(Domingo XXVII - TO - Ciclo A - 2026)
“Había
un hombre que arrendó su viña” (Mt 21, 33-43). Dirigiéndose a los
sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, Jesús utiliza una parábola en la que el
dueño de una viña planta una viña, cava un lagar, construye una torre de
vigilancia y la arrenda a unos viñadores y se marcha al extranjero. Al llegar
el tiempo de la vendimia, envía a sus servidores para “percibir los frutos”,
pero los arrendatarios, actuando con malicia y convirtiéndose en ilegítimos
usurpadores, desconocen el título de propiedad del dueño, se niegan a pagar la
renta, y golpean a uno de los servidores, a otro lo matan y a otro lo apedrean.
El propietario vuelve a enviar a otros servidores, pero reciben el mismo trato
violento y homicida que los primeros. Esperando siempre un cambio en el buen
sentido, de los viñadores homicidas, el dueño de la vid envía a su hijo,
pensando que, al ser su hijo, lo tratarán con respeto: “Respetarán a mi hijo”.
Sin embargo, la condición de ser hijo aviva todavía más la soberbia, la
avaricia, la codicia y la malicia de los viñadores que ya eran homicidas, ya que
es precisamente la condición de ser hijo del dueño y por lo tanto heredero, lo
que enciende su malicia y les proporciona la falsa esperanza de que, al matar
al heredero, ellos podrán apropiarse ilegítimamente de la viña. Efectivamente,
llevan a cabo su plan, se apoderan de él, lo arrojan fuera de la viña y, en el
colmo de la malicia, le dan muerte: “Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera
de la viña y lo mataron”. Como en toda parábola, para poder entender el
significado espiritual y sobrenatural de la parábola de los viñadores
homicidas, es necesario tener en cuenta que cada elemento natural de la
parábola representa una realidad sobrenatural. Teniendo esto en cuenta, el dueño
de la viña es Dios Padre; el heredero, el cual es enviado por el padre y al
cual los viñadores homicidas terminan por asesinarlo es Dios Hijo, Jesucristo,
el Hombre-Dios, la Persona Segunda de la Trinidad que se une hipostáticamente,
personalmente, a la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth, que muere en la
Cruz a manos de los hombres pecadores; la viña representa, primero, a la
Sinagoga, la Iglesia de Dios Uno, en la que se encuentran los miembros del
Pueblo Elegido; en un segundo momento, representa a la Iglesia Católica, la
Iglesia que se constituye luego de la revelación de Jesucristo de que el Dios
Uno de la Sinagoga es Uno y Trino, y en esta Iglesia del Hombre-Dios Jesucristo
se encuentran los bautizados en nombre de Cristo, los integrantes del Nuevo
Pueblo Elegido, los católicos; el dueño envía mensajeros para que cobren la
renta a los viñadores, muchos de ellos maltratados y algunos asesinados: estos
representan a todos los justos y profetas del Antiguo Testamento, muchos de los
cuales fueron maltratados y algunos asesinados en su misión de anunciar la
Llegada del Mesías; los viñadores que no son dueños de la vid, sino que la arrendan,
representan a aquellos que se apoderaron de la Ley, de la Sinagoga y de la
Religión del Dios verdadero, los fariseos, escribas y doctores de la ley: estos
se comportan como si fueran los dueños de la vid sin serlo y cuando llega el
Hijo del dueño, que es Nuestro Señor Jesucristo, el Mesías, se oponen con todas
sus fuerzas a Jesucristo y como dice la parábola, “se apoderaron de Él y lo
mataron”, porque eso es lo que hicieron, apresándolo de noche en el Huerto de
los Olivos, juzgándolo en un juicio inicuo con testigos falsos y finalmente condenándolo
a muerte en cruz solo por decir la verdad, solo por decir que Él es Quien dice
Ser, el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad, cometiendo así el
deicidio, la muerte del Hijo de Dios; el hijo del dueño de la vid que muere a
manos de los viñadores homicidas es Jesús que muere en la cruz para redimir a
los hombres y vencer a los tres grandes enemigos de la humanidad, la muerte, el
pecado y el demonio, consiguiendo además para la humanidad el don de la gracia
santificante que convierte a los hombres, de simples creaturas, en hijos
adoptivos de Dios y en herederos del Reino de los cielos. Los fariseos,
escribas y doctores de la ley se sienten directamente aludidos pero, en vez de
reaccionar con humildad, se enfurecen contra Jesús y terminan de concretar los
planes para matarlo a través de un juicio inicuo.
