miércoles, 8 de julio de 2026

“El Sembrador salió a sembrar”

 


(Domingo XV - TO - Ciclo A - 2026)

         “El Sembrador salió a sembrar” (Mt 13, 1-23). Jesús utiliza la parábola del sembrador y Él mismo se encarga de interpretarla y como en toda parábola, cada elemento de la misma hace referencia a una realidad sobrenatural y celestial. Así, el sembrador es Dios y como Él es Dios, Él es el sembrador; pero al mismo tiempo, Jesús es la Palabra eternamente pronunciada por el Padre, de manera que la semilla que siembra el sembrador, es también Él, Jesucristo: así, Jesús es tanto el sembrador como aquello que el sembrador siembra, es decir, la semilla que es la Palabra de Dios.

Estos son los dos primeros elementos de la parábola: Jesús, el Sembrador, siembra entonces la semilla y la semilla es la Palabra de Dios; el tercer elemento de la parábola es el terreno en donde la semilla, es decir, la Palabra de Dios, se siembra y ese terreno es el corazón del hombre. El terreno, es decir, el corazón del hombre, es muy variado y esto hace que en algunos la Palabra de Dios pueda germinar y en otros, no. La parábola de Jesús se relaciona de forma directa con lo que Dios mismo dice por boca del profeta Isaías[1], en el pasaje en el que el Profeta compara la Palabra de Dios con la lluvia y la nieve: así como el agua nutre la tierra para dar semilla y alimento, la Palabra divina cumple siempre su propósito y sus promesas sin falta. Aquello que Dios siembra no es algo material, sino que es su palabra, que es Espíritu de Vida y como es Espíritu, el terreno en donde esta palabra es sembrada debe ser necesariamente algo espiritual y este terreno es el corazón del hombre. Dios siembra su palabra en el corazón del hombre, y como su Palabra es Espíritu, la siembra en un espíritu humano para que de frutos espirituales. Aunque hay matices entre la profecía de Isaías y la parábola de Jesús –en Isaías la Palabra de Dios es como la lluvia que hace germinar la semilla echada en tierra; en Jesús, la Palabra es la misma semilla que germina y crece con propio poder-, la idea es la misma: Dios es quien siembra vida espiritual divina en el espíritu humano, y espera que esta siembra dé frutos y esos frutos deben ser espirituales, acorde a la semilla sembrada. Dios siembra, pero no de cualquier manera: su “siembra” es la vida de la gracia y su propia Presencia Personal en el espíritu humano.

Esto último, la siembra de la Presencia personal en el espíritu del hombre, es clave para entender la parábola del sembrador: en el hecho de que Dios siembre su Palabra en el espíritu del hombre eso significa que el fruto que debe dar el hombre no es solamente de orden moral –los frutos del Espíritu son caridad, benevolencia, longanimidad, magnanimidad, dice San Pablo-, porque cuando Dios dice que siembra su Palabra en el corazón humano, está significando la presencia de su propio Ser Personal, es decir, su propia inhabitación Personal. Dios no siembra solamente los frutos del Espíritu Santo, sino que siembra a la misma Palabra del Padre y esa Palabra eternamente pronunciada es la Segunda Persona de la Trinidad, Cristo Jesús. Ésta es la razón por la que el fruto esperado por Dios por su siembra, no sea un simple cambio de costumbres, sino una verdadera transformación, del hombre, en el Hombre-Dios Jesucristo. Lo que Dios pretende al sembrar su Palabra, es decir, al depositar a su Hijo en Persona en el corazón humano es que el hombre se transforme en una imagen de su Imagen, de su Hijo Unigénito.

El principal fruto que Dios pretende obtener de su siembra es la transformación del alma en la imagen de su Hijo; Dios quiere que el alma sea una imagen viviente del Hombre-Dios Jesucristo. Éste es el deseo de Dios para todos los corazones humanos, pero éste deseo se enfrenta con la realidad de la libertad del hombre, lo cual hace que cada corazón humano sea un terreno particular, ya que es un terreno que tiene vida propia y sobre todo tiene libertad -porque la libertad es la imagen de Dios en el hombre-y precisamente porque tiene libertad, es que el corazón del hombre puede permitir que esa Palabra de Dios, por la gracia, germine  y dé el fruto de la Palabra sembrada que es la transformación en Cristo o también puede hacer que, rechazando la gracia, deje que la semilla se seque y permanecer como lo que es, un terreno árido, seco, sin agua, sin vida divina.

         Es Jesús mismo quien explica qué es lo que hace que la semilla plantada por Dios se seque: las preocupaciones mundanas excesivas, el no amar a Dios en primer lugar, o el apego a las cosas del mundo; todo esto hace que la semilla no germine, sino que el sol termine por secarla. Cuando el alma se deja oprimir por el peso del materialismo y la falta el agua de la gracia, el alma muere de sed.   

         “El Sembrador salió a sembrar”. El Hombre-Dios siembra la gracia y la Palabra de Dios en el corazón de cada hombre y quien continúa con la tarea del Sembrador que es Cristo, es la Santa Iglesia Católica y lo hace por medio del sacerdocio ministerial, mediante el cual proclama la Palabra de Dios y también por la Eucaristía, que es la Palabra de Dios encarnada. Así es como la Iglesia Católica siembra en los corazones de los hombres la semilla del Sembrador: por el sacerdocio ministerial se siembra en los corazones de cada hombre la Palabra de Dios, la vida de la gracia y la Eucaristía.

         “El Sembrador salió a sembrar”. Cada Eucaristía es una semilla que Dios siembra en el corazón de cada hombre y con esta semilla siembra la vida eterna, ya que introduce al mismo ser eterno de Dios en lo más profundo del alma. El Hombre-Dios, oculto en la Eucaristía, ingresa en el alma así como una semilla entra en la tierra fértil y ahí espera para germinar, para darse a conocer. De nosotros depende regar esa semilla con el agua de la vida de la gracia, o dejarla agostar, secar, bajo el ardiente sol del amor al mundo y a las creaturas. Cada Eucaristía es una semilla que Dios planta en el corazón del hombre, esperando que ese terreno, por la gracia, sea un terreno fértil en donde germine y se haga realidad la conversión del alma en una imagen viviente del Hombre-Dios Jesucristo.

 



[1] 55, 10-11


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