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre” (Jn 10, 37-38).
La fama de Jesús entre sus contemporáneos se hizo por los milagros, prodigios y signos: “Israelitas, escuchad estas palabras: a Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros mismos sabéis, a este, entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos” (Hch 2, 22-23).
Santo Tomás de Aquino, Doctor de la Iglesia, afirma que Cristo hizo milagros para confirmar su doctrina y manifestar su divinidad[1].
En el Catecismo de la Iglesia Católica se afirma que los milagros visibles de Jesús conducen a creer en el misterio invisible de la Redención[2].
Finalmente, el Magisterio de los Papas y los Concilios, también sostiene que los milagros de Jesús confirma la Verdad revelada de que Él es Dios. Para el Papa León XIII, los milagros comprueban que Jesús es Dios y por eso mueven la razón a creer en sus palabras[3].
El Concilio Vaticano I sostiene que los milagros son auxilios externos de la fe[4].
Juan Pablo II afirma que la primera certeza transmitida por los Evangelios es que toda la Iglesia primitiva veía en los milagros el supremo poder de Cristo sobre la naturaleza y sus leyes[5].
Los milagros de Cristo son hechos sobrenaturales, que sobrepasan las fuerzas de la naturaleza, ocurridos en realidad –es decir, no son producto de la fantasía o de la imaginación- y confirmados incluso por sus adversarios[6].
Dice Juan Pablo II: “En el Evangelio de Juan encontramos la descripción detallada de siete acontecimientos que el Evangelista llama “señales” (y no milagros). Con esa expresión él quiere indicar lo que es más esencial en esos hechos: la demostración de la acción de Dios en persona, presente en Cristo, mientras la palabra “milagro” indica más bien el aspecto “extraordinario” que tienen esos acontecimientos a los ojos de quienes los han visto u oyen hablar de ellos. Sin embargo, también Juan, antes de concluir su Evangelio, nos dice que “muchas otras señales hizo Jesús en presencia de los discípulos que no están escritas en este libro” (Jn 20, 30). Y da la razón de la elección que ha hecho: “Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Jn 20, 31). A esto se dirigen tanto los Sinópticos como el cuarto Evangelio: mostrar a través de los milagros la verdad del Hijo de Dios y llevar a la fe que es principio de salvación”[7].
         Todo esto nos lleva a considerar que quien cree al milagro realizado por Jesucristo –o por sus santos-, cree que Jesús es quien dice ser, el Hijo de Dios Encarnado, y realiza el acto meritorio de fe, por el cual se acrecienta su unión en el Amor con Dios Trino, quien se revela y manifiesta en Cristo, precisamente, para ser conocido, amado y adorado.
         Por el contrario, quien no quiere creer en los milagros, como sucede en el caso de los habitantes del pueblo de Jesús -relatado en el episodio del Evangelio de hoy-, no cree que Jesucristo sea Dios y comete el pecado de incredulidad, por el cual se enfría su amor hacia Dios y se deteriora su relación de amistad y filiación, en mayor grado, cuanto mayor sea la incredulidad. Es lo que sucede en el Evangelio: Jesús realiza milagros, pero no creen, porque pecan de incredulidad: a pesar de estar viendo con sus propios ojos el milagro, no creen, o mejor dicho, no quieren creer, lo cual hace más grave su pecado de incredulidad, porque se hace voluntario. Pero al no creer en los milagros de Jesús, impiden la acción de la gracia y la manifestación del mismo Hombre-Dios en sus vidas: “No pudo hacer allí ningún milagro (…) se asombraba de su falta de fe”.
         “No pudo hacer allí ningún milagro (…) se asombraba de su falta de fe”. Al igual que sucede con los contemporáneos de Jesús, que voluntariamente se veían privados de los milagros de Jesús por no querer creer en sus palabras y en sus obras, así sucede hoy con muchos cristianos, a quienes Jesús no puede hacer milagros en sus vidas, no porque Él no quiera, sino porque estos cristianos no quieren creer en sus milagros, el principal y el más grande de todos, el que Jesús realiza por intermedio de su Iglesia y del sacerdocio ministerial, la transubstanciación, la conversión del pan y del vino en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Quien no cree en el milagro de la Eucaristía, cierra su propia vida a la acción de Jesús en su alma y en su vida, porque Jesús no puede obrar milagros en el incrédulo, en el que no quiere creer, porque éste cierra su alma voluntariamente a toda acción de la gracia. Hay muchos cristianos que son incrédulos con respecto a los milagros de Jesús, aunque se muestran crédulos cuando los vendedores de ilusiones los engañan con sus palabras. En otras palabras, no creen a Dios, que se manifiesta en Cristo y creen en cambio a los hombres, cuya palabra, cuando no está sostenida por la Palabra de Dios, es falsa y vana.
Por eso es que dice San Cirilo de Jerusalén: “Limpia tu recipiente, para que sea capaz de una gracia más abundante, porque el perdón de los pecados se da a todos por igual, pero el don del Espíritu Santo se concede a proporción de la fe de cada uno”[8].
“No pudo hacer allí ningún milagro (…) se asombraba de su falta de fe”. Si muchos cristianos se decidieran a querer creer en las palabras y en los milagros de Jesús, sus vidas serían muy distintas, porque Jesús entonces sí podría obrar todos los milagros que Él tiene pensado para cada uno, y estos son milagros de tal magnitud, que dejan a todos sin palabras.




