viernes, 20 de febrero de 2026

Miércoles de Cenizas

 



(Ciclo A – 2026)

         Con el Miércoles de Cenizas la Iglesia inicia un camino espiritual que culmina con la Resurrección del Señor, pasando por su Pasión y Muerte en Cruz. Precisamente, porque se trata de un hecho espiritual, sobrenatural, celestial y no un simple recordatorio piadoso de la memoria, es que debemos profundizar en el aspecto espiritual y místico del significado del Miércoles de Cenizas, con el cual se inicia el tiempo litúrgico de la Cuaresma.

         Como dijimos, tenemos que tener presente que a pesar de ser un hecho que evoca el pasado, no se trata de un simple recuerdo piadoso de la memoria, ni personal ni colectivamente; tampoco la participación del católico se reduce a recibir exteriormente la imposición de las cenizas ni mucho menos a abstenerse de comer carne los viernes. La Cuaresma, que inicia el Miércoles de Cenizas, es algo infinitamente más profundo, más grandioso, más sobrenatural que esto. En la Cuaresma los católicos, que conforman la Iglesia Militante, participan misteriosamente del ayuno, la oración, la penitencia y la lucha contra el mal de Nuestro Señor Jesucristo llevados a cabo en el desierto hace veintiún siglos. Es decir, así como el Espíritu Santo llevó al Señor Jesús al desierto para que hiciera oración y ayuno, para que resistiera la tentación y venciera al mal con la Palabra de Dios, así el católico, en forma personal y como Cuerpo Místico de Jesús, es llevado misteriosamente, al comenzar el tiempo de Cuaresma, al mismo desierto, viajando en el tiempo y en el espacio, para hacer compañía y participar del ayuno, la oración y la penitencia de Nuestro Señor Jesucristo.

         En otras palabras, por un prodigio del Espíritu Santo, a veintiún siglos de distancia, la Iglesia participa e ingresa místicamente junto con Nuestro Señor en el desierto y lo acompaña en sus cuarenta días de oración, ayuno y penitencia. La Cabeza de la Iglesia, Cristo, ingresó en el desierto hace veintiún siglos; por obra del Espíritu Santo y en el tiempo litúrgico de la Cuaresma, que inicia el Miércoles de Cenizas, el Cuerpo Místico de Jesús, la Iglesia, ingresa espiritual y místicamente en el desierto para ayunar, orar y hacer penitencia con Él, en su lucha contra el mal personificado, Satanás y contra las pasiones y aquí está la diferencia: la Cabeza que es Cristo no debe expiar por Sí mismo ningún pecado, ya que Él es Dios Santo, Puro e Inmaculado, en cambio nosotros, los miembros de la Iglesia, sí debemos expiar por nuestros pecados y por los de nuestros hermanos, porque somos pecadores.

         Algo significativo y que debemos preguntarnos es el hecho de que Jesús elige el desierto para el ayuno, la oración y la penitencia. La razón es que el desierto posee mucha simbología desde el punto de vista espiritual: en el Antiguo Testamento, terrenalmente, era el lugar de paso y peregrinación hacia la Jerusalén Terrena, la Tierra Prometida, de ahí que tanto la vida como la historia humana están representadas simbólicamente en el desierto, porque esta vida es un peregrinar del Nuevo Pueblo Elegido no ya hacia la Jerusalén terrenal, sino hacia la Jerusalén celestial, la Jerusalén del cielo; el desierto es también el lugar en donde el alma experimenta con mayor intensidad la soledad, lo cual facilita el encuentro con Dios; pero también es un lugar de desolación, en el sentido de que no existe nada sensible que pueda atraer al alma –durante el día, se experimenta calor extremo y durante la noche, un frío glacial-, todo lo cual ayuda a la penitencia y a la mortificación de las concupiscencias, del cuerpo –sensualidad- y el espíritu –la soberbia-; el desierto es también símbolo del corazón humano luego del pecado original: antes era un Jardín en el que Dios se paseaba, pero después del pecado original, se convirtió en un desierto de arena, en el que arde las pasiones –el calor del día- y en donde falta el amor de Dios –la caridad-; finalmente, en el desierto el alma se encuentra con Dios pero también con el Demonio, porque así como Jesús fue tentado en el desierto, así también el alma es atacada por el Tentador en el desierto, toda vez que intenta emprender el camino de la conversión del corazón hacia Dios.

