jueves, 28 de mayo de 2026

Solemnidad de Pentecostés

 



(Ciclo A - 2026)

          “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan” (Jn 20, 19-23). Luego de resucitar, Jesús se aparece a sus discípulos y les sopla el Espíritu Santo, cumpliendo así su promesa: “Os conviene que Yo me vaya, porque si no me voy, el Consolador no vendrá a ustedes” (Jn 16, 7). Esto confirma que todo el misterio pascual de Jesús es realizado por amor y solo por amor: es por amor que vino al mundo y se encarnó; es por amor que sufrió la Pasión y ahora les deja, también por Amor, les deja por Amor ese mismo Amor en el que vive desde la eternidad y en el que arde desde su Encarnación; les deja el mismo Fuego de Amor Divino que lo consumió desde la Encarnación durante toda su vida terrena, provocándole la ardentísima sed de almas. Ahora, habiendo ya ascendido a los cielos, sopla junto al Padre al Espíritu Santo sobre su Cuerpo Místico, su Iglesia en la tierra, para que sea el Amor del Padre y del Hijo quien, uniendo en un solo Cuerpo a sus discípulos amados, los conduzca a estos, gloriosos y resucitados, unidos en un solo Cuerpo Místico, la Iglesia Católica, Una, Santa, Católica y Apostólica, al seno del Eterno Padre.

El don del Espíritu Santo a su Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, tendrá como efecto inmediato la vivificación de este Cuerpo Místico, ya que actuará como Alma del Cuerpo Místico que es la Iglesia. En efecto, así como su Cuerpo muerto fue vivificado por el Espíritu Santo el Domingo de Resurrección y vuelto a la vida, así en Pentecostés el Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia, recibe al mismo Espíritu Santo, el Amor de Dios, para ser vivificado con la Vida Divina, la Vida Trinitaria, Espíritu que insuflará en la Iglesia el Divino Amor, el cual actuará como “Alma del alma” y así el Amor Divino será el Alma de la Iglesia Católica y esta la razón por la cual el Amor de Dios, la Misericordia Divina, el Divino Amor, es la esencia, el fundamento, la raíz, el Motor del movimiento, el espíritu que anima a los integrantes de la Iglesia Católica y quienes no están movidos por el Divino Amor no están movidos por Dios sino por el Enemigo de Dios, el Ángel Caído, Satanás. Quien no obra en la Iglesia movido, impulsado, por el Amor de Dios, no obra movido por Dios y su Amor, entonces ese tal no posee el Espíritu de Dios y ese tal no pertenece a Dios y su Espíritu de Amor sino a la Serpiente Antigua y su espíritu de odio, rencor, veneno, amargura y venganza.

Quien en la Iglesia Católica no ama –o al menos no se esfuerza- por amar tal como Jesucristo lo pidió -amar a Dios y al prójimo, sobre todo si es enemigo, con amor de cruz- se coloca espiritualmente por fuera de la Iglesia, aunque con su cuerpo asista a procesiones, ceremonias litúrgicas, bautismos, misas, etc.

Cuando Jesús y el Padre envíen al Espíritu Santo en Pentecostés una función sobre la Iglesia, Éste ejercerá una función pedagógica y mnemónica, de “enseñanza” y de “recuerdo”, pero estas funciones no consistirán en simplemente ayudar a los discípulos a ejercitar sus capacidades de aprender y memorizar; no consistirá este recuerdo en el simple ejercicio de la mera memoria psicológica; no será un común acto de utilización de la facultad intelectiva del hombre. El Espíritu Santo actuará en los bautizados, ejerciendo en ellos una función catequética y pedagógica, conduciéndolos a un conocimiento y amor de Cristo inalcanzables por las fuerzas creaturales, sean humanas o angélicas, porque les proporcionará una capacidad de conocimiento nueva, sobrenatural, la capacidad de conocimiento del Hombre-Dios Jesucristo: “Pero el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, Él les enseñará y les recordará todo lo que les he dicho” (Jn 14, 26).

La función del Espíritu Santo es entonces la de “Enseñar” y “Hacer recordar”, pero no al modo humano, sino al modo divino, porque lo hará instruyendo a los discípulos según la Sabiduría Divina, enseñándoles a estos los misterios sobrenaturales absolutos del Hombre-Dios Jesucristo, inalcanzables por sí mismos para el intelecto humano o angélico. Por esta razón, porque no poseían al Espíritu Santo que los iluminara, los apóstoles no habían sido capaces de entender los numerosos signos, milagros, prodigios y las palabras y parábolas de Jesús, como por ejemplo el caminar por las aguas: en ese entones, en vez de comprender que era Dios omnipotente, lo confundieron con un fantasma, en cambio ahora el Espíritu Santo los iluminará, no solo a ellos, sino a la Iglesia toda en todos los tiempos y con su luz divina y eterna les hará saber que Jesús no solo no es un fantasma sino que es el Hombre-Dios, el Cordero de Dios, que en cada Santa Misa baja desde el Cielo para quedarse en la Eucaristía, para luego alojarse en nuestros corazones y así poder donarnos el calor de su Divino Amor.

