(Domingo
VI - TO - Ciclo A - 2026)
“Si la justicia de ustedes no es superior a la de los
escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos” (Mt 5, 17-37). Dice San Ireneo que el
Pueblo Elegido tenía tanto la Ley natural y la Ley de Dios para manifestarse al
mundo como justos; dice así el santo: “En la Ley hay preceptos naturales que
nos dan ya la santidad; incluso antes de dar Dios la Ley a Moisés, había
hombres que observaban estos preceptos y quedaron justificados por su fe y
fueron agradables a Dios”[1].
Es decir, según San Ireneo, antes de recibir la ley de Dios, quien cumplía la
ley natural, la ley impresa en la conciencia y que dice qué es lo que está bien
y qué es lo que está mal, se santificaba; luego vino la ayuda divina al dar al
Pueblo Elegido la Ley de Dios. Ahora bien, lo que sucede es que Jesús, que es
ese mismo Dios que dio la Ley Natural a todos los hombres y los Mandamientos al
Pueblo Elegido, viene ahora a nosotros, que somos el Nuevo Pueblo Elegido, los
bautizados en la Iglesia Católica, para traernos, no otra Ley distinta, sino la
misma Ley Natural y los mismos Mandamientos, aunque ahora escritos no ya en
tablas de piedra, sino en los corazones, y esa es la razón por la cual el
cumplimiento de esa Ley es mucho más estricto: “El Señor no abolió estos
preceptos sino que los extendió y les dio plenitud”[2].
Es por eso que Jesús dice: “No piensen que vine para abolir la Ley o los
Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento”. Luego da el
ejemplo de cómo es ese cumplimiento: “Ustedes han oído que se dijo a los
antepasados: No matarás, y el que mata, debe ser llevado ante el tribunal. Pero
yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser
condenado por un tribunal. Y todo aquel que lo insulta, merece ser castigado
por el Sanedrín. Y el que lo maldice, merece la Gehena de fuego. Por lo tanto,
si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene
alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con
tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda”. Lo que revela Jesús
es que, antes de Él, para ser justos ante Dios, bastaba con “no matar”, para
cumplir la Ley de Dios, y así se era justo, al menos en el cumplimiento de ese
mandamiento; es decir, el justo era el que no mataba, el que no privaba de la
vida a su prójimo, el que no cometía homicidio. Era justo quien no cometía
homicidio exteriormente, porque estar ante la Presencia de Dios era estarlo exteriormente.
De esto se sigue que se podía odiar al prójimo, pero si no se lo mataba, se
cumplía con el precepto que decía “No matarás”. Sin embargo, ahora, a partir de
Jesús y su gracia, el hombre comienza a estar en la Presencia de Dios ya en
esta tierra, en el interior de su corazón, y por eso el cumplimiento de la Ley
de Dios comienza en ese interior del hombre, en su corazón, y es por ese motivo
que Jesús graba a fuego los Mandamientos de Dios en el corazón, al tiempo que
hace que el alma esté ante la Presencia de Dios, desde el momento en que, por
la gracia, ese Dios, que es Uno y Trino, inhabita en el corazón del hombre. Esto
quiere decir que, cuando el alma está en estado de gracia santificante, el alma
está ante la Presencia de Dios Trino porque por la gracia, Dios Uno y Trino
viene a inhabitar en el alma del justo y así está ante la Presencia de la
Trinidad de una manera análoga a como están las almas de los santos en el
cielo, estando aún en la tierra. Esto significa que a partir de Jesús y su don
de la gracia santificante Dios no solo está “más cerca” del justo, sino que
está “dentro” del alma del justo, por así decirlo, porque la gracia convierte
al alma del justo en morada viviente de Dios Uno y Trino; por eso es que quien
está en gracia está delante de la Trinidad, así como quien está delante del
sagrario o delante de la Eucaristía, está delante del Cordero. Es por este
motivo por el cual ya no es suficiente el cumplimiento meramente exterior de los
Mandamientos de la Ley: ahora deben ser cumplidos, primera y principalmente, en
el corazón mismo del hombre, en su alma, en lo más profundo de su acto de ser,
porque allí mora la Trinidad, cuando el alma está en gracia. Por esto no basta
con no quitar la vida exteriormente al hermano: ahora Dios, que mora en el
corazón del hombre, ve sus pensamientos, y cualquier pensamiento malo, por
pequeño que sea, ofende a esta Presencia divina, en su infinita majestad y
bondad y cualquier acto de malicia, aun cuando no sea formulado al exterior del
hombre, cualquier pensamiento de malicia, aun el más pequeño, resuena en las
paredes del Templo de Dios que es el corazón del hombre por la gracia, y lo
ofende, porque está ante su Presencia por la gracia. Ahora, con la gracia
santificante, ya no basta con “no matar”: quien interiormente se irrita,
insulta y maldice a su hermano, está en falta ante Dios, porque está ante su
Presencia; todavía más, quien no se reconcilia con su hermano, está en falta
ante Dios y es indigno de acercarse al altar: “Si al presentar tu ofrenda en el
altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu
ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces
vuelve a presentar tu ofrenda”.
“Si la justicia de ustedes no es superior a la de los
escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos”. El cumplimiento de
los Mandamientos de la Ley de Dios, que hace justo al cristiano y la recepción
de los sacramentos, que conceden la gracia santificante, no constituyen un mero
legalismo: ambos están motivados por el Amor de Dios, porque el que está unido
por la gracia al Sagrado Corazón de Jesús y lo ama con todas sus fuerzas, amará
también a su hermano, porque su corazón y el Corazón de Jesús, “que es Amor”
(cfr. 1 Jn 2, 4), serán una sola cosa
y en esto consiste en ser “justos” ante Dios, en amar por amar, tanto a Dios
como al prójimo.

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