jueves, 4 de noviembre de 2010

El simbolismo del Sagrado Corazón


Cuando Jesús se aparece a Santa Margarita María de Alacquoque como el Sagrado Corazón, le muestra su corazón a la Santa, en actitud de ofrecérselo.

¿Qué es lo que Jesús quiere expresarnos con esta devoción y con esta acción, la de ofrecer el corazón?

Para poder entender qué es lo que Jesús nos quiere significar con el don de su propio corazón, es decir, para entender el sentido de la devoción, y para que trascienda el mero sentimentalismo y el naturalismo[1], debemos considerar qué es lo que simboliza el corazón en el hombre.

En el hombre, en un sentido biológico, puede decirse que el corazón es la sede del amor y de la vida, y el órgano que da la vida por excelencia, porque es una obviedad que sin el corazón no hay vida. En el caso de Jesucristo, su Corazón físico, humano, “está unido hipostáticamente a la Persona del Verbo de Dios”[2], que es Vida y Amor Increados, y por lo mismo, su Corazón es sede de su amor y de su vida humano-divinos.

Es decir, la simbología del corazón humano se aplica al Corazón de Jesús, y así como en el hombre el corazón es la sede del amor humano, así el “sacratísimo y adorable Corazón del Redentor divino” es el “símbolo y el signo más noble del amor divino”[3].

Pero para poder comprender a la devoción en su sentido sobrenatural, la simbología y el significado del corazón en el hombre deben completarse y continuarse con la constitución de Jesús como Hombre-Dios.

Jesús, Hombre-Dios, es Espirador del Espíritu Santo, junto al Padre, en cuanto Hombre y en cuanto Dios; su Ser divino está unido hipostáticamente, es decir, personalmente, a su naturaleza humana, y así la naturaleza humana se convierte en un vehículo que prolonga ad extra, hacia fuera, las procesiones trinitarias que suceden ad intra, en y dentro de la Trinidad. En la Trinidad, el Espíritu Santo, el Amor divino, es espirado en forma conjunta, del Padre al Hijo y del Hijo al Padre, a partir del corazón único de Dios Uno y Trino, y esta efusión mutua del Espíritu Santo, entre el Padre y el Hijo, se continúa y se prolonga en la efusión de sangre del Sagrado Corazón, traspasado por la lanza en la cruz.

De esta manera, la efusión de sangre del Sagrado Corazón, no sólo simboliza, sino que actualiza, al prolongar, la efusión del Espíritu Santo, del corazón único de Dios. La sangre del Corazón de Cristo, que es efundida al ser traspasado su Corazón en la cruz, continúa y prolonga, ad extra, hacia fuera de la Trinidad, la efusión del Espíritu ad intra, dentro de la Trinidad. Es decir, al ser traspasado el Sagrado Corazón, y al derramarse la sangre en él contenida, a través de la herida, se derrama, con esta sangre, el Espíritu Santo, el Amor de Dios. El Espíritu Santo es, por así decirlo, vehiculizado, transportado, por la sangre del Corazón de Cristo, traspasado en la cruz.

De esto se ve que Jesús, cuando se aparece como el Sagrado Corazón, con su Corazón en la mano, ofreciéndolo, lo ofrece con todo su contenido, y el contenido del Sagrado Corazón es su sangre, pero una sangre que no está contenida, estática, en su recipiente, sino que fluye, incontenible, como un océano infinito, porque esa sangre contiene al Espíritu Santo, que es el Amor de Dios.

Al donarnos su Corazón, Jesús no nos hace un don meramente simbólico, o sentimentalista: nos dona su corazón real, con su contenido, su sangre, y con su sangre, el Espíritu Santo, que es el Amor de Él al Padre y del Padre a Él.



[1] Cfr. Pío XII, Encíclica Haurietis aquas, 1, 3.

[2] Cfr. ibidem, 6.

[3] Cfr. ibidem, 6.




martes, 2 de noviembre de 2010

Recordemos a Aquel por quien la muerte fue vencida


Al conmemorar a los seres queridos fallecidos, se suele cometer, en la gran mayoría de los casos, dos grandes olvidos que, paradójicamente, deberían estar presentes en el recuerdo.

