viernes, 20 de marzo de 2026

Jueves Santo de la Cena del Señor

 


Judas, el traidor

(Ciclo A – 2026)

         “Este es mi Cuerpo (…) Esta es mi Sangre (…) Haced esto en memoria mí” (Jn 13, 1-15). Jesús, en la Última Cena, sabe que está próxima “su hora”, la hora en la que habrá de pasar de este mundo al Padre. Es la Hora de la Pasión y de la muerte en Cruz, y si bien es una hora muy dolorosa, es una hora también de triunfo y de luz, porque por la muerte de Cruz volverá al cielo, regresará a la Casa del Padre, de donde había venido. Él había dicho de Sí mismo “Yo Soy la Puerta” y ahora, en la Cruz, la Puerta que es el Sagrado Corazón de Jesús se abrirá, cuando el soldado dé el lanzazo, en dos sentidos: la Puerta se abrirá para dar paso de la tierra al cielo, porque desde la Cruz de Jesús se llega a la luz; la Puerta se abrirá desde el cielo a la tierra, porque Jesús, al abrir la Puerta del cielo, que es su Sagrado Corazón, hace llegar a los hombres lo que hay en el cielo: el perdón, la Misericordia, el Amor, la luz, la paz, la alegría de Dios.

         En la Última Cena Jesús inicia el camino que lo conducirá a subir a la Cruz para que la Puerta del Cielo, que desde Adán y Eva estaba cerrada para todos los hombres, ahora, por la lanza que atraviesa su Sagrado Corazón, quede abierta para siempre.

         Jesús había dicho: “Yo Soy la Puerta de las ovejas”, y ahora Él, que es el Supremo y Eterno Pastor, sube al cielo para abrir esa puerta, para que las ovejas de su rebaño, los hombres, puedan pasar y llegar al cielo, y esa Puerta abierta al cielo es su Sagrado Corazón traspasado. Cuando el soldado romano atraviese su Corazón con la lanza, quedará abierta.

         Pero ahora, en el Jueves Santo, ¿qué es lo que hace Jesús en la Última Cena? Hace dos cosas que demuestran la inmensidad de su Amor por nosotros; hace dos cosas que demuestran que, desde hace XXI siglos, estaba pensando en cada uno de nosotros, porque lo que hace crear dos sacramentos, por medio de los cuales Él, a pesar de pasar de esta vida a la otra, a pesar de ya no estar más visiblemente entre nosotros, continuará, por medio de estos dos sacramentos, estando presentes en medio nuestro, confirmando así que es el “Emanuel”, el Dios entre nosotros. Instituye dos sacramentos, a través de los cuales Él perpetuará su Presencia Persona, permaneciendo en los sagrarios con su Cuerpo glorioso y resucitado en la Eucaristía, con el mismo Cuerpo glorioso y resucitado con el cual Él reina en el cielo junto al Padre. Estos dos sacramentos que Él instituye en la Última Cena son, por un lado, el sacerdocio ministerial, ordenando sacerdotes y obispos a sus discípulos, incluido Judas Iscariote, el traidor y reservado exclusivamente a los varones y no a las mujeres (de ahí que sea absolutamente innecesaria la presencia de mujeres en el altar). El otro sacramento que Jesús instituye en la Última Cena y que está íntimamente ligado al sacramento del ministerio sacerdotal, es el de la Eucaristía, el Sacramento por excelencia, por el cual permanecerá en nuestros sagrarios con su Cuerpo glorioso y resucitado, oculto bajo las apariencias de pan. En la Última Cena, además, oficia la Primera Misa de la historia en el momento en el que Él, con su poder divino, pronuncia las palabras de la consagración sobre el pan primero y el vino después, diciendo: “Tomen y coman, esto es mi Cuerpo, tomen y beban, esta es mi Sangre”. En ese mismo momento, por el poder divino del Hombre-Dios Jesús, se produce el Milagro de los milagros, el milagro que supera a la Creación del Universo visible e invisible; en es momento, por las palabras de Jesús en la Última Cena, se produce la conversión de la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Jesús y la substancia del vino se convierte en su Sangre. Se convierten en Cuerpo y Sangre, pero no sin vida sino que, por natural concomitancia, tanto el Cuerpo como la Sangre están unidos cada uno al Alma de Jesús y el Alma, a su vez, por la unión hipostática producida en la Encarnación, está unida a la Segunda Persona de la Trinidad. Entonces, en la Última Cena, confecciona por primera vez el Sacramento de la Eucaristía, compuesto por su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad y manda a su Iglesia a que repita esta acción suya “hasta que Él vuelva” y para que la Iglesia pueda renovar este sagrado milagro, instituye el ministerio sacerdotal, el sacerdocio ministerial, sin el cual no se puede confeccionar la Eucaristía. Meditemos en estos hechos, porque nos dan cuenta de la inmensidad del Amor de Jesús y, como dijimos, de cómo Jesús estaba pensando en nosotros, cristianos del siglo XXI, y para que nosotros, alejados en el tiempo y en el espacio, seamos capaces de unirnos a Él, por medio de la Sagrada Comunión de Sagrado Corazón Eucarístico. Por la institución del sacerdocio ministerial y de la Eucaristía, la Esposa Mística de Jesús, la Iglesia Católica, realiza substancialmente en cada Santa Misa lo mismo que Jesús hizo en la Última Cena: en cada Santa Misa, se renueva y actualiza lo actuado por Jesús, la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús porque quien pronuncia las palabras de la consagración es en realidad Jesús, a través de la voz del sacerdote ministerial; el sacerdote es solo un canal, por así decir, del Supremo y Eterno Sacerdote Jesús; lo único que hace el sacerdote es prestar, es una forma de decir, su voz, para que a través de su débil voz humana, obre el poder divino de Jesús que es el que realmente convierte el pan en el Cuerpo de Jesús y el vino en la Sangre de Jesús.