[1] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 43, a. 1: “Dios concede al hombre el poder de hacer milagros por dos motivos. Primero, y principalmente, para confirmar la verdad que uno enseña. […] Segundo, para mostrar la presencia de Dios en el hombre por la gracia del Espíritu Santo, de modo que, al realizar el hombre las obras de Dios, se crea que el propio Dios habita en él por la gracia. Por esto se dice en Ga 3, 5: El que os otorga el Espíritu y obra milagros entre vosotros. Y ambas cosas debían ser manifestadas a los hombres acerca de Cristo, a saber: Que Dios estaba en Él por la gracia no de adopción sino de unión, y que su doctrina sobrenatural provenía de Dios. Y por estos motivos fue convenientísimo que hiciera milagros”.
[2] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 515: “Los evangelios fueron escritos por hombres que pertenecieron al grupo de los primeros que tuvieron fe (cf. Mc 1, 1; Jn 21, 24) y quisieron compartirla con otros. Habiendo conocido por la fe quién es Jesús, pudieron ver y hacer ver los rasgos de su misterio durante toda su vida terrena. Desde los pañales de su natividad (Lc 2, 7) hasta el vinagre de su Pasión (cf. Mt 27, 48) y el sudario de su Resurrección (cf. Jn 20, 7), todo en la vida de Jesús es signo de su misterio. A través de sus gestos, sus milagros y sus palabras, se ha revelado que “en él reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente” (Col 2, 9). Su humanidad aparece así como el “sacramento”, es decir, el signo y el instrumento de su divinidad y de la salvación que trae consigo: lo que había de visible en su vida terrena conduce al misterio invisible de su filiación divina y de su misión redentora”.
[3] León XIII, Encíclica Satis Cognitum, n. 13, 29 de junio de 1896: “Jesucristo prueba, por la virtud de sus milagros, su divinidad y su misión divina; habla al pueblo para instruirle en las cosas del cielo y exige absolutamente que se preste entera fe a sus enseñanzas; lo exige bajo la sanción de recompensas o de penas eternas. […] Todo lo que ordena, lo ordena con la misma autoridad; en el asentimiento de espíritu que exige, no exceptúa nada, nada distingue. Aquellos, pues, que escuchaban a Jesús, si querían salvarse, tenían el deber no sólo de aceptar en general toda su doctrina, sino de asentir plenamente a cada una de las cosas que enseñaba. Negarse a creer, aunque sólo fuera en un punto, a Dios cuando habla es contrario a la razón”.
[4] Denzinger-Hünermann 3009. Concilio Vaticano I, sesión III, Constitución Dogmática sobre la Fe, 24 de abril de 1870: “[La fe es conforme a la razón]. Sin embargo, para que el obsequio de nuestra fe fuera conforme a la razón (cf. Rm 12, 1), quiso Dios que a los auxilios internos del Espíritu Santo se juntaran argumentos externos de su revelación, a saber, hechos divinos y, ante todo, los milagros y las profecías que, mostrando de consuno luminosamente la omnipotencia y ciencia infinita de Dios, son signos certísimos y acomodados a la inteligencia de todos, de la revelación divina [Can. 3 y 4]. Por eso, tanto Moisés y los profetas, como sobre todo el mismo Cristo Señor, hicieron y pronunciaron muchos y clarísimos milagros y profecías; y de los Apóstoles leemos: Y ellos marcharon y predicaron por todas partes, cooperando el Señor y confirmando su palabra con los signos que se seguían” (Mc 16, 20).
[5] Juan Pablo II. Audiencia general, n. 1, 2 de diciembre de 1987: “Por muchas que sean las discusiones que se puedan entablar o, de hecho, se hayan entablado acerca de los milagros (a las que, por otra parte, han dado respuesta los apologistas cristianos), es cierto que no se pueden separar los “milagros, prodigios y señales”, atribuidos a Jesús e incluso a sus Apóstoles y discípulos que obraban “en su nombre”, del contexto auténtico del Evangelio.[…] Cualesquiera que hayan sido en los tiempos sucesivos las contestaciones, de las fuentes genuinas de la vida y enseñanza de Jesús emerge una primera certeza: los Apóstoles, los Evangelistas y toda la Iglesia primitiva veían en cada uno de los milagros el supremo poder de Cristo sobre la naturaleza y sobre las leyes”.
[6] Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 11 de noviembre de 1987: “El análisis no sólo del texto, sino también del contexto, habla a favor de su carácter “histórico”, atestigua que son hechos ocurridos en realidad, y verdaderamente realizados por Cristo. Quien se acerca a ellos con honradez intelectual y pericia científica, no puede desembarazarse de éstos con cualquier palabra, como de puras invenciones posteriores. A este propósito está bien observar que esos hechos no sólo son atestiguados y narrados por los Apóstoles y por los discípulos de Jesús, sino que también son confirmados en muchos casos por sus adversarios. Por ejemplo, es muy significativo que estos últimos no negaran los milagros realizados por Jesús, sino que más bien pretendieran atribuirlos al poder del “demonio”.
[7] Cfr. Juan Pablo II. Audiencia general, n. 6, 11 de noviembre de 1987: “El análisis no sólo del texto, sino también del contexto, habla a favor de su carácter “histórico”, atestigua que son hechos ocurridos en realidad, y verdaderamente realizados por Cristo. Quien se acerca a ellos con honradez intelectual y pericia científica, no puede desembarazarse de éstos con cualquier palabra, como de puras invenciones posteriores. A este propósito está bien observar que esos hechos no sólo son atestiguados y narrados por los Apóstoles y por los discípulos de Jesús, sino que también son confirmados en muchos casos por sus adversarios. Por ejemplo, es muy significativo que estos últimos no negaran los milagros realizados por Jesús, sino que más bien pretendieran atribuirlos al poder del “demonio”.
[8] De las Catequesis de san Cirilo de Jerusalén, obispo; Catequesis 1, 2-3. 5-6: PG 33, 371. 375-378.

