(Ciclo
A - 2026)
“Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se
los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan” (Jn 20,
19-23). Luego de resucitar, Jesús se aparece a sus discípulos y les sopla el
Espíritu Santo, cumpliendo así su promesa: “Os conviene que Yo me vaya, porque
si no me voy, el Consolador no vendrá a ustedes” (Jn 16, 7). Esto
confirma que todo el misterio pascual de Jesús es realizado por amor y solo por
amor: es por amor que vino al mundo y se encarnó; es por amor que sufrió la
Pasión y ahora les deja, también por Amor, les deja por Amor ese mismo Amor en
el que vive desde la eternidad y en el que arde desde su Encarnación; les deja
el mismo Fuego de Amor Divino que lo consumió desde la Encarnación durante toda
su vida terrena, provocándole la ardentísima sed de almas. Ahora, habiendo ya
ascendido a los cielos, sopla junto al Padre al Espíritu Santo sobre su Cuerpo
Místico, su Iglesia en la tierra, para que sea el Amor del Padre y del Hijo
quien, uniendo en un solo Cuerpo a sus discípulos amados, los conduzca a estos,
gloriosos y resucitados, unidos en un solo Cuerpo Místico, la Iglesia Católica,
Una, Santa, Católica y Apostólica, al seno del Eterno Padre.
El
don del Espíritu Santo a su Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, tendrá como
efecto inmediato la vivificación de este Cuerpo Místico, ya que actuará como
Alma del Cuerpo Místico que es la Iglesia. En efecto, así como su Cuerpo muerto
fue vivificado por el Espíritu Santo el Domingo de Resurrección y vuelto a la
vida, así en Pentecostés el Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia, recibe al
mismo Espíritu Santo, el Amor de Dios, para ser vivificado con la Vida Divina,
la Vida Trinitaria, Espíritu que insuflará en la Iglesia el Divino Amor, el
cual actuará como “Alma del alma” y así el Amor Divino será el Alma de la
Iglesia Católica y esta la razón por la cual el Amor de Dios, la Misericordia
Divina, el Divino Amor, es la esencia, el fundamento, la raíz, el Motor del
movimiento, el espíritu que anima a los integrantes de la Iglesia Católica y
quienes no están movidos por el Divino Amor no están movidos por Dios sino por
el Enemigo de Dios, el Ángel Caído, Satanás. Quien no obra en la Iglesia
movido, impulsado, por el Amor de Dios, no obra movido por Dios y su Amor,
entonces ese tal no posee el Espíritu de Dios y ese tal no pertenece a Dios y
su Espíritu de Amor sino a la Serpiente Antigua y su espíritu de odio, rencor,
veneno, amargura y venganza.
Quien
en la Iglesia Católica no ama –o al menos no se esfuerza- por amar tal como
Jesucristo lo pidió -amar a Dios y al prójimo, sobre todo si es enemigo, con
amor de cruz- se coloca espiritualmente por fuera de la Iglesia, aunque con su
cuerpo asista a procesiones, ceremonias litúrgicas, bautismos, misas, etc.
Cuando
Jesús y el Padre envíen al Espíritu Santo en Pentecostés una función sobre la
Iglesia, Éste ejercerá una función pedagógica y mnemónica, de “enseñanza” y de
“recuerdo”, pero estas funciones no consistirán en simplemente ayudar a los
discípulos a ejercitar sus capacidades de aprender y memorizar; no consistirá
este recuerdo en el simple ejercicio de la mera memoria psicológica; no será un
común acto de utilización de la facultad intelectiva del hombre. El Espíritu
Santo actuará en los bautizados, ejerciendo en ellos una función catequética y
pedagógica, conduciéndolos a un conocimiento y amor de Cristo inalcanzables por
las fuerzas creaturales, sean humanas o angélicas, porque les proporcionará una
capacidad de conocimiento nueva, sobrenatural, la capacidad de conocimiento del
Hombre-Dios Jesucristo: “Pero el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi
nombre, Él les enseñará y les recordará todo lo que les he dicho” (Jn 14,
26).
La
función del Espíritu Santo es entonces la de “Enseñar” y “Hacer recordar”, pero
no al modo humano, sino al modo divino, porque lo hará instruyendo a los
discípulos según la Sabiduría Divina, enseñándoles a estos los misterios
sobrenaturales absolutos del Hombre-Dios Jesucristo, inalcanzables por sí
mismos para el intelecto humano o angélico. Por esta razón, porque no poseían
al Espíritu Santo que los iluminara, los apóstoles no habían sido capaces de
entender los numerosos signos, milagros, prodigios y las palabras y parábolas
de Jesús, como por ejemplo el caminar por las aguas: en ese entones, en vez de
comprender que era Dios omnipotente, lo confundieron con un fantasma, en cambio
ahora el Espíritu Santo los iluminará, no solo a ellos, sino a la Iglesia toda
en todos los tiempos y con su luz divina y eterna les hará saber que Jesús no
solo no es un fantasma sino que es el Hombre-Dios, el Cordero de Dios, que en
cada Santa Misa baja desde el Cielo para quedarse en la Eucaristía, para luego
alojarse en nuestros corazones y así poder donarnos el calor de su Divino Amor.
