jueves, 17 de septiembre de 2026

“Un propietario salió muy de madrugada a contratar obreros para su viña”

 


(Domingo XXV - TO - Ciclo A - 2026)

“Un propietario salió muy de madrugada a contratar obreros para su viña” (cfr. Mt 20, 1-16). Para darnos una idea acerca de cómo es el Reino de los cielos, Jesús utiliza la imagen de una vid, del dueño de la vid y de los obreros a los que el dueño contrata para que vayan a trabajar en su vid. Como toda parábola, debemos preguntarnos cuál es su significado espiritual y lo primero a tener en cuenta es que cada elemento de la parábola representa una realidad sobrenatural.

Así, el Dueño de la viña es Jesús, la viña es la Iglesia Católica y los que son llamados a trabajar en la viña son los bautizados en la Iglesia; en este grupo, hay dos grupos a su vez, los llamados a primera hora y los llamados en la última hora, al caer la tarde: los llamados en primer lugar son los bautizados que recibieron tempranamente la gracia de la conversión, mientras que los llamados en último lugar son los que han recibido la gracia de la conversión a una edad tardía; el último elemento de la parábola es la paga que reciben los trabajadores, paga que es la misma para todos y consiste en la vida eterna en el Reino de los cielos. Podemos hacer una primera observación y es que, independientemente del tiempo en el que han sido llamados a trabajar en la Iglesia, temprano o tarde, todos reciben la misma paga, el mismo salario, porque el Viñador, Jesús, paga a todos sus obreros -que somos nosotros, los bautizados- con un mismo salario, el fruto de la vid: el vino de la Alianza Nueva y Eterna, que es su propia sangre derramada en la cruz, que comunica la vida eterna.

En la parábola se destaca otro elemento y es la inmensidad y gratuidad de la Divina Misericordia porque el Hombre-Dios Jesucristo llama a todos, indistintamente, antes o después, para trabajar en su viña que es la Iglesia Católica y a todos paga con la misma moneda: el don de la vida eterna; la única condición para recibir el salario de Jesús es querer trabajar en su viña y hacerlo efectivamente, cada cual según su estado de vida.

Jesús usa la imagen de la vid debido a que la vid, por las relaciones religiosas e históricas de su imagen, tiene un significado bíblico[1] y es que Israel era la vid plantada por Yahvé, de manera que los interlocutores de Jesús sabían el significado religioso de esa imagen. Pero no solo para los interlocutores de Jesús tiene la vid un significado religioso: también para nosotros la imagen de la vid tiene un significado espiritual y sobrenatural, directamente relacionado con nuestra fe, desde el momento en que el mismo Jesús en Persona utiliza la imagen de la vid para aplicársela a sí mismo cuando dice: “Yo soy la Vid verdadera”. Él es la vid a la cual se le injertan los sarmientos que somos nosotros, los bautizados: “Vosotros –los bautizados- sois los sarmientos”. Jesús es la Vid de la cual nosotros, los sarmientos, injertados a la Vid Verdadera por el Bautismo sacramental, recibimos la vida eterna. Jesús es la Vid, pero también la Iglesia, surgida del Corazón traspasado de Jesús, es la Vid celestial, porque la Iglesia Católica es la congregación del linaje humano que ha sido incorporado a Dios mediante la unión personal del Hijo de Dios con la naturaleza humana[2].

La Vid celestial que es la Iglesia de Cristo, la Iglesia Católica, está formada por quienes han sido incorporados a Jesucristo que es también la Vid celestial. Porque la Iglesia es la Vid celestial, “trabajar en la vid”, como los obreros de la parábola, significa en la realidad de este mundo trabajar en la Iglesia de Jesús y es por esto que el llamado de Jesús es a trabajar no en el mundo, sino en la Iglesia. Jesús llama a trabajar a los viñadores a la Vid celestial, y la Vid celestial es la Iglesia Católica, es decir, la congregación de los que han sido convertidos, por el Espíritu de Dios, en hijos de Dios.

