martes, 29 de septiembre de 2026

“Había un hombre que arrendó su viña”

 


(Domingo XXVII - TO - Ciclo A - 2026)

          “Había un hombre que arrendó su viña” (Mt 21, 33-43). Dirigiéndose a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, Jesús utiliza una parábola en la que el dueño de una viña planta una viña, cava un lagar, construye una torre de vigilancia y la arrenda a unos viñadores y se marcha al extranjero. Al llegar el tiempo de la vendimia, envía a sus servidores para “percibir los frutos”, pero los arrendatarios, actuando con malicia y convirtiéndose en ilegítimos usurpadores, desconocen el título de propiedad del dueño, se niegan a pagar la renta, y golpean a uno de los servidores, a otro lo matan y a otro lo apedrean. El propietario vuelve a enviar a otros servidores, pero reciben el mismo trato violento y homicida que los primeros. Esperando siempre un cambio en el buen sentido, de los viñadores homicidas, el dueño de la vid envía a su hijo, pensando que, al ser su hijo, lo tratarán con respeto: “Respetarán a mi hijo”. Sin embargo, la condición de ser hijo aviva todavía más la soberbia, la avaricia, la codicia y la malicia de los viñadores que ya eran homicidas, ya que es precisamente la condición de ser hijo del dueño y por lo tanto heredero, lo que enciende su malicia y les proporciona la falsa esperanza de que, al matar al heredero, ellos podrán apropiarse ilegítimamente de la viña. Efectivamente, llevan a cabo su plan, se apoderan de él, lo arrojan fuera de la viña y, en el colmo de la malicia, le dan muerte: “Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron”. Como en toda parábola, para poder entender el significado espiritual y sobrenatural de la parábola de los viñadores homicidas, es necesario tener en cuenta que cada elemento natural de la parábola representa una realidad sobrenatural. Teniendo esto en cuenta, el dueño de la viña es Dios Padre; el heredero, el cual es enviado por el padre y al cual los viñadores homicidas terminan por asesinarlo es Dios Hijo, Jesucristo, el Hombre-Dios, la Persona Segunda de la Trinidad que se une hipostáticamente, personalmente, a la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth, que muere en la Cruz a manos de los hombres pecadores; la viña representa, primero, a la Sinagoga, la Iglesia de Dios Uno, en la que se encuentran los miembros del Pueblo Elegido; en un segundo momento, representa a la Iglesia Católica, la Iglesia que se constituye luego de la revelación de Jesucristo de que el Dios Uno de la Sinagoga es Uno y Trino, y en esta Iglesia del Hombre-Dios Jesucristo se encuentran los bautizados en nombre de Cristo, los integrantes del Nuevo Pueblo Elegido, los católicos; el dueño envía mensajeros para que cobren la renta a los viñadores, muchos de ellos maltratados y algunos asesinados: estos representan a todos los justos y profetas del Antiguo Testamento, muchos de los cuales fueron maltratados y algunos asesinados en su misión de anunciar la Llegada del Mesías; los viñadores que no son dueños de la vid, sino que la arrendan, representan a aquellos que se apoderaron de la Ley, de la Sinagoga y de la Religión del Dios verdadero, los fariseos, escribas y doctores de la ley: estos se comportan como si fueran los dueños de la vid sin serlo y cuando llega el Hijo del dueño, que es Nuestro Señor Jesucristo, el Mesías, se oponen con todas sus fuerzas a Jesucristo y como dice la parábola, “se apoderaron de Él y lo mataron”, porque eso es lo que hicieron, apresándolo de noche en el Huerto de los Olivos, juzgándolo en un juicio inicuo con testigos falsos y finalmente condenándolo a muerte en cruz solo por decir la verdad, solo por decir que Él es Quien dice Ser, el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad, cometiendo así el deicidio, la muerte del Hijo de Dios; el hijo del dueño de la vid que muere a manos de los viñadores homicidas es Jesús que muere en la cruz para redimir a los hombres y vencer a los tres grandes enemigos de la humanidad, la muerte, el pecado y el demonio, consiguiendo además para la humanidad el don de la gracia santificante que convierte a los hombres, de simples creaturas, en hijos adoptivos de Dios y en herederos del Reino de los cielos. Los fariseos, escribas y doctores de la ley se sienten directamente aludidos pero, en vez de reaccionar con humildad, se enfurecen contra Jesús y terminan de concretar los planes para matarlo a través de un juicio inicuo.

