jueves, 25 de junio de 2026

“El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de Mí”

 


(Domingo XIII - TO - Ciclo A – 2026)

         “El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de Mí” (Mt 10, 37 -42). Jesús nos advierte acerca de cuál es la condición indispensable, sine qua non, para ser digno de Él y es el “tomar la cruz y seguirlo”. Esta es la prueba que demuestra que el alma ama a Jesús: si toma la cruz de cada día y lo sigue por el Camino del Calvario. El camino del cristiano es dejarlo todo para seguir a Jesús, quien en realidad nos devolverá todo lo que hayamos dejado por Él, en la otra vida. Este seguimiento de Jesús es muy difícil, de ahí la advertencia de Jesús. Vista humanamente, la cruz se presenta árida, áspera, dura, difícil o incluso hasta imposible de llevar. Pero a la cruz no hay que llevarla con una perspectiva humana, sino divina, sobrenatural y para esto se debe imitar a Jesús, que llevó la cruz de cada uno de nosotros por amor. Es por amor sobrenatural que debe abrazarse la cruz. La frase de Jesús entonces queda así: “El que me ama, más que al mundo, tomará su cruz por amor a Mí, y me seguirá”. Jesús no nos pide algo contrario a nuestra naturaleza, sino algo superior a nuestra naturaleza, nos pide algo sobrenatural, un amor sobrenatural, que es el Amor que proviene de Dios, para llevar la cruz. La única forma de poder llevar la cruz, para el cristiano, es recibiendo un Amor sobrenatural que, brotando del corazón mismo de Dios encienda el suyo en ese mismo Amor, para que así el cristiano pueda dejar de lado su sensibilidad y abrazar la cruz por amor y seguir a Jesús camino al Calvario por amor.

         Jesús entonces quiere que carguemos nuestra cruz por amor y lo sigamos y aquí surge una pregunta ¿no podía haber elegido Jesús otro camino que no sea el de la cruz? Y a esta pregunta solo se puede responder a la luz de la fe, a la luz del misterio pascual de Jesucristo y así vemos que la respuesta es que el camino de la cruz no sólo es el más perfecto, sino el único para volver a Dios. Quien no tome la cruz con amor, no podrá seguir al Hombre-Dios, que al ser elevado Él en la cruz, nos eleva al seno de la Trinidad. Sólo la fe en Cristo Jesús, el Hombre-Dios, crucificado por nosotros por amor, puede hacernos ver este misterio, que es incomprensible para la sola razón humana.

En su misterio pascual de Muerte y Resurrección, Jesús hace un doble movimiento, de descenso y de ascenso: Jesús es el Hombre-Dios que viene del seno del Padre, se encarna en el seno virgen de María, vive como un hombre común hasta su manifestación pública, y luego emprende el camino de regreso al Padre, el ascenso, por medio de la cruz. Y en ese ascenso, quiere llevarnos a todos junto a Él; para eso emprende el camino de regreso en el Calvario. Pero el camino de regreso pasa sólo por la cruz; no hay otro camino que el camino de la cruz[1] para volver al seno del Padre como hijos suyos. Tomar la cruz para morir al hombre viejo y para vivir la vida nueva de los hijos de Dios, ya desde esta vida y luego, en la otra vida, por toda la eternidad.

La cruz no sólo representa la muerte de la humanidad vieja, del hombre viejo, apartado de Dios -en la cruz se lleva a cabo el cumplimiento del pedido de Jesús, de morir a nosotros mismos, porque en la cruz morimos a nuestras pasiones, a nuestros vicios, a nuestros pecados-, sino el nacimiento a la vida del Espíritu de Dios del hombre nuevo, el hijo de Dios. En la cruz muere la humanidad antigua, crucificada con Cristo, y nace la nueva humanidad, la humanidad de los hijos de Dios, de los hijos del Padre del Cielo, los hijos que viven con la vida de la gracia santificante.

