(Domingo XIV -
TO - Ciclo A – 2026)
“Cargad sobre vosotros mi yugo (...) Porque mi yugo es suave y mi carga
ligera” (Mt 11, 25-30). Jesús nos pide que carguemos su yugo, y su yugo
no es otra cosa que la cruz. Nada parece más difícil de llevar, más
desagradable, más duro, más pesado que una cruz y sin embargo, Jesús nos pide
que llevemos la cruz: “Cargad sobre vosotros mi yugo; mi yugo es suave y mi
carga ligera, y en él encontraréis alivio”. Entre el pedido de Jesús de que
llevemos nuestra cruz y nuestra percepción, hay una gran distancia: mientras
que para nosotros la cruz, por pequeña que sea, es imposible y durísima de
llevar, Jesús afirma en cambio otra cosa: que su cruz es ligera y su carga
liviana. Y debe ser como lo dice Jesús, porque no cabe ni siquiera la
posibilidad del más mínimo engaño por parte de Jesús. Entonces, si Él lo dice,
así debe ser, la cruz no solo es suave y ligera, sino que además en ella
encontraremos alivio.
Cuando se analiza con la sola razón humana, el
pedido de Jesús de llevar la cruz, de llevar su yugo, se vuelve insoportable,
porque se piensa que la cruz, el yugo de Jesús, es una carga pesada, intolerable.
Pero la realidad es lo opuesto: la cruz de Jesús es suave, liviana y trae
alivio, tal como lo dice Jesús. La razón por la que Jesús quiere que tomemos la
cruz propia y lo sigamos por el Camino del Calvario es porque esa cruz no es
una cruz cualquiera, sino la cruz del Hombre-Dios, y en esa cruz se manifiesta
el poder de Dios, que es quien cambia las cosas. Pero hay además otra razón,
sobrenatural, supraracional, por la cual Jesús nos pide que llevemos la cruz y
es que la cruz es un misterio[1]
y un misterio divino, que no puede ser explicado con la luz de la razón
natural. La cruz no se entiende si se la analiza con la sola luz de la
inteligencia humana. Que la cruz sea un misterio que viene de lo alto, es algo
que desde siempre lo ha creído así la Santa Iglesia católica. En el tiempo de
la Pasión y en el himno de vísperas de la fiesta de la Santa Cruz así lo canta
la Iglesia: “¡Resplandece el Misterio
de la Cruz!”[2].
El misterio es algo oculto, algo que por definición está oculto a nuestra
inteligencia y eso es la cruz. Es por esto que la Iglesia presenta la Cruz de
Cristo como envuelta en un resplandor divino, significando el origen celestial
de la cruz, por eso es que dice: “Resplandece”. El resplandor de la cruz es un
resplandor de origen celestial, se origina en el Ser divino trinitario de
Jesucristo, que es quien yace en la cruz. Si la cruz fuera, como lo es entre
los humanos, un material que da muerte a quien la porta, la Iglesia no diría
que la cruz “resplandece” con un fulgor divino, puesto que la madera por sí
misma es un material opaco que no engendra luz. Pero Jesús no se refiere a esta
cruz material y tampoco la Iglesia lo hace, porque por el misterio sobrenatural
que conlleva, la cruz de Jesús es luz y esa es la razón por la cual “resplandece”.
El resplandor de la cruz brota de las profundidades de la divinidad y lleva a
quien está en ella, al seno mismo de esa divinidad[3]:
“Yo Soy el Camino al Padre, en la luz y el Amor del Espíritu Santo”, nos dice
Jesús. Dios es Luz Eterna e Increada y Jesús, que es “Dios de Dios y Luz de Luz”,
se manifiesta en la cruz, y esa es la razón por la cual la cruz resplandece con
la luz propia de Dios; la cruz resplandece con luz divina, la luz de Dios Uno y
Trino. La cruz no resplandece por ella misma, sino porque en ella está
crucificado el Dios que es Luz Eterna e Increada, el Hombre-Dios Jesucristo. Es
Él quien le comunica a la cruz de su propia luz, haciéndola brillar y
resplandecer. Ésta es la razón por la cual la cruz brilla y resplandece: porque
en ella está el Dios de la luz, Jesucristo, quien le comunica de su luz a la
cruz y la convierte, de leño de madero que es, en cruz hecha de divina luz. Esta
realidad, la Presencia misteriosa de Cristo Dios en la cruz, es en donde radica
el mayor de los misterios, porque es imposible para el hombre siquiera imaginar
que Dios iba a manifestarse en la cruz[4].
Y Dios, Jesucristo, se revela de la manera más impensada, de la manera más
increíble: la mayor revelación de Dios es que alguien que es acusado de ser
blasfemo y criminal, que es crucificado por los hombres y despreciado por
todos, es Dios en Persona. Dios se manifiesta en Persona a través de lo que
humanamente es dolor, muerte, desamparo, indigencia y humillación, es decir, la
cruz, la crucifixión de Jesús. El poder infinito de Dios es el que hace que en
la cruz Él se revele en toda su plenitud: es en la Cruz en donde Cristo Dios se
revela como Amor y como Misericordia y si Jesús quiere que carguemos su yugo,
que es la cruz, es para darnos aquello que Él Es y tiene en la cruz: su Amor y
su Misericordia y aquí está la respuesta a la pregunta de por qué Jesús insiste
en que tomemos nuestra cruz, la carguemos y vayamos en pos de Él.
“Cargad
sobre vosotros mi yugo (...) Porque mi yugo es suave y mi carga ligera”. Ésta es
la razón por la cual Jesús quiere que carguemos el leño de madera, su cruz y es
porque quiere que compartamos su Pasión, el dolor, la persecución, la amargura,
la muerte en cruz por Dios y por los hombres, pero no para que nos quedemos en
la muerte y en el dolor, sino para transformar el dolor y la muerte humanos en
luz y en vida, pero no en vida humana, sino en Su Vida, que es la vida misma de
Dios, la vida eterna de Dios Uno y Trino. Jesús quiere que carguemos nuestra
cruz, la cruz de madera, para darnos su Cruz, la Cruz que es Luz, la Cruz que
es Luz y que nos ilumina y al iluminarnos, nos concede la Vida Eterna que brota
de su Sagrado Corazón que está suspendido en la Cruz del Calvario. Hay un lugar
para lograr nuestra unión espiritual y mística con Él en la cruz y este lugar
es en el altar, en la Santa Misa, en donde la cruz de madera se vuelve cruz de
luz, en donde el vino se convierte en su Sangre, y en donde el pan se vuelve su
Sagrado Corazón Eucarístico.
[1] Cfr. Odo Casel, Misterio de la cruz, Ediciones
Guadarrama, Madrid 1964, 43.
[2] Cfr. Casel, ibidem.
[3] Cfr. Casel, ibidem.
[4] Cfr. Casel, ibidem, 45.