El primer olvido es el de la propia muerte: al recordar a los fieles difuntos, el recuerdo se queda, por lo general, en el afecto de quien murió, pero no se recuerda que algún día todos, tarde o temprano, seguiremos los pasos de quienes ya murieron.

Tenemos la tendencia a ver la muerte como algo que jamás habrá de sucedernos, sin darnos cuenta de que quienes murieron, lo único que hicieron es adelantarse en un camino que todos, indefectiblemente, tarde o temprano, antes o después, habremos de recorrer.

La conmemoración de la muerte ajena no conduce, casi nunca, a tener presente la propia de muerte, que habrá de acaecer con tanta seguridad como acaeció la muerte de quien se conmemora, y esto es perder una buena oportunidad para meditar en qué habremos de decir, o más bien, cuáles buenas obras habremos de presentar a Dios, cuando nos llame a Su Presencia, en el juicio particular.

El segundo olvido es de Aquél por quien la muerte ha sido vencida, junto a los otros enemigos del hombre, el demonio y la carne: Jesucristo. A partir de Jesucristo, la muerte no sólo queda vencida, pues Él la destruye con muerte en cruz y con su Resurrección, sino que pasa a ser –unida la muerte a Él, y en Él-, no consecuencia y castigo del pecado original cometido por Adán y Eva, sino un sacrificio en honor de Dios[1].

La muerte de Cristo en la cruz es la muerte del Cordero de Dios, del Cordero Inocente e Inmaculado, del Cordero sin mancha, que al morir en cruz, siendo Él Dios Omnipotente y Tres veces Santo, no sólo destruye la muerte, sino que convierte a la muerte, que hasta entonces era castigo para el hombre por haberse apartado voluntariamente de la fuente de Vida, que es Dios, en el Paraíso, en un sacrificio expiatorio, grato a Dios. Por la muerte de Cristo en cruz, es destruida la muerte, vencido el infierno, y abatida la carne, además de surgir, en el Domingo de Resurrección, una nueva humanidad, la de Cristo, glorificada y santificada por la Gracia Increada.

Pero la muerte, para los cristianos, por la muerte de Cristo, no sólo es destructora de la muerte y del pecado, y vencedora del infierno, sino que es fuente de vida[2], porque Cristo, además de destruir la muerte del hombre con su propia muerte, resucita, sale del sepulcro triunfante, glorioso, y lleno de la vida y de la gloria divina, comunicando de esa vida divina a quien se una a Él, por la fe y por el amor, en la cruz y en el sacramento de la Eucaristía.

Al conmemorar a los seres queridos difuntos, que la conmemoración no quede en el mero sentimiento: recordemos entonces que también nosotros algún día habremos de morir, y recordemos a Aquél por quien nuestros seres queridos difuntos, por la Misericordia de Dios, viven la vida eterna, la vida en Dios Uno y Trino, y agradezcamos Su bondad infinita ofreciendo, en acción de gracias, la ofrenda Santa e Inmaculada, el Cordero de Dios inmolado en el altar del sacrificio.


[1] Cfr. Scheeben, M. J., Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, 463.

[2] Cfr. ibidem, 480.

domingo, 31 de octubre de 2010

La conversión de Zaqueo


“Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque el Hijo del hombre vino a buscar y salvar lo que estaba perdido” (cfr. Lc 19, 1-10). Jesús atraviesa la ciudad de Jericó y en su recorrido, mira hacia el árbol hacia el cual se había subido Zaqueo para poder ver a Jesús, y le dice que baje, que quiere ir a comer a su casa.

Después de que Jesús le dice que quiere ir a su casa, Zaqueo dice que donará la mitad de sus bienes a los pobres y que, si ha perjudicado a alguien quedándose con lo que no era suyo, le devolverá cuatro veces más.

Jesús lo felicita por esta decisión, afirmando que ha llegado “la salvación” a la casa de este publicano.

