jueves, 28 de mayo de 2026

Solemnidad de la Santísima Trinidad

 



(Ciclo C - A – 2026)

         En La solemnidad de la Santísima Trinidad la Iglesia resplandece, pero no debido a la mayor cantidad de luces o cirios encendidos, sino debido a que sobre la Iglesia resplandece una luz más brillante que miles de millones de soles juntos y esa luz no proviene de ninguna fuente natural, ni terrenal ni angélica, porque es la luz que se desprende del Acto de Ser divino trinitario. En esta solemnidad la Santa Iglesia Católica proclama con la mayor majestad posible, públicamente, a todo el mundo, sea o no católico, cuál es la Verdad Absoluta, Única, Real, Verdadera y Sobrenatural acerca de Dios; una Verdad que sólo Ella en cuanto única y verdadera Iglesia de Dios posee; una Verdad que sólo la Iglesia, en cuanto Esposa Mística del Cordero, sabe; una Verdad que solo la Iglesia Católica, en cuanto Mater et Magistra, Madre y Maestra, puede enseñar. La Iglesia Católica es la única en saber la Verdad última acerca de Dios porque así se lo ha enseñado el mismo Jesús en Persona. Nadie -ni nada, como la Inteligencia Artificial- tiene la posesión del conocimiento Verdadero y Absoluto acerca de Dios, de cómo es Dios en Sí mismo, Uno en naturaleza y Trino en Personas.

         La verdad, única y absoluta, acerca de Dios, que nos revela la Iglesia Católica como Madre y Maestra, es que Dios es Uno y es Trino: Uno en naturaleza y trino en Personas, la Persona de Dios Padre, la Persona de Dios Hijo y la Persona de Dios Espíritu Santo. Cada una de las Personas divinas de la Santísima Trinidad posee aquello que es propia de su condición de ser Persona divina, esto es, inteligencia y voluntad. Cada Persona de la Santísima Trinidad conoce y ama al modo divino, es decir, en acto de ser perfectísimo y puro. Esta doctrina perfecta de la Iglesia acerca de Dios, se contrapone con las teorías de la religión luciferina del Anticristo, la Nueva Era, que sostiene que Dios es una energía difusa, cósmica, impersonal, que no conoce ni ama. Dios es, entonces, según la revelación católica, Uno en naturaleza y es Trinidad de Personas, y esto significa que como Personas divinas que son, conocen, aman y obran libremente en el amor. Esto tiene una consecuencia directa en la vida espiritual del católico porque no se puede establecer una relación real y verdadera con Dios, si esta relación no es personal, es decir, de tú a tú, de vos a vos, de ser pensante y con capacidad de amar, a ser pensante y con capacidad de amar. Muchos católicos piensan, aman y hablan de Dios como si fueran de otra religión y no la católica; muchos católicos hablan de Dios como si fuera una “energía impersonal”, como si fuera un “universo cósmico”, al mejor estilo de los paganos y esto precisamente porque no creen en la Santísima Trinidad, porque, aunque la nombre, en realidad piensan, aman y hablan de un Dios Uno pero no de un Dios Uno y Trino, un Dios Uno en el que hay Tres Personas distintas, con capacidad de pensar y de hablar y de establecer relaciones interpersonales. Se ha llegado a tal punto en la locura actual, que muchos interactúan con la Inteligencia Artificial como si fuera una persona, un dios, y se dirigen a Dios como si fuera una máquina insensible, es decir, como si fuera una energía cósmica impersonal.

El hecho de que Dios sea Uno y Trino, esto es, Trinidad de Personas, significa que cada una de las Divinas Personas conoce, ama y obra libremente en el amor, porque por eso son personas, porque conocen y aman y luego obran en consecuencia al pensar y amar. En el caso de las Tres Divinas Personas, su obrar ad extra de la Trinidad es su empeño por salvarnos de la eterna condenación y por conducirnos, como hijos adoptivos de Dios, al Reino de los cielos. Para nuestro bien, las Tres Divinas Personas están empeñadas en salvarnos: Dios Padre pide a Dios Hijo que, sin dejar de ser Dios Eterno, se encarne en el cuerpo y el alma humanos de Jesús de Nazareth, uniéndolos a su Persona Divina, para ofrendarlos en la cruz como ofrenda pura y perfecta, para luego poder donarnos a Dios Espíritu Santo a través de la Sangre vertida de su Corazón traspasado. Al mismo tiempo, este mismo Dios Uno y Trino, cuya Segunda Persona es Dios Hijo, Jesús de Nazareth, se encuentra en Persona, glorioso y resucitado en la Eucaristía, para que durante nuestra vida en la tierra nos unamos a Él por la fe y por el amor, por la adoración y por la comunión sacramental, de manera tal de poder luego ingresar en la vida eterna, en donde adoraremos y amaremos por la eternidad a Dios Uno y Trino, y en esto consistirá nuestra salvación.

