viernes, 18 de abril de 2014

Domingo de Pascuas de Resurrección


(Ciclo A – 2014)
         “El primer día de la semana (…) llegó Pedro (…) luego el otro discípulo (…) todavía no habían comprendido que, según la Escritura, Él debía resucitar de entre los muertos” (Jn 20, 1-9). Durante la tarde y la noche del Viernes Santo y durante todo el Sábado Santo, el Cuerpo Santísimo de Nuestro Señor Jesucristo, que yace envuelto en el Santo Sudario y tendido en la oscura y fría losa sepulcral. Desde que la piedra selló la entrada, solo el silencio y la oscuridad reinaron en el sepulcro nuevo, nunca usado por nadie antes, cedido por José de Arimatea a la Madre de Jesús, María Santísima. El hecho de que el sepulcro fuera nuevo, anticipaba ya el hecho maravilloso de la Resurrección del Domingo: la muerte jamás habría de tomar contacto con el Cuerpo Santísimo del Señor Jesús y el hedor de la muerte nunca habría de ser percibido en el sepulcro, porque la muerte habría de ser derrotada para siempre por Aquel que era la Vida en sí misma, porque el que yacía en el sepulcro no era un hombre más, sino el Hombre-Dios, Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios, que se había encarnado en el seno purísimo y virginal de la Madre de Dios precisamente para derrotar de una vez y para siempre a los tres grandes enemigos de la humanidad: la muerte, el pecado y el demonio.
         La derrota de los tres grandes enemigos del hombre se produjo en la cruz, pero su manifestación visible tuvo lugar en el Santo Sepulcro, y sucedió de la siguiente manera. En la madrugada del tercer día, el día Domingo, la oscuridad del sepulcro se disipó repentinamente y para siempre con la aparición de una luz brillantísima, poderosísima, emitida por una fuente de energía lumínica de origen divino, desconocida para la creatura humana y angélica. Ubicada a la altura del Corazón de Jesús, esta fuente de luz, de una potencia y cualidad infinitamente superior a todo artefacto conocido o por conocer por el hombre, en una millonésima de millonésima de segundo, surgiendo desde lo más profundo del Corazón de Jesús, y expandiéndose desde su Corazón a todo el Cuerpo, iluminó todo el Cuerpo de Jesús, y debido a que era una luz “viva”, es decir, era una luz que tenía en sí misma vida, porque esa luz era una luz divina, porque esa luz era la Vida en sí misma, porque era Dios en sí mismo, al mismo tiempo que iluminaba el Cuerpo de Jesús, le daba vida, y como era la vida de Dios, lo glorificaba, de modo que el Cuerpo de Jesús quedó iluminado y glorificado gracias a esa luz gloriosa que surgía de su propio Sagrado Corazón; es decir, era Él mismo, quien se daba así mismo la Vida, porque Él lo había dicho: “Nadie me quita la vida; Yo la doy voluntariamente; tengo autoridad para darla y tengo autoridad para tomarla” (Jn 10, 18). Esta energía lumínica fue tan grande y tan rápida que fue capaz de imprimir el Cuerpo de Jesús en el lienzo[1], al tiempo que fue capaz de convertir la materia del Cuerpo de Jesús en materia glorificada, es decir, fue capaz de convertirlo en un Cuerpo glorioso y por lo tanto hacerlo capaz de traspasar la materia, además de hacerlo luminoso, radiante, espiritual, inmortal y lleno de la gloria de Dios[2].
         Fue con este Cuerpo glorioso, luminoso, radiante, lleno de la gloria y de la vida divina, que Jesús se apareció, según la Tradición, primero a María Santísima, como premio a su Amor de Madre y al haber estado la Virgen junto a la cruz durante su agonía y hasta que murió y durante todo el Viernes y el Sábado Santo, hasta el Domingo, esperando la Resurrección, y luego, según las Escrituras, se apareció a sus discípulos, a las Santas Mujeres y a los Apóstoles, incluido a Tomás el Incrédulo, el que luego de ver sus llagas y meter la mano en su Costado abierto, creyó. Fue con su Cuerpo glorioso, lleno de luz y de gloria divina, que provocó “asombro”, “estupor”, alegría”, “gozo”, entre sus discípulos y amigos, dejándolos mudos de la alegría, ya que era tanta la alegría que tenían de verlo, que no podían articular palabra.
Pero lo más asombroso de todo es que el Día Domingo –todo día Domingo, todos los días Domingos- es partícipe de ese resplandor divino, por eso el Domingo se llama “Dies Domini” o “Día del Señor”, y ésa es la razón por la cual la Iglesia prescribe, bajo pena de pecado mortal, la asistencia a la Misa Dominical: asistir a Misa el Domingo es asistir al Calvario porque la Misa es la renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz, pero es también asistir al Santo Sepulcro vacío, porque Jesús ya no está tendido con su Cuerpo muerto en la losa del sepulcro, sino que está con su Cuerpo glorioso, vivo y resucitado, en el altar eucarístico, en la Eucaristía.
Y esto último es lo más asombroso de todo: que la Eucaristía es ese mismo Señor Jesús, que estuvo muerto en la cruz y que resucitó en el sepulcro el Domingo de Pascua, el Domingo de Resurrección y viene a nuestros corazones en la comunión eucarística, que a menudo son oscuros y fríos, como la losa del sepulcro, para convertirlos en luminosos y radiantes sagrarios vivientes.




