jueves, 19 de marzo de 2026

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

 



(Ciclo A – 2026)

         “Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar” (Mt 26,14-75.27.1-66). En el llamado “Domingo de Ramos”, Jesús, Rey de reyes y Señor de señores, ingresa en Jerusalén montado no en un caballo blanco y rodeado de discípulos guerreros: siendo Él Dios encarnado, Creador y Dueño del Universo, ingresa humildemente montado en un manso burrito. Al paso de Jesús, todos los habitantes de Jerusalén, sin excepción, niños, adultos, ancianos, ricos y pobres, salen al encuentro de Jesús y con mucha algarabía, con gran alegría y mucho gozo, cantando hosannas y aleluyas a Jesús, le tienden mantos a su paso a modo de alfombra, saludándolo con palmas, reconociendo a Jesús como al Mesías enviado por Dios para salvar a la humanidad. Los habitantes de Jerusalén, todos, sin excepción, desde el recién nacido hasta el más anciano, habían recibido innumerables milagros de parte de Jesús y es el Espíritu Santo quien les recuerda estos milagros, es el Espíritu Santo quien con su luz divina les trae a la memoria todo lo que Jesús hizo por ellos y por esta razón los habitantes de Jerusalén lo reconocen como al Mesías, lo saludan con palmas, tienden mantos a sus pies, le cantan alabanzas, le abren las puertas de Jerusalén, dándole gracias por sus innumerables milagros. Los habitantes de Jerusalén, en el Domingo de Ramos, reconocen que Jesús es su Salvador, es su Mesías, que ha obrado para ellos milagros, prodigios, maravillas para todos y por eso la alegría y el regocijo.

         Sin embargo, no pasarán muchos días para que esta misma multitud, estos mismos habitantes de Jerusalén, que el Domingo de Ramos reciben a Jesús con alegría y gozo indescriptibles, pasen al odio y a la blasfemia y a la negación de Jesús como al Mesías. Los mismos habitantes de Jerusalén, expulsando al Espíritu Santo de sus corazones, cubriendo así de oscuridad y de tinieblas sus mentes y corazones, olvidando por completo los milagros que Jesús hizo por ellos y al mismo tiempo convirtiendo en sus corazones, la alegría en odio; el deseo de ver y abrazar a Jesús, en deseos de matarlo crucificado; las canciones de alabanza y los hosannas y aleluyas al Mesías serán reemplazados por insultos, blasfemias, maldiciones; las palmas del Domingo de Ramos, con las que honraban al Mesías, se convertirán el Viernes Santo en puntapiés, en golpes de puños, en trompadas, en bofetadas, que cubrirán sin piedad todo el Cuerpo Santo del Señor Jesús; el reconocimiento, la veneración y la alabanza, serán reemplazados por la impiedad, la blasfemia y la burla sacrílega; el Viernes Santo, las puertas de Jerusalén, que el Domingo se habían abierto de par en par para recibir a Jesús como al Mesías, ahora también se abren, de par en par, pero para expulsar al Cordero Tres veces Santo de Dios de su seno, mancillando así la Ciudad Santa su nombre y cubriéndose la Ciudad de siniestras tinieblas vivientes, porque expulsó a Aquel que es la Luz Eterna de Dios y sin Jesús, Luz Eterna, solo hay tinieblas, pero no las tinieblas cosmológicas, sino las tinieblas vivas, las tinieblas que habitan en el Infierno y que ahora salen del Infierno para habitar en Jerusalén. La que era Ciudad Santa, porque albergaba en su seno al Dios Tres veces Santo, ahora, al haber expulsado a Jesús, es refugio y morada de demonios. Todos los habitantes de Jerusalén muestran en sus rostros el odio feroz que anida en sus corazones: si en el Domingo de Ramos reflejaban alegría y gozo desbordantes, ahora expresan tanto odio que parecen demonios humanos y no seres humanos, tal es la ferocidad y la maldad con la que insultan y golpean al Salvador de los hombres.

