viernes, 11 de agosto de 2017

“Es un fantasma”


(Domingo XIX - TO - Ciclo A – 2017)

“Es un fantasma” (Mt 14, 22-36). Mientras los discípulos se encuentran en la barca, mar adentro, se desencadena una tormenta. En ese momento, Jesús, que se había quedado a la orilla del mar, se acerca caminando sobre las aguas. Los discípulos, que están en la barca que se encuentra zarandeada por el viento y el oleaje, a pesar de que conocían a Jesús y sabían que era Él, en vez de alegrarse por su Presencia , entran en pánico y, llenos de terror, comienzan a gritar: “¡Es un fantasma!”. Es extraño que los discípulos confundan a Jesús con un fantasma, puesto que lo conocían bien, ya que habían caminado junto con Él, mientras Jesús predicaba el Evangelio; habían presenciado en primera persona sus milagros; habían compartido con Él todos los pequeños detalles de la convivencia humana, que se dan entre hombres que forman un grupo y se dedican a una misión en común, y sin embargo, a pesar de todo esto, cuando lo ven caminando sobre las aguas, llenos de pavor gritan: “¡Es un fantasma!”.
Al acercarse a la barca, Jesús, que todavía no ha subido a la nave, tranquiliza a sus discípulos diciéndoles: “Soy Yo, no teman”. En ese momento Pedro decide ir hacia donde está Jesús, para corroborar que efectivamente se trata de Él y le pide que lo haga ir hasta Él. Jesús lo llama y Pedro, fija la vista en Jesús, toma valor y comienza a caminar sobre las aguas, pero apenas da unos pocos pasos, deja de contemplar a Jesús y mira hacia el mar; toma conciencia de la fuerza y velocidad del viento; escucha el silbido del viento, que semeja a un aullido; escucha el ruido de las olas que golpean la barca, y así, sin mirar a Jesús a los ojos, queda sin la fuerza divina que Jesús le transmitía, entra en pánico por la violencia de la tormenta y el peligro de hundimiento de la nave, y él mismo se comienza a hundir. Es entonces cuando Jesús le extiende su mano, hace subir a Pedro a la barca y calma la tormenta de inmediato con una sola orden de su voz, para luego reprocharle a Pedro su falta de fe: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”. Finalmente, Jesús sube a la barca, que ya navega tranquila al haber cesado el viento y las olas y los discípulos, con Pedro a la cabeza, y esta vez iluminados en sus mentes y corazones por la luz del Espíritu Santo, se postran en adoración ante Jesús.
La escena, real tiene un significado sobrenatural, además de la debilidad de la fe de Pedro y su falta de contemplación de Jesús, que es lo que lo hace hundirse. El significado sobrenatural de la escena se puede entrever cuando se hace una analogía con las realidades sobrenaturales: la barca representa a la Iglesia; el mar enrarecido, con olas que amenazan con hundir la barca, y el viento que sopla furioso, aumentando cada vez más el tamaño de las olas, representa al mundo sin Dios y bajo el mando del Anticristo y Satanás, que intentan, por todos los medios posibles, corromper a la Santa Madre Iglesia y hundirla para siempre; la falta de reconocimiento de los discípulos hacia Jesús, como así también la actitud de Pedro de dejar de contemplar a Jesús para contemplar las olas y escuchar el viento, representan a los bautizados, sean clérigos, religiosos o laicos que, llevados por el espíritu mundano, abandonan la oración, la contemplación, la adoración eucarística, los sacramentos y la Santa Misa, para a su vez mundanizarse, haciendo lo inverso a lo que estaban destinados en su misión: en vez de ellos, como miembros de la Iglesia Santa, santificar el mundo, al mundanizarse, mundanizan a la Iglesia, corrompiéndola con costumbres mundanas y alejadas de Dios. El hecho de que Jesús camina por las aguas, acercándose hacia la barca, puede significar su Segunda Venida, que acontecerá, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, en momentos en que la Iglesia estará atravesando una grave crisis de fe, tan profunda, que parecerá haberse hundido la única y verdadera Iglesia, para ser reemplazada por una iglesia en la que todo lo divino es dejado de lado, comenzando por los Mandamientos de la Ley de Dios y finalizando con los Sacramentos. Este caminar de Jesús sobre las aguas, en dirección a la barca que parece que está por hundirse, podría simbolizar o prefigurar si Segunda Venida: así como los discípulos no lo reconocen, también cuando llegue Jesús, en su Segunda Venida, nadie parecerá reconocerlo, tal será la profundidad de la crisis de fe, y es lo que lleva a Jesús a hacer una pregunta retórica: “Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?” (Lc 18, 8). La crisis de fe será una crisis de fe eucarística, porque la Presencia de Jesús en la tierra es su Presencia Eucarística: sin esta Fe Eucarística, la Iglesia se vuelve irreconocible, de ahí la urgencia de una profunda conversión eucarística de todos los bautizados. Con respecto a la crisis de fe que anticipará la Segunda Venida de Jesús, dice así el Catecismo de la Iglesia Católica[1]: “Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes. La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra desvelará el “misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un pseudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne”. La tormenta del pasaje del Evangelio, tan intensa que amenaza con hundir la barca, que representa a la Iglesia, bien podría prefigurar esta “prueba final que sacudirá la fe” de los creyentes, una crisis ocasionada por el Anticristo, que intentará suplantar a la Verdadera Iglesia y al Cordero, Jesús Eucaristía, por una iglesia falsa, humana y no divina, apóstata, sin el Cordero de Dios, pues será una Iglesia sin Eucaristía, sin Presencia Real de Jesús en la Hostia consagrada.
“Es un fantasma”. No solo los discípulos y Pedro demuestran falta de fe en Jesús como Hombre-Dios: en nuestros días, innumerables católicos demuestran tener la misma falta de fe en la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, al punto de considerarlo, en la práctica, como “un fantasma”, es decir, como una entidad no real, porque no se cree más en su Presencia real, verdadera y substancial en la Eucaristía. Si Jesús viniera por Segunda Vez, en la Parusía, hoy, ¿encontraría Fe Eucarística en nosotros?