[1] De la energía lumínica de origen divino que infundió la Vida, la luz y la gloria divina en el Cuerpo muerto de Jesús, es testigo la Sábana Santa de Turín o Síndone, que está expuesta en la ciudad de Turín, en Italia. Para más detalle: http://santosudariodejesus.blogspot.com.ar/
[2] http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p122a5p2_sp.html

jueves, 17 de abril de 2014

Sermón de la Soledad de la Virgen de los Dolores


         Es Viernes Santo. Jesús ha muerto en la cruz; su Cuerpo Santísimo ha sido ya sepultado. La piedra del sepulcro ha sido ya sellada sobre la entrada, dejando el Cuerpo muerto del Hijo de la Virgen tendido en la fría y oscura losa sepulcral. Todos se han retirado.
Solo la Virgen de los Dolores, con sus vestidos todos cubiertos con la Sangre Preciosísima del Redentor, ha quedado de pie, al lado de la puerta sellada del sepulcro, en silencio y sollozando, con el dolor que oprime y atenaza su Inmaculado Corazón. El dolor la invade por oleadas incontenibles, sube hasta su garganta, quisiera estallar en gritos, pero se deshace en silencios que sólo Dios Padre conoce. El dolor que tritura al Inmaculado Corazón de María se convierte en lágrimas que a torrentes brotan de los ojos de la Purísima Concepción, que han perdido la Luz y la Alegría que iluminaba sus días, su Hijo, Cristo Jesús.
Llora la Virgen de los Dolores, llora amargamente la pérdida del Hijo de su Amor, su Hijo Jesús. Llora este Sábado Santo, y no quiere que nadie la consuele, porque es la Raquel de la que habla la Escritura; llora porque su Hijo ya no está para consolarla con su Presencia; llora porque no hay dolor más grande que el suyo; llora porque con la muerte de su Hijo ha muerto la vida suya, porque su Hijo era su vida, y al no vivir su Hijo, la Virgen siente que aunque Ella esté viva, se siente como si estuviera muerta, y es así que hubiera deseado mil veces morir Ella y que viviera su Hijo; pero al mismo tiempo sabe que era necesario que su Hijo muriera en la cruz para que los hombres, muertos por el pecado, pudieran nacer a la vida nueva de los hijos de Dios. Llora la Virgen Madre, llora lágrimas de sangre, porque su Hijo era lo que más amaba, y todo lo que amaba lo amaba en su Hijo, por su Hijo y para su Hijo, y sin su Hijo, le parece a la Virgen que nada tiene vida y le parece que Ella misma está sin vida y por eso a cada instante se siente desfallecer.
Llora la Virgen de los Dolores, llora lágrimas de sangre, por la terrible crueldad del corazón de los hombres, que no tuvieron piedad con el Hijo de su Amor y le dieron terrible muerte de cruz; llora la Virgen por la crueldad de los hombres, que le mataron a su Hijo, cuyo único delito fue amarlos con locura y darles su Vida por amor, y ahora su Hijo Jesús está muerto en el sepulcro, después de haberles dado hasta la última gota de su Preciosísima Sangre en la cruz.