Por último, el seguimiento de Jesús con la cruz, por el Camino del Calvario, no finaliza con la muerte del Calvario, sino en la gloria de la Resurrección. Alguien podría pensar que el hecho de abrazar la cruz y seguir a Jesús por el Camino del Calvario tiene como objetivo último el morir al hombre viejo y esto es así, pero la muerte al hombre viejo no es el fin del camino: la muerte en cruz del hombre viejo es solamente una etapa intermedia, previa a la meta final y es el nacer al hombre nuevo, el hombre que vive con la vida de la gracia, el hombre que vive con la luz de Dios, que es Luz Eterna e Increada. Sin cruz no hay luz, sin la muerte de la cruz, no hay la gloria de la resurrección. Y tener la luz de la gloria divina significa tener a Jesús que es la Gloria Increada en el alma, por medio de la Comunión Eucarística. Por esto es que el abrazar la cruz no finaliza en el Calvario, sino que continúa más allá del Calvario, incluso más allá del Domingo de Resurrección, porque continúa y finaliza en la posesión de la Persona Divina de Jesús, la Segunda de la Trinidad, en el alma, por medio de la Comunión Eucarística. Jesús muere no para escapársenos, así como se nos escapan nuestros seres queridos difuntos, que con la muerte ya no están más; Jesús muere en la cruz para vivir con la vida de gloria que era suya desde la eternidad; Jesús muere en la cruz para darnos de comer su Cuerpo y su Sangre, cuerpo y sangre glorificados y llenos de la vida del Espíritu de Dios, en la Eucaristía; Jesús quiere que lo sigamos hasta su cruz para darnos su Amor Divino y la Vida nueva que brota de su Sagrado Corazón Eucarístico.

 



[1] Cfr. Odo Casel, Misterio de la cruz, Ediciones Guadarrama, Madrid 1964, 238.


miércoles, 17 de junio de 2026

“Lo que os digo al oído, proclamadlo desde lo alto de las casas”

 


(Domingo XII - TO - Ciclo A - 2026)

         “Lo que os digo al oído, proclamadlo desde lo alto de las casas” (Mt 10, 26-33). Según la revelación del Evangelio, Jesús nos habla al oído, a todos y cada uno de los bautizados, en secreto y nos dice “algo”, por eso debemos preguntarnos qué es eso que Jesús nos dice al oído, en secreto, porque luego debemos “proclamarlo desde lo alto de las casas”. Es obvio que no se trata del oído del cuerpo, ya que Jesús está usando una figura corporal para referirse a una realidad espiritual. Jesús nos habla en secreto al oído del alma. Jesús habla al alma, en secreto, en el interior del alma, y desde el interior del alma.

         Lo que Jesús nos dice “al oído”, en secreto, en el alma, debemos luego proclamarlo “desde lo alto de las casas”, es decir, en voz alta, a todo el mundo. Cuando alguien habla al oído algo -como lo hace Jesús- está comunicando un conocimiento al otro, y por lo general, quiere que este otro lo mantenga en secreto. Sin embargo, en este caso, Jesús no quiere que lo conservemos en secreto: quiere que lo que Él nos dice al oído, en secreto, por el contrario, lo proclamemos en voz alta, lo digamos en voz alta a todo el mundo.

         Jesús nos habla al oído, y Él no nos habla como un maestro más de sabiduría, sino como Dios Hijo en Persona, que es la Sabiduría Increada; además, nos habla a los integrantes del Cuerpo Místico pero no nos habla como a seres humanos, sino como a hijos de Dios y es por eso que podemos escuchar su voz y la escuchamos de la misma manera a como una oveja reconoce la voz de su pastor. Jesús nos habla al oído en cuanto Hombre-Dios, de forma sobrenatural y los bautizados, miembros de su Cuerpo Místico, podemos escuchar esta voz divina por el hecho de que Jesús nos ha hecho ser partícipes de la vida divina, de la naturaleza divina, lo que quiere decir que podemos conocer con el mismo conocimiento divino, con el mismo conocimiento de Dios, que es infinitamente superior al conocimiento de nuestra razón[1]. Por esto es que Jesús no nos habla como un simple “maestro de sabiduría”, que da consejos de moral y por esto es que nosotros lo escuchamos no con los oídos del cuerpo sino con los oídos del alma, abiertos a la Voz Divina de Jesús en el momento del Bautismo sacramental. Si lo dice Jesús, es algo que viene del mismo Dios, ya que Él es Dios Hijo encarnado. No lo dice de parte de Dios, como un profeta santo, sino que es Dios mismo quien nos lo dice. Y si Dios lo dice, es algo que sólo Dios conoce, y que el mundo no conoce, no entiende, no sabe, y jamás puede ni podrá llegar a entender, sino un hijo de Dios. Esto es en lo relativo al hecho de que Jesús nos hable, eso significa algo sobrenatural; por otro lado, en relación al contenido de lo que Jesús nos dice, también es sobrenatural, porque viene directamente de la Palabra Increada del Padre, de la Sabiduría Increada del Padre, que es Él, Jesús de Nazareth, el Hombre-Dios y lo que nos dice no sólo es algo que supera infinitamente nuestra capacidad, sino que es algo contrario a lo que el mundo nos dice.

