(Domingo
VIII - TO - Ciclo C - 2025)
“¿Puede
un ciego guiar a otro ciego?” (Lc 6, 39-45). Jesús
utiliza la imagen de un ciego que guía a otro ciego para graficar sus
enseñanzas: como es evidente, al carecer ambos de visión, terminarán cayendo igualmente
en un pozo, puesto que no pueden ver las dificultades del camino. En el ejemplo
de Jesús, se trata de verdaderos ciegos, en el sentido de seres humanos que han
perdido la capacidad visual, la facultad de la vista, aunque siempre que se
trata de las imágenes de Jesús, además del literal, en la imagen hay otro
significado, un significado espiritual y sobrenatural; en este caso, la ceguera
corporal, representa o significa a otra ceguera, la ceguera de orden
espiritual.
Esto
nos lleva a preguntarnos quiénes son los “ciegos espirituales” a los cuales va
dirigido el reproche de Jesús, porque, como dijimos, Jesús habla de ciegos
corporales, pero en realidad es para hacer una crítica implícita a los ciegos
espirituales. Por eso nos preguntamos: ¿quiénes son estos ciegos y qué
significa la ceguera? ¿Quiénes son los “guías ciegos de otros ciegos”?
Entonces,
Jesús se refiere, literalmente, a los ciegos corporales, pero en el sentido
espiritual, se refiere a dos clases de ciegos: los fariseos y maestros de la
Ley, pero también los cristianos que, en vez de preocuparse por crecer en
la propia virtud, en vez de preocuparse por imitar ellos mismos a Cristo y a la
Virgen, no solo viven mundanamente, es decir, en un sentido contrario al que
pide Cristo, sino que se constituyen en jueces de sus prójimos, criticando en
sus prójimos lo que no pueden ni quieren corregir en sus vidas. Jesús trata de
“ciegos espirituales” tanto a los fariseos como a estos cristianos mundanos,
puesto que ambos se creen mejores que los demás y con derecho a criticar las vidas
de los demás, constituyéndose en jueces de las vidas de los demás, colocándose
impíamente en el lugar que no les corresponde, en el lugar de Dios, porque solo
Dios puede juzgar la conciencia del prójimo. A esto se refiere Jesús cuando
dice: “¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas
en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano,
déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el
tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para
sacar la mota del ojo de tu hermano”. Tanto los fariseos y maestros de la Ley,
como los cristianos mundanos, son ciegos espirituales que pretenden corregir
hasta el más mínimo defecto en los demás, pero no se corrigen a sí mismos.
Pero
la ceguera espiritual no se limita a la falta de virtud, sino a algo todavía
más importante y es la incapacidad de ver, espiritualmente y asistidos por la
luz de la fe y de la gracia, a Nuestro Señor Jesucristo, en su Presencia real,
verdadera y substancial en la Sagrada Eucaristía. Es decir, de la misma manera
a como la ceguera en el ciego consiste en la incapacidad para ver la luz, así
en la vida espiritual la ceguera consiste en la falta de fe y de gracia, que
impide ver la luz eterna que es Cristo en la Eucaristía. Quien no posee fe en
la Presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, porque no tiene la gracia que
le concede esa fe, vive en la más completa oscuridad espiritual, aun cuando
esté iluminado con cientos de reflectores. Entonces, los ciegos guías de ciegos
son ante todo los fariseos y maestros de la Ley porque a pesar de ser hombres
religiosos, han vaciado a la religión de su esencia, la compasión, la justicia
y la misericordia y la han reemplazado por mandamientos humanos, perdiendo así
la luz de la fe en el verdadero Dios; pero también los cristianos podemos ser
ciegos guías de ciegos y lo somos cuando, llamados a ser “luz del mundo” para iluminar
a los que viven en las “tinieblas y en las sombras de muerte” del paganismo y
de las falsas religiones, en vez de adorar a Cristo Eucaristía, en vez de
acudir el Día del Señor, el Domingo, al Santo Sacrificio del Altar, la Santa
Misa, despreciamos la Misa, o por los placeres del mundo, o por nuestra pereza,
o por nuestra indiferencia, o por nuestro desamor a Jesús Eucaristía.
