(Domingo II - TA - Ciclo C – 2024
- 2025)
“Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos” (Mc1, 1-8). “Preparen el camino del
Señor, allanen sus senderos”: de esta manera, Juan el Bautista anuncia la
Llegada del Mesías y la necesaria conversión del corazón, graficada en la oración
que dice: “Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos”. Juan el Bautista
tiene la particularidad de ser el último profeta del Antiguo Testamento, aquel que
precede inmediatamente al Mesías, y es consciente de que el Mesías, siendo Dios
y por lo tanto santidad infinita, debe ser recibido por el alma purificada del
pecado, de todo aquello que no es Dios, de todo aquello que lo aparta de Dios y
de ahí su insistencia sobre la necesidad de la conversión del corazón.
¿Cómo es el corazón sin conversión? Para graficarlo,
podríamos usar la imagen del girasol durante la noche: está inclinado hacia la
tierra, con su corola cerrada: así el corazón que no está convertido, está
inclinado hacia las cosas terrenas, en la oscuridad de las pasiones, cerrado a
la gracia santificante. Es un corazón sinuoso, como un camino retorcido, con
valles y montañas, soberbio y perezoso, que se deja arrastrar por las pasiones
que campean sin control por su corazón. El tiempo de Adviento es el tiempo de
gracia concedido por Dios para la conversión, para que el corazón, despegándose
de las cosas terrenas, eleve su mirada al cielo, así como el girasol, cuando la
Estrella de la mañana aparece en el cielo anunciando la llegada del sol y del
nuevo día, así el alma, con la intercesión de María, Estrella de la mañana,
recibiendo la gracia de la conversión, eleve su mirada al cielo del Altar Eucarístico,
en donde resplandece Jesús Eucaristía, Sol de justicia. Y así como el girasol
sigue al sol en su movimiento sobre el cielo, así el corazón convertido por la
gracia del Adviento no debe dejar de contemplar a ese Sol del cielo, que es
Jesús Eucaristía, por medio de la adoración eucarística.
Entonces, al comenzar la segunda semana de Adviento, la
Iglesia nos invita al arrepentimiento y al cambio de vida, a dejar de vivir
como hijos de las tinieblas para vivir como hijos de la luz, a través de Juan
el Bautista: “Preparen el camino, conviertan el corazón, abran el alma a la
gracia santificante de los sacramentos, reciban la Confesión Sacramental, Jesús
el Mesías llega”. Ese Mesías que llega, que viene, no es un hombre santo: es
Dios Tres veces Santo, por eso no basta con simplemente ser buenos: el alma
debe santificarse para recibirlo; el alma debe purificarse con el fuego
ardiente de la gracia santificante para Su Venida al alma y el movimiento
previo a la santificación es la conversión, es decir, el desapegarse de esta
vida terrena, el dejar de pensar que esta vida es para siempre, el empezar a
pensar por lo menos, que nos espera la vida eterna y empezar a pensar en la
vida eterna, para elevar la vista del alma a Jesús en la Cruz y en la
Eucaristía, para desear fusionarnos con el Sagrado Corazón de Jesús, que late
con la Vida del Ser Divino Trinitario. Es para la preparación de esta Venida de
Dios, que la Iglesia destina el tiempo de Adviento[1].
San Cirilo de Jerusalén, cuando se refería al Adviento,
decía: “Anunciamos la venida de Cristo, pero no una sola -dice-, sino también
una segunda, mucho más magnífica que la anterior”. Y continúa con la
contraposición de estas dos venidas: “En la Primera Venida fue envuelto con
pajas en el pesebre; en la Segunda se revestirá de luz como vestidura. En la Primera
soportó la cruz, sin miedo a la ignominia; en la Otra vendrá glorificado y
escoltado por un ejército de ángeles”. Para estas dos venidas o advientos –para
la conmemoración litúrgica de la primera, es decir, Navidad, y para esperar la
Segunda Venida en la gloria-, necesitamos convertirnos, aunque también
necesitamos convertirnos para un “Tercer Adviento”, que sucede de modo
milagroso, en cada Santa Misa: parafraseando a San Cirilo, podemos decir que
hay una Tercera Venida Intermedia, que se da en la Eucaristía, en el Altar
Eucarístico: allí, sobre el Altar Eucarístico, en el momento de la
Consagración, cuando el sacerdote ministerial pronuncia las palabras de la Consagración
para que se produzca la Transubstanciación, la Conversión del pan y del vino en
el Cuerpo y la Sangre de Jesús glorificado, Jesús viene desde el cielo hasta el
Altar Eucarístico; viene glorioso y resucitado, aunque misteriosamente, renueva
también su sacrificio en la cruz; viene oculto en apariencia de pan, pero
viene, porque eso que parece pan ya no lo es, porque es Él en Persona, el mismo
Dios que vino en Belén, y el mismo Dios que vendrá al fin del mundo para juzgar
a la humanidad, es el mismo Dios que viene a nosotros por la Eucaristía. Sobre
el altar, Jesús renueva su sacrificio en cruz, pero lo que comemos no es la
carne de su Cuerpo muerto en el Calvario, sino la carne gloriosa y resucitada
de su Cuerpo glorioso en el Día Domingo; baja al altar rodeado de la corte
celestial de ángeles y santos, corte a cuya cabeza está la Reina de cielos y
tierra, María Santísima. Para esta Venida Intermedia, en la Eucaristía, también
necesitamos convertirnos y vivir en gracia, única forma en que recibiremos al
Señor de forma digna y con el amor que Él se merece, en nuestros corazones.