Es decir, no solo Jesús nos habla, también el mundo nos habla, pero lo que el mundo nos dice es un todo contrario a lo Jesús nos dice; el mundo nos habla del Anticristo y trata de convencernos de que Jesús y su Iglesia, la Santa Iglesia Católica y sus verdades eternas e inmutables, son algo del pasado; el mundo trata de convencernos de que no es la Iglesia la que debe santificar al mundo, sino de que la Iglesia debe mundanizarse, lo cual es falso de toda falsedad. Para el mundo, que vive con el espíritu del Anticristo, tanto la Iglesia como el catolicismo son cosas del pasado que deben ser reemplazados por otras creencias, por otros dioses, incluido el universo, considerado por el mundo como un ídolo impersonal.

         Por esta razón, no solo no debemos escuchar al mundo del Anticristo, sino que debemos preguntarnos: ¿qué es lo que Jesús nos dice en secreto, al oído del alma y que quiere que lo divulguemos desde las terrazas?

         Jesús nos dice lo que el mundo niega: que Dios es nuestro Padre por adopción y que nosotros somos hijos suyos por la gracia de filiación divina que hemos recibido en el Bautismo sacramental y por lo tanto, le pertenecemos a Dios Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo; Jesús nos dice que Él la Palabra de Dios, Él es el Verbo de Dios, el Verbo hecho carne, que se ha encarnado sin dejar de ser Dios en el seno virgen de María para que nosotros nos hagamos Dios como Él y que prolonga esta Encarnación en la Eucaristía para que cuando comulguemos, no comulguemos un poco de pan bendecido, sino a Él mismo, a su Persona Divina, la Segunda de la Trinidad y así seamos una sola cosa en Él, recibiendo su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad y recibiendo así la Eucaristía recibamos la luz de la gloria divina de su Ser divino trinitario, para que ya desde este mundo y desde esta vida terrena, comencemos a vivir la vida eterna de la Trinidad.

         Lo que Jesús nos dice es aquello que el mundo sin Dios niega y es que “fuera de la Iglesia Católica no hay salvación, porque solo a través de los sacramentos de la Iglesia nos llega la gracia santificante que no solo nos perdona los pecados, sino que nos diviniza y nos salva.

         Jesús nos dice aquello que el mundo anticristiano intenta borrar de nuestras mentes y corazones y es que la Santa Misa no es un mero recuerdo piadoso de un banquete sucedido hace veinte siglos, sino el mismo Santo Sacrificio del Calvario, el mismo llevado a cabo el Viernes Santo, solo que en la Misa se renueva de forma sacramental e incruenta.

         Jesús nos dice al oído aquello que nos dicen los santos, porque los santos hablan de parte de Jesús y así nos dice San Cipriano de parte de Jesús: “Tenemos prometido un reino, el que Cristo nos ganó con su sangre y su pasión, para que nosotros, que antes servimos al mundo, tengamos después parte en el reino de Cristo, como él nos ha prometido, con aquellas palabras: Venid, benditos de mi Padre, a tomar posesión del reino que está preparado para vosotros desde la creación del mundo”[2]. Y a ese Reino de los cielos solo se llega, como nos dice Jesús, “negándonos a nosotros mismos”, negándonos en nuestras pasiones, vicios y pecados y abrazando la cruz de cada día y seguirlo a Él por Camino del Via Crucis, por el Camino del Calvario.

         Jesús nos dice al oído cuál es el Único Camino para llegar al Cielo y es unirnos a Él por la fe, la gracia, el amor.