Nosotros
los católicos, no los evangelistas, no los protestantes, estamos llamados a ser
luz del mundo, pero si no vivimos en gracia y si nos construimos unos
mandamientos y una religión a nuestra medida, que es venir a Misa cuando se nos
dé la gana y confesarnos cuando se nos dé la gana, entonces nos comportamos y
somos como ciegos que guían a otros ciegos y entonces en vez de ser luz del
mundo somos tinieblas y sombras de muerte y en vez de bendición de Dios para
los hombres nos convertimos en maldición divina para el mundo. Si no vivimos
los mandamientos y sobre todo el Primer Mandamiento, que es honrar el “Dominus”,
el Día del Señor Jesús, el Domingo, el Día Nuevo, el Día de la Eternidad, el
Día de la Resurrección del Señor Jesús, si vaciamos a la religión católica de
su contenido sobrenatural, contenido que se deriva del misterio central del
cristianismo que es la fe en la Presencia real de la Segunda Persona de la
Trinidad en la Eucaristía, entonces vivimos un cristianismo pagano, nos
engañamos a nosotros mismos, engañamos a los demás y nos comportamos como
ciegos de otros ciegos que, pretendiendo guiar a otros, caen todos en un mismo
pozo. Así como un médico le advierte a su paciente que se está quedando ciego,
así el sacerdote le advierte al católico que desprecia la Misa que, o está
quedando ciego, o ya está ciego totalmente.
Lo
grave entonces es el ciego espiritual, porque el ciego espiritual lo es por
voluntad propia, no porque Dios lo deje en su ceguera, puesto que Dios nos da
la luz de la gracia y de la fe para remediar nuestra ceguera, pero al rechazar
tanto la gracia como la fe, entonces nos volvemos ciegos espirituales, que
caemos en el pozo si pretendemos guiar a otros ciegos.
Si
esto es así, debemos recalcar qué es un ciego espiritual: es quien, por
rechazar la luz de la gracia y de la fe católica, ve en la Eucaristía solo pan
de trigo y agua, sin levadura y no el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad
de Nuestro Señor Jesucristo; es quien ve a la Santa Misa como un aburrido
recuerdo de un banquete ritual religioso de Medio Oriente y no como lo que es
en realidad, la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la
Cruz; el ciego espiritual es quien, por culpa propia, considera a los
Sacramentos –bautismo, eucaristía, confirmación, matrimonio- solo como simples hábitos
sociales, rituales religiosos vacíos de contenido real, únicamente necesarios
para ser aceptados socialmente, pero no como lo que son, misterios
sobrenaturales del Hombre-Dios Jesucristo que comunican la gracia santificante
que nos hace vivir la vida de la Santísima Trinidad y que nos conceden en anticipo
la gloria de la vida eterna; el ciego espiritual es el que ve a la Iglesia como
un mero instrumento para satisfacer sus ambiciones personales y no como lo que
es, la Esposa Mística del Cordero, puesta en el mundo por la Trinidad para
salvar almas y no para ser una Organización No Gubernamental que secunde las agendas
políticamente correctas de ideologías anticristianas; el ciego espiritual es el
cristiano pagano, soberbio y mundano, al que no se le puede llamar la atención
porque se ofende y se va, en vez de aceptar con humildad la corrección
fraterna; el ciego espiritual es el que comulga y confiesa con rutina, de forma
mecánica, fría, indiferente, sin tener en cuenta que en la Confesión es la
Sangre de Cristo la que limpia sus pecados para que no los vuelva a cometer más
y que en la Eucaristía es alimentado con el Cuerpo de Cristo, para que no
vuelva a tener más hambre de Dios, porque Dios se le entrega como alimento
celestial. Ahora bien, esta ceguera espiritual puede ser curada y para ello se necesita,
ante todo, humildad y querer ser sanado de la ceguera espiritual y pedir la
curación que sólo la gracia y la luz de la fe en Cristo Jesús como Hombre-Dios puede
realizar.
Acudamos
a la Eucaristía, al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, para obtener el Amor
Misericordioso de Dios, el Amor que saciará nuestra sed de Amor y con el cual
podremos nosotros saciar la sed de Dios que tiene el prójimo. Sólo con la luz
de la fe –contenida en el Credo- y con la luz de la gracia –que se nos brinda
en los sacramentos- dejaremos de ser ciegos guías de ciegos y nos convertiremos
en luz del mundo. Sólo así seremos los árboles buenos que den los frutos buenos
de la santidad de vida, ya que podremos sacar del Corazón de Cristo lo que es
bueno y santo y darlo a los demás.
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