jueves, 16 de septiembre de 2010

No se puede amar a Dios y al dinero


“No se puede servir a Dios y al dinero. Estaban oyendo todas estas cosas los fariseos, que eran amigos del dinero, y se burlaban de él. Y les dijo: «Vosotros sois los que os la dais de justos delante de los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones; porque lo que es estimable para los hombres, es abominable ante Dios”.” (cfr. Lc 16, 1-15).

Jesús da su enseñanza a los discípulos, delante de los fariseos que eran, según el evangelio, “amigos del dinero”. Jesús sabía que eran amantes del dinero, y por eso les advierte que no se puede servir a dos señores, a Dios y al dinero.

¿Por qué esta advertencia de Jesús? ¿No es acaso el dinero necesario para la vida diaria? ¿Qué es lo que da el dinero? ¿Qué cambios produce en el corazón humano, para que Jesús haga esta advertencia?

Ante todo, es verdad que el dinero es necesario para la vida diaria, pero sólo en su justa medida. La advertencia de Jesús va dirigida a aquellos que, como los fariseos, son “amigos del dinero”, pero no amigos de Dios.

El hombre puede fácilmente caer en la idolatría del dinero, que en su caso extremo es la codicia y la avaricia, porque el dinero proporciona muchas cosas: el dinero da seguridad, da poder, da prestigio, da honra, da tranquilidad, da felicidad mundana. El dinero nos hace señores del mundo, porque da poder: cuanto más dinero se tiene, más poder se tiene.

Pero el peligro más grande del dinero no es él en sí mismo, sino lo que está detrás de él: la pérdida del amor a Dios, y la adoración del demonio. No en vano una de las tentaciones del demonio a Jesús en el desierto es a través del poder que da el dinero: el demonio le dice a Jesús que, si Él se postra y lo adora, le dará todos los reinos del mundo, es decir, tendrá dinero y poder (cfr. Mt 4, 9). El demonio sabe bien que el corazón que se postra delante del dinero, adora en el fondo al demonio, y apostata de Dios. La respuesta de Jesús es clara: “Sólo a Dios adorarás y a Él rendirás culto”, es decir, no se puede adorar al dinero, y a Satanás con él, porque sólo a Dios Trino se debe la adoración, y a nadie más que a Él.

Por el dinero, se cambian los corazones, y el corazón del hombre se vuelve duro y frío, impermeable al amor de Dios. Esto se ve en la Sagrada Escritura: el Pueblo Elegido, en su peregrinación por el desierto, por amor al dinero, al oro, rechazó al Verdadero Dios y a su amor, y adoró a un becerro de oro (cfr. Ex 30, 17); por amor al dinero, Judas vendió al Hombre-Dios, por treinta monedas de plata (cfr. Mt 26, 15), y lo vendió porque en su corazón no había amor a Jesús, sino al dinero.

El amor del dinero es ya, en sí mismo, un castigo y una maldición divina, porque es un indicio de que el corazón se ha transformado en lo que ama: el hombre se transforma en lo que ama, dice San Agustín, y el dinero, el oro, es algo metálico, frío y sin vida, y así se vuelve el corazón que ama el dinero: duro, frío, sin amor y sin vida. Un corazón amante del dinero transforma al hombre en un ser frío, egoísta, materialista, hedonista, ególatra, incapaz de compadecerse de las necesidades del prójimo, e incapaz de elevar la vista al cielo, en busca de Dios.

El amor al dinero es en sí mismo un castigo divino, porque Dios, viendo el deseo pervertido del corazón que rechaza su amor, lo deja librado a sus pasiones, y es entonces cuando sobrevienen la desesperación y el odio a sí mismo, y el ejemplo de esto es Judas Iscariote, quien termina primero, siendo poseído por el demonio, y luego, suicidándose.

El dinero enfría el amor en el corazón del hombre, y vuelve al hombre incapaz de amar a otra cosa que no sea el dinero, y eso es ya un indicio de una posesión, aunque sea lejana, del demonio.