Lo que el evangelio relata, entonces, es la conversión de Zaqueo, lo cual es algo bastante significativo, porque Zaqueo era publicano, y los publicanos eran considerados como pecadores públicos, indignos de trato y de respeto, porque eran recaudadores de impuestos al servicio del imperio romano que buscaban, de todas las formas posibles, cobrar impuestos más caros aún que los que exigía Roma, y por eso eran tenidos por ladrones. El Talmud, libro religioso judío, los considera como gente despreciable, con quienes todo era lícito, incluso despellejarlos, pues lo merecían por su condición de pecadores.

En su Evangelio, San Lucas se refiere a Zaqueo como “jefe de publicanos” (19, 2), lo cual aumenta todavía más su condición de persona. Los publicanos eran mal vistos por todo el pueblo judío, pero eran mal vistos de modo especial por los escribas y fariseos, porque éstos no sólo consideraban que era humillante para el pueblo de Israel pagar tributos al Imperio romano, sino que veían también un pecado legal, porque los publicanos tenían que tratar con paganos y con gente extraña a Israel, con lo cual incurrían, además del pecado del robo a favor del imperio, en el pecado de la impureza legal, porque se contaminaban con los paganos y gentiles. Esto es lo que hacía que la expresión “publicano” estuviera estrechamente unida y fuera sinónimo de “pecadores y gentiles” (cfr. Mt 18, 17; 21, 31-2; Lc 18, 10; Mc 2, 15).

Sin embargo, a pesar de toda esta connotación negativa que tenía el oficio de publicano, de recaudador de impuestos, Jesús no hace caso de los prejuicios farisaicos y cuando pasa junto al puesto de recaudación de Zaqueo, le invita a seguirle.

A su vez Zaqueo, que ya había visto y oído predicar en varias ocasiones a Jesús, se decide a seguirle sin condicionamientos, y como prueba de esta decisión, basada en su conversión, lo invita a comer a su casa.

¿En qué consiste la conversión de Zaqueo? Podríamos pensar que, influenciado por el mensaje moral de Jesús, su conversión consiste en un gran deseo de ser generoso y honesto, ya que lo primero que afirma es que va a ayudar a los pobres con sus bienes, y que va a devolver cuatro veces más a quien pudiera haber estafado.

Sin embargo, la conversión de Zaqueo no consiste en un simple cambio de la voluntad, ni se limita a la mera devolución de bienes, ni al don de sus bienes a los más necesitados.

La conversión de Zaqueo implica un movimiento del espíritu hacia Cristo Dios, y una recepción, por parte suya, de un don gratuito y libre de Cristo, la gracia santificante.

La conversión de Zaqueo implica el haber recibido la gracia de parte de Jesucristo, una gracia donada sin mérito alguno por parte suya, que inhiere en lo más profundo del ser, y que desde las profundidades del ser trepa, hasta abarcar todo el ser del hombre, así como el fuego, comenzando desde la raíz del árbol, se extiende luego hasta sus ramas, y en su ascenso provoca, no la combustión del alma, sino la conversión, la transformación del alma, en una nueva creación, en un hijo de Dios, al cual le ha sido quitada la mancha del pecado original.

La cercanía de Jesucristo, Hombre-Dios, hace llegar al alma de Zaqueo su gracia santificante, la cual, tocando lo más profundo de su alma, le concede la conversión, que implica la eliminación del reato del pecado, y el don de la filiación divina.

Zaqueo descubre a Jesús, pero no porque se sube a un sicómoro, sino porque lo ve con la luz de la fe, y lo contempla en su misterio de Hombre-Dios, y lo acepta en su condición de Hombre-Dios y de Redentor de los hombres.

¿Qué implica la conversión? Según la doctrina católica, la renovación interior, o conversión, no consiste solamente en una rectificación de la voluntad, en un cambio de dirección, sino en una transformación y elevación de la misma mediante la infusión del amor sobrenatural de Dios, la caridad, y cuando esto sucede, el amor de Dios se convierte en principio de una nueva vida sobrenatural, colocando a la voluntad en una esfera completamente nueva, la esfera de la vida sobrenatural, de la vida en Dios; esto significa que la voluntad comienza a operar de un modo nuevo, comienza a amar de un modo nuevo, con una capacidad nueva, y es la capacidad de amar a Dios como Él mismo se ama. La voluntad es así transformada por la gracia, pero no sólo la voluntad es transformada: todo el ser es transformado y elevado interiormente por medio de la gracia de la filiación divina y de la participación en la divina naturaleza[1].