         Jesús nos dice lo que el mundo niega y es que nuestra salvación eterna es posible solo gracias al misterio salvífico de Jesús: Jesús, que procede eternamente del seno del Padre, se encarna en el seno virgen de María y prolonga esta encarnación en el seno de la Iglesia, en la Eucaristía, para estar en medio nuestro, para estar dentro nuestro, para estar en nosotros, en Persona y así conducirnos, en el Espíritu Santo, al seno del Padre, ya desde esta vida.

Jesús nos dice lo que el mundo niega: que el prójimo merece nuestro respeto y nuestra caridad porque es una imagen suya, y porque Él está, misteriosamente, Presente en Persona en cada prójimo.

         Jesús nos dice al oído, frente al mundo anticristiano de hoy, que cree triunfar sobre Dios y sobre su Iglesia, palabras de aliento y de esperanza: “No temas a los hombres ni a los poderes del infierno. No tengas miedo, Soy Yo, tu Dios, Jesús en la Eucaristía”.

 



[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Las maravillas de la gracia divina, Editorial Desclée de Brower, Buenos Aires 1954, 57.

[2] Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor.
(Cap. 13-15: CSEL 3, 275-278).


jueves, 11 de junio de 2026

“Id y anunciad el Evangelio; expulsad demonios, curad enfermos...”

 


(Domingo XI - TO - Ciclo A - 2026 )

         “Id y anunciad el Evangelio; expulsad demonios, curad enfermos...” (Mt 9, 36-10,8). Jesús envía a su Iglesia naciente a misionar, lo cual nos lleva a preguntarnos en qué consiste la misión de la Iglesia. Aunque la consigna de Jesús es muy precisa: “Id y anunciad el evangelio”, pareciera ser que hoy, en la opinión de muchos, sobre todo dentro de la Iglesia, la misión de la Iglesia consistiría en una mera acción social y filantrópica: enseñar a leer, construir escuelas, dar de comer. La misión consistiría en una actividad meramente social, llevada a cabo por un hábito cultural determinado: el ser cristiano. Sin embargo, a pesar de que estas actividades son loables, la misión de la Iglesia no es ni enseñar a leer, ni dar de comer, ni construir civilizaciones, porque todo esto no pasa del plano cultural y humano; aún cuando la Iglesia Católica, desde siempre, enseñó a leer, dio de comer y construyó civilizaciones y culturas. ¿Cuál es entonces la misión de la Iglesia y en qué se fundamenta? La misión de la Iglesia no se entiende sin su origen y fundamento, que es la Santísima Trinidad, porque su misión es una continuación y una prolongación de las misiones y de los procesos que ocurren en el interior de Dios Trinidad. De ahí que sea necesario ver qué es lo que entendemos por “misión” en la Trinidad. En la Trinidad, la misión implica un partir, un proceder, y un llegar, e implica también un objetivo por el cual se parte a la misión[1]. En la Trinidad, la misión de una Persona, es un envío, de una Persona a la otra; así, el Padre envía al Hijo, y el Padre y el Hijo, envían al Espíritu Santo. En un sentido activo, la misión es la entrega con la cual se une el ir, independientemente de lo que se da (ir-entrega); en sentido pasivo, es el venir de un ser, que comprende la entrega de ese ser (venir-entregar/don). Esa misión se produce dentro de la Trinidad, cuando una Persona sale de la otra: el Hijo procede, sale del Padre, es enviado por el Padre, y el Espíritu Santo, procede, sale, es enviado, por el Padre y por el Hijo y las Personas del Hijo y del Espíritu Santo, a su vez, se donan al Padre. El fin de la misión, dentro de la Trinidad, es el don, la entrega, de la Persona divina. Este proceso, la misión, que se verifica dentro de la Trinidad, y que tiene como fruto la entrega de las Personas divinas, quiere Dios continuarlo fuera de la Trinidad, dentro del alma del creyente, y para esto, envía en misión al Hijo. El Hijo es enviado, por el Padre, en misión, al alma de cada ser humano, para continuar, en el alma, la Presencia de la Trinidad.