El Espíritu Santo les hará comprender muchos otros misterios de Jesús, misterios de los cuales ellos participaron, pero que no llegaron a comprender y ahora, por esta iluminación y función pedagógica y mnemónica los discípulos y la Iglesia toda alcanzarán un grado de conocimiento y de amor a Cristo Jesús, imposible de alcanzar con las solas fuerzas humanas. Solo así, por medio de la iluminación del Espíritu Santo enviado por Cristo, estará la Iglesia de todos los tiempos en grado de entender la sublime y majestuosa grandeza de los misterios sobrenaturales absolutos del Hombre-Dios Jesucristo y sobre todo su maravillosa Presencia Personal en el sacramento de la Eucaristía.

Dentro de la función mnemónica, de recuerdo, del Espíritu Santo, se encuentra la relativa a los milagros de Jesús: el Espíritu Santo les hará recordar a los discípulos que Jesús hizo verdaderos milagros y que esos milagros -resucitar muertos, multiplicar panes y peces, expulsar demonios- demuestran que Él es Dios verdadero y no un simple hombre santo, ni siquiera el más santo entre los santos, sino Dios Tres veces santo, encarnado en una naturaleza humana.

El Espíritu Santo hará comprender a los discípulos y a la Iglesia toda que fue Él quien obró la Encarnación, porque fue el Divino Amor quien llevó a Dios Hijo a encarnarse, por voluntad del Padre, para llevar a cabo la Pasión redentora. El Espíritu Santo hará comprender que era Él, Tercera Persona de la Trinidad, quien inhabitaba en el cuerpo y el alma de María Santísima –por eso la Virgen era la Madre de Dios, la Llena de gracia y la Inmaculada Concepción- quien, de esta manera, plena del Amor de Dios, era la única que podía recibir al Hijo de Dios y convertirse en su Madre, porque era la única que amaba a Dios con un Amor Purísimo, incontaminado, el Amor del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo les traerá a la memoria las palabras de Jesús según las cuales les había prometido “quedarse con ellos todos los días hasta el fin del mundo” y no solo les recordará estas palabras, sino que les permitirá su plena comprensión, haciéndoles saber que esa promesa la había ya cumplido en la Última Cena con la institución del Sacramento de la Eucaristía y del sacerdocio ministerial. El Espíritu Santo les hará saber que el significado del nombre de Jesús, “el Emanuel, Dios con nosotros” (Mt 1, 23), se cumple cabalmente a través del sacerdocio ministerial, porque por el sacerdocio ministerial Jesús baja del cielo a la Eucaristía y en la Eucaristía se queda entre nosotros y con nosotros, en todos los sagrarios de la tierra, hasta el fin del mundo.

         Con su luz eterna y divina, el Espíritu Santo resplandecerá y con sus divinos rayos iluminará a la Iglesia para que pueda creer en las palabras de la consagración que obran el milagro de la conversión del pan y del vino en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús es Él, la Persona Tercera de la Trinidad, quien sobrevuela sobre el altar al ser espirado por el Padre y por el Hijo a través de la débil voz del sacerdote ministerial, así como sobrevoló sobre el mundo al comienzo de los tiempos.

Con el don del Entendimiento, el Espíritu Santo hará comprender que el cuerpo del hombre es su templo, templo del Espíritu Santo, y por lo tanto es templo consagrado a la Trinidad Sacrosanto y por esto mismo no debe ser profanado, porque si se lo profana, se profana a la Persona del Espíritu Santo que es la dueña de ese cuerpo. El mismo Espíritu hará comprender que este templo que es el cuerpo, por el hecho de estar consagrado a Dios desde el bautismo sacramental, debe estar en permanente estado de gracia, con el solo objetivo de poder recibir con amor, con fe y con pureza sobrenaturales a Dios Hijo en la Eucaristía.

También por el don de Entendimiento, el Espíritu Santo  permitirá comprender que porel Sacramento de la Confirmación Él no solo concede sus dones al alma, sino que, todavía más, se dona Él, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, en su totalidad, a quien recibe el sacramento, para que la persona se goce en el Amor de Dios.