Llora la Virgen, desde el Viernes Santo, llora un día, y el Sábado también, llora dos días, y también tres, pero en su Corazón Purísimo, en lo más íntimo, resuenan alegres las palabras de su Hijo Jesús: “Al tercer día resucitaré”. Llora la Virgen de los Dolores y entre lágrima y lágrima, una sonrisa suelta, esperando, alegre y confiando, a su Hijo que ya vuelve de la muerte, triunfante, victorioso y glorioso, para ya no morir más, lleno de luz y de gloria, el Domingo de Resurrección.

miércoles, 16 de abril de 2014

Viernes Santo - Adoración de la Santa Cruz


(Ciclo A – 2014)
         ¿Por qué los cristianos adoramos la cruz? Vista con ojos humanos, la cruz es signo de tortura, de barbarie, de locura, de humillación. No hay lugar más humillante que la cruz; no hay lugar más doloroso que la cruz; no hay lugar más triste que la cruz; no hay lugar más penoso que la cruz. Y sin embargo, los cristianos, todos los años, todos los Viernes Santos, adoramos la cruz. ¿Por qué? ¿Cuál es el motivo?
Fueron los romanos los que establecieron la muerte en cruz como escarmiento público reservado para los peores criminales, para que los que los vieran, supieran cuán terribles eran los tormentos que les esperaban si a alguien se le ocurría infringir la ley o desafiar al imperio. La cruz era sinónimo, en la Antigüedad, de delito, de castigo, de condena, y también de maldición, como lo dice la misma Escritura: “maldito el que cuelga del madero” (Dt 21, 23Gal 3, 13). Para la Sagrada Escritura, la cruz era sinónimo de maldición, porque significaba que el que colgaba de la cruz, era porque ese se había apartado de los caminos de Dios y había terminado su vida de esa manera, alejado de la bendición divina. Entonces nosotros nos volvemos a preguntar la pregunta del inicio: si la cruz es sinónimo de tortura, de locura, de barbarie: ¿por qué los cristianos adoramos la cruz?
         Ante todo, tenemos que saber que los cristianos no adoramos al madero de la cruz, sino que adoramos a Cristo crucificado en la cruz y a la Sangre de Cristo que ha embebido y ha penetrado el leño de la cruz. Adoramos la cruz que está empapada con la Sangre de Cristo; adoramos la Sangre de Cristo que está en la cruz y es la Sangre de Cristo en la cruz la que nos salva y es eso lo que adoramos y no un simple madero. No adoramos al madero en sí, sino al Rey Jesús que está clavado en la cruz[1] y que empapa al leño de la cruz con su Sangre Preciosísima y que con sus brazos extendidos se ha hecho cruz; adoramos al Sumo Pontífice Jesús, al Sumo y Eterno Sacerdote Jesús, que con sus brazos extendidos se ha hecho cruz y que con su Sangre que brota de sus heridas abiertas ha empapado la cruz y ha impregnado el madero.
         Adoramos a Jesús que triunfó en la cruz y que transformó el signo de humillación, de dolor, de ignominia y de muerte en símbolo y misterio de vida eterna y de gloria divina. A partir de Jesús, la cruz ya no es más sinónimo de castigo, muerte y humillación, sino de vida y de gloria, pero no de vida y de gloria humanos, sino de vida y de gloria divinas, porque el que está en la cruz es el Hombre-Dios y es Dios el que, con su poder divino, transforma y cambia todo, invierte todo, dándole un nuevo significado. ¿De qué modo le da Dios un “nuevo significado” a la cruz? Para saberlo, tenemos que saber cuál es el significado que nosotros, los hombres, le damos  a la cruz con nuestros pecados.
