(Domingo
IV - TP - A - 2026)
“Yo
Soy el Buen Pastor” (Jn 10, 11-18). Frente a sus discípulos, Jesús se
auto- proclama a Sí mismo como “el Buen Pastor”, pero no en un sentido literal,
material, sino en un sentido espiritual, sobrenatural: Él es el “Buen Pastor”,
no del rebaño de las ovejas entendidas como animales, sino de las ovejas
entendidas en sentido figurado, es decir, las ovejas entendidas como las almas,
como aquellas almas que pertenecen a su grey, a su Iglesia. Jesús, como Buen
Pastor, se diferencia radicalmente de los “malos pastores”, los cuales son “asalariados”
y solo buscan “sacar provecho” de las ovejas, mientras que Jesús, por el
contrario -y ésta es la diferencia fundamental- “da literalmente la vida por
las ovejas de su rebaño”. Este “dar la vida” de parte de Jesús Buen Pastor por
todas y cada una de sus ovejas, aun de las más pequeñas, no es en un sentido
metafórico, simbólico o poético, sino real y verdadero. Así como le sucede a un
pastor terreno, que cuando se le extravía una oveja del redil, deja a las
restantes al seguro en el redil e independientemente de las condiciones
atmosféricas y geográficas sale en busca de la oveja perdida, mucho más
Jesucristo, Buen Pastor, cuando un alma se pierde, deja a las almas que están
seguras en el Cielo, por así decirlo, para venir a buscar a las almas en
peligro de condenación eterna en la tierra.
Sin
el pastor que la guíe, la oveja prontamente pierde la guía y se desorienta,
saliéndose del sendero y caminando por lugares que no conoce; así desorientada,
llega un momento determinado en el que tropieza y cae dando tumbos por el
barranco hasta que se detiene en el fondo del mismo, quedando herida de muerte,
sangrando, con la piel rasgada por los huesos fracturados pero sobre todo, lo
más peligroso, a merced del lobo, quien es atraído por el olor de la sangre.
Sin la protección del pastor, la oveja es fácil presa del lobo, el cual
destrozará sus tiernas carnes con sus duros y filosos dientes y despedazará su
cuerpo con sus despiadas garras. Pero así como el buen pastor de la tierra,
cuando se da cuenta que se ha perdido su oveja no duda ni un instante en salir
a buscarla y cuando la encuentra a la oveja perdida desciende con su cayado por
el barranco para curar sus heridas con aceite y luego de cubrirlas con vendas
la carga sobre sus hombros para regresarla sana y salva al redil, así, del
mismo modo Jesús, Buen Pastor, Pastor Sumo y Eterno, cumpliendo la voluntad del
Padre, desciende no a un barranco, sino que desciende desde el seno del Padre
al seno de la Virgen Madre; desciende desde el cielo a la tierra, para
encarnarse llevado por el Espíritu Santo y así bajar por ese barranco
inmaterial que es la Encarnación para venir en nuestra búsqueda, en la búsqueda
de la oveja perdida que somos nosotros los hombres, que es toda la humanidad y así
Jesús el Buen Pastor baja con su cayado que es la Santa Cruz, para recoger a la
humanidad herida y dispersa por el pecado y acechada por el Lobo infernal, el
Demonio, ahuyentándolo y curando a la oveja, la humanidad, con el aceite de su
gracia, sanando así las heridas que el pecado provoca en el alma. Y después de
haber curado al alma con el aceite de la gracia, la carga sobre sus hombros, es
decir, la carga sobre el leño de la Cruz y asciende, pero no por la loma de un
barranco, sino que Jesús Buen Pastor asciende con el alma, la oveja, cargándola
en sus hombros, llevándola hasta el Cielo, hasta el seno del Eterno Padre,
llevando consigo a la humanidad que ha sido rescatada y sanada por Sangre y su
gracia santificante. Es por esta razón que Jesús es el Buen Pastor, el Pastor
Sumo y Eterno de nuestras almas heridas y sanadas por su Sangre Preciosísima
derramada en la cruz.

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