         Sin embargo, a pesar del Amor infinito demostrado por el Hombre-Dios en la Última Cena, dejando su Cuerpo y su Sangre en la Eucaristía para quedarse “todos los días” entre nosotros “hasta que Él vuelva”, en la Última Cena y representando a la larga serie de sacerdotes, religiosos, clérigos y religiosos consagrados que a lo largo de la historia traicionarán a Jesús entregándose a Satanás, ya en el Última Cena, en el seno mismo de la Iglesia Naciente, hay alguien quien, prefiriendo escuchar el duro y metálico tintinear de las monedas de plata, antes que escuchar los dulces latidos del Sagrado Corazón, traicionando a Jesús, entregándolo a sus enemigos y vendiéndolo por treinta monedas de plata. Es el traidor Judas Iscariote, quien ya había sido ordenado sacerdote y obispo por el mismo Jesucristo en Persona y aun así, lo traiciona. Pero esta traición tiene su precio; quien no quiere comulgar el Cuerpo y la Sangre de Cristo para recibir el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, el Espíritu Santo, termina siendo dominado por sus pasiones y comulgando con el Demonio, quien poseyendo su cuerpo y su alma, toma posesión de todo su ser y su voluntad, precipitándolo en el Infierno. El Evangelio describe a la perfección la posesión demoníaca de Judas Iscariote: “Cuando Judas tomó el bocado, Satanás entró en él (Judas) salió (del cenáculo) Afuera reinaban las tinieblas”. Es lo que le sucede a todo aquel a quien no ama a Cristo Eucaristía, no solo termina siendo dominado por sus pasiones, representadas en el bocado que toma Judas, sino que luego es poseído por el demonio, también como Judas y si no cambia, si no se convierte, es introduce para siempre en las tinieblas eternas, el Infierno. Esto es así porque no hay término intermedio: o se está en el seno del Cenáculo, en el interior del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, o se sale de Él, ingresando en las tinieblas vivientes, también como le sucede a Judas Iscariote. En la Última Cena, hay dos Apóstoles, con dos destinos distintos: Judas Iscariote, el traidor, que terminó poseído por el demonio porque prefirió escuchar el duro tintineo metálico de las monedas de plata, y Juan Evangelista, que reina en los cielos por la eternidad con Cristo, porque reposó su cabeza en el pecho de Jesús, para escuchar los dulces latidos del Sagrado Corazón de Jesús. En nosotros está cuál de los dos tipos de Apóstoles queremos ser.

 

 

 


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