(Domingo II - TC - Ciclo A - 2026)
“Su
rostro brillaba como el sol” (Mt 17, 1-9).
Jesús sube al Monte Tabor y allí resplandece, brilla con un fulgor más
resplandeciente que miles de soles juntos. Esta manifestación de luz es
manifestación de gloria, puesto que en la Biblia la luz está asociada a la
gloria divina. El significado entonces de la Transfiguración en el Monte Tabor,
es el de la manifestación de la divinidad de Jesucristo: Jesús es Dios, es la
Segunda Persona de la Trinidad y como tal posee la gloria eterna del Acto de
Ser divino trinitario que comparte con el Padre y el Espíritu Santo desde la
eternidad. Una sola vez, en toda su vida terrena, se había producido algo
similar y fue luego de su Nacimiento virginal en Belén y es lo que conocemos
como “Epifanía”, cuando recibió la visita de los Tres Reyes Magos. Tanto en la
Epifanía, en Belén, como ahora, en el Monte Tabor, Jesús deja aparecer, deja
manifestar, por unos instantes, la luz de la gloria de su divinidad. Hasta ese
momento, quienes veían a Jesús lo veían como a un hombre más entre tantos, de
manera tal que lo llamaban “el hijo del carpintero”, “cuya Madre es María” y
cuyos “parientes viven entre nosotros”. Ahora se muestra visiblemente como lo
que es, Dios Hijo encarnado. Se puede decir que toda su vida terrena hizo un
milagro para no manifestarse como en la Epifanía y en el Tabor y Jesús hace
este milagro precisamente para aparecer como un hombre más entre tantos. La
Transfiguración es para Jesús su estado natural y si no se lo veía así en su
vida terrena, era sólo por milagro, y para que pudiera padecer su Pasión de
amor por nosotros[1].
Este milagro, el ocultar la gloria de su divinidad durante toda su vida terrena,
era necesario hacerlo, porque de otro modo, Jesús no hubiera podido padecer la
Pasión, ya que la glorificación del cuerpo hace imposible el padecer y el
dolor. Este hecho entonces, al contemplar la Transfiguración, es un motivo más
para agradecer a Jesús su infinito amor y misericordia en el querer sufrir
voluntariamente la Pasión para salvarnos de la muerte eterna y para conducirnos
al Reino de los cielos.
Algo
que debemos preguntarnos, ante la manifestación de la gloria divina por parte
de Jesús, es la razón por la cual Jesús se transfigura antes de la Pasión:
Santo Tomás de Aquino responde que esto lo hace para que sus discípulos vean
por sí mismos que Él es Dios en Persona, encarnado y no un simple hombre santo
y esto para que no se desanimaran ante la crueldad del trato que Él iba a
recibir en su Pasión. Jesús quiere que sus discípulos vean con sus propios
ojos, sensiblemente, que Él es Dios; esto era necesario debido a que Jesús iba
a quedar tan desfigurado por la cantidad de golpes y latigazos y por la Sangre que
habría de salir de sus heridas, que incluso hasta iba a parecer que perdía su
aspecto humano, puesto que eso era lo que había profetizado el Profeta Isaías
en sus profecías sobre el Siervo sufriente de Yavé: “No tenía aspecto humano...
parecía un gusano... como ante quien se da vuelta el rostro...” (cfr. Is 55, 10-11). De esta manera, el Dios
de la gloria, que se manifiesta con su divinidad en el Monte Tabor, es el mismo
Dios de la gloria que se manifiesta con su Sangre en el Monte Calvario. El mismo
Dios que resplandece con la luz que cubre su humanidad en el Tabor, es el mismo
Dios que será cubierto por su propia Sangre en el Monte Calvario.
El Dios del Tabor, glorioso y luminoso, es el
mismo Varón de dolores descripto por el profeta Isaías, crucificado en el Monte
Calvario. El Dios de la gloria, que resplandece de luz divina en el Monte
Tabor, es el mismo Dios que va a ser crucificado en el Monte Calvario, que se
cubre con el manto púrpura de su Sangre Preciosísima. Si en el Monte Tabor Dios
Hijo emana luz, en el Monte del Calvario emana sangre de sus heridas. Dios
Hijo, a quien el Padre glorifica con la gloria divina, es humillado por los
hombres.
“Su
rostro brillaba como el sol”. La Santa Faz de Jesús, que en el Tabor resplandecía
como el sol, reflejando en Sí la gloria del Padre, sería luego besada con el
beso de la traición por Judas Iscariote; el Rostro Santo de Jesús, que en el
Tabor iluminaba las almas con la luz de la gloria divina trinitaria, es el
mismo Rostro Santo que habría de ser desfigurado por las brutales trompadas,
puñetazos y cachetazos en la Pasión; es el que Rostro Divino que habría de ser
escupido y salivado por los que decían honrar a Dios.
“Su
rostro brillaba como el sol”. El Rostro Divino de Jesús, del cual emanaba la luz
de la gloria divina como de su Fuente Increada, es el que habría de ser iba a
ser cubierto moretones, de hematomas, de heridas abiertas y sangrantes; es el
mismo Rostro que iba a ser bañado con la sangre que bajaba de su Sagrada Cabeza
coronada de espinas. El Padre Eterno había coronado a su Hijo con la luz y la
gloria en su seno, desde la eternidad; los hombres en cambio, con nuestros
pecados, lo cubrimos de golpes, hematomas, de heridas abiertas y sangrantes.
“Sus
vestiduras eran blancas como la nieve”. Las vestiduras resplandecientes de luz
divina en el Monte Tabor, son las mismas vestiduras que se habrían de teñir con
el color rojo brillante de su Sangre Preciosísima en el Calvario, sangre que
habría de brotar de sus heridas abiertas y sangrantes. El blanco brillante de
la gloria divina que lo envuelve en el Tabor, va a ser reemplazado por el rojo
carmesí de su sangre divina que cubrirá su cuerpo.
Dice Santo Tomás de Aquino que la Transfiguración
de Jesús es un consuelo para las horas dramáticas de la Pasión, pero al mismo
tiempo es un anticipo de lo que será la Resurrección suya, en la que también está
contenida nuestra Resurrección. Conmemoramos la Transfiguración para conmemorar
la Pasión y la Resurrección: el Monte Tabor no se puede contemplar sin
contemplar al mismo tiempo al Monte Calvario.
Ahora
bien, la conmemoración litúrgica de la Transfiguración no es un mero hecho
psicológico, no es un mero recuerdo de la memoria; se trata de una
participación real, por el misterio de la liturgia eucarística, del misterio
pascual de Jesucristo.
Y este
misterio se nos manifiesta, en el tiempo y en el espacio, por la liturgia
eucarística porque por el misterio de la Eucaristía Jesús se nos manifiesta, al
igual que lo hizo con sus discípulos, glorioso y radiante, como en el Tabor,
para darnos la fuerza de su divinidad para poder llevar la cruz de cada día. Por
esta razón, el altar eucarístico es para nosotros el equivalente al Monte
Tabor; la Eucaristía es el equivalente para nosotros a la humanidad de Jesús,
que ocultaba su resplandor y su gloria. Pero esa gloria y esa luz, que se
manifestaron a través de su humanidad en el Tabor, se nos manifiestan también
hoy por la fe, y así como los discípulos lo contemplaron glorioso en el Tabor,
así nosotros por la fe lo contemplamos glorioso y resucitado en la Eucaristía,
y de Él, resucitado y glorioso en la Eucaristía, tomamos fuerza para llevar la cruz
de cada día.
[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben,
Los misterios del cristianismo,
Ediciones Herder, Barcelona 1964, ...

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