“Había
un hombre que arrendó su viña”. Todos los bautizados en la Iglesia Católica
constituyen la Nueva Viña del Señor y quienes en ella son llamados a trabajar,
somos los nuevos viñadores y el trabajo consiste en salvar almas mediante la
conversión eucarística, la conversión a Jesucristo oculto en apariencia de pan.
No seamos como los viñadores homicidas, quienes, haciéndose falsamente dueños
de la iglesia, no matan físicamente a sus hermanos, pero sí espiritualmente y
esto sucede cuando ocultamos el misterio más grande de la Iglesia Católica, la
Presencia real, verdadera y substancial del Hijo de Dios en la Eucaristía. Trabajemos
como lo que somos, arrendatarios, trabajadores asalariados y no dueños de la
viña que es la Iglesia y procuremos, mediante el Amor de Dios, el Espíritu
Santo, que todos nuestros hermanos lleguen al conocimiento y amor del Hijo de
Dueño de la Vid, Jesús Eucaristía, es decir, procuremos la conversión
eucarística aquí en la tierra, para que luego tengamos una feliz eternidad en
los cielos.
Hay un elemento más en la parábola y
son “los frutos” que el dueño de la vid espera recibir. ¿A qué se refieren
estos frutos? Dios se compara a Sí mismo con un viñador que, llegado el tiempo
de la vendimia, prueba las uvas de su viña, eligiendo las que parecen más
sabrosas, para saber cómo ha sido la temporada; por el sabor de la uva,
determina si estas son un buen fruto o no. Esto mismo hace Dios Padre con la
Viña que es la Iglesia y con los racimos de uvas, los fieles, que están unidos
a la Viña que es Cristo, Vid verdadera: se acerca, toma un grano de uva, que es
el corazón del cristiano, y así como el dueño de la viña espera deleitarse con
el sabor dulce de la uva, así Dios Padre espera deleitarse, al probar el
corazón del cristiano, con el sabor dulce de la santidad del corazón dada por
la gracia, manifestada en la caridad, en la misericordia, en el perdón, en la
compasión y en toda clase de obras buenas. Y así como el dueño de la viña se
alegra cuando los frutos son buenos, así Dios Padre se alegra cuando, probando
los corazones de los cristianos, comprueba la dulzura de la gracia de su Hijo
Jesús en ellos. Pero como así también el viñador, al comprobar que una uva está
agriada, o acuosa, y ha perdido por completo el buen sabor, y enfadado la
deshecha, así también Dios Padre, al probar el corazón del hombre que vive un
cristianismo relajado en su fe y en su moral, que vive más para el mundo que
para Dios, que se postra ante los ídolos del mundo y no ante la Eucaristía, que
tiene en su corazón maldad, envidia, avaricia, soberbia, pereza, gula, y toda
clase de cosas malas, se disgusta con este corazón y no lo aprecia como bueno.
“(…) el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para
ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos”. El Reino de Dios en
la tierra, su germen, la Iglesia Católica, nos fue entregado a los bautizados,
para que demos buenos frutos, frutos de santidad, de oración, de misericordia,
de caridad, de perdón, de justicia, de paz, de amor cristiano y sobrenatural.
Estemos vigilantes, porque si nuestros corazones son juzgados faltos de la
dulzura de la gracia de Cristo, seremos dejados de lado de parte del Dueño de
la Viña, Dios Padre, y nos sucederá lo peor que le puede pasar a una persona en
esta vida, y es ser dejado de lado por Dios, abandonado a su propio yo egoísta
y pecador.

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