El
Espíritu Santo les hará comprender muchos otros misterios de Jesús, misterios
de los cuales ellos participaron, pero que no llegaron a comprender y ahora,
por esta iluminación y función pedagógica y mnemónica los discípulos y la
Iglesia toda alcanzarán un grado de conocimiento y de amor a Cristo Jesús,
imposible de alcanzar con las solas fuerzas humanas. Solo así, por medio de la
iluminación del Espíritu Santo enviado por Cristo, estará la Iglesia de todos
los tiempos en grado de entender la sublime y majestuosa grandeza de los
misterios sobrenaturales absolutos del Hombre-Dios Jesucristo y sobre todo su
maravillosa Presencia Personal en el sacramento de la Eucaristía.
Dentro
de la función mnemónica, de recuerdo, del Espíritu Santo, se encuentra la
relativa a los milagros de Jesús: el Espíritu Santo les hará recordar a los
discípulos que Jesús hizo verdaderos milagros y que esos milagros -resucitar
muertos, multiplicar panes y peces, expulsar demonios- demuestran que Él es
Dios verdadero y no un simple hombre santo, ni siquiera el más santo entre los
santos, sino Dios Tres veces santo, encarnado en una naturaleza humana.
El
Espíritu Santo hará comprender a los discípulos y a la Iglesia toda que fue Él
quien obró la Encarnación, porque fue el Divino Amor quien llevó a Dios Hijo a
encarnarse, por voluntad del Padre, para llevar a cabo la Pasión redentora. El
Espíritu Santo hará comprender que era Él, Tercera Persona de la Trinidad,
quien inhabitaba en el cuerpo y el alma de María Santísima –por eso la Virgen
era la Madre de Dios, la Llena de gracia y la Inmaculada Concepción- quien, de
esta manera, plena del Amor de Dios, era la única que podía recibir al Hijo de
Dios y convertirse en su Madre, porque era la única que amaba a Dios con un
Amor Purísimo, incontaminado, el Amor del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo.
El
Espíritu Santo les traerá a la memoria las palabras de Jesús según las cuales
les había prometido “quedarse con ellos todos los días hasta el fin del mundo”
y no solo les recordará estas palabras, sino que les permitirá su plena
comprensión, haciéndoles saber que esa promesa la había ya cumplido en la
Última Cena con la institución del Sacramento de la Eucaristía y del sacerdocio
ministerial. El Espíritu Santo les hará saber que el significado del nombre de
Jesús, “el Emanuel, Dios con nosotros” (Mt 1, 23), se cumple
cabalmente a través del sacerdocio ministerial, porque por el sacerdocio
ministerial Jesús baja del cielo a la Eucaristía y en la Eucaristía se queda
entre nosotros y con nosotros, en todos los sagrarios de la tierra, hasta el
fin del mundo.
Con su luz eterna y divina, el Espíritu
Santo resplandecerá y con sus divinos rayos iluminará a la Iglesia para que
pueda creer en las palabras de la consagración que obran el milagro de la
conversión del pan y del vino en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad
de Jesús es Él, la Persona Tercera de la Trinidad, quien sobrevuela sobre el
altar al ser espirado por el Padre y por el Hijo a través de la débil voz del
sacerdote ministerial, así como sobrevoló sobre el mundo al comienzo de los
tiempos.
Con el don del
Entendimiento, el Espíritu Santo hará comprender que el cuerpo del hombre es su
templo, templo del Espíritu Santo, y por lo tanto es templo consagrado a la
Trinidad Sacrosanto y por esto mismo no debe ser profanado, porque si se lo
profana, se profana a la Persona del Espíritu Santo que es la dueña de ese
cuerpo. El mismo Espíritu hará comprender que este templo que es el cuerpo, por
el hecho de estar consagrado a Dios desde el bautismo sacramental, debe estar
en permanente estado de gracia, con el solo objetivo de poder recibir con amor,
con fe y con pureza sobrenaturales a Dios Hijo en la Eucaristía.
También
por el don de Entendimiento, el Espíritu Santo permitirá comprender que
porel Sacramento de la Confirmación Él no solo concede sus dones al alma, sino
que, todavía más, se dona Él, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, en
su totalidad, a quien recibe el sacramento, para que la persona se goce en el
Amor de Dios.