 

          “Había un hombre que arrendó su viña”. Todos los bautizados en la Iglesia Católica constituyen la Nueva Viña del Señor y quienes en ella son llamados a trabajar, somos los nuevos viñadores y el trabajo consiste en salvar almas mediante la conversión eucarística, la conversión a Jesucristo oculto en apariencia de pan. No seamos como los viñadores homicidas, quienes, haciéndose falsamente dueños de la iglesia, no matan físicamente a sus hermanos, pero sí espiritualmente y esto sucede cuando ocultamos el misterio más grande de la Iglesia Católica, la Presencia real, verdadera y substancial del Hijo de Dios en la Eucaristía. Trabajemos como lo que somos, arrendatarios, trabajadores asalariados y no dueños de la viña que es la Iglesia y procuremos, mediante el Amor de Dios, el Espíritu Santo, que todos nuestros hermanos lleguen al conocimiento y amor del Hijo de Dueño de la Vid, Jesús Eucaristía, es decir, procuremos la conversión eucarística aquí en la tierra, para que luego tengamos una feliz eternidad en los cielos.

         Hay un elemento más en la parábola y son “los frutos” que el dueño de la vid espera recibir. ¿A qué se refieren estos frutos? Dios se compara a Sí mismo con un viñador que, llegado el tiempo de la vendimia, prueba las uvas de su viña, eligiendo las que parecen más sabrosas, para saber cómo ha sido la temporada; por el sabor de la uva, determina si estas son un buen fruto o no. Esto mismo hace Dios Padre con la Viña que es la Iglesia y con los racimos de uvas, los fieles, que están unidos a la Viña que es Cristo, Vid verdadera: se acerca, toma un grano de uva, que es el corazón del cristiano, y así como el dueño de la viña espera deleitarse con el sabor dulce de la uva, así Dios Padre espera deleitarse, al probar el corazón del cristiano, con el sabor dulce de la santidad del corazón dada por la gracia, manifestada en la caridad, en la misericordia, en el perdón, en la compasión y en toda clase de obras buenas. Y así como el dueño de la viña se alegra cuando los frutos son buenos, así Dios Padre se alegra cuando, probando los corazones de los cristianos, comprueba la dulzura de la gracia de su Hijo Jesús en ellos. Pero como así también el viñador, al comprobar que una uva está agriada, o acuosa, y ha perdido por completo el buen sabor, y enfadado la deshecha, así también Dios Padre, al probar el corazón del hombre que vive un cristianismo relajado en su fe y en su moral, que vive más para el mundo que para Dios, que se postra ante los ídolos del mundo y no ante la Eucaristía, que tiene en su corazón maldad, envidia, avaricia, soberbia, pereza, gula, y toda clase de cosas malas, se disgusta con este corazón y no lo aprecia como bueno.

“(…) el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos”. El Reino de Dios en la tierra, su germen, la Iglesia Católica, nos fue entregado a los bautizados, para que demos buenos frutos, frutos de santidad, de oración, de misericordia, de caridad, de perdón, de justicia, de paz, de amor cristiano y sobrenatural. Estemos vigilantes, porque si nuestros corazones son juzgados faltos de la dulzura de la gracia de Cristo, seremos dejados de lado de parte del Dueño de la Viña, Dios Padre, y nos sucederá lo peor que le puede pasar a una persona en esta vida, y es ser dejado de lado por Dios, abandonado a su propio yo egoísta y pecador.

        


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