(Ciclo A – 2026)
Con el Miércoles
de Cenizas la Iglesia inicia un camino espiritual que culmina con la
Resurrección del Señor, pasando por su Pasión y Muerte en Cruz. Precisamente,
porque se trata de un hecho espiritual, sobrenatural, celestial y no un simple
recordatorio piadoso de la memoria, es que debemos profundizar en el aspecto
espiritual y místico del significado del Miércoles de Cenizas, con el cual se
inicia el tiempo litúrgico de la Cuaresma.
Como dijimos, tenemos que tener presente que a pesar de ser
un hecho que evoca el pasado, no se trata de un simple recuerdo piadoso de la
memoria, ni personal ni colectivamente; tampoco la participación del católico
se reduce a recibir exteriormente la imposición de las cenizas ni mucho menos a
abstenerse de comer carne los viernes. La Cuaresma, que inicia el Miércoles de
Cenizas, es algo infinitamente más profundo, más grandioso, más sobrenatural
que esto. En la Cuaresma los católicos, que conforman la Iglesia Militante,
participan misteriosamente del ayuno, la oración, la penitencia y la lucha
contra el mal de Nuestro Señor Jesucristo llevados a cabo en el desierto hace
veintiún siglos. Es decir, así como el Espíritu Santo llevó al Señor Jesús al
desierto para que hiciera oración y ayuno, para que resistiera la tentación y
venciera al mal con la Palabra de Dios, así el católico, en forma personal y
como Cuerpo Místico de Jesús, es llevado misteriosamente, al comenzar el tiempo
de Cuaresma, al mismo desierto, viajando en el tiempo y en el espacio, para
hacer compañía y participar del ayuno, la oración y la penitencia de Nuestro
Señor Jesucristo.
En otras palabras, por un prodigio del Espíritu Santo, a
veintiún siglos de distancia, la Iglesia participa e ingresa místicamente junto
con Nuestro Señor en el desierto y lo acompaña en sus cuarenta días de oración,
ayuno y penitencia. La Cabeza de la Iglesia, Cristo, ingresó en el desierto
hace veintiún siglos; por obra del Espíritu Santo y en el tiempo litúrgico de
la Cuaresma, que inicia el Miércoles de Cenizas, el Cuerpo Místico de Jesús, la
Iglesia, ingresa espiritual y místicamente en el desierto para ayunar, orar y
hacer penitencia con Él, en su lucha contra el mal personificado, Satanás y
contra las pasiones y aquí está la diferencia: la Cabeza que es Cristo no debe
expiar por Sí mismo ningún pecado, ya que Él es Dios Santo, Puro e Inmaculado,
en cambio nosotros, los miembros de la Iglesia, sí debemos expiar por nuestros
pecados y por los de nuestros hermanos, porque somos pecadores.
Algo significativo y que debemos preguntarnos es el hecho de
que Jesús elige el desierto para el ayuno, la oración y la penitencia. La razón
es que el desierto posee mucha simbología desde el punto de vista espiritual:
en el Antiguo Testamento, terrenalmente, era el lugar de paso y peregrinación
hacia la Jerusalén Terrena, la Tierra Prometida, de ahí que tanto la vida como
la historia humana están representadas simbólicamente en el desierto, porque
esta vida es un peregrinar del Nuevo Pueblo Elegido no ya hacia la Jerusalén
terrenal, sino hacia la Jerusalén celestial, la Jerusalén del cielo; el
desierto es también el lugar en donde el alma experimenta con mayor intensidad
la soledad, lo cual facilita el encuentro con Dios; pero también es un lugar de
desolación, en el sentido de que no existe nada sensible que pueda atraer al
alma –durante el día, se experimenta calor extremo y durante la noche, un frío
glacial-, todo lo cual ayuda a la penitencia y a la mortificación de las
concupiscencias, del cuerpo –sensualidad- y el espíritu –la soberbia-; el
desierto es también símbolo del corazón humano luego del pecado original: antes
era un Jardín en el que Dios se paseaba, pero después del pecado original, se
convirtió en un desierto de arena, en el que arde las pasiones –el calor del
día- y en donde falta el amor de Dios –la caridad-; finalmente, en el desierto
el alma se encuentra con Dios pero también con el Demonio, porque así como
Jesús fue tentado en el desierto, así también el alma es atacada por el
Tentador en el desierto, toda vez que intenta emprender el camino de la
conversión del corazón hacia Dios.