[1] Cfr. n. 675.

sábado, 5 de agosto de 2017

Fiesta de la Transfiguración del Señor


(Ciclo A – 2017)

Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró (Mt 17,1-9). Jesús se transfigura, es decir, deja traslucir la gloria que posee desde la eternidad en cuanto Dios, y es esta gloria celestial, recibida por el Padre desde la eternidad, la que resplandece a través de su Humanidad y a través de sus vestimentas. La Transfiguración significa que la gloria del Ser divino trinitario de Jesús se hace visible, sensible, por unos momentos, para luego ocultarse. La razón de la Transfiguración es, por parte de Jesús, el mostrar a sus discípulos su divinidad, antes de la Pasión: se muestra revestido de gloria y majestad, como Dios que es, para que cuando lo vean en el Monte Calvario, revestido de su propia sangre, y con aspecto que no parece el de un humano –“como ante quien se da vuelta la cara”; “parecía un gusano”, dirán los profetas-, no desfallezcan y, recordando esta visión de su gloria, sean capaces de resistir la dura prueba de la Pasión hasta el final. Por este motivo, la Transfiguración en el Monte Tabor no se comprende si no se contempla a la luz de otro monte, el Monte Calvario, en donde Jesús no aparece revestido de luz y gloria, sino de Sangre y humillación. Jesús se transfigura ante sus discípulos, dice Santo Tomás, para que cuando ellos lo vean cubierto de sangre, de golpes, de heridas abiertas; coronado de espinas, flagelado, insultado, condenado a muerte y llevando una pesada cruz, recuerden que ese Hombre, que en la Pasión aparece débil, ultrajado y crucificado, es en realidad Dios omnipotente, que de esta manera, con su Sangre derramada en la Cruz, lava nuestros pecados, nos concede la gracia santificante que nos convierte en hijos adoptivos de Dios y nos abre las puertas del Reino de los cielos.
         Pero la Transfiguración es también para nosotros, para que sepamos que ése es el destino final al cual estamos llamados desde el Bautismo; Jesús se transfigura, deja que la gloria divina sea visible a través de su Humanidad, para que nosotros sepamos cómo serán nuestros cuerpos en la bienaventuranza eterna, serán como el Cuerpo de Jesús, resplandecientes de luz, de gloria celestial, sin ningún dolor, sin ninguna imperfección, sin envejecer ya jamás y, lo más importante, inhabitados por el Espíritu Santo y resplandecientes de gloria divina. Ahora bien, si estamos destinados a la Transfiguración, debemos saber que no llegaremos a ella si no es por la Cruz, porque así como Jesús pasó por la Pasión antes de ser glorificado a la diestra del Padre, así también nosotros, no llegaremos a la luz, sino es por la cruz, porque estamos llamados a imitar en todo a nuestro Señor, de modo especial, su Pasión y Muerte en Cruz.

         Si queremos entonces habitar algún día en el Reino de Dios, por toda la eternidad, entonces tenemos que estar dispuestos a abrazar la cruz, a seguir a Jesús, Camino, Verdad y Vida, por el Via Crucis, y a ser crucificados con Él en el Gólgota. Renegar de la Cruz es renegar de la luz; abrazar la Cruz es abrazar la gloria y la luz de Cristo.

jueves, 3 de agosto de 2017

“El Reino de los Cielos se parece a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces”


“El Reino de los Cielos se parece a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces” (Mt 13, 47-53). Jesús compara al Reino de los cielos con una red que atrapa toda clase de peces, los cuales son separados por los pescadores, dejando los buenos y desechando los malos. La imagen se entiende si se reemplazan sus elementos naturales por los sobrenaturales: la red es Cristo y su Iglesia; el mar es el mundo; los peces son los hombres; los pescadores, los ángeles; la separación de los pescados buenos, o sea, los que están en condiciones de ser vendidos en el mercado, de los malos, aquellos que no sirven porque están en descomposición, es la separación de las almas destinadas a la eterna bienaventuranza, de aquellas destinadas a la eterna condenación en el Infierno.

Trabajemos en esta vida por el Pan de vida eterna, la Eucaristía, para así poder llegar al Reino de los cielos.