(Ciclo A – 2026)
“Después de haberse burlado de él, le
quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a
crucificar” (Mt 26,14-75.27.1-66). En
el llamado “Domingo de Ramos”, Jesús, Rey de reyes y Señor de señores, ingresa
en Jerusalén montado no en un caballo blanco y rodeado de discípulos guerreros:
siendo Él Dios encarnado, Creador y Dueño del Universo, ingresa humildemente montado
en un manso burrito. Al paso de Jesús, todos los habitantes de Jerusalén, sin
excepción, niños, adultos, ancianos, ricos y pobres, salen al encuentro de
Jesús y con mucha algarabía, con gran alegría y mucho gozo, cantando hosannas y
aleluyas a Jesús, le tienden mantos a su paso a modo de alfombra, saludándolo
con palmas, reconociendo a Jesús como al Mesías enviado por Dios para salvar a
la humanidad. Los habitantes de Jerusalén, todos, sin excepción, desde el
recién nacido hasta el más anciano, habían recibido innumerables milagros de
parte de Jesús y es el Espíritu Santo quien les recuerda estos milagros, es el
Espíritu Santo quien con su luz divina les trae a la memoria todo lo que Jesús
hizo por ellos y por esta razón los habitantes de Jerusalén lo reconocen como
al Mesías, lo saludan con palmas, tienden mantos a sus pies, le cantan
alabanzas, le abren las puertas de Jerusalén, dándole gracias por sus innumerables
milagros. Los habitantes de Jerusalén, en el Domingo de Ramos, reconocen que
Jesús es su Salvador, es su Mesías, que ha obrado para ellos milagros,
prodigios, maravillas para todos y por eso la alegría y el regocijo.
Sin embargo, no pasarán muchos días
para que esta misma multitud, estos mismos habitantes de Jerusalén, que el
Domingo de Ramos reciben a Jesús con alegría y gozo indescriptibles, pasen al
odio y a la blasfemia y a la negación de Jesús como al Mesías. Los mismos
habitantes de Jerusalén, expulsando al Espíritu Santo de sus corazones, cubriendo
así de oscuridad y de tinieblas sus mentes y corazones, olvidando por completo
los milagros que Jesús hizo por ellos y al mismo tiempo convirtiendo en sus
corazones, la alegría en odio; el deseo de ver y abrazar a Jesús, en deseos de
matarlo crucificado; las canciones de alabanza y los hosannas y aleluyas al
Mesías serán reemplazados por insultos, blasfemias, maldiciones; las palmas del
Domingo de Ramos, con las que honraban al Mesías, se convertirán el Viernes
Santo en puntapiés, en golpes de puños, en trompadas, en bofetadas, que cubrirán
sin piedad todo el Cuerpo Santo del Señor Jesús; el reconocimiento, la
veneración y la alabanza, serán reemplazados por la impiedad, la blasfemia y la
burla sacrílega; el Viernes Santo, las puertas de Jerusalén, que el Domingo se
habían abierto de par en par para recibir a Jesús como al Mesías, ahora también
se abren, de par en par, pero para expulsar al Cordero Tres veces Santo de Dios
de su seno, mancillando así la Ciudad Santa su nombre y cubriéndose la Ciudad
de siniestras tinieblas vivientes, porque expulsó a Aquel que es la Luz Eterna
de Dios y sin Jesús, Luz Eterna, solo hay tinieblas, pero no las tinieblas
cosmológicas, sino las tinieblas vivas, las tinieblas que habitan en el
Infierno y que ahora salen del Infierno para habitar en Jerusalén. La que era
Ciudad Santa, porque albergaba en su seno al Dios Tres veces Santo, ahora, al
haber expulsado a Jesús, es refugio y morada de demonios. Todos los habitantes
de Jerusalén muestran en sus rostros el odio feroz que anida en sus corazones:
si en el Domingo de Ramos reflejaban alegría y gozo desbordantes, ahora
expresan tanto odio que parecen demonios humanos y no seres humanos, tal es la
ferocidad y la maldad con la que insultan y golpean al Salvador de los hombres.