El
desierto es símbolo de penitencia, al igual que las cenizas que se imponen el
día Miércoles en el que inicia la Cuaresma, pero la Cabeza que es Cristo, no
tiene necesidad de penitencia y si la hace, es de forma vicaria por los hombres
pecadores. Quienes sí tenemos necesidad de penitencia somos los hombres, porque
somos pecadores y esta penitencia está simbolizada en las cenizas y en el
ingreso de Jesús al desierto, siendo del todo necesaria para nosotros, si es
que queremos morir al hombre viejo, para nacer al hombre nuevo. Ahora bien,
para que la penitencia adquiera todo su valor salvífico y redentor, debe ser
unida a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. La penitencia sólo tiene valor
cuando se la une al sacrificio redentor de Cristo en la cruz y es por esto que
los cristianos, místicamente, con las cenizas impuestas en la frente al inicio
de la Cuaresma, nos internamos con Jesús en el desierto, y huimos del mundo y
sus falsos atractivos para así, en la oración, el ayuno y la penitencia,
encontrar a Dios en ese “desierto nevado” (cfr. Liturgia de las Horas) que es nuestro corazón pecador. Nuestro
corazón, arrasado por el pecado, es árido porque le falta la frescura del
Divino Amor y arde en las pasiones, porque no tiene la gracia santificante que
le permite dominarlas y subordinarlas a la razón, para así encaminarnos a la
santidad.
Y
al igual que Jesús, que al final de la estadía de cuarenta días en el desierto,
experimentó la tentación por parte del Tentador, el Ángel caído, también
nosotros, hombres pecadores, viadores, experimentamos la tentación en el
desierto de la vida, en el camino que conduce a la Jerusalén celestial. Pero
Jesús, que no cayó en pecado porque era imposible que lo hiciera, ya que era
Dios Hijo en Persona, nos dejó ejemplo de cómo resistir y vencer a la
tentación, ante todo, con la Palabra de Dios, con la oración, con el ayuno y la
penitencia. Es por eso que el cristiano no puede excusarse ante la tentación
porque, por fuerte que sea, no es más fuerte que la gracia que nos comunica
Jesús, por lo que si caemos en la tentación, no es por falta de asistencia
divina, sino porque así lo decidimos nosotros, rechazando el auxilio de la
gracia. Jesús, que es la santidad divina en sí misma, porque es la Segunda
Persona de la Trinidad, se interna en el desierto, al inicio de la Cuaresma,
para orar y ayunar y hacer penitencia por nosotros. Nosotros, como Iglesia, por
medio de la imposición de las Cenizas, recordamos que “somos polvo y al polvo
hemos de volver”, es decir, recordamos que en el momento de la muerte este
cuerpo iniciará su proceso natural de descomposición, que lo reducirá a
cenizas, mientras que nuestra alma será llevada ante la Presencia de Dios Trino
para recibir el Juicio Particular y es para estar preparados para ese momento,
que participamos de los cuarenta días de Jesús en el desierto, haciendo
penitencia con el cuerpo, dominando las pasiones y buscando la conversión del
alma por medio de las prácticas cuaresmales.
Debemos
meditar la frase de imposición de cenizas: “Recuerda que eres polvo y en polvo
te convertirás”: quiere decir que fuimos creados por Dios Trino para ser vivir
en Él por la eternidad, pero por el pecado de rebelión nos convertimos en ese
polvo que se nos impone en la frente; a la vez, esas cenizas se nos imponen con
el signo victorioso de la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, y así estas mismas
cenizas que nos recuerdan que nos convertiremos en polvo, nos recuerdan que si
bien hemos de morir a causa de la fuerza de muerte que anida en la carne de
pecado, hemos de resucitar a causa de la fuerza vital de gracia injertada por
Cristo en nuestras almas en el Bautismo, en la Eucaristía y en los sacramentos
en general.
“Recuerda que eres polvo y en polvo te
convertirás”, nos dice la Iglesia en el Miércoles de Ceniza, al inicio de la
Cuaresma, para que recordemos que por el pecado, nos encaminamos hacia la
muerte; y Cristo nos dice: “Recuerda que por la gracia santificante participas
de la divinidad y te convertirás en el mismo Dios”, para que recordemos que por
la gracia, nos encaminamos hacia la feliz eternidad, en donde contemplaremos a
Dios Trino cara a cara, en donde Dios será todo en todos, en donde viviremos la
felicidad de una eterna Pascua.

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