Nosotros, los hombres, le damos a la cruz el significado que le daban los antiguos romanos: un significado de tortura, de humillación, de muerte. Jesús cargó con nuestros pecados, con todos, absolutamente todos, los de todos los hombres de todos los tiempos, y recibió el castigo que la Justicia Divina tenía reservados para todos los pecados, desde el más leve, hasta el más grave. Eso es lo que dice el profeta Isaías: “Él fue castigado por nuestras rebeldías, molido por nuestras iniquidades. El castigo por nuestra paz cayó sobre Él y por sus heridas hemos sido sanados” (53, 5ss). La Sagrada Escritura, el profeta Isaías, es decir, el Espíritu Santo, que habla a través del profeta Isaías, es muy explícito: “fue castigado por nuestro pecados; sus heridas nos han sanado”. Nosotros, los hombres, le matamos a Dios a su Hijo en la cruz, con nuestros pecados, cometiendo el pecado de deicidio. Éste es el significado que nosotros, los hombres, le damos a la cruz; humillación, tortura, dolor, muerte. Jesús es la Vid Verdadera que ha sido triturada en la Vendimia de la Pasión y que ha dado el Vino exquisito, el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, su Sangre derramada a través de sus heridas abiertas y sus heridas han sido abiertas por causa nuestra, por nuestros pecados, que Él tomó sobre sus espaldas.
Pero nuestro Padre, Dios, que es Amor infinito, pero que es también infinita Justicia, hizo prevalecer su Misericordia por encima de su Justicia, y no nos pagó con nuestra misma moneda y tuvo compasión de nosotros y nos perdonó, nos tuvo misericordia y Amor infinitos; Dios nos perdonó en Cristo; Dios nos tuvo misericordia en Cristo, y en vez de castigarnos por haber matado a su Hijo, nos dio Amor y Misericordia; en vez de condenarnos, nos abrió las Puertas de su Divina Misericordia, el Corazón traspasado de su Hijo Jesús, el Sagrado Corazón, de donde fluyen la Sangre y el Agua, el Agua que justifica las almas y la Sangre que da vida a las almas[2]. Nosotros, todos los hombres, matamos a su Hijo en la cruz, y Dios Padre, en vez de descargar su Justicia, como lo merecíamos, derramó sobre el mundo su insondable Misericordia Divina, cuando el soldado romano, siguiendo los designios divinos, traspasó el costado de Jesús y abrió una brecha en el Sagrado Corazón de Jesús, dejando así escapar Sangre y Agua, la Sangre, la Sangre, que da vida a las almas, y el Agua, que las justifica, y que a lo largo del tiempo, se transmite a los hombres por medio de los sacramentos de la Iglesia. Esta es la razón por la cual nosotros, los cristianos, adoramos la Santa Cruz: porque en ella Dios Padre nos redimió, nos perdonó y nos salvó, porque en vez de juzgarnos y condenarnos con su Justicia, nos abrió los abismos insondables de su Divina Misericordia, las entrañas del Corazón de su Hijo Jesús traspasado en la cruz. Nosotros descargamos sobre Jesús en la cruz, golpes de martillo y flagelos e insultos; Jesús derramó desde la cruz, sobre nosotros, Sangre y Agua desde su Corazón traspasado, y con su Sangre y Agua, todo el Amor y la Misericordia Divina, porque con la Sangre y el Agua, iba el Espíritu Santo, que es la Persona-Amor de la Santísima Trinidad.
Por último, hay un motivo más por el cual adoramos la Santa Cruz, sobre todo en el oficio litúrgico del Viernes Santo, y es que por el misterio de la liturgia, nos hacemos misteriosamente partícipes de los acontecimientos sucedidos hace veinte siglos en Tierra Santa; es decir, nos unimos, por la liturgia, y por la gracia bautismal, ya que somos miembros del Cuerpo Místico, al Hombre-Dios Jesucristo, que por su Pasión, nos redime. Por la liturgia, no hacemos una mera conmemoración simbólica, ni ejercitamos simplemente la memoria psicológica de nuestras mentes humanas; como miembros vivos de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo e injertados por el Bautismo en Cristo, Hombre-Dios, participamos, misteriosamente, de su Pasión redentora, de manera tal que, de un modo que no entendemos, pero que es real, participamos en cierta forma de su Pasión llevada a cabo hace más de veinte siglos. Adoramos la cruz porque en cierto sentido, estamos ante Cristo que muere por nosotros, en el Calvario, siendo nosotros, por el misterio de la liturgia, co-presentes a ese momento histórico y por eso adoramos a Cristo, Hombre-Dios, que por nosotros muere en la cruz.