Es esto lo que sucede con Judas: vende a Jesús por treinta monedas de plata, y esta traición, basada en la ausencia del amor a Dios, lo lleva a comulgar con el demonio, que entra en él y posee su cuerpo: “Y mojando el bocado, lo tomó y se lo dio a Judas hijo de Simón Iscariote. Después del bocado, Satanás entró en él” (cfr. Jn 13, 21-33). Era Satanás quien había puesto en el corazón de Judas el amor al dinero y el deseo de la traición a Jesús, y por eso que, consumada la traición, Judas comulga con el demonio, y el demonio entra en él: “Después del bocado, Satanás entró en él”. No hay una descripción más clara de una posesión demoníaca.

Más adelante, el evangelista Juan destaca un hecho, luego de que Judas tomara el bocado y de que Satanás lo poseyera, entrando en Él: “Judas salió (…) Afuera era de noche”. “Afuera”, se refiere al exterior del cenáculo, pero sobre todo se refiere a ese Cenáculo de amor y de paz que es el Corazón de Jesús; al comulgar con el demonio, Judas sale del Corazón de Jesús, e ingresa en las tinieblas más profundas y más oscuras: “era de noche”, es decir, el evangelista no sólo dice que cuando Judas salió del cenáculo ya había anochecido: lo que el evangelista quiere expresar es que el alma de Judas se ve envuelta en las tinieblas del infierno, en donde habita el Príncipe de las tinieblas.

Del ejemplo negativo de Judas se ve lo absurdo del engaño demoníaco: ¿qué son treinta monedas de plata –aún si fueran toneladas y toneladas de monedas de plata, o de oro-, comparadas con la comunión sacramental, con la unión en el Espíritu Santo con el Cuerpo y la Sangre de Jesús? Todo el oro del mundo -y aún si todos los infinitos planetas de las infinitas galaxias del infinito universo, estuvieran todos llenos de oro-, serían menos que nada, comparadas con el amor de Cristo, con su compañía, con un solo trocito de Eucaristía, y el motivo es que no puede jamás el frío metal dar el más mínimo calor de amor divino y humano que sólo puede darlo el Corazón Eucarístico de Jesús.

No en vano Jesús nos advierte que, donde esté nuestro tesoro, ahí estará nuestro corazón (cfr. Mt 6, 19-23). Si nuestro tesoro está en el dinero, en el oro, en las riquezas materiales, ahí estará nuestro corazón, y nuestro corazón descansará lejos de Dios, en una caja fuerte, en una billetera, en una chequera, pero no en el seno de Dios. Nuestro corazón palpitará al lado de sucios billetes, pero no al lado del Corazón de Jesús, el corazón del Hombre-Dios.

Pero nuestro corazón no fue hecho para el dinero, y por eso es que, aunque aparente lo contrario, el dinero sólo da insatisfacción, dolor y angustia, porque nos aparta del Dueño de nuestro corazón, que es Dios. Judas Iscariote obtiene lo que quiere, las treinta monedas de plata, pero en vez de alegrarse, comienza un estado de desesperación que lo lleva al suicidio, y es porque al haber rechazado al amor de Dios, su corazón quedó vacío de amor y lleno de odio a sí mismo. Por el contrario, quien ama a Dios, quien ama a Dios encarnado, Jesucristo, quien considera que su tesoro más grande y único en esta vida es ese Dios encarnado, que prolonga su encarnación en la Eucaristía, quien considera que su tesoro es Cristo Dios en la Eucaristía, hará descansar su corazón en seno mismo de Dios, en el pecho del Corazón de Jesús, y allí sentirá el latido del Sagrado Corazón, y su alegría no tendrá fin.

“Donde esté tu tesoro, ahí estará tu corazón”. Si nuestro tesoro está en el oro, en el dinero, ahí descansará, y así, al despertar a un nuevo día, seguirá buscando lo que el corazón anhela, que es el dinero; pero puede suceder que un día no despertemos; puede suceder que un día despertemos a la vida eterna, porque habremos muerto a esta vida. Entonces, ¿dónde quedará nuestro corazón? ¿Adónde irá? No podrá ir nunca con el Dios del Amor, porque nunca lo amó; irá al lugar en donde se pierde la capacidad de amar para siempre, y en donde se comienza a odiar para siempre.

“Donde esté tu tesoro, ahí estará tu corazón”. Que nuestro tesoro sea la Santa Eucaristía, para que nuestro corazón esté delante del Sagrario, noche y día, estemos o no estemos físicamente presentes delante del Sagrario. Que nuestro tesoro sea el Corazón Eucarístico de Jesús, el tesoro más grande y más valioso que cualquier otro tesoro en el universo.

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