miércoles, 1 de julio de 2026

“Cargad sobre vosotros mi yugo (...) Porque mi yugo es suave y mi carga ligera”

 


(Domingo XIV - TO - Ciclo A – 2026)

            “Cargad sobre vosotros mi yugo (...) Porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11, 25-30). Jesús nos pide que carguemos su yugo, y su yugo no es otra cosa que la cruz. Nada parece más difícil de llevar, más desagradable, más duro, más pesado que una cruz y sin embargo, Jesús nos pide que llevemos la cruz: “Cargad sobre vosotros mi yugo; mi yugo es suave y mi carga ligera, y en él encontraréis alivio”. Entre el pedido de Jesús de que llevemos nuestra cruz y nuestra percepción, hay una gran distancia: mientras que para nosotros la cruz, por pequeña que sea, es imposible y durísima de llevar, Jesús afirma en cambio otra cosa: que su cruz es ligera y su carga liviana. Y debe ser como lo dice Jesús, porque no cabe ni siquiera la posibilidad del más mínimo engaño por parte de Jesús. Entonces, si Él lo dice, así debe ser, la cruz no solo es suave y ligera, sino que además en ella encontraremos alivio.

Cuando se analiza con la sola razón humana, el pedido de Jesús de llevar la cruz, de llevar su yugo, se vuelve insoportable, porque se piensa que la cruz, el yugo de Jesús, es una carga pesada, intolerable. Pero la realidad es lo opuesto: la cruz de Jesús es suave, liviana y trae alivio, tal como lo dice Jesús. La razón por la que Jesús quiere que tomemos la cruz propia y lo sigamos por el Camino del Calvario es porque esa cruz no es una cruz cualquiera, sino la cruz del Hombre-Dios, y en esa cruz se manifiesta el poder de Dios, que es quien cambia las cosas. Pero hay además otra razón, sobrenatural, supraracional, por la cual Jesús nos pide que llevemos la cruz y es que la cruz es un misterio[1] y un misterio divino, que no puede ser explicado con la luz de la razón natural. La cruz no se entiende si se la analiza con la sola luz de la inteligencia humana. Que la cruz sea un misterio que viene de lo alto, es algo que desde siempre lo ha creído así la Santa Iglesia católica. En el tiempo de la Pasión y en el himno de vísperas de la fiesta de la Santa Cruz así lo canta la Iglesia: “¡Resplandece el Misterio de la Cruz!”[2]. El misterio es algo oculto, algo que por definición está oculto a nuestra inteligencia y eso es la cruz. Es por esto que la Iglesia presenta la Cruz de Cristo como envuelta en un resplandor divino, significando el origen celestial de la cruz, por eso es que dice: “Resplandece”. El resplandor de la cruz es un resplandor de origen celestial, se origina en el Ser divino trinitario de Jesucristo, que es quien yace en la cruz. Si la cruz fuera, como lo es entre los humanos, un material que da muerte a quien la porta, la Iglesia no diría que la cruz “resplandece” con un fulgor divino, puesto que la madera por sí misma es un material opaco que no engendra luz. Pero Jesús no se refiere a esta cruz material y tampoco la Iglesia lo hace, porque por el misterio sobrenatural que conlleva, la cruz de Jesús es luz y esa es la razón por la cual “resplandece”. El resplandor de la cruz brota de las profundidades de la divinidad y lleva a quien está en ella, al seno mismo de esa divinidad[3]: “Yo Soy el Camino al Padre, en la luz y el Amor del Espíritu Santo”, nos dice Jesús. Dios es Luz Eterna e Increada y Jesús, que es “Dios de Dios y Luz de Luz”, se manifiesta en la cruz, y esa es la razón por la cual la cruz resplandece con la luz propia de Dios; la cruz resplandece con luz divina, la luz de Dios Uno y Trino. La cruz no resplandece por ella misma, sino porque en ella está crucificado el Dios que es Luz Eterna e Increada, el Hombre-Dios Jesucristo. Es Él quien le comunica a la cruz de su propia luz, haciéndola brillar y resplandecer. Ésta es la razón por la cual la cruz brilla y resplandece: porque en ella está el Dios de la luz, Jesucristo, quien le comunica de su luz a la cruz y la convierte, de leño de madero que es, en cruz hecha de divina luz. Esta realidad, la Presencia misteriosa de Cristo Dios en la cruz, es en donde radica el mayor de los misterios, porque es imposible para el hombre siquiera imaginar que Dios iba a manifestarse en la cruz[4]. Y Dios, Jesucristo, se revela de la manera más impensada, de la manera más increíble: la mayor revelación de Dios es que alguien que es acusado de ser blasfemo y criminal, que es crucificado por los hombres y despreciado por todos, es Dios en Persona. Dios se manifiesta en Persona a través de lo que humanamente es dolor, muerte, desamparo, indigencia y humillación, es decir, la cruz, la crucifixión de Jesús. El poder infinito de Dios es el que hace que en la cruz Él se revele en toda su plenitud: es en la Cruz en donde Cristo Dios se revela como Amor y como Misericordia y si Jesús quiere que carguemos su yugo, que es la cruz, es para darnos aquello que Él Es y tiene en la cruz: su Amor y su Misericordia y aquí está la respuesta a la pregunta de por qué Jesús insiste en que tomemos nuestra cruz, la carguemos y vayamos en pos de Él.

         “Cargad sobre vosotros mi yugo (...) Porque mi yugo es suave y mi carga ligera”. Ésta es la razón por la cual Jesús quiere que carguemos el leño de madera, su cruz y es porque quiere que compartamos su Pasión, el dolor, la persecución, la amargura, la muerte en cruz por Dios y por los hombres, pero no para que nos quedemos en la muerte y en el dolor, sino para transformar el dolor y la muerte humanos en luz y en vida, pero no en vida humana, sino en Su Vida, que es la vida misma de Dios, la vida eterna de Dios Uno y Trino. Jesús quiere que carguemos nuestra cruz, la cruz de madera, para darnos su Cruz, la Cruz que es Luz, la Cruz que es Luz y que nos ilumina y al iluminarnos, nos concede la Vida Eterna que brota de su Sagrado Corazón que está suspendido en la Cruz del Calvario. Hay un lugar para lograr nuestra unión espiritual y mística con Él en la cruz y este lugar es en el altar, en la Santa Misa, en donde la cruz de madera se vuelve cruz de luz, en donde el vino se convierte en su Sangre, y en donde el pan se vuelve su Sagrado Corazón Eucarístico.

 



[1] Cfr. Odo Casel, Misterio de la cruz, Ediciones Guadarrama, Madrid 1964, 43.

[2] Cfr. Casel, ibidem.

[3] Cfr. Casel, ibidem.

[4] Cfr. Casel, ibidem, 45.