miércoles, 18 de marzo de 2026

“Esta enfermedad es para la gloria de Dios”

 



(Domingo V - TC - Ciclo A – 2026)

         “Esta enfermedad es para la gloria de Dios” (Jn 11, 1-45). En esta escena del evangelio, Jesús nos hace ver que cuando el dolor y el sufrimiento pasan por su cruz, se convierten en gozo y alegría; nos hace ver que después del dolor de la cruz, cuando el dolor de la cruz se lo comparte con Él, viene la alegría festiva de la resurrección. Por la cruz de Cristo viene la alegría de Dios y sin la cruz ninguna alegría tiene sentido; sin la cruz, ninguna alegría es buena ni sana ni santa. Esto es lo que nos enseñan en el Evangelio Lázaro y sus hermanas, quienes pasan por la terrible prueba del dolor, de la enfermedad, de la desolación de la muerte, pero luego interviene Jesucristo, que es Divina Misericordia encarnada y es Él quien cambia el dolor, la enfermedad y la muerte por alegría y vida.

 

“Esta enfermedad es para la gloria de Dios”. Las palabras de Cristo se oponen radicalmente al pensamiento del mundo sin Dios, que ha creado la cultura de la muerte[1]; para el mundo ateo y materialista, la enfermedad y el dolor son algo intolerable, inútil, sin sentido, incomprensible; e incluso como una maldición o un castigo de Dios. Según esta mentalidad contemporánea, atea, creadora de la cultura de la muerte, el sufrimiento no tiene sentido y por eso hay que suprimirlo y si no se puede suprimir el sufrimiento, se debe suprimir al portador del sufrimiento, que es el hombre y esa es la raíz del pensamiento eutanásico y del pensamiento abortista. Se puede entender que el mundo rechace la enfermedad y el dolor, porque rechaza la cruz, y la enfermedad y el dolor, sin la cruz, se vuelven insoportables. El mundo no comprende y rechaza el sufrimiento, porque en el fondo no comprende y rechaza el misterio de la cruz. La visión cristiana es diametralmente opuesta a la del mundo sin Dios: para el cristianismo, cuando la enfermedad y el dolor se unen a Jesucristo, se ofrecen a Jesucristo en la cruz por manos de la Virgen, esa misma enfermedad y ese mismo dolor se convierten, por obra del Espíritu de Dios, en bendición divina y ocasión de la manifestación de la gloria de Dios. La enfermedad, el dolor, la muerte, todo aquello que aparece como fracaso humano, son ocasión de manifestación de la gloria de Dios, pero no por sí mismos, sino porque media la cruz de Cristo, porque están unidos a la cruz de Cristo, porque en la cruz de Cristo la nada de la humanidad se glorifica con la gloria Dios. La gloria de Dios se nos manifiesta en la cruz.

