(Domingo XV - TO - Ciclo A - 2026)
“El
Sembrador salió a sembrar” (Mt 13,
1-23). Jesús utiliza la parábola del sembrador y Él mismo se encarga de
interpretarla y como en toda parábola, cada elemento de la misma hace referencia
a una realidad sobrenatural y celestial. Así, el sembrador es Dios y como Él es
Dios, Él es el sembrador; pero al mismo tiempo, Jesús es la Palabra eternamente
pronunciada por el Padre, de manera que la semilla que siembra el sembrador, es
también Él, Jesucristo: así, Jesús es tanto el sembrador como aquello que el
sembrador siembra, es decir, la semilla que es la Palabra de Dios.
Estos son los dos primeros elementos de la parábola:
Jesús, el Sembrador, siembra entonces la semilla y la semilla es la Palabra de
Dios; el tercer elemento de la parábola es el terreno en donde la semilla, es
decir, la Palabra de Dios, se siembra y ese terreno es el corazón del hombre. El
terreno, es decir, el corazón del hombre, es muy variado y esto hace que en
algunos la Palabra de Dios pueda germinar y en otros, no. La parábola de Jesús se
relaciona de forma directa con lo que Dios mismo dice por boca del profeta
Isaías[1], en
el pasaje en el que el Profeta compara la Palabra de Dios con la lluvia y la
nieve: así como el agua nutre la tierra para dar semilla y alimento, la Palabra
divina cumple siempre su propósito y sus promesas sin falta. Aquello que Dios
siembra no es algo material, sino que es su palabra, que es Espíritu de Vida y
como es Espíritu, el terreno en donde esta palabra es sembrada debe ser
necesariamente algo espiritual y este terreno es el corazón del hombre. Dios
siembra su palabra en el corazón del hombre, y como su Palabra es Espíritu, la
siembra en un espíritu humano para que de frutos espirituales. Aunque hay
matices entre la profecía de Isaías y la parábola de Jesús –en Isaías la
Palabra de Dios es como la lluvia que hace germinar la semilla echada en
tierra; en Jesús, la Palabra es la misma semilla que germina y crece con propio
poder-, la idea es la misma: Dios es quien siembra vida espiritual divina en el
espíritu humano, y espera que esta siembra dé frutos y esos frutos deben ser
espirituales, acorde a la semilla sembrada. Dios siembra, pero no de cualquier
manera: su “siembra” es la vida de la gracia y su propia Presencia Personal en
el espíritu humano.
Esto último, la siembra de la Presencia personal
en el espíritu del hombre, es clave para entender la parábola del sembrador: en
el hecho de que Dios siembre su Palabra en el espíritu del hombre eso significa
que el fruto que debe dar el hombre no es solamente de orden moral –los frutos
del Espíritu son caridad, benevolencia, longanimidad, magnanimidad, dice San
Pablo-, porque cuando Dios dice que siembra su Palabra en el corazón humano,
está significando la presencia de su propio Ser Personal, es decir, su propia
inhabitación Personal. Dios no siembra solamente los frutos del Espíritu Santo,
sino que siembra a la misma Palabra del Padre y esa Palabra eternamente
pronunciada es la Segunda Persona de la Trinidad, Cristo Jesús. Ésta es la razón
por la que el fruto esperado por Dios por su siembra, no sea un simple cambio
de costumbres, sino una verdadera transformación, del hombre, en el Hombre-Dios
Jesucristo. Lo que Dios pretende al sembrar su Palabra, es decir, al depositar
a su Hijo en Persona en el corazón humano es que el hombre se transforme en una
imagen de su Imagen, de su Hijo Unigénito.
El principal fruto que Dios pretende obtener de
su siembra es la transformación del alma en la imagen de su Hijo; Dios quiere
que el alma sea una imagen viviente del Hombre-Dios Jesucristo. Éste es el
deseo de Dios para todos los corazones humanos, pero éste deseo se enfrenta con
la realidad de la libertad del hombre, lo cual hace que cada corazón humano sea
un terreno particular, ya que es un terreno que tiene vida propia y sobre todo
tiene libertad -porque la libertad es la imagen de Dios en el hombre-y
precisamente porque tiene libertad, es que el corazón del hombre puede permitir
que esa Palabra de Dios, por la gracia, germine y dé el fruto de la Palabra sembrada que es la
transformación en Cristo o también puede hacer que, rechazando la gracia, deje
que la semilla se seque y permanecer como lo que es, un terreno árido, seco,
sin agua, sin vida divina.
Es Jesús
mismo quien explica qué es lo que hace que la semilla plantada por Dios se seque:
las preocupaciones mundanas excesivas, el no amar a Dios en primer lugar, o el apego
a las cosas del mundo; todo esto hace que la semilla no germine, sino que el
sol termine por secarla. Cuando el alma se deja oprimir por el peso del
materialismo y la falta el agua de la gracia, el alma muere de sed.
“El
Sembrador salió a sembrar”. El Hombre-Dios siembra la gracia y la Palabra de
Dios en el corazón de cada hombre y quien continúa con la tarea del Sembrador
que es Cristo, es la Santa Iglesia Católica y lo hace por medio del sacerdocio
ministerial, mediante el cual proclama la Palabra de Dios y también por la
Eucaristía, que es la Palabra de Dios encarnada. Así es como la Iglesia
Católica siembra en los corazones de los hombres la semilla del Sembrador: por
el sacerdocio ministerial se siembra en los corazones de cada hombre la Palabra
de Dios, la vida de la gracia y la Eucaristía.
“El Sembrador salió a sembrar”. Cada
Eucaristía es una semilla que Dios siembra en el corazón de cada hombre y con
esta semilla siembra la vida eterna, ya que introduce al mismo ser eterno de
Dios en lo más profundo del alma. El Hombre-Dios, oculto en la Eucaristía, ingresa
en el alma así como una semilla entra en la tierra fértil y ahí espera para
germinar, para darse a conocer. De nosotros depende regar esa semilla con el
agua de la vida de la gracia, o dejarla agostar, secar, bajo el ardiente sol
del amor al mundo y a las creaturas. Cada Eucaristía es una semilla que Dios planta
en el corazón del hombre, esperando que ese terreno, por la gracia, sea un
terreno fértil en donde germine y se haga realidad la conversión del alma en
una imagen viviente del Hombre-Dios Jesucristo.

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