Este contraste tan marcado, entre la
alegría y el gozo del Domingo de Ramos y el odio preternatural y satánico del
Viernes Santo entre los habitantes de Jerusalén se explica por el llamado “misterio
de iniquidad”, que es el misterio del pecado que anida en lo más profundo del
corazón del hombre y que sin la gracia santificante de Jesucristo, convierte al
hombre en partícipe de la malicia satánica y en cómplice y aliado del hombre
con el Ángel caído, Satanás. Ahora bien, estos hechos, sucedidos realmente en
la historia, en el Domingo de Ramos y en el Viernes Santo, son prefiguración de
lo que sucede en el alma del hombre cuando está en gracia -en el Domingo de
Ramos, Jesús entra en Jerusalén, entra en el alma- y cuando está en pecado -en
el Viernes Santo, Jesús es expulsado de Jerusalén, significa la expulsión de Jesús
del alma por medio del pecado mortal-.
La prefiguración se entiende de esta
manera: Jerusalén, la Ciudad Santa, en el Domingo de Ramos, prefigura al alma
humana, creada por Dios a su imagen y semejanza y destinada a ser la morada de
la divinidad, que recibe a su Salvador, Jesús, por medio de la gracia
santificante que otorgan los sacramentos. El alma humana, en estado de gracia
santificante, sin pecado, está representada y prefigurada por la Ciudad Santa,
por Jerusalén, que el Domingo de Ramos abre sus puertas con alegría para
recibir a su Salvador, a su Redentor, Jesucristo, agradeciéndole, con la luz y
la memoria que le brinda el Espíritu Santo, todo lo que Jesús ha hecho por
ella, todos los milagros, comenzando por la gracia del Bautismo Sacramental que
la convirtió en hija adoptiva de Dios; el alma en estado de gracia abre su
corazón para el ingreso de Jesús, así como Jerusalén abrió sus puertas para que
ingrese el Domingo de Ramos y lo entroniza en su corazón, adorándolo como a su
Rey, su Dios y su Señor.
La otra prefiguración es la del Viernes
Santo, diametralmente opuesta a la del Domingo de Ramos: en el Viernes Santo la
misma Ciudad Santa, después de un juicio inicuo y de una injusta condena a
muerte, le carga a Jesús una cruz sobre sus espaldas, lo corona de espinas y
cubriéndolo de latigazos, golpes, insultos y escupitajos, lo expulsa de sí
misma. Es la representación y figura del alma que, por el pecado mortal, ya no
reconoce más a Jesús como a su Dios y Señor, lo baja del trono de su corazón y
lo expulsa de su corazón y de su alma, quedando inmersa en tinieblas. Le pasa
entonces al alma lo que a la Ciudad Santa: al expulsar de su seno al Dios Tres
veces Santo, deja de ser Ciudad Santa, para ser Ciudad desolada, sin la santidad
de Dios, que es la Santidad Increada en Sí misma y puesto que Jesús es Dios y
siendo Dios es Luz, Amor y Paz, el alma sin Jesús queda a oscuras, sin el calor
del Divino Amor y sin la paz de Dios, la única paz que puede serenar el alma
humana. Pero hay algo más siniestro todavía y es que el alma, expulsando a
Jesús de su corazón, no solo queda envuelta en las tinieblas de su propio
pecado, sino que se hace refugio de tinieblas vivientes, de demonios, porque no
hay términos medios: o el corazón del hombre es trono y sagrario de Dios Trino
por la gracia, o su corazón es refugio de la Serpiente Antigua.
“Después de haberse burlado de él, le quitaron el
manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar”. Tanto la
escena del Domingo de Ramos como la del Viernes Santo fueron hechos reales,
sucedidos en el tiempo y en la historia, y son al mismo tiempo representación y
prefiguración de dos estados posibles del alma: la vida de la gracia
santificante y la vida del pecado. Depende de nosotros, de nuestra libertad, de
nuestro libre albedrío, el convertirnos en cualquiera de las dos: en la Ciudad
Santa del Domingo de Ramos, que llena de la gracia de Dios abre sus puertas
para dejar entrar a Jesucristo y adorarlo en su corazón, reconociéndolo en la
Eucaristía como a su Rey y Señor, o en la Jerusalén del Viernes Santo, el alma
en pecado, que ha rechazado a su Dios y lo ha expulsado de su corazón, convirtiéndose
en refugio de demonios. Que la Madre de Dios interceda para que nuestras almas
sean siempre como la Ciudad Santa del Domingo de Ramos, que adora y bendice y
reconoce a Cristo como a su Dios y Salvador.

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