miércoles, 1 de julio de 2015

“Jesús exorciza a los endemoniados gadarenos”


En este Evangelio, en el que se relata el exorcismo y liberación de los endemoniados de la región de los gadarenos (Mt 8, 28-34), la figura de Jesús domina el centro de la escena; los ojos del espectador se desvían hacia Él, porque se yergue majestuoso, dueño de la situación. Su Cabeza se encuentra rodeada por una aureola dorada, signo de la “divinidad que inhabita corporalmente en Él en su plenitud” (cfr. Col 2,9). De su brazo derecho levantado en dirección a lo posesos, ha emanado ya su fuerza divina, la cual ha provocado el movimiento que se observa en la segunda mitad a la derecha del espectador: al tiempo que los dos posesos se elevan de sus tumbas, ya liberados de los espíritus malignos (un último espíritu maligno es el que está saliendo de la boca el primer poseso), los otros espíritus caídos, que ocupan el cuadrante inferior derecho del cuadro, se dirigen con toda prisa  a la piara de cerdos para entrar en ellos, en tanto que algunos, que ya han entrado, han comenzado a precipitarse en el lago. Nótese la diferencia de tamaño, desproporcionada, entre Nuestro Señor, los discípulos, los posesos ya liberados, y los demonios y los cerdos: mientras demonios y cerdos aparecen de tamaño diminuto, Nuestro Señor, los discípulos y los liberados, aparecen en tamaño normal, indicando así que por la acción de la gracia santificante, la naturaleza humana recupera su, por Cristo, su antiguo esplendor. También la luminosidad del cuadro ayuda en este sentido: la figura más luminosa es Nuestro Señor, y desde Él la luz parece alcanzar tanto a sus discípulos como a los endemoniados que están siendo liberados, y mientras luminosidad parece abarcar casi todo el cuadro, hay una parte más oscura, el cuadrante inferior derecho –visto desde la perspectiva del espectador- que se encuentra más opaca, y que es la zona en la que se encuentran tanto el lago en el que se precipitan la piara de cerdos, como los ángeles caídos que han ingresado en ellos.

“Jesús exorciza a los endemoniados gadarenos” (cfr. Mt 8,28-34). Cuando Jesús llega a la “región de los gadarenos”, le salen a su encuentro dos endemoniados, que habitaban entre los sepulcros. Inmediatamente, los demonios que poseen los cuerpos de los dos hombres, reconocen a Jesús en cuanto Hombre-Dios y llenos de terror ante su Presencia y su poder divino, le preguntan “qué quiere de ellos”, si ha venido para “atormentarlos antes de tiempo” y le suplican que “si va a expulsarlos”, los envíe a una “piara de cerdos”. Jesús les ordena que salgan de los cuerpos de los posesos y que entren en los cuerpos de los cerdos y los cerdos, precipitándose al mar desde el acantilado, se ahogan.
El Evangelio nos demuestra tanto la terrible realidad de la existencia de los demonios, como la pavorosa realidad de la posesión que los demonios ejercen sobre los cuerpos de los hombres en el tiempo y en la tierra, como anticipo que de la posesión del alma y del cuerpo esperan poseer para siempre, en el infierno. Todo lo que hacen los demonios, en este Evangelio, justifica el nombre de “espíritus inmundos” que les corresponde, y son espíritus inmundos porque se han apartado de Ser divino, que es la Pureza en sí misma. Los endemoniados viven en el cementerio, porque están poseídos por los demonios y por eso mismo habitan en medio de los cuerpos descompuestos de los cadáveres, y habitan en la podredumbre maloliente de los cadáveres; cuando son expulsados, van a ocupar los cuerpos de unos cerdos, símbolos de animales impuros –principalmente en el judaísmo y en el islamismo, pero también es un animal que en sí mismo es anti-higiénico por sus hábitos naturales-; luego, los cerdos en los que son expulsados los demonios, perecen ahogados, y esta muerte de los animales, simboliza la muerte, por toda la eternidad, a la vida de la gracia, que sufren los demonios, como consecuencia de su libre elección de verse privados de la visión beatífica de Dios, por elegirse a ellos mismos y a su soberbia demoníaca.