¿De qué manera cumple Jesús su misión? La misión de Jesús, el Hijo que procede del Padre, es encarnarse en el seno Virgen de María para continuar, fuera de la Trinidad, dentro de la criatura humana, la misión de las Personas divinas, que termina en el don de esas mismas Personas divinas. La misión de Jesús es encarnarse para introducir su Persona, la Persona del Hijo, en la criatura y el estar en la criatura, por la gracia santificante[2]. De esta manera vemos entonces que la misión del Hijo a los hombres, dentro del alma, como continuación de la misión intratrinitaria, es el fundamento de la misión de la Iglesia. La misión de la Iglesia, la misión ad gentes, a los gentiles, la misión encomendada por Cristo a los Apóstoles, se presenta así como una continuación y una prolongación de la misión de la Persona divina del Hijo, para que se verifique dentro del alma, la Presencia de las tres Divinas Personas, mediante la inhabitación de las Tres Divinas Personas en el alma del que está en estado de gracia santificante.

El Hijo es enviado dentro del alma –y el ingreso del Hijo en el alma, se da por la fe, el bautismo, la gracia y la Eucaristía, que es la Fuente Increada de la gracia-, y entrando en Él, trae consigo a las Personas del Padre y del Espíritu Santo. La misión del Hijo en el alma, su ingreso, se realiza por la gracia y por la Eucaristía, y la misión de la Iglesia tiene el objetivo de hacer que el Hijo entre en cada alma, por la fe, por el bautismo y por la Eucaristía, y por la vida de la gracia. Éste es el fundamento trinitario de la misión de la Iglesia, y éste es el fin de la misión de la Iglesia: introducir, por la fe, por el bautismo y por la Eucaristía, la Presencia personal del Hijo, y con Él, la Presencia del Padre y del Espíritu Santo.

La misión de la Iglesia es saciar el hambre espiritual que de Dios tiene toda la humanidad y ese hambre se sacia solamente con el Pan de Vida eterna, Jesús Eucaristía.

 



[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, ...

[2] cfr. Scheeben, Los misterios.


miércoles, 3 de junio de 2026

Solemnidad de Corpus Christi

 



(Ciclo A - 2026)

    

La Iglesia Católica, iluminada y guiada por el Espíritu Santo, nos revela que el Señor Jesús, antes de su “paso” de esta vida a la otra (Mt 16, 19), es decir, antes de su Pascua, en el transcurso de la Última Cena, instituyó el sacramento de su Cuerpo y su Sangre, la Sagrada Eucaristía, realizando por anticipado el Jueves Santo aquello que habría de hacer el Viernes Santo en el sacrificio de la cruz en el Gólgota: donar su Cuerpo y derramar su Sangre, con la diferencia de que el Jueves Santo entregó su Cuerpo de modo incruento y sacramental en la Hostia y vertió su Sangre, también de modo incruento y sacramental, en el Cáliz, mientras que en el Viernes Santo lo hizo de modo cruento, derramando visiblemente su Sangre.

A esta acción de Jesús el Jueves Santo, mediante la cual convierte las substancias materiales y caducas del pan y del vino en las substancias gloriosas de su Cuerpo y su Sangre glorificados, es lo que la Santa Iglesia llama “Transubstanciación”. Por medio del milagro de la Transubstanciación, esto es, la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y su Sangre a través de las palabras de la consagración en la Última Cena, Jesús lleva a cabo la Primera Eucaristía de la historia de la Iglesia y al mismo tiempo ordena sacerdotes ministeriales a sus Apóstoles para que a lo largo de los siglos y hasta que Él regrese en la gloria, hicieran lo mismo que Él hizo “en memoria suya”: “Haced esto en mi memoria”. Así Jesús cumple la manera de ser el “Emanuel”, el “Dios con nosotros”, por medio del Sacramento de la Eucaristía confeccionado en la Santa Misa a través del sacerdote ministerial, el cual convierte las ofrendas muertas del pan y del vino en las substancias gloriosas del Cuerpo y la Sangre de Jesús.

Es así cómo Jesús, Dios Eterno e Inmortal, se hace Presente en Persona, con su Persona Divina, con su Cuerpo y su Sangre glorificados, en nuestro tiempo terreno, cada vez que se oficia la Santa Misa. Jesús se hace Presente en la Eucaristía tal como es y está en la eternidad, con su Persona Divina y con su Cuerpo y su Sangre glorificados, solo que se hace Presente oculto a nuestra percepción sensible, oculto bajo el velo de las especies sacramentales eucarísticas, ya que no lo vemos sensiblemente tal cual es, sino que lo que vemos es la apariencia de pan, el velo sacramental eucarístico; podemos “ver”, por así decir, con los ojos de la fe, que Jesús está en Persona, con su Cuerpo y su Sangre, en la Eucaristía: sabemos por la fe de la Iglesia que la Eucaristía ES Jesús con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, pero no lo vemos con los ojos del cuerpo; sí lo vemos, podemos decir, con los ojos de la fe.

