lunes, 17 de junio de 2019

“No se puede servir a Dios y al dinero”



“No se puede servir a Dios y al dinero” (Mt 6, 24-34). Jesús nos advierte que, o servimos a Dios, o servimos al dinero. La razón es que en el corazón humano no hay lugar para ambos: o el corazón adora a Dios Uno y Trino o adora al dinero, no puede adorar a ambos a la vez. El corazón humano tiene capacidad para amar a uno de los dos, al tiempo que tiene capacidad para aborrecer al que no se ama: “No se puede servir a Dios y al dinero, porque aborrecerá a uno y amará al otro”. Es decir, si se ama a Dios, se aborrece el dinero; si se ama el dinero, se aborrece a Dios. Y para convencernos de que debemos amar a Dios, Jesús nos hace ver que todo el universo, visible e invisible, está en manos de Dios y que por lo tanto, no debemos preocuparnos por las cosas materiales, puesto que Dios, que es nuestro Padre, sabe qué es lo que necesitamos. Jesús da un ejemplo con la naturaleza: si Dios es quien proporciona la vida y los alimentos a los seres irracionales, mucho más lo hará con nosotros, que valemos más que ellos, desde el momento en que somos sus hijos adoptivos.
“No se puede servir a Dios y al dinero”. El consejo de Jesús es lo más acorde a nuestra naturaleza, porque se trata de amar a Dios, que es para lo que fuimos hechos. Si amamos a Dios y aborrecemos el dinero, estaremos cumpliendo el fin para el que fuimos creados. Si hacemos lo opuesto, es decir, si amamos al dinero y aborrecemos a Dios, no solo no alcanzaremos nunca el fin para el que fuimos creados, sino que además seremos sumamente desdichados e infelices, porque el dinero no puede, de ninguna manera, dar la verdadera felicidad, que es interior y espiritual y solo puede ser dada por Dios.
“No se puede servir a Dios y al dinero”. Pidamos la gracia de amar y servir a Dios, que es el fin para el que fuimos creados; adoremos a Cristo Eucaristía en nuestros corazones y aborrezcamos al dinero y así tendremos la seguridad de que viviremos en paz en esta vida y seremos bienaventurados por toda la eternidad en la otra vida.

“Acumulen tesoros en el cielo, porque donde estén tus riquezas, ahí estará tu corazón”



“Acumulen tesoros en el cielo, porque donde estén tus riquezas, ahí estará tu corazón” (Mt 6, 19-23). Quien afirme que el cristianismo es contrario a la riqueza y a su acumulación, solo tiene que leer este pasaje del Evangelio, en el que Jesucristo insta explícitamente a acumular riquezas. Ahora bien, lo que hay que tener en cuenta es qué tipo de riquezas quiere Jesús que acumulemos y en dónde: las riquezas que Jesús quiere que acumulemos no son las riquezas materiales, terrenas, sino las riquezas espirituales, que son las obras buenas realizadas en gracia, la fe y la gracia misma y el lugar en donde Jesús quiere que acumulemos estas riquezas, no es un banco o un depósito terreno, sino en el cielo. Una obra buena, el deseo de evitar el pecado y de vivir en gracia, el hacer actos continuos de fe en Jesucristo como Hombre-Dios presente en la Eucaristía, son solo algunos de los ejemplos de las riquezas que Jesús quiere que acumulemos en el cielo.
Las razones por las cuales Jesús quiere que acumulemos esta clase de tesoros las dice Él mismo: porque donde esté nuestro tesoro, ahí estará nuestro corazón. Si nuestro tesoro son las riquezas materiales, entonces nuestro corazón estará en las riquezas materiales y no estará en Dios, porque Dios no está en esas riquezas; si nuestro tesoro son en cambio las riquezas espirituales, allí estará nuestro corazón y nuestro corazón estará en Dios y con Dios, porque Dios sí está en las riquezas espirituales. Ésta es la razón por la que Jesús quiere explícitamente que acumulemos riquezas, pero de las espirituales, y en el cielo, en donde está a salvo de la corrosión y de los ladrones.
“Acumulen tesoros en el cielo, porque donde estén tus riquezas, ahí estará tu corazón”. Que nuestro tesoro más grande y único sea la Sagrada Eucaristía: así nos aseguraremos de que nuestros corazones estén en Dios, no sólo en esta vida, sino también por toda la eternidad.