El episodio de Lázaro, en el que se combinan la tribulación de la enfermedad, el dolor y la muerte, sumado a la tardanza deliberada del amigo de los hermanos, Jesús -que es el delicado reproche que Marta le hace a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”-, no se entiende ni se comprende por sí mismo; debe ser considerado partiendo desde la vista de Jesucristo como Dios Hijo encarnado, como el Verbo de Dios hecho hombre, como el Hombre-Dios, como al Hijo eterno del Padre, encarnado y muerto en la cruz para hacer de nosotros miembros de su Cuerpo animados por su Espíritu. Todo el episodio de Lázaro, su enfermedad, su dolor, su muerte y luego su regreso a la vida, no puede comprenderse si no es visto a la luz de la Pasión de Jesucristo, que en cuanto Hombre-Dios es el Nuevo y Definitivo Adán, es la Cabeza de la nueva humanidad, la humanidad de los hijos de Dios, la humanidad que nace a la luz de la cruz, la humanidad que nace por la luz de la gracia. Esto es real y no figurado ni simbólico, porque todo lo que se realizó en la Cabeza, debe realizarse en los miembros del Cuerpo[2]: así como la Cabeza, que es Cristo, pasó por la cruz, así los miembros del Cuerpo, los bautizados, nosotros, debemos pasar por la cruz: esta es la razón por la que Lázaro y sus hermanas pasan por la cruz de la enfermedad, del dolor y de la muerte, porque participan, anticipadamente, de la cruz de Cristo, para participar luego de su resurrección. Esto sucede con todos los hombres de todos los hombres de todos los tiempos; a lo largo de la historia humana, Jesús va uniendo en su Espíritu a los elegidos del Padre, como Lázaro; pero los elegidos, como son incorporados a Él y hecho parte suya real de su Cuerpo Místico, deben experimentar en sí mismos lo que experimentó el Señor[3] y el Señor resucitó, lleno de gloria, pero antes de la resurrección, llevó la cruz y padeció la Pasión y el Calvario. Cada cristiano, por ser cristiano, debe unirse y participar de la Pasión y de la cruz de Jesús, para así luego unirse y participar de la resurrección de Jesús. El medio que se nos da a nosotros, católicos del siglo XXI, separados por más de dos mil años del hecho histórico de la cruz, para participar de su Pasión y de su cruz es la fe, por la cual ofrecemos como hijos de Dios nuestras tribulaciones a la Gran Tribulación de la cruz, y la participación activa, espiritual, interior, por la fe, en los misterios de Jesús, el principal de todos, la Santa Misa, que es la renovación, presencia y actualización del sacrificio del Calvario. En el signo de los tiempos, Jesús, que con su Pasión y Resurrección realizó la redención, continúa su acción redentora, pero quiere que esa acción redentora sean accesibles a aquellos a quienes Él ha predestinado para la eterna salvación. Para que esto sea posible, es decir, para que quienes vivimos en la historia, podamos participar de su Pasión redentora, encierra su obra redentora en los Misterios de la Iglesia, para actuar en esos misterios –el misterio de la liturgia de la Santa Misa- hasta el fin del mundo, para que todos sus elegidos puedan unirse libremente a su cruz y así llegar a la alegría de la resurrección. Esto es lo que San León Magno quiere decir con la expresión: “Lo que en el Señor fue visible pasó a los Misterios”: la visibilidad de Jesús, Dios encarnado, la Pasión visible y luego también su Resurrección visible, pasó a los misterios invisibles de la liturgia eucarística de la Santa Misa, misterios que hacen Presente a Jesús invisible, con su Espíritu, en medio de la asamblea[4]. Por la liturgia eucarística Jesús se hace Presente en Persona y nosotros podemos unirnos a Él: por la fe y por el rito litúrgico entramos nosotros y participamos en la misma obra redentora del Señor; como miembros suyos que somos, como miembros de su Cuerpo Místico y así tomamos parte en la acción de la Cabeza[5], nos unimos a su cruz redentora. De esta manera se cumple aquello de que “lo que le pasó a la Cabeza, Cristo -Pasión y Resurrección- debe pasarle al Cuerpo -los bautizados-“.

“Esta enfermedad es para la gloria de Dios”. La inmensa mayoría de los cristianos, cuando enferman, cuando sufren dolor y tribulación, cuanto están cercanos a la muerte, al haber dejado de lado a Cristo y al misterio de Pasión y Resurrección, ingresan en un estado de desesperación, de depresión, de abandono, de reniego de Dios, sin tomar en cuanto que, si unieran su dolor y tribulación a la cruz y al misterio de Cristo, Él les devolvería la paz del corazón aun en medio del dolor, porque el dolor es un signo de predilección del amor de Dios Padre que los ha asociado a la cruz de su Hijo; el dolor significa que Dios Padre les ha concedido el honor de llevar la cruz de su Hijo Jesús, los ha hecho portadores de su cruz, los ha crucificado junto a Jesús, y si los ha crucificado, es porque los ha amado como a su Hijo y los ha considerado dignos de sufrir por su amor.

“Esta enfermedad es para la gloria de Dios; esta cruz es para la gloria de Dios”. Quien se une a Cristo en la cruz en su tribulación, dolor, o enfermedad, debe estar alegre pero no porque Cristo le concederá la curación, sino porque tiene la certeza de estar unido a su gloria, de ser tocado por su Espíritu, de ser el hijo predilecto del Corazón del Padre Eterno.

“Esta enfermedad es para la gloria de Dios; esta cruz es para la gloria de Dios; esta Santa Misa es para la gloria de Dios”, ya que cada Santa Misa es la renovación incruenta del sacrificio de la cruz. En cada misa, renovación incruenta del sacrificio de la cruz, el cristiano puedo asociarse con su dolor, su enfermedad, su tribulación, o la de algún ser querido-, a Jesús que está en la cruz por todos y cada uno de nosotros; podemos y debemos unirnos en el espíritu a su sacrificio redentor, donando todo nuestro ser, con sus alegrías y dolores, con sus enfermedades o con su salud; podemos y debemos unirnos, como miembros de su Cuerpo Místico, a la ofrenda que Él hace de su Cuerpo y su Sangre en la cruz del altar, para que así, en la tribulación de la cruz de Cristo, que será mi cruz, se manifieste la gloria de Dios.

 



[1] Cfr. Juan Pablo II, Evangelium vitae, ...

[2] Cfr. Odo Casel, Misterio de la cruz, Ediciones del Monograma, Madrid 1964, 266.

[3] Cfr. Casel, ibidem, 266.

[4] Cfr. Casel, ibidem, 267.

[5] Cfr. Casel, ibidem, 267.


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