El desierto es símbolo de penitencia, al igual que las cenizas que se imponen el día Miércoles en el que inicia la Cuaresma, pero la Cabeza que es Cristo, no tiene necesidad de penitencia y si la hace, es de forma vicaria por los hombres pecadores. Quienes sí tenemos necesidad de penitencia somos los hombres, porque somos pecadores y esta penitencia está simbolizada en las cenizas y en el ingreso de Jesús al desierto, siendo del todo necesaria para nosotros, si es que queremos morir al hombre viejo, para nacer al hombre nuevo. Ahora bien, para que la penitencia adquiera todo su valor salvífico y redentor, debe ser unida a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. La penitencia sólo tiene valor cuando se la une al sacrificio redentor de Cristo en la cruz y es por esto que los cristianos, místicamente, con las cenizas impuestas en la frente al inicio de la Cuaresma, nos internamos con Jesús en el desierto, y huimos del mundo y sus falsos atractivos para así, en la oración, el ayuno y la penitencia, encontrar a Dios en ese “desierto nevado” (cfr. Liturgia de las Horas) que es nuestro corazón pecador. Nuestro corazón, arrasado por el pecado, es árido porque le falta la frescura del Divino Amor y arde en las pasiones, porque no tiene la gracia santificante que le permite dominarlas y subordinarlas a la razón, para así encaminarnos a la santidad.

Y al igual que Jesús, que al final de la estadía de cuarenta días en el desierto, experimentó la tentación por parte del Tentador, el Ángel caído, también nosotros, hombres pecadores, viadores, experimentamos la tentación en el desierto de la vida, en el camino que conduce a la Jerusalén celestial. Pero Jesús, que no cayó en pecado porque era imposible que lo hiciera, ya que era Dios Hijo en Persona, nos dejó ejemplo de cómo resistir y vencer a la tentación, ante todo, con la Palabra de Dios, con la oración, con el ayuno y la penitencia. Es por eso que el cristiano no puede excusarse ante la tentación porque, por fuerte que sea, no es más fuerte que la gracia que nos comunica Jesús, por lo que si caemos en la tentación, no es por falta de asistencia divina, sino porque así lo decidimos nosotros, rechazando el auxilio de la gracia. Jesús, que es la santidad divina en sí misma, porque es la Segunda Persona de la Trinidad, se interna en el desierto, al inicio de la Cuaresma, para orar y ayunar y hacer penitencia por nosotros. Nosotros, como Iglesia, por medio de la imposición de las Cenizas, recordamos que “somos polvo y al polvo hemos de volver”, es decir, recordamos que en el momento de la muerte este cuerpo iniciará su proceso natural de descomposición, que lo reducirá a cenizas, mientras que nuestra alma será llevada ante la Presencia de Dios Trino para recibir el Juicio Particular y es para estar preparados para ese momento, que participamos de los cuarenta días de Jesús en el desierto, haciendo penitencia con el cuerpo, dominando las pasiones y buscando la conversión del alma por medio de las prácticas cuaresmales.

Debemos meditar la frase de imposición de cenizas: “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás”: quiere decir que fuimos creados por Dios Trino para ser vivir en Él por la eternidad, pero por el pecado de rebelión nos convertimos en ese polvo que se nos impone en la frente; a la vez, esas cenizas se nos imponen con el signo victorioso de la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, y así estas mismas cenizas que nos recuerdan que nos convertiremos en polvo, nos recuerdan que si bien hemos de morir a causa de la fuerza de muerte que anida en la carne de pecado, hemos de resucitar a causa de la fuerza vital de gracia injertada por Cristo en nuestras almas en el Bautismo, en la Eucaristía y en los sacramentos en general.

         “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás”, nos dice la Iglesia en el Miércoles de Ceniza, al inicio de la Cuaresma, para que recordemos que por el pecado, nos encaminamos hacia la muerte; y Cristo nos dice: “Recuerda que por la gracia santificante participas de la divinidad y te convertirás en el mismo Dios”, para que recordemos que por la gracia, nos encaminamos hacia la feliz eternidad, en donde contemplaremos a Dios Trino cara a cara, en donde Dios será todo en todos, en donde viviremos la felicidad de una eterna Pascua.

 


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