[1] Cfr. Odo CaselMisterio de la Cruz, Ediciones Guadarrama, Madrid 19642, 244.
[2] Cfr. Sor Faustina Kowalska, Diario, 300.

martes, 15 de abril de 2014

Jueves Santo


(Ciclo A – 2014)
         “Habiendo amado a los suyos (…) los amó hasta el fin” (Jn 13, 1-15). No es la obligación, porque Jesús no está obligado por nada ni por nadie, ni tampoco la necesidad, porque Jesús no necesita de nada ni de nadie, lo que mueve a Jesús a dar inicio a su Pasión. Lo que mueve a Jesús a cumplir la Pasión es el Amor: “Habiendo amado a los suyos (…) los amó hasta el fin”. Es por Amor, que Jesús, siendo Dios omnipotente, se humilla hasta el extremo de lavar los pies a sus discípulos, haciendo una tarea propia de esclavos, para que sus discípulos no solo eviten la soberbia, primer escalón en el camino de la eterna perdición, sino que comiencen el camino que los conducirá al cielo, imitándolo a Él en la humildad; es por Amor, que Jesús, en la Última Cena, antes de subir a la cruz y entregar su Cuerpo y su Sangre, su Alma y su Divinidad, en el Sacrificio del Calvario, deja su Cuerpo y su Sangre, su Alma y su Divinidad, en el Pan de Vida eterna, en la Hostia consagrada, instituyendo así la Eucaristía, la Santa Misa, convirtiendo la Última Cena en la Primera Misa y cumpliendo de esa manera la promesa de que no habría de abandonarnos y de que habría de permanecer con nosotros “hasta el fin de los tiempos”, “hasta el último día”; es por Amor que Jesús, en la Última Cena, instituye el sacerdocio ministerial, transmitiendo a los hombres, y solo a los varones, no a las mujeres, el poder de consagrar su Cuerpo y su Sangre, transubstanciando, por el poder del Espíritu Santo, que pasa a través de ellos cuando pronuncian la fórmula de la consagración en la Santa Misa, el pan y el vino en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de manera tal que los hombres de todos los tiempos, hasta el fin de los tiempos, puedan ser alimentados con el Verdadero Maná, el Pan caído del cielo, el Pan súper-substancial, la Eucaristía, en su peregrinar hacia la Patria celestial; es por Amor que Jesús, en la Última Cena, instituye el Sacerdocio ministerial, de manera tal que los hombres puedan recibir los sacramentos, verdaderos manantiales de gracia divina, que son la prolongación del Agua y la Sangre que brotaron de su Corazón traspasado en la cruz; es por Amor que Jesús deja el Mandamiento Nuevo, verdaderamente nuevo, el mandamiento de la caridad: “Os doy un mandamiento nuevo: ‘Amaos los unos a los otros, como Yo os he amado’”, porque si bien los judíos conocían el mandato del amor al prójimo, la novedad del mandato de Jesús radica en que los cristianos deben amarse como Cristo los ha amado, es decir, con el Amor de la Cruz, y el Amor de la Cruz es un amor no natural, sino sobrenatural, porque es el Amor del Hombre-Dios, es el Amor del Espíritu Santo, es el Amor del Padre y del Hijo, es el Amor que es la Persona Tercera de la Trinidad, la Persona-Amor de la Trinidad. Amar como Cristo nos ha amado significa amar con amor de cruz, es decir, amar con Amor sobrenatural, no humano, sino celestial, y esto quiere decir un amor divino, desconocido para el hombre y que por lo mismo debe ser solicitado insistentemente, permanentemente, en la oración, porque el hombre no lo tiene y no lo conoce. Para amar “como Cristo nos ha amado”, es decir, para cumplir el mandamiento nuevo que Cristo nos ha dejado, es necesario acudir a la intercesión y mediación del Inmaculado Corazón de María, puesto que se trata del Amor del Espíritu Santo, un Amor que está contenido en el Inmaculado Corazón de María Santísima. Por lo tanto, quien no hace oración a los pies de Cristo crucificado y de María Santísima, que está de pie junto a la cruz; quien no hace oración de rodillas ante el sagrario y ante la Virgen Custodia del Sagrario, no puede recibir este Amor que nos dejó como legado Jesús en la Última Cena y que es el único mandamiento que necesitamos cumplir para entrar en el cielo, porque en este mandamiento está resumida toda la Ley Nueva: quien ama al prójimo “como Cristo nos amó”, es decir, con el Amor del Espíritu Santo, ama con amor perfecto, y quien ama con amor perfecto a su prójimo, ama a Dios con amor perfecto, y quien ama a Dios y al prójimo con amor perfecto, tiene abiertas las Puertas del cielo, es decir, el Sagrado Corazón de Jesús.