Ésta fe trinitaria es la que profesa la Iglesia Católica, la Iglesia de Jesucristo, que es Una, Santa, Católica y Apostólica y es la fe de la que nos gloriamos de profesar, es la fe que proclama el misterio sobrenatural absoluto de Dios en su constitución íntima, de la cual se derivan todos los demás misterios de la fe, que son los misterios salvíficos de Nuestro Señor Jesucristo. Ésta fe trinitaria, en el Dios Verdadero, la que nos libra de adorar a falsos dioses como la Pachamama o la fama, el dinero, la política, es la Iglesia celebra exultando de gozo en este día. Esto es lo que significa la “Solemnidad de la Santísima Trinidad”: Cristo Jesús es el Verbo de Dios, la Palabra de Dios eternamente pronunciada, es Dios Hijo en Persona, y ha venido a este mundo a morir en Cruz y donarse en la Eucaristía por pedido de Dios Padre, para que unidos a Él recibamos a Dios Espíritu Santo, el Amor del Padre y del Hijo. “Tener fe” en la Iglesia Católica es creer en un Dios que es Trinidad de Personas. Todavía más, debido a que este Dios Trino está, como decíamos, empeñado en nuestra salvación, puesto que el Padre envió a la tierra a la Segunda de esas Personas, a Dios Hijo, a Jesús de Nazaret, para que se encarnase y nos salve por su muerte en Cruz y, una vez resucitado y ascendido a los Cielos, nos envíe a Dios Espíritu Santo, la Persona-Amor de la Trinidad; debido a esto, a la condición de Dios de ser Trinidad de Personas y debido a la implicación en pleno de la Trinidad en nuestra propia salvación, no puedo nunca dirigirme a Dios sino es a un Dios que conoce y ama en su Trinidad de Personas.

Por este motivo no podemos hablar de Dios como si fuera solo uno, como si perteneciéramos a otras religiones monoteístas como el Islam o el judaísmo o incluso como las religiones protestantes, ni mucho menos como si fuéramos practicantes de la religión luciferina del Anticristo, la Nueva Era, quienes creen no en Dios, sino en una especie de cosmos o universo impersonal que transmite o quita “energías” positivas o negativas. Nada de esto último es verdad, sino sombría superstición. Por eso debemos preguntarnos: ¿en qué Dios creo? ¿Creo en el Dios de la Santa Iglesia Católica, en el Dios que es Padre, que es Hijo, que es Espíritu Santo?”. Esta pregunta es más actual que nunca, sobre todo en nuestros tiempos, dominados por el relativismo, error filosófico según el cual no existe la Verdad Absoluta, de manera que cada cual puede construirse un dios a su medida, según las veleidades de los razonamientos erróneos de cada un y así cada uno se construye una “verdad” acerca de Dios de acuerdo a su conveniencia, lo cual explica por qué cada uno tiene un “dios” a su medida, eligiendo creer lo que les conviene y descartando aquello que no les conviene. La pregunta es una buena ocasión para reflexionar acerca de la firmeza en la fe de Dios como Uno y Trino, ya que como vimos, así como se la fe en Dios, así será la oración y la vida. Si creo en un “impersonal”, en un dios al estilo Nueva Era, un dios que no es persona, que no conoce y que no ama, entonces mi fe será así, impersonal, sin caridad, difusa, aguada, inconsistente, imprecisa. Pero esto tiene graves consecuencias, porque una fe de estas características no cree en el influjo positivo y divinizante de la gracia y por lo tanto se desconecta de los sacramentos y al hacerlo, sus pasiones y las tentaciones del mundo y de la carne más las acechanzas del Demonio se vuelven irresistibles, convirtiéndose en un esclavo espiritual de las mismas.

Por repetimos nuevamente la pregunta: ¿en qué Dios creo? ¿En el Dios del Credo de la Santa Iglesia Católica, el que dice: “Creo en Dios, Padre Todopoderoso, creo en Jesucristo, su Único Hijo Nuestro Señor, creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida?” Y si creo en este Dios, que es el Único Dios Verdadero, ¿establezco relaciones personales de comunión, de vida y amor con todas y cada una de las Tres Divinas Personas, como lo hacían los grandes santos de la Iglesia? La respuesta a la pregunta nos la da el Magisterio, porque si el Magisterio de la Iglesia nos dice que Dios es Uno en naturaleza y Trino en Personas, eso significa que podemos y debemos dirigirnos a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo, como a personas -como Personas Divinas, claro está- y esto a su vez significa que debemos entablar relaciones personales -hablar, preguntar, dialogar, amar- con cada una de las Personas de la Trinidad, o en conjunto, como Dios Uno, pero también por separado, dirigiéndonos a la Persona del Padre, o a la del Hijo, o a la del Espíritu Santo. En definitiva, creemos en Personas, y cuando hablamos con Dios [lo hacemos]  con Personas: o hablo con el Padre, o hablo con el Hijo, o hablo con el Espíritu Santo. Esta es nuestra Santa Fe católica en Dios Uno y Trino. “Tener fe” es creer en una Persona real, es más, en Tres Divinas Personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, quienes aun siendo iguales en majestad, honor y poder, tienen sus características particulares, de ahí que el diálogo de los grandes santos con una u otra Persona Divina varíe según qué persona se trata. “Tener fe” para el católico no es, por lo tanto, nunca jamás tener fe en un dios impersonal, que se encuentra por allá arriba, en quién sabe qué lugar alejado, que se identifica con el universo y que no es capaz ni de amar ni de pensar.