“Preparen el
camino del Señor, allanen sus senderos”, nos dice el Bautista, advirtiéndonos
de la necesidad imperiosa de nuestra conversión del corazón. Por último, ¿de
qué manera cumplir con el pedido del Bautista, de “allanar los senderos” para
el Señor que viene? ¿Qué es lo que debemos hacer en el Adviento, de modo tal de
vivir una Navidad cristiana y no pagana? Debemos meditar con viva fe y con
ardiente amor la Encarnación del Hijo de Dios, es decir, debemos recordar que
la Navidad no es lo que nos dicen los medios, sino lo que nos enseña la
Iglesia: la conmemoración y el memorial, por la liturgia eucarística, de la
Primera Venida del Redentor; reconocer nuestra miseria y la suma necesidad que
tenemos de Jesucristo y la necesidad de hacer penitencia, para reparar nuestros
pecados y los de nuestros hermanos; suplicarle a María Santísima que convierta
a nuestros corazones en otros tantos pesebres, en donde el Señor venga a nacer
y crecer espiritualmente en nosotros con su gracia; prepararle el camino con
obras de misericordia, con oración y frecuencia de los Santos Sacramentos; meditar
y reflexionar en la Verdad de Fe que significa su Segunda Venida, en la cual no
vendrá como Dios Misericordioso, sino como Justo Juez, y para ese entonces,
deberemos tener las manos llenas, no de dinero y fama y éxito mundano, sino de
obras meritorias para el cielo, así como el corazón con amor a Dios y al
prójimo, de manera tal que podamos atravesar el Juicio Particular y el Juicio
Final, para poder así entrar a gozar eternamente del Reino de Dios.
[1] En cuanto tiempo
litúrgico, el Adviento se divide en dos partes: Primera Parte del Adviento: desde el primer
domingo al día 16 de diciembre, con marcado carácter escatológico, mirando a la
venida del Señor al final de los tiempos; Segunda Parte: desde el 17 de
diciembre al 24 de diciembre, es la llamada “Semana Santa” de la Navidad y
se orienta a preparar más explícitamente a
la conmemoración -por el misterio de la liturgia eucarística, que hace presente
la realidad conmemorada- la Primera
Venida
de Jesucristo en las historia, su
Nacimiento en Belén. Con respecto a qué tipo de venida, el
Adviento se divide en cuatro “formas” de Adviento: Adviento Histórico: es la
espera en que vivieron los pueblos que ansiaban la venida del Salvador. Va
desde Adán hasta la Encarnación, abarca todo el Antiguo Testamento; Adviento
Místico: es la preparación moral y espiritual, por la gracia, del hombre de hoy
a la Venida del Señor. El hombre se santifica para aceptar la salvación que
viene de Jesucristo; Adviento Escatológico: es la preparación a la llegada
definitiva del Señor, al final de los tiempos, cuando vendrá para coronar
definitivamente su obra redentora, dando a cada uno según sus obras. El término
mismo “Adviento” admite una doble significación: puede significar tanto una
venida que ha tenido ya lugar como otra que es esperada aún, es decir,
significa presencia y espera. En el Nuevo Testamento, la palabra griega
equivalente es “Parousia”, que puede traducirse por venida o llegada, pero que
se refiere más frecuentemente a la Segunda Venida de Cristo, al día del Señor.
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