El hombre es así renovado en su interior, desde la raíz de su ser, por la gracia, la cual no sólo remite el reato, sino que esta renovación alcanza a la voluntad, que empieza a amar a Dios con nuevas fuerzas, con fuerzas sobrenaturales, divinas[2].

Como criaturas, debido al pecado, que como mal voluntario es ofensa de Dios, a su santidad divina y a su bondad divina, aún cuando nos arrepintamos, podemos lo mismo ser objetos de la ira de Dios, y ser repugnantes a los ojos de Dios; es decir, la criatura humana puede arrepentirse del pecado, pero ser odiado aún por la justicia divina, a causa del pecado, y mucho más, cuanto que Dios exige una reparación, una satisfacción adecuada, la cual no puede ser dada por la criatura[3]. Es decir, si no tenemos la gracia de la filiación, por el pecado, aún cuando nos arrepintamos, somos objeto de la ira de Dios, y merecemos ser apartados de su Presencia.

Pero si además de arrepentirnos, y por lo tanto, de volver voluntariamente a Dios, a quien hemos ofendido con el pecado, recibimos la gracia santificante, y con esta recibimos un nuevo y admirable nacimiento, por el cual pasamos del estado de servidumbre al seno de Dios; es decir, si por la gracia nos hacemos hijos de Dios, entonces, por este hecho, dejamos de ser objeto de la ira repugnancia a los ojos de Dios.

Entre los hombres, puede darse el caso de que un hijo, sin dejar de ser hijo, sea objeto de la ira de su padre, pero esto es imposible en la filiación divina; los hijos participan, como hijos, de la propia naturaleza del Padre, y por esto se vuelven gratos a Dios, quien los ve no como enemigos, sino como hijos suyos.

Por la luz de la gracia se elimina la oscuridad del pecado –y al revés, cuando entra la oscuridad del pecado en el alma, no puede perdurar la luz de la gracia-; ante la luz de la gracia se disipan, como el humo al viento, las sombras de los pecados cometidos, que perduraban en el reato, y la convertían al alma en algo oscuro y repugnante.

Por la gracia se elimina la distancia infinita que existe entre la pura criatura y la naturaleza divina, y se suprime la grieta producida por la culpa, y transforma al hombre, de siervo y de criatura, en hijo de Dios y en amigo de Dios, porque Dios sólo puede tener relaciones de amistad con sus hijos mientras éstos continúan siendo hijos.

Por esto se llama “gracia santificante”, porque excluye de la manera más completa toda perversión pecaminosa.

Entonces, por la gracia, no sólo se suprime el reato, sino que se produce una renovación y una transformación interior del hombre. El reato huye ante la gracia que penetra en el alma así como huye la obscuridad ante la luz.

Es esto lo que ocurre con el bautismo, en donde el Espíritu Santo, con su fuego divino, al entrar en el alma, quema, con su fuego divino, toda la escoria, todo lo que no pertenece a la santidad divina, entrando en el alma como fuego que todo lo purifica, y como agua que limpia al alma de toda suciedad de pecado.

Malaquías presenta al Hombre-Dios Jesucristo, como un fuego que todo lo derrite, que “ha de sentarse como para derretir el oro y la plata”, que purificará a los hijos de Levi y los acrisolará como oro y plata, para que ellos le ofrezcan con justicia los sacrificios[4].

La conversión de Zaqueo no consiste en una mera conversión moral, de la voluntad, por la cual se decide a llevar una vida honesta, devolviendo lo que no le pertenecía: la conversión de Zaqueo consiste en que él ha abierto las puertas de su casa, es decir, de su alma, de su corazón, a Jesús. Por eso Jesús dice que “la salvación ha llegado a esta casa”, no por la casa material de Zaqueo, sino porque “casa” es “alma”, y la salvación ha llegado porque Zaqueo ha permitido la entrada de Jesús en su alma.