Ahora bien, la relación con este Dios Trino nos viene a través de Jesucristo, Dios Hijo encarnado y revelador del Padre y del Hijo, nuestra fe en Dios Trino, que nos salva, comienza con el encuentro personal con la Persona real de Jesús de Nazaret –“Persona real y no difusa bu abstracta, que está en Persona en la Sagrada Eucaristía”-, puesto que es Él, y solo Él, quien nos conduce al Padre en el Espíritu Santo: “Nadie va al Padre sino es por Mí”. A su vez, el encontrarnos con Jesús es un don de Dios, es un divino, porque este encuentro le da una dirección de trascendencia a nuestra vida, encaminándola a la vida eterna, abriéndonos por la cruz el horizonte de eternidad que estaba cerrado para nosotros. Es Jesús quien no solo nos revela el misterio de la Santísima Trinidad –“Mi Padre y Yo somos una sola cosa[1]” (…) “el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi Nombre, él os enseñará todas las cosas”[2]- sino que es Él quien nos concede el don de la fe en la Santísima Trinidad -de otra manera no podríamos creer en Dios como Uno y Trino- y todavía más, es Jesús el instrumento de la Trinidad para que entremos en comunión con las Tres Divinas Personas: es Él quien nos conduce al Padre en el amor del Espíritu Santo. En esto radica la gran importancia de conocer a Jesús -que está para nosotros en la Eucaristía-, ir hacia Él, responder a su llamado, encontrarlo en la Comunión Eucarística, amarlo en la Eucaristía. Ésta es la fe propiamente católica y no protestante, ni budista, ni islamista: es la fe que cree en un Dios que es una Persona real, una Persona Divina, es verdad, pero Persona al fin y al cabo, que conoce y ama y obra al modo divino y también humano, porque es el Hombre-Dios. Quien esto hace, quien se deja atraer por Jesús, en realidad se deja atraer por Dios Padre, porque Jesús es la Puerta, el Camino, la Vía, que conduce al Padre Eterno, en el Amor del Espíritu Santo. Esta es nuestra fe católica, la que nos gloriamos de profesar, ya que es la fe verdadera en el Dios Verdadero, es la fe que nos dice que Dios en su intimidad es Uno en naturaleza y Trino en Personas y está empeñado, con toda su Omnipotencia, con toda su Sabiduría, con todo su Amor, no solo en salvarnos de la eterna condenación, sino ante todo en conducirnos, luego de ser adoptados como hijos por la gracia, al Reino de los cielos. Y para cumplir este empeño, Dios no se ha quedado en los cielos eternos: ha adquirido un rostro en Jesús de Nazaret para venir a nosotros como Niño recién nacido en Belén, como Hombre-Dios crucificado en el Calvario, como Hombre-Dios resucitado y glorioso, surgiendo triunfante del sepulcro el Domingo de Resurrección, y también viene a nuestro encuentro, resucitado y glorioso, en la Eucaristía, en cada Domingo, el día glorioso de la semana en el tiempo que participa de la gloria de la resurrección en la eternidad. Por esta razón, no es indiferente creer en un Dios monoteísta, al estilo protestante, musulmán o judío, o creer en una energía impersonal que actúa moviendo el universo sin saber ni conocer, porque así no se recibirá nunca ni el amor ni la misericordia que solo están en Dios Trino. Por el contrario, la fe en la Santísima Trinidad y la fe en Jesús como Segunda Persona de la Trinidad encarnada, que prolonga y continúa su Encarnación en la Eucaristía, sí recibe de Jesús crucificado y de su Presencia gloriosa en la Eucaristía el perdón, el Amor y la misericordia de Dios Trino, lo cual constituye la raíz y el fundamento de la felicidad plena del ser humano, al ser hecho partícipe de la Alegría Increada que brota como de su fuente de Acto de Ser divino trinitario. Finalmente, quien cree en Dios Uno y Trino, quien cree en la Santísima Trinidad, aun cuando nuestra limitada mente humana no sea capaz de comprender ni siquiera mínimamente el misterio sobrenatural absoluto que significa que Dios sea Uno en naturaleza pero Trino en Personas, ese tal, aun en medio de grandes tribulaciones, transitará su vida terrena cargando la cruz con alegría, porque es consciente de que al final del camino terreno lo esperan Tres Divinas Personas para darle su Amor para toda la eternidad: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.



[1] Cfr. Jn 10, 30.

[2] Jn 14, 26


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