El Espíritu Santo hará comprender y valorar la majestuosa grandeza del Sacramento de la confesión, mediante el cual “los pecados quedan perdonados” porque por este sacramento cae sobre el alma la Sangre de las heridas de Jesús, que lavan por completo al alma y le conceden el estado de gracia santificante.

El Espíritu Santo hará comprender el valor inestimable de la gracia santificante y permitirá entender el por qué los santos y los mártires de todos los tiempos prefirieron “morir antes que pecar”; también hará entender el inmenso poder destructor del pecado, para lo cual hará contemplar las llagas de Cristo crucificado, debido que cada herida abierta, cada golpe recibido por Jesús, cada punzada de las espinas de su corona, cada gota de Sangre de sus manos, de sus pies, de su Cabeza, de su costado abierto, de su Cuerpo todo, son las consecuencias de los pecados de los hombres. El Espíritu Santo hará ver que el pecado que el hombre comete, cualquiera que este sea, no es inocuo, porque mientras es insensible e indoloro para el hombre, para Él, para Jesús, se traducen y materializan en golpes, flagelaciones, hematomas, luxaciones, heridas abiertas y sangrantes, y en dolor inenarrable, y así será también el Espíritu Santo quien al mismo tiempo suscite en el hombre la contrición del corazón, el arrepentimiento perfecto, y para eso le convertirá antes su corazón de piedra en corazón de carne, porque un corazón de piedra no se conmueve ante Cristo crucificado y sigue pecando, mientras que el corazón de carne se siente estrujar por el dolor ante la consecuencia del pecado en el Cuerpo de Cristo.

La función catequética del Espíritu Santo se extenderá a la Santa Misa, puesto que la misma se encuentra en estrecha relación con el Calvario, al ser el mismo y único Santo Sacrificio de la Cruz. El Espíritu Santo enseñará que la Santa Misa no es una ceremonia litúrgica “aburrida” que debe ser transformada para convertirla en “divertida” y que tampoco es un espacio cedido a la creatividad del sacerdote y de los laicos inventando “misas temáticas” para que sean “divertidas”; el Espíritu Santo hará comprender que la Santa Misa es la renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz, sacrificio en el cual Cristo rescata a la humanidad, derrota a sus tres enemigos mortales, el demonio, el mundo y la carne, y les concede la filiación divina, y que por lo tanto, la Misa no debe ser ni “divertida” ni “corta” ni “temática, sino que debe ser lo que es, el más grande misterio de todos los misterios de la Santísima Trinidad, en donde se lleva a cabo el Milagro de los milagros, la Eucaristía, la conversión del pan y del vino en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.

El Espíritu Santo enseñará a comulgar, porque comulgar no es recibir un trocito de pan en una fila, aunque exteriormente parezca eso, aunque exteriormente parezca ser un acto similar al de la alimentación corporal; recibir la Eucaristía es ser unidos al Cuerpo glorioso de Cristo por el Espíritu Santo, ya desde esta vida terrena, para ser llevados por el mismo Espíritu Divino a la comunión con el Padre. El Espíritu Santo, enviado por Cristo en Pentecostés, no solo enseñará a comulgar a los fieles, sino que será quien obrará Él en Persona la comunión porque unirá en el Divino Amor a los fieles y los incorporará al Cuerpo de Cristo por la comunión sacramental y así unidos al Cuerpo glorioso de Cristo en la Eucaristía, los unirá en el Amor con Dios Padre. Es por esta razón que todo aquel que comulga, debe hacer antes un profundo acto interior de amor y de adoración a Jesús en la Eucaristía y acompañar este gesto de adoración interna con un gesto de adoración externa, la genuflexión, al recibir la comunión sacramental.

“Reciban el Espíritu Santo”. Jesús sopla el Espíritu Santo en Pentecostés como Viento impetuoso y como Fuego abrasador sobre la Iglesia toda y este don se renueva en cada comunión eucarística, porque Cristo, en cuanto Hombre y en cuanto Dios, sopla el Espíritu Santo sobre el alma, convirtiendo la comunión eucarística en un pequeño Pentecostés personal. Para el alma que comulga con fe y con amor, cada comunión eucarística es, por lo tanto, una renovación de la Presencia del Espíritu y de su obrar, el recuerdo y la enseñanza sobre el Mesías y Salvador, recuerdo y enseñanza que no tienen otro objetivo que el aumentar, segundo a segundo, el Amor a Cristo Jesús, principalmente en su Presencia personal en la Sagrada Eucaristía.

 


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