miércoles, 15 de julio de 2026

“El sembrador sembró trigo (…), el enemigo sembró cizaña”


 

(Domingo XVI - TO - Ciclo A - 2026)

            “El sembrador sembró trigo (…), el enemigo sembró cizaña” (cfr. Mt 13, 24-43). En esta parábola, para graficar la acción tanto de Dios como del Diablo, Jesús utiliza nuevamente la figura de un sembrador. En este caso, hay dos sembradores, tanto el uno como el otro realizan una misma acción, que es la de sembrar; sin embargo, aquello que siembran es diametralmente opuesto: mientras Dios siembra trigo en el corazón del hombre, que es algo bueno, puesto que mediante el trigo el hombre puede hacer el pan, que sirve para conservar la vida -sabemos que en la realidad representada aquello que Dios siembra es su Palabra, Jesús, la Segunda Persona de la Trinidad, que es el Pan de Vida eterna-, el Demonio, en cambio, también siembra, pero lo que siembra el Demonio es algo malo e inútil, porque siembra la semilla de la cizaña, el cual es similar en apariencia al trigo, pero se trata de un pasto inútil y dañino que impide el crecimiento del trigo y que no sirve para nada, solo para ser quemado; en la cizaña está representada la palabra del Demonio, que es el “Padre de mentira” y el “Príncipe de las tinieblas”, por lo que aquello que el Demonio siembra en el corazón humano, representado por la cizaña, es la mentira, el engaño y la oscuridad del ocultismo, de la herejía, del error, de la apostasía y del cisma. Entonces, en esta parábola, tanto Dios como el diablo hablan con sus respectivas palabras al hombre, ambos siembran en el corazón humano, y lo que ambos siembran, al germinar, termina dando frutos que son diametralmente opuestos, es decir, lo que germina de uno y otro sembrador, es algo radicalmente distinto.

La razón por la que los frutos son diametralmente opuestos es porque si el trigo es el Hijo de Dios en Persona, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, es decir, si el trigo es Cristo, entonces la cizaña, que se asemeja al trigo solo en apariencia, pero no es buena para el hombre, es el Anticristo. Entonces, así como Dios siembra en el corazón del hombre, por la Eucaristía, a Cristo, así el Enemigo de las almas y de Dios, el Demonio, siembra en el corazón del hombre la figura y la imagen de un falso cristo, el Anticristo. Ambos darán frutos radicalmente opuestos.

Al sembrar Dios, por la Eucaristía, la Presencia Personal de su Hijo, Jesucristo, el Hombre-Dios, el fruto de esta siembra será la conversión del espíritu humano en una imagen del Hombre-Dios Jesucristo. Cuando la Palabra de Dios, el trigo, la Eucaristía, el Pan de Vida, es sembrada en el corazón humano, el hombre, ayudado por la gracia, se convierte en una imagen viviente de Jesucristo, dando como fruto manifestaciones del Espíritu de Dios: caridad, alegría, amor de Dios, misericordia para con el prójimo. Esta transformación del hombre va más allá de convertirlo en una persona simplemente “buena” y “virtuosa”, puesto que el poder de la Palabra de Dios es tan poderosa que hace del hombre, simple creatura, en algo nuevo, que es el hacerlo ser “hijo de Dios” y “Dios por participación”, tal como sucede con los santos, cualquiera que estos santos sean, porque todos tienen algo en común y es que sus corazones se han convertido en una copia viviente del Corazón de Jesucristo. Sea el santo que sea, la Madre Teresa, el Padre Pío, Santa Teresita, San Ignacio, siempre el fruto es la transformación en una copia de Jesús. La semilla que Dios siembra en el corazón humano transforma al espíritu humano en algo nuevo: lo transforma en hijo de la Luz Eterna, lo transforma en hijo adoptivo de Dios, lo transforma en una imagen de Jesucristo.

         La razón es que al sembrar Dios su Palabra en el corazón humano, eso significa que deposita en lo más profundo del espíritu humano a su mismo Hijo Unigénito en Persona. Y Jesús, desde el fondo del alma, sopla su Espíritu sobre el alma, y su Espíritu es el que obra la conversión del alma en una imagen suya. De ahí que el fruto de la semilla de la Palabra, sea hacer del alma una imagen y una copia de Jesús Misericordioso.

         Ahora bien el Demonio también siembra su palabra, pero esta palabra es la antítesis de la Palabra de Dios: la palabra del Demonio no solo está vacía del amor a Dios, sino que además está llena de odio a Dios y al hombre; es una palabra de mentira, de engaño, de oscuridad y de ocultismo, que también transforma al hombre, pero lo transforma en una imagen suya, en una imagen viva del Demonio. El hombre que escucha la palabra del Demonio, sin dejar de ser hombre, se convierte en esclavo del Demonio y porta en sí el germen del Anticristo, convirtiéndose él mismo en otro anticristo. Si alguien presta oídos al Demonio, termina por convertirse en una imagen suya; se convierte en hijo de las tinieblas y sus obras son obras de las tinieblas: la mentira, el odio a Dios y al prójimo, la corrupción del espíritu en todas sus formas.

         El otro elemento a considerar en esta parábola es el terreno en el que tanto Dios como el Demonio siembran su palabra y es el corazón del hombre: se trata de un terreno particular, porque es un terreno vivo y libre y por eso mismo es el hombre, en última instancia, quien decide cuál de las dos semillas va a dejar germinar: si la buena semilla del trigo, que es la Palabra de Dios tanto escrita como encarnada, que es la Eucaristía y cuyo fruto la transformación del alma en una copia de Jesucristo, o si deja germinar la semilla corrupta del pasto inservible, la cizaña, la siembra del “Padre de la mentira”, cuyo fruto es la transformación del alma en una imagen viviente del Diablo.

Ambos agricultores siembran sin descanso: el Diablo siembra continuamente, en el mundo, por medio de las falsas religiones, por medio de las sectas, como la Nueva Era, buscando de atraer hacia él a través de los placeres del mundo.

         Dios, el Buen Labrador, también siembra continuamente, y lo hace a través de su Iglesia. El Buen Sembrador siembra en el corazón humano con la buena semilla de su Palabra, proclamada en el Evangelio, explicada en el magisterio de los Papas y de los Padres de la Iglesia. Y siembra también no sólo la semilla buena: siembra también el fruto de la semilla, del trigo, el Pan de Vida, el Pan Santo, la Eucaristía.

         La Eucaristía es la semilla de la Palabra que se ha convertido en el Pan de Vida eterna, Jesucristo, y Dios nos lo deposita en el fondo del alma, en cada comunión eucarística, para que de ese Pan de Vida obtengamos la vida nueva de los hijos de Dios, y como hijos de Dios, demos testimonio de Él en el mundo por medio de la caridad y de la misericordia.

 


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