(Ciclo A – 2026)
“Este
es mi Cuerpo (…) Esta es mi Sangre (…) Haced esto en memoria mí” (Jn 13, 1-15).
Jesús, en la Última Cena, sabe que está próxima “su hora”, la hora en la que
habrá de pasar de este mundo al Padre. Es la Hora de la Pasión y de la muerte
en Cruz, y si bien es una hora muy dolorosa, es una hora también de triunfo y
de luz, porque por la muerte de Cruz volverá al cielo, regresará a la Casa del
Padre, de donde había venido. Él había dicho de Sí mismo “Yo Soy la Puerta” y
ahora, en la Cruz, la Puerta que es el Sagrado Corazón de Jesús se abrirá,
cuando el soldado dé el lanzazo, en dos sentidos: la Puerta se abrirá para dar
paso de la tierra al cielo, porque desde la Cruz de Jesús se llega a la luz; la
Puerta se abrirá desde el cielo a la tierra, porque Jesús, al abrir la Puerta
del cielo, que es su Sagrado Corazón, hace llegar a los hombres lo que hay en
el cielo: el perdón, la Misericordia, el Amor, la luz, la paz, la alegría de
Dios.
En la Última Cena Jesús inicia el camino
que lo conducirá a subir a la Cruz para que la Puerta del Cielo, que desde Adán
y Eva estaba cerrada para todos los hombres, ahora, por la lanza que atraviesa su
Sagrado Corazón, quede abierta para siempre.
Jesús había dicho: “Yo Soy la Puerta de
las ovejas”, y ahora Él, que es el Supremo y Eterno Pastor, sube al cielo para
abrir esa puerta, para que las ovejas de su rebaño, los hombres, puedan pasar y
llegar al cielo, y esa Puerta abierta al cielo es su Sagrado Corazón
traspasado. Cuando el soldado romano atraviese su Corazón con la lanza, quedará
abierta.
Pero ahora, en el Jueves Santo, ¿qué
es lo que hace Jesús en la Última Cena? Hace dos cosas que demuestran la
inmensidad de su Amor por nosotros; hace dos cosas que demuestran que, desde
hace XXI siglos, estaba pensando en cada uno de nosotros, porque lo que hace crear
dos sacramentos, por medio de los cuales Él, a pesar de pasar de esta vida a la
otra, a pesar de ya no estar más visiblemente entre nosotros, continuará, por medio
de estos dos sacramentos, estando presentes en medio nuestro, confirmando así
que es el “Emanuel”, el Dios entre nosotros. Instituye dos sacramentos, a
través de los cuales Él perpetuará su Presencia Persona, permaneciendo en los
sagrarios con su Cuerpo glorioso y resucitado en la Eucaristía, con el mismo
Cuerpo glorioso y resucitado con el cual Él reina en el cielo junto al Padre. Estos
dos sacramentos que Él instituye en la Última Cena son, por un lado, el
sacerdocio ministerial, ordenando sacerdotes y obispos a sus discípulos,
incluido Judas Iscariote, el traidor y reservado exclusivamente a los varones y
no a las mujeres (de ahí que sea absolutamente innecesaria la presencia de
mujeres en el altar). El otro sacramento que Jesús instituye en la Última Cena
y que está íntimamente ligado al sacramento del ministerio sacerdotal, es el de
la Eucaristía, el Sacramento por excelencia, por el cual permanecerá en
nuestros sagrarios con su Cuerpo glorioso y resucitado, oculto bajo las
apariencias de pan. En la Última Cena, además, oficia la Primera Misa de la
historia en el momento en el que Él, con su poder divino, pronuncia las
palabras de la consagración sobre el pan primero y el vino después, diciendo:
“Tomen y coman, esto es mi Cuerpo, tomen y beban, esta es mi Sangre”. En ese
mismo momento, por el poder divino del Hombre-Dios Jesús, se produce el Milagro
de los milagros, el milagro que supera a la Creación del Universo visible e
invisible; en es momento, por las palabras de Jesús en la Última Cena, se
produce la conversión de la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de
Jesús y la substancia del vino se convierte en su Sangre. Se convierten en
Cuerpo y Sangre, pero no sin vida sino que, por natural concomitancia, tanto el
Cuerpo como la Sangre están unidos cada uno al Alma de Jesús y el Alma, a su
vez, por la unión hipostática producida en la Encarnación, está unida a la
Segunda Persona de la Trinidad. Entonces, en la Última Cena, confecciona por