Jesús libera a los endemoniados de la región de Gerasa, expulsando a los demonios que poseían sus cuerpos, y esto porque Jesús “ha venido para destruir las obras del demonio” (1 Jn 1, 3, 8) y al destruir las obras del demonio libera al hombre y le concede la paz, porque el demonio sólo busca el tormento del hombre, no solo corporal y en el tiempo, sino en el alma y por la eternidad. Es por esto que si la expulsión de los demonios de los cuerpos de los endemoniados es una obra que demuestra su omnipotencia, el don de la gracia santificante, por medio de la cual el hombre no solo se ve libre de la influencia y del poder demoníaco sino que, mucho más, se ve enaltecido a ser la imagen viviente del Hijo de Dios, es demostrativa de la potencia infinita de su Amor misericordioso. El exorcismo, o expulsión del demonio dejando libre al cuerpo del hombre al cual poseía, es una obra grandiosa, es mucho más grandiosa la donación de la gracia santificante, por la cual el cuerpo se ve convertida en “templo del Espíritu Santo” (1 Cor 3, 16), el alma en morada de la Santísima Trinidad y el corazón en altar de Jesús Eucaristía.

viernes, 26 de junio de 2015

“Niña, Yo te lo ordeno, levántate”


(Domingo XIII - TO - Ciclo B – 2015)