El
Espíritu Santo hará comprender y valorar la majestuosa grandeza del Sacramento
de la confesión, mediante el cual “los pecados quedan perdonados” porque por
este sacramento cae sobre el alma la Sangre de las heridas de Jesús, que lavan
por completo al alma y le conceden el estado de gracia santificante.
El
Espíritu Santo hará comprender el valor inestimable de la gracia santificante y
permitirá entender el por qué los santos y los mártires de todos los tiempos
prefirieron “morir antes que pecar”; también hará entender el inmenso poder
destructor del pecado, para lo cual hará contemplar las llagas de Cristo
crucificado, debido que cada herida abierta, cada golpe recibido por Jesús,
cada punzada de las espinas de su corona, cada gota de Sangre de sus manos, de
sus pies, de su Cabeza, de su costado abierto, de su Cuerpo todo, son las
consecuencias de los pecados de los hombres. El Espíritu Santo hará ver que el
pecado que el hombre comete, cualquiera que este sea, no es inocuo, porque
mientras es insensible e indoloro para el hombre, para Él, para Jesús, se traducen
y materializan en golpes, flagelaciones, hematomas, luxaciones, heridas
abiertas y sangrantes, y en dolor inenarrable, y así será también el Espíritu
Santo quien al mismo tiempo suscite en el hombre la contrición del corazón, el
arrepentimiento perfecto, y para eso le convertirá antes su corazón de piedra
en corazón de carne, porque un corazón de piedra no se conmueve ante Cristo
crucificado y sigue pecando, mientras que el corazón de carne se siente
estrujar por el dolor ante la consecuencia del pecado en el Cuerpo de Cristo.
La
función catequética del Espíritu Santo se extenderá a la Santa Misa, puesto que
la misma se encuentra en estrecha relación con el Calvario, al ser el mismo y
único Santo Sacrificio de la Cruz. El Espíritu Santo enseñará que la Santa Misa
no es una ceremonia litúrgica “aburrida” que debe ser transformada para
convertirla en “divertida” y que tampoco es un espacio cedido a la creatividad
del sacerdote y de los laicos inventando “misas temáticas” para que sean
“divertidas”; el Espíritu Santo hará comprender que la Santa Misa es la
renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz, sacrificio en el cual
Cristo rescata a la humanidad, derrota a sus tres enemigos mortales, el
demonio, el mundo y la carne, y les concede la filiación divina, y que por lo
tanto, la Misa no debe ser ni “divertida” ni “corta” ni “temática, sino que
debe ser lo que es, el más grande misterio de todos los misterios de la
Santísima Trinidad, en donde se lleva a cabo el Milagro de los milagros, la
Eucaristía, la conversión del pan y del vino en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y
la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.
El
Espíritu Santo enseñará a comulgar, porque comulgar no es recibir un trocito de
pan en una fila, aunque exteriormente parezca eso, aunque exteriormente parezca
ser un acto similar al de la alimentación corporal; recibir la Eucaristía es
ser unidos al Cuerpo glorioso de Cristo por el Espíritu Santo, ya desde esta
vida terrena, para ser llevados por el mismo Espíritu Divino a la comunión con
el Padre. El Espíritu Santo, enviado por Cristo en Pentecostés, no solo
enseñará a comulgar a los fieles, sino que será quien obrará Él
en Persona la comunión porque unirá en el Divino Amor a los fieles y los
incorporará al Cuerpo de Cristo por la comunión sacramental y así unidos al
Cuerpo glorioso de Cristo en la Eucaristía, los unirá en el Amor con Dios
Padre. Es por esta razón que todo aquel que comulga, debe hacer antes un
profundo acto interior de amor y de adoración a Jesús en la Eucaristía y
acompañar este gesto de adoración interna con un gesto de adoración externa, la
genuflexión, al recibir la comunión sacramental.
“Reciban
el Espíritu Santo”. Jesús sopla el Espíritu Santo en Pentecostés como Viento
impetuoso y como Fuego abrasador sobre la Iglesia toda y este don se renueva en
cada comunión eucarística, porque Cristo, en cuanto Hombre y en cuanto Dios,
sopla el Espíritu Santo sobre el alma, convirtiendo la comunión eucarística en
un pequeño Pentecostés personal. Para el alma que comulga con fe y con amor,
cada comunión eucarística es, por lo tanto, una renovación de la Presencia del
Espíritu y de su obrar, el recuerdo y la enseñanza sobre el Mesías y Salvador,
recuerdo y enseñanza que no tienen otro objetivo que el aumentar, segundo a
segundo, el Amor a Cristo Jesús, principalmente en su Presencia personal en la
Sagrada Eucaristía.

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