(Domingo XVI - TO - Ciclo A - 2026)
“El sembrador sembró trigo (…), el enemigo sembró
cizaña” (cfr. Mt 13, 24-43). En esta
parábola, para graficar la acción tanto de Dios como del Diablo, Jesús utiliza
nuevamente la figura de un sembrador. En este caso, hay dos sembradores, tanto
el uno como el otro realizan una misma acción, que es la de sembrar; sin
embargo, aquello que siembran es diametralmente opuesto: mientras Dios siembra trigo
en el corazón del hombre, que es algo bueno, puesto que mediante el trigo el
hombre puede hacer el pan, que sirve para conservar la vida -sabemos que en la
realidad representada aquello que Dios siembra es su Palabra, Jesús, la Segunda
Persona de la Trinidad, que es el Pan de Vida eterna-, el Demonio, en cambio, también
siembra, pero lo que siembra el Demonio es algo malo e inútil, porque siembra
la semilla de la cizaña, el cual es similar en apariencia al trigo, pero se
trata de un pasto inútil y dañino que impide el crecimiento del trigo y que no
sirve para nada, solo para ser quemado; en la cizaña está representada la
palabra del Demonio, que es el “Padre de mentira” y el “Príncipe de las tinieblas”,
por lo que aquello que el Demonio siembra en el corazón humano, representado
por la cizaña, es la mentira, el engaño y la oscuridad del ocultismo, de la herejía,
del error, de la apostasía y del cisma. Entonces, en esta parábola, tanto Dios como
el diablo hablan con sus respectivas palabras al hombre, ambos siembran en el
corazón humano, y lo que ambos siembran, al germinar, termina dando frutos que
son diametralmente opuestos, es decir, lo que germina de uno y otro sembrador,
es algo radicalmente distinto.
La razón por la que los frutos son diametralmente
opuestos es porque si el trigo es el Hijo de Dios en Persona, que prolonga su
Encarnación en la Eucaristía, es decir, si el trigo es Cristo, entonces la
cizaña, que se asemeja al trigo solo en apariencia, pero no es buena para el
hombre, es el Anticristo. Entonces, así como Dios siembra en el corazón del
hombre, por la Eucaristía, a Cristo, así el Enemigo de las almas y de Dios, el
Demonio, siembra en el corazón del hombre la figura y la imagen de un falso
cristo, el Anticristo. Ambos darán frutos radicalmente opuestos.
Al sembrar Dios, por la Eucaristía, la Presencia
Personal de su Hijo, Jesucristo, el Hombre-Dios, el fruto de esta siembra será
la conversión del espíritu humano en una imagen del Hombre-Dios Jesucristo. Cuando
la Palabra de Dios, el trigo, la Eucaristía, el Pan de Vida, es sembrada en el
corazón humano, el hombre, ayudado por la gracia, se convierte en una imagen
viviente de Jesucristo, dando como fruto manifestaciones del Espíritu de Dios:
caridad, alegría, amor de Dios, misericordia para con el prójimo. Esta transformación
del hombre va más allá de convertirlo en una persona simplemente “buena” y “virtuosa”,
puesto que el poder de la Palabra de Dios es tan poderosa que hace del hombre,
simple creatura, en algo nuevo, que es el hacerlo ser “hijo de Dios” y “Dios
por participación”, tal como sucede con los santos, cualquiera que estos santos
sean, porque todos tienen algo en común y es que sus corazones se han convertido
en una copia viviente del Corazón de Jesucristo. Sea el santo que sea, la Madre
Teresa, el Padre Pío, Santa Teresita, San Ignacio, siempre el fruto es la
transformación en una copia de Jesús. La semilla que Dios siembra en el corazón
humano transforma al espíritu humano en algo nuevo: lo transforma en hijo de la
Luz Eterna, lo transforma en hijo adoptivo de Dios, lo transforma en una imagen
de Jesucristo.
La razón
es que al sembrar Dios su Palabra en el corazón humano, eso significa que
deposita en lo más profundo del espíritu humano a su mismo Hijo Unigénito en
Persona. Y Jesús, desde el fondo del alma, sopla su Espíritu sobre el alma, y
su Espíritu es el que obra la conversión del alma en una imagen suya. De ahí
que el fruto de la semilla de la Palabra, sea hacer del alma una imagen y una
copia de Jesús Misericordioso.
Ahora
bien el Demonio también siembra su palabra, pero esta palabra es la antítesis
de la Palabra de Dios: la palabra del Demonio no solo está vacía del amor a
Dios, sino que además está llena de odio a Dios y al hombre; es una palabra de
mentira, de engaño, de oscuridad y de ocultismo, que también transforma al
hombre, pero lo transforma en una imagen suya, en una imagen viva del Demonio. El
hombre que escucha la palabra del Demonio, sin dejar de ser hombre, se
convierte en esclavo del Demonio y porta en sí el germen del Anticristo,
convirtiéndose él mismo en otro anticristo. Si alguien presta oídos al Demonio,
termina por convertirse en una imagen suya; se convierte en hijo de las
tinieblas y sus obras son obras de las tinieblas: la mentira, el odio a Dios y
al prójimo, la corrupción del espíritu en todas sus formas.
El otro
elemento a considerar en esta parábola es el terreno en el que tanto Dios como
el Demonio siembran su palabra y es el corazón del hombre: se trata de un
terreno particular, porque es un terreno vivo y libre y por eso mismo es el
hombre, en última instancia, quien decide cuál de las dos semillas va a dejar
germinar: si la buena semilla del trigo, que es la Palabra de Dios tanto
escrita como encarnada, que es la Eucaristía y cuyo fruto la transformación del
alma en una copia de Jesucristo, o si deja germinar la semilla corrupta del
pasto inservible, la cizaña, la siembra del “Padre de la mentira”, cuyo fruto
es la transformación del alma en una imagen viviente del Diablo.
Ambos agricultores siembran sin descanso: el
Diablo siembra continuamente, en el mundo, por medio de las falsas religiones,
por medio de las sectas, como la Nueva Era, buscando de atraer hacia él a
través de los placeres del mundo.
Dios,
el Buen Labrador, también siembra continuamente, y lo hace a través de su
Iglesia. El Buen Sembrador siembra en el corazón humano con la buena semilla de
su Palabra, proclamada en el Evangelio, explicada en el magisterio de los Papas
y de los Padres de la Iglesia. Y siembra también no sólo la semilla buena:
siembra también el fruto de la semilla, del trigo, el Pan de Vida, el Pan
Santo, la Eucaristía.
La
Eucaristía es la semilla de la Palabra que se ha convertido en el Pan de Vida
eterna, Jesucristo, y Dios nos lo deposita en el fondo del alma, en cada
comunión eucarística, para que de ese Pan de Vida obtengamos la vida nueva de
los hijos de Dios, y como hijos de Dios, demos testimonio de Él en el mundo por
medio de la caridad y de la misericordia.

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