(Domingo IV - TO - Ciclo A -
2026)
“Felices los que vivan las Bienaventuranzas, porque de
ellos es el Reino de los cielos” (cfr. Mt
5, 1-12). Jesús proclama lo que se conoce como “el Sermón de la Montaña” o
“Sermón de las Bienaventuranzas”, en el que se contienen los secretos
celestiales necesarios para poseer y heredar el Reino de los cielos. Las
Bienaventuranzas no son ideales abstractos, sino estados de vida posibles de
alcanzar con la gracia divina en esta tierra, pero temporarios, porque miran a
conseguir un estado de vida definitivo y eterno, en la otra vida, en la vida
eterna, en el Reino de los cielos. Las Bienaventuranzas se ubican en las
antípodas de la sociedad pos-moderna, hedonista, materialista, relativista,
ocultista y atea de nuestros días, en las que el hombre vive según su propia
voluntad y no según la voluntad de Dios. Para el hombre de hoy, las
Bienaventuranzas resultan extrañas, incomprensibles, puesto que su oído
espiritual está cerrado a la voz de Dios pero está abierto a la voz sibilina de
la Serpiente Antigua y por eso no es capaz de reconocer la voz de su Creador,
que habla a través de la humanidad santísima de Jesús de Nazareth.
Las Bienaventuranzas de Jesús están
siempre en las antípodas, en el polo opuesto de las bienaventuranzas o
felicidades del mundo; así, por ejemplo, Jesús afirma que son “Felices los que
tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos” y
sin embargo para el mundo, la felicidad está en poseer dinero y bienes
materiales, porque el hombre de hoy idolatra y adora al dinero y es capaz de
cometer los más horribles crímenes y con el fin de hacerse de ese dinero, sin
importarle su origen ilícito, porque considera que en eso consiste su
felicidad, cuando la felicidad, a los ojos de Dios, está en la pobreza, primero
espiritual, y luego material.
Jesús dice: “Felices los pacientes,
porque recibirán la tierra en herencia”; el rechazo de la cruz conlleva, entre
otras cosas, la pérdida de la virtud de la paciencia y por esta razón el hombre
contemporáneo no soporta la tribulación, pretendiendo la solución rápida,
mágica, para lo cual acude a los enemigos de Cristo y servidores del Demonio,
los chamanes, los brujos, los magos, los hechiceros, con lo cual ofende a Dios
al no confiar a Dios y su Amor providente, poniéndose voluntariamente en manos
del Enemigo de las almas, el Demonio.
Otra Bienaventuranza de Jesús es la de la aflicción:
“Felices los afligidos, porque serán consolados”, pero no es una aflicción
cualquiera, es la aflicción de la Cruz, de la Pasión, del Huerto de Getsemaní, es
la aflicción que se origina al participar espiritual y místicamente de la
Pasión del Señor Jesús; la antítesis egoísta de esta aflicción mística es la aflicción
centrada no en la Pasión, sino en sí mismo, en las propias tribulaciones e
incertidumbres que son características de esta vida terrena pero ni aun así el
hombre, en su egoísmo, ni recurre a Dios en su aflicción, ni lo acompaña en la
aflicción al Hombre-Dios en la Pasión y el Calvario.
Otra Bienaventuranza es la de tener “hambre y sed de
justicia, porque serán saciados”. En esta Bienaventuranza el alma es feliz
porque sacia su “hambre y sed de justicia” y esto es opuesto al mundo, porque para
el mundo la única felicidad es saciar el hambre y la sed del cuerpo y por eso
solo persigue y desea los banquetes y manjares terrenos, despreciando
sacrílegamente el Banquete del cielo, que sacia el hambre y la sed del hambre y
ese Banquete es la Carne del Cordero, el Pan de Vida eterna y el Vino de la
Alianza Nueva y Eterna, la Eucaristía.
Jesús dice: “Felices los misericordiosos, porque
obtendrán misericordia”, pero al olvidarse de Dios, que es la Misericordia en
Sí misma y la Fuente de la Misericordia Increada, el hombre de hoy, no solo no
es misericordioso con su prójimo, sino que lo utiliza a éste para su propio
placer hedonista, convirtiendo a su prójimo en un objeto que debe ser utilizado
y desechado cuando ya no sirva más.
Jesús dice: “Felices los que tienen el corazón puro,
porque verán a Dios”, pero el hombre de hoy, lejos de la pureza que pide Jesús,
inunda el mundo con una doble impureza: la del alma, postrándose en adoración
ante los ídolos mundanos –la música anti-cristiana, el dinero, el poder, el
placer hedonista-, y la impureza corporal, decretando en contra del designio
divino, que la sexualidad es para el placer y no reservada única y
exclusivamente para el matrimonio y la procreación.
Jesús dice: “Felices los que trabajan por la paz,
porque serán llamados hijos de Dios”, pero el hombre de hoy, convertido en hijo
de las tinieblas, considera a la guerra, la discordia, la revancha, la venganza
y el odio, como los motores que deben regir las relaciones entre los hombres y
las naciones, despreciando y rechazando la Paz de Dios ofrecida en la Cruz por
Jesús, “Mi paz os dejo, la paz os doy”.
Jesús dice: “Felices los que son perseguidos por
practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos”,
pero el hombre de hoy, al haberse alejado de Dios, Fuente de justicia y la
Justicia Divina en sí misma, ni practica la justicia ni le interesa la
justicia, volviéndose injusto ante Dios y ante los hombres.
Jesús dice: “Felices ustedes, cuando sean insultados y
perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí”, pero el
hombre de hoy, al no seguir a Jesús, es alabado y glorificado por el mundo y su
única meta es recibir los halagos y la gloria mundana, convirtiéndose así en
perseguidor de Cristo y su Iglesia.
Jesús dice: “Alégrense y regocíjense entonces, porque
ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo”, pero el hombre de hoy se
alegra y regocija por los placeres de la tierra, porque no piensa más ni en la
eternidad ni en el Reino de los cielos.
“Felices los que vivan las Bienaventuranzas, porque de
ellos es el Reino de los cielos”. ¿Cómo vivir las Bienaventuranzas, para así
ser felices, en esta vida y en la otra? Arrodillados ante la Santa Cruz de
Jesús, besando con amor y piedad sus pies ensangrentados y suplicando a Nuestra
Señora de los Dolores, que está de pie al lado de la Cruz, que interceda por
nosotros y nos refugie en su Inmaculado Corazón.

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