(Domingo XXXIII - TO - Ciclo A - 2026)
“Has sido fiel en lo poco, pasa al gozo de tu Señor” (cfr. Mt 25, 14-30). En la parábola de los
talentos Jesús utiliza la figura de un hacendado que premia a los
administradores fieles y castiga a los malos. Para conocer el significado
espiritual y sobrenatural de la parábola, debemos reemplazar los elementos
naturales de la parábola por los elementos sobrenaturales.
Así vemos
cómo la parábola tiene claras resonancias de trascendencia y de eternidad: con
la expresión “pasar al gozo del Señor”, Jesús indica el premio que reciben quienes
en vida fueron fieles a su Palabra y Mandamientos y en el momento de morir se
encontraban en estado de gracia: el “gozo del Señor” no es otra cosa que la
vida eterna, la vida después de la vida terrena en la bienaventuranza del Reino
de los cielos. El “rechinar de dientes” es la eterna condenación en el
Infierno. De esta manera podemos ver cómo es la situación del alma en la otra
vida: gozo y alegría para quienes fueron fieles a los bienes otorgados por
Dios, rechinar de dientes –castigo eterno- para quienes no quisieron hacer uso
de esos talentos, y los enterraron, teniéndolos por poca cosa.
Con relación
a los talentos, hechos fructificar por unos y enterrados por otros, representan
a los dones de todo tipo que nos concede Dios, sean del orden material como del
espiritual, desde el momento mismo de la concepción en el vientre materno: el
ser, la vida, la existencia; la inteligencia, la voluntad, todas las
capacidades propias del alma y de la naturaleza humana, así como las virtudes
propias y particulares; los talentos son también las mayores o menores
posibilidades u oportunidades materiales, económicas, laborales, o de cualquier
otro tipo, que se presentan como buenas y como ocasión de progreso y de
perfección de la persona. Los talentos representan también a los dones de orden
sobrenatural, como la gracia de los sacramentos, comenzando por el Bautismo y
siguiendo luego por la Eucaristía, la Confirmación y los demás sacramentos que
se reciban según el estado de vida de cada uno.
Todos los
dones o talentos son un regalo de la bondad de Dios, incluidos los que parecen insignificantes
–“Has sido fiel en lo poco” representa a algún don que puede parecer pequeño- y
Dios los concede para que el destinatario los multiplique por dos, por diez o por
mil para que esos talentos, recibidos por la Divina Bondad, comuniquen a su vez
la Bondad de Dios. Si Jesús alaba a los siervos que multiplicaron los talentos,
debemos preguntarnos de qué manera podemos nosotros también multiplicar los
talentos recibidos de Dios.
Una forma
de hacer fructificar los talentos es poniéndolos al servicio de Dios y de su
gloria, según el lema de San Ignacio de Loyola: “A mayor gloria de Dios”: esto
quiere decir que todo lo que se es y se hace, es para mayor gloria de Dios y así
Dios es glorificado, amado y bendecido en los corazones de los hombres por
medio de la bondad de sus hijos, los hombres. Lo que lleva al cristiano a hacer
fructificar sus talentos a través de las obras de misericordia y de caridad es
la gloria de Dios, es decir, la contemplación de su esencia divina.
Pero para
tener la seguridad de que esos talentos van a ser realmente multiplicados, se
los debe entregar a la Virgen María, consagrando la entera vida personal a la
Virgen María, de modo de hacerla Dueña y Señora de la existencia personal, de
toda la historia personal, desde el nacimiento hasta la muerte. Esto es lo que
nos aconseja San Luis María Grignon de Monfort: consagrar a la Virgen la vida
entera, desde el nacimiento hasta la muerte. Así adquiere una dimensión mariana
toda la existencia personal, de manera que todo lo que le pertenece a la
persona, le queda como pertenencia de María, y así los dones o talentos
personales –ser, vida, inteligencia, bienes materiales y bienes espirituales-
pertenecen a María. Y los talentos entregados a María, Ella misma se encarga de
hacerlos fructificar.
