(Domingo XXIV - TO - Ciclo A – 2026)
En esta parábola (cfr. Mt 18, 21-35) un súbdito se comporta de
forma injusta porque luego de ser perdonada su deuda impagable por parte del
rey, el súbdito se niega a perdonar a su vez a un compatriota que le debía una
cantidad ínfima de dinero. Con esta parábola, Jesús nos enseña acerca del
perdón específicamente cristiano, católico, además de advertirnos que, si no
perdonamos a nuestro prójimo, Dios hará con nosotros “lo mismo” que el rey hizo
con el súbdito injusto: “Lo mismo hará el Padre
celestial con vosotros si no perdonáis de corazón”. Sin
embargo, lo que Jesús quiere decir es que el Padre celestial hará “lo mismo y
más” con nosotros, si no perdonamos, porque luego dice: “No habrá misericordia
para quien no practicó la misericordia”. Esto quiere decir que Dios nos tratará
sin misericordia, si nosotros tratamos sin misericordia a nuestro prójimo.
Aunque puede parecer
que la parábola es una parábola de moral, la intención de Jesús no es la de
enseñarnos una lección de moralidad; Jesús pretende ante todo ayudarnos a
recordar en qué consiste nuestro ser cristiano y en qué consiste nuestra
relación personal para con Dios, ya que de esa relación personal nuestra para
con Dios, se deriva nuestra relación para con nuestro prójimo. Recordemos
entonces el fundamento de nuestra relación con Dios: de Dios hemos recibido
dones innumerables, como el ser, la vida, tanto la natural como la divina y de
entre todos estos dones, hemos recibido el don del perdón y el don de la
filiación divina. Todos los dones de Dios los hemos recibido a través de la
Encarnación, Pasión y Resurrección del Hijo de Dios, Jesucristo. A través de
Jesús hemos recibido el perdón del pecado original por el Bautismo sacramental.
No solo en el Bautismo hemos recibido la Misericordia Divina: cada vez que nos
confesamos, Dios nos perdona nuestros pecados, por su Divina Misericordia y
cada vez que comulgamos, si no estamos en pecado mortal, la Eucaristía nos
perdona los pecados veniales. Continuamente estamos recibiendo el perdón y el
Amor de la Misericordia de Dios y éste es el fundamento de porqué debemos ser
misericordiosos para con nuestros prójimos. Recibimos misericordia por Jesús,
por Jesús debemos dar misericordia, y así seremos tratados con misericordia en
el Día del Juicio. Pero si no damos misericordia, no seremos tratados con
misericordia, sino con todo el rigor de la justicia divina.
El siervo desagradecido e inmisericordioso es tratado con severidad por el rey
en la parábola y eso es lo que nos puede suceder a nosotros en la vida real si
“no perdonamos de corazón” a quien nos ha ofendido, tal como nos lo pide Jesús.
Desde la Cruz, Jesús nos perdona con un Amor infinito, con el Amor de su
Corazón de Dios y es con ese perdón con el cual nosotros debemos perdonar a
nuestro prójimo, cuando éste nos ofende.
Jesús crucificado no es una imagen utilizada en el Catecismo para ilustrar una
lección: es Dios en Persona Quien, desde la Cruz, nos perdona al precio de su
Sangre y de su Vida y es con ese perdón recibido desde la Cruz, con el cual yo
debo perdonar a mi prójimo. Muchas veces, si no la mayoría, cuando debemos
arreglar cuentas con nuestro prójimo, nos olvidamos completamente de todo el
perdón que hemos recibido de parte de Jesucristo y así, tratamos a nuestro
enemigo como si no fuéramos cristianos, como si el ser católico fuera solo una
cuestión nominal y no vital. Cuando debamos arreglar alguna cuestión con algún
prójimo, que circunstancialmente ha llegado a ser nuestro enemigo, recordemos
la parábola del rey misericordioso que perdona a su súbdito una deuda
impagable, porque el Verdadero Rey Misericordioso es Cristo Jesús y el súbdito
que tiene una deuda impagable, que es el pecado, somos nosotros, y al recordar
la parábola, obremos como nos pide Jesús, perdonando “de corazón”, que
significa perdonar con el corazón lleno, no de nuestro amor propio, mezquino y
egoísta, sino con el corazón lleno del Amor de Dios, ese Amor que Jesús nos
comunica desde la Eucaristía cada vez que comulgamos.
A través de la Sangre que brotó de su Corazón traspasado en la Cruz, Jesús ha
derramado su Espíritu, el Espíritu Santo, el Amor de Dios, sobre nuestros
corazones, no solo para perdonarnos, sino para convertirnos en hijos adoptivos
de Dios, haciéndonos así partícipes de su vida divina trinitaria. Por esto el
católico ya no es un simple ser humano, sino un hijo de Dios, que ha recibido
el mismo Espíritu que el Hijo de Dios, y ese Espíritu es un espíritu de paz, de
misericordia, de amor y de perdón. Es esto lo que debemos tener en cuenta
cuando nos referimos a nuestro prójimo que se ha convertido en nuestro enemigo
y sin embargo, la gran mayoría de las veces, nos olvidamos de Jesús y de su
perdón misericordioso desde la Cruz y obramos como el siervo desagradecido e
inmisericordioso de la parábola.
Cuando nos encontramos con quien nos ha ofendido, debemos dejar de lado nuestro
hombre viejo, el hombre dominado por las pasiones y el pecado e interponer,
entre nuestro prójimo y nosotros, a Jesucristo crucificado, con sus manos y
pies atravesados por filosos clavos de hierro y recordar que su Sangre cae
sobre nuestras almas para perdonarnos y así, con ese mismo perdón divino
recibido de Cristo, así debemos perdonar a nuestro prójimo. Lejos de ser un ser
irreal o imaginario, lejos de ser un “fantasma”, tal como lo confunden los
discípulos en la barca en medio de la tormenta, Jesús es Dios en Persona que da
la vida y derrama su Sangre en el Altar de la Cruz para perdonarme mis pecados
y que continúa donando su Vida divina y derramando su Sangre Preciosísima cada
vez, en la Santa Misa, en la Cruz del Altar. Jesús no solo nos perdona, sino
que nos hace el don de su Sagrado Corazón Eucarístico y con él, nos dona su
Espíritu, que es el Espíritu del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo.
Cada vez que nos olvidamos de Jesús y de su Sacrificio en Cruz, nos comportamos
como el siervo injusto e inmisericordioso, que, olvidándose del perdón recibido
por el rey, no tiene piedad para con su prójimo.
Un último aspecto a tener en cuenta es que, si decidimos obrar como Jesús nos
pide, es decir, si decidimos ser misericordiosos y perdonar y amar a nuestro
prójimo que es nuestro enemigo, debido a que no tenemos el Amor Divino
necesario para hacerlo porque no somos Dios, debemos acudir a la Fuente
Increada del Divino Amor, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, para llenar
nuestros corazones con el Amor Trinitario y así ser misericordiosos para con
nuestro prójimo.
Desde la Cruz del Calvario y desde la Cruz de ese Nuevo Monte Calvario que es
el Altar Eucarístico, Jesús continúa derramando sobre nuestras almas el Amor de
su Sagrado Corazón Eucarístico, el Amor Divino trinitario con el cual podemos y
debemos ser misericordiosos para con nuestro prójimo que nos ha herido.