“Cuando ores y hagas el bien hazlo en secreto y así recibirás la recompensa del Padre”




“Cuando ores y hagas el bien hazlo en secreto y así recibirás la recompensa del Padre” (Mt 6, 1-6. 16-18). Con estas indicaciones acerca de la oración y de las buenas obras, Jesús nos advierte contra la tentación de hacer estas cosas buenas sólo por pura exterioridad, para ser vistos por los hombres y para ser aplaudidos por ellos. El hombre, por el pecado original, tiene la tendencia de la presunción y de la soberbia y por esta razón, si hace alguna obra buena, como el rezar o hacer una obra de misericordia, busca el aplauso de los demás hombres. Pero haciendo esto, por un lado, arruina la buena obra realizada, ya que la soberbia y la presunción lo echan todo a perder; por otra parte, se olvida que a quien debe agradar con las buenas obras es a Dios y no a los hombres, porque es Dios quien da la verdadera recompensa, que es su gracia y amor, para toda obra buena.
“Cuando ores y hagas el bien hazlo en secreto y así recibirás la recompensa del Padre”. Cuando oremos, no busquemos que los hombres nos vean orar ni tampoco esperemos ser honrados por ellos ni ser tenidos como buenos; cuando hagamos alguna obra buena, no hagamos alarde de esa obra buena, porque así arruinamos todo lo que hayamos hecho. Cuando oremos, nos refugiemos en lo más profundo del corazón, en el interior de nuestras almas, que es en donde nos ve Dios y Dios responderá nuestra oración; cuando hagamos obras buenas, las hagamos pero no para que los demás nos aplaudan y hablen bien de nosotros: hagamos las obras buenas de cara a Dios, para que sea Dios quien nos recompense, con su gracia y su amor. No busquemos el aplauso de los hombres: busquemos, con la oración y las obras buenas, la gracia y el Amor de Dios.

“Amen a sus enemigos, para que sean perfectos como mi Padre celestial es perfecto”



“Amen a sus enemigos, para que sean perfectos como mi Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 43-48). Jesús da un mandamiento verdaderamente nuevo y es el que explica que la religión de Jesús sea una religión de origen celestial y no puramente humana: amar a los enemigos. El hecho de “amar a los enemigos”, de “orar por los que nos hacen el mal”, en vez de buscar justicia y venganza, es lo que distingue a la religión católica de cualquier otra religión. Jesús da la razón del porqué amar a los enemigos: porque así seremos “verdaderamente hijos del Padre que está en los cielos”. Amar a los enemigos no es un comportamiento ni meramente afectivo ni simbólico ni metafórico y tiene una relación directa con Dios Padre y con Dios Hijo: es realmente participar del amor con el que el Padre y el Hijo nos aman desde la cruz. Es decir, el cristiano debe amar a sus enemigos, porque tanto el Padre como el Hijo concedieron su amor y su perdón a cada uno de los hombres, siendo ellos sus enemigos, porque crucificaban a Dios Hijo con sus pecados. Quien ama a sus enemigos, imita a Dios Padre, que amó a los hombres, sus enemigos, que crucificaban a su Hijo e imita también a Dios Hijo, que perdonó a los que le quitaban la vida, sus enemigos, pidiendo el perdón divino para ellos.
“Amen a sus enemigos, para que sean perfectos como mi Padre celestial es perfecto”. Es imposible cumplir este mandamiento si no es por medio de la gracia: es la gracia la que perfecciona al alma, concediéndole la facultad de perdonar y amar a sus enemigos, así como el Padre y el Hijo perdonaron a los hombres, siendo estos sus enemigos, en el Calvario. Quien ama a sus enemigos por la gracia, se acerca a la perfección que esta concede y así imita al Padre, que es perfecto.

sábado, 15 de junio de 2019

Solemnidad de la Santísima Trinidad



(Ciclo C – 2019)