En el episodio del Evangelio, Jesús entra en la casa material de Zaqueo, y Zaqueo, sólo por eso, se muestra tan agradecido y tan contento, que decide convertirse, donando de sus bienes a los pobres y procurando ser justo con el prójimo, además de convertirse en un discípulo de Jesús tan fiel, que luego será Mateo, uno de los cuatro evangelistas.

Para con nosotros, Jesús se comporta con un amor infinitamente más grande que el que demostró para con Zaqueo, porque en cada comunión, Jesús no entra en nuestra casa material, sino que entra en el alma, para hacernos el don de Su Presencia Eucarística en el corazón, y por eso nos podemos preguntar: ¿encuentra Jesús un corazón como el de Zaqueo, convertido, es decir, dispuesto a donar de sus bienes –talento, dinero, tiempo- a los más necesitados? ¿Encuentra Jesús un corazón dispuesto a devolver cuatro veces más al prójimo al que se ha perjudicado, y no sólo en lo material?

¿Encuentra Jesús Eucaristía un corazón convertido, un corazón puro, un corazón casto, humilde, que se alegre por Su Presencia Eucarística?


[1] Cfr. Scheeben, M. J., Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, 655ss.

[2] Cfr. ibidem, 656.

[3] Cfr. ibidem.

[4] Mal 3, 2-3.

jueves, 28 de octubre de 2010

Piedad sin caridad es falsedad


“¿Está permitido curar en sábado o no?” (cfr. Lc 14, 1-6). Jesús realiza un milagro en día sábado, sabiendo que los judíos consideraban a su acción como una transgresión a la ley, que prohibía realizar tareas en ese día.

Es decir, Jesús realiza de forma deliberada este milagro, aún cuando sabe que los judíos lo iban a acusar de faltar a la ley.

Lo que Jesús quiere hacerles ver es que una obra de caridad y de misericordia, más que constituir una transgresión del sábado, era en realidad un cumplimiento perfecto de la ley[1].

Los judíos pensaban que bastaba cumplir con la ley, sin importar la misericordia y la compasión para con el prójimo, y Jesús obra este milagro en sábado para romper con esta mentalidad farisaica, que se apega a la letra del espíritu y no al Espíritu de la letra.

A los católicos puede pasarnos lo mismo que a los judíos: podemos pensar que basta con la piedad, con las oraciones, con el cumplimiento de un rito o de una prescripción, pero nos olvidamos de la caridad, de la misericordia y de la compasión, y no nos damos cuenta que la piedad sin misericordia no basta, que la piedad sin caridad es una máscara religiosa vacía, hueca, superficial.

La piedad sin caridad deforma al catolicismo, convirtiéndolo en una falsedad y en una hipocresía.

Sólo la luz que proviene de Jesús Sacramentado puede hacernos ver que piedad sin caridad es falsedad.


[1] Cfr. B. Orchard et al., Verbum Dei. Comentario al Nuevo Testamento, Tomo III, Barcelona 1957, Editorial Herder, 618.

miércoles, 27 de octubre de 2010

El mensaje de Jesús


Sucedió que por aquellos días se fue él al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles. A Simón, a quien llamó Pedro, y a su hermano Andrés; a Santiago y Juan, a Felipe y Bartolomé, a Mateo y Tomás, a Santiago de Alfeo y Simón, llamado Zelotes; a Judas de Santiago, y a Judas Iscariote, que llegó a ser un traidor. Bajando con ellos se detuvo en un paraje llano; había una gran multitud de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, que habían venido para oírle y ser curados de sus enfermedades. Y los que eran molestados por espíritus inmundos quedaban curados. Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos” (Lc 6, 12-19).

Del relato del evangelio, en el que se constituye la Iglesia en sus columnas, los Apóstoles, se podría deducir que lo central es la curación corporal y el exorcismo. Se podría llegar a esta conclusión desde el momento en que Jesús elige a sus Apóstoles, que son el fundamento de su Iglesia, y luego envía a esta, a divulgar lo que parece ser el centro del mensaje de esta Iglesia recién fundada: la curación de las enfermedades del cuerpo, y la liberación del espíritu de los poderes infernales, los ángeles caídos, los demonios.