Éste es el “misterio de la fe”[1] que la Santa Iglesia proclama con sagrado asombro y amor, en la ostentación eucarística luego de la consagración, en cada Santa Misa, para consuelo, goce y disfrute de los hombres: después de pronunciadas las palabras de la consagración, la omnipotencia del Espíritu Santo, actuando a través de la débil voz del sacerdote ministerial, convierte a unas simples substancias inertes, el pan y el vino, en el Cuerpo y la Sangre glorificados de Jesús de Nazareth. Así el Espíritu Santo, descendiendo del cielo por la frágil voz del sacerdote ministerial, cuando se pronuncian las palabras de la consagración, “Esto es mi Cuerpo… Esta es mi Sangre”, obra el Milagro de los milagros, el milagro de la Transubstanciación por el cual las ofrendas sin vida del pan y del vino se convierten en las substancias gloriosas de la Humanidad glorificada del Señor Jesús –Cuerpo y Alma glorificados-, unida hipostáticamente, personalmente, a la Persona Divina del Verbo de Dios.

Cuando la Iglesia, a través del sacerdote ministerial y luego de la consagración dice: “Éste es el misterio de la fe”, está proclamando un misterio que es un milagro, el milagro más asombroso de todos los milagros de la Trinidad; está proclamando el misterio de fe más grandioso y sobrenatural de todos, que supera infinitamente a la creación, tanto del universo visible como del invisible y este Milagro es la Transubstanciación, la conversión de la materia sin vida del pan y del vino en la Eucaristía, es decir, en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.

Para ayudarnos a crecer en la fe de este asombroso milagro que es la transubstanciación, que supera infinitamente nuestra capacidad de comprensión aun con las explicaciones teológicas, fue Dios quien mismo decidió hacer un milagro, esta vez visible y sensible, para que nos diéramos al menos una pálida idea de lo que Él obra en el altar en forma invisible e insensible y es el milagro eucarístico de Bolsena, que dio origen a la Solemnidad de “Corpus Domini” o “Corpus Christi”. 

Este milagro eucarístico, llamado el “Milagro de Bolsena” se produjo en la ciudad italiana de Bolsena, en el verano de 1264[2], y sucedió de la siguiente manera: un sacerdote de Bohemia, llamado Pedro de Praga, regresaba de Italia luego de haber obtenido una audiencia con el Papa Urbano IV; en el camino de regreso se detuvo en Bolsena, donde celebró la Misa en la iglesia de Santa Cristina. Como dato a tener en cuenta, este sacerdote tenía muchas dudas de fe acerca de la Presencia real de Nuestro Señor en la Eucaristía. Al llegar al momento de la consagración, mientras Pedro de Praga pronunciaba las palabras que permiten la transubstanciación, sucedió el milagro, del que nos ha llegado la siguiente descripción, la cual traducimos literalmente[3]: “De pronto, aquella Hostia apareció visiblemente como verdadera carne de la cual se derramaba roja sangre, excepto aquella fracción que tenía entre sus dedos, lo cual no se crea sucediese sin misterio alguno, puesto que era para que fuese claro a todos que aquella era verdaderamente la Hostia que estaba en las manos del mismo sacerdote celebrante cuando fue elevada sobre el cáliz”. Continúa el relato: “La sangre que brotaba de la Hostia manchó el corporal –el lienzo que se extiende en el altar para poner sobre él la patena y el cáliz-. Al sacerdote le faltaron las fuerzas para continuar la Misa. Envolvió la Hostia en el corporal y la llevó a la sacristía. Durante el recorrido, algunas gotas de sangre cayeron sobre el pavimento y los escalones del altar, y se conservan hasta hoy día. Gracias a este milagro, el Señor fortificó la fe de Pedro de Praga, sacerdote de grandísima piedad y moral, pero que lamentablemente dudaba de la real presencia de Cristo velado en las Especies, es decir, en las apariencias sensibles del pan y del vino. La noticia del Milagro se difundió inmediatamente, y tanto el Papa como santo Tomás de Aquino pudieron verificar el milagro. Luego de un atento examen, Urbano IV no sólo aprobó su autenticidad, sino también decidió que el Santísimo Cuerpo del Señor fuese adorado a través de una fiesta particular y exclusiva”[4].