Otro modo de hacer fructificar los talentos es a través del
misterio de la liturgia en el altar, uniendo la propia vida a Jesucristo en su
sacrificio en cruz y en la renovación sacramental de ese sacrificio en cruz: cuando
el alma se une a Jesucristo en la Eucaristía, se está uniendo a su sacrificio
en cruz en el Calvario y de esa manera, unido espiritualmente a Cristo en su
sacrificio del altar, el alma se hace partícipe de ese mismo sacrificio de
Jesús en el Calvario y Jesús, en su sacrificio, ofrenda toda su vida, todos sus
actos, todo lo que Él Es y posee, en su inmolación, y toda su Vida de
Hombre-Dios sube, desde el altar de la cruz y desde la cruz del altar, como un
sacrificio perfecto que agrada a Dios. El fiel bautizado, al unirse con todos
sus dones y talentos a este sacrificio de Jesús, renovado en el altar, se une
con su vida a la vida y al sacrificio en cruz de Jesús y unido a Jesús que se
inmola en el altar, también el alma es inmolada en el altar, junto con los
talentos concedidos por Dios, multiplicándolos infinitamente. Cuando se unen el
ser y la existencia personales a la ofrenda de Jesús en la cruz, los talentos
adquieren un valor infinito y eterno, por el hecho de estar unidos al
sacrificio de Jesús. El ser y la vida personal que es el talento que puede valer
dos, diez o mil, al ser unidos a Jesús, se multiplican por un valor infinito y
eterno porque los talentos pasan a ser propiedad de Cristo y Cristo a su vez
obra por medio de los talentos del alma y eso es vivir la vida en Cristo, la
vida de Cristo, vivir de Cristo, de la vida misma del Hombre-Dios.
“Has sido fiel en lo poco, pasa al gozo de tu Señor”. La inmensa
mayoría de los dones concedidos por Dios, la inmensa mayoría de los talentos,
son considerados, por el mundo, como cosa de poco valor. Y no solo en el mundo,
sino entre los mismos destinatarios de esos dones, como los católicos y esto
sucede con el primer don sobrenatural divino, el Bautismo sacramental. Como el
bautismo no cotiza en la Bolsa ni tiene un valor económico, la inmensa mayoría
de los que poseen el talento del bautismo, lo consideran como algo de escaso o
nulo valor. Y así podríamos seguir con todos y cada uno de los sacramentos: no
es necesario ser una luminaria para darse cuenta que la Eucaristía, la
Confirmación, el Matrimonio, son sacramentos considerados de nulo valor por la
inmensa mayoría de los católicos. Pero si los hombres desprecian y tienen por
nada lo que Dios les concede, Dios los considera de tan alto valor, que aquel
que es fiel a esos talentos y los hace fructificar, tienen como recompensa el Reino
de los cielos y así lo dice Jesús: “Has sido fiel en lo poco –en lo que parece poco a los ojos del mundo-, entra en
el gozo de tu Señor”, es decir, entra en la plenitud de los bienes que
verdaderamente vale, la vida eterna en el Reino de Dios. Quien sea fiel a los
talentos que a los ojos del mundo son insignificantes, poca cosa, como el
bautismo, entrará en la alegría de Dios.
Ahora bien, hay otro talento que, a los ojos de la mentalidad
materialista y racionalista de nuestros días, parece también insignificante y
sin embargo es el más grande talento concedido por Dios a la humanidad entera;
es el talento por el cual todo talento adquiere valor, significado y sentido;
es un talento que se origina en los cielos, en el seno de la Iglesia, el Altar
Eucarístico y es el talento de la Sagrada Eucaristía.
A los ojos del mundo y también de los católicos incrédulos,
la Eucaristía parece un don de poco valor, parece solo un poco de pan bendecido
en una ceremonia religiosa, pero para quien lo contempla con los ojos de la fe,
la Eucaristía es el Pan de Vida eterna, es el Pan Vivo bajado del Cielo, es el
Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, en donde inhabita el Espíritu Santo, es
la Puerta abierta que conduce al seno del Padre y por eso mismo, lejos de ser un
don de escaso valor, es el “tesoro oculto en el campo” por el cual vale la pena
dejarlo todo, hasta la propia vida, para adquirirlo. Quien por el talento de la
fe es “fiel en lo poco”, entra desde esta vida “en el gozo de su Señor”, porque
quien sabe qué es lo que esconde ese talento que parece ínfimo, la Eucaristía, se
alegra y se goza, con una alegría íntima y sobrenatural, secreta y escondida, por
la Presencia real de Jesús que por la Eucaristía prolonga su Presencia real en
el alma.
Por el contrario, quien en vez de hacer fructificar el
talento de la fe, lo entierra, no aprovecha el Talento de Dios que es la
Eucaristía, porque quien no tiene fe no ve a Jesús en Persona en la Eucaristía
y así a ese tal, para quien la Eucaristía no le significa nada, le “será
quitado hasta lo poco que creer tener” y será “arrojado fuera”, donde hay “llanto
y rechinar de dientes”, que significa perder para siempre el amor y la
Presencia de Dios Trinidad.
“Has sido fiel en lo poco, pasa a la alegría de tu Señor”.
La Eucaristía es el talento que parece poco, porque parece un poco de pan, pero
es el Talento por el cual todos los talentos fructifican y prosperan, creciendo
hasta el infinito. Quien hace fructificar el Talento de la Eucaristía, siendo
fiel a la Presencia escondida del Hombre-Dios en el Sacramento del Altar vive,
ya desde esta vida terrena, como un anticipo de la alegría eterna, en la
alegría de Dios Trino, aún en la tribulación y en la desolación.

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