Sin embargo, a pesar de las apariencias, el mensaje central que transmite la Iglesia de Jesucristo, fundada en los Apóstoles, es bien otro: es el llamado al arrepentimiento de los pecados, como condición previa para el don de la filiación divina, que llevará luego a la comunión de vida y amor con las Tres Personas de la Santísima Trinidad.

Éste es el mensaje central de la Iglesia Católica, la Iglesia de Jesucristo: dar la Buena Nueva, la Buena Noticia, de que el Hijo de Dios ha venido a este mundo, se ha encarnado en Jesús de Nazareth, para donarnos su Cuerpo y su Sangre en la cruz, y junto con el don de su Cuerpo y de su Sangre, hacernos el don de su filiación divina, de modo tal que, por esta gracia de filiación, entremos a participar, en comunión de vida y de amor, con todas y cada una de las Personas de la Santísima Trinidad.

El curar enfermedades corporales, y el expulsar demonios, como las relatadas en el evangelio, de ninguna manera constituyen el núcleo de las bienaventuranzas prometidas por Jesús, ni tampoco constituyen la centralidad del mensaje de Jesús. La curación del cuerpo, y el exorcismo, es decir, la liberación del dominio y el poder que los demonios ejercen sobre los hombres, es nada más que un paso previo al don que supera toda imaginación, todo deseo y todo mérito, y que de ninguna manera nos habríamos anoticiado si no hubiera sido revelada por Jesús, y es el hecho de estar destinados, por puro Amor y Misericordia divinos, a entablar, ya desde el tiempo, y para toda la eternidad, una relación personal, de tú a tú, con cada una de las Divinas Personas

Creer que el núcleo del mensaje de la Iglesia es la sanación corporal, o la liberación del demonio, es creer en los prolegómenos del Evangelio.

Debemos prepararnos, con todo el ser, a entrar en comunión con la Trinidad de Divinas Personas, y a tratar con ellas de modo personal, no como una entidad abstracta e impersonal, y para eso es que se nos brinda la Persona del Hijo en la comunión eucarística, para que, entrando en comunión con Él, la Segunda Persona, accedamos al Padre y al Espíritu Santo.

martes, 26 de octubre de 2010

La Eucaristía es el carbón ardiente que enciende a los corazones humanos en el fuego del Amor divino


“He venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que estuviera ardiendo!” (cfr. Lc 12, 49-53). ¿Qué clase de fuego ha venido a traer Jesús? ¿Qué cosas quiere incendiar, para verlas arder? El fuego que viene a traer Jesús, y que Él quisiera ver ardiendo, no es un fuego material, ni cualquier fuego conocido por los hombres: es un fuego espiritual, sobrenatural, celestial. Es un Fuego vivo, que da vida, y vida eterna; es un Fuego que abrasa sin consumir; es un fuego que inhiere ante todo en la raíz del ser, y que desde el fondo del ser sube, abrasando todo el ser, envolviendo en el fuego del Amor divino el alma y el cuerpo humanos; es un Fuego que es Espíritu, y es un Espíritu que es Amor, un Amor no humano ni angélico, sino celestial y divino, porque es la Persona-Amor de la Santísima Trinidad.

