(Ciclo A - 2026)
Desde el punto de vista humano, el
Viernes Santo representa la finalización exitosa de todo lo que los enemigos de
Jesús, los judíos y los romanos, habían tramado: detenerlo, enjuiciarlo, acusarlo
falsamente, condenarlo a muerte y asesinar a Jesucristo en la cruz.
Visto humanamente y desde la
apariencia, el Viernes Santo es el culmen del triunfo del Infierno sobre Dios y
su Mesías, porque la Serpiente Antigua consiguió el objetivo, mediante la instigación
de la mentira y el odio satánico contra Cristo, de lograr que los hombres
crucificaran al Cordero de Dios.
También el Viernes Santo es el momento en
el que la Iglesia Militante, la Iglesia que en la tierra lucha contra las tinieblas,
se presenta en su máxima debilidad, porque luego de haber nacido con la
institución del sacerdocio ministerial y de la Eucaristía en la Última Cena
ahora ve, a pocas horas de haber sido fundada, cómo su Fundador, Jesucristo, muere
crucificado y derramando su Sangre en la cruz, al tiempo que la casi totalidad
de sus miembros -con la excepción de la Virgen de los Dolores- huyen de la
cruz, dejando a Jesús solo y abandonado en patíbulo del Monte Calvario.
También para toda la humanidad el
Viernes Santo representa el día más oscuro de toda la historia de la humanidad
-el Evangelio dice que las tinieblas cubrieron el cielo cuando Jesús murió- porque
con la muerte de Jesús de Nazareth, el profeta “poderoso en obras”, que había
dicho de sí mismo que era “luz del mundo”, “Camino, Verdad y Vida”, “Puerta de
las ovejas”, “Pan de Vida eterna”, y “Dios con nosotros”, entonces, si Él ha
muerto, entonces los hombres ya no tendrán quién les obre signos y prodigios maravillosos;
si la luz ha sido apagada, vivirán en tinieblas; no sabrán cuál es el Camino al
cielo, ni dónde está la Verdad, ni Quién da la Vida eterna; tampoco tendrán el
maravilloso Maná bajado del cielo, que da la Vida eterna a quien lo recibe con
fe, con piedad y con amor y lo peor de todo, se quedarán sin Dios, porque Dios
ya no estará entre los hombres. Con la muerte de Jesús, Luz Eterna, las
tinieblas cubren el mundo, pero no las tinieblas cosmológicas, sino las
tinieblas vivientes, las tinieblas que habitan en el Infierno y que ahora ven
libre su salida a la tierra, los ángeles caídos, los demonios.
Para la Virgen, la Madre de Dios, el
Viernes Santo representa el momento de máximo dolor, es el momento en el que la
Virgen recibe el título de “Madre de los dolores”, porque todo el dolor del
mundo, todo el dolor del Corazón de su Hijo, oprime a su Inmaculado Corazón,
atravesándolo con el filo de acero de siete espadas, cumpliéndose en este
momento la profecía de Simeón: “Y a Ti, una espada de dolor te atravesará el
corazón”. Es el día más negro y triste para la Virgen, porque el ver a su Hijo
muerto en la cruz, representa el Dolor de los dolores, el Dolor en el que están
contenidos todos los dolores.
Para la Iglesia naciente y para la humanidad toda, el
Viernes Santo es el día de luto, de duelo, de tristeza, de amargura, de llanto,
de pena, de aflicción, de abundantes lágrimas, de dolor, de desconsuelo, porque
el Rey pacífico, el Redentor, el Salvador de los hombres, el Mesías, ha muerto
en la Cruz, y por eso, para la Iglesia y para la humanidad, se le aplica este
pasaje del libro de las Lamentaciones: “Jerusalén, levántate y despójate de tus
vestidos de gloria; vístete de luto y de aflicción. Porque en ti ha sido
ajusticiado el Salvador de Israel. Derrama torrentes de lágrimas, de día y de
noche; que no descansen tus ojos” (2, 18).
La Iglesia quiere significar exteriormente, por signos
litúrgicos, la inmensidad de la tristeza de este día, y la tragedia que para
Ella significa, y lo hace ocultando con velos morados, símbolo de penitencia,
las imágenes sagradas, para significar que el pecado, nacido del corazón del
hombre, posee una fuerza destructora enorme, capaz de romper la comunión del
hombre con Dios; el otro elemento con el cual la Iglesia expresa su dolor y
luto, es la suspensión del Santo Sacrificio del altar: el Viernes Santo es el
único día en el que no se celebra la Santa Misa, renovación sacramental del
Sacrificio de la Cruz, en señal del triunfo de las tinieblas del infierno que
han logrado, en complicidad con la malicia del corazón humano, dar muerte al
Redentor. La postración que hace el sacerdote ministerial, delante del altar
vacío, y el hecho de no celebrar la Santa Misa, son expresiones litúrgicas de
la participación real, por el misterio de la liturgia, al Viernes Santo de hace
dos mil años, en el que moría Cristo en la Cruz.
El sacerdote ministerial se echa por tierra en señal de
luto y dolor por la muerte del Sumo y Eterno Sacerdote Jesucristo, porque Él es
el fundamento del sacerdocio ministerial, y si Él ha muerto, entonces el
sacerdocio y los sacerdotes han sido derrotados y eso se significa con la
postración.
Si para la Iglesia y sus hijos el Viernes Santo es Día
de luto y de dolor, para el mundo, por el contrario, es día de jolgorio, de
solaz y de risas, porque es el día del aparente triunfo de su príncipe, el
Príncipe de las tinieblas, y por eso es que el mundo convierte a la Semana
Santa en semana de vacaciones y de turismo.
Pero en medio de tantos dolores, en medio de tanta
desolación, hay un signo de esperanza, que anuncia el triunfo venidero, así
como la Estrella de la mañana anuncia el fin de la noche y la llegada del sol y
del nuevo día, y ese signo de esperanza es María Santísima al pie de la Cruz.
Cristo, su Hijo, el Redentor, ha muerto, pero Ella, la
Co-Redentora, sigue viva, y habrá de ser, según la Tradición, la Primera a la
cual se le aparecerá Jesús resucitado; la Virgen será la Primera en ser testigo
del triunfo victorioso de su Hijo Jesús sobre la muerte, el infierno y el
pecado, y Ella lo sabe, y por eso, en su dolor inmenso, no hay ni la más mínima
sombra de desesperación, sino serenidad, fe, confianza, y alegría, alegría que
será desbordante el Domingo de Resurrección.

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