lunes, 13 de abril de 2026

“Lo reconocieron al partir el pan”

 


(Domingo III – TP - Ciclo A - 2026)

          “Lo reconocieron al partir el pan”. El Evangelio relata el encuentro de los discípulos de Emaús con Jesús resucitado. Los discípulos caminan alejándose de Jerusalén, conversando entre ellos acerca de lo sucedido el Viernes Santo. Según el relato evangélico, los discípulos, que aman a Jesús y por eso son cristianos, están “con el semblante triste”, porque han quedado conmocionados luego de la crucifixión de Jesús en el Monte Calvario. Mientras caminan en dirección a Emaús, Jesús resucitado les sale al paso y los saluda; los discípulos responden amablemente al saludo, pero no reconocen a Jesús. Es Jesús quien toma la iniciativa en la conversación que sigue, preguntándoles acerca de qué conversaban. Los discípulos de Emaús se extrañan por el hecho de que Jesús, en apariencia para ellos, no sepa qué es lo que sucedió en Jerusalén el Viernes Santo y le narran a Jesús lo sucedido. En este encuentro con Jesús resucitado, hay algo característico en los discípulos de Emaús, que se repite en la totalidad de los encuentros de Jesús resucitado con los demás discípulos y es el hecho de la falta de fe en la promesa de Jesús de que iba a resucitar “al tercer día”. Como consecuencia de esta falta de fe en la palabra de Jesús, tanto los discípulos de Emaús, como María Magdalena y todos aquellos a quienes Jesús encuentra después de resucitar, se encuentran abatidos, conmocionados por el cruel espectáculo de la crucifixión de Jesús en el Viernes Santo. De manera particular, los discípulos de Emaús son descriptos por el relato evangélico como personas sin ánimo, entristecidas, más específicamente, “con el semblante triste”. Como dijimos, este patrón de comportamiento se repite entre todos los discípulos, ante el primer encuentro con Jesús resucitado. El motivo del “semblante triste” es su falta de fe -algo que Jesús les reprochará diciéndoles “hombres duros de entendimiento” a los cuales “les cuesta creer” todo lo relativo al misterio de Jesús- y esta falta de fe es doble, porque no solo no tienen fe en las palabras de Jesús de que Él iba a resucitar, sino que tampoco creen al testimonio de las mujeres santas de Jerusalén, las cuales ya se habían encontrado con Jesús resucitado y les habían anunciado de que Él estaba vivo y glorioso. La fe de los discípulos de Emaús es una fe sumamente imperfecta, dubitativa, que rechaza lo central en Jesús y es su condición sobrenatural de Hombre-Dios, el cual en cuanto tal, en cuanto Hombre-Dios, no solo obró milagros con su poder divino, sino que con estos milagros demostró tener absoluto poder sobre la vida y la muerte, por ejemplo al resucitar muertos como a Lázaro o al hijo de la viuda de Naín.

Es esta fe imperfecta, incrédula -aunque parezca una contradicción, pero es una fe incrédula-, dubitativa, vacilante, la que condiciona la vida de los discípulos de Emaús, los cuales salen de Jerusalén desanimados y tristes, porque si bien son cristianos porque son seguidores de Cristo, sin embargo son cristianos que creen en un Cristo muerto; son cristianos que creen en un Cristo que  solo ha muerto en la cruz el Viernes Santo, pero no creen en el mismo Cristo, que con su poder divino ha resucitado el Domingo de Resurrección. Son cristianos racionalistas, que dejan de lado el aspecto sobrenatural de los misterios salvíficos de Jesús. Para ellos, Jesús es solo un hombre, un “profeta poderoso en obras”, pero no Dios encarnado, que con esas obras que ellos mismos relatan, ha demostrado ser Quien dice ser, el Hijo de Dios encarnado. El racionalismo cristiano, que descarta de plano todo lo sobrenatural, constituye la esencia del progresismo y del modernismo católico, destruyendo de raíz la fe católica en Jesucristo como Hombre-Dios, como el Verbo del Padre encarnado para nuestra salvación.

 Ahora bien, el estado de los discípulos de Emaús, de incredulidad, de falta de fe, de fe imperfecta y dubitativa; el estado de desconocimiento de Jesús, cambiará de modo radical cuando Jesús les infunda la luz del Espíritu Santo y esto sucederá en un contexto sacramental, en el momento en el que Jesús “parta el pan” y decimos “contexto sacramental”, porque esta efusión del Espíritu Santo, que ilumina las mentes y corazones de los discípulos de Emaús, se da en el ámbito de la celebración de la Santa Misa por parte del Sumo Sacerdote Jesús, según lo afirman muchos teólogos y autores católicos.