El fuego que ha venido a traer Jesús, es un fuego que en nada se parece al fuego conocido: es un fuego que llueve del cielo, del seno mismo de Dios Padre, y que desde el cielo cae sobre el altar, para abrasar, en las llamas del Amor divino, la ofrenda eucarística, convirtiendo el pan en el Cuerpo y el vino en la Sangre del Cordero de Dios; si el fuego de la tierra quema la carne para asarla y así sublimarla, convirtiéndola en humo que se eleva al cielo, el fuego que viene de Dios Padre abrasa la carne del Cordero de Dios, y la inmola en el altar de la cruz, convirtiendo la ofrenda del altar en suave fragancia que se eleva hasta el trono de Dios; si el fuego de la tierra cuece la harina y el agua hasta convertirlos en pan, el fuego que trae Cristo, soplado a través del sacerdote ministerial en la consagración, cuece el pan y el vino de las ofrendas, y las convierte en Pan de Vida eterna, que alimenta al alma con la vida misma de la Trinidad; el fuego que trae Cristo es un Fuego que es Amor divino, y que por lo mismo tiene el poder de partir los corazones de piedra, y convertirlos, más que en corazones de carne, en copias vivas del Corazón del Hombre-Dios; el fuego que trae Cristo es un Fuego que arde con las llamas del Amor eterno de Dios, y que al contacto con los corazones humanos, secos y negros como el carbón, los hace arder en el Fuego ardiente del Amor divino.

“He venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que estuviera ardiendo!”. La Eucaristía, según los Padres de la Iglesia, es como un carbón ardiente –el carbón es la humanidad de Cristo, el fuego que vuelve incandescente al carbón es su divinidad-, que quema y transmite su Fuego, el Espíritu de Dios, a quien la consume, y si es así, que nuestro corazón sea como un pasto seco, que arda al contacto con el Fuego del Amor de Dios, el Espíritu Santo.

viernes, 22 de octubre de 2010

Con un corazón contrito y humillado, como el del publicano, reconozcamos la santidad de Cristo Dios en la Eucaristía


“Habían unos que se tenían por justos, y despreciaban a los demás” (cfr. Lc 18. 9-14). En esta parábola, se retratan dos tipos distintos de hombres religiosos: uno, el fariseo, cumplidor de los preceptos religiosos, va todos los días al templo, reza todas las oraciones, hace ayuno, da el diezmo estipulado por la ley, y que por esto se tiene por justo, mientras que al mismo tiempo desprecia a los demás, ya que agradece no ser ladrón, injusto y adúltero; el otro, un publicano, que entra en el templo después de mucho tiempo, que reza poco, o tal vez nada, que no cumple con todos los preceptos religiosos, pero que se reconoce pecador: “Dios mío, ten piedad de mí, que soy pecador”, reza desde el fondo del templo, sin siquiera atreverse a levantar la cabeza.

El primer hombre, el fariseo, es el prototipo del religioso soberbio e hipócrita[1], es decir, del religioso que malinterpreta la religión, creyendo que la religión consiste en hacer prácticas religiosas, pero sin importar la caridad, el amor, la compasión y la misericordia para con el prójimo. Este primer hombre puede ser, en nuestros tiempos, un sacerdote, o un laico practicante de la religión; podemos ser nosotros, que asistimos a Misa los domingos, que nos confesamos, que comulgamos, que rezamos el Rosario y otras oraciones y devociones.

Debemos estar muy atentos, porque todos y cualquiera podemos caer en el mismo error que el fariseo de la parábola: pensar que, como practicamos externamente la religión –venimos a Misa, rezamos, comulgamos-, somos mejores que los demás. Nunca debemos juzgar al prójimo, ni considerarnos superiores; al contrario, debemos considerar a los demás como superiores a nosotros, incluso aquellos que, objetivamente, llevan una vida alejada de Dios y envuelta en el pecado, porque lo más probable es que lleven esta vida, sin darse cuenta, mientras que nosotros, que conocemos a Dios y su Ley y sus Mandamientos; que hemos estudiado el Catecismo y hecho la Comunión y la Confirmación, que conocemos la doctrina de la Iglesia, que manda amar a Dios y al prójimo, no nos comportamos en consecuencia, y no amamos al prójimo al extremo de la cruz, y por eso somos tibios delante de Dios, merecedores de su condena y de su rechazo: “¡Ojalá fueras frío o caliente, pero porque no eres frío ni caliente, sino tibio, te vomitaré de mi boca!” (cfr. Ap 3, 15).