         “Niña, Yo te lo ordeno, levántate” (Mc 5, 21-24. 53-43). Acude a Jesús el jefe de la sinagoga, llamado Jairo, cuya pequeña hija agoniza, para pedirle que vaya a sanarla. Jesús accede al pedido, pero cuando llegan, la niña ya ha muerto, y es por eso que le dicen a Jairo: “Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?”. Sin embargo, Jesús, a pesar de que la niña está efectivamente muerta, ingresa al lugar donde la están velando, acompañado de Santiago, Pedro y Juan. Un hecho da pie para objetar en contra de que la no niña haya estado muerta, sino todavía agonizando, o ni siquiera estuviera agonizando, sino que tuviera alguna enfermedad de la cual se recuperó en forma coincidente con la llegada de Jesús, es la reacción de los circunstantes, que están alrededor del cadáver de la niña, ya en actitud de velarla, cuando Jesús dice: “La niña no está muerta, sino que duerme”: todos los que están alrededor de la niña, reaccionan riéndose de Jesús, lo cual indica que, para ellos, era obvio que la niña ya estaba efectivamente muerta. En otras palabras, que la niña haya estado efectivamente muerta, se desprende de las declaraciones de los amigos del jefe de la sinagoga, del hecho de que ya la estén velando y de que, al decir Jesús de que “solo duerme”, se rían de Él, pues es evidente, para ellos, que no duerme, sino que está verdaderamente muerta. Con esto, se descarta un posible caso de error y de que la niña no hubiera estado muerta al momento de la llegada de Jesús y se acrecienta la magnitud del milagro que Jesús está por hacer.
Haciendo caso omiso de quienes se ríen de Él, Jesús ingresa a la sala donde la están velando a la niña, acompañado de Pedro, Santiago y Juan. Una vez delante del cadáver de la niña, Jesús le dice: “Niña, Yo te lo ordeno, levántate”, y la niña, recuperando la vida, se incorpora de su lecho, “llenando a todos de asombro”. ¿Qué es lo que ha sucedido? Se ha producido un milagro, de resurrección corporal, aunque para la vida terrenal, porque la niña resucita, vuelve a la vida, pero para esta vida; no se trata todavía, obviamente, de la resurrección final. El milagro se ha producido porque, ante el mandato de Jesús, la niña se incorpora debido a que obedece a la voz de su Creador; es la poderosísima voz de Jesús la que, trayendo su alma, que ya se había separado de su cuerpo y se encontraba en la región de los muertos –con toda probabilidad, en el limbo de los justos del Antiguo Testamento- la une nuevamente a su cuerpo, permitiendo que su alma comience de nuevo a animar, a dar vida al cuerpo. Es decir, el alma de la niña ya se había separado de su cuerpo –en eso consiste la muerte, desde el punto de vista metafísico-, por lo que la niña ya había perdido su unidad substancial de cuerpo y alma y estaba muerta, con su cuerpo frío y yaciendo en la tierra, por un lado, y el alma, separada del cuerpo, por otro, y esto, sin posibilidad alguna de que pudieran volver a unirse, porque el único en grado de volver a unir al alma con el cuerpo, es decir, de re-animar el cuerpo para que éste tenga la vida que le da el alma, es su mismo Creador. Y es esto lo que hace Jesús al ordenarle a la niña: “Niña, Yo te lo ordeno, levántate”: puesto que Jesús es Dios, es su voz poderosísima la que trae al alma de la niña de la región de los muertos y la une al cuerpo, volviéndola a la vida terrena. Este hecho es algo sobrenatural, porque sobrepasa las fuerzas de la naturaleza; lo natural, en el caso de la muerte, es que el alma y el cuerpo se separen definitivamente, dando así lugar a la pérdida de la unidad substancial de la persona humana, constituida por cuerpo y alma y debido a que se trata de un hecho sobrenatural, es un milagro, y es el hecho más destacado del pasaje evangélico. Sin embargo, a pesar de lo maravilloso que pueda parecer –y realmente lo sea- este milagro, es nada en comparación con la resurrección corporal al fin de los tiempos, en el que el alma, glorificada, se unirá al cuerpo, para comunicarle de su gloria, para capacitar a los bienaventurados al ingreso en el Reino de los cielos. Este milagro de la hija del jefe de la sinagoga es, por lo tanto, una prefiguración de la resurrección corporal, la que habría de obtenernos Jesús con su sacrificio y muerte en cruz, la cual sucederá, para toda la humanidad, al final de los tiempos, cuando Jesús lo ordene con su voz.
El otro hecho destacado del pasaje evangélico es que Jesús ingresa acompañado por Pedro, Santiago y Juan, los mismos discípulos que luego serán testigos de la Transfiguración en el Monte Tabor, anticipo a su vez de la resurrección. No es casualidad que los mismos testigos de la resurrección corporal de la hija del jefe de la sinagoga, sean los mismos testigos de la Transfiguración en el Monte Tabor: es para que también sepan, por anticipado, la gloria que les espera a quienes le son fieles a Él en el Camino Real de la Cruz, el Via Crucis. Ellos –Pedro, Santiago y Juan- han contemplado un milagro de resurrección corporal, para la vida terrena; cuando vean a Jesús transfigurado en el Tabor, comprenderán que Él es el Dios de la Vida y de la Gloria, que los hará resucitar también corporalmente, al fin de los tiempos, pero para la vida eterna, para darles de su gloria y de su vida divina. Ésa es la razón por la cual Jesús lleva como testigos a Pedro, Santiago y Juan, los mismos testigos del milagro de la Transfiguración en el Monte Tabor, para que todos sepan que Él es el Dios Viviente, el Dios de la gloria, el que habrá de resucitar a los muertos al fin de los tiempos, y dará a cada uno lo que cada uno mereció con sus obras, el cielo o el infierno.
“Niña, Yo te lo ordeno, levántate”. En este Evangelio, la Iglesia celebra por lo tanto doblemente la vida, porque el Dios de la Vida, el Dios Viviente, Jesucristo, trae de la muerte a la vida a una niña, pero solo como una prefiguración de lo que Él habrá de hacer, al final de los tiempos, con toda la humanidad: así como dio vida a la niña, trayendo su alma de la región de los muertos, así al final de los tiempos, en el Día del Juicio Final, Jesucristo dirá a la humanidad toda: “Humanidad: Yo te lo ordeno, levántate’, y todos los muertos resucitarán para el Juicio Final, aunque unos para la salvación y otros para la condenación eterna. Es por eso que, el hecho de que Jesús resucite a una niña, si bien es un milagro portentoso, es en realidad nada en comparación con lo que Él hará en el Día del Juicio Final, en el que ordenará no a una niña recién muerta a la vida terrena, que vuelva a vivir a la vida terrena, sino que ordenará a toda la humanidad yaciente, que se levante y comparezca ante Él, para que Él sea el Juez Justo de sus actos.

“Niña, Yo te lo ordeno, levántate”. El Evangelio dice que “todos quedaron llenos de asombro” luego del milagro de la resurrección corporal de la hija del jefe de la sinagoga; también nosotros, por lo tanto, deberíamos asombrarnos ante este prodigio de Jesús y deberíamos asombrarnos mucho más, al tener en perspectiva la resurrección corporal, al fin de los tiempos, que Él realizará, y además de asombro, debería llenarnos de alegría, porque la alegría de la Resurrección de Jesús es lo que debe colmar la vida del cristiano. Sin embargo, mucho más debería asombrarnos otro milagro, un milagro infinitamente más grandioso, que sucede delante de nuestros ojos, cotidianamente, en la Santa Misa, el milagro por el cual Jesús no vuelve a la vida al cuerpo inerte de una niña, ni de toda la humanidad, sino que convierte, a unas substancias inertes, muertas, sin vida, las del pan y el vino, en las substancias gloriosas de su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, la Eucaristía. Es decir, si saber, como lo sabemos por el Evangelio, que Jesús da la vida a los muertos y que resucitará a toda la humanidad al fin de los tiempos, y eso debería causarnos gran alegría y asombro, mucha mayor alegría y asombro debería causarnos el saber que Jesús da la vida, su vida gloriosa y resucitada, a unas substancias muertas, inertes, convirtiéndolas en las substancias gloriosas de su Humanidad unida a su Divinidad, la Eucaristía. Este, el Milagro de los milagros, la Transubstanciación, por el que el pan y el vino se convierten en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, un milagro que supera infinitamente a la resurrección de un muerto y a la resurrección de la humanidad, debería ser lo que colmara nuestros días terrenos de asombro y de alegría.

