viernes, 10 de septiembre de 2010

"Oh feliz culpa, que mereció tan grande Redentor"


“Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión” (cfr. Lc 1, 15-32). Se le acercan a Jesús “publicanos y pecadores” y Jesús, lejos de rechazarlos, les predica el Evangelio del Reino. Los fariseos y los escribas, que ven la escena, murmuran contra Jesús, criticando el hecho de que Él les predique a quienes son considerados indignos, a causa de sus pecados. Jesús hace caso omiso de la murmuración, y además les enseña la parábola del pastor que, habiendo perdido una oveja, deja al redil y va en busca de la oveja perdida, y cuando la encuentra, se llena tanto de alegría, que quiere compartir esa alegría con todos: “Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido”. Finaliza la parábola aplicándola a la situación: en el cielo hay más alegría por un pecador que se convierte –los publicanos y pecadores con los cuales él habla-, que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión –los fariseos y los escribas, quienes supuestamente no necesitan conversión-.

Por medio de la parábola, Jesús calla la murmuración de los escribas y fariseos, porque con la parábola explica porqué Él predica a publicanos y pecadores: precisamente, por ser pecadores, ellos son la oveja perdida a la que el Buen Pastor va a buscar, y la conversión de ellos es causa de alegría en el cielo.

La parábola se aplica también a nosotros: la oveja perdida, somos nosotros, que a causa del pecado original, hemos salido voluntariamente del redil, y nos hemos alejado de los pastos verdes y del agua cristalina de la gracia y de la amistad de Dios, y nos hemos internado en un desierto poblado de alimañas y de bestias feroces, el mundo con sus atractivos, y los demonios que están detrás; por el pecado, nos hemos internado en peligrosos desfiladeros, y en caminos angostos y escarpados, por los que asoma el precipicio, el peligro de la caída para siempre, por el pecado mortal, en el abismo del infierno; el pastor que sale a buscar a la oveja perdida, es Cristo, Buen Pastor, Pastor Eterno, que deja el redil de las ovejas, es decir, el cielo, para venir a esta tierra, que desciende al precipicio en donde nos hemos caído, en un movimiento similar al de un pastor terreno que desciende por un barranco para rescatar a su oveja caída.

Sin embargo, hay una diferencia entre el descenso del pastor humano y el del Pastor Eterno que es Jesucristo: si un pastor de la tierra, cuando baja a buscar a su oveja al barranco en donde ésta ha caído, se lastima en su bajada, con las piedras y las espinas del barranco, el Divino Pastor, el Pastor Eterno, es lastimado, no por espinas y piedras, sino por la dureza de piedra del corazón del hombre, que en el colmo de su insolencia, corona con espinas a su Dios, a Dios Hijo, que había recibido en la eternidad la corona de gloria de parte de su Padre Dios.

Este Buen Pastor, en su descenso, ha sido lastimado, pero no con cardos y espinas, ni con las piedras del barranco, sino que ha sido lastimado por la mano del hombre, que de modo ciego e insolente, levanta su mano contra Él en la Pasión, y la descarga para abofetearlo, darle trompadas, flagelarlo, golpearlo, lacerarlo, arañarlo, además de escupirlo, darle patadas, e insultarlo.

También nosotros, las ovejas del barranco, estamos heridos, pero por propia voluntad: en nuestra caída por el barranco, por el precipicio, en nuestra caída desde el Paraíso, a causa del pecado original, sufrimos muchas heridas, la herida del oscurecimiento de la inteligencia para buscar la verdad, la herida de la voluntad, que con fatiga se dirige al bien, la herida de los sentidos, que se apartan de lo bueno y de lo santo, y hemos quedado en el fondo del barranco, en lo más hondo del precipicio, sin posibilidad alguna de salir, pero Cristo Dios, el Buen Pastor, con sus heridas, sufridas en su descenso al bajar al abismo que es nuestro mundo, las heridas de la cruz, ha curado nuestras heridas. “Sus heridas nos han sanado”, dice el profeta Isaías (53, 5), y por eso debemos agradecer, alabar, honrar y adorar a nuestro Dios, que por su gran misericordia, por su bondad y por su amor infinito, nos ha rescatado. Sus santas llagas, las heridas de la cabeza, del costado, de las manos y de los pies, enrojecidas por su Sangre preciosísima, han curado nuestras llagas, que estaban ya purulentas y hediendo con el olor de la muerte.

Y así como un pastor de la tierra cura las heridas de su oveja con ungüento y con aceite, así el Pastor eterno nos unge con el aceite que sana las heridas, el Espíritu Santo, el Amor de Dios. Es el Amor infinito y eterno de Dios el que nos cura y nos sana, nos devuelve la salud del cuerpo y del alma; Cristo Buen Pastor cura las heridas del alma y del corazón con el Amor divino, con el Espíritu Santo, para que así, con la gracia de Dios en el alma, cumplamos nuestra Pascua, nuestro “paso” de este mundo a la eternidad, en la comunión alegre y feliz de vida y de amor con las Tres Personas de la Santísima Trinidad.

“Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión”. El Evangelio y la parábola de hoy se nos aplican, en todo su significado, a nosotros, porque, al igual que los publicanos y pecadores del evangelio, también nosotros somos pecadores, también nosotros somos como los publicanos, que eran considerados los peores pecadores, y también por nosotros es que viene el Buen Pastor, el Pastor Eterno, Cristo Jesús, desde su eternidad, hasta nuestro tiempo, para rescatarnos por medio de la cruz, para curar nuestras heridas con sus Heridas santas.

Somos pecadores, y nuestra condición de pecadores es nuestro orgullo, porque aunque el pecado sea algo intrínsecamente malo en sí mismo, es por el pecado que nos vino el Amor de Dios, Cristo Jesús. Por eso la Iglesia santa, junto a San Agustín, exulta de alegría y gozo en el Sábado Santo, cantando: “Oh feliz culpa, que mereció a tan grande Redentor”. Nuestro pecado es motivo de alegría, no por él en sí mismo, porque en sí mismo es suma desgracia y dolor, sino porque como somos pecadores, la atención de Dios Hijo, y todo el mar infinito de su infinita Misericordia, se dirigen a nosotros: “No necesitan del médico los sanos, sino los enfermos” (cfr. Lc 5, 29-32).

Bendito sea el Pastor Eterno, Jesucristo, que cura nuestras heridas con sus Santas Llagas; bendito sea por la eternidad el Pastor de las ovejas, que nos redimió con su Pasión.

El cielo se alegra por un pecador que se arrepiente; arrepintámonos de nuestros pecados, y alegrémonos con la misma alegría del cielo, porque el Dios de toda bondad y de toda misericordia, el Gran Dios Jesucristo, ha puesto sus ojos en nosotros, pecadores.

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