Es muy importante tener en cuenta esta situación, el hecho de que Jesús ilumine las almas de los discípulos de Emaús en la fracción del pan, “al partir el pan”. En ese momento, el velo que impedía que lo reconocieran, según el relato del Evangelio, que era su fe cristiana racionalista que los hacía tener fe en un Jesús muerto y no resucitado, desaparece por la luz del Espíritu Santo que les infunde Jesús y es en ese momento en el cual los discípulos de Emaús comienzan a creer según la verdadera fe católica, es decir, en un Jesús muerto y resucitado, glorioso, Presente en la Eucaristía, puesto que lo reconocen en la fracción del Pan Eucarístico, el Pan del Altar.

A pesar de que Jesús desaparece en el mismo momento en el que “parte el pan”, los discípulos de Emaús, que han recibido la iluminación interior por el Espíritu Santo infundido por Jesús, comienzan a creer con fe católica en Jesús resucitado; Jesús ya no es más para ellos ni un “forastero”, ni un “profeta poderoso en obras”, sino el Hombre-Dios, que ha padecido su misterio pascual de Muerte y Resurrección y ahora, luego de padecer la muerte en la cruz, ha resucitado y se encuentra glorioso en los cielos, a la diestra del Padre y en el seno de la Iglesia, la Sagrada Eucaristía.

El hecho de que Jesús se haga invisible en el momento de la fracción del pan no es un impedimento para que los discípulos de Emaús comiencen a creer firmemente en el misterio pascual de Jesús, misterio sobrenatural que va más allá de su muerte en el Viernes Santo, porque continúa el misterio de Cristo en el Domingo de Resurrección y en su Presencia gloriosa en la Sagrada Eucaristía. Por medio de la luz de la fe católica, se da una paradoja, porque mientras lo podían ver sensiblemente e incluso hablar personalmente con Él, no lo reconocían, pero ahora que Jesús está invisible, en la Sagrada Eucaristía, sí pueden verlo, pero con los ojos del alma, iluminados por la luz de la fe verdaderamente católica.

“Lo reconocieon al partir el pan”, dice el Evangelio, relatando el momento crucial que cambia para siempre la vida de los discípulos de Emaús, porque no es que simplemente antes de reconocerlo a Jesús resucitado estaban “tristes” y ahora están “alegres”, porque eso sería reducir la fe católica a un estado anímico; el reconocimiento de Jesús en la Eucaristía les cambia la vida porque ya no creen en un Jesús muerto, sino en un Jesús vivo, glorioso y resucitado, Presente en Persona en la Eucaristía. Muchas veces puede sucedernos a nosotros, católicos del siglo XXI, lo mismo que a los discípulos de Emaús antes de recibir la luz del Espíritu Santo, en el sentido de que creemos en Jesús, pero en un Jesús muerto y no resucitado y glorioso en la Eucaristía, porque no lo buscamos en la Eucaristía y no hacemos de la Eucaristía la Fuente Increada de nuestra felicidad –“Dichosos los invitados a comulgar”, nos dice la Iglesia, revelándonos dónde está la verdadera y única felicidad- porque en el fondo no creemos ni que Jesús haya resucitado, ni que Jesús resucitado y glorioso esté en la Eucaristía.

Si buscamos a un Jesús muerto, entonces nuestra fe es vacilante, frágil, dubitativa, como los discípulos de Emaús antes de la fracción del pan. Esta fe puede y debe cambiar cuando asistimos a la Santa Misa, porque en cada Santa Misa se produce en evento similar a lo sucedido con los discípulos de Emaús cuando Jesús parte el pan y es que al partir el Pan del Altar, la Sagrada Eucaristía, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús concede la luz del Espíritu Santo al alma predispuesta, para que el alma lo reconozca, glorioso y resucitado, en el Santísimo Sacramento del Altar.

No busquemos a un Jesús muerto, sino a Jesús muerto, resucitado y glorioso en la Sagrada Eucaristía y así Jesús Eucaristía encenderá nuestros corazones en el Divino Amor al recibirlo por la Comunión, tal como hizo con los discípulos de Emaús quienes, reconociendo a Jesús resucitado, decían: “¿Acaso no ardían nuestros corazones cuando hablábamos con Jesús?”.

 


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