“Señor, si quieres, puedes purificarme’. ‘Lo quiero, queda purificado’


Jesús cura a un leproso
(ícono bizantino, Duomo de Monreale, Sicilia)

“Señor, si quieres, puedes purificarme’. ‘Lo quiero, queda purificado’ (Mt 8, 1-4) Un leproso implora a Jesús la curación de su lepra, el mal que lo aflige, y Jesús, compadecido, lo cura con su solo Querer: ‘Lo quiero, queda purificado’. Lo primero a destacar, es el reconocimiento de la divinidad en Jesús, por parte del leproso, debido al trato que le  da, puesto que lo trata de "Señor". Lo segundo, es la enfermedad que aflige al leproso, y que es la causa por la cual acude a Jesús, la lepra. Es verdad que Jesús le cura su enfermedad corporal pero, como en toda la Escritura, además del primer nivel, o nivel histórico y literal, hay un segundo nivel, el sobrenatural, al cual nos remiten las escenas bíblicas, en este caso, la del Evangelio. En este caso, la lepra, además de ser la enfermedad real, provocada por el bacilo en el cuerpo material, es, al mismo tiempo, la figura de una realidad espiritual: la lepra es figura del pecado: así como la lepra, provocada por un bacilo, infecta todo el cuerpo, provocándole lesiones indoloras e irreversibles, así el pecado –sobre todo el pecado mortal- daña al alma, provocándole lesiones que le causan la muerte, ya que la priva de la vida sobrenatural. Y de la misma manera, así como Jesús es el Médico Divino que con su poder cura milagrosamente la lepra, la enfermedad corporal, así también, por su Sangre derramada en la cruz y comunicada por el Sacramento de la Confesión, nos libra de esa lepra espiritual que es el pecado, concediéndonos una vida nueva, la vida de la gracia. Al igual que el leproso del Evangelio, que se postró en adoración y acción de gracias luego de ser curado, también nosotros nos postremos en adoración y acción de gracias ante Jesús sacramentado, por el don de la curación espiritual que recibimos, cada vez, en el Sacramento de la Confesión.

jueves, 25 de junio de 2015

“El que escucha mis palabras y las pone en práctica, es como el que construye sobre roca..."


“El que escucha mis palabras y las pone en práctica, es como el que construye sobre roca, porque ni la lluvia, ni los ríos ni el viento, podrán derrumbarla (…) el que no las pone por práctica, es como el que construye sobre arena, ve su casa destruida cuando soplan los vientos y crecen los ríos” (cfr. Mt 7, 21-27). Escuchar las palabras de Jesús y ponerlas en práctica es como “construir sobre roca”, porque significa que el alma, movida por la gracia, toma su cruz de cada día y sigue a Jesús por el camino del Calvario. Así, da muerte al hombre viejo con sus pasiones, naciendo el hombre nuevo, el hijo de Dios, y cuando arremeten las pasiones, las tentaciones, las tribulaciones, no pueden derribar al alma, en quien está Cristo, Roca firme. Poner en práctica las palabras de Cristo significa obrar en estado de gracia, y como el obrar le sigue al ser, significa que se está en estado de gracia santificante, esto es, unido a Cristo o, dicho en el lenguaje de la parábola, cimentado en Cristo. Es esta gracia divina, que fluyendo del Hombre-Dios se introduce en la raíz más profunda del acto de ser del hombre, la que le concede al hombre la fortaleza sobrenatural que le permite el resistir “la lluvia, los ríos y el viento”, es decir, las tentaciones de las pasiones, las tribulaciones de la vida cotidiana y los asaltos del demonio. Sólo quien está afianzado en la Roca firme que es Cristo, puede resistir a los embates de estos enemigos del alma, que la asedian y azotan constantemente, así como una casa es asediada y azotada constantemente, por el viento y las lluvias, si está construida a la ribera de un río que, por añadidura, desemboca en el mar. Quien obra no por voluntad propia, sino porque Cristo se lo ordena, obra movido por la gracia, y eso significa obrar por impulso divino y porque su alma está firmemente anclada a la Roca firme del Ser divino trinitario de Jesús, de quien fluye la gracia como de una fuente inagotable, y es esta gracia la razón de su fortaleza frente al embate de las pasiones, del mundo y del demonio.
         Por el contrario, quien escucha las palabras de Cristo y no obra según ellas, sino según su propia voluntad, es como quien construye sobre arena: sus propias fuerzas humanas no podrán, de ninguna manera, resistir, cuando sea asediado y asaltado por las tentaciones, por las tribulaciones y por las acechanzas del enemigo de las almas.
“El que escucha mis palabras y las pone en práctica, es como el que construye sobre roca…”. No seamos sordos al Amor que nos habla en Cristo y pongamos por obra las palabras del Amor crucificado –amar a los enemigos, vivir la pobreza y la castidad, obrar la misericordia- y cuando arrecien las oscuras fuerzas del mal será el Amor quien nos fortalezca y nos dé la victoria.
        