         “Habiendo amado a los suyos (…) los amó hasta el fin”. En la Última Cena, en la Pasión, todo lo hace Jesús movido por el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Pero no solo en la Última Cena, que fue la Primera Misa. En cada Santa Misa, sigue actuando Jesús movido por el Amor del Espíritu Santo, porque es por Amor que Jesús nos invita a que nos alimentemos de su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. No tiene Él necesidad de nosotros, sino que somos nosotros, los que tenemos necesidad de recibir su Amor, el Amor Eterno que arde en su Sagrado Corazón Eucarístico.

Miércoles Santo


(Ciclo A – 2014)
         “Se acerca la hora. Voy a celebrar la Pascua en tu casa” (Mt 26, 14-25). Jesús envía a sus discípulos a la casa de “una persona”, alguien de mucha confianza, de quien no se da el nombre en el Evangelio, pero que goza de la más completa confianza por parte de Jesús, para que disponga y prepare todo lo necesario para la comida pascual. Esta persona, amiga de Jesús, está ya avisada y lista, y solo necesita que se le dé la orden de parte de Jesús, para que comience con los preparativos y esto es lo que hace Jesús, enviando a los discípulos. A partir de entonces, la casa –un apartamento de dos pisos en Jerusalén- donde se llevará a cabo la comida pascual, como la describe el evangelista Mateo, será conocida por la historia como “el Cenáculo” y será uno de los sitios más famosos de la humanidad, por haberse llevado a cabo allí el milagro más prodigioso que haya tenido lugar en la historia de la humanidad, comparable solamente con la Encarnación del Verbo en el seno de María Santísima, y es la institución de la Eucaristía, aunque también se da otro prodigio, como la institución del Sacerdocio ministerial, además de dejar Jesús su legado más preciado, el mandato del Amor: “Os doy un mandamiento nuevo: amaos los unos a los otros, como Yo os he amado”.
         “Se acerca la hora. Quiero celebrar la Pascua en tu casa”. A veintiún siglos de distancia, Jesús nos repite, a cada uno de nosotros, las mismas palabras. No envía a discípulos, no estamos en Jerusalén, no tenemos un apartamento material de dos pisos, pero nos dice las mismas palabras: “Quiero celebrar la Pascua en tu casa”: todos tenemos un corazón al cual podemos disponer y preparar para la Cena Pascual. Nuestra alma es como la ciudad santa, Jerusalén y nuestro corazón es como el cenáculo de la Última Cena en donde Dios Padre nos sirve el Banquete celestial de la Santa Misa para que consumamos la Carne Santa del Cordero de Dios, asada en el Fuego del Espíritu Santo; el Pan de Vida eterna, el Cuerpo glorioso de Jesús resucitado y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Sangre del Cordero “como degollado” (Ap 5, 1-14), que del Corazón traspasado de Jesús en la cruz se vierte y se recoge en el cáliz del altar y se sirve a los hijos pródigos que asisten a la Santa Misa.