Notemos bien que Jesucristo prefiere a alguien “frío” –es decir, en pecado mortal, alejado del calor del Amor de Dios-, a alguien que es “tibio”, es decir, insulso, desabrido, ni bueno ni malo, ni negro ni blanco. Dios prefiere a alguien malo, antes que a un tibio, porque el tibio, al haber conocido un poco a Dios, superficialmente, se contenta con hacer lo mínimo para no pecar –es el que dice: “Yo no mato, no robo, no hago mal a nadie”-, pero al mismo tiempo, no ama a nadie, porque no demuestra amor y compasión para con nadie, mientras que el malo, es malo porque no conoce a Dios y a su Amor, pero si lo llegara a conocer, sería mucho más compasivo y misericordioso que aquel que dice conocer a Dios, pero no ama a su prójimo.

En la parábola, entonces, Jesucristo no condena la religiosidad del fariseo: condena su hipocresía y su cinismo; condena su religión falsificada, que por hacer normas de piedad, se olvida del amor y de la compasión para con el prójimo más débil y necesitado. “Hay que hacer lo uno sin olvidar lo otro” (cfr. Mt 23, 23), dice Jesús, haciéndonos ver que la práctica externa de la religión –los ritos, la asistencia al templo, las oraciones-, si no van acompañadas de una adoración interior a Dios, y de obras de misericordia para con el prójimo necesitado –niños, ancianos, enfermos, débiles, jóvenes necesitados de ayuda-, la religión es pura falsedad e hipocresía. El fariseo es el religioso que se cree justo, pero que en realidad, a los ojos de Dios, es injusto y no es agradable a Dios.

Pero en la parábola Jesús nos hace ver además, en la figura del publicano arrepentido, que lo que vale ante los ojos de Dios es un corazón contrito y humillado, dolido de los pecados, y deseoso de amar a Dios y al prójimo. El publicano representa al pecador, al que está alejado de Dios, porque no practica la religión, no va a Misa, pero en algún momento se reconoce pecador y se humilla delante de Dios. El publicano representa al pecador que, tocado por la gracia divina, hace un acto perfecto de contrición, es decir, de dolor de los pecados, acto que es salvífico en sí mismo, y por eso, con un corazón contrito y humillado, dolido por los pecados y por la ofensa a Dios, Sumo e Infinito Bien, que estos representan, pide perdón y misericordia y a Dios, proponiéndose no volver a ofenderlo más, y a amarlo con todas las fuerzas del corazón.

Es en el publicano, en el pecador contrito y arrepentido, en quien debemos reflejarnos, y es esta gracia, la de la contrición, la que debemos buscar, porque el dolor de los pecados, unido a la aceptación del Hombre-Dios Jesucristo, es un acto salvífico.

La contrición es el dolor del alma, de la voluntad y del ánimo, es decir, del corazón, por los pecados propios, y se hace sentir cuando por la fe se reconoce la maldad del pecado, que ofende la santidad de Dios, y cuando se reconoce, al mismo tiempo, la santidad de la Persona divina de Jesucristo. El publicano reconoce el mal que ha cometido, y pide perdón por ello, a la vez que reconoce la santidad de Dios, y esto es una contrición perfecta: auto-condenación del pecador y profesión de fe en Jesucristo como Salvador. No significa ningún fracaso que paralice las fuerzas interiores, sino, por el contrario, la irrupción de una nueva vida, la vida de la gracia, que es una participación en la vida misma de Dios.

“Dios mío, ten piedad de mí, que soy pecador”. Los Padres de la Iglesia rezaban la oración del corazón, para pedir la contrición, con los movimientos de la respiración: siguiendo la inspiración y la espiración, decían: “Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”.

El mejor y más hermoso deseo que podemos desear y pedir para nosotros y para nuestro prójimo, es ser como el publicano de la parábola: un hombre con el corazón contrito y humillado, que reconociéndose pecador delante de Jesús Eucaristía, le implora su misericordia y su perdón.


[1] Se denomina “hipócrita” al que pretende o finge ser lo que no es. Es una trascripción del vocablo griego HYPOKRITEIS, que significaba actor o protagonista en el teatro griego. Los actores solían ponerse diferentes máscaras conforme al papel que desempeñaban. De ahí que hipócrita llegara a designar a la persona que oculta la realidad tras una máscara de apariencias.