martes, 23 de junio de 2015

“Entren por la puerta estrecha, porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición”


“Entren por la puerta estrecha, porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición” (Mt 7, 6. 12-14). Jesús nos advierte que para entrar al cielo, debemos hacerlo por la “puerta estrecha”, puesto que hay otra puerta, que es “ancha”, precedida por un “camino espacioso”, que conduce en dirección opuesta al cielo, y es “la perdición”. Es decir, si Jesús nos advierte, en el sentido de que debemos elegir la puerta estrecha, es porque se nos presentan, en un determinado momento de la vida, las dos puertas, la puerta estrecha, y la puerta ancha, y puesto que estamos heridos por el pecado original, nuestra concupiscencia nos puede llevar a elegir, con toda seguridad, la puerta equivocada, es decir, la puerta ancha, la que está precedida por el “camino espacioso”. Este “camino espacioso”, que conduce a la “puerta ancha” y que finaliza en la “perdición”, es el camino del mundo, es el camino de la propia voluntad, es el camino de la satisfacción de los propios placeres, es el camino de la búsqueda del poder terreno, de las riquezas terrenas, de la avaricia, de la codicia, del egoísmo, de la idolatría, de la vanidad. La puerta ancha conduce a la perdición porque el alma, al cumplir su propia voluntad, deja de cumplir la voluntad de Dios en su vida, que es que se salve, y así el alma se condena, y esa es la razón por la que la satisfacción de los placeres terrenos y la abundancia de las riquezas materiales que no provienen de la Providencia Divina ni se dirigen a ella, es claro signo de predestinación a la eterna condenación.
Por el contrario, la “puerta estrecha”, es el camino opuesto al de la puerta ancha: es el camino de la cruz, el camino de la negación de las pasiones desordenadas, en pos del seguimiento del Hombre-Dios Jesucristo, por el Camino Real del Calvario; la puerta estrecha es el camino que conduce al cielo, por medio de la muerte del hombre viejo en la cruz y el nacimiento del hombre nuevo por la gracia; la puerta estrecha significa el nacimiento a la vida nueva de la gracia, la vida de los hijos de Dios, los hijos concebidos virginalmente y adoptados por la Virgen al pie de la cruz, los hijos predestinados al cielo.

“Entren por la puerta estrecha, porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición”. Si Jesús nos advierte, es porque existe el peligro de elegir la puerta equivocada y según la puerta que elijamos, así será nuestro destino, porque esa será nuestra libre elección: “Ante el hombre están la vida y la muerte, el bien y el mal, lo que él elija, eso se le dará” (cfr. Eclo 18, 17). Que sea la Virgen, nuestra Madre del cielo, quien elija la puerta estrecha por nosotros. 

sábado, 20 de junio de 2015

“¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?”


(Domingo XII - TO - Ciclo B – 2015)