         “Se acerca la hora. Quiero celebrar la Pascua en tu casa”. No es que nosotros nos acercamos a comulgar: es Jesús quien quier entrar en nuestras almas para celebrar la Pascua eterna en nuestros corazones.

lunes, 14 de abril de 2014

Martes Santo


(Ciclo A – 2014)
         “Uno de ustedes me entregará” (Jn 13, 21-3). En la Última Cena, Jesús revela uno de los dolores más íntimos y profundos, que desgarran su Sagrado Corazón: la traición de uno de los Apóstoles, de uno de los que integran el círculo de los más cercanos a Él. No es un extraño; es alguien que ha compartido con Él muchos momentos y es alguien a quien Jesús le ha brindado su amor de amistad y a tal punto, de nombrarlo sacerdote, pero que no ha correspondido en lo más mínimo a este amor preferencial de amistad. Por un siniestro misterio de iniquidad, Judas Iscariote –de él se trata- ha preferido, desde el primer instante, escuchar el duro y metálico tintineo de las monedas de plata, antes que escuchar el dulce y suave latido del Sagrado Corazón de Jesús y esta ambición desmedida por el dinero es lo que lo ha llevado a traicionar a Jesús y a pactar su venta por treinta monedas de plata. Jesús nada puede hacer frente a la libre determinación de Judas Iscariote de traicionarlo y de negarle su amor, puesto que el hombre es libre y Dios respeta máximamente el libre albedrío humano, ya que en esto radica la imagen divina del hombre y es así que Jesús se ve obligado a dejarlo librado a su libre albedrío, a pesar de darle evidentes muestras de su amor. Jesús sabe que la dureza de corazón de Judas y su amor por el dinero, sumado al rechazo de su Pasión redentora, lo colocan ya en las puertas mismas del infierno, con su alma en estado de condenación eterna. El dolor de Jesús por la perdición del alma de Judas Iscariote llega al paroxismo cuando Judas, habiendo rechazado de modo impenitente todas las advertencias divinas, comulga de modo sacrílego, recibiendo solo pan en vez de la Eucaristía, siendo poseído inmediatamente por Satanás y envuelto en sus tinieblas. Es esto lo que describe el Evangelio: “…cuando Judas tomó el bocado, Satanás entró en él (…) afuera era de noche”, es decir, cuando Judas comulgó sacrílegamente, fue poseído por el demonio, y “afuera” del cenáculo, era de noche, pero esa noche cósmica, la noche de luna, simboliza la noche del alma en pecado en mortal y la oscuridad del infierno en la que se precipita el alma que comulga con el Príncipe de las tinieblas.
         “Uno de ustedes me entregará”. No en vano Jesús nos advierte que “no se puede servir a Dios y al dinero” (Lc 16, 13). Judas entregó a Jesús porque amó más al dinero, a treinta monedas de plata, que a Jesús. Prefirió escuchar el duro y metálico tintineo de las monedas de plata, antes que el dulce y suave latido del Sagrado Corazón de Jesús. Ahora escucha, por la eternidad, los gritos y lamentos de los condenados y los aullidos del Príncipe de las tinieblas. Judas se dejó seducir por el brillo efímero del dinero y se encontró con la oscuridad del infierno. El amor al dinero lleva a Judas a perder doblemente la vida: la vida terrena y la vida eterna.