         En el dogma de la Santísima Trinidad debemos considerar lo siguiente: por un lado, no conoceríamos que Dios es Uno en naturaleza y Trino en Personas, si Jesús no nos lo hubiera revelado, porque se trata de un misterio absoluto sobrenatural de Dios, que está fuera del alcance de la inteligencia de la creatura, sea hombre o ángel. Por otro lado, debemos considerar que este Dios que es Uno y Trino está todo Él empeñado en nuestra salvación y no de una salvación mundana, sino eterna: quiere salvarnos del pecado, de la muerte y del demonio y quiere conducirnos al cielo como hijos de Dios. De tal manera está empeñada la Santísima Trinidad en nuestra salvación y en nuestro ir al cielo, que la Santísima Trinidad no se queda solo en intenciones, pues Ella misma obra nuestra salvación: es Dios Padre quien envía a su Hijo, por medio de Dios Espíritu Santo, para que se encarne, muera en cruz por nuestra salvación derrotando a nuestros enemigos espirituales, el demonio, el mundo y la carne y nos conduzca, al final de nuestras vidas terrenas, a su Reino, el Reino de los cielos.
         De esto se deduce cuán importante es nuestro paso por la vida terrena y cuán importante es la misión que tenemos que cumplir, todos y cada uno de los hombres, y es cumplir el plan de salvación que la Trinidad ha trazado para todos y cada uno de los hombres, sin importar su raza, credo o religión. Es decir, todos los hombres de todos los tiempos habrán de salvarse si siguen el plan de salvación de la Trinidad que consiste básicamente en cargar la cruz de cada día y seguir a Cristo camino del Calvario, para morir al hombre viejo y nacer al hombre nuevo, el hombre que es hijo de Dios, hijo de la luz, hijo de la gracia. Quien siga este plan, se salvará y evitará la condenación eterna; quien no siga el plan de la Santísima Trinidad, se condenará inevitablemente, porque es deseo de la Trinidad que no haya “otro nombre por el que seamos salvados, que no sea el Santísimo Nombre de Jesús”.
         Otro elemento que debemos tener en cuenta es que la Santísima Trinidad renueva, en cada Santa Misa, su plan salvífico para nosotros: en cada Santa Misa, Dios Padre pide a su Hijo que prolongue su Encarnación y así lo hace el Hijo, quien es llevado por Dios Espíritu Santo a las entrañas virginales de la Iglesia, el altar eucarístico, así como lo hizo en la Encarnación, en donde fue llevado por el Espíritu Santo a las entrañas virginales de María Santísima, para quedarse en la Eucaristía y donársenos como Pan de Vida eterna, como Pan Vivo bajado del cielo y como Verdadero Maná celestial.
         Si Dios Uno y Trino está empeñado en nuestra salvación, que no es una salvación intramundana, sino eterna, entonces también nosotros, tomando conciencia de la necesidad absoluta que tenemos de salvarnos, pongamos todo nuestro esfuerzo y todo nuestro empeño en la tarea de nuestra salvación, que consiste esencialmente como ya dijimos en cargar la cruz de cada día e ir en pos de Jesús, que camina hacia el Calvario.
         Adoremos a Dios Uno y Trino por lo que es, Dios de infinita majestad, honor y gloria y hagamos el propósito de empeñarnos, cada día, en nuestra salvación eterna, para que continuemos adorando y dando acción de gracias a Dios Uno y Trino no solo en esta vida terrena, sino luego, por toda la eternidad.

martes, 11 de junio de 2019

“Id y proclamad que el Reino de Dios está cerca”



“Id y proclamad que el Reino de Dios está cerca” (Mt 10, 7-13). Todos los justos, profetas y santos del Antiguo Testamento esperaron con ver el día en el que el Reino de Dios se establecería en la tierra. Ahora Jesús anuncia que ese Reino “está cerca”. ¿Cuán cerca está? Está tan cerca, que está “dentro de nosotros”: el Reino de Dios está dentro vuestro”. Estas frases de Jesús las advertiremos en su plenitud si tenemos en cuenta lo siguiente: que el Reino de Dios en esta vida consiste en vivir en estado de gracia. Por esta razón, cuanto más se esté en estado de gracia, más se está en el Reino de Dios. Este estado de gracia se convertirá en estado de plenitud de gloria en la otra vida, pero mientras tanto, quien está en estado de gracia, aún en esta vida terrena, ya contiene en sí, en germen, el Reino de Dios. Procuremos entonces adquirir la gracia si no la tenemos, conservarla si ya la tenemos y acrecentarla si ya la hemos conservado. Y así, de esta manera, viviendo en gracia, viviremos en anticipo, en los días que nos queden por vivir en la vida terrena, en el Reino de Dios, Reino que se nos manifestará en todo el esplendor de su gloria en la vida eterna.

“El que mira a una mujer casada deseándola, ya comete adulterio”



“El que mira a una mujer casada deseándola, ya comete adulterio” (Mt 5, 27-32). La advertencia de Jesús nos da una idea cabal de la severidad de la Nueva Ley de la gracia que Él ha venido a instaurar. Ya no basta con simplemente con cometer físicamente el adulterio: ahora, quien simplemente mira a otra mujer con deseos impuros, ya ha cometido adulterio en su corazón. Esto se debe al hecho de que, por la gracia, el alma del justo se encuentra delante de Dios, así como los bienaventurados se encuentran delante de Dios en el cielo. Y así como nadie impuro puede subsistir delante de Dios en los cielos, así también en la tierra, cualquiera que tenga aunque sea pensamientos impuros, aun sin llevarlos a cabo, no puede subsistir ante la Presencia de Dios. Por la gracia, el alma del justo -es decir, de aquel que todavía no está en el Reino de los cielos- se encuentra en una posición análoga a la que se encuentran los bienaventurados en el cielo: se encuentran delante de Dios, que es Espíritu Purísimo y ante el cual la más mínima imperfección resalta en toda su fealdad, poniendo en evidencia a su autor.
“El que mira a una mujer casada deseándola ya comete adulterio”. La advertencia de Jesús para este mandamiento particular se extiende para todos los mandamientos y esto es para que nos demos  cuenta de cuán exigente es la Nueva Ley de la gracia traída por Jesús. Ya no basta con no solo no cometer los pecados físicamente, concretamente: quien los desea en su corazón, ya los ha cometido y por lo tanto, si no ha habido lucha contra este mal deseo, debe acudir prontamente a la Fuente de la Misericordia, el Sacramento de la Confesión Sacramental. Sólo así el alma será digna, por la gracia, de estar ante la Presencia de Dios Uno y Trino.