         “¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?” (Mc 4, 35-41). Jesús y los discípulos suben a la barca para “cruzar a la otra orilla”. Mientras navegan, Jesús se queda dormido; al mismo tiempo, se desata un fuerte vendaval, que levanta grandes olas, las cuales amenazan con hundir a la nave. Los discípulos, llenos de temor frente a la posibilidad de naufragar, despiertan a Jesús, y Jesús, increpando al viento y a las olas, calma instantáneamente la tormenta. La fuerza de las palabras de Jesús, que hacen cesar de inmediato a la fuerte tormenta, provoca el asombro y la admiración entre los discípulos, quienes se preguntan unos a otros: “¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?”.
         La escena, real -lo que se relata en la Biblia son hechos reales, históricos-, es al mismo tiempo simbólica y representativa de realidades sobrenaturales: la barca es la Iglesia; los discípulos son los bautizados; Jesús, que extrañamente duerme en la barca, a pesar de la fuerte tormenta, es Jesús en su Presencia Eucarística, que con su silencio exterior, pareciera como si estuviera ausente o como si no hablara, o como si estuviera dormido, frente a los continuos ataques que sufre su Iglesia; el mar embravecido y el viento que levanta las fuertes olas, representan tanto al mundo anti-cristiano como al demonio y al Infierno, que odian a Cristo y a la Iglesia y que, valiéndose de sus tenebrosas y oscuras fuerzas malignas, procuran en todo momento hundir a la Iglesia, la Barca de Pedro; el temor de los discípulos y el hecho de que acudan a Jesús, indica falta de fe en la divinidad de Jesús por parte de los hombres de Iglesia y que se cumplirán las palabras de Jesús: “Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?” (Lc 18, 8).
         Ahora bien, no es extraño el hecho de que Jesús domine, con su solo querer y con su sola palabra, al viento y al mar, puesto que Él es Dios y Él es su Creador, y en cuanto Dios y Creador, el viento y el mar le están sometidos, en cuanto creaturas, a su completo querer y esta es la razón por la cual, a una orden de su voz, se aquietan por completo. Pero dijimos que la escena era simbólica y representativa de realidades sobrenaturales, lo cual significa que este dominio que de la naturaleza tiene el Hombre-Dios, se traslada también, por analogía, al plano preternatural, al plano angélico: si el viento y el mar representan al infierno y al mundo anti-cristiano, también estos están bajo el completo y total control del Hombre-Dios Jesucristo, por lo que bastaría con una sola orden de su voz, para que el mundo entero se pacificara, para que la Iglesia toda no solo viviera en paz y en armonía, sino que fuera elevada a los más altos grados de santidad y para que el infierno todo se hundiera en los Abismos para siempre, para no molestar nunca más a los hombres. Esto es lo que sucederá en el Último Día, en el Día del Juicio Final, cuando Jesús diga: "¡Basta!" a la maldad del hombre y comience a juzgar a las naciones.
Sin embargo, hasta ahora vemos que no es esto lo que sucede; en nuestros días, pareciera que estamos viviendo los momentos relatados por el Evangelio, parecen los momentos en que la Barca de Pedro es zarandeada por los fuertes vientos y por las olas gigantescas del mundo anticristiano, puesto que nuestro siglo es el siglo en el que más persecuciones y mártires hay en toda la historia de la Iglesia, y así lo ha remarcado en numerosas oportunidades el Papa Francisco, y es el siglo también en el que se han legislado la mayor cantidad de leyes inhumanas que atentan contra el hombre desde su nacimiento hasta la muerte. Así vemos cómo la cultura de la muerte se impone, día a día, con las leyes del aborto, de la eutanasia, de la fertilización asistida; en nuestro país, se ha aprobado el aborto libre e irrestricto, sin derecho a ejercer la libertad de conciencia y violando la libertad religiosa[1]; en Holanda, se aplica la eutanasia a niños menores de doce años[2]-; además, el mundo está convulsionado por innumerables guerras a pequeña escala; por el crecimiento descontrolado del fenómeno de la drogadicción, de la violencia, del materialismo, del hedonismo, y todo esto, como consecuencia de un mundo que cada vez más se aleja de Dios y de sus Mandamientos. Es decir, pareciera que estamos en el momento de la escena evangélica en el que la barca es agitada por la tormenta mientras Jesús duerme, y por lo tanto, corremos el riesgo del naufragio y del hundimiento en el caos y en la nada; sin embargo, no debemos olvidarnos que Jesús en la Eucaristía es Dios Hijo encarnado y que no solo no duerme, sino que, por el contrario, está atento y escrutando todos los pensamientos y movimientos de los hombres, anotando escrupulosamente todas sus acciones, las buenas y las malas, en el Libro de la Vida, hasta que Él vuelva como Justo Juez, en el Último Día.
         “¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?”. En el Evangelio, después de que Jesús calma la tormenta, los discípulos se asombran porque Jesús, el Hombre-Dios, domina al viento y a las olas, pero eso es natural, puesto que Él es Dios, así como es natural que Él domine al demonio, al infierno todo y al mundo, por su omnipotencia. Pero lo que Dios no domina –no porque no pueda, sino porque respeta-, es al hombre, debido a su libre albedrío, y aquí hay una segunda analogía en la que podemos aplicar las figuras del viento y el mar embravecidos, y es el corazón del hombre rebelado contra Dios, solo que, a diferencia del viento y el mar del episodio del Evangelio, que como creaturas, obedecen dócilmente a su Creador, en el caso del hombre, este no responde, en muchos casos, a la dulce voz de su Señor. Es decir, el corazón del hombre sin Dios está también representado en el viento y en el mar embravecidos, pero a diferencia del viento y el mar –y también, por analogía, el mundo y el infierno-, que son dominados con el solo querer del Hombre-Dios Jesucristo, el corazón del hombre, rebelado contra Dios, por un misterio que sólo Dios puede develar, en muchas ocasiones, no se aquieta ni siquiera frente a la omnipotencia del Amor Divino, de la Palabra de Dios eternamente pronunciada, Cristo Jesús. En otras palabras, Jesús domina el viento y el mar con la sola orden de su voz, pero muchas veces no puede dominar, ni con su Palabra, ni con su Cuerpo entregado, ni con su Sangre derramada, al corazón del hombre rebelado contra Dios, puesto que el hombre no le obedece, como el viento y el mar sí le obedecen.
“¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?”. Que nuestros corazones, no sean corazones desobedientes al Amor de Dios encarnado y manifestado en el Cuerpo de Jesús, entregado en la cruz y en su Sangre, derramada en el cáliz, sino que sean como el viento y el mar que, dóciles ante su Creador, se rindan ante el Divino Amor que se dona a sí mismo en la mansedumbre del Pan Vivo bajado del cielo, la Eucaristía.




[1] https://www.aciprensa.com/noticias/argentina-legaliza-aborto-prohibe-ecografias-y-viola-libertad-de-conciencia-48520/
[2] http://cigotoypersona.blogspot.com.ar/2015/06/cuando-no-se-comprende-el-sentido.html