         “Uno de ustedes me entregará”. No solo ayer, sino también hoy, continúan existiendo Judas dentro de la Iglesia que continúan entregando a Jesús, toda vez que se niega la Verdad revelada y se la sustituye por ideologías que nada tienen que ver con la verdadera doctrina revelada por Jesús. Los modernos Judas crucifican a Jesucristo cuando negando la divinidad de Jesús introducen doctrinas mundanas en la Iglesia que minan sus bases y la deforman de tal manera que es imposible reconocerla como la Esposa de Cristo. Pero a quienes traicionen a Cristo solo les espera, como a Judas Iscariote, la noche y el Príncipe de las tinieblas. 

domingo, 13 de abril de 2014

Lunes Santo


(Ciclo A - 2014)
“Déjala. Ella tenía reservado este perfume para el día de mi sepultura” (Jn 12, 1-11). A medida que avanza la Semana Santa, aparece el tema de la muerte de Jesús, introducido por Él mismo, al responder al falso escándalo de Judas Iscariote, ya que éste lo que quería no era vender el perfume para dárselo a los pobres, sino robarlo para quedarse con el dinero. Jesús profetiza su muerte: el perfume era para el día de su sepultura, pero María se ha adelantado y la ha derramado con antelación. De esta manera, María cumple un gesto profético: derrama el perfume de nardo, muy costoso, en los pies de Jesús, y los seca con sus cabellos. Por lo tanto, surge la pregunta: si lo tenía reservado para el día de su sepultura: ¿por qué se adelanta y lo derrama ahora?
La respuesta surgirá a través del tema introducido por el mismo Jesús: la profecía de su propia muerte. Jesús sabe que va a morir y es lo que acaba de profetizar. Los sacerdotes judíos han tomado ya la decisión de matar a Jesús y han pactado ya con Judas Iscariote la traición. A su vez, también Dios Padre quiere que su Hijo muera en la cruz para salvar a los hombres. Tanto las tinieblas como la luz convergen en la muerte de Jesús. Todos los acontecimientos se dirigen hacia la muerte de Jesús. Pero en esta muerte de Jesús, resultará triunfante la Vida divina que late en lo más profundo de su Ser divino trinitario, oculto en su naturaleza humana, unida a su naturaleza divina. Jesús no es un simple hombre, sino Dios Hijo unido a una naturaleza humana, el cuerpo y el alma de Jesús de Nazareth. Por medio de la muerte de Jesús de Nazareth, el Verbo de Dios insuflará su Vida divina a su naturaleza humana muerta y tendida en el sepulcro el Domingo de Resurrección y así la muerte del hombre quedará vencida para siempre por la Vida divina. Pero antes Jesús deberá pasar por la amargura de la Pasión, por la dolorosísima agonía y muerte de la cruz, por medio de la cual rescatará a la humanidad.
“Déjala. Ella tenía reservado este perfume para el día de mi sepultura”. La palabra “muerte” resuena, implícita y explícitamente en el ambiente a medida que la Semana Santa se inicia y se adentra: “los sacerdotes querían matarlo”; los sacerdotes querían matar también a Lázaro”; “Judas lo traiciona a muerte”; “Jesús profetiza su muerte porque anuncia su sepultura”. Parece que la muerte triunfa inexorable sobre los hombres pero como la muerte es el fruto de la tentación consentida a la Serpiente Antigua, pareciera que el que triunfa sobre los hombres de modo irreversible es el Dragón infernal. Pero precisamente en el gesto profético de María, en la ruptura del frasco de perfume de nardo y en el derramar el perfume en los pies de Jesús, está la respuesta a la pregunta de por qué María rompe el frasco y derrama el perfume ahora y no cuando Jesús esté muerto: es el preanuncio divino de que el Hombre-Dios, que es la Vida divina en sí misma, vencerá a la muerte y a las tinieblas vivientes y resucitará al tercer día y ya no morirá jamás. El perfume de nardos que invade la casa de los amigos de Jesús preanuncia que en el sepulcro de Jesús jamás se percibirá el hedor de la muerte y que por el contrario, que en el sepulcro de Jesús, florecerá y resplandecerá la Vida y la gloria divina –por eso dice “la casa se llenó de perfume”- que nos será comunicada en los cielos, en la otra vida y que en esta se nos comunica, incoada, en la Eucaristía.