primera vez el Sacramento de la Eucaristía, compuesto por su Cuerpo, su Sangre,
su Alma y su Divinidad y manda a su Iglesia a que repita esta acción suya
“hasta que Él vuelva” y para que la Iglesia pueda renovar este sagrado milagro,
instituye el ministerio sacerdotal, el sacerdocio ministerial, sin el cual no
se puede confeccionar la Eucaristía. Meditemos en estos hechos, porque nos dan
cuenta de la inmensidad del Amor de Jesús y, como dijimos, de cómo Jesús estaba
pensando en nosotros, cristianos del siglo XXI, y para que nosotros, alejados
en el tiempo y en el espacio, seamos capaces de unirnos a Él, por medio de la Sagrada
Comunión de Sagrado Corazón Eucarístico. Por la institución del sacerdocio
ministerial y de la Eucaristía, la Esposa Mística de Jesús, la Iglesia
Católica, realiza substancialmente en cada Santa Misa lo mismo que Jesús hizo
en la Última Cena: en cada Santa Misa, se renueva y actualiza lo actuado por
Jesús, la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús
porque quien pronuncia las palabras de la consagración es en realidad Jesús, a
través de la voz del sacerdote ministerial; el sacerdote es solo un canal, por
así decir, del Supremo y Eterno Sacerdote Jesús; lo único que hace el sacerdote
es prestar, es una forma de decir, su voz, para que a través de su débil voz
humana, obre el poder divino de Jesús que es el que realmente convierte el pan
en el Cuerpo de Jesús y el vino en la Sangre de Jesús.
Sin embargo, a pesar del Amor infinito demostrado por el Hombre-Dios
en la Última Cena, dejando su Cuerpo y su Sangre en la Eucaristía para quedarse
“todos los días” entre nosotros “hasta que Él vuelva”, en la Última Cena y
representando a la larga serie de sacerdotes, religiosos, clérigos y religiosos
consagrados que a lo largo de la historia traicionarán a Jesús entregándose a
Satanás, ya en el Última Cena, en el seno mismo de la Iglesia Naciente, hay
alguien quien, prefiriendo escuchar el duro y metálico tintinear de las monedas
de plata, antes que escuchar los dulces latidos del Sagrado Corazón, traicionando
a Jesús, entregándolo a sus enemigos y vendiéndolo por treinta monedas de
plata. Es el traidor Judas Iscariote, quien ya había sido ordenado sacerdote y
obispo por el mismo Jesucristo en Persona y aun así, lo traiciona. Pero esta traición
tiene su precio; quien no quiere comulgar el Cuerpo y la Sangre de Cristo para
recibir el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, el Espíritu Santo, termina siendo
dominado por sus pasiones y comulgando con el Demonio, quien poseyendo su
cuerpo y su alma, toma posesión de todo su ser y su voluntad, precipitándolo en
el Infierno. El Evangelio describe a la perfección la posesión demoníaca de
Judas Iscariote: “Cuando Judas tomó el bocado, Satanás entró en él (Judas)
salió (del cenáculo) Afuera reinaban las tinieblas”. Es lo que le sucede a todo
aquel a quien no ama a Cristo Eucaristía, no solo termina siendo dominado por
sus pasiones, representadas en el bocado que toma Judas, sino que luego es poseído
por el demonio, también como Judas y si no cambia, si no se convierte, es
introduce para siempre en las tinieblas eternas, el Infierno. Esto es así porque
no hay término intermedio: o se está en el seno del Cenáculo, en el interior
del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, o se sale de Él, ingresando en las
tinieblas vivientes, también como le sucede a Judas Iscariote. En la Última
Cena, hay dos Apóstoles, con dos destinos distintos: Judas Iscariote, el
traidor, que terminó poseído por el demonio porque prefirió escuchar el duro
tintineo metálico de las monedas de plata, y Juan Evangelista, que reina en los
cielos por la eternidad con Cristo, porque reposó su cabeza en el pecho de
Jesús, para escuchar los dulces latidos del Sagrado Corazón de Jesús. En nosotros
está cuál de los dos tipos de Apóstoles queremos ser.

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