Otro aspecto a considerar en la parábola, además del llamado a trabajar, es el tipo de trabajo al cual llama Jesús. Con relación al trabajo hay que decir que no es un trabajo terreno, sino celestial y ese trabajo se llama “misión”, que es un trabajo esencialmente sobrenatural, porque consiste en anunciar “a todo el mundo” el Evangelio de la salvación de Jesucristo. La misión no es un trabajo al estilo de las multinacionales; la misión es realizada por aquellos que han recibido el don de la filiación divina y están animados y son vivificados por el Espíritu Santo, que es un espíritu de amor y caridad. Por esta razón, quien trabaja en la Vid que es la Iglesia, debe obrar con misericordia y caridad. Sucede con frecuencia que hay quienes trabajan en la Iglesia, pero no están movidos por el Amor de Dios, sino por amor propio y amor a los halagos de los demás: este tipo de bautizados está representado en los viñadores que se enojan con el patrón en la parábola, porque este paga a todos con el mismo salario; esta reacción no se habría dado si los trabajadores llamados a la mañana hubieran hecho su trabajo movidos por el Amor de Dios, y así nunca se hubieran quejado de que sus hermanos reciban también la vida eterna. Si alguien se enoja -como los obreros llamados en primer lugar en la parábola- porque sus hermanos recibieron también la vida eterna, a pesar de haber trabajado menos, es porque hicieron su trabajo por amor propio y no por amor a Dios y movidos por su Amor.

La llamada del dueño de la viña a trabajar en su viña es la llamada de Jesús a trabajar en su Viña, que es la Iglesia; ahora bien, Jesús nos llama por su Espíritu, para que el alma trabaje movida por su Espíritu y esto significa obrar las obras del Espíritu Santo, que son las obras de misericordia, tanto corporales como espirituales. Si alguien trabaja en la Iglesia, pero no lo hace movido por el Amor de Dios, sino por el amor propio y por el propio orgullo y soberbia, entonces ese trabajo es en vano, aun cuando movilice a decenas de miles de personas. El trabajo que deben hacer los obreros llamados por Jesús, son las obras de misericordia, las obras de caridad, que son las obras del Divino Amor. El Primer Mandamiento de la Ley de Dios dice: “Ama a Dios por sobre todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo” y precisamente, porque no entendieron que, en la Viña de Dios, la Iglesia Católica, se trabaja por amor, es que los obreros llamados en primer lugar protestan amargamente porque los últimos también recibieron como paga el Reino de los cielos. Los trabajadores llamados en primer lugar no habían comprendido que en la Iglesia Católica el trabajo tiene como fundamento al Amor de Dios, el Espíritu Santo y es por eso que se enojan con el dueño de la vid: son los católicos que consideran inadmisible que Dios, en su infinita misericordia, conceda la vida eterna a todas las almas, aun aquellas a las que son llamadas en los últimos momentos de su vida, independientemente de la vida alejada de Dios que llevaron. Es decir, deberían haberse alegrado de que sus hermanos reciban la vida eterna, la paga del Dueño de la Vid, Jesucristo. Lo que cuenta para Jesús, cuando Él llama a trabajar en su viña, no es ni la cantidad de trabajo ni la cualificación profesional de los obreros: lo que cuenta para Él es el amor, la misericordia, la compasión; cuenta el amor a Dios y al prójimo, lo cual solo es posible si el bautizado se deja guiar dócilmente por el Espíritu del Divino Amor, el Espíritu Santo. Como dice un autor, cuenta más un plato de verduras, hecho por amor a Dios y al prójimo, guiado por su Amor[3], que cientos de obras hechas por egoísmo o por auto-complacencia, como lo demuestran los que se quejan al ver que también otros son admitidos a la vida eterna.

Jesús nos llama a trabajar en su Viña, que es la Iglesia Católica; a algunos llama en su infancia, a otros en su juventud, a otros en la adultez y a otros incluso segundos antes de morir y para que tengamos las divinas fuerzas necesarias para este trabajo, para que no nos desanimemos por las tribulaciones y por el espíritu del Anticristo que reina en el mundo sin Dios, para que seamos capaces de “sobrellevar el peso de la jornada y el calor agobiante del sol”, para que trabajemos en su viña no movidos por el amor propio sino por el Amor de Dios, Jesús nos alimenta con el manjar celestial, el Pan de Vida eterna y nos da de beber la Sangre de su Sagrado Corazón traspasado en la cruz y así, con este Pan que es su Cuerpo y con este Vino que es su Sangre, el Divino Viñador nos comunica su Espíritu de Amor, de Caridad, para que con ese Espíritu trabajemos en su viña, que es su Iglesia, la Única y Verdadera Iglesia del Hijo de Dios, la Esposa Mística del Cordero, la Santa Iglesia Católica.

 



[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, 345.

[2] Cfr. Scheeben, Los misterios, 414.

[3] Cfr. Dictados del ángel, Editorial María Mensajera, Buenos Aires 1988, 270.


No hay comentarios:

Publicar un comentario