La Fiesta del “Corpus Domini” para la Iglesia Universal se originó entonces en un milagro, el milagro de Bolsena, milagro por el cual Dios mismo quería hacernos ver, con los ojos del cuerpo, aquello que debemos contemplar con los ojos de la fe; por el milagro de Bolsena, Dios nos hace ver sensiblemente que lo que la Iglesia enseña sobre la Eucaristía es real y verdadero, es decir, que un pequeño trozo de pan sin levadura y un poco de vino en el cáliz se convierten, por el poder del Espíritu Santo, en el Cuerpo y la Sangre de Jesús.

El milagro de Bolsena se interpreta de la siguiente manera: lo que allí sucedió y pudo ser visto sensiblemente -el pan y el vino se convierten en músculo cardíaco y en sangre- es lo que realmente sucede, por las palabras de la consagración y se llama transubstanciación: el pan, por el poder de Jesús que pasa a través de la voz del sacerdote ministerial, se convierte en la Carne de Jesús, en su Sagrado Corazón traspasado, del cual brota Sangre, y esta Sangre es la que se recoge en el Cáliz. Esto no puede ser visto con los ojos del cuerpo, pero sí con los ojos de la fe y es para esto que Jesús hizo el milagro de Bolsena. El sentido del milagro de Bolsena es que sepamos que, en cada Santa Misa, Jesús se hace Presente en la Eucaristía, por el milagro de la Transubstanciación, real y verdaderamente, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad y también con todo el Amor Eterno de su Sagrado Corazón.

Aun así, hay una diferencia en la Santa Misa con el milagro de Bolsena: en este milagro la Sangre de Jesús, que brotó milagrosamente de la Carne aparecida en el lugar de la Hostia, se derramó sobre el corporal y el pavimento y quedó allí impresa, hasta el día de hoy, como reliquia; en la Santa Misa, la Sangre de Jesús, que aparece milagrosamente por la Transubstanciación, de la Carne Eucarística, quiere caer, no sobre el corporal ni sobre el pavimento, para quedar como una reliquia inerte, sino que quiere derramarse sobre los corazones de los hijos de Dios, para colmarlos con la Vida Eterna y para llenarlos con el Fuego del Divino Amor.

No es necesario que el milagro de Bolsena se repita en cada Santa Misa para que creamos en la Presencia real de Jesús en la Eucaristía: simplemente hace falta que tengamos fe en lo que nos enseña la Santa Madre Iglesia y es que por las palabras de la consagración que pronuncia el sacerdote ministerial –“Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre”-, el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, y la Sangre que sale del Corazón Eucarístico de Jesús, Jesús la quiere derramar, no como en el cáliz, en el corporal, o en el pavimento, como sucedió en el pueblito de Bolsena, sino en nuestros corazones, para que con esa Sangre nuestros corazones reciban al Espíritu Santo, al Amor de Dios.

 

En la Fiesta de Corpus Christi nos acordamos entonces del milagro que le dio origen y que sucedió en el pueblito de Bolsena, en donde el pan se convirtió en el Corazón de Jesús, de donde brotó su Sangre que se derramó en el cáliz y en el pavimento de mármol; en la Santa Misa de Corpus Christi y en cada Santa Misa, por medio de las palabras pronunciadas por el sacerdote ministerial, sucede el mismo milagro que en Bolsena, solo que no lo vemos con los ojos del cuerpo, sino con los ojos de la fe: el pan se convierte en el Sagrado Corazón de Jesús, de donde brota su Sangre, que quiere derramarse en nuestros corazones.

 



[1] Cfr. Misal Romano.

[2] https://www.facebook.com/news.va.es

[3] Cfr. ibidem.

[4] Es así que decidió extender la fiesta del Corpus Domini, hasta ese momento únicamente fiesta de la diócesis de Liegi, a toda la Iglesia Universal, mediante la Bula “Transiturus de hoc mundo ad Patrem”. En ella, se expone la razón de la importancia de la Eucaristía: la presencia real de Cristo en la Hostia.