         Este contraste tan marcado, entre la alegría y el gozo del Domingo de Ramos y el odio preternatural y satánico del Viernes Santo entre los habitantes de Jerusalén se explica por el llamado “misterio de iniquidad”, que es el misterio del pecado que anida en lo más profundo del corazón del hombre y que sin la gracia santificante de Jesucristo, convierte al hombre en partícipe de la malicia satánica y en cómplice y aliado del hombre con el Ángel caído, Satanás. Ahora bien, estos hechos, sucedidos realmente en la historia, en el Domingo de Ramos y en el Viernes Santo, son prefiguración de lo que sucede en el alma del hombre cuando está en gracia -en el Domingo de Ramos, Jesús entra en Jerusalén, entra en el alma- y cuando está en pecado -en el Viernes Santo, Jesús es expulsado de Jerusalén, significa la expulsión de Jesús del alma por medio del pecado mortal-.

         La prefiguración se entiende de esta manera: Jerusalén, la Ciudad Santa, en el Domingo de Ramos, prefigura al alma humana, creada por Dios a su imagen y semejanza y destinada a ser la morada de la divinidad, que recibe a su Salvador, Jesús, por medio de la gracia santificante que otorgan los sacramentos. El alma humana, en estado de gracia santificante, sin pecado, está representada y prefigurada por la Ciudad Santa, por Jerusalén, que el Domingo de Ramos abre sus puertas con alegría para recibir a su Salvador, a su Redentor, Jesucristo, agradeciéndole, con la luz y la memoria que le brinda el Espíritu Santo, todo lo que Jesús ha hecho por ella, todos los milagros, comenzando por la gracia del Bautismo Sacramental que la convirtió en hija adoptiva de Dios; el alma en estado de gracia abre su corazón para el ingreso de Jesús, así como Jerusalén abrió sus puertas para que ingrese el Domingo de Ramos y lo entroniza en su corazón, adorándolo como a su Rey, su Dios y su Señor.

         La otra prefiguración es la del Viernes Santo, diametralmente opuesta a la del Domingo de Ramos: en el Viernes Santo la misma Ciudad Santa, después de un juicio inicuo y de una injusta condena a muerte, le carga a Jesús una cruz sobre sus espaldas, lo corona de espinas y cubriéndolo de latigazos, golpes, insultos y escupitajos, lo expulsa de sí misma. Es la representación y figura del alma que, por el pecado mortal, ya no reconoce más a Jesús como a su Dios y Señor, lo baja del trono de su corazón y lo expulsa de su corazón y de su alma, quedando inmersa en tinieblas. Le pasa entonces al alma lo que a la Ciudad Santa: al expulsar de su seno al Dios Tres veces Santo, deja de ser Ciudad Santa, para ser Ciudad desolada, sin la santidad de Dios, que es la Santidad Increada en Sí misma y puesto que Jesús es Dios y siendo Dios es Luz, Amor y Paz, el alma sin Jesús queda a oscuras, sin el calor del Divino Amor y sin la paz de Dios, la única paz que puede serenar el alma humana. Pero hay algo más siniestro todavía y es que el alma, expulsando a Jesús de su corazón, no solo queda envuelta en las tinieblas de su propio pecado, sino que se hace refugio de tinieblas vivientes, de demonios, porque no hay términos medios: o el corazón del hombre es trono y sagrario de Dios Trino por la gracia, o su corazón es refugio de la Serpiente Antigua.

“Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar”. Tanto la escena del Domingo de Ramos como la del Viernes Santo fueron hechos reales, sucedidos en el tiempo y en la historia, y son al mismo tiempo representación y prefiguración de dos estados posibles del alma: la vida de la gracia santificante y la vida del pecado. Depende de nosotros, de nuestra libertad, de nuestro libre albedrío, el convertirnos en cualquiera de las dos: en la Ciudad Santa del Domingo de Ramos, que llena de la gracia de Dios abre sus puertas para dejar entrar a Jesucristo y adorarlo en su corazón, reconociéndolo en la Eucaristía como a su Rey y Señor, o en la Jerusalén del Viernes Santo, el alma en pecado, que ha rechazado a su Dios y lo ha expulsado de su corazón, convirtiéndose en refugio de demonios. Que la Madre de Dios interceda para que nuestras almas sean siempre como la Ciudad Santa del Domingo de Ramos, que adora y bendice y reconoce